I - 2013
1. Sigue, sigue
Julio David Iglesias Tena
Todo se nubló, apenas pude saber dónde estaba, todo daba vueltas y casi desfallezco. El cielo, antes azul y nítido se había vuelto grisáceo y difuso, oí una voz: "sigue, sigue", ahora no recuerdo si era alguien que me animaba o era mi voz interior pero me dio fuerzas, alcé la vista, respiré hondo, me tranquilicé y pude divisar que un poco más adelante se encontraba la cinta que marcaba mi meta. Los últimos metros se antojaban eternos, pero recorrerlos ahora significaba algo más. Una vez más mis ojos se encharcaron, pero esta vez de alegría...y allí estaba ella, con los brazos abiertos, esperándome.
2. CARRERA DE FONDO
Fernando da Casa de Cantos
Inspirar, uf, uf. Espirar, cof, cof. Llevo quinientos metros y no puedo más… Debo hacer más ejercicio y comer menos. Si ya lo decía Juvenal, Mens sana in corpore sano…
Inspirar, uf, uf. Espirar, cof, cof. Paparruchas. Hablando de Juvenal, prefiero eso de Pan y circo. Cuando termine, pienso zamparme un hornazo de tamaño industrial. Ah, y una cervecita bien fría, qué gusto…
Inspirar, uf, uf. Espirar, cof, cof. Qué bonita es Salamanca, cómo alivia el cansancio observar estas calles tan hermosas. ¡Ayyy, joder! Menudo codazo me ha dado esa, no sé qué prisa tiene. Ni que fuera Tere Recio… ¿O si era? No sé, ya va muy lejos.
Inspirar, uf,uf. Espirar, cof, cof. ¡Ya veo la meta, voy a llegar! ¿Quién dijo frío? Estoy sudando como un pollo, como jamás en mi vida. Si después de esto no adelgazo… Me como la calavera y la rana. Lo juro.
3. Una victoria, en cierto modo
Juan Manuel Sánchez Moreno
El griterío, que unos segundos antes lo ensordecía, ahora no es ya más que su propio jadeo junto a un lejano rumor del gentío que, en una calle cercana, aplaudeal ganador. Una vez más se dejó cegar por la gloria de saberse el primero, y cerrando los ojos, tomó por la calle que no era.
Al menos, confundido en el grupo de los segundones, escuchó voces de ánimo, y eso lo reconfortó, hasta el año siguiente.
4. Y de repente …
Ángel Juanes Martín
Desconozco cuando comenzó, el motivo, ni quiénes fueron los responsables de lo que estaba ocurriendo... pero tengo grabada en mi memoria aquella mañana, aquella primera vez, y la revivo continuamente al cerrar los ojos...
Ese día me asome a la ventana y lo vi, vi las calles inundadas de gente corriendo, gritos, voces, personas desconocidas que se ayudaban entre sí, era una escena que había visto miles de veces en mi pantalla, algo que jamás imagine que viviría en la realidad, pero estaba ocurriendo.
La calle se había convertido en un marea de seres vivos, niños, padres, madres, abuelos, perros... todos corrían como si escaparan de algo... pero me confundí...
Aquella mañana baje a la calle, quería saber que era lo que ocurría, ¿Por qué toda esa gente "huía" sin parar? y lo descubrí... la descubrí, era la "sansil" y desde entonces, yo tampoco he podido parar de "huir".
5. Las amigas
Calamanda Nevado cerro
-Algo sucede con mi imperdible del dorsal; comento a Elena, corre detrás de mí…
¿Tengo la piel irritada?
-A ver… sí parece.
-Lo peor son las ganas de rascarme; no me dejan correr; me haré costra… y… otra cicatriz.
-Desde la separación, empiezo mal las carreras. Sabes que me dice ahora. “Te empeñas en reclamar la custodia de los niños; siempre han sido para mí lo más importante”.
-Esto no es nuevo Claudia. Si, contesto sofocada, no tiene entrañas. Solo cuenta mentiras.
-Sabes, yo anoche me desvelé; pensaba ¿Y si mañana se me pegan las pestañas por la alergia?, hasta antes de la carrera no paré de lavarlas con agua hervida.
-Están bien. No tienes los ojos rojos. Le comento ya por San Isidro cuando nerviosa me indica.
-Míranos, llevamos buen ritmo. Vamos pegadas a las tres primeras ¿Esprintamos?
-Vale, contesto dispuesta. Elena sale como loca y me golpea bruscamente.
6. LOS QUE VIENEN DETRÁS
REMEDIOS GÁMEZ PELÁEZ
- ¡Mamá, no veo al abuelo!, ¿Cuándo llega? ¿Estás segura de que participa? Han pasado casi todos los corredores y a él no lo he visto por ninguna parte.
- ¿Y si se ha cansado y se ha retirado? Ya te dije que no deberíamos habernos puesto tan cerca de la meta porque está mayor y quizás no tuviese suficientes fuerzas para terminar la carrera.
- Mamá, llámalo por teléfono, ya no puedo esperar más. Llevamos aquí mas de hora y media y nada, estoy preocupado.
De repente se escucha…
-¡Santi cariño!
- ¡Abuelo!
-¡Mamá, el abuelo!, jajajaja pero… ¿Abuelo que haces disfrazado de caracol? Claro, ahora entiendo porque vas el último. ¿Mamá puedo acompañarlo hasta la meta?
- ¿Estás seguro que no te cansarás?
- No mamá, no me cansaré, quiero cruzar la línea de meta con él para así algún día seguir la estela de ese gran caracol.
7. En tiempo récord
Francisco Manuel Sánchez Sánchez
Algunos atletas tardan menos de diez segundos en hacer cien metros. Él tardó diez años en recorrer la misma distancia. Los que contemplaron la hazaña afirmaron no haber visto proeza igual. Las primeras apuestas decían que tardaría mucho más, pero fue más rápido que los pronósticos más optimistas. El premio: poder volver a correr. En cuanto cruzó los cien metros que separaban su habitación de la puerta del hospital, corrió a abrazarse a ella.
8. Prueba de vida
Salvador Robles Miras
Me encuentro en el Paseo del Rollo, precedido por centenares de
corredores; queda muy poco trecho para el final. Detrás de mí, no veo a
nadie, quizá ocupe el último lugar de la carrera. No importa. Estoy cerca de
la victoria. Demostraré hasta la más recóndita de mis células que albergo la
suficiente vida para aspirar a participar en la próxima San Silvestre
Salmantina…
Doscientos metros, sólo doscientos… Me falta el aliento, las piernas
me flaquean, la mirada se me nubla; pero he de llegar… Aún queda público
apostado en los bordes de la calzada, parece que animan a alguien, los que
están al otro lado de la meta aplauden con entusiasmo… ¿A quién? ¿A mí? Sí.
Tengo sesenta años y padezco cáncer, pero estoy vivo, mis células lo saben.
Mañana quizá también viviré, y pasado y el otro… Puedo hacerlo. Gracias, San
Silvestre, por acompañarme en esta carrera.
9. El diablo sobre piernas
Miguel Ángel Escudero
Corría por el parque entrenándose para la próxima carrera popular. Se sentía especialmente fuerte aquel día. Fue entonces cuando un hombre con aspecto de octogenario le pasó por la derecha, ¿Cómo es posible?, pensó antes de apretar el ritmo sin lograr acortar distancias. Llegó a esprintar; ni siquiera se acercó. Estupefacto y humillado, se paró a mojarse la cabeza en la fuente y fue entonces cuando le vio de cerca; el anciano pasó a su lado a gran velocidad. Encorajinado, volvió a salir detrás de él. Le persiguió el resto de la mañana y de la tarde. Siguió corriendo ignorando que sus piernas chorreaban acido láctico. Continuó a pesar del agotamiento extremo. El empleado del parque, un viejo conocido, le saludó al pasar; no le contestó, ni se paró a charlar un rato como hacía siempre. Tenía que darle alcance. No volvería a parar por nada del mundo.
10. Correr y amar
M. Luisa García - Ochoa
Mi amigo Felipe. Siempre con sus carreras de cross. Entrenábamos por la Casa de Campo. Me apuntó a su club, Club Internacional Maratoniano, en Canillejas, su barrio. Yo me paraba por puro cansancio, él seguía y, al ser un circuito cerrado, nos volvíamos a reencontrar.
¡Lo que se hace por ligar!
Aquella Navidad sabía que estaba sola y me invitó a su ciudad. Sin más, me apuntó a la San Silvestre Salmantina. Yo sólo haba oído hablar de la Vallecana, comentarios de mis tías, de cuando las mujeres no la podían correr y hacían una excepción con Bárbara Rey y otras. Sin demasiado entusiasmo le dije que sí, pero nunca imaginé que sería el final de nuestra relación.
Gané a Felipe. Se tuvo que retirar por un ataque de flato. Si hubiera sucedido en la Vallecana no hubiera importado pero allí sí.
A veces tanto correr no sale cuenta.
11. Corriendo cruzando el charco
JORGE CARLOS ORNA SALAZAR
Juan Francisco necesitaba recuperarse de su terrible fractura a la tibia. Para ello era de conocimiento que el amor de su vida Jimena estaba esperandolo para su tratamiento en Salamanca. El era hincha del equipo de esa ciudad porque su idolo fue Chemo Del Solar, peruano como el mismo. El miedo a recuperarse hizo que desafiara con una promesa: el corer vendado los ojos la Carrera San Silvestre Salmantina. El miedo le paralizaba a veces sus piernas recuperadas, pero habia que agradecerle a Dios que nos da la oportunidad de vencer las trabas del camino, cruza la meta, no importaba el lugar o el tiempo, solo una sonrisa de su amada al verlo cruzar y sacar de su zapatilla un anillo de compromiso para correr junto a ella la mejor competencia de la vida, la mejor.
12. Propósito de Año Nuevo
Óscar González Soto
—¿Adónde vamos?
—Al San Silvestre.
Caí de rodillas.
La invernal penumbra. Las caras serias. Las terroríficas canciones. Los discursos lapidarios. Los silencios perturbadores solo rotos por los gritos de aquellos que, como yo, se veían incapaces de soportar por más tiempo esfuerzo semejante.
Lloré desolado.
Minutos después, cabalgaba a hombros de mi padre, entre una multicolor marea de sonrisas y números en el pecho.
—¡Papá, papá!
—Dime, cariño.
—¡Quiero ir a esta misa todas las semanas!
13. El mérito
Héctor Anaya Martínez
Noto que el nerviosismo me envuelve como un manto, que las piernas me flaquean y no sé si podre dar el primer paso. Cierro los ojos y respiro, pero la inseguridad no se va, es como una densa niebla que no se disipa. Y, finalmente, suena el disparo.
La angustia ha desaparecido, la inseguridad se ve relegada por una confianza existencial en mi persona, una seguridad que me lleva a mi único objetivo: seguir, continuar hacia la meta.
Sé que mi familia y amigos estarán ahí, en alguna parte, pero no llegó a divisarlos, ni puedo distinguir sus voces en medio de los gritos y ánimos que lo envuelven todo. "Tú puedes, no te rindas", me repito una y otra vez.
Cuando el dolor anida en mi costado y siento que la vista se me nubla, caigo. Sin embargo, me levanto, porque el mérito está en alzarse tras la caída.
14. MIS MANOS, TUS OJOS
Raúl Guadián Delgado
Situemos los acontecimientos un día antes de cambiar la última hoja del almanaque. Entre los miles de dorsales que ocupan las calles de la capital salmantina en la popular carrera, y cerrando el pelotón de valientes que se enfrentan a los fríos castellanos, destaca la imagen de Manuel, cuarenta años cargados al lomo de la vida, abrazado a la mano de su hijo Diego.
Cuentan los que lo vivieron que la escena era de esas que te ponen el corazón a punto de yema, y que no hubo espectador que no batiera palmas de emoción para homenajear los esfuerzos de la pareja.
Porque corriendo más que su ceguera, para dejarla atrás y sentir la vida en el rostro, no faltaron a su promesa. Que por ser, me refiero a la promesa, de esas que te haces a ti mismo, no puedes dejar sin cumplir.
15. JUANITO
ANGEL JOSE VICENTE MATOS
Juanito no puede evitar un pellizco en el corazón mientras evoca los años vividos en Salamanca. Tras algunos titubeos decide correr la San Silvestre Salmantina. Se imagina subiendo por Tentenecio o atravesando el Patio Chico, la Plaza Mayor… Nuestro hombre se adormece lentamente mientras sueña su carrera.
Diez meses atrás el médico le puso en un aprieto. Sus analíticas eran nefastas, muchos indicadores gritaban. Sólo tenía 39 años.
A pesar de su sobrepeso empezó a correr por el parque del barrio. Al mes ya daba dos vueltas al parque. Lo mejor era que se iba encontrando fortachón, él que siempre fue un “marrajo antideportista”. Su cuerpo y sus analíticas iban cambiando pausadamente. Incluso se veía algún día corriendo un Ironman.
Observó que este año la carrera transcurría por dos polígonos a las afueras de la ciudad. Finalmente sería un poligonero, eso sí, sería un “Ironman poligonero”.Juanito esbozó una sonrisa.
16. Deportista… o turista.
Esperanza Tirado Jiménez
Todos los sábados, mientras desayuna, piensa: ‘Hoy me pongo las pilas y salgo a correr un poco. Que llega Diciembre y si no...’
Pero sus planes deportivos se evaporan cuando pasa por delante de las Catedrales. Lleva 3 años viviendo allí, pero hay algo que siempre la invita a entrar. Y lo mismo le pasa cuando corre cerca de la Plaza Mayor. Le ha hecho cientos de fotos. Pero cada vez que la cruza, descubre un detalle nuevo.
Durante estos 3 años, su idea de ponerse en forma para participar en la San Silvestre se convierte en un recorrido turístico improvisado por distintos rincones de su ciudad adoptiva.
Mientras intenta localizar a la rana -que todavía se le resiste- en la fachada del Edificio Histórico de la Universidad, un grupo de corredores la saludan. ‘El sábado que viene me uno a ellos y me pongo a entrenar de verdad.’
17. Love story
Edmundo Dantes
Mary: Cariño ¿me quieres?.
Joe: Ya sabes que si.
Mary: Me lo dices de mentira.
Joe: Que nooo ...
Mary: ¿De verdad?
Joe: Pues claro mujer !!!
Mary: Nunca me lo demuestras. Siempre estamos solos, no podemos salir a pasear, ni ir al cine ...
Joe: Estoy en una situación difícil: ya sabes que trabajo mucho, tengo reuniones continuamente, mucha gente depende de mi. Ademas tu vida la verdad es que tampoco es muy tranquila que digamos.
Mary: ¿En serio me quieres?
Joe: Pues claro !!!
Mary: Entonces ¿puedo pedirte algo?
Joe: Dime.
Mary:¿Lo harías?
Joe: Ya sabes que me gusta complacerte, si puedo lo haré. Seguro.
Mary: Entonces ... el viernes no vayas a Dallas, Joe. Tengo un mal presentimiento.
18. «SAN-SIL» ENTRE LUCES Y SOMBRAS
Jose Luis Bragado García
En mi memoria todo surgió después de los latidos desacompasados de una madre. Luego surgieron los lloros, los suspiros, los biberones. En aquella cuna ocre imaginé mil piruetas de vida mientras mis dedos hacían los cinco lobitos al viento. Luego se confirmó lo de mis ojos sin vida... pero no claudiqué, y con la ayuda de mi madre, fui poniendo luces a mis pensamientos y palabras a los sonidos. Con los años, mis sensaciones sin luz no dibujaron sombras de lamentos. Y aquí estoy un año más con mi amigo Paco como fiel guía para correr la "san-sil" salmantina. Es un pasear corriendo sobre los recuerdos de superación; sobre nieblas y desesperanzas que trataron de cegarme. Corro sobre la salmantina cúpula musical de mis juegos, colegios y Universidad.
¿Cuesta de Oviedo? ¡Ánimo! Esta carrera es como la vida. ¡Siempre existe una razón por la que correrla hasta el final!
19. El final y el principio
Sergio García Robles
Muchos años después, Alfonso Ortega, envecejido, risueño y nostálgico, regresó a la que siempre había sido su ciudad, Salamanca, a las calles que habían imprimido una huella indeleble, imborrable, en su memoria, y que ahora recorría de nuevo, feliz y agotado, sintiendo su cuerpo exultante y sudoroso. Un hombre que corre, el alma desplegándose a cada paso, recobrando el tiempo. Una leve brisa acariciaba su frente perlada de sudor, la luz vibraba en las fachadas de los edificios y reverbera en los árboles. La meta ya estaba cerca. Al final del trayecto, un niño vagamente parecido a él, un niño de rodillas ensangrentadas y mirada clara, le aplaudía y animaba.
20. LA CITA
Carlos Miguel Herrera Molpeceres
Como dos amantes, como dos viejos camaradas que vuelven a reencontrarse, públicamente, es el reecuentro, un año más, de los corredores con la San Silvestre de Salamanca, y ya son treinta, pues es la trigésima edición. ¡Madre mía, y lo rápido que ha transcurrido el tiempo!. Madurez de una prueba atlética, que sigue batiendo plusmarcas, de participación, de premios, y también de solidaridad. La San Silvestre de Salamanca no tiene techo. Es la cita de los atletas con la ciudad de Salamanca, por donde transcurre, año tras año, la serpiente multicolor, que se desliza suavemente por la ciudad del saber, recorriendo cada uno de sus rincones más emblemáticos, entre ellos la Plaza Mayor. Y como decían los Césares de la antigua Roma, la Roma Imperial.¡Larga VIDA a la San Silvestre Salmantina!.
21. LA MUERTE EN FOTO-FINISH
GONZALO PRIETO BARRERA
Se disputaba la final de los 100 metros planos. Estadio Olímpico a reventar. Se alinearon los seres más veloces de la tierra.Parecían extraterrestres por su contextura física e indumentaria;usual ardid para resbalar mejor en el aire.
Había un carril vacante que nadie más ocupó por pavor a competir con semejantes ogros y caer salvajemente derrotados.
Sin más temor que a mi cáncer terminal,invadí dícho carril en medio de broncas,risas y grítos de- ¡Fuera,fuera!- de la multitud.
Nó obstante,allí me quedé;deseaba competir en algo antes de morir.
Un silencio sepulcral delató el disparo de salida y explotaron todos como volcanes a tragarsen la distancia miserable.
Un suspiro y acabó todo. Necesitóse foto-finish y después de dos horas,anunciaron vencedor.
Conmoción mundial por el prodigio alcanzado: 100 metros en sólo cinco segundos; sin advertir que en menos de ellos, yó había llegado al cielo.
22. El día que saboreó el esfuerzo
Nicolas Baquero Argerich
Había llegado el día esperado. Llevaba más de tres meses proyectando ese día. Su esfuerzo, su ánimo y su esperanza, hacían de ese día un día especial. Un día en el que vería recompensado su cansancio, un día en el que, pasase lo que pasase, iba a estar satisfecho con su sacrificio.
Ese día salió a cumplir su objetivo. Una temperatura álgida hacía convertir su respiro en un gélido vaho, y el cuerpo, pedía un calor que el ambiente no podía proporcionar.
Una vez en la salida, decidió lanzarse a sobreponerse al cansancio, al frío y al dolor. El cuerpo lograba calentarse poco a poco, el aliento se aceleraba, y cada vez, el dolor era más insistente.
Pero, tras esfuerzo, consiguió cruzar la línea de meta, y se dio cuenta que pudo conseguir, más de lo que se había propuesto. Su secreto: pasos pequeños,y metas grandes, esfuerzo y constancia.
23. La Meta
Salvador Esteve
Empezó la XXX carrera. Había participado en casi todas las anteriores, aunque mi estantería de trofeos rebosaba polvo y frustración. A veces no pude acabar, otras lo hacía en puestos muy retrasados, pero mi fe era inquebrantable, esta vez sería diferente, me encontraba pletórico. Corría en cabeza, a mi vera Pinilla, ganador del año pasado, y corredores del Club Padre Basabe. La gente aplaudía el esfuerzo. Faltaba un kilometro, aceleré el ritmo, ¡hasta luego chicos!. A cincuenta metros el final, lo iba a conseguir, levante los brazos eufórico y cruce la meta.
Miré hacia atrás, la cinta seguía intacta, a mi derecha una luz me susurraba. Lo comprendí, no podía partir sin cumplir mi sueño.
24. MI PRIMERA CARRERA
Amado STORNI
En mi cabeza se dan cita sensaciones muy especiales contagiadas por un ambiente espectacular. Mientras observo cómo la gente se saluda, recojo mi dorsal - número 104 – y me sitúo al final del numeroso grupo de más de un centenar de corredores. Siento nerviosismo, inquietud, ansiedad. Repaso mentalmente los consejos para poder acabar la prueba: una alimentación equilibrada, ingesta de agua y bebidas isotónicas, calzado y prendas cómodas. Todo correcto. Tengo confianza en mí mismo pero sobre todo, muchas ganas de pasarlo bien. Siento excitación, felicidad y unas inexplicables ganas de llorar. Me imagino a Filípides recorriendo los 42 kilómetros que separan la ciudad de Maratón de la de Atenas para dar la grata noticia de la victoria helena sobre los persas, evitando así que las mujeres griegas sacrificaran a sus hijos y después se suicidaran. Suena el disparo de salida y al grito de “victoria”, empiezo a correr.
25. La carrera más codiciada
Isabel Martínez Barquero
Se había preparado a fondo durante meses. Era la ilusión de su vida, la utopía de sus sueños más felices, el motivo estimulante por el que despertaba cada mañana lleno de empuje. Llegó la fecha señalada y se presentó el primero, ávido por correr con toda la potencia de su espíritu luchador. Abstraído de lo accesorio, se puso en marcha cuando escuchó el pistoletazo de salida, ajeno a sus compañeros y al público que los jaleaba con vítores y aplausos. Ensimismado en el ritmo frenético de sus zancadas, poseído por un coraje tenaz, absorto en el esfuerzo que lo redimía, apenas escuchó el bullicio alegre de los espectadores que lo aclamaban como ganador. Magnífico y exhausto, cayó en la línea de meta mientras las lágrimas emocionadas le resbalaban por las mejillas. Alzó los brazos antes de que la sonrisa del triunfo quedara para siempre petrificada en su rostro.
26. LA xxvillll San Silvestre Salamantina
Héctor Alfredo Placenti
Arrancó allá por 1984, tímidamente…Hoy, una cita obligada en el calendario de prestigiosos atletas que gozan de carreras pedestre .Tracción a sangre. Garra y pulmón. Aire y resistencia.
Envalentonados por acontecimiento, los organizadores elevan la jugada y año tras año tienen una cita obligada con el deporte y el turismo.
La asociación, “Padre Basabe”, perteneciente al colegio San Estanislao de Kostka, de Salamanca, tira la casa por la ventana en esta fiesta. Brinda jugoso premio en metálico.
Muchísimos corredores se anotan en esta maravillosa carrera por la ciudad, que ofrece distintas pasadas brillantes, en vueltos en coloridos trajes que iluminan, aún más el día. Goza, Salamanca.
Situación delicada para, “Pino”, corredor argentino, jubilado anotado, en la categoría “G”.
“Voy de punto. Me tengo fe para ganar”, y agregó: “El premio será donado para los desempleados. Estoy acostumbrado a correr la liebre.
¡ La solidaridad, debe reunir, hermanar a un país generoso…!
27. ÉL PARA ELLA… ELLA PARA ÉL…
ANDREA DIAZ
Él la miró y le guiño el ojo, ella sonrío pero él no pudo ver su respuesta detrás de los anteojos negros.
El ritmo era contaste, ella le pasa el botellón de agua con la mano izquierda, él toma el trago, le corre el casco a ella y de chiste le moja la cabeza.
La curva es pronunciada y la velocidad se aminora, ya ambos no tiene edad para darse un buen porrazo, dice ella, replica él con una sonrisa grandota.
Ella controla el cronometro, ¡vamos bien! grita.
10 Km. indica él, ella levanta su bello pulgar.
A ellos no les importa el premio, a ellos les importa llegar juntos como lo vienen haciendo hace 30 años, 10 años antes del accidente, 20 después del accidente, ella hemipléjica solo su brazo izquierdo responde, él para ella, sus piernas, ella para él, su vida.
28. UNA DURA PRUEBA
Maria Fernández Velasco
El frío penetraba en mis huesos. Rondaba la media noche. Con la respiración alterada, carente de aliento, podía ver reflejadas las lúgubres calles salmantinas en el suelo encharcado. La lluvia se deslizaba por mi cara, burlándose de mí. Todo estaba en duda, salvo esa frase grabada en mi piel “Lo conseguiré, esta vez es diferente”. No dejaba de repetírmelo por dentro. Desde el Paseo de San Antonio hasta la Avenida de los Comuneros mirando el rostro de esas personas que antes me veían como algo insignificante y ridículo. Ahora era distinto sin aquella silla de ruedas. No había pomada, linimento ni masaje que quitara aquella caprichosa sensación de júbilo y melancolía, frío y calor, fortaleza y debilidad a la vez. Así amaneció indiferente junto al Tormes, un 31 de diciembre con un obsequio y una esperanza. La vida me brindaba una segunda oportunidad. ¡Era el día de mi prueba!
29. Al fin
David Panchuelo Gonzalez
Corrí, en silencio, muerto de miedo; sin mirar atrás. Y crucé la meta. Vi su sonrisa y respiré, al fin.
