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El jurado del XIII concurso de microrrelatos San Silvestre Salmantina estuvo integrado por:
El jurado reconoció la excelente participación en esta XIII edición, en que no solo se mantiene la tendencia al alza de los relatos presentados cada año, sino que su número se ha incrementado de manera extraordinaria pasando de los 369 relatos de 2024, a los 611 de esta edición.
Otro aspecto significativo fue lo ajustado de las votaciones pues, en los puestos con derecho a premio en metálico, se produjo un triple empate entre los votos obtenidos y el número de jueces que los votaron, que tuvo que resolverse por el voto de calidad del profesor Escandell, presidente del jurado. Una muestra más de la igualdad en los relatos más valorados es el texto que merece la mención especial, que no consiguió entrar en el podio final por un solo voto de diferencia.
Se indican a continuación, los relatos destacados y la relación de otros que también obtuvieron votos del jurado. Su publicación en la revista, como se establece en las bases, queda condicionada al espacio disponible y que en esta edición se realizará exclusivamente en formato digital.
Primer premio
Sonó el disparo. Un año más me propuse darlo todo, ganar era lo de menos, lo importante era acabar. Y no, no es una frase hecha.
Tras 4 guerras nucleares, 2 invasiones extraterrestres y 3 apocalipsis zombi, el mundo había cambiado. Y nuestra querida carrera también.
Es interesante comprobar como alguien, que debido a la mutación en vez de dedos tiene farinatos, intenta abrochar los cordones de sus zapatillas.
Las hordas de No Muertos que “sueltan” tras los corredores, son un gran incentivo para no rendirse y continuar con el trayecto como sea.
Es un día festivo y alegre, la gente respira con su bombona de oxígeno y la lluvia ácida golpea fuerte sobre nuestros cuerpos mutilados, pero la radiación nos ha hecho fuertes. Los Charros son de otra pasta.
Voy a lograrlo, han descalificado al favorito por correr con exceso de ayudas (ya tenía 5 piernas el maldito mutante).
Segundo premio
Hace mucho tiempo yo tenía una sombra, juguetona y terca, agarrada a mis zapatillas. Nos conocimos un día masticando soledad junto al brocal de un pozo. Hablamos… y empezamos a correr. Frío, viento, calor y lluvia nos hicieron inseparables.
Cuando salíamos a entrenar, ¡pobre, siempre arrastras!, se quejaba de que nunca podía superarme. Yo cambiaba entonces de dirección hasta conseguir que se pusiera a mi lado y nos reíamos juntos de sus formas chaparras, alargadas o deformes. Los días de competición, sin embargo, eran mucho más complicados porque le daban miedo los malditos flashes y focos de la meta y se escondía siempre detrás de mí buscando refugio.
Ha pasado mucho tiempo desde entonces. Un cielo encapotado cubre ya mis párpados cansados y han desaparecido mi sombra y mis zapatillas. Si alguna vez la veis recorriendo los caminos, preguntadle por su soledad y por los veintiún gramos que me faltan.
Tercer premio
Cada año pasan bajo mi ventana los corredores de la San Silvestre Salmantina. Son un derroche de energía, coraje y voluntad. De todo ello estoy ya tan falta... Se les ve esforzados pero felices. Yo en cambio me esfuerzo continuamente, pero feliz... Por eso al verlos pienso en unirme a ellos y correr ligera como el viento. Me imagino como una más en el numeroso grupo multicolor y al llegar a la meta, en lugar de descansar, seguiría corriendo y saldría de la ciudad, de la provincia y todavía más allá. Mi meta sería ir lejos, donde él no me esté esperando con sus gritos. Muy lejos, donde no llegaran sus manos o su cinturón que me marcan la piel. Tan lejos que nunca pudiera encontrarme.
MENCIÓN ESPECIAL DEL JURADO
Comenzó en enero, como propósito de año nuevo. En febrero cada zancada le llenaba de alfileres. Marzo trajo lluvias, alguna tarde de sofá culpable, un esguince. Con la excusa de su cumpleaños, en abril recibió de su mujer unas zapatillas nuevas. En mayo descubrió con sorpresa que le volvían a cerrar en la cintura algunos pantalones viejos. Junio fue calor, chicas en mallas, trotes desbocados por el parque. En julio a Nerja, como siempre: chiringuitos, conciertos, poco footing. Agosto le obligó a recuperar el tiempo perdido: sesiones dobles. En septiembre sus cuádriceps ya le parecían ajenos, ¿de dónde habían salido? Octubre fue el mes de su primera carrera popular. En noviembre hizo cinco kilómetros en veinte minutos y se supo preparado. Por fin llegó diciembre y con él, aquello para lo que había estado entrenando: las compras navideñas. Sí, estaba convencido, esta vez lograría encontrar a tiempo todos los regalos.
MARTIN GARCIA VEGA
Cada Diciembre, los adictos al running queremos estar preparados para correr la San Silvestre Salmantina y acabar el año satisfechos y felices.
El año pasado, a mitad de carrera, sufrí una lesión que me hizo parar. Fueron un par de minutos de incertidumbre, abatimiento y pesar. Pasados esos minutos continué bajando el ritmo y conseguí terminarla.
