I - 2013

Edición - Año

XIII CONCURSO DE MICRORRELATOS "SAN SILVESTRE SALMANTINA"

El jurado del XIII concurso de microrrelatos San Silvestre Salmantina estuvo integrado por:

  • Daniel Escandell Montiel. Profesor de la Facultad de Filología de la Universidad de Salamanca. Presidente del Jurado.
  • Sigifredro Crego Martín, Profesor de Secundaria de Lengua y Literatura.
  • Alberto Marcos Guillén. Responsable de redes sociales institucionales de la Universidad de Salamanca.
  • Sofía Vicente Fiz. Bibliotecaria de la Universidad de Salamanca.
  • Jerónimo Hernández de Castro. Corredor veterano y funcionario de la Universidad de Salamanca, que actuó como secretario.

El jurado reconoció la excelente participación en esta XIII edición, en que no solo se mantiene la tendencia al alza de los relatos presentados cada año, sino que su número se ha incrementado de manera extraordinaria pasando de los 369 relatos de 2024, a los 611 de esta edición.
Otro aspecto significativo fue lo ajustado de las votaciones pues, en los puestos con derecho a premio en metálico, se produjo un triple empate entre los votos obtenidos y el número de jueces que los votaron, que tuvo que resolverse por el voto de calidad del profesor Escandell, presidente del jurado. Una muestra más de la igualdad en los relatos más valorados es el texto que merece la mención especial, que no consiguió entrar en el podio final por un solo voto de diferencia.
Se indican a continuación, los relatos destacados y la relación de otros que también obtuvieron votos del jurado. Su publicación en la revista, como se establece en las bases, queda condicionada al espacio disponible y que en esta edición se realizará exclusivamente en formato digital.

Primer premio

Volvería
María V. Herrero Matías

Estaba nerviosa, expectante. Esperaba. Con impaciencia, con entusiasmo. Esperaba. Era su primera ocasión de materializarse. Y, de pronto, sucedió.
A pesar del frío Tormes, a pesar del viento, la magia de la naturaleza, sin enterarse, sin siquiera necesitar intención o deseo, le había permitido aparecer.

Él era corredor. Corría la “San Silvestre”. Comenzó a sudar. La gotita pudo ¡por fin! salir, ver el mundo, emocionarse, disfrutar. Sabía que no tendría mucho tiempo. Resbalaba lentamente por su piel, mirando el cielo, las nubes, los árboles, la vida.
Luchaba por aferrase a su cuerpo, por retener ese instante, por iluminarse con el tenue sol de invierno, por formar un diminuto arco iris, por sentir su tacto, pero él no parecía darse cuenta.

Era el fin del recorrido. Volvería. Y le buscaría. No quería nacer en un grifo, en un océano, en un glaciar. Él debía ser su portador de nuevo.
Se desvaneció.

Segundo premio

Papá, papá, papá
Santiago Eximeno Hernampérez

Oye la voz del niño mucho antes de verlo. Papá, papá, papá, repite sin parar, entrecortadas las palabras por el llanto. Qué triste parece. Cuando le descubre entre la multitud, en brazos de su madre, las lágrimas corriendo por su rostro como un río desbordado, se le rompe el corazón. Papá, papá, papá, dice el niño sin parar, y él se detiene sin prestar atención a los dorsales que le sobrepasan. Quedan dos kilómetros y estaba haciendo un buen tiempo, piensa. Quizá esta vez hubiera logrado bajar de los cincuenta minutos, se dice. Pero el niño es lo primero. Se acerca hasta él y le sonríe y le coge la mano, y el niño le mira, sonríe y deja de llorar.
—Muchas gracias, de corazón —le dice la madre—. Pero siga, siga, no se preocupe por nosotros. Antes o después pasará mi marido.

Tercer premio

TIJERETAZO
Carmen Prieto

Aquel año, como sucedió en sanidad, en ayudas a la dependencia y en educación, llegaron los recortes también a aquella carrera popular celebrada en la ciudad de piedra. Así, de un plumazo, quitaron kilómetros, suprimieron recorrido, restringieron el número de participantes, limitaron el aforo y prescindieron de la ambulancia y de los sanitarios que atendían a los corredores en caso de desfallecimiento. Por no haber, no había ni dorsales. Al parecer, según dijeron, llevábamos una treintena de ediciones de la San Silvestre corriendo por encima de nuestras posibilidades.