30. Retirado por la autora
Julia Ortiz Benítez
"Retirado por la autora" (Con tan solo 15 años y tras muchos siendo amigos, Jesús y yo decidimos empezar una relación. Cada día recuerdo su primer te quiero, fue inesperado pero me encantó. Hoy hacemos dos años y medio, algunos me dicen que locura pasar tanto tiempo con una persona y más como estoy yo, porque Jesús está estudiando en Zaragoza y prácticamente nos hemos pasado parte de nuestra relación separados, pero yo siempre les digo que la distancia no importa lo que de verdad importa es la persona y el amor hacia ella. Nadie quita que se pasa mal cuando en momentos importantes de tu vida no tienes a una persona que lo es todo para ti o al menos no la tienes físicamente pero todo pasa. Y hoy por hoy puedo decir que lo amo y que no me importaría pasar el resto de mi vida separados físicamente si es con él.)
31. Los laureles son para ella
Jordi Julià Manresa
Derrengado, así se sintió cuando cruzó la meta. Tenía calambres en el hombro derecho y las rodillas maltrechas, como si un clavo las atravesara de lado a lado. Su cuerpo, ya algo decrépito, apenas se sostenía en pie. Su marca, discretísima, bastante peor que la de ediciones anteriores. Ni siquiera oyó la calurosa ovación del público. Bajo el crono que indicaba el tiempo de llegada sacó de su bolsillito una muñequera y la apretó fuertemente contra sus labios, mientras alzaba su rostro al cielo. Allí debía estar ella, marcando esta vez el ritmo a los ángeles e insuflándoles palabras de ánimo para que aleteasen con mayor rapidez.
32. Mi propia meta.
Beatriz Cabellero Breña
Mi cuerpo rollizo, acostumbrado a la pasividad, sosegado por los libros de fantasía, dominado por una mente que a su vez estaba dominada por mil y un miedos, y millones de sueños, se atrevió un día a empujarme, y motivarme para correr la San Silvestre Salmantina.
Mi cabeza me decía que el fracaso era casi absoluto, que quizás mis piernas no me llevarían ni hasta la mitad de carrera, que miles de ojos me verían desfallecer y sudar hasta formar un embalse salado, donde podrían nadar y hacer otra carrera más.
Pero me alejé de esos pensamientos que son tan instantáneos como pestañear y que la mayor parte de las veces nos llevan a cerrar puertas a priori.
La clave estaba en cambiar. Cambiar la forma de ver las cosas. Mi objetivo no sería ganar, sino la satisfacción de alcanzar mi propia meta.
33. La segunda
Sofía García Claramunt
Recorrió sin apenas respirar el último tramo. Cruzó la línea de meta y ´fue aminorando la velocidad. Una vez más, había quedado segunda. Otra chica más alta, más delgada y, obviamente, más rápida había llegado unas milésimas de segundo antes. Se deshizo la coleta y fue al encuentro de su familia, que la vitoreaba a voz en grito. Nunca había quedado la primera en una carrera; por mucho que entrenara, siempre quedaba en segundo lugar. Y realmente no le importaba. Al contrario que la mayoría de las chicas que se llevaban la medalla de oro, no corría para ganar. Corría porque, cuando sus piernas se movían solas por la pista como las patas de una gacela y su pelo revoloteaba como un pajarillo, se sentía libre. Era un espectáculo verla competir: brillante, armoniosa, incandescente. Por eso volaba una y otra vez sobre el suelo: por su libertad.
34. Un tropiezo
Javier Fernández Pollán
A la altura de la Avenida de Mirat los corredores chapoteaban sobre una lámina de agua, envueltos en un ruido que anulaba los ánimos emergentes bajo los paraguas de familiares y aficionados. Feliciano cerraba un pelotón de una docena de participantes. Sus deseos para el nuevo año ya se habían cumplido. Salir de prisión, acabar su condena, sentir la lluvia fuera de la cárcel. Correr, pero no escapar. Vivir su particular soledad del corredor de fondo. Al llegar a Puerta de Zamora, un charco grande e inesperado deshizo el grupo. Al tropiezo general sucedieron las caídas de varios atletas, y Feliciano se detuvo a socorrer a uno. Era el policía que lo había arrestado en el pasado, tras perseguirlo y gritar su nombre. Tiempo después la carrera era otra. Y en la meta, ese “Feliciano” imperativo se convertiría en un “feliz año” a la hora de la despedida.
35. Rítmica cadencia
Sara Ovejero Merino
Izquierda. Derecha. Izquierda. Derecha. Noto el movimiento de cada músculo. El impacto de mis pies cuando golpean el suelo con rítmica cadencia. El calor que mi piel desprende en contacto con el aire fresco. Noto el sudor corriendo por mi espalda, por mi frente. Siento el aire salir con violencia de mi boca. El martilleo de la sangre en la sien y el corazón golpeando con fuerza en mi pecho. Los árboles pasan, uno detrás de otro, formas verdes y ocres en los que mis ojos, fijos en la pista, no llegan a detenerse. Oigo su respiración acelerada a mi lado. Miro de reojo hacia mi derecha. Veo su rostro congestionado por el esfuerzo y el ceño fruncido con determinación. “¿Estás bien?” Pregunto. “Sólo una vuelta más” Contesta con dificultad por falta de aliento. Y sonríe. Asiento y sonrío. Vuelvo a mirar de nuevo al frente. Izquierda. Derecha. Izquierda. Derecha…
36. METAMORFOSIS
Rubén Gozalo Ledesma
El hombre con el corazón más turbio que el agua enfangada sólo pensaba en la victoria. Cuando dieron la salida, se puso en cabeza. Conforme corría por las calles de la ciudad de piedra dejó atrás la intolerancia, la avaricia, el egoísmo y la envidia. Con cada zancada se disipaba el odio, se evaporaba el rencor y desaparecía cualquier resquicio de maldad. Enseguida flotaron en su mente otras palabras hasta entonces desconocidas: amistad, compañerismo, respeto, esfuerzo y solidaridad. Decían que aquella carrera te hacía ser mejor persona. Cuando cruzó la línea de meta comprendió que algo había cambiado. Ya no era el mismo.
37. Se necesitan lágrimas
Nacho Tapia Vicente
Emociones, sensaciones, pensamientos que van y vienen mientras las piernas tratan de avanzar y el corazón de resistir. Se suceden, como fotogramas; el intenso frío salmantino propio de las fechas, la majestuosidad del recorrido, el dolor muscular cuando aparecen las cuestas y desaparecen las fuerzas, la emoción por el apoyo del público, la alegría por el reto conseguido y, al final, la pena de tener que esperar otro año para repetir. No hay lagrimal capaz de producir tanto en tan poco tiempo
38. La leyenda de los pasos dormidos.
Oscar Royo Royo
Cuenta una antigua leyenda salmantina que la Tierra gira sólo porque, cada noche, todos los animales que durante el día han permanecido ocultos al refugio de madrigueras y ombrías, salen bajo las estrellas a correr libres por prados, riscos y laderas desde el Valle de Batuecas hasta las Arribes del Duero y, con sus pequeños pasos sobre la hierba, empujan el suelo hacia atrás, haciendo que la Tierra no deje de rodar mientras nosotros estamos dormidos. No sé qué hay de cierto en esta leyenda, pero sin duda algo debe haber, porque sólo cuando comienza a caer el sol, me pongo mis zapatillas deportivas y salgo a correr por las calles de Salamanca, sólo entonces, siento que mi mundo por fin empieza a moverse.
39. Como Dios manda
Prado Zúñiga Rodríguez
Hace veintinueve años en el cielo…
- ¡¡Silvestre!!
(me desperté sobresaltado) ¿¿Qué pasa Señor??
- Una nueva carrera popular en tu nombre, esta vez en Salamanca. No lo comprendo… ¡con lo vago que eres!
- (Como si no lo hubiera oído), solicité: ¡¡Dígame Señor!!
- Ya sabes tu cometido. Pon especial empeño en ancianos y niños… se deshidratan antes.
-Señor…(titubeé) ¿Podré socorrer a mujeres guapas?
-¡Silvestre, Silvestre...! ¡Que te distraes de tu cometido! Anda ponte en camino y no olvides pedirle a Pedro copia de la llave.
-Como mande. ¡Ah Señor!, le traeré una estampa del Cristo de los Milagros que sale Usted muy favorecido.
40. SUPERACION
MARIA DEL PILAR BRAVO CAMPO
Acababan de cerrar el Colegio privado en el que trabajaba como profesor de educación física. Empecé a buscar trabajo y buceando en Internet descubrí la carrera de San Silvestre. Me inscribí y comencé a entrenar, mi aspecto y mi espíritu mejoraron día a día.
Llegó el momento de ponerse el dorsal, el sonar de las zapatillas golpeando el recorrido incrementaron mi adrenalina.
Corredores de todas las edades luchaban por seguir adelante, completar la carrera y los profesionales con la ilusión de ganar. Eso quería yo, luchar para poder trabajar en mi vocación: el deporte, correr y correr sin desaliento hasta conseguir mí objetivo.
- Muchos lo intentarán, pero yo lo conseguiré- pensaba mientras mis piernas funcionaban de manera autónoma.
Finalicé la carrera con el número mil cuarenta. Sonó el móvil, ¡Por fin una entrevista!
De la alegría seguí corriendo y no he parado desde entonces.
41. CORRE CAMINOS
Irene Moriano González
Una bocanada de aire frío invadía mis pulmones mientras mis artificiales piernas recorrían las calles ansiando llegar a la meta. El quebradizo asfalto se adhería a mis zapatillas y yo, con la mente en otro planeta, no conseguía imaginar mejor sensación que aquélla. Aquel reto suponía para mí algo más que una simple carrera. Al borde del abismo había apreciado el fresco aroma de la vida y de sus pequeños placeres. Tras el accidente las secuelas fueron inevitables, pero ahora que sentía el gélido viento en mi cara, me enorgullecía de que, a pesar de los tropiezos del día a día, había conseguido levantarme y superar sutilmente cada obstáculo que se había presentado en mi camino. Yo, veloz, implacable, portando mi dorsal con la mayor satisfacción, me sentía ganador de aquella carrera, la de la vida contra la muerte.
42. Fermín y Vicente
Daniel Aznar Alonso
Fermín y Vicente eran dos viejos amigos cascarrabias con una vieja afición común. Presumían de haber participado en todas las ediciones de la San Silvestre de Salamanca. En cada una de las veintinueve que habían disputado, siempre habían competido entre ellos, y siempre Vicente había quedado por delante de Fermín, quien realmente no lo terminaba de llevar bien. En cada edición pensaba “esta vez sí”, pero año tras año sucedía siempre el mismo desenlace. Ahora, en la edición número treinta, ambos ya tenían achaques propios de su edad, pero no dudaron en participar. La carrera entre ellos fue muy igualada, tanto que llegaron a los últimos metros emparejados. Un inoportuno tropezón dio con Vicente en el suelo. Fermín se vio solo ante la meta, pero lejos de cruzarla, paró y le tendió la mano a Vicente. Fue entonces cuando, treinta años después, supo lo que era realmente sentirse ganador.
43. No estás solo.
Nuria Cruz Fernández
Siempre lo habíamos hecho todo juntos, así que ahora no pensaba dejarte solo. No, no lo iba a hacer. Hacía frío, mucho frío, no paraba de llover y estabas a punto de pararte, de dejarlo, sólo te mantenía en movimiento aquella promesa, las lágrimas resbalaban por tus mejillas y caían al suelo... Cogí tu mano queriendo transmitirte todo el calor que ya no poseía. Susurré en tu oído palabras de ánimo, palabras de amor. Debiste oírme, me miraste sin verme. Y corriste, corriste como si la meta no fuese de este mundo. Alargaste la mano queriendo alcanzarme y con tus ojos me suplicabas que no me fuera. Otra vez no. Ahora ya está. Tu cuerpo rompe la cinta, lo has conseguido. Esta será nuestra última San Silvestre, pero no sufras, recuerda que no estás solo.
44. S.S.S.
José Enrique Muñoz Moya
San Silvestre Salmantina. El próximo veintinueve de diciembre, último domingo del 2013 en curso, se celebrará la trigésima carrera popular que tuvo sus comienzos allá por el lejano 1984. Partiendo del Paseo de San Antonio, deberán completarse diez kilómetros por un bonito (basta ver las imágenes de los diecinueve concursos fotográficos habidos hasta ahora) circuito urbano de la preciosa capital charra, para volver al punto de inicio. Sumemos a lo anterior la sexta convocatoria ya para sus carteles anunciadores y sólo nos restaría un apropiado primer certamen de microrrelatos, a la forma incluida en la edición venidera por el Club Deportivo Padre Basabe, del Colegio San Estanislao de Kostka. Será la cuarta pata para un banco que se mejora pacientemente, desde hace muchos, todos y cada año…
45. Cálida meta tras la fría espera
Vanesa Álvarez Álvarez
Hace frío. Se agarra con fuerza a la valla a pesar de tener las manos heladas. "Maldita cadera" piensa con una punzada de resentimiento. Debería estar corriendo, como cada año. Sin embargo, allí está, de pie, esperando, observando con cierta impaciencia cómo los participantes van cruzando la meta. Son pocos los que han llegado, todavía es pronto. Cada vez que oye el golpeteo de unas zapatillas contra el asfalto se apoya en la valla y se yergue para ver si es él. Aún tiene que esperar un largo cuarto de hora, pero al fin su paciencia se ve recompensada cuando vislumbra una mata desordenada de cabello oscuro y una forma de correr que reconocería en cualquier parte. Dando largas zancadas cruza la meta. Él le dice al verle "Abuelo, ¿has visto?¡Entre los veinte primeros!”. Le abraza con fuerza, lleno de orgullo. Y que le den al dolor de cadera.
46. Correr por Correr
Albert Harrysy
Correr por Correr
Fue el día después de Reyes de este año cuando me puse las zapatillas y salí a correr por primera vez: sin ningún peligro que me acechara y sin ningún profesor de Instituto que me obligara. Correr por correr. Sin buscar una mejora en la salud y sin la intención de bajar de peso. Correr por correr.
Seguí corriendo durante todo el año. No se porque ni para qué, el caso es que sonreía cada vez que acababa una sesión.
Mañana es la “San Silvestre”, aparte de sonreír al acabar, pretendo disfrutar y participar.
47. El engaño
Antonio Pedro Giménez
La transpiración marcaba surcos en su cara a pesar del frío. Un largo mechón caía sobre los ojos fijos en la meta.
Se había entrenado intensamente aunque sabía que su cuerpo macizo no era el ideal para largas distancias. Pero la única competición que jamás puede ganarse es la que no se corre. El mejor tiempo femenino para ese recorrido era de algo menos de 34 minutos. Con esfuerzo podía superarlo.
Veía la llegada a pocos metros. Había dos corredoras a su lado. Adelante solo hombres. Aceleró. Dio las últimas zancadas sin respirar y logró cruzar la línea en primer lugar con un tiempo record de 33 minutos y 29 segundos.
¡Había ganado en Salamanca! Pero no aceptaría el premio.
Para lograrlo había tenido que ponerse peluca y usar el DNI de su mujer, pero ya no importaba, su sueño estaba cumplido.
48. El atleta lector
David Baró
Le gustaba leer tanto a Unamuno que cuando, ya no muy joven,corrió la San Silvestre Salmantina hojeó, trote a trote, La agonía del cristianismo, a pesar de lo cual terminó en una muy meritoria décimo quinta posición.
49. inmortalidad
milton vidal palacios
Hubo una vez un hombre que tuvo la dicha de pedir un deseo que se haría realidad, el pidió ser inmortal.
Fue feliz por un tiempo, era joven y no temía por el paso del tiempo, tenía muchas personas que lo querían y vivió mucho tiempo feliz pero el paso del tiempo solo no lo afectaba a él y cuando se dio cuenta el seguía siendo el mismo joven y animoso de siempre pero los que lo rodeaban envejecían, enfermaban y morían.
Vio morir a sus amigos, a su esposa, a sus hijos
Viajo, hizo otra familia, otras amistades pero siempre pasaba lo mismo, Al final lo único que quedaba eran la soledad y los recuerdos que eran cada vez más dolorosos.
Finalmente se cansó de buscar una vida tras otra y simplemente se deshizo de sus emociones y dejo de importarle la muerte de los demás, dejo su humanidad.
50. UN TIPO BIZARRO
Torïo García
Elías siempre había sido un tipo bizarro. No se sorprendió por ser el único corredor en la salida, ni le alertaron los gritos del público, y mucho menos se extrañó de que nadie diese la salida. Siguió el itinerario que había memorizado, corriendo a un ritmo que le permitiese deleitarse en el ambiente urbano y festivo que la San Silvestre Salmantina ofrecía. Cuando llevaba aproximadamente un tercio de recorrido ―recordad que avanzaba a ritmo sosegado―, comenzó a cruzarse con otros corredores, que transitaban en sentido opuesto. Al completar unos dos tercios de su ruta, un anciano corredor, de los más rezagados, le alertó: «¡Señor!¡Va usted en sentido contrario!», a lo que Elías respondió, con la flema que le caracterizaba: «No, señor. En mí carrera son todos ustedes los que van al contrario. Mire ¿ve allá la meta?» preguntó, señalando a la salida. «Está esperándome. Y voy a llegar el primero».
51. Turismo exprés
Nuria Gimenez de Torres
¡Ah! A correr. Número en pecho y cámara en mano. Tiendas y chicos con pelucas, llegamos a una plaza. Anda, un vaquero charro; foto. Sigo corriendo. Más tiendas y tres Papá Noel a mi lado. ¡Feliz Nochevieja! - Me dicen. Sigo, otra plaza. Anda, una iglesia redonda. Foto. Sudo mucho. Llegamos a la Plaza Mayor, aquí reduzco y fotos. Sigo corriendo, empiezo a estar muy cansado. Murallas y puente romano. Más fotos. Zona desierta, me voy a desmallar. Otro corredor me da agua. ¡Gracias! - Le digo. ¡Feliz año! - Y seguimos. Palacio de congresos, parque, zona universitaria... ¡La rana! Foto. ¡Y las conchas! Foto. Plaza, palacio, parque y zona nueva. Soy puro sudor. Tras un considerable rato, veo un... ¿rollo? Foto. Ánimo campeón-, me dicen al pasar. Vamos si soy un campeón, soy pura salud. Un par de fotos más y la meta. Vítores, sonrisas y mi gente.
52. FINAL FELIZ
ISIDRO CATELA MARCOS
Para que yo me llamara David López o Rafa Iglesias, hubiera sido necesario un ancho espacio y un largo tiempo. Nunca me he llamado así, nunca he sido como ellos. He corrido por amor, ni más ni menos. Detrás de ella.
En ocasiones, antes de llegar al Puente Romano, ya me había sobrepasado con la facilidad de la liebre en la famosa fábula. Arrastrando mi caparazón, aceleraba cuanto podía. Era en vano, jugaba conmigo. Me iba dejando migas de pan para que no perdiera su rastro. Una vez, conseguí alcanzarla al final, junto al estanque de La Alamedilla. Era la del cuello largo: el cisne. Pero Paseo del Rollo abajo, se fue con otro pato. Mucho más rápido que yo, mucho más feo.
No desespero. Este año, de nuevo, volveré a intentarlo. Ya tengo dorsal. Me han dicho que los cuentos siempre terminan con un festín de perdices.
53. Solo quedan unos pasos
Miguel Angel Muñoz Martinez
Las sombras cayeron y los tiempos de dicha acabaron.
Los salmantinos lucharon hasta la extenuación para mantener las tradiciones: El Corpus, el lunes de aguas, y por supuesto la San Silvestre. Hicieron lo que pudieron, pero la temible oscuridad invadió sus ánimos, volviéndolos remolones y taciturnos.
Poco a poco la oscuridad fue tomando forma, viéndose dueña de aquellas gentes. Pero, eh aquí que cuando ya se veía todo perdido, aparecieron en la lejanía sendas zapatillas, blancas como la nieve, que con ágiles zancadas sortearon los problemas. Pronto sobrepasaron a los estafadores; barrieron a los especuladores y echaron a la cuneta a los corruptos. Las sombras nada pudieron contra su firme decisión de continuar adelante, y de ésta manera fue abierto un camino de luz que iluminó a muchos.
Justo cuando ya se divisaba la meta pararon en seco junto a tus pies.
¿Quieres ser tú el que dé los últimos pasos?
54. Superación con los cinco sentidos
Andrea González Raimbault
El desafío y la adrenalina se miraban cara a cara a la vez que el viento silbaba lleno de júbilo. Los pies se retaban el uno al otro por ver cuál era capaz de llegar antes a la línea de meta. El vencer no importaba lo suficiente frente a aquella avalancha de plena libertad que se apoderaba de cada uno de los participantes. Era magnífico sentir cómo el tiempo volaba para pararse a cada segundo. Los conceptos de lentitud y rapidez se enredaban en una enigmática paradoja perfecta; durante ese tiempo podías apreciar hasta el más mínimo detalle, así como difuminar el paisaje, transformándolo en acuarelas inacabadas pero bellas.
Y los pies seguían retándose uno al otro, y la mirada de los corredores también, con una deportividad y superación solo posible en un estado de plenitud tan al margen del tiempo. Tan en sintonía con el silbar del viento.
55. Vivir
David Cruz Fernández
Una carrera, una competición. Día a día, sin trabajo, sin esperanza de encontrarlo, mientras esas gentes que visten trajes de marca, y que dicen representarnos, se pelean y discuten si el país va a mejor o a peor, me entreno y esfuerzo. ¿Cómo nos van a representar? Son como los nobles privilegiados de antaño que gobiernan a costa nuestra. ¿Cómo nos van a representar si no pertenecen al pueblo? No saben lo que es competir con miles de personas y que sólo pueda ganar una. ¿Enchufada? ¿Y qué pasa con los que pierden? ¿Por no ganar ya no merecen un salario justo o una vivienda digna? Aquí, todos los que corremos damos lo máximo, aquí el premio es la satisfacción por hacer lo que quieres, por disfrutar y por sentir que el esfuerzo ha merecido la pena: competir por mejorar y no especular con el esfuerzo de los demás.
56. Relevo
Eva García Martín
Su manita, firmemente aferrada a la mía, transmite ilusión y una determinación que no me resulta desconocida. Con el corazón pugnando por escapárseme del pecho, intento sonreir cuando logra que le suelte para unirse a los demás, orgulloso de su dorsal, a esperar el pistoletazo.
Cierro los ojos para esquivar la visión de esa misma meta a la que tú no llegaste. Solo son novecientos metros, es un niño sano, voy a verle regresar….
Aún no te he perdonado que decidieras abandonarnos definitivamente en el puente viejo; el mismo lugar donde enlazamos nuestros destinos. Todos dijeron que te fuiste feliz, sonriendo, haciendo lo que deseabas; que eras un ejemplo de superación y constancia, de lucha por la vida. Pero aquel frío mediodía, mi vida se congeló cuando entregaste la tuya por esta carrera.
Sé que, desde ahí arriba, sonreirás al verle correr: es igual que tú, sin miedo a nada.
57. Agujas de luz
Jesús Pérez Benítez
No pude dormir. Recordaba el chasquido seco quebrando el hueso. Seis días para fin de año y allí estaba, tumbado sobre la cama, con el sabor metálico de la anestesia en el paladar y un agujero en el alma.
Mi madre me sonreía.
–Te cuidaré y pasaremos la Nochevieja juntos –me decía.
Las agujas de luz se filtraban por la persiana posándose sobre las paredes grisáceas. Adormecido, perseguí las sombras… parecían moverse; corrían, sudaban, cruzaban El Puente Romano sobre el reflejo del agua. Estaba mi grupo, tirando, unidos, con los dorsales colgando del pecho ante la orgullosa catedral que nos vigilaba.
No quería árbol, guirnaldas, ni regalos. Aquél maldito hueso astillado me había robado la ilusión de la Navidad: La San Silvestre de mi Salamanca.
A la hora de la salida me senté entre el público con la ayuda de las muletas. Una sonrisa se presentó en mi boca.
58. No mires atrás
M Victoria Negro
Esas cuestas bajo los pies, Ray Loriga entre las sienes, el temor frío recorriendo los pasos…
No importa cómo acabes, sino aquello por lo que luchas. Da igual la vida del tiempo, pues es tiempo de la vida, de aferrarse a uno mismo y superarse.
Y que nadie diga que no perseguí mis sueños.
59. Fuerza
Ana González Fernández de Liencres
Los marcadores estaban listos y las piernas de las atletas en posición La alerta de salida sonó y todas las corredoras salieron disparadas de la línea de salida. Las voces aclamaban a la atleta con más posibilidades de ganar. Otras voces animaban al resto de chicas. Sólo era una la voz que gritaba el nombre de la futura ganadora. Pero lo hacía con fuerza, con ánimo, y con la seguridad de dar la vida por ella como ella la daba por ganar.
60. Lo importante
María Elejoste Larrucea
El mejor atleta del mundo, como se autodenominaba; SM (Su Majestad) como le decían sus rivales, comenzaba el ritual: estirar músculos y calentar el cuerpo. Le rodeaba la chusma: amas de casa en mallas fosforito, niños con mocos y viejos barrigudos. Se abrazaban y se deseaban suerte. ¡Estúpidos, como si tuviese algo que ver! Para colmo vio a unos jóvenes, uno de ellos invidente. Lo que faltaba…
Comenzó la carrera y en unas zancadas se distanció del gentío. No tendría que esforzarse, nadie estaba a su altura. Cada vez estaba más lejos, así que aflojó el ritmo, sería más divertido. Le pareció deprimente que se jalease al ciego, un tal Jose, y que le dejasen paso. SM ganó, evidentemente, y el ciego quedó segundo. En el pódium se escuchaba “Joseee, Josee”. Molesto, le susurró al oído:
—He ganado yo.
—Sí —contestó Jose—. Pero no has participado.
61. Ya está ahí
Carlos Sáenz Preciado
La cinta ya estaba allí. Ya quedaba menos, pero de reojo veía a los africanos como se acercaban, como estaban cerca y más cerca y más… Atrás quedaban los madrugones, las zapatillas empapadas de lluvia y barro, el mal comer y beber, las horas robadas a los hijos, el no salir por la noche… ¿cómo pudo aguantar todo esto Ana?. Y cada vez más cerca, pero la cinta también , ya casi la toco. Sólo escuchaba mi respiración, todo era silencio. El corazón me estallaba en el pecho. La gente levantaba los brazos y cerraba los puños agitándolos convulsivamente, pero todo era silencio. Con este eran ya diez las San Silvestre corridas, tantas privaciones, todo era silencio, silencio… y llegó la explosión cuando los dos keniatas me adelantaron. Lo siguiente que recuerdo era una sirena y dolor en el pecho… pero no importa, el año que viene ganaré.
62. Entrenando
Elena Marqués Núñez
Cada mañana la veía. Salía dando saltos, atándose los cordones, alzándose la capucha, parándose en el semáforo hasta que se ponía en verde y cruzaba la avenida a un trote ligero, acompasado a la música y al devenir del otoño.
Un día le pregunté: «¿Te apuntarás a la San Silvestre?». Como respuesta recibí un no rotundo. «Lo hago por deporte». «¿Por qué otra cosa iba a ser?», me defendí.
Ese año observé el paso de los corredores, sus fuerzas medidas, sus angustias por llegar en tiempo récord. Ella también vigiló muy de cerca el resultado de la carrera. Entonces la entendí.
Cada mañana la veía. Salía dando saltos, atándose los cordones, alzándose la capucha, parándose en el semáforo hasta que se ponía en verde y cruzaba la avenida a un trote ligero. Yo se sumaba entonces a su carrera, acompasado a su música y al devenir del invierno.
63. Mi primer dorsal
MARTA BARDÓN MORENO
Justo acababa de revisar que los cordones no fueran a enamorarse por el camino propiciando una caída a mitad de carrera cuando… “¡Atención, quedan cinco minutos para la salida!”. Era mi primer dorsal y mis gemelos estrenaban el mundo del atletismo sin miedo, con la decisión propia de quien carga el esfuerzo en cuerpo y mente. Aurículas y ventrículos bailaban tan desaforadamente que mi nariz necesitaba ayuda de la boca para mandar los nervios al exilio. Disposición, concentración, meta. “Preparados, listos…”. Una primera zancada zurda puede no representar el comienzo idóneo y, sin embargo, me dio el impulso necesario para saludar a la archiconocida rana universitaria y disfrutar de los ánimos compañeros. Mi mente tiró de abdomen para respirar los últimos kilómetros por las calles tostadas de la capital charra. Exhalé la meta. La satisfacción clausuraba mi estreno del atletismo con la San Silvestre Salmantina como título.
64. Quien tiene la voluntad tiene la fuerza
JUAN JOSÉ HERNÁNDEZ CARRIBA
Tengo la cara cubierta de gotas de sudor que quizá se conviertan en estalactitas de hielo si me paro, si cedo a la tentación de no dar un solo paso más, una zancada tras otra para llegar a esa meta aún invisible, aún remota. Puedo volverme y correr hacia el fulgor de la Catedral o refugiarme bajo los soportales de la Gran Vía, entelerido y raquítico, como una figura extemporánea que los viandantes contemplarán con sorna; puedo huir ahora y perderme entre la multitud alborotada, pero sé que las piernas no me otorgarían ese final tan innoble que anhela el cerebro: cada nuevo impulso sobre el asfalto húmedo es automático, involuntario, exagerado. Apenas trato de desviar mi atención hacia los espectadores arracimados y descubro que mi cuerpo se ha emancipado de esta mente frágil que busca la claudicación, la renuncia o el abandono para no celebrar la victoria.
65. UN PASO MÁS
Yago NÓVOA NIETO
Sin visión. Los ojos arrasados por la salitre del sudor que los párpados anega.
Sin oído. Late atronador el corazón bombeando sangre a los músculos fatigados.
Sin olfato. Entra el aire arrollador a borbotones rascando los pulmones abiertos de par en par.
Sin gusto. Abrumado el paladar por la saliva pastosa que se acumula en la garganta.
Sin tacto. Saturado el sistema nervioso por los pinchazos lacerantes en músculos y articulaciones.
Sin sentidos. Con la mente cuasi bloqueada y la razón supeditada a la voluntad.
Con el mundo y la vida reducidos a la imperiosa necesidad de dar cada vez un paso más.
Con todo tu ser enfocado a soportar la tortura voluntaria con el fin absurdo de cruzar una línea inmóvil.
Victorioso. Celebrando sin poder pestañear siquiera la efímera conquista de una meta que mañana nuevamente buscará.
66. Suspense, horror
Andrés Rodríguez Viguera
La noche me está resultando muy solitaria. Esto no es nada nuevo, casi todas las noches las paso solo, en mi estudio iluminado por una sola bombilla de flexo, mirando el monótono correo digital y escuchando el silencio casi sepulcral que hay al otro lado de la puerta. ¿Pero qué sensación se tiene cuando en tu aparente monotonía algo se sale de lo común? Me llegó una carta avisándome de “algo”. Y ahora estar en casa es insoportable: ruidos metálicos proviniendo del pasillo ennegrecido, tuberías vibrando, gotas fluyendo intermitentemente del grifo del baño, una puerta que se ha cerrado, el parquet siendo pisado…y unos ojos. Unos ojos donde la luz rebota haciéndolas parecer un par de canicas situadas en la oscuridad. Me miran, creo. Ha vuelto el silencio. El latir de mi corazón es ensordecedor, estoy paralizado. De la oscuridad ha salido un brazo. Viene aquí…
67. LADY MARATHON
David Acebes Sampedro
La historia se repite. Durante el transcurso de la Maratón de Boston, en 1.967, un comisario con los atributos del dios Apolo (léase, para los mal pensados, cítara, plectro y espada), constatando que Katrina Switzer, dorsal 261, a la que llamaremos Dafne por no faltar a la tradición mitológica, era ni más ni menos que una mujer, se abalanzó sobre ella intentando detenerla. Según testigos presenciales, un río de corredores la secundó hasta la meta, convirtiéndose de esta manera (curiosa metamorfosis) en la primera mujer que acabó una carrera. Ironías de la vida, como premio por su gesta, recibió la felicitación popular y una mísera corona de «laurel».
68. Sol de invierno
Ricardo José Burón Legido
El recio frío castellano invade cada rincón de la ciudad dorada, que refulge con el mortecino sol de diciembre. Frío en las piedras, en los árboles dormidos y en la escarcha de las esquinas umbrías. Pero, tu cuerpo… tu cuerpo arde. Se calientan tus músculos, tus pulmones se dilatan y tu mente se vacía.
Desconectas por unos minutos de las cenas de Navidad, de tu cuñado, de tu suegra y de la inminente Cuesta de Enero. Un reto, una meta a alcanzar, un objetivo a cumplir antes de que finalice un año, otro más, cargado de problemas y sinsabores.
Corredores solitarios, parejas, padres con sus hijos, amigos disfrazados. Alegría. Zancadas y resuellos por las calles cargadas de Historia… Salamanca, treinta de diciembre.
69. Abandono
Iván Sánchez de Amo
Un día soleado. Una ciudad. Un barrio. Una cafetería. Una terraza. Una pareja.
Ella una coca-cola, él una cerveza y diez segundos de silencio.
Ella mirando a la cara y él contemplando el suelo.
- Me lo podías haber dicho antes de venir -dijo ella enfadada.
- Si, lo siento. No tuve valor -dijo él sin despegar los ojos de la baldosa.
- ¿Por qué dejaste que viniera de vacaciones si pensabas romper la relación?
- No lo sé. Creo que quería que te llevaras un buen recuerdo de mí.
- Pues lo siento por ti, pero la imagen de este cobarde no creo que desaparezca tan fácilmente de mi memoria -dijo mirándole de arriba a abajo.
Acabaron las bebidas, la acompañó en silencio a la estación de autobuses y se despidieron con un abrazo. Él deseando que lo perdonara, ella deseando no perdonarlo jamás.
70. Sol de invierno
Ricardo José Burón Legido
El recio frío castellano invade cada rincón de la ciudad dorada, que refulge con el mortecino sol de diciembre. Frío en las piedras, en los árboles dormidos y en la escarcha de las esquinas umbrías. Pero, tu cuerpo… tu cuerpo arde. Se calientan tus músculos, tus pulmones se dilatan y tu mente se vacía.
Desconectas por unos minutos de las cenas de Navidad, de tu cuñado, de tu suegra y de la inminente Cuesta de Enero. Un reto, una meta a alcanzar, un objetivo a cumplir antes de que finalice un año, otro más, cargado de problemas y sinsabores.
Corredores solitarios, parejas, padres con sus hijos, amigos disfrazados. Alegría. Zancadas y resuellos por las calles cargadas de Historia… Salamanca, treinta de diciembre.
71. Sangre de Atleta
Omar Ivan Trejos Buriticá
Los aplausos no permitían que su voz se escuchara. El permanente flash de los fotógrafos impedía un segundo de concentración. El premio máximo de un atleta: ganar la San Silvestre. Camilo seguía allí, esperando a que las fotos continuaran, a que las pasiones del público dejaran un segundo en calma, para gritar su gran secreto. Jamás había sentido tanta tensión pero estaba decidido. “Haber ganado la San Silvestre masculina…” era una frase que se perdía entre vítores y flashes. Quería contarlo a los cuatro vientos. Fue entonces cuando su figura varonil adquirió un matiz de preocupación reflejado en sus ojos. Aquel 31 de Diciembre, ante todo el público, su preocupación superó todo lo imaginable. El pene que siempre simuló con un par de medias envueltas, se había impregnado de sangre. La menstruación, producto de la emoción, había regresado en el momento más inoportuno.
72. El triunfo
Francisco Javier Romero Alanzabes
Apenas supe unos días antes que mis running ya estaban listas. Mónica me las preparó a conciencia, pude entender que no se cansara de mirarlas. Salí dispuesto a entrenar por última vez y percibí un cierto sabor a triunfo. Después de todo lo que había imaginado no podía creerme que estaría allí con mi equipación absolutamente impoluta. Ella me otorgó el enorme regalo de ese último aliento antes de enfrentarme a la carrera; con un beso de despedida me habilitó el deseo de volver a casa satisfecho.
Saltaba nervioso en la salida y miraba de un lado para otro en busca de una sonrisa que consolara mis ansias de comenzar. Cuando por fin se desató la marabunta de atletas, empezó a sonar la música y realicé el mayor ejercicio de superación que jamás me había propuesto, convencido que mi rodilla no me iba a fallar.
73. Zancadas
Andrea Núñez-Torrón Stock
Cada carrera era su vida reducida a un puñado de minutos, una pelea donde los músculos le ganaban el pulso a sus demonios personales.
Rosa corría y corría, con sus patas largas de gacela esbelta, su melena pelirroja al viento.
La primera zancada se llamaba inocencia perdida, acné a borbotones, tristeza de domingo.
La segunda zancada se llamaba hospital, Ernesto lleno de cables y tubos como un muñeco pálido, el olor aséptico de los pasillos verdes.
La tercera zancada se llamaba desazón. Un correo electrónico sin responder, alguien a quien echaba de menos como a una canción que siempre debía seguir bailando.
La cuarta zancada se llamaba adelante. La lesión de la rodilla, las pastillas, la superación lenta como un cuentagotas.
Rosa llegaba a la meta y sonreía. No ganaba la carrera, le ganaba a aquellas zancadas.
74. Invencible y eterno
Raúl García Sáenz de Urturi
Al tercer pinchazo en el costado te planteas de verdad por qué estás corriendo. Te duele. Te cuesta respirar. Pero las piernas siguen y siguen. Y queman. No paras. Ni si quiera aflojas el ritmo. Corres porque quieres correr. Porque debes correr. Sigues porque, de una maldita vez, no hay nadie que te diga lo que tienes que hacer. Porque vas a demostrarle a los que no creen en ti que puedes hacerlo. Que vas a llegar a meta. Y sobre todo, y por encima de lo que nadie diga o piense, corres para demostrarte que puedes conseguirlo. Al fin. Así que sigues y sigues y no ves nada más que una línea al final del camino. No sabes si vas primero o último. Y no importa. Con los músculos duros como la piedra de las calles que te han visto entrenar, cruzas la meta. Ya eres invencible y eterno.
75. LA SALMANTINA
RICARDO SANCHEZ HERRERO
Tú, que conquistas la vista con un simple saber estar dónde estás y ser cómo eres, te vuelves a vestir de deporte para reunirnos, a fanáticos de este deporte, en una gala por las entrañas de tus bocacalles. Me acuerdo de nosotros disfrutando del bienestar, corriendo por la histórica ciudad de Salamanca que nos envuelve con el encanto de su antigua apariencia y respirando su joven ambiente. Un bonito recorrido deprisa y a pie por tus rincones secretos. Contemplando el ajetreo mañanero de sus estudiantes. De ellos que al igual que yo vinimos a conocerte, y que tú, nos convenciste para quedarnos. Me apunto de nuevo a esto de atarme los cordones al bonito recuerdo que deja recorrerte a contrarreloj y a pasar una noche disfrutando. Yo, prometo sonreír encantado. Tú, promete seguir siendo tú.
76. El sprint final
Elisa Capdevila Galiot
Cien últimos metros, pie con pie con el que amenazaba con quitarme el primer puesto.
Pocas fuerzas me quedaban para hacer el sprint final, pero entonces vienieron, como descargas de energía, recuerdos muy oportunos a mi mente: me acordé de mi madre, cómo no, preocupada por que algún día me daría un patatús con tanto correr, me acordé de Alba, mi novia más que feliz con la motivación que había tenido preparándome para la cursa, aunque no nos engañemos, sobretodo feliz por el cambio físico que había hecho; y me acordé, por último, de aquellos que me decían que no podía aspirar a los primeros puestos porque no me podía comparar con los profesionales de ese deporte.
Este último sprint, amigos, va por vosotros.
77. Mi pie Izquierdo
Javier Mtz. Aznal
El día de la carrera, mi pie izquierdo se reveló, si yo ya estaba nervioso ahora más, no va y me dice que se divorcia del derecho. Me dejó atónito. 39 años juntos y les da ahora por separarse. Y encima se pusieron de vuelta y media. El izquierdo acusaba al derecho de ir más lento, y el derecho al izquierdo le echaba en cara lo competitivo que era, que no sabía disfrutar del adoquín. Tras posicionarme a favor del derecho, decidimos hacer la carrera por separado, yo con el derecho y el izquierdo por su cuenta, con otro dorsal. Al final, el izquierdo nos vapuleó, nosotros a la pata coja fuimos muy lentos, exactamente nos quedamos los últimos. El izquierdo, siendo el participante más ligero, lógicamente ganó la carrera y encima, luego en casa, se rió de nosotros durante meses. Que vida más dura.
78. La Carrera
janeth evelin chacon Ramirez
Abraza mis sentidos con el gusto urbano de mis valores tenues que florecen y se marca con un apego familiar fomentado. Es un espacio que respira un puro y vivo recuerdo que integra en una acogida composición de sueños libres, unidos por un solo ideal; la convivencia y el reconocimiento de unión. Es un anillo que converge en una sola imagen urbana viva, corrida por sendas que brindan un corazón en su arritmia arterial fluida de convivencia e integración eso es simplemente San Silvestre, una carrera de la vida en un enlace que siempre mantiene mis recuerdos en un fin de año para el nuevo venidero.
79. Llegar o no llegar
Marcelo Rocha V.
No llegaré, es imposible. ¡Bah!, qué más da… –pensaba Eric, al momento que levantaba la cabeza y ver como otros competidores no dejaban de rebasarlo. Pero no fue hasta que vio a una persona con discapacidad que lo sobrepasaba a trompicones, sin que rebajara su ritmo; esta, estaba igual o peor que el propio Eric y continuaría así hasta que acabara la carrera. Eric no supo que decir, pero no podía dejar que una persona como esa le ganara, –eso pensó–. Así que comenzó a correr a su par –sin dejar de mirarlo–; y al estar solo pendiente de esa persona, pisó una piedra en el camino, rompiéndose el tobillo.
80. CUESTIÓN DE TIEMPO
JUAN LORENZO COLLADO GOMEZ
Pulsó el botón rojo de su Polar RCX3, regalo de la anterior navidad, que comenzó a contar los segundo desde el Paseo de San Antonio, haciéndole recordar la segunda media maratón que había corrido en Salamanca ese año. Fue la última carrera de larga distancia y la San Silvestre, los médicos mandaban, la que acabaría con muchos años de correr por un sinfín de ciudades. Quería bajar de cinco minutos el kilómetro y se esforzó por mantener el ritmo que comprobó al llegar a la Plaza Mayor, donde estaba su familia para verlo pasar, y allí se agolparon recuerdos, viajes, tiempos y amigos de carreras, y continuó por calles y lugares emblemáticos de Salamanca. En el Paseo de Canalejas comprobó que llevaba un tiempo excesivo, que los años van dejando una huella imborrable, y no le importó que las lágrimas escaparan de sus ojos cuando cruzó la meta.
81. ¿Quieres? Puedes
Silvia Carpena Sáez
Llevaba meses preparándome. Por la mañana caminaba rápido y, por la tarde, estiraba. Así durante cinco meses, sin descanso.
Aquella mañana el espejo me devolvió la sonrisa. Cogí el dorsal y salí de casa. Diciembre se me antojaba más frío de lo habitual pero los nervios caldeaban mi cuerpo y mis ánimos.
Llegué a la plaza Mayor y allí, frente al ayuntamiento, logré entrever cómo la calle Zamora me hacía un guiño. Ella también estaba de mi parte.
Me situé ante la salida y apoyé mi muleta derecha para no cargar peso mientras aguardaba el pistoletazo de salida.
Esperé y, mientras tanto, pude ver cómo algunas miradas, tristes la mayoría y compasivas las demás, se posaban en la pierna que me faltaba.
Hice una “V” con mis dedos, dando a entender que no se preocuparan.
3,2,1 y allá íbamos todos. Llegaría más tarde que el resto pero iba a conseguirlo.
82. La senda del tiempo
David Gómez Sombrero
-¡Buenos días, abuelo.No se puede usted imaginar el chaparrón que nos cayó ayer noche en la San Silvestre!.¡Venga abuelo, arriba, a desayunar!.
-Buenos días Juanito.Creo que hoy bajaré un poco más tarde, contesta el anciano, a lo cual, Juanito asiente comprensivo y sale de la habitación cerrando suavemente la desvencijada puerta.
Casi imperceptible,un suspiro.Una media vuelta en la cama y el viejo se dispone a prorrogar un poco su descanso.Y sueña.Sueña algo.Los pies levemente agitados, hacen caer parte del gastado edredón.Justo al lado de las bambas.Sus destartaladas y empapadas bambas.
83. UNA GACELA
Karinna Castro Sessa Nettos
Recuerdo como si fuera hoy el día en que me comunicaron que no podía seguir haciendo ballet debido a mis juanetes, una pequeña herencia genética que tengo en mis pies. En la sociedad que crecí las chicas jugaban a las muñecas y hacían ballet mientras que los chicos jugaban con coches y al fútbol.
Como el destino siempre es caprichoso, fue trasladada a mi colegio una nueva profesora de educación física, una gran deportista amante del atletismo.
Con la absoluta certeza de que todo ser humano tiene en su interior algo que le diferencia de los demás, bastó un pequeño empujón para que esa chispa se encendiera. Un día llore por tener los pies feos y hoy doy gracias a esos pies, que pueden no ser los más bellos del mundo, pero para mi son las alas que me permiten volar y ser la gran campeona que soy.
84. GUINEA-SALAMANCA; SALAMANCA-GUINEA
Arrate Izcara Temprano
Corría escapando de leones, tigres, leopardos, y a veces hasta de búfalos. Siempre descalzo; él no sabía que se podía hacer de otra manera. Un día, en la cima de un collado las encontró. Así que con goma, cuero y cordones, salió a correr, sin rumbo ni límites. Tan pocos límites tenía que, tras recorrer África, Asia y Europa de este a oeste, llegó a la península. Descansó en la ciudad de las bellas panorámicas nocturnas. Se sumó a la carrera. Tal vez no pudiese parar nunca más de correr. Huyendo de leones, tigres, leopardos, y a veces hasta de búfalos.
85. Al final
Gloria de Castro Prieto
Inmóvil, esperando el impulso, ese que te lleve lejos, hoy y siempre hoy. Quieto, respirando el momento, la esencia que llega desde el aire. Estático, tras una larga carrera de fondo. Firme, distinto a todos y al mismo tiempo familiar.
La vida pasa por tu lado, la distingues porque sabe a impaciencia, a inquietud, a verano en diciembre y a querencia por todo lo que el día te pone al alcance de tus manos. Los pasos pretéritos, la ilusión presente y las emociones que rocían el camino que va sucediéndose.
Y coincide que pienso y se me viene tu presencia a la memoria, coincide que llevo días sobrevolando el aire de tu esencia.
Y es que estás aquí, siempre, al final.
86. La victoria y los rivales.
Juan Carlos Mieres Fernández
Su respiración produce caprichosas volutas de vaho que van quedando atrás esa fría mañana de febrero.
Los pasos: uno tras otro, asentados firmemente en el asfalto; la respiración: acompasada y regular; la vista: clavada en el horizonte.
Sabe que la meta está lejos, en distancia y en el tiempo. Son muchos kilómetros de prueba y muchos meses hasta que se celebre la Vuelta Popular San Silvestre Salmantina. La preparación es vital.
Sus rivales corren con él, como todas las mañanas. Él les ignora. Se concentra en cada zancada, cada latido, cada inspiración. Pero allí están. Sus rivales son sus debilidades, sus limitaciones... Y necesitará de toda su fuerza para vencer a esa voz interior que le dice que no puede llegar más lejos, que no puede correr más rápido, que se detenga y deje de castigarse.
Si lo consigue habrá ganado. Aunque llegue el último.
87. Correr por correr.
Sandra Moreno Santolaria
La salida, la facilidad de las primeras zancadas. Tu respiración se acelera, tus piernas protestan, el sudor aparece.
Una mirada hacia adelante. ¿Cuánto llevas? ¿Cuánto queda? ¡Mente en blanco, no existe el mundo! Los demás corredores no importan, te enfrentas al peor de los rivales: tú.
Inspira, espira. La gente animando se siente demasiado lejos... Rechazas los chillidos de tus músculos, ya disfrutaran del descanso después. ¡Agua! Podrías tumbarte en ese pedazo interminable de asfalto que se extiende ante ti, separándote de tu objetivo. ¿Todo ese sufrido esfuerzo merece la pena? Abandonar no es una opción.
Te aferras al rápido golpeteo de tu corazón en el pecho, el sonido de las deportivas abofeteando el suelo, el aire entrando y saliendo de tus pulmones.
Y cuando sientes que ya no puedes más, esas cuatro letras aparecen ante ti. ¿Qué más da el puesto? Has llegado, has ganado. Eso lo compensa todo.
88. Sigo y sigo
Víctor Bermejo Fernández
Corro y lo hago desfallecido: las piernas doloridas, el sudor en los ojos, los latidos en la tráquea; y la mente de rodillas. Pero sigo y sigo: medio kilómetro y cruzaré la meta. Corro sobre el asfalto movedizo, bajo el sol cada vez más alto. Pero sigo y sigo, y ya creo ver la meta, y los edificios se caen mientras los aplausos y gritos de ánimo llegan atenuados a mi mente prisionera, llena de cansancio, que nada la consuela. Pero sigo y sigo; y quedan sólo unos cien metros cuando veo la pancarta tricolor, y todo cambia: la vida es grandiosa, soy Zeus y mi organismo vibra lleno de endorfinas en una fiesta liberadora, que alcanza su clímax cuando por fin, como un hermoso juguete roto y sonriente, cruzo la meta en último lugar. Lo conseguí. Y al cruzarla me levanto del sofá y pienso, qué hermoso es imaginar.
89. Artes escénicas
Bibià Ortí Taberner
Una nueva edición de la San Silvestre se celebraba aquella mañana, bajo el auspicio de un sol que quiso contribuir a la fiesta imponiéndose, contra pronóstico, al arisco invierno salmantino.
De nuevo en el Paseo de San Antonio, un corredor de ciento cinco kilogramos de valor vislumbra el arco de meta. Tras casi diez mil metros de incertidumbre, sus tobillos arden de dolor y sus fuerzas juegan, temerarias, al borde de un acantilado sobre el mar del desfallecimiento.
Entonces, ocurre. Al principio sólo siente un murmullo creciente. Luego, las aclamaciones de los voluntariosos organizadores y del público allí congregado. Un escalofrío de emoción se propaga por todo su cuerpo. El dolor desaparece, sus piernas recobran la energía. Tras sobrepasar la línea de meta, cada poro de su piel rezuma felicidad y, en prueba de agradecimiento, abre los brazos señalando a los cómplices de su hazaña.
90. La nariz
Cesar Florencio
La brisa de la mañana era lo que necesitaba para prevenir la hinchazón interna que se provocada por el humo de la cuidad. La suciedad se impregnaba en la piel sin que ningún aerosol o jabón la quitara, puesto que el dolor era interno. La nariz creaba una mucosidad que contenía el tizne gris de los carros y no permitía respirar con tranquilidad. Mi madre me imploró en muchas ocasiones que no corriera en San Silvestre. Sin embargo, no tenía la menor intención de escuchar. Eran las seis de la mañana y me encontraba sereno, mirando al horizonte pero sin tomarle importancia a mí alrededor. El perro comenzaba a ladrar con tal insistencia. La nuca se arqueó en dirección a los que me perseguían y una ventana se abrió lentamente sobre mi cabeza y el aire que circulaba con lentitud me permitía correr sin detenerme.