MENCIÓN ESPECIAL DEL JURADO

La liebre y la tortuga
Javier Revilla Cuesta

Pues sí, de forma sorprendente sucedió lo que nadie se esperaba. Con su esforzado paso mínimo pero constante la tortuga ganó a la indolente liebre la carrera. Una victoria trabajada y sin paliativos que quedó registrada para siempre en los anales de la historia de las carreras entre animales. Esopo, el cronista que inmortalizó el hecho en su famosa fábula, omitió en su relato un pequeño detalle sin demasiada importancia: en aquellos tiempos no se hacían controles antidoping.

Relatos participantes

VEJEZ, DIVINO TESORO

Carmen González Gómez

Pablo se situó en la salida, agachó la cabeza y cuando levantó la mirada vio a un viejecillo entrañable realizar los estiramientos que preceden a cualquier carrera, unos estiramientos modestos, eso sí, los que le permitían sus maltrechas articulaciones.
-¿Cuántos años tiene?- le increpó. –Ochenta y dos-. – ¿Va a correr?- quiso saber Pablo. –Ya lo creo que voy a correr, joven-. – No quisiera entrometerme, pero creo que es demasiado arriesgado. – Curioso el ser humano- sentenció el anciano. Y añadió: -se pasa décadas amedrentado, lamentándose. Ustedes son jóvenes, deberían demostrar más valor que los que estamos criando malvas, y, sin embargo, el ruido de una mosca los asusta. Cuando se es viejo, al revés, se tiene el arrojo suficiente, pero le fallan a uno las piernas. Paradójico, ¿verdad? Ahora bien, déjeme decirle una cosa muchacho: no me cambio por ustedes, sin la voluntad no se va a ningún sitio.

Olas

Francisco Sánchez Egea

A lo lejos, unas zapatillas deportivas levantan pequeñas olas a su paso. Desde esta distancia, no se puede discernir su tamaño. Podrían ser de hombre o de mujer, viejas o nuevas. Desde esta distancia, no se puede apreciar quien las lleva puestas. La observación efímera de su dueño durante un instante no nos permitiría conocer los motivos que le impulsan a correr esta tarde, a caminar día a día. Podemos saborear la fantasía, imaginar la vida de un atleta retirado, ya anciano, que no colgará las botas; los sueños de un niño que se prepara para entrar en el Olimpo; alguien que solo busca desconectar bajo esta lluvia fina… En realidad, poco importa todo esto, menudencias para el fin transcendental de esas zapatillas: el de seguir, con paso firme y constante, volando sobre el agua que inunda las calles salmantinas en la San Silvestre.

Antes de la revolución

Roberto Amador

Volvió a palparse el cuerpo. No echó nada en falta. Ni siquiera los quince kilos con los que había regado las calles durante meses. Calles que disfrazaban tesos, esas tildes de la prosa castellana.

Aquello era un acto de rebeldía. Un desafío a la genética y a la neurociencia. No había nacido para hacerlo, pero lo estaba haciendo. Y el dorsal no era otra cosa que la bandera del libre albedrío.

Estranguló el azar apretando los cordones. Pensó que los adoquines siempre ligaron bien con las revoluciones. Todos los arrancados en mayo del 68, los recolocaría a zancada limpia.

Una aglomeración nada angustiosa, feliz. Rítmica. Un cuadro de Pollock que merecía ser escuchado. Fuera música. Bailarinas en puntas, oteando.

Un disparo. Se confirma que esto es una revolución. En Portugal seguro que lanzan claveles. Las guerras no se escogen, las revoluciones sí. Esta además era justa. Y él había elegido.

Los pies de Salamanca

Adalberto Juan Cifuentes Egea

El escritor bilbaíno ha decidido despejar la niebla personal que le atormenta corriendo la San Silvestre Salmantina. Antes de que suene el pistoletazo de salida, se fija en el hombre que hay a su lado: un profesor reputado de la Universidad, quien ha encontrado en el deporte el camino para disipar el dolor que le causó su injusto encarcelamiento. Ya en la carrera, una anciana les adelanta con ritmo constante murmurando algo en latín. Un hombre de prominente bigote y melena rizada al viento, anima a seguir a los niños que acompaña. Entre visillos, Salamanca observa. La carrera pasa junto a la estatua de quien no se dejó sublevar, el cual parece decirle a los miles de deportistas que lo miran: “no os rindáis, ya queda poco”.