91. Aliento
Isidro Fernández Morales
Logré abrir los ojos, percibir las rápidas sombras que me sobrepasaban para continuar la carrera. La recuperación fue paulatina, en todos los sentidos. Pasé de percibir solamente mi fuerte y frustrada respiración a las pisadas cercanas al círculo que había creado, sin pretenderlo, para que los demás corredores continuaran. Una caída y todo acababa ahí. Asfaltadas ilusiones, derrocada preparación diaria, una lucha interior por acabar algo importante en mi vida y a lo que había dedicado abnegada pasión como única meta tras los varapalos de una injusta vida que te atenaza en poco tiempo con demasiados golpes, observando impertérrita mi desganada intención por levantarme. Sumergida en diatribas personales, ausente, recibí el aliento de un participante, mimetizándose con mi derrota para frenar el ritmo y ofrecer su mano. Incorporada, recobré el ímpetu que aparentemente se había desperdigado por el suelo. Cruzar la meta significó algo más que terminar una carrera.
92. “Operación Colchón” (Historia del que pudo ser el último capón del año… ¡y de nuestras vidas!)
Roberto Crespo Ramos
Aquel domingo, un amigo vino a ejecutar la arriesgada “Operación Colchón”. Era un elaborado plan con un objetivo: “plantar” una cama en la salida de la San Silvestre. ¡Finalmente sin codazos, y con un sistema de “calentamiento eco-compatible” que aprovechaba la energía acumulada con la actividad onírica, bajo las mantas. Manos a la obra. Primero: el colchón al pasillo; ¡OK! Ahora el somier. ¡Gira!..¡Atento! ¡TOK! desde la cocina, una voz sospechosa: “¿Qué estáis haciendo? –“Nada...”.”Houston tenemos un problema”. Inmovilizados en silencio, ingenuamente esperábamos que “la autoridad” creyese “que era el gato”, como en las películas de fugas…Pero demasiado silencio…¡incluso para el gato!...Además no tenía gato. Como si tuviéramos 7 años,… ¡en realidad teníamos 23! ¡Corre!¡Corre!. Demasiado tarde, nos habían pillado sacando un somier clandestinamente. Haciendo un sprint felino como Bolt, mi santa madre bloqueó la puerta. Operación abortada. Como trofeo casi ganamos un “capón”…
93. Y al fin.
Sergio del Barrio Gómez
Tantas zapatillas rotas, tanto sudor malgastado en metas que se alejan dos pasos por cada uno que tú das, tantas heridas en las rodillas y tan pocas segundas oportunidades. ¿Y ahora qué? ¿Ha merecido la pena? No lo sé. No sé cuánto tiempo hace que empecé a correr. Tampoco sé de qué huía. O qué quería alcanzar. Nuestros propios límites; el sabor de una derrota o el tacto de una palmadita en el hombro tras tu enésimo fracaso. Cada vez que me decían "la próxima vez habrá más suerte" yo pensaba que qué demonios entendían ellos por ganar, por tener suerte. A mí me alimentaba el no saber cuál sería mi último paso; mi primera vez, mi primer podio. La primera lágrima al cruzar la meta. El siguiente trago de agua. Con la meta al fondo lo entendí. Correr no es tan diferente de vivir, tú decides el siguiente paso.
94. Fisuras internas
Elena Gamazo
Y corrió tanto, que no supo llegar a la meta.
95. Running free
Alberto G. Arocas
En sus auriculares suena „Running free“. Después de tantas juntos sería estúpido no hacerlo en Salamanca también. Está en una grande. Su primera grande. Calienta en los alrededores. Hace estiramientos de cabeza y espalda y estira sus piernecitas de acero. Buenas zapatillas y constancia de gallo manyanero. Eso es lo que le ha hecho fuerte. Sonríe cuando recuerda los comentarios de su gente, que le dice que tartamudea cuando lo entrevistan pa la tele. Sesenta y ocho no son tantos, y aquí ve a otros tantos como él. Pocas cámaras y muchos africanos. El anonimato solo se lo asalta la Joaquina, su mujer, que aún intenta que no haga salvajadas por mucho Lilon Meiden que sienta en los uidos. Ximet le da un beso, le acaricia el pelo y la tranquiliza. Solo es una carrera más, le dice. Y echa a correr…
96. Minuto cero
Juan Francisco Alcañiz Morán
-¡Ya viene, ya viene! -gritaba aquel joven empapado en sudor.
-Traed botellas de agua, dorsales, lo que nos pueda servir...-dijo otro señor con barba y duras piernas mucho más curtido en la carrera de la vida.
A lo lejos, una ambulancia sonaba estridentemente despertando mis oidos al nuevo mundo que estaba por descubrir.
-¡EMPUJA UN POCO MÁS! - Grito el señor más preocupado de todos, que llevaba una camiseta que decía: ¡La San Silvestre va por tí, mi pequeña y futura alegría!
Y ahí estaba yo, naciendo sobre el duro asfalto, rodeado de gente mirandome con ojos emocionados... y horas más tarde ya en el hospital, mi primer regalo, unas deportivas desgastadas por el tiempo, sin duda de mi padre...
Para algunos no valdrían nada, para mí, el comienzo de mi vida.
Hoy, 29 de diciembre, me toca a mi... ¡La San Silvestre va por tí, mi héroe!
97. La carrera más dura de su vida
Ana María Bazán
Para Álvaro era sumamente importante asistir a aquella carrera. Porque se lo había prometido. Pero estaba todo en el aire. Su pérdida era demasiado reciente, pero el no ir derrumbaría de un plumazo todo el esfuerzo dedicado hasta la fecha. Finalmente asistió. A la hora prevista allí estaba, en el Paseo de San Antonio esperando a que dieran el pistoletazo de salida.
Cerró los ojos. Estaba solo, pero sentía su presencia. Recordó todas las carreras que habían corrido juntos. Recordó lo especial que era para él y lo mucho que lo estaba echando de menos.
Los jueces dieron la salida. Álvaro salió corriendo con todas sus fuerzas y se colocó primero desde el principio. Terminó el primero. Cruzó la meta entre lágrimas. No se lo podía creer. Había ganado. Lo hizo por él. Lo hizo por su hijo, al que había prometido no venirse abajo y seguir su camino.
98. La ilusión de cada año
Anabel Dominguez Barral
La ilusión de cada año
Termino de asegurar por quinta vez los cordones de mis zapatillas. Todo está listo. Salgo hacia el puesto de salida, el corazón me bombea ansioso por empezar y mis músculos están preparados. Todos los años me ocurre igual, me hace sentir un chaval. Es mágico este momento, formar parte durante unas horas de esta maravillosa marea humana que se mueve al mismo compas y con un mismo objetivo, el deporte.
Mi dorsal, es mi amuleto, me encanta verlo ahí prendido en mi pecho, ¡ya soy ganador! solo con ver esos números, ser uno más, me hace felizmente ganador.
Antes de que den la salida, como siempre, beso la medalla de la virgen de la Vega que me regaló mi nieta. Ahí están, los puedo ver a todos animándome entre la gente.
99. Rivales
Sandra Monteverde Ghuisolfi
Yo sabía que era la mejor y me daba mucha rabia tener que compartir mi habitación con ella. Llegadas a Salamanca, con un frío que pelaba, me aguanté de decirle cuatro cosas al entrenador, referentes a los alojamientos. Nada cambiaría los resultados y me diría lo de siempre: “lo mejor de una San Silvestre, es correrla. Lo demás es anecdótico”. El sábado a la noche, nos acostamos temprano. Apenas conciliado el sueño, oí su voz: ¿puedo dormir contigo? Estoy tan nerviosa… Claro, le dije, haciéndole sitio en la pequeña cama.
Faltan 3000 metros y si me esfuerzo quizá hasta le podría ganar. Pero el espectáculo de sus esbeltas piernas, su culito respingón y su minúscula cintura, agota mis últimas energías. Decididamente, prefiero que esta noche cuando seguramente venga a mi lecho, celebremos juntas nuestros triunfos. El suyo en la carrera, el mío en su carne. Lo demás, será anecdótico.
100. Hasta el final
Maria Mitrikeska
A veces en la vida deseamos alcanzar algunas cosas y para ellas se necesita mucha fuerza, resistencia y voluntad. Hoy yo me paro en frente de una línea, estoy a punto de correr por un camino que puede llevarme hasta el lugar en el que anhelo estar. Estoy a punto de correr la carrera que podría hacerme orgullosa de mi misma, del esfuerzo con el que me prepare para esta prueba. Me siento feliz de estar aquí, de haber aceptado esta prueba. Voy a correr porque esto es lo que siempre quise, estar en frente de esta línea y correr. Hoy voy a ser rápida e inalcanzable, voy a ser esa a la que todos van a aplaudir. Arranco, para llegar hasta el final.
101. CONFUSIÓN
Pedro Nel Niño Mogollón
Era tal el parecido entre los jóvenes atletas africanos y tan ligera la diferencia de llegada a la meta que el juez de la San Silvestre Salmantina tuvo que declarar un empate técnico por el primer puesto.
102. La liebre y la tortuga
Javier Revilla Cuesta
Pues sí, de forma sorprendente sucedió lo que nadie se esperaba. Con su esforzado paso mínimo pero constante la tortuga ganó a la indolente liebre la carrera. Una victoria trabajada y sin paliativos que quedó registrada para siempre en los anales de la historia de las carreras entre animales. Esopo, el cronista que inmortalizó el hecho en su famosa fábula, omitió en su relato un pequeño detalle sin demasiada importancia: en aquellos tiempos no se hacían controles antidoping.
103. GANADOR
Ascensión García Nuño
Mis ojos se cruzaron con los tuyos evitando las gotas de sudor que caían de mi frente. Intentaba recuperar el aliento y entre jadeos me quitaste la respiración. Acababa de llegar a la meta, de los últimos, y tú ya estabas allí.
Tu dorsal marcaba el 121 por debajo de tus pechos delineados a la perfección por la camiseta de lycra. Mi dorsal colgaba de mi cintura y era el 212. Gracias al cielo que ocultaba lo que estaba pasando dentro de mis mallas. Intente enderezarme y respirar con un poco de dignidad. Seguías mirándome. Me avergoncé del aspecto que llevaba. ¿Cómo me convencería mi amigo Andrés para disfrazarme de tortuga? Pero me sonreíste y dijiste:
- Lento, pero seguro. ¿Para todo eres igual 212?
Se me cayó el caparazón al suelo y en ese preciso instante supe que mi premio eras tú.
104. Dum loquor, hora fugit.
Pablo Español Sangorrín
Acodado en una recia cayada y libando con afán su palillo, el lugareño contempla divertido el enjambre de corredores que le rebasan peligrosamente.
Ya sin poder contener su chanza les espeta con sorna:
-¿Pero de quién huis?
Un corredor detiene su trote por un segundo y le responde:
-De nosotros mismos.
105. Bajo el cielo azul
Mauricio Runno
Correr bajo el cielo azul eléctrico, casi llegando hasta las nubes, acariciándolas, como a la nieve dócil. Transpirar por las calles amables, sin prisa ni pausa, sin semáforos ni automóviles ni leyes de tránsito. Respirar hondo hasta lo profundo, hasta encontrarse con uno mismo, como si fuera un viaje místico. Disfrutar del hormigueo en el estómago en los momentos previos. Relajar, estirarse, antes de partir hacia un final memorable, como en las mejores galas. Suspirar delante de la emoción de un nuevo desafío. Multiplicar los deseos, recordarlos, repasar cada tramo, el plan de marcha, recelar del oponente. Al fin colocarse la pechera, convertirse en un número, ser otro más en una larga fila de espíritus libertarios. Correr bajo el cielo azul, hasta acabar rojos por la adrenalina y la agitación. Beber agua y consumir potasio. Luego observar el cielo. Saber que pasamos la meta. Una vez más.
106. Meta
roberto attias
El cansancio subía por mis piernas y la respiración se entrecortaba de tanta fatiga cada vez que uno de mis pies tocaba el suelo. Solo el orgullo me mantenía luchando por llegar.-
107. Cuestión de cálculo
Sergio Fabián Salinas Sixtos
La tortuga odia correr contra Aquiles en una carrera infinitesimal; la tortuga sólo quiere comer lechuga y que la dejen en paz.
108. LA CARRERA DE LA VIDA
Javier Alejandro Ramos Rios
Suena el disparo, la multitud ovaciona, globos y banderas de todos los colores le dan colorido a la fiesta atlética, y yo salgo despedido, aunque a trote relajado, junto a otros cientos de personas, a correr por las calles de Salamanca, la bella.
Las personas corremos porque así desafiamos al tiempo que nos dice inexorable, desde un reloj, que la vida tiene fin. O también porque buscamos algo que creemos que nos espera en la meta. Un récord, la gloria, un premio, el reconocimiento.
El corazón galopa, las piernas se esfuerzan, el sudor me nubla un poco la vista conforme transito el recorrido al que acompañan las bocinas de la gente, y mi mente está en la meta, mientras miro al contingente que avanza conmigo en sus veloces zapatillas, con los labios apretados, soñando como yo en la victoria que se encuentra en la medalla que nos espera al final.
109. Voy de fiesta
raul bezares sanabria
Pocas veces me pongo zapatillas de deporte y mallas para salir de fiesta, pero es a donde voy, por que para mi, acostumbrado a correr de noche y solo, la San Silvestre es una fiesta.
Miles de personas de todas las edades y con unas ganas increibles de disfrutar de la marcha nos reunimos y cruzamos Salamanca animados por todos nuestros vecinos, es una experiencia como pocas.
El aliento del publico sustituye al mio cuando me falta, gracias a ellos que nos transportan los ultimos metros y hacen aún mas grande la fiesta.
110. San Silvestre Salmantina
Anabel Moreno Mateos
La mañana empezaba a colarse entre las cortinas. Entreabrió los ojos para mirar la hora que marcaba el despertador: hora de empezar el día. Recordó apoyar primero el pie derecho; ese primer paso le aseguró la victoria.
111. La última carrera
Ainhoa Bárcena Escarti
Calzó las zapatillas por última vez. Sus piernas no lo sabían, siempre habían vivido aparte, solamente les preocupaba correr. Estaba demasiado cansado, acabado. Lo sabía. Nunca pensó que la meta iba a estar tan lejos. Sus piernas corrían sobre el viento empujadas por alguna fuerza olvidándolo todo. Estaba agotado, sus piernas no lo sabían. Tenía ganas de retirarse, pero sus piernas no lo sabían. Todos más jóvenes, ilusionados, le iban superando. Ni competir quería…… quería acabar. Pensó en coronarse, como cuando él también disfrutaba. Quedaban unos metros. Jadeante, lejos del resto de lozanas y jóvenes piernas. Miró sus deportivas gastadas, famélicas de descanso. Sus piernas decidieron tomar el poder en un acto de total anarquía, dándole sed y hambre del ganador. Pasos, zancadas, sus piernas corrieron con la velocidad de cuando el resto no importaba. La meta. Se tiró al suelo, cerró los ojos. No quería saber si había ganado.
112. Por partida doble
Mabel Di Florio
Se cumplían dos meses desde que me había apuntado a Fumadores Anónimos. Pero, la verdad, se me estaba haciendo muy cuesta arriba esto de dejar los cigarros. Parches de nicotina, gimnasio y charlas con otros tan o más desesperados que yo no alcanzaban. La ansiedad me estaba matando. A punto estaba de salir a comprarme unos puros cuando recibo un mensaje al celular: “100€ al que llega primero en San Silvestre Salmantina. ¿Te apuntas? Pedro, el Correcaminos”. Si había algo que me movilizaba era competir con Pedro. “Espero a fumar luego. No pienso perder esa apuesta”, pensé.
Como la gran mayoría de las veces, Pedro me volvió a ganar. Pero, esta vez, me valió la pena. Al final del circuito conocí a Ana, quien me recordó lo bien que me sentaba estar enamorado y me hizo olvidar de Pedro, mi sed de revancha y mis ganas de fumar.
113. Argumentos contundentes
María Magela Demarco
Se decidió a correr en San Silvestre Salmantina sólo para poder admirar el vaivén de sus hermosos pechos. Dos razones más que suficientes.
114. Motivos de un entrenador
Carlos Álvarez Martín-Arriscado
En esta tierra llena de gloriosa historia, haz que recuerden tu gesta, pues esa es la única manera de llegar a ser inmortal. Corre, y recorre. Corre con zancada felina. Corre abriendo camino. Que nada ni nadie te pare. Corre y no mires atrás. Atrás encontrarás el pasado y hoy corres mirando al futuro. Solo corre y respira. Hoy la ciudad abre sus calles para ti. Conviértete en el amo y señor de su calzada. Corre con premura por sus avenidas y que tu estela barra las miradas de los que allí te observen. Más allá, en la meta, la ciudad te espera con los brazos abiertos y el corazón en un puño, porque así es como se recibe a los héroes. Hoy te brindaran pleitesía y se postraran ante tus pies. Esos pies que te llevaran a conquistar sus corazones y a cruzar primero, la línea de meta.
115. La Rana
Borja Salom Silveira
¿El mejor participante que he visto? ¡Eso es fácil! ¡La rana! No recuerdo muy bien en la carrera de qué año fue, me parece que fue de las primeras, aún todo esto no era tan popular como ahora ¿sabes? Yo iba corriendo, jadeando, quedaba poco para el final, era de los últimos que quedaban y pretendía abandonar, no tenía mucha resistencia en aquella época… El caso es que cuando estaba a punto de pararme, algo me pasó por el lado, trotando cansadamente, era enorme y verde, con grandes ojos saltones, el chico o la chica que estuviese dentro debía de estar asfixiado dentro de ese enorme disfraz, parecía muy pesado. Y me adelantó, ¡alguien vestido de rana gigante me adelantó! En ese momento decidí continuar la carrera, simplemente pensé: “si una rana puede, yo también”. Desde entonces cuando empiezo una carrera, siempre la acabo.
116. Que lo echen a los chinos ¿no?
Alejandro Lobera
Escondido en los baños de la capilla Sixtina los gritos de júbilo de la plaza de San Pedro suenan a alarmas antiaéreas. El obispo de Sierra Leona rugió cual león ˂¡Grrr!˃ o sea ¿qué hacemos ahora? y el de Argentina dejó escapar un gritito impropio de su estatus ˂¡Uh!˃ como diciendo ¿qué pasó? y es que a las tres de la mañana y con la vejiga llena ¿quién no se equivoca de color al hacer una fumata? Que deshagan el empate a los chinos ¿no? Fue entonces cuando, ya evacuado, me calzé las zapatillas, me arremangé la toga y ya que siempre fue de mi gusto correr, lo hice como si no hubiera un mañana hasta que llegué a esta nuestra diócesis salmantina, que oye, no es el Vaticano pero uno no tiene ese tipo de problemas. Amén Jesús, mens sana in corpore sano y tal y cual.
117. ¿Por qué corres cuando tu cuerpo te dice que pares?
DAVID RABANILLO PRADO
¿Por qué corres cuando tu cuerpo te dice que pares? Tus piernas se agarrotan, tu corazón parece que va a estallar, tienes miedo a lesionarte, otra vez. ¿Por qué sigues? Porque algo en tu cabeza te dice que continúes, que no te rindas, que luches. Y entonces tu cuerpo reacciona, comienzas a disfrutar/sufrir la carrera. Ya no sientes nada (o sientes todo), pero no abandonas, porque sabes, que es más que una carrera. Es una manera de enfrentarte a la vida, luchando. Mientras corres, te sientes libre, eres tú y sólo tú el que se enfrenta a cada kilómetro. Intentas concentrarte y aprietas el ritmo. La meta está esperándote, pero tienes que llegar hasta el final. Aceleras, aprietas los puños ya sólo quedan unos metros. Y cuando cruzas la meta, las emociones se disparan. Lo has conseguido, has vuelto a superar tus miedos. La vida es una continua superación. XTP.
118. Otra danza
Calamanda Nevado cerro
Que vigilara mis pies y mi estructura, bastante atlética, me decían mis entrenadores de atletismo desde pequeño. Ambos formaban parte de mis éxitos. Desde mis primeros cumpleaños también lo escuchaba en casa a menudo. Incluso ahora, de mayor, mi físico y marcas llaman la atención.
Cuando era joven, estallaba esprintando. Ponía el turbo en mi cabeza, y corría embobando al público sin proponérmelo. Mi forma de pisar, decían, era especial; y mis largos pasos determinantes; a mí me sirvieron para persuadirme de lograr victorias, y eso levanta el ánimo. Correr, siempre me relaja; cuantas veces he dicho: -voy tan cómodo como en chanclas.-
La gente, concentrada en mis actuaciones, se imantaba. Conseguí ovaciones enloquecidas, dinero, y la atención de los aficionados; invariablemente buscaban conocerme personalmente, pero todos desconocían el secreto de mi procedencia: un extraordinario ADN heredado de mis padres; un famoso bailarín, y una bellísima actriz de moda.
119. Voces
Enol Alonso Fernandez
Todo se reducía a ese instante, el mundo había dejado de existir para él. Y su cuerpo le hablaba: las piernas le dolían, le suplicaban que se detuviera, pero no podía. La derrota no estaba en su credo; Sus pies, otrora ágiles, se habían convertido en pesados bloques de cemento, y le gritaban que abandonara, pero no podía. La rendición no estaba en su vocabulario; Su cabeza le decía que no se lo merecía, pero no la escuchaba. Su destino era el triunfo. Solo una voz le guiaba, una voz que resonaba en su interior como el rugido de un león, una voz tan indómita que reducía al resto a un simple eco, a un mero susurro ahogado. Era la voz de su corazón, que decía: “Tú puedes”. Un último esfuerzo, sus ojos brillaron y en sus labios se dibujó una sonrisa, y Salamanca habló con una sola voz.
120. Victoria
Hebert Poll Gutiérrez
En sus marcas, listos, fuera y…va en pos de la gloria. si derrotó en la semifinal al recordista mundial sin utilizar sustancias prohibidas, no hay dudas, será el nuevo campeón. El público grita su nombre, su entrenador no puede creer lo que acontece, ya se imagina tomando champagne francés y dando entrevistas a la CNN. Veinte metros para llegar a la meta, la victoria corre a su lado susurrándole: eres el nuevo campeón, eres el nuevo campeón. De repente, sale de su carril, brinca una valla, se agarra de un fornido policía y grita como tenor en concierto: ¡Asilo Político, asilo políticoooo! Todos lo maldicen.
----Ya lo pasado, pasado. No me interesa---canta Luis y mira al cielo.
Madre, lo logré. Soy libre…libre…libre.
121. Los últimos metros.
David Domínguez Parrilla
Y cuando salía de Cuatro Caminos y embocaba el Paseo de San Antonio, su corazón se quebró en mil pedazos.
Fulminado, las piernas de Miguel no pudieron soportar el peso de su enjuto cuerpo, agostado por el paso de los 79 veranos que lo contemplaban y devastado por la enfermedad terminal que le habían diagnóstico unos meses antes.
Sus hijos, que se habían negado a que participara en la carrera y que solo cejaron en su oposición cuando Miguel les permitió correr con él, inmediatamente supieron lo que sucedía. Conscientes de que el último aliento de su padre se escapaba, lo levantaron con una mezcla de decisión y ternura y, como pudieron, recorrieron los tres juntos los pocos metros que les separaban de la línea de meta.
Al sobrepasarla, se abrazaron a su padre y por un momento creyeron ver una sonrisa balanceándose en sus labios.
122. Correr tras los sueños
Loli González Prada
En mi casa todos practican el atletismo: unos corren detrás de los niños, otros saltan los obstáculos de la vida, y yo sólo corría para no perder el autobús, pero aquella tarde de invierno mi vida cambio al inscribirme en la carrera de San Silvestre Salmantina, porque sabía que participaba la chica que me gustaba. Desde entonces han pasado seis años, procuro practicar hábitos saludables, he aprendido a valorar el deporte, y aunque sigo llegando de los últimos, me siento un ganador, porque tras tirar a la chica que me gustaba al suelo, pisarla, y hacerle un esguince de tobillo, conseguí una cita con ella y en tres días nos casamos.
123. San Silvestre de Tormes
Ignacio Jaspe
No era una mañana calurosa, pero pocas veces las mañanas caldean a finales de diciembre así que, abrigado con una pelliza, me dispuse a dar buena cuenta del poco queso que aún me restaba. Una conocida voz tras de mí interrumpió el sabroso quehacer en que me hallaba y me hizo que correr como alma que llevara el diablo.
El temor hizo que alargara mis zancadas sobre la empedrada calle Zamora y su hermosa iglesia de San Marcos hasta la plaza medieval, la llamada de San Martín, y más allá del puente romano y su toro, de doloroso recuerdo.
En mi frenética carrera creí ver al clérigo de Maqueda, y al hidalgo y al fraile mercedario, pero seguí corriendo durante diez kilómetros, ¡que bien pareciéronme cien!, a fin de no ver al ciego huraño.
San Silvestre comenzaron a llamar a mi huida desde aquel lejano mil quinientos treintaitantos...
124. » San Silvestre en Salamanca»
Mª ESTHER RUIZ ZUMEL
Es una carrera que se celebraba en Brasil el día de Nochevieja.
Se celebra en cada ricon de España.Salamanca tierra de Universidades y de casco historico.Esta carrera esta en el calendarío de Atletismo de Castilla y León.Ya cumple tres décadas.Puede participar todas las personas federadas o no.No se da importancia a las roles de cada persona.Familias enteras recorren el casco historico de la bella ciudad.Salida en el Paseo de San Antonio donde tambien esta la meta.Según la categoria el horarío es distinto.Todos lo corredores llevan un dorsal y un chip.Ese chip conometra la carrera.
Se celebra el treinta de diciembre.
La unión entre personas y deporte. Salud y amistad.
Viva San Silvestre con deporte sano.
125. Amor
Daniel Buitrago Jiménez
Aquella mañana invirtió más tiempo que nunca en ponerse las zapatillas. Necesitaba ajustarse los cordones perfectamente, ser consciente de cada lazada, de cada nudo. En su cabeza, el ritmo de una canción imaginada comenzaba a mezclarse con la vislumbrada cadencia de sus zancadas sobre piedras y asfalto. La carrera no había empezado aún y no sabía si lograría mejorar su marca de la Navidad anterior, pero tenía claro que obtendría un hermoso premio.
La noche previa, cuando su madre le dijo por teléfono “nos vemos en la meta”, sintió en el estómago una dulce punzada que se dilató hasta abrazarlo por completo.
126. EL ÚLTIMO RETO
JAVIER CASTRILLO SALVADOR
Este año me había propuesto un nuevo y complicado reto en la Sansil. Salí fuerte, sorprendí a todos. Me puse en cabeza durante los primeros quinientos metros y, poco a poco, empecé a ceder terreno. Hacia el Puente Romano me situaba en el grueso del pelotón y al avituallamiento llegaba ya bastante atrás. Estaba disfrutando de lo lindo, viendo cómo me rebasaban juniors, damas y seniors, a mí, a un promesa. Pero no iba a ser tan sencillo. A mis espaldas se perdía de vista la hilera de corredores que empezaban a pasarlo realmente mal. Fui bajando el ritmo y animando a cada uno de ellos cuando me rebasaba. En el Alto del Rollo, cuando ya cantaba victoria, giré la cabeza y comprobé que un veterano subía renqueando. Aflojé al máximo. En Cuatro Caminos estábamos casi a la par. Esprintó y me ganó. Fui el último...Recibí mi mejor ovación.
127. De la mano
Miguel Ángel Garcia Gonzalez
-¡Que me voy ya!
-Espera Alfonso, ¡pero si sales con las zapatillas de andar por casa!
-¡Ah!, es verdad, me cambio enseguida y bajo.
Hoy es el día. Voy trotando hasta la meta y así voy cogiendo calorcito, que con estos pantalones se me quedan las piernas heladas. Vaya emoción.
Mis colegas del club se ríen de mí porque se me nota el brillo en los ojos cuando hablo de la San Silvestre. Ellos no saben que ésta es la primera carrera que corrí, hace ya diez años, y que fui de la mano de mi padre todo el recorrido. Esas mañanas de esfuerzo helador y recompensa bajo un buen chorro caliente ya en casa, son los mejores recuerdos de mi niñez.
Mientras corro, me acuerdo de su mano agarrándome fuerte.
128. DORSAL 666
EVA HUEBRA MONTAÑES
Llevaba meses preparándome para la San Silvestre Salmantina…
Meses de duro entrenamiento, levantándome a las seis de la mañana para poder entrenar a luz del alba, para poder entrenar antes de ir a trabajar. Correr me da la vida, pero no me permite vivir y debo encerrarme entre cuatro paredes, donde me falta el aire. Ese aire que inunda mis pulmones a cada bocanada que doy para recuperar el aliento, tras el esfuerzo, tras la carrera. Me siento libre mientras corro, dicen que correr es de cobardes. Yo me alegro de ser uno de ellos.
Ahora mientras espero en la línea de salida, rodeado de cientos de participantes, ansió atravesar el puente romano y pasar junto a la catedral que se recorta en el horizonte. Presumo de dorsal, convencido de que sería capaz de vender mi alma al diablo por poder participar en esta carrera el resto de mi vida…
129. Hacia las Catedrales.
Edgardo Emmanuel Lorenzo
Me languidecen las piernas y mi pecho barrunta una respiración profunda y silenciosa de Catedrales. Mi cuello se estira, aventajando mi rostro y arqueando mi espalda. Parece buscar un centímetro de aire delante de mis rodillas. Ellos se acercan velozmente. Advierto el crepitar de sus furiosos cascos de piedra detrás de mí. No puedo detenerme; no quiero detenerme.
Los arcos romanos del Puente Mayor de Tormes me reciben con su pétrea estacada. Escuchó entre sus palabras el rumor de un río lejano, que trae en su lecho recuerdos de años que yo sólo he soñado. Las pilastras me abrazan; mi cuerpo se deshace en los sudores de Salamanca. Ellos se acercan, no puedo detenerme. Vuelvo a correr. Los verracos ya están a mis espaldas.
130. Sudando la camiseta
Tomás Sánchez Rubio
Lo hago por ti. También por mí. Siempre me has dicho que nunca fui capaz de hacer nada por mí mismo; que era un esclavo de mi niñez, de mis manías, que nunca te había demostrado nada que no fueran quejas, que no era capaz de asumir mis responsabilidades. Decías que no era el mejor ejemplo para nuestro hijo. Pues aquí me ves: rodeado de gente, sudando la camiseta, por fin sudando la camiseta... por ti, por vosotros.
131. Los Ojos del Alma
Laila Majzoub
Alex se detuvo en medio de la calle, las gotas de sudor bajaban por su espalda, mojando sus ropas. El sol estaba frente a él, creando sombras color rosa pálido y rojo en el horizonte.- ¿Por qué te detienes?- Marisa, una deportista de nacimiento posó una suave mano en su hombro, enviando escalofríos por todo su cuerpo. Ella siguió sus ojos, a donde el sol se ocultaba en el horizonte e inmediatamente supo lo que él estaba tratando de decirle: ¿En qué momento dejo los parques para ejercitarse con máquinas de hierro? y en ese momento comprendió que el cuerpo es movimiento, y que el movimiento por inercia, mecánico, no equivale a vida. Ella besó suavemente sus labios y continuaron juntos por el sendero con las demás personas, apreciando el olor, el color, el sonido…por primera vez en meses, Marisa sonrió con los labios del alma.
132. Al correr por la ciudad
Apocada España, estrecha, melancólica.Ahora que estás tan pequeña como en la guerra, tan triste como la soledad eterna, tan pausada como la primavera que se va, tan poco reina, sin aroma de azahar… Recuerda lo que en Salamanca fuimos, tu propia Historia Universal. De Nebrija su Gramática, de Colón su interfaz, La Galindo, De Medrano, Fray Luis,Cervantes y tu Universidad.Pido al tiempo que pare, que quiero soñar. Ahoga tu llanto en Delicias o en la Prosperidad, San Isidro y el Rollo o Canalejas quizás. Navega al abordaje el río, camina, corre y resucita y haz olvidar esa crisis que es tu mal. Al pasar el Puente Romano vuelve a brillar. Es la San Silvestre Salmantina la que te hace llorar. Deporte, compañerismo y entrega, algo de tenacidad, esfuerzo y tesón valiente o simplemente participar. El día 31: ¡Salamanca testigo será! Ya vuelve el alba parpadeante al correr por la ciudad.
133. Al correr por la ciudad
Alejandro González Beltrán
Apocada España, estrecha, melancólica.Ahora que estás tan pequeña como en la guerra, tan triste como la soledad eterna, tan pausada como la primavera que se va, tan poco reina, sin aroma de azahar… Recuerda lo que en Salamanca fuimos, tu propia Historia Universal. De Nebrija su Gramática, de Colón su interfaz, La Galindo, De Medrano, Fray Luis,Cervantes y tu Universidad.Pido al tiempo que pare, que quiero soñar. Ahoga tu llanto en Delicias o en la Prosperidad, San Isidro y el Rollo o Canalejas quizás. Navega al abordaje el río, camina, corre y resucita y haz olvidar esa crisis que es tu mal. Al pasar el Puente Romano vuelve a brillar. Es la San Silvestre Salmantina la que te hace llorar. Deporte, compañerismo y entrega, algo de tenacidad, esfuerzo y tesón valiente o simplemente participar. El día 31: ¡Salamanca testigo será! Ya vuelve el alba parpadeante al correr por la ciudad.
134. Un ligero despiste
Raúl Clavero Blázquez
Después de prepararse durante semanas, el año anterior había llegado tarde a la carrera. Un día, nada menos. Pero, cómo iba a imaginar él que una San Silvestre no se celebrara en Nochevieja. Doce meses soportando las burlas de sus compañeros del club de atletismo. Qué cruz. Esta vez no iba a cometer el mismo error, pensó. Lo tenía claro: sería el primero en llegar al recorrido, se presentaría en la línea de salida en el amanecer... del treinta de diciembre.
135. TIJERETAZO
Carmen Prieto
Aquel año, como sucedió en sanidad, en ayudas a la dependencia y en educación, llegaron los recortes también a aquella carrera popular celebrada en la ciudad de piedra. Así, de un plumazo, quitaron kilómetros, suprimieron recorrido, restringieron el número de participantes, limitaron el aforo y prescindieron de la ambulancia y de los sanitarios que atendían a los corredores en caso de desfallecimiento. Por no haber, no había ni dorsales. Al parecer, según dijeron, llevábamos una treintena de ediciones de la San Silvestre corriendo por encima de nuestras posibilidades.
136. El vuelo de mi vida
Pablo José Sánchez Fernández
Me siento libre, como un ave al iniciar su vuelo. Un vuelo que ha practicado muchas veces, al igual que yo, pero que, tal vez, en esta ocasión, sea el más importante de mi vida. Todo mi cuerpo se coordina para llegar a la meta. El del ave, quizás, por el simple placer de volar; el mío por alcanzar la tan deseada línea blanca.
En ocasiones no toco el suelo por lo que puedo sentir la sensación que experimenta ese ave, la de estar junto a las nubes, simplemente flotando, libre.
Los entrenamientos y el cansancio quedan atrás, allá donde sonó el pistoletazo de salida. Fue duro, agotador, muchas horas de esfuerzo y exigencia. Pero ahora eso no importa, todo pasa en cuestión de segundos, minutos tal vez. Ilusiones, sueños, toda una vida de sacrificios me acompañan. Es el momento…
137. No te detengas
María del Carmen Macedo Odilón
¿Te duele?, ¿no?, ¡perfecto!, aguanta una hora más. ¿Recuerdas cómo empezaste en el atletismo?, una caminadora empolvada y te atreviste a usarla, despacio primero, sudaste como nunca y después corrías a intervalos de cinco minutos. Aguantaste dos horas, incluiste yoga para corredores. Novata, diario anduviste dos kilómetros en la cinta pero no podrías considerarte lista para una competencia, primero cinco kilómetros, entrenaré, dijiste, al inscribirte te darán un chip y terminarás, así fuera en último lugar, iniciarás otro estilo de vida, el running. Compraste zapatos deportivos, bandas para el sudor y te hidratabas, pasear al perro, juego de niños, así olvidaste el sedentarismo, pero… no fueron las duras horas de entrenamiento ni la dieta saludable lo que te derrumbó, fueron los tacones de aguja quienes te torcieron el tobillo… descuida, hoy te pierdes la tonta carrera de cinco kilómetros, el año próximo habrá una Salamantina… y harás el recorrido D.
138. Una San Silvestre del Montón
Mario Parra Barba
Qué bien sienta hacer un poco de ejercicio y correr en la San Silvestre. Notas cómo tus piernas se endurecen, tu corazón respira y tus pulmones se oxigenan. El resto de participantes deben sentir lo mismo. Oh, veo a lo lejos que nos atacan hordas de zombies hambrientos. Maravilloso, mis piernas responden y los dejo atrás. Me da pena por aquellos que nunca hicieron ejercicio y se cansan enseguida. Esta carrera es trepidante y me siento más sano que nunca. Además, el público me vitorea, menos ese hombre que blande un hacha hacia mí. Pego un acelerón y pronto deja de seguirme; está claro que nunca se había levantado antes de su sofá. Genial, cada vez aguanto más corriendo y atisbo la línea de meta. Es entonces cuando aparecen los extraterrestres, que nos disparan con sus armas. Llego a meta sin un rasguño. ¡Estos aliens deben practicar sólo sillonbol!
139. Nenikékamen
Jesús Jiménez Reinaldo
Pasado el kilómetro 30, la vida es ritmo. Cuando más pesan las piernas y el frio entumece los dedos de las manos, comienzo la guerra psicológica contra las ganas de abandonar, ¿para qué seguir si te esperan en el hogar y la cena estará ya preparada?, si tú no eres Filípides ni tienes que anunciar victoria alguna en la ciudad de Fray Luis… Entonces comienza el himno, la canción infantil que marca el paso siguiente, y el otro, uno a uno, contando números, como si fuera posible desembarazarse de todos los pesos a la espalda y seguir adelante con el uno y el dos, el tres y el cuatro, adelante, siempre adelante, rítmicamente, en un universo de pasos contados, de armonía constante, de música acompasada… Con la mente en paz, el corazón también se crece a cada nueva zancada. El mundo está en equilibrio, la meta está ya cerca.
140. …ni vencedores ni vencidos…
Roberto Cuartero Casado
Olímpica zancada a la odisea, odisea de dioses...dioses nos retan, puro sacrificio.
Tú buscas laureles, hazañas, prestigio...yo busco otro logro, vencerme a mi mismo. Tú haces mis pasos, yo a la distancia piso los tuyos, son formas distintas de forjar el camino.
Compartimos aplauso, aliento y cansancio...el hombro con hombro nos hace más fuertes, la lucha es interna de los corazones. Tú bebes aliento, yo consumo mi esfuerzo...eres para mi inalcanzable, pero aunque no lo sepas eres mi guía y ejemplo.
Ya vislumbras la meta, está a cien metros de tu ritmo ordenado, cortarás la cinta merecidamente ovacionado...yo iré más tarde, sin tantos vítores, rezagado pero igualmente premiado.
PD- tendrás tu medalla y yo mi diploma...los dos competimos...en el fondo no habrá ni vencedores ni vencidos.
141. Niebla
Miguel Pontaque Rodríguez
Esperaba el pistoletazo de salida cuando se percató de que a su lado, un anciano de barba blanca no dejaba de mirarle. Cruzaron sus miradas y el joven lo reconoció: era el misterioso corredor que había visto ayer entrenando y que se daba un aire a Unamuno. El anciano se le acercó y le susurró al oído:
-No corras hacia la niebla
Aquello lo dejó turbado pero comenzó la carrera y decidió centrarse en sus zancadas hasta que súbitamente una espesa niebla ocultó a los corredores de delante. ¿Debía hacer caso al anciano?-se preguntaba el corredor, pero ya era demasiado tarde: la niebla lo engullía y una sensación de terror se adueñó de él hasta que repentinamente despertó de nuevo en la línea de salida. Había sido un sueño, pero ¿por qué había despertado justamente allí? Y ¿por qué un anciano de barba blanca no dejaba de mirarle?
142. Un compañero muy especial.
Lola del Hoyo Campillo
Se encaminó hacia la muchedumbre como había estado haciendo los últimos treinta años cuando llegaba esta fecha. Pero esta vez era especial, tenía un nuevo compañero de trayecto. Se colocó al final, detrás de un grupo de adolescentes bulliciosos que reían sin parar y esperó a escuchar el sonido del disparo de salida. Y entonces se agarró fuertemente a su bastón y con paso firme y decidido comenzó a caminar…
143. Libre.
Seima Ramírez Romero
Libre.
Sientes como tus músculos se tensan a cada paso, cómo una corriente electrizante te recorre desde la punta de los pies hasta la coronilla. La respiración acelerada de la excitación, como cuando diste tu primer beso. Los nervios y el ansia en tu estómago te inundan, y la sensación de libertad por correr con los ojos cerrados es indescriptible. El viento te da en la cara y hace que tus pestañas bailen, las pequeñas gotitas que aparecen y desaparecen en tu frete van cayendo lentamente, mientras te acercas. Una marea de colores te rodea. Amarillos, violetas y azules luchan por ganar. Pero tú ya has ganado.
144. No será la última
Rebeca Azcona Puertas
Las miradas examinaban cada zancada que daba. No estaba seguro de los mensajes que intentaban transmitir. Tal vez fueran de admiración, tal vez de condolencia de ver a un cuerpo ancestral que casi a rastras, luchaba por acabar la carrera.
Atrás quedaron los años de liviandad, de desplazamientos a modo de pluma que apenas roza el suelo y avanza en suave vuelo. Los carcomidos y sufridos huesos de una vida intensa pasada llevaban tiempo pasando factura. No podía forzar una máquina a punto de ser desactivada.
A lo lejos veía la meta, ya podía alcanzarla con sus manos. El último puesto le esperaba. Pero cuando por fin llegó, nadie pudo ofrecer los ánimos que creían debía merecer el viejo perdedor. Una amplia sonrisa esbozaba destellante. Había perdido la carrera, pero disfrutaba sabiendo que había vencido a la vida con su espíritu luchador.
145. El deporte es algo más
Nekane Díaz de Cerio Suberbiola
Una gota de sudor cae por mi frente. Una sensación de ansiedad a la par que gozo recorren mi cuerpo. Van a dar la salida. Me coloco en posición y el corazón bombea deprisa pero sé que lo haré bien. Intento mentalizarme de lo que voy a hacer. Veo a los demás participantes y sus rostros me dicen lo que están sintiendo. Esa alegría que te da hacer deporte, esa competitividad que te da querer ganar y ese nerviosismo que te da el conjunto de todo. Es la hora. Mis piernas comienzan a moverse y atrás quedaron las preocupaciones. Ahora sólo importa... disfrutar.
146. CUMPLIENDO UNA PROMESA
MARIANO ÁLVARO MARTÍNEZ
El tren de cercanías aminoró su velocidad cuando se acercaba al andén de la estación de Salamanca. Ángel miró su reloj, las cinco y veinte. Se levantó con una inusitada agilidad, a pesar de los ochenta y cuatro años que cargaban sus esbeltas piernas.
Una vez más visitaba la hermosa ciudad castellana para cumplir con una promesa convertida en tradición. Un corredor que cae; un grupo que se detiene a ayudarlo perdiendo sus posibilidades de victoria; una amistad que se forja; una promesa de volver a encontrarse, año tras año, en la San Silvestre Salmantina.
Ángel nunca había faltado a la cita. Sin embargo, esta vez era diferente. Bajó del tren y exhaló un profundo suspiro. Miró al cielo y sonrió. Al día siguiente él cruzaría solo la meta mientras sus compañeros de antaño lo aplaudían desde la tribuna preferente.
147. EN CUERPO Y ALMA
Juan Pedro Martínez Ramón
No se trataba de una carrera universitaria y, sin embargo, Ángel acampó toda una noche bajo la fachada plateresca de la Universidad más antigua de España reclamando su deseo. Desde 1984 había soñado con embarcar a sus piernas en la San Silvestre Salmantina. Por ello, se enfundó sin titubeos el dorsal como cualquier otro corredor, se zambulló en sus misteriosas calles, comprobó que había alguien junto al reloj de la Plaza Mayor como dicta la leyenda y atravesó el legendario Puente Romano. A pesar de estar inmóvil, Ángel creyó sentir la brisa a su paso y hasta las gotas de sudor en su frente. Manuel, su mejor amigo, llegó exhausto a la meta, se quitó las gafas de realidad aumentada, las giró y le envió un guiño sincero, sabiendo que Ángel lo había acompañado en su cruzada. Juntos pudieron. Manuel había corrido “en cuerpo”. Ángel lo hizo “en alma”.
148. Un año más
Sara Mª San Frutos Forja
Aseguraron lo peor, certificaron la cotidianidad, anularon el momento. Me negué, y con ello me convertí en criminal: Salamanca es testigo. Quiero el postre, la derrota: un año más.
149. Papá, papá, papá
Santiago Eximeno Hernampérez
Oye la voz del niño mucho antes de verlo. Papá, papá, papá, repite sin parar, entrecortadas las palabras por el llanto. Qué triste parece. Cuando le descubre entre la multitud, en brazos de su madre, las lágrimas corriendo por su rostro como un río desbordado, se le rompe el corazón. Papá, papá, papá, dice el niño sin parar, y él se detiene sin prestar atención a los dorsales que le sobrepasan. Quedan dos kilómetros y estaba haciendo un buen tiempo, piensa. Quizá esta vez hubiera logrado bajar de los cincuenta minutos, se dice. Pero el niño es lo primero. Se acerca hasta él y le sonríe y le coge la mano, y el niño le mira, sonríe y deja de llorar.
—Muchas gracias, de corazón —le dice la madre—. Pero siga, siga, no se preocupe por nosotros. Antes o después pasará mi marido.
150. Tortuga
Santiago Navajas
La carrera consistía en 1.500 metros -ni uno más, ni uno menos- por una carretera asfaltada en las dos direcciones. A su principal adversario le había dado una ventaja de un cuarto de kilómetro, lo que parecía un acto de generosa benevolencia, incluso de magnificencia, aunque quizás había algo humillante en el hecho de tratar a su contricante. No importaba. Sentía la soberbia del que hace favores, del prestamista del espíritu, de los músculos en plenitud. Sin embargo, nada más salir comprendió que algo no iba a bien. Su velocidad era la correcta, sus zancadas armoniosas. Había calculado que adelantaría a su oponente antes de llegar al kilómetro pero aunque la distancia se reducía progresivamente a la vez parecía como que el tiempo se alargaba hasta el infinito. Nunca nadie estuvo más sorprendido que aquel día, en la línea de llegada, Aquiles.
151. Tu luz
Pablo González Sánchez
El sol ya ha salido y las piedras empiezan a reflejar ese color dorado que lo ilumina todo. Las mismas piedras que llevan siglos viendo gente pasar de un lado a otro. ¿Cuántas historias podrían contar? Seguro que cada una de esas conchas guarda un secreto de gente que pasó corriendo a su lado para escapar de algo o de alguien, por odio, por amor, por compromiso, simplemente porque sí, o para llegar a algo o a alguien. Tal y como lo que estoy haciendo yo ahora, ¿Dónde estás que no te veo entre tanta gente?
Quiero tenerte cerca porque solo con verte se me anima el corazón; ya sé que no soy un gran corredor pero quería compartir esto contigo. Ahí. Por fin te veo.
Ahora solo queda que te des la vuelta y me sonrías y entonces todo habrá valido la pena.
152. LA HUELLA DE LA CRISIS
PILAR AÑÍBARRO AGUADO
Tres décadas corriendo. Recordó sus primeros deportivos blancos que le regalaron sus abuelos cuando todavía era estudiante de la Universidad. Los años que acudió como ejecutivo con esos playeros de diseño de colores vivos con amortiguación .Cinco años sellando la tarjeta del paro pero no faltaría a la nueva convocatoria. En nada se parecía el número de desempleado con el dorsal que le darían. Abrió el armario zapatero y surgió la duda ¿Utilizaría las alpargatas o las zapatillas de estar en casa? Llegarán tiempos mejores pensó, el deporte sube la autoestima y también esta de moda correr sin calcetines.
153. Próximo objetivo
Teresa Jiménez Sojo
He bajado al trastero, papá a estado de reforma todo el fin de semana, vinieron unos señores con cajas embaladas, él se puso muy contento, mamá no tanto al recibir la factura. Todo está cambiado, donde antes se acumulaban los trastes viejos ahora hay unas maquinas muy grandes, dicen, que sirven para hacer deporte. En la pared a colgado un calendario donde ha remarcado el último domingo del año, yo pregunté si era su cumple o su santo, papá se echó a reír y dijo: Es el día de la carrera hijo, la gran San silvestre Salmantina.
154. Tras los pasos del corredor
Miguel Santos Caballero
Aunque hacía frío aquella desnuda mañana, no me sentía incómodo. Quizás algo nervioso, porque no estaba solo, una gran muchedumbre me acogía entre sus invisibles brazos. La carrera era una buena excusa para recorrer la ciudad que me había acogido tan calurosamente, tenía la oportunidad de saborear sus calles y callejuelas, plazas y avenidas, siempre con ese olor a historia viva que desprende Salamanca. En el recorrido, saludé afectuosamente la fachada plateresca de la antigua universidad, la Plaza Mayor con su aire barroco, la imponente catedral gótica y el puente romano que se alza orgulloso ante el río Tormes; joyas de una arquitectura que te envuelve y te convierte en su prisionero. Además, cada zancada que daba, era un paso hacia esa sensación de libertad y soledad que acompaña a cada corredor, también cansancio y fatiga que se desvanecen en el aire en el momento de cruzar tan ansiada línea
155. «Mi primera maratón»
Lucía Pérez de la Fuente
Un día estábamos mi padre y yo paseando por la calle y en un escaparate vimos un gran cartel: "XIV Maratón benéfico de jóvenes de Villamuriel de los Prados".
Podrán participar niños y niñas de 14 a 18 años. El premio será un diploma que acreditará haber participado en la carrera y todos los beneficios se destinarán a los pobres de Nicaragua.
Ese mismo día me inscribí para participar, todas las mañanas salía a correr con toda mi ilusión, me cronometraba e iba mejorando cada día.
Hasta que llegó el día que esperaba con tanta expectación. Allí estaban mis familiares y amigos.
Yo estaba tan nervioso que no hacia más que dar saltitos de aquí para allá intentando calentar. Oí el sonido del silbato y tarde en reaccionar, pero había practicado tanto que logré alcanzar al resto. No fui el primero, ni el segundo pero conseguí terminar la carrera.
156. Correr
Imanol Quero
Existen muchos motivos para correr y Aitor, cómo adolescente que es, conoce todos los malos: los problemas, las amenazas, los golpes... Pero hoy, mientras se ajusta las zapatillas nuevas, aunque no entiende bien lo que siente, sabe que no es miedo. Ni empieza en la nuca ni hace nudo en el estómago. No, esto sale del pecho y vibra hacia cada músculo. Es nuevo, distinto.