Al llegar a meta, la niebla se ha disipado bastante y el dolor ya no hace tanto daño.

Reencuentro en la San Silvestre

Teresa Lidia Ramírez Vázquez

Victor Manuel, sin dejar de impulsar las ruedas de su silla, a ratos secaba el sudor del rostro y las indiscretas lágrimas en sus mejillas. No aceptaba correr sin ella. Su mirada escudriñaba en la multitud. Recordaba cuando se conocieron en el Paseo de Canalejas en la primera carrera de San Silvestre Salmantina, eran niños. Desde entonces corrieron juntos cada diciembre. Necesitaban ser adultos para declarar su amor, cumpliendo patrones de religión.
Pensaba con tristeza si San Silvestre no escuchó sus oraciones, si el accidente los separó para siempre, sí la invalidez actual lo hacía desmerecer su amor.
De pronto un grito paralizo su cuerpo –Victor Manuel! – Te encontré!
Llovieron abrazos, risas, alegres lágrimas. Ella agarró su silla y corrió rápido hasta la meta. Los gritos de la multitud anunciaron el éxito. Un húmedo beso confirmó el reencuentro con su añorado amor. Brotaron las palabras… gracias San Silvestre.

Llegar a la meta

Santiago Ibán Valle

Salamanca, año 2013. Llegaba el gran día, restaban algo de más de mil quinientos minutos, no lucían los primeros rayos del sol y ya despierto, Silvestre, no dudaba en consultar con la almohada, preparando la estrategia de la competición. Veintinueve años viendo a través del cristal la carrera de su ciudad en Navidad, veintinueve años soñando con emoción, que algún día podría ser un participante, se imaginaba cada año llegando a la meta con los brazos en alto.
Han sido años de ahorro, años de lucha y los últimos meses de esfuerzo titánico para adaptarse a las dos piernas que le habían colocado. Se encontraba excesivamente nervioso, pero bien animado, física y mentalmente. Los entrenamientos eran satisfactorios y mañana…mañana si llegaba a la meta sería su victoria, el ganador de su propia vida.

De buena zancada

Marcos Dios Almeida

Aceleré el paso en la plaza Mayor poniéndome en cabeza.
El panadero como siempre pretendía ganar la carrera, aun cuando el motivo de la misma radica en fomentar la deportividad. Por eso me miró con condescendencia haciéndome correr todavía más.
Pasamos a los pies de la vieja universidad y me fijé en la ranita que descansa sobre la calavera de su plateresca fachada, y como ella salté sobre una lata de cola adornada con el nombre de Alfonso que algún incivilizado había tirado al empedrado de mi ciudad.
He mejorado la zancada pese a respirar dificultosamente, y tengo más aguante que esos presumidos pese a mis setenta primaveras… ¡Fondo! ¡Eso es lo que hace falta para llegar a la meta! Y a buena fe que tengo experiencia, no solo como corredor sino como terrícola que vive en este azul planeta.

La carrera

Javier Gómez Fernandez

¡Por fin voy en el grupo de cabeza! Tantos años intentándolo y al fin lo he conseguido, estoy entre los mejores. Somos siete; dos etíopes, tras americanos, un alemán y yo. Siempre ha sido mi mayor ilusión ganar la San Silvestre Salmantina. He pasado junto a unos amigos que me han vitoreado y aplaudido y Andrea, mi mujer, ha saltado de alegría al verme en el grupo de destacados.
Los etíopes van por su cuenta, pero los americanos, el alemán y yo nos vamos relevando para no quedarnos descolgados de ellos. El recorrido está a rebosar de aficionados que me animan gritando mi nombre y ofreciéndome botellas de agua. Yo voy muy concentrado y apenas me doy cuenta de nada que no sea los relevos que continuamente hacemos.
– Cariño, despierta… Los niños ya están preparados. Ayer dijiste que querías llegar con tiempo a la carrera, para poder estirar con tranquilidad.