La gente a su alrededor va y viene, estira, mira al cielo y al reloj alternativamente. Gente que lleva haciendo esto desde antes de que él naciese y que seguirá haciéndolo cuando él ya no pueda más.
Aitor conocerá hoy el motivo para correr que cambiará a mejor su vida, y como sucede con todo lo importante, no será consciente de ello hasta que dentro de muchos años recuerde este día; el día en que descubrió lo que significa correr solo porque quieres y puedes.
157. El testigo de la vida
Diego Hervalejo Domínguez
Lo que menos esperaba encontrarme cuando bajé a limpiar la cochera, era la vieja colección de álbumes familiares. Hay estaban, toda una amalgama de polvo y recuerdos olvidados. Las fotos del tío Javi captaron especialmente mi atención, tantísimo hacía que no le veía. Me reconfortaba contemplar nuevamente esa sonrisa suya tan hambrienta que quería comerse el mundo entero. De repente, hojeando el álbum, cayó un recorte de periódico donde salía mi tío corriendo la Sansil del año pasado, pues el atletismo y vivir siempre fueron sus dos grandes pasiones… Habitualmente las confundía.
Hoy, me encuentro donde hace un año estaba él. Mi tío me acompaña aunque solo yo lo vea. Pues aunque haya muerto, recogeré el testigo que me tiende. El testigo de vivir y de sonreír, el testigo de correr y de volar, el testigo de ser el ganador aun no siendo el primero. La carrera continúa tío.
158. Qué lejos
Calamanda Nevado cerro
-Vigila tus pies y estructura atlética, me decían los entrenadores de atletismo desde pequeño, ambos formaran parte de tus éxitos.-
Desde mis primeros cumpleaños también escuchaba esto en casa. Incluso ahora de mayor, mi físico y marcas llaman la atención.
Cuando huelo a meta, pongo el turbo en mi cabeza, dosifico mi fuerza, y esprinto.
Mi forma de pisar emboba al público sin proponérmelo; murmuran, ¡es especial! Gustan mis pasos largos; a mí me sirvieron. Persuadí, logro victorias, y eso levanta mi ánimo. “Correr, siempre me relaja, he comentado muchas veces que voy tan cómodo como en chanclas.”
La gente, concentrada en mis actuaciones, se imanta. Consigo ovaciones enloquecidas, dinero, y la atención de los aficionados; invariablemente buscan conocerme personalmente; será por conocer mis secretos y procedencia.
Un día un periodista habló algo sobre mi extraordinario ADN. Lo heredé de mis padres; un famoso bailarín, y una bellísima trapecista.
159. Tres amigos
Ulyses Villanueva Tomás
Es 29 de diciembre y ha amanecido un día soleado. El recorrido de la San Silvestre por las calles de Salamanca ofrece una perspectiva nueva de la ciudad, reflejada en el esfuerzo y la ilusión de tantos corredores.En la línea de salida, Zatopek se abrocha con fuerza las zapatillas mientras asegura que en su época no disponían de esos colchones de aire. Bikila se mira entonces los pies descalzos y mueve sus dedos mientras sonríe. Luego comienzan a calentar a mi alrededor mientras, en un alarde de confianza, les aseguro que este año la carrera la ganará el gran Mariano Haro.
160. El viejo elegante
Ana Hernández Iglesias
Llevaba solo diez minutos junto a la meta cuando lo vi llegar, ni el primero ni el último, simplemente uno más, tranquilo y alegre, como cada año. Charlaba animadamente con su compañero de carrera. Se llevaba la mano al pecho, pero sonreía.
Al cruzar la línea, se despidió de su cómplice con una sonrisa inmensa que surcaba su rostro. Iba echándose la mano al dorsal que le daba suerte y pude notar la impaciencia con que me buscaba de un lado a otro. Cuando me encontró, señalé su corazón y él gritó entre el bullicio: “¡Como nuevo!”.
A pesar del ambiente navideño, era invierno cerrado y empezaba a nevar.
Yo temblaba de frío y mi padre, sin perder su sonrisa, me señaló un café.
161. UNA NUEVA CARRERA
GUSTAVO RUIZ
Por fin llegó el momento, la salida es inminente, el sudor invade mi cuerpo, mi corazón acelera como si la carrera ya hubiera empezado, hago lo posible por ocultar mis miedos en un vano intento de evitar que los aprecien los que me rodean, pero sé que no lo consigo.
Los segundos van pasando, recuerdo mi ultima San Silvestre, cada vez está más cerca el inicio de esta nueva batalla, me preparo mentalmente para lo que está por llegar, lo afrontaré de la mejor manera, daré el máximo de mí.
De pronto el ruido de una puerta que se abre interrumpe bruscamente mis pensamientos, una enfermera se asoma por ella y dice mi nombre:
- “Señor Ruiz”
- ¡Soy yo!
- ¡Puede usted pasar!
Me levanto como un resorte, cruzo el umbral hacia mi primera... sesión de quimioterapia, está a punto de comenzar la carrera más importante de mi vida.
162. Solo corre
Paula Baena Paz
Caen gotas por mi frente. La presión es insoportable. Aliento entrecortado y mirada nublada. No sé cuánto falta, tampoco cuánto llevo recorrido ya. Y entonces ese grito. Es ella, mi mayor admiradora, mi nieta grita animada que siga, que confía en mí. Levanto la mirada, escupo una mezcla de sangre y sudor y le sonrío. Más de mil carreras encontrando motivación en los sitios más insospechados y ahora es por ella por quien corro, por quien sigo luchando contra la enfermedad y la vejez. Gano velocidad. La adrenalina derrapa por mis venas. No me llevo el trofeo esta vez pero he ganado. Los km no han podido conmigo. Soy invencible. Eso es correr: gente unida por un mismo fin, superación y poder. ¿Quién no se siente poderoso al cruzar la línea de meta? Ese es el secreto: cuando vayas a caer y no puedas más: tú solo corre.
163. Mientras Duermen
Helmut Jaramillo Vlaes
De nuestra familia Marco y yo somos los únicos que vamos a la escuela. La fachada de la casa es negra cómo señal de duelo permanente, así lo han entendido y respetado los vecinos.
Nuestros hermanos padecen de la misma enfermedad que mamá, ella ha empezado a sentir que el peso de su cabeza es excesivo, insoportable. Pasa el día acostada. El problema verdadero es que ya es sólo lo que podamos hacer Fabiana mi cuñada, Marco y yo.
Cuando la noche llega, los sonidos del exterior no penetran en la casa si no que en cada rincón crecen ruidos propios, son cambiantes según el mes del año y la temperatura. De noche por ejemplo, se escucha en el cuarto de los gemelos un motor incansable combinado con el chillido de cientos de ratas y las carcajadas de muchos niños.
164. Para siempre
Jorge L. María López
Faltaban solo 300 metros, me había hidratado de forma correcta, había estirado como me habían indicado, pero el abductor me la había jugado de nuevo. Cojeando, he tenido que parar. Con las manos en las rodillas, lloro con la impotencia de quien lucha por algo y no lo consigue, lloro de rabia por el esfuerzo sin recompensa, y de repente aparece mi salvador, mi príncipe, y desde entonces mi compañero. Ya han pasado 20 años y cuando llega el día de la sansilvestre salmantina lo recordamos juntos. Ese día él también paró. Nos conocíamos de vernos en el instituto pero no habíamos hablado nunca. Me ayudó a terminar la carrera, comprendiendo las ganas que tenía de llegar a la meta. ¡Cuánto cariño me demostró!. Ya nunca me separo de el. Cada año hacemos juntos el recorrido y juntos llegamos a la meta. Adelante, más veloces, nuestros hijos.
165. El tiempo que pasa
Marcelo Fomperi
Apenas faltaba una semana. Miguelito estaba nervioso, excitado en aquellas fechas mágicas como el niño que era, ante aquel evento en el que había visto a su padre correr, a pesar de que su venerado padre, Miguel, jamás había ganado nada. Miguelito era consciente de que aquel año tampoco su padre, ni él, ganarían. Ambos iban de la mano una tarde gris, fría, aunque el inicio de la noche ya había hecho que el colorido de los miles de bombillas iluminase una galaxia artificial humana y callejera. Se encontraban atravesando la plaza, aquel rincón acogedor salmantino por donde pasaban tantos vecinos, estudiantes y turistas cada día. El niño, como aquel niño del anuncio de un equipo de fútbol, de repente le preguntó:
-Papá, ¿por qué corremos la San Silvestre?
El padre se quedó unos segundos pensativo, mirándole, y respondió:
-Para ganarle al año un ratito contigo, hijo.
166. La galleta
Juan Carlos Ordás Coria
Poseía la rara habilidad de no dar nunca con el toque justo para que la galleta no se desgajara de sí y cayera con un «plof» seco. Pero aquella mañana, sorprendentemente, la galleta se mantuvo firme.
Mantenía los brazos pegados a los costados, jadeante, mientras lo rememoraba. Por su lado surgían, fugaces, imágenes de rostros sonrientes y bocas vaporosas. Noveno kilómetro. Aún le quedaban mil metros. No sabe si le aguantaran las fuerzas. Intenta olvidarse de la falta de aire, del pinchazo en el costado. Y vuelve a rememorar la galleta, que resistió a caer. Y se inspira. Alza la mirada. Reconoce ese giro. Es el último. Lo va a lograr. Sabe que lo va a lograr. Ya distingue la pancarta de meta. Cincuenta metros. Veinticinco. Diez. Por fin. Acabó la San Silvestre.
Es el último en llegar. Pero el más feliz.
167. Milagro deportivo
Elías Lorenzo Baz
Cuando se oyó el sonido que daba la salida a los corredores, el atleta, que había estado entrenando todo el año, comenzó su recorrido. En medio de la carrera se le apareció el propio San Silvestre y, sin saberlo, había ganado la carrera de aquel año.
168. Volvería
María V. Herrero Matías
Estaba nerviosa, expectante. Esperaba. Con impaciencia, con entusiasmo. Esperaba. Era su primera ocasión de materializarse. Y, de pronto, sucedió.
A pesar del frío Tormes, a pesar del viento, la magia de la naturaleza, sin enterarse, sin siquiera necesitar intención o deseo, le había permitido aparecer.
Él era corredor. Corría la “San Silvestre”. Comenzó a sudar. La gotita pudo ¡por fin! salir, ver el mundo, emocionarse, disfrutar. Sabía que no tendría mucho tiempo. Resbalaba lentamente por su piel, mirando el cielo, las nubes, los árboles, la vida.
Luchaba por aferrase a su cuerpo, por retener ese instante, por iluminarse con el tenue sol de invierno, por formar un diminuto arco iris, por sentir su tacto, pero él no parecía darse cuenta.
Era el fin del recorrido. Volvería. Y le buscaría. No quería nacer en un grifo, en un océano, en un glaciar. Él debía ser su portador de nuevo.
Se desvaneció.
169. Plaza del Alto del Rollo
Jonathan Quesada Pérez
El clamor popular estallaba, señal inequívoca de que el ganador había llegado a meta, cuando me encontraba finalizando la Avenida de los Comuneros. Una vez el Rollo fue enfocado por mi vista, reparé en un hombre que se encontraba dando la vuelta a la plaza con un caminar cansino, era evidente que su inexperiencia o su autoconfianza le habían embaucado a un ritmo que su cuerpo no podía soportar. Al llegar hasta él, le pregunté cómo se encontraba, se giró y su mirada, llena de determinación, me impactó. Sus palabras brotaron con dificultad pero estaba decidido a llegar a la meta. Miré mi cronómetro, mi ritmo era bueno mas su mirada me hizo sentir que su lucha por llegar a la meta era mucho más importante que mi lucha contra el tiempo. Así que me quedé a su lado y, con mis palabras de ánimo, su éxito fue mi éxito.
170. Una carrera a mis pies
Luis Miguel Vicente Sánchez
Hoy es mi gran día. Suena a tópico, pero tras llevar todo el año esperando este momento, vuelvo a salir a correr la San Silvestre salmantina. Hoy es el día en el que siento el frío del tiempo, el calor de la gente y la belleza de esta ciudad mientras la recorro. Mi dueño se calza conmigo solamente el día de la San Silvestre salmantina desde hace incontables años. Después de todo el año entrenando, ata mis cordones y se lanza a la carrera. Dice que le traigo suerte
171. RUNNER
Raúl Garcés Redondo
Corría.
Corría no para coger el autobús o el tren. Corría no para comprar el pan o la leche antes de que cerraran la tienda.
Simplemente corría.
Corría no para estilizar su figura de cara al verano. Corría no para dejar atrás, quisiera por un momento, los problemas y las preocupaciones.
Corría, eso es todo.
O quizá no. Tal vez lo hiciera por alguna de esas razones. O por todas ellas.
El caso es que corría.
Sí.
Y yo con él.
172. recuerdo
zully cabrera
Juan miraba desde el balcón comiendo un trozo de pan el ondeo de un río de golosinas. El niño quiere una, y con su caña imaginaria arroja la serpentina...
Ha pescado el recuerdo de ver su abuelo por el puente pasar...
Ya pasó el tumulto, en el borde del balcón, quedó un pájaro barriendo muchas miguitas de pan; en la cocina, a la vuelta de la mesa, todos juntos saborean el pescado caramelo, más rico que cien pan dulces del panadero del pueblo.
173. ILUSIÓN RENOVADA
Eduardo Dávalos
Lo que sigue es la entrada de mi diario de una Nochevieja cuando era niño.
“Por la noche no ha parado de nevar. Espero que mis padres me dejen ver la carrera y jugar en la nieve. Faltan pocas horas para que empiece la San Silvestre salmantina y mi amigo Marcos, que ya va a la universidad, va a correr. ¿A que sería genial que Marcos se convirtiera en un muñeco de nieve justo al cruzar la meta? Un muñeco como el que mis amigos y yo hemos hecho en el recreo antes de que nos dieran las vacaciones. Mi padre, bromeando, me ha dicho que 'Marcos' se derretirá muy pronto, cuando vuelva el buen tiempo, pero que lo podemos repetir el próximo año”.
Ahora que me preparo para correr, entiendo que el atletismo es eso: ilusión renovada.
174. Ratones
Paola Andrade Gordillo
Rodrigo es de esos que corren perseguidos por sí mismos y de los que huyen de sí mismos. La gente que corre se divide en categorías. A menudo la gente corre cuando huye y alcanza límites insospechados y también hay gente que va con prisa a todos los sitios haciendo jeribeques . Rodrigo pertenece a todas y a ninguna.
Ahora mismo sigue corriendo y corre y corre hasta cuando cree que ya no puede más y segundos más tarde se dice “Mírate, al final si que podías” y allá va. A esta gente la huida le sale tan bien que cuando acaban son mejores y ya no saben en qué parte de la carrera se les cayó el otro “yo”.
Acaba Rodrigo otra vez, algo más cansado que antes, pero con la sensación que solo podría entender un ratón cuando da esquinazo a un gato.
175. En ruedas
Marcos Morales Peláez
Echo de menos los clavos cuando la meta está cerca. Los músculos se me osifican, paralizados ante la inmediatez del fin de la carrera. A pocos metros noto como mis piernas pesan, las miro, pero el cansancio me confunde la mirada. ¡No puede ser! Estas se ven esféricas, negras, y giran a toda velocidad. De mi espalda surgen dos pequeños hierros que se cubren de un mango mientras sigo corriendo, o mejor, rodando hasta que cruzo la meta.
Me despierto, la silla de ruedas reposa junto a mi cama mientras yo me seco el sudor con el brazo, todo era un sueño. Sin embargo algo ha cambiado en mí, miro el calendario, hoy es la San Silvestre, ya no echo de menos la clavos cuando la meta está cerca, y me pregunto: ¿Y en ruedas?
176. «DECRETO LEY»
Mayte González-Mozos
La última persona que se hizo tres propósitos para el año nuevo fue mi abuela. El treinta y uno de diciembre se dispuso a cumplir el tercero. Con su blanco y flamante calzado deportivo, comenzó a recorrer los diez kilómetros en el casco urbano de la capital charra. La Unidad de Vigilancia del Ministerio de los Límites Personales, la detuvo cuando no había superado los doscientos metros en solitario, haciéndola volver sobre sus pasos. La pobre yaya, aunque sigue en activo vive en su mundo; sorda como una tapia. Todos los demás sabíamos que a partir de este año, el recién estrenado Ministerio de Trabajo y Rendimiento nos había permitido dos únicos propósitos: Trabajar y dormir.
177. Y entonces corro.
Aitana Martos Sánchez
Me coloco el dorsal con manos nerviosas ,mientras dirijo mis pasos hacia la línea de salida .Quedan minutos para comenzar la carrera ,y en mi mente escucho el eco de la voz de mi entrenador.”No encontrarás el triunfo en una sola persona ,ni en un solo lugar. El triunfo se encuentra donde haya alguien tratando de alcanzarlo”. El resto de participantes se colocan a mi alrededor, todos hombro con hombro.”Así que márcate un objetivo y alcánzalo. No rebajes tus esperanzas ,eleva tus limites” El juez anuncia la inminente salida, y los músculos se tensan , esperando alguna señal. La adrenalina me acelera el pulso que suena como un tambor de guerra.”Y tal vez al alcanzar tu triunfo, no encuentres un ramo de flores o una medalla dorada”. La pistola del juez apunta al cielo "Pero encontrarás algo mejor" y aprieta el gatillo." Te encontrarás a ti mismo". Y entonces, corro.
178. Señores, qué lucha
José Manuel Gómez vega
Pun pun, pun pun… oigo mi corazón, siento mi pulso. Clavo mis ojos en el dorsal de en frente. El público jalea nuestro esfuerzo, huelen la sangre de la batalla. Acelero el ritmo y mis piernas obedecen como esos caballos que mueren reventados. Pun pun, pun pun… ya lo tengo a tiro… mas surge ominoso el cartel de meta en la lontananza. Dudo, la cosa va a andar muy justa. Hago de tripas corazón y meto otra marcha. ¡Pun pun, pun pun…! mi boca recuerda a la tobera de un reactor. Es una locura, pero maravillosa. El de delante se gira, su gesto descompuesto. Debe de haber visto en mis ojos reflejado el brillo de la derrota. También él bracea, desesperado, inútilmente… Los chips confirman que llegamos justo a la vez, los dos últimos y a 51 minutos del ganador, fuera de control. Pero qué lucha, señores, qué lucha.
179. MARATÓN
MARCOS PÉREZ HERNÁNDEZ
MARATÓN
Para abrirme paso en esa marea de cuerpos tuve que emplear los codos. Es evidente que en todos anida el instinto de llegar primero. Conforme avanzaba a buen ritmo recogía cadáveres por el camino, ya resignados a la derrota. El cansancio también hizo mella en mí y hubo momentos en que pensé hasta en el abandono. Pero las caras crispadas de los rivales me dieron aliento. Me puse en cabeza y tiré apretando los dientes en un esfuerzo agónico. Debí abrir un hueco con mis perseguidores porque no vislumbraba a nadie pisándome los talones. En línea de meta me esperaba ella con la mirada ansiosa y sonriente. Fue un amor a primera vista y decidimos allí mismo unirnos para toda la vida. Juntos hemos ido creciendo como una sola persona, enriqueciéndonos mutuamente. Después de nueve meses de sosiego en el líquido amniótico, presiento que pronto volveré a competir.
180. El fantasma
Pablo Montañana Pomares
Al salir al Paseo del Rollo desde la Plaza del Alto, la aglomeración de gente me ha hecho anticipar la imagen de la meta, si bien es cierto que se oculta tras el edificio que hace esquina con la calle Campoamor. Pero mientras fuerzo la vista, desgastada por las numerosas lecturas, en aquella dirección, me confunde una silueta que no sitúo entre el público, sino ante mí.
Intento limpiarme el sudor, distinguirla. Juraría que nadie me había adelantado: me desgasté dejando tras de mí la distancia suficiente como para afrontar este tramo con comodidad. “Un poco más”, me digo. Y ese otro que me impulsa parece conformarse, hasta que surge el tercero, que se impone: “¡Un poco más!”.
Exhausto, llego primero a la meta. Me doy vuelta para felicitar al segundo en carrera: es el fantasma que pude haber sido de no haber creído en mí mismo.
181. «Inspiración»
Janet Guerra
El día que le dijeron que no volvería a caminar se le vino el mundo encima. Tras meses recluido en el centro hospitalario, regresó impedido a la vida cotidiana; «¡Pero qué vida!», se dijo Manuel, mas no se atrevió a compartir su desaliento con su mujer y sus hijos. Llevaba seis años en la policía y en un segundo unos criminales lo dejaron postrado para siempre.
Desde su silla de ruedas contemplaba a través de la ventana el ir y venir de la gente, malhumorado a veces, a veces deprimido. Nada lo motivaba, hasta el día que vio pasar la cursa por delante de su casa. Niños, jóvenes, abuelos, unidos por el mismo reto, y la mirada puesta en la meta de la San Silvestre Salmantina. Entonces comprendió que cada uno tiene que emprender su propia carrera si no quiere quedarse quieto.
182. CORRER A TROMPICONES
Miguel Ángel Gayo Sánchez
Mi abuelo Ramón utilizaba la sinecura de su edad para abrirse paso entre el gentío y colocarse en primera fila. Desde allí observaba mejor a los corredores.
Yo, que seguía su paso a trompicones, le acompañaba a su cita anual con la San Silvestre Salmantina y me maravillaba de su sabia conversa:
–Observa a toda esta gente. Corren por placer, por puro deleite. Pero de alguna manera rinden tributo a nuestros antepasados. Y es que el ser humano un día dejó de correr, de vagar de un lado a otro, de vivir como asustado. Ese día levantó la cabeza y las bestias circundantes recularon.
Han pasado los años y ahora vuelvo sin el abuelo. Durante su enfermedad le prometí que un día correría la Sansil en su honor. Vengo desentrenado, pero correré con la cabeza alta y llegaré a la meta. ¡Aunque sea a trompicones!
183. Salamanca huele a vida
MARIA PILAR PUYUELO ALFARO
Nunca antes después de un ligero olor a pólvora se ha visto tanta emoción; tanta alegria, inmensa adrenalina se respira en el aire, que junto a las millones de pulsaciones Salmanca huele a vida.
Son más de cinco mil personas bajo el cielo charro que como el río Tormes nacido en la sierra de Gredos, intentan contener su cauce. Y tras la peor pendiente llegar a su objetivo. El Duero llegará al mar desafiando su camino, pero nunca olvidando las gotas que forman su semblante, San Silvestre será para el que al final encuentre su sitio.
184. Lo logré
Cristina Elizabeth Muñoz Rojas
Las cosas cambian. Hace algunos años veíamos imágenes en blanco y negro, en sepia, luego en tonos descoloridos y ahora en vivos colores. En la carrera las cosas también cambian. Algunas caras son nuevas, otras se repiten y los atuendos van variando. Aunque hay una cosa que no cambia y se mantiene como siempre, son las ganas de correr. Es una de las pocas adicciones sanas, es como un brebaje exquisito, que al probarlo, al tiempo ya no puedes dejar de repetirte. Por esto hoy nuevamente dejo en casa mi cargo, mi título, mi edad e incluso mi saldo en la cuenta; me coloco mis zapatillas y me uno a esta celebración del deporte, expresión de la alegría de vivir sanamente, donde lo único que importa es correr.
Hoy todos compartimos un mismo objetivo: cruzar la meta, alzar los brazos y gritar “Lo logré”. Ojala yo lo logre primero.
185. Sigue sus pasos.
Cris Nóvoa Presas
Ya me había puesto el dorsal. No debería participar. Como en el resto de facetas de mi vida, no me veía capacitado.
Mis pies pronto siguieron el ritmo, sin darme cuenta comencé a disfrutar. A nuestro paso, la gente desde los balcones nos animaba. Testigo de nuestra hazaña, la fachada de la Universidad, majestuosa e impasible. Y los Reyes Católicos en su medallón central, parecían sonreír orgullosos a mi paso.
Me sentí importante.
Solamente hay que imitar al de adelante y ser ejemplo para los que vienen detrás, con paso seguro y decidido, creyendo como nadie en uno mismo.
El puente romano nos esperaba. Pude ver en él a Lazarillo robando uvas a su amo ciego para poder sobrevivir, bajo el frío invierno castellano. Esta visión me alentó a aumentar el ritmo, sacar fuerzas y llegar a la meta siendo uno más, ni vencedor ni vencido, pero dichosamente vivo.
186. LAS RAYAS TORCIDAS DE UNA CEBRA
ALEJANDRO MIGUEL TOLEDO ARRUEGO
A pesar de que había conseguido la cita, motivo de la apuesta, decidió correr la San Silvestre Salmantina disfrazado de cebra, sin darle importancia al hecho de que hacía al menos dos años que no hacía nada de ejercicio.
Una vez iniciada a la carrera, al llegar a Plaza España el corazón se le salía por la boca, en la Puerta de San Pablo el cansancio era tan evidente que comenzó a verlo todo borroso.
Su mente había dejado de ver asfalto y escuchar el jolgorio de la gente; se encontraba ahora en plena sabana africana, notando el cálido aliento de un león hambriento en su nuca.
Maldito y bendito karma
187. PREMIO DE CONSOLACIÓN
JAVIER SÁNCHEZ CAMPOS
Mi disfraz causó sensación. Refuerza mi teoría que nadie se “fijara” en mí, que la televisión no me entrevistara, que ni agua me ofrecieran tras finalizar la carrera, aunque la pedí por favor. Sin duda, la envidia torturaba al resto de fatigados participantes, organización incluida. ¡Ay de ellos si hubieran sido tan originales como yo! ¡Ay de ellos que me ignoraban como si fuera un trozo de nada! La forma descarada que tenían de ofrecerme su chorreante espalda, de intentar que me sintiera inexistente, de hacerme el vacío como si fuésemos chiquillos en el patio del colegio en vez de personas corriendo al latir de un corazón, contribuía a llenarme de orgullo. Aún así, los perdono. La ética deportiva me lo exige, mi corazón me lo manda; sería injusto no hacerlo porque, ¿quién no ha deseado disfrazarse de hombre invisible?