Carrera Desleal

Pablo Reali Cestaro

Estoy llegando a Salamanca. Disimuladamente, me levanto el pantalón y puedo ver los circuitos y pistones hidráulicos que componen mis piernas cibernéticas. Como en todas las carreras, llamará la atención que corra de pantalón largo, pero como siempre, nadie se atreverá a preguntar. Es totalmente desleal lo que hago, pero no puedo evitarlo. Desde que perdí las piernas, mi único deseo es humillar a cuanto corredor puedo. Si me descubren no importa, no es un delito penal. Esta obsesión me está consumiendo. Creo que sería mejor dedicarme a algo más constructivo y dejarme de pavadas. La última vez casi mato de un infarto a mi perseguidor más cercano. Eso si no pienso volver a hacerlo.

LA GRAN CARRERA

MARIA ANTONIA MARTIN CRESPO

Como cada mañana, sonó el despertador antes del alba. Ya era un hábito para mí, ciertamente madrugaba mucho. Lograr mi objetivo requería perseverancia y sacrificio. Mi cuerpo debía estar en forma.

Nadie podía saber a dónde iba y que hacía. Estaba mal visto que una señorita saliera sola. Debía levantarme temprano, justo antes de que la luz del amanecer pudiera desvelar mi secreto.

Me vestí acorde para correr; unas zapatillas, pantalón ligero, camiseta ancha y una gorra que ocultase bien mi cabeza.

De este modo, con la ayuda de la noche, difícilmente podían descubrirme. Sola, en silencio, tan solo acompañada por el ruido sistemático de mis zapatillas sobre el asfalto, me preparaba, día tras día, para la prueba final.

Debía correr la gran carrera “La San Silvestre Salmantina”, ganarla y allí ante todos, descubrirme como una mujer.

5.000 y alguno más.

Yaiza Alvarez Gallardo

Más de 5.000 personas a mí alrededor, todos con zapatillas deportivas y un número a la espalda, los corredores, inquietos y felices esperan a que den la señal de salida, los nervios flotan en el aire, la competitividad podía olerse. Recuerdo que mi padre corrió en ella, cuando tuve suficiente edad, yo corrí con él, y hoy, 31 Oct. Mi hijo correrá conmigo en esta carrera tan popular de San Silvestre Salmantina.

Va por ti abuelo.

Álvaro Rodríguez Torres

Mi abuelo estuvo aquí, hace ya cuarenta y tres años. Recuerdo cada palabra que me decía sobre esta carrera, la pasión con la que se vive, la alegría de los competidores; «una experiencia única» me contaba. Yo hoy repito por segundo año consecutivo, y creo, serán muchos más.
No se si es por la carrera o por lo que significa para mi, intento explicárselo a mi hijo. En unas horas darán la salida, se que ya no estas con nosotros y jamas veras esto, pero no me importa si sirve para no olvidarte, te quiero abuelo.

Hacia la meta

Sheila Quijada Gil

Un año antes sólo veía la triste y lúgubre habitación del hospital. Ahora vislumbraba la meta, sentía el clamor del público y los aplausos resonaban en su cabeza. Sabe que no es el primero, aunque tampoco es el último. No importa. Dirige una última orden hacia sus piernas de aleación de titanio, las cuales le obedecen mejor que nunca y traspasa la ansiada meta, sintiéndose cual Usain Bolt en sus mejores Olimpiadas.

Supera tu meta

Miriam Fagúndez Núñez

Había perdido la cuenta de los minutos que llevaba corriendo, muchos tal vez pero no le importaba. Se sentía radiante y eufórico cada vez que levantaba la vista y vislumbraba la meta, el gentío y los aplausos de la multitud. Unos metros más y la meta sería suya. Nunca llegó. 9 meses después, desde la sala de recuperación del hospital su mente seguía ansiando el cruzar esa meta, rompiendo la delicada banda reservada al ganador.

Sentir el triunfo

Milton Leonardo García Sierra

Mi sueño, siempre fue terminar la San Silvestre Salmantina, corriendo y no caminando, es cierto que tal vez se pusiera en peligro mi integridad o la de los demás participantes, pero me había preparado con intensidad e igual mi acompañante. y el día de la maratón salimos con todo, no nos importó ni la lluvia, ni los repechos del recorrido. Sólo oíamos los aplausos de los espectadores y con determinación llegamos a la meta. Mi perro guía y yo sin darnos cuenta fuimos los primeros en la maratón, no pude ver con mi ojos pero si con mis pies. El premio por la victoria fue toda en comida para mi perro, sentir el triunfo fue mi recompensa

Patrocinadores

Colaboradores destacados

Colaboradores

27 DE DICIEMBRE DE 2026