188. Independencia
Cándido R. García Hernández
La ciudad es un Annapurna que se va allanando a nuestro paso.Atravesamos 10 kilómetros de noche,cada uno corriendo hacia sí mismo.A tientas es la propia Salamanca quien nos lleva por su geografía construida de tiempo,que esta noche en las articulaciones, respiración, músculos es el nuestro. Quisiera avanzar descalzo, leer con los pies el braille de la piedra,su palabra ebria de milenios. Corro dispuesto a deshacerme del cordón umbilical que viene de la luz, a ganarme la soledad como independencia.No titubeo sobre la pista que es la oscuridad.Mi pulso canta los nombres de las calles y es el propio cansancio quien me sustenta en cada zancada. La arquitectura se torna júbilo llegando al Paseo de San Antonio.Cruzo la meta y la cuerda que me une al guía reaparece. Las manos,que son mis ojos,palpanme el rostro,dan fe de mí,de mi victoria.
189. LO PURO
Vicente Pérez Lasedo
Comienza. Y él corre y ve, cuando gira la cabeza, el avanzar de los otros. Y él piensa qué ojala en la vida fuese todo así, tan claro, tan a pecho descubierto. En la carrera se usa la sinceridad del esfuerzo. Esa nítida e irrebatible verdad. Qué raro algo así en estos tiempos, tiempos de la mentira y la estafa. Desde el principio sabes que sólo conseguirás lo que tu sacrificio te otorgue. El juego es limpio. Y Germán, sudoroso, rozando sus propios límites y su resistencia, esto es, haciendo una promesa de amor a la vida, sintiéndola con más fuerza, recorre, entre los otros corredores el trayecto previsto. No ha vencido. Ni siquiera ha quedado entre los primeros. Da lo mismo. Existen más cosas que el triunfo.
190. Salamanca no es de piedra
Carmen Álvarez González-Jubete
Todo el mundo contemplaba con expectación a los miles de corredores, preparados con sus zapatillas de deporte, ropas multicolor y caras sonrientes. Pero solo algunos podían ver, además, la amplia sonrisa que la ciudad dibujaba.
191. VEJEZ, DIVINO TESORO
Carmen González Gómez
Pablo se situó en la salida, agachó la cabeza y cuando levantó la mirada vio a un viejecillo entrañable realizar los estiramientos que preceden a cualquier carrera, unos estiramientos modestos, eso sí, los que le permitían sus maltrechas articulaciones.
-¿Cuántos años tiene?- le increpó. –Ochenta y dos-. - ¿Va a correr?- quiso saber Pablo. –Ya lo creo que voy a correr, joven-. – No quisiera entrometerme, pero creo que es demasiado arriesgado. – Curioso el ser humano- sentenció el anciano. Y añadió: -se pasa décadas amedrentado, lamentándose. Ustedes son jóvenes, deberían demostrar más valor que los que estamos criando malvas, y, sin embargo, el ruido de una mosca los asusta. Cuando se es viejo, al revés, se tiene el arrojo suficiente, pero le fallan a uno las piernas. Paradójico, ¿verdad? Ahora bien, déjeme decirle una cosa muchacho: no me cambio por ustedes, sin la voluntad no se va a ningún sitio.
192. LOS ÚLTIMOS METROS
MIGUEL ÁNGEL GARCÍA RODRÍGUEZ
Apretaba los dientes mientras sacaba fuerzas de donde no había. «Esta San Silvestre no se me escapa», se repetía. Con el corazón a mil, la adrenalina por la emoción de vencer a su rival le aportó un extra, pero ese “chute” duró poco. Sus escasas energías le empujaban como un autómata. De pronto, su contrincante fue apareciendo lentamente por el rabillo del ojo, con un constante avanzar que le auguraba una nueva derrota; este no sería tampoco su año. Con su rival ya delante, veía aproximarse la meta salmantina tan rápido como se esfumaba la gloria. Pero no, «esta vez será distinto», se dijo mientras apretaba los puños y volvía a aumentar la velocidad hasta adelantar a su oponente a un metro de la llegada. Este año sí, había al fin ganado a su hermano mayor. ¿La clasificación general? ¡A quién le importaba!
193. La primera
Chus Díaz Diz
Avanza a buen ritmo. Está cansada y le duelen los pies: quizás el calzado que ha elegido no sea el más adecuado para ir con prisas por esas calles. Aun así, no piensa rendirse. Reconoce el cartel de meta, aunque desde esa distancia no logre leerlo. Sonríe, sabiendo que queda poco. Entonces oye pasos a su espalda. Sin detenerse, vuelve la cabeza para descubrir a una pareja de su edad. Intuye en su mirada ambiciosa la misma intención que ella: llegar los primeros. Acelera el ritmo para distanciarse de ellos. Olvida el dolor de pies, la respiración entrecortada, para concentrarse en alcanzar la meta. Y lo consigue. A esa hora temprana no hay fotos ni aplausos, pero tiene el privilegio de escoger el mejor sitio como espectadora. Se sitúa en primera línea, justo enfrente del cartel. Quiere ser lo primero que vean sus nietos cuando crucen la meta.
194. LUGARES COMUNES
María López
El pie izquierdo no me quiere hacer ni caso desde que en nuestra última carrera descubrió que las órdenes se las enviaba el lado derecho del cerebro.
Este acto suyo de rebeldía me ha vuelto cada vez más torpe, en completo desequilibrio con la vida, condenándome a tropezar cada mañana con las mismas gentes y las mismas piedras.
Dialogo con él todos los días armándome de paciencia, intentando explicarle los beneficios para ambos de un acuerdo pactado que nos permita seguir corriendo juntos por los paisajes y lugares comunes de nuestra tierra, pero no atiende a razones, no hay manera, se queda inmóvil con los dedos hacia abajo y sin dejar huella.
Desde entonces, y a mi pesar, sus reivindicaciones me han vuelto coja, descompensada, con el corazón latiendo de medio lado y sin posibilidad de alcanzar la meta.
195. Frío en Salamanca
Manuel Valdepeñas Almeida
Frío. Se acaba el año y sólo siento frío. Mis manos, mis pies, mi alma.
Nieve, blanca nieve. Mi mente en blanco, mi cuerpo frío. Salamanca blanca.
Cierro mis ojos. Siluetas frías.
Anoche te vi, en mis sueños blanca, vestida de boda, con luz de luna y pies descalzos. Me llamabas con voz de ángel y yo corría, ¡corría!, ¡corría!
Me empujan. Abro los ojos. Miro a mi alrededor. Tomo aire. Frío. Sólo siento frío.
¡Preparados, listos, ya!
Tu anillo en mi puño. Tu voz mi guía. En mi dorsal tu nombre. En la meta tú y mil veces tú,... y nuestra niña. Sus manos frías, mi mente en blanco, tu cuerpo frío, Salamanca blanca.
Veía una luz, oía tu voz, y yo corría. ¡Corría!
196. VEJEZ, DIVINO TESORO
Carmen González Gómez
Pablo se situó en la salida, agachó la cabeza y cuando levantó la mirada vio a un viejecillo entrañable realizar los estiramientos que preceden a cualquier carrera, unos estiramientos modestos, eso sí, los que le permitían sus maltrechas articulaciones.
-¿Cuántos años tiene?- le increpó. –Ochenta y dos-. - ¿Va a correr?- quiso saber Pablo. –Ya lo creo que voy a correr, joven-. – No quisiera entrometerme, pero creo que es demasiado arriesgado. – Curioso el ser humano- sentenció el anciano. Y añadió: -se pasa décadas amedrentado, lamentándose. Ustedes son jóvenes, deberían demostrar más valor que los que estamos criando malvas, y, sin embargo, el ruido de una mosca los asusta. Cuando se es viejo, al revés, se tiene el arrojo suficiente, pero le fallan a uno las piernas. Paradójico, ¿verdad? Ahora bien, déjeme decirle una cosa muchacho: no me cambio por ustedes, sin la voluntad no se va a ningún sitio.
197. Olas
Francisco Sánchez Egea
A lo lejos, unas zapatillas deportivas levantan pequeñas olas a su paso. Desde esta distancia, no se puede discernir su tamaño. Podrían ser de hombre o de mujer, viejas o nuevas. Desde esta distancia, no se puede apreciar quien las lleva puestas. La observación efímera de su dueño durante un instante no nos permitiría conocer los motivos que le impulsan a correr esta tarde, a caminar día a día. Podemos saborear la fantasía, imaginar la vida de un atleta retirado, ya anciano, que no colgará las botas; los sueños de un niño que se prepara para entrar en el Olimpo; alguien que solo busca desconectar bajo esta lluvia fina… En realidad, poco importa todo esto, menudencias para el fin transcendental de esas zapatillas: el de seguir, con paso firme y constante, volando sobre el agua que inunda las calles salmantinas en la San Silvestre.
198. Antes de la revolución
Roberto Amador
Volvió a palparse el cuerpo. No echó nada en falta. Ni siquiera los quince kilos con los que había regado las calles durante meses. Calles que disfrazaban tesos, esas tildes de la prosa castellana.
Aquello era un acto de rebeldía. Un desafío a la genética y a la neurociencia. No había nacido para hacerlo, pero lo estaba haciendo. Y el dorsal no era otra cosa que la bandera del libre albedrío.
Estranguló el azar apretando los cordones. Pensó que los adoquines siempre ligaron bien con las revoluciones. Todos los arrancados en mayo del 68, los recolocaría a zancada limpia.
Una aglomeración nada angustiosa, feliz. Rítmica. Un cuadro de Pollock que merecía ser escuchado. Fuera música. Bailarinas en puntas, oteando.
Un disparo. Se confirma que esto es una revolución. En Portugal seguro que lanzan claveles. Las guerras no se escogen, las revoluciones sí. Esta además era justa. Y él había elegido.
199. Los pies de Salamanca
Adalberto Juan Cifuentes Egea
El escritor bilbaíno ha decidido despejar la niebla personal que le atormenta corriendo la San Silvestre Salmantina. Antes de que suene el pistoletazo de salida, se fija en el hombre que hay a su lado: un profesor reputado de la Universidad, quien ha encontrado en el deporte el camino para disipar el dolor que le causó su injusto encarcelamiento. Ya en la carrera, una anciana les adelanta con ritmo constante murmurando algo en latín. Un hombre de prominente bigote y melena rizada al viento, anima a seguir a los niños que acompaña. Entre visillos, Salamanca observa. La carrera pasa junto a la estatua de quien no se dejó sublevar, el cual parece decirle a los miles de deportistas que lo miran: “no os rindáis, ya queda poco”.
Al llegar a meta, la niebla se ha disipado bastante y el dolor ya no hace tanto daño.
200. Reencuentro en la San Silvestre
Teresa Lidia Ramírez Vázquez
Victor Manuel, sin dejar de impulsar las ruedas de su silla, a ratos secaba el sudor del rostro y las indiscretas lágrimas en sus mejillas. No aceptaba correr sin ella. Su mirada escudriñaba en la multitud. Recordaba cuando se conocieron en el Paseo de Canalejas en la primera carrera de San Silvestre Salmantina, eran niños. Desde entonces corrieron juntos cada diciembre. Necesitaban ser adultos para declarar su amor, cumpliendo patrones de religión.
Pensaba con tristeza si San Silvestre no escuchó sus oraciones, si el accidente los separó para siempre, sí la invalidez actual lo hacía desmerecer su amor.
De pronto un grito paralizo su cuerpo –Victor Manuel! - Te encontré!
Llovieron abrazos, risas, alegres lágrimas. Ella agarró su silla y corrió rápido hasta la meta. Los gritos de la multitud anunciaron el éxito. Un húmedo beso confirmó el reencuentro con su añorado amor. Brotaron las palabras… gracias San Silvestre.
201. Llegar a la meta
Santiago Ibán Valle
Salamanca, año 2013. Llegaba el gran día, restaban algo de más de mil quinientos minutos, no lucían los primeros rayos del sol y ya despierto, Silvestre, no dudaba en consultar con la almohada, preparando la estrategia de la competición. Veintinueve años viendo a través del cristal la carrera de su ciudad en Navidad, veintinueve años soñando con emoción, que algún día podría ser un participante, se imaginaba cada año llegando a la meta con los brazos en alto.
Han sido años de ahorro, años de lucha y los últimos meses de esfuerzo titánico para adaptarse a las dos piernas que le habían colocado. Se encontraba excesivamente nervioso, pero bien animado, física y mentalmente. Los entrenamientos eran satisfactorios y mañana...mañana si llegaba a la meta sería su victoria, el ganador de su propia vida.
202. De buena zancada
Marcos Dios Almeida
Aceleré el paso en la plaza Mayor poniéndome en cabeza.
El panadero como siempre pretendía ganar la carrera, aun cuando el motivo de la misma radica en fomentar la deportividad. Por eso me miró con condescendencia haciéndome correr todavía más.
Pasamos a los pies de la vieja universidad y me fijé en la ranita que descansa sobre la calavera de su plateresca fachada, y como ella salté sobre una lata de cola adornada con el nombre de Alfonso que algún incivilizado había tirado al empedrado de mi ciudad.
He mejorado la zancada pese a respirar dificultosamente, y tengo más aguante que esos presumidos pese a mis setenta primaveras… ¡Fondo! ¡Eso es lo que hace falta para llegar a la meta! Y a buena fe que tengo experiencia, no solo como corredor sino como terrícola que vive en este azul planeta.
203. La carrera
Javier Gómez Fernandez
¡Por fin voy en el grupo de cabeza! Tantos años intentándolo y al fin lo he conseguido, estoy entre los mejores. Somos siete; dos etíopes, tras americanos, un alemán y yo. Siempre ha sido mi mayor ilusión ganar la San Silvestre Salmantina. He pasado junto a unos amigos que me han vitoreado y aplaudido y Andrea, mi mujer, ha saltado de alegría al verme en el grupo de destacados.
Los etíopes van por su cuenta, pero los americanos, el alemán y yo nos vamos relevando para no quedarnos descolgados de ellos. El recorrido está a rebosar de aficionados que me animan gritando mi nombre y ofreciéndome botellas de agua. Yo voy muy concentrado y apenas me doy cuenta de nada que no sea los relevos que continuamente hacemos.
– Cariño, despierta… Los niños ya están preparados. Ayer dijiste que querías llegar con tiempo a la carrera, para poder estirar con tranquilidad.
204. Carrera Desleal
Pablo Reali Cestaro
Estoy llegando a Salamanca. Disimuladamente, me levanto el pantalón y puedo ver los circuitos y pistones hidráulicos que componen mis piernas cibernéticas. Como en todas las carreras, llamará la atención que corra de pantalón largo, pero como siempre, nadie se atreverá a preguntar. Es totalmente desleal lo que hago, pero no puedo evitarlo. Desde que perdí las piernas, mi único deseo es humillar a cuanto corredor puedo. Si me descubren no importa, no es un delito penal. Esta obsesión me está consumiendo. Creo que sería mejor dedicarme a algo más constructivo y dejarme de pavadas. La última vez casi mato de un infarto a mi perseguidor más cercano. Eso si no pienso volver a hacerlo.
205. LA GRAN CARRERA
MARIA ANTONIA MARTIN CRESPO
Como cada mañana, sonó el despertador antes del alba. Ya era un hábito para mí, ciertamente madrugaba mucho. Lograr mi objetivo requería perseverancia y sacrificio. Mi cuerpo debía estar en forma.
Nadie podía saber a dónde iba y que hacía. Estaba mal visto que una señorita saliera sola. Debía levantarme temprano, justo antes de que la luz del amanecer pudiera desvelar mi secreto.
Me vestí acorde para correr; unas zapatillas, pantalón ligero, camiseta ancha y una gorra que ocultase bien mi cabeza.
De este modo, con la ayuda de la noche, difícilmente podían descubrirme. Sola, en silencio, tan solo acompañada por el ruido sistemático de mis zapatillas sobre el asfalto, me preparaba, día tras día, para la prueba final.
Debía correr la gran carrera “La San Silvestre Salmantina”, ganarla y allí ante todos, descubrirme como una mujer.
206. 5.000 y alguno más.
Yaiza Alvarez Gallardo
Más de 5.000 personas a mí alrededor, todos con zapatillas deportivas y un número a la espalda, los corredores, inquietos y felices esperan a que den la señal de salida, los nervios flotan en el aire, la competitividad podía olerse. Recuerdo que mi padre corrió en ella, cuando tuve suficiente edad, yo corrí con él, y hoy, 31 Oct. Mi hijo correrá conmigo en esta carrera tan popular de San Silvestre Salmantina.
207. Va por ti abuelo.
Álvaro Rodríguez Torres
Mi abuelo estuvo aquí, hace ya cuarenta y tres años. Recuerdo cada palabra que me decía sobre esta carrera, la pasión con la que se vive, la alegría de los competidores; "una experiencia única" me contaba. Yo hoy repito por segundo año consecutivo, y creo, serán muchos más.
No se si es por la carrera o por lo que significa para mi, intento explicárselo a mi hijo. En unas horas darán la salida, se que ya no estas con nosotros y jamas veras esto, pero no me importa si sirve para no olvidarte, te quiero abuelo.
208. Hacia la meta
Sheila Quijada Gil
Un año antes sólo veía la triste y lúgubre habitación del hospital. Ahora vislumbraba la meta, sentía el clamor del público y los aplausos resonaban en su cabeza. Sabe que no es el primero, aunque tampoco es el último. No importa. Dirige una última orden hacia sus piernas de aleación de titanio, las cuales le obedecen mejor que nunca y traspasa la ansiada meta, sintiéndose cual Usain Bolt en sus mejores Olimpiadas.
209. Supera tu meta
Miriam Fagúndez Núñez
Había perdido la cuenta de los minutos que llevaba corriendo, muchos tal vez pero no le importaba. Se sentía radiante y eufórico cada vez que levantaba la vista y vislumbraba la meta, el gentío y los aplausos de la multitud. Unos metros más y la meta sería suya. Nunca llegó. 9 meses después, desde la sala de recuperación del hospital su mente seguía ansiando el cruzar esa meta, rompiendo la delicada banda reservada al ganador.
210. Sentir el triunfo
Milton Leonardo García Sierra
Mi sueño, siempre fue terminar la San Silvestre Salmantina, corriendo y no caminando, es cierto que tal vez se pusiera en peligro mi integridad o la de los demás participantes, pero me había preparado con intensidad e igual mi acompañante. y el día de la maratón salimos con todo, no nos importó ni la lluvia, ni los repechos del recorrido. Sólo oíamos los aplausos de los espectadores y con determinación llegamos a la meta. Mi perro guía y yo sin darnos cuenta fuimos los primeros en la maratón, no pude ver con mi ojos pero si con mis pies. El premio por la victoria fue toda en comida para mi perro, sentir el triunfo fue mi recompensa
211. Lo importante es participar
Juan Fuente
El público congregado comenzó a alborotarse cuando llegaron los dos destacados al Paseo Canalejas, con los números identificativos bailando en sus pechos. El griterío les animó a avivar el ritmo sin ni siquiera mirar atrás. Al instante el numeroso pelotón llegó corriendo desde la avenida Mirat, seguido de tres rezagados casi exhaustos, mientras los balcones se llenaban de entusiastas y empezaban los primeros abucheos.
Detrás de todo, la policía se afanaba en darles caza.
212. Ganador
Cristóbal Valenzuela
Cuando llegó, primero que todos, a lo más alto del monte, ya frente al Maestro, se dio cuenta de que lo que le llevó hasta ahí no fue encontrar una respuesta, sino formular una pregunta.
213. Carrera de sueños
Laura Gomez Moya
Se despertó con ganas de salir corriendo, miró el reloj y esbozó una sonrisa teñida de sueño al ver que aún eran las 7:30 y tenía una hora para seguir en la cama. Cerró los ojos pensando que tenía ganas de correr sin abandonar el calor del edredón que mantenía sus pulsaciones bajo mínimos, -Qué curioso-pensó, y se sintió capaz de ganar la carrera para la que llevaba todo el año entrenando.
Volvió a dormirse, esta vez se encontró con la imagen de un reloj que marcaba las 11:30 y descontaba el tiempo muy rápido. En menos de diez minutos, visitó el Tibet, escribió un libro, amó a cada persona que encontró por el camino, construyó una casa, pescó el pez mas grande del mundo pilotó un helicóptero... Al aterrizar, un niño que le recordaba a él de pequeño le dijo - ¡gracias por perseguir tus sueños!.
214. La nota del abuelo
Luis Meléndez Martínez
Hace mucho que dejé de correr. No recuerdo si fue bajo un cielo con Sol incesante o cargado de nubes; ni siquiera del día en el calendario, menos aun la indumentaria. Uno de los momentos que situaría en los más importantes de mi vida, no lo mantengo en mi memoria. Me hago cada vez más viejo, y la ley de la vejez dicta que el cuerpo y los recuerdos van degenerando, sin tener en cuenta la pasión que tengo por esa inolvidable brisa en la cara, que sólo nosotros conocemos. Sin embargo, no podré olvidar que, a pesar de que nunca sobrevolé el cielo, lo hice sobre la tierra, a ras de suelo; como una flecha recién soltada que nunca decae, bailando con el aire, sintiendo el terreno.
Guarda estas palabras en tu corazón, pequeña liebre risueña: siempre estaré enamorado de la brisa, aunque le diga adiós.
215. La rana
ALBERTO DE FRUTOS DÁVALOS
Todos los años, desde hace veintinueve, una calavera se queda aún más calva el 31 de diciembre. Un sombrero con forma de rana sale volando de la fachada de la Universidad de Salamanca y, de salto en salto, se planta en el paseo de San Antonio, a la hora exacta en que los jueces dan el pistoletazo de salida a la San Silvestre salmantina.
Nuestra rana se juega el tipo por el paseo de Canalejas, Mirat y Zamora, pero le encanta el atletismo, y, entre las suelas de los corredores, goza del anonimato que su rareza ornamental le niega; harta de los “flashes”, es feliz como un dorsal más del pelotón.
Cuando aterriza en el Rollo, sabe que un año más volverá a ganar, pero se escamotea a los laureles y torna, resignada, a su cráneo, donde no falta el japonés que ya la está echando de menos.
216. LIGERO
Edweine Loureiro da Silva
Deseando ser el elegido, aceleró adelante de los otros espermatozoides. Y se cayó al suelo...
217. Confianza
David Moreno Fernández
Después de participar en todas sus ediciones conocía tan bien cada rincón de Salamanca que apenas necesitaba la poca vista que le quedaba, pero cuando la línea de meta apareció ante Miguel, el peso de sus 70 años acabó por manifestarse del todo en sus piernas quedándose clavado en el sitio sin poder moverse. Los últimos participantes de la carrera entre los que se encontraba empezaron a pasarle dejándolo inevitablemente en la última posición, pero la clasificación no le importaba. Lo que le dolía era no poder terminar por primera vez la maratón y aceptar como nunca había hecho que hay cosas que no podía hacer. Entonces un corredor que le había visto volvió atrás y sin decir nada se ofreció de apoyo y le ayudó a caminar hasta que acabaron cruzando juntos la meta. Ese día Miguel perdió la confianza en sí mismo, pero la encontró en los demás.
218. Una San Silvestre paralela
Angel Benito Rodero
Me acuchillaron el mismo treinta de diciembre de 1576 en que el Santo Oficio restituyó la cátedra a Fray Luis. Declamaban tal premática en el Corrillo cuando irrumpió servidor, corriendo con grande estrépito entre canastas de fruta y odres de vino. Huía, por añejos rencores, de unos sicarios del bando Maldonado y tomé veloz la Rúa de Francos, ensombrecida por los muros de la Nueva, que crecía hacia el cielo límpido y frío sobre un polvo dorado de laboriosos cinceles. Gústame creer que, en vísperas de San Silvestre, los salmantinos conmemoran mi sacrificio y trotan las calles con bullicio y feliz hermandad. Entonces, en carne espectral, recorro con ellos los rumbos de mi persecución furibunda y orillamos el Tormes, cruzamos la puente y retornamos a la ciudad, al abrigo de aplausos, iglesias y palacios, para subir sin resuello hacia Fonseca, donde me aguardaba aquel puñal de traidores ojos garzos.
219. La sansilvestre por Caballerizas
Rebeca Peña Laviña
¿Sabes qué? Hoy no me apetece correr. Sí, lo sé. Llevo participando en la San Silvestre Salmantina casi 15 años… Pero hoy no me apetece correr. Que sí, que me he estado preparando durante meses… Pero hoy no me apetece correr. Hoy no me apetece batirme conmigo mismo, sentir que mi mente es más poderosa que mi cuerpo. Hoy no me apetece contemplar la ciudad y ser contemplado por ella, hoy no me apetecen aplausos ni ánimos ni vengas. Hoy no me apetecen dorsales ni botellines de agua ni compañerismo.
Y abrió la puerta de Caballerizas. Como siempre, Román recogía unas mesas, Jero preparaba unos cafés y Antonio sacaba un par de platos de jamón. Luis y Emilio estaban donde siempre. Los tres se dedicaron una sonrisa cómplice. -¿Qué? ¿Un vino? – ¡Claro! ¡Pero hoy pagas tú!
220. Lo importante
Javier Casado Mayayo
¿Y si no hubiera carreras? ¿Qué pasaría si no hubiese ni metas ni salidas, ni caminos dirigidos? ¿Si no fuéramos un número más del principio hasta el final? ¿Qué ocurriría si el pulsómetro restara protagonismo al cronómetro, y la satisfacción a la ambición? Probablemente se valorara más cada paso realizado que el que está por realizar, y el trayecto recorrido antes que el ranking general. Nos fijaríamos más en nuestro entorno, en lo que dejamos atrás sin apreciar, y el que está por delante sería más compañero que rival. Se devaluaría el oro, la plata y el bronce, se abolirían las leyes de la aerodinámica y hasta la distancia se podría relativizar. Los trazados serían únicos, originales, y la competición plenamente personal. Y aunque a veces surgieran obstáculos, o el viento nos tirase para atrás, nos levantaríamos tras cada tropiezo recordando siempre que en la vida, lo importante, es participar.
221. Tecnología emocional
Miguel Ángel Carmona del Barco
Sufre. Mírame. Mis piernas van solas. Las siento duras al pisar y livianas al lanzarlas. Soy alta tecnología emocional. Tu una piltrafa fangosa, blanda, hundida por los remordimientos. Mi viejo amigo... Solías ir delante, ¿recuerdas? Lucías tus músculos como si correr fuera cosa del cuerpo. Eras estúpido hasta para reconocer la verdadera fuente de tu poder. Eras el primero porque, aunque ella era mía, su corazón era tuyo. Eras el primero en la vida y, por ende, también en la carrera. Ella no hubiera dado el paso, pero tú la arrastraste y la hundiste contigo. ¿Ves la meta? Podría correr cien veces esta prueba sin descansar. Y no es la rabia, ni el odio lo que me da fuerza. Mi mente está serena. Mi espalda equilibrada, mis brazos sueltos. Tengo un objetivo. Mírame; y voy a cumplirlo.
222. Hoy Gano
Francisco Hernández Delgado
HOY GANO
No me gustan las salidas rápidas, pero en la San Silvestre no te puedes dormir. Hay que salir muy fuerte y coger una buena posición de entrada, para no quedarte encerrado entre corredores más lentos.
Saldré a tope y aguantaré el dolor de piernas y el frío cortante que no te deja respirar; aguantaré como pueda hasta conseguir el ritmo de carrera que me gusta. Marcaré ese ritmo hasta los últimos quinientos metros y luego apretaré los dientes hasta la meta.
Me acerco a mi posición de salida y observo a mis competidores más directos, sé que voy a ganar, pero aún con esa certeza, correré como nunca en esta ciudad tan bella y tan evocadora. Hoy sé que voy a ganar, en la categoría de mayores de 70 solo corro yo. La victoria será mía pero, pese a todo, me emplearé a fondo.
223. Cita apócrifa
VICTOR VILARDELL BALASCH
Tienes unos ojos que esconden una duda metafísica constante e insondable.
(Único piropo que se le conoce a Emmanuel Kant, dicho a la sirvienta que nuca tuvo).
224. San Silvestre, juntas un año más.
Ana Isabel Bello Marcos
Línea de salida. Cuerpos apiñados cargados de adrenalina esperan inquietos la señal. Bromas, risas y nervios antes del gran momento. Comienza la carrera! Músculos en tensión. Avanzamos en masa los primeros metros, trastabillando, sorteando a los más lentos. Después cada uno coge su ritmo. Recorremos nuestra hermosa ciudad libre de coches y ruido, sólo el impacto de cientos de pisadas resonando con fuerza en el asfalto. Sientes la energía dentro de ti. Avanzas cada kilómetro sometiendo a tu cuerpo a gran sacrificio, resistiendo. Compites con los otros, pero, sobre todo, compites contigo misma.
Último tramo de carrera. Nuestro barrio. Nos miramos las dos sonriendo. Caras enrojecidas y sudorosas que reflejan el esfuerzo y la satisfacción. Nos cogemos de la mano y atravesamos la línea de meta levantando triunfantes los brazos. Lo importante no es el marcador. Lo importante es otro año más compartiendo, juntas, una misma pasión.
225. El Cangrejo
Sam Corcobado Moreno
Tenía una rozadura entre las piernas que no me dejaba correr. Seguía quieto, en esa posición de atleta perdido entre tanta gente, con miles de pasos todavía por dar, con muecas y desmayos. “Ahí viene El cangrejo”, gritaron al verme pasar por el kilómetro 5. No parecía que un amigo supiese lo que me gustaba, lo que se deshace cuando se acerca a la meta. Escuché a la gente. Si era el cangrejo, todavía me quedaban 5 kilómetros más para demostrar que estaban equivocados. Y cada vez me pican más las piernas.
226. Lobo y luna
Vicente Magraner Ripoll
Cuenta la leyenda que la luna, harta de estar sola, descendió a la tierra sin el permiso del sol.
Pero éste se enteró, y sabiendo que no podía abandonar su lugar mientras que la luna no volviese, no pudo más que observarla.
Nada iluminaba la noche, i el sol bajó en pos de la luna.
Para ello utilizó la forma de un lobo salvaje, y buscó.
Finalmente, fue a un lago a beber, y la vio, ahí, encarcelada en el agua.
El sol, con sumo pesar le preguntó, y ella, creyéndolo un lobo, le explicó su miedo al no saber cómo volver al cielo, y temía que el sol muriese de pena y con él los humanos.
Él conmovido, aulló tan fuerte que aparecieron miles de puntos de luz, y se la llevaron.
Las llamó estrellas, y por ello, en las noches de luna llena, un lobo aúlla.
227. Campeones
Alexandra Magdalena Mironesok
Es la hora.
Respiras hondo, y tu cuerpo se tensa. A tu izquierda tienes un joven fuerte, de músculos marcados, y mirada decidida. A tu derecha, otro muchacho, menos fuerte, pero con la mente tan concentrada que podría perfectamente estar buscando las respuestas a los enigmas del universo.
Y tú, también estás tú. Estás preparado.
¡Ya!
Tu cuerpo reacciona y comienza a moverse. Salamanca os mira expectante, con una sonrisa de oreja a oreja formada en el puente romano. Los hijos de Hércules compiten una vez más en sus calles, en su cuerpo.
No te preocupa quedarte rezagado. Tras de ti, hay más.
No te importa. Hay una cosa que es segura.
Ganes o pierdas, caigas o te levantes, sabes que hay una cosa que es inevitable. Sonríes, notando como incluso el suelo tiembla al ritmo de los latidos de vuestros corazones.
Hoy, en la carrera, todos seréis campeones.
228. Ahora corro
Josep Francesc González Andreu
Inhalo aire y me hiela hasta la médula, se desvanecen mi consciencia y zancada. “Es el principio”. Mis piernas van prestissimo como el Mesías de Haendel, “¡que pieza para correr por estas calles!”, aún así, el pensamiento sólo dura un latido. “Mis brazos se duermen y mis manos cosquillean, aún así, no puedo dejar de correr”. El tempo ahora es moderato y este es mi ritmo. Me decías, “miro y escucho y siento y disfruto y la carrera se hace corta”, una sonrisa se asoma mientras intento recordar que no debo perder la cadencia de mis respiraciones. Ya veo el Paseo del Rollo, giraré y la meta estará cerca y dejaré de correr, aunque nunca pare, aunque nunca corrí, nunca antes de perderte y no corro como tú, ni tan lejos ni tan rápido, pero quiero correr contigo dentro de mi cabeza para siempre, porque ahora entiendo tu alegría.
229. Excusas
Mª del Carmen Benito Salgado
La primera, por ver si puedo
y la segunda por mejorar.
En la tercera, bodas de plata,
yo no podía faltar.
La cuarta, la veo con calma
he querido descansar,
pero en la quinta regreso,
¡es por solidaridad!
La sexta ya es una fiesta,
y la siete un mogollón.
Este año porque sí.
Y el que viene ¿por qué no?
230. La carrera que dio paso a una nueva vida
Jeanet del Pilar Ponce Etcheverry
Conocí a Brandon, cuando todos pensaban que era un niño problema, mi corazón me hablaba de alguien con necesidad de afecto y comprensión.
En un paseo por la cancha, le vi correr. Impresionada por la marca que tenía en velocidad. Lo supe, porque en mis años de adolescencia, el atletismo fue una terapia maravillosa.
Decidí golpear puertas para llevarlo a competir en inter escolares de atletismo, la directora movió sus contactos ¡Se consiguió un bus!
Al terminar, Brandon estaba en el podio.
Sus ojos llenos de lágrimas, como los míos… Levantó sus brazos y agradeció.
El lunes, simbólicamente le puse su medalla de oro, sus ojos otra vez lloraban…
Ese fue el comienzo de una vida distinta, fue el orgullo de toda la escuela y su familia encontró grandes motivos para seguir luchando, pese a la adversidad.
Hoy Brandon sigue corriendo y recibiendo medallas, que engrandecen más su corazón soñador.
231. La Dureza del Mal Genio, un pajaro, venido del Cielo, lo arrebatará
miguel alfredo quispe perez
Las veces que he intentado llegar antes que todos esta difícil calcular. Solo sé que he hecho de todo; y de todos he sido pasado también por mi edad. Las primaveras, por mi estación, han navegado sin cesar, y anciano, pese a ello, no me resigno, a no avanzar, y corro por eso aunque me pasen los otros.
Pero he aquí que un día, leyendo algunos poemas, inspirado, cerré los ojos, y vi que al no ver el sendero, no se cansaba mi cuerpo. Y por eso, avanzo mas rápido creo. La brisa se siente. Corrí como nunca. Cerrado los ojos, edad no tienes. Eres solo como el viento.
Y respiré, por eso, esa tarde, limpio viento, antes de llegar, a mi ansiado derrotero. Y abriendo los ojos, el anciano macilento que soy yo, alcanzó el lugar primero. Sí, la poesía me ayudó. Y respiré. Y vi el cielo abierto.
232. Sensaciones
David Díaz Martín
Giro a la izquierda y , por fin, en Comuneros. Última cuesta, últimos metros de disfrutar sufriendo. Giro a la derecha, Paseo del Rollo, un pasillo humano te lleva en volandas a tu objetivo. Últimas zancadas agotando toda tu energía y ... meta. El cansancio no puede evitar que una sonrisa de satisfacción y felicidad se dibuje en tu cara. Todo el sufrimiento y esfuerzo realizado durante semanas te ha llevado a tu verdadero objetivo: disfrutar de tu ciudad, de tu carrera, de tu gente,... Año tras año, las mismas sensaciones . Año tras año, contando los días para volver a revivirlas.
233. DE POR VIDA
JOSÉ MARÍA SOLÍS CARPINTERO
Nunca imaginó la sensación de bienestar que podía proporcionar colocar un dorsal en una camiseta. Correrá muchas más carreras después, pero siempre le sorprenderá que el disfrute comience atravesando un pedazo de papel con unos imperdibles. Tiene frío, piensa que debió vestir una sudadera porque aún ignora el poder de unos guantes y de un gorro. Le duelen los gemelos, quizá se excedió haciendo cuestas, pero su cabeza no sabe negarse todavía a la satisfacción de un buen entreno. En la salida, calla y escucha, fija la mirada en el chip, asegurado entre los cordones de su zapatilla izquierda, mientras dos veteranos hablan de bajar de treinta y cinco. Él los mira con respeto… Es un principiante, un afortunado debutante, preparado para descubrir el poder de la adrenalina, a punto de contagiarse de un maravilloso virus que le acompañará de por vida.
234. el sueño de poder correr
Ana Pascual
Sonreía. Un año más se levantaba para uno de los días más especiales del año. Su objetivo en cada San Silvestre no era correr para lograr el primer puesto, sino que intentaba hacer de su día un día mejor, haciendo lo que más le gustaba. Y eso, pensaba, es un objetivo al alcance de todos, el primer puesto, es solo para uno. Y es que, pasara lo que pasase, correr siempre le daba fuerzas, más de las que el cansancio le quitaba. Y de repente...despertó. Este año tampoco podría correr. Sus dos tendones de Aquiles habían sufrido hacía dos años una fuerte tendinitis. Había sido incapaz de volver a correr, desde aquel último día que lo hizo mientras disfrutaba de ese encanto especial de un rato corriendo bajo la lluvia… Soñaba. Quería correr. Y deseaba a todos aquellos que lo hacían, que disfrutasen cada segundo de la práctica del atletismo.
235. Mi Forma de Expresión
Elisa Zegarra Isla
Correr en Salamanca es como hacer un poema, sus calles cubiertas del rocío por la mañana con las hojas cayendo tímidamente de los árboles, es un aire fresco a la memoria. Suelo correr al lado del río Tormes, paisaje que no se ofrece en otro lado con la misma pureza de una pintura a los humanos ávidos de este deporte. Es un paisaje único, único porque vengo corriendo aquí desde hace dos años sin frío ni mala noche que valga. Suelo conversar con la gente que saca a pasear a sus mascotas al lado del río. Muchos de ellos pueden estar serios o meditabundos pero eso no les desdibuja la sonrisa o la amabilidad. Te cuentan algunos de su soledad, de sus tardes, te cuentan que tampoco son de aquí, gente afable que también te ayuda a levantarte si te caes debido a la distracción en ver donde uno pisa.
236. A LA CARRERA
DAVID MATEO CANO
Llevaba meses tras él, desde que leí su libro se había convertido en un rayo de esperanza para mí, yo había caído en una profunda depresión, Benjamín Sandoval había escrito un ensayo sobre como curar la depresión, descubrí que vendría a Salamanca a correr la San Silvestre, le seguí hasta la salida, tenía la intención de marcarle durante todo el recorrido y al final con la excusa de la carrera confraternizar. Arrancamos con fuerza, yo iba detrás de Benjamín, su ritmo era tremebundo, cada vez estábamos más cerca de la cabeza, al entrar en el último kilómetro la mente se me nubló y dejé de pensar en Benjamín, tenía la posibilidad de luchar por la victoria, hice unos metros finales impresionantes, sólo un corredor me aguantó, pero en el sprint le gané, acabé desfallecido, cuando me recuperé me acordé de Benjamín, pero ya no había ni rastro de él.
237. El sonido de mis pisadas en San Silvestre
Juanjo Macías
Murmullo de fondo, nervios, tensión, estrés. Esa sensación en el estómago que hormiguea de nuevo. La adrenalina recorre mi cuerpo centelleando por la sangre, humedeciendo las manos e incrementando la respiración y las pulsaciones. El tiempo o espacio se para justo antes de la señal del inicio. Es ese instante infinito en el que la gravedad desaparece y todo se ve a cámara lenta. El sonido del disparo del asistente me devuelve a la carrera en la que ya llevo corriendo unos minutos sin haberme dado cuenta. Me hago consciente de mi cuerpo y me siento inmortal. Una sensación que vibra como un diapasón dentro de mí. Parece que voy corriendo solo, pero mis pensamientos me acompañan. Algunos son una especie de combustible que aviva mi ímpetu por no desfallecer. -El “vamos” lo llevo tatuado debajo de mi piel que me está gritando al ver que es la última vuelta.
238. Más que una carrera
Raquel Pérez Osés
Llegó el día. Después de atarme los lazos de mis viejas zapatillas siento ese cosquilleo que me produce la San Silvestre. Esa carrera que cruza el empedrado de la ciudad. Esa carrera que me invade de nervios antes de empezar y que a la vez me llena de serenidad al estar allí. Empieza. Dejamos parte de sus calles atrás mientras aparece la energía proveniente de los salmantinos, los gritos llenando tu esfuerzo, la satisfacción reflejada en sus caras y el impulso en las nuestras. El viento susurra palabras de ánimo mientras su aliada la lluvia nos guía a través del rastro mojado. Vislumbro la meta. Ahí está. El objetivo se acerca y no puedo evitar una gran sonrisa. Percibo los últimos aplausos y la atravieso. Todo son abrazos, dicha, palmadas en la espalda y muchísima felicidad. La terminé y me conquistó.
239. Este es tu día
Cándido Pascual Maté
Hoy es un gran día. Como todos los años me preparo para ver pasar la San Silvestre. Algo se mueve en mi corazón. La ilusión por ver correr a gente de todos los colores. Personas anónimas, pequeños y grandes, todos con una ilusión: el correr en el último domingo del año. Nuestra San Silvestre.
Me preparo con mi familia para ver pasar una vez más la alegría de vivir que supone para mí el alcance de esta nuestra carrera.
Me dispongo a partir de hoy a vivir la carrera de la vida. Adelante amigos.
240. Los sueños de otros
María José Villarroya Durá
La noche anterior a aquella carrera, Elena cenó con moderación y se acostó temprano, soñando con la victoria.
La mañana comenzó con una bruma densa y desacostumbrada. Tras el pistoletazo de salida, confiada y segura, Elena comenzó el circuito. A buen ritmo, consiguió adelantar una tras otras a sus rivales. Al entrar en la recta final del paseo de San Antonio, Elena confirmó que marchaba en cabeza. La bruma persistía cuando alcanzó la meta. Había ganado. Entonces la tocaron en el hombro:
-No te lo tomes a mal, pero creo que te has equivocado de sueño.
Elena descubrió que estaba soñando un sueño que no era suyo, al escuchar por megafonía el nombre de una ganadora que no era ella. Aunque el público saltó a felicitarla, su gesta se quedó perdida entre la bruma.
Ahora Elena, antes de empezar, se asegura siempre de no soñar los sueños de otros.
241. Metas
María José Alcaraz Melgarejo
Una zancada más, solo una más. Respiro. Siento el aire helado recorriendo mi garganta, llegar a mis pulmones.
Un poco más, solo hasta aquella farola y reduzco el ritmo. Me digo a mi misma para convencerme de que, en unos segundos, se acabará el dolor.
Mis muslos están ardiendo, mis pies están ardiendo. Alcanzo la farola, pero no reduzco el ritmo.
Una zancada más, solo una más. El frío invade mi cuerpo en cada aliento, y mis piernas arden con cada zancada. Pero mi mente no permite a mi cuerpo parar y, cuando finalmente alcanzo la meta, cuando por fin reduzco el ritmo, doy un último aliento, un último paso. No siento el frío, no siento el calor. Tan solo puedo pensar en que, un año más, lo he logrado.
242. SENTIMIENTO
Simón Molina Moreno
Tres décadas juntos. Y todavía me emociono en cada encuentro.
Encuentros de breve tiempo, una hora. Que intensa.
Una hora en que los ojos se vuelven testigos. De los ufanos principiantes, dispersándose en los kilómetros como las hojas de un árbol que pasa del otoño al invierno. Del aprecio entre amigos y desconocidos, compartiendo afición, risas, vínculos. A veces intensos, a veces efímeros.
Una hora en que mis pies son alas que me elevan sobre esta ciudad. Ciudad que se transforma en ser, y se nutre de los aplausos de su gente. Y las calles no son sino venas y nosotros, los corredores, la sangre que corre por ellas. Devolviendo la ilusión recibida, como una transfusión que regenera la vida.
Y siempre, al final, al cruzar la meta, lo siento. El latir del corazón. El sentimiento. Sonrío.
Este es mi amor verdadero. Y me emociono en cada encuentro.
243. Correr y disfrutar
Ida Salcedo Gagliardi
El aire golpea mi cara, suave y fresco, llenando mis pulmones de una gran sensación de libertad. Cuando corro, soy fuerte, cuando corro, no existen todos mis problemas, cuando corro, es imposible que tenga frío. Siento que vuelo cada vez que mis pies despegan del suelo, y cada vez que adquiero velocidad me olvido de que el tiempo existe, y simplemente disfruto, tal y como hago ahora en la carrera. No me importa perder, pero no puedo negar que pasar el segundo la línia de meta me llena de una gran satisfacción, mientras todos me animan. Dejo de correr, y cansado, aturdido y sediento vuelvo a la realidad, que me hace desear la San Silvestre del próximo año con más ganas todavía.
244. Tiempos que corren
Xuberoa Salanueva Beldarrain
Treinta San Silvestres lleva Vera en sus pies; 300 kilometros por las calles que la vieron nacer. En aquella primera edición de 1983, a sus 47 años, fue veterana y novata a la vez. Hoy, agarrada de la mano de su nieta, disfruta siendo la niña que no pudo ser.
Vera siempre ha vivido corriendo: han corrido sus piernas y sus ideas revolucionarias corrieron de boca en boca; fue mujer y atleta en tiempos que no tocaba ser.
Nació en la época equivocada; ella corría más de lo que el tiempo podía correr.
Sus piernas todavía siguen siendo ágiles, atraviesan el Puente Romano como si éste se fuera a caer. Su cabeza también corre, esta vez en retroceso, tiempo a través: cree que es niña y participa junto a su madre; cosa que siempre quiso pero nunca pudo hacer.
245. Causas
Máximo Borrego Bueno
Qué bonito día hace. Soy un simple corredor de la San Silvestre Salmantina, estoy aquí para pasarlo bien. Va, voy a apretar los dientes... ¡Eh, mis pies vuelan! Soy atleta profesional y ¡ojo, estoy luchando por ganarla! Los aplausos son mi gasolina, debo esprintar y... ¡no, espera! Creo que estoy en el parque con los amigos, corro porque le he dado una colleja a Álvaro y quiere venganza, ¡cómo ha sonado! jajajaSOCORReh, un momento, ahora soy... soy un chiquillo intrépido perseguido por un tendero furibundo, llevo a casa lo que mis padres no pueden conseguir.
(...)
Uf, no... Soy un simple corredor de la San Silvestre Salmantina, estoy aquí para pasarlo bien. Menos mal.
246. TE PERSIGO
ÁNGEL PONTONES MORENO
Te persigo. Si mis sentidos contaran esta historia no sabría por cual comenzar. Sé que todos ellos han pasado a ser subsidiarios del tacto, que se agarra a través de las plantas de los pies al asfalto de Canalejas y que tras una espiral de estampas que avanzan y retroceden en el tiempo, que cruzan y descruzan el Tormes por glorietas, paseos y plazas, termina por volver al punto de partida en que aún no consigo verte. He dejado atrás gritos de ánimo en San Antonio, las ganas de Vicente, canticos y jadeos de Puerta Milagros, la mezcla de tos convaleciente y lapo nicotinado en la Cuesta de Oviedo, el sabor de una saliva ácida haciendo vaivén sobre la lengua que antoja un sorbo Gatorade en Comuneros, y hombros que rozan a otros hombros que también persiguen y huyen por Cuatro Caminos. Acabando de llegar, aún no te alcanzo.
247. Radiografía de una segunda oportunidad
Gustavo Alejandro Oliva Álvarez
Con catorce sobresalía por mi arrolladora zancada en carrera. Muchos alababan mi talento innato y me auguraban un futuro prometedor. Pronto di el salto al circuito semiprofesional, donde mi delgadez me granjeo el sobrenombre de “radiografía”. Allí coseché triunfos holgados que me alentaron a continuar.
Antes de los dieciocho, mientras regresaba a casa, un coche embistió mi moto. Tras salir despedido por los aires, sentí cómo el impacto contra el suelo me astillaba los huesos. Postrado en la cama del hospital, el doctor me dio la noticia: ¡No volvería a competir! Durante meses, escuché a mi madre llorar a escondidas.
Y aquí estoy, siete años después y con doce kilos más, participando en una popular. Los calambres me mastican las piernas y debo detenerme un instante a vomitar, aunque no contemplo claudicar. Mi zancada es ahora espesa y renqueante, pero sigo conservando algo que nada ni nadie podrá arrebatarme jamás.
248. UNA MANO AMIGA
Mª ELENA RUBIO LEDO
Cuando noté que el suelo frío contra mi cuerpo intenté contener las lágrimas. Me había hecho daño en las rodillas, ¿por qué tenía que caerme justo entonces, cuando no faltaban más que unos pocos metros?
Aquella noche los nervios no me habían dejado dormir demasiado. Soñaba con cruzar la meta con mi flamante dorsal once que, además de mi edad, era mi número favorito. Y ahora todo se acababa allí, en el suelo...
De pronto alguien se paró a mi lado y una voz desconocida me habló desde arriba “vamos, enano, que hay que terminar la carrera”. Me tendió una mano y me levanté a duras penas, algo dolorido. Cruzamos juntos la meta todo lo rápido que me permitieron mis piernas magulladas. No ganamos ningún trofeo, pero nos llevamos algo más importante.
249. Avanzar
Ana Maria Rodríguez Ramos
El viento le echa el pelo hacia atrás y golpea su cara con mil agujas de cristal. La mañana ha amanecido con un manto de espesa niebla. Mientras avanza hacia la meta, comienza a sentir como sus fuerzas flaquean, pero no va a rendirse, quiere hacerlo y puede, igual que pudo en su momento desengancharse de la coca cando nadie daba un duro por él.Flaquea, no tiene claro donde está,siente frío,dolor en los muslos, un dolor casi paralizante, pero sus ganas son más fuertes, puede hacerlo, está ahí. En un segundo ve caer, casi roza el suelo, se siente derrivar por un vértigo de desfallecimiento, y entonces una sonrisa y un murmullo a su lado. ¡Venga Manolo, que este año también lo logramos!
250. Con la música a otra parte.
IKER PEDROSA UCERO
Salí tan pronto como pude del bar. Y seguí corriendo, hasta que perdí de vista a los circunspectos parroquianos que no toleraban que nadie cambiara su disco de reggeaton. Afortunadamente, de un tiempo a esta parte corro, y mucho, 4 veces a la semana, así que no me costó darles esquinazo. Y entré, claro está, a otro bar, a hidratarme. ¡Tampoco! Nada, no me gustó la música y propuse cambiarla... quizá la educación no sea lo mío. O que tenga los brazos largos y llegue siempre al aparato de música. Así que otra vez a correr. Tengo que salir menos de bares. No es normal, salir 4 noches a la semana. Tengo que empezar a cuidarme más.