Al cruzar la línea de meta tenía sentimientos antagónicos, felicidad por haber acabado, y tristeza por no haber logrado mi mejor marca. Pero sabía que en cuanto las molestias desapareciesen volvería a tener hambre de entrenar y de mejorar en las carreras.
El disfrutar de un entrenamiento, y las alegrías de las carreras te hacen sentir experiencias únicas que se transmiten a tu vida personal.
Por otro lado, las lesiones y los sinsabores refuerzan nuestra mente, si somos conscientes de que tienen fecha de caducidad.
Eso es lo que nos enamora de este deporte.
Mariano Cognigni
Participé de la San Silvestre Sanmatina en su primer año, éramos unos pocos cientos de deportistas. Los vecinos con su cara parecían preguntar ¿qué hacen estos locos corriendo?. Cada vez que algún maratonista me pasaba, un fuego competitivo ardía mi interior, malos pensamientos y rencor.
Han trascurrido tres décadas desde entonces, hoy miles de participantes ocupan las calles, todas las edades, todas las tallas, todos los colores de piel y de vestimenta. Las aceras están colmadas de personas dando vivas y agitando sus manos. La alegría y la camaradería flotan en el aire, esto es una fiesta. Tal vez lo de menos sea cortar la cinta de llegada, eso es sólo noticia.
Yo marcho a paso lento, pero marcho. Todos me pasan, pero antes me saludan y me alientan. Entonces un fuego fraternal arde en mi interior, estoy demasiado agitado para hablar, pero les envío mis mejores deseos.
Gabriel Pérez Martínez
Nos encantaba salir a correr seducidos por el alborecer de sueños pactados; descubrir nuevos paisajes intransitados; sin prisas; avanzando por un valle reposado entre montañas omitidas. Cualquier meta era buena para seguir creciendo, animados por dos pares de zapatillas de deporte que vigorizaban nuestra reciprocidad. Pero surgieron promontorios en medio del camino que no pude obviar, que no supe esquivar. Incrusté el nudo Windsor de mi corbata en mi garganta y hui de ti. Hasta hoy, que he regresado para declinar mi despedida. Están a punto de dar la salida. Desde lejos, he podido adivinar el brillo de tus radiantes ojos marrones propagando la belleza de tu sonrisa. Por primera vez, correré a tu lado en mi silla de ruedas.
Rubén Campo Olaiz
Estuve observando a todas aquellas personas que no tenían nada de atletas más que la intención. Grupos disfrazados, madres y padres con niños pequeños… No entendían lo que significa participar en una carrera, no comprendían el arte de la velocidad.
Se anunció la salida y corrí para sacar una ventaja inicial. Apenas una decena de corredores destacábamos entre la manada de personas. Aquello era sencillo, apenas tenía competencia.
Sonreí con autosuficiencia durante el resto de la carrera. Mantuve el ritmo hasta el final. Apenas tuve que esforzarme y llegué a la meta entre los tres primeros. Sin embargo, nadie me esperaba allí.
Descansé esperando sentir la satisfacción de llegar en una buena posición, pero no fue así. Mirase donde mirase solo veía gente divirtiéndose, con sus amigos y familias. Comprendí entonces, que eso era lo que quería, divertirme y compartirlo.
—Has corrido muy bien —escuché.
Me habían dado una oportunidad.
GONZALO PRIETO BARRERA
Habían discrepado como de costumbre y sabiamente él halló en la San Silvestre su desahogo y oportunidad para asir a su vida la mujer de sus sueños, pretexto lícito para abandonar a su madre.-..Una mujer que me ame, me respete..- Repetía mientras avanzaba y deslizaba su coqueta mirada sobre un piquete de sudorosas mujeres.
Promediaba la carrera y al advertir que todas aceleraron para dejar de oírlo,siguió a la única quien sí se rezagó para solidarizarse con él.-Soy solo,no casado…mujer.- Clamaba a sus espaldas.- Preguntarás porque te ansío sin conocerte…Bueno,peleé con mi madre y urjo formar hogar con una mujer que me ame, me respete, vele por mi salud…
Corrían tan despacio que la oscuridad los alcanzó y en la más absoluta soledad, ella desistió de llegar a la meta y dando media vuelta le dijo a su pretendiente.- Volvamos a casa, hijo.
Gladys Cecilia Calzadilla Gutiérrez
Avanza con su coche orgullosa, torpe y violenta en el andar, en cámara lenta veo salir el cuerpecito y cae su muñeca.
Gladys Cecilia Calzadilla Gutiérrez
Expectativa entre puntos de colores que respiran fuertemente, esperando cada alfombra de control, dependiendo de un chip para marcar el avance, mira a los jueces y ya ha realizado mil veces el recorrido mentalmente cuatro carreras, uno entre 6006 corredores y una sola meta quedar entre los cinco de la Vuelta Popular San Silvestre Salmantina.
Santiago Varela
Benito venía en el pelotón delantero y si bien no faltaba mucho para la meta, él se estaba quedando sin aire, sin piernas y sin fuerzas. Agotado pudo recordar dónde estaba y le pidió a Salamanca que le diera aire, piernas y fuerzas. Y eso sucedió y Benito ganó con justicia. Hubo algún espectador que hizo saber, con disgusto, que el dicho invocado no era así, sino todo lo contrario, a lo que otro respondió: “Qué quieres, con el Papa que tenemos…”
ANA BLANCO RIVAS
Soy mujer de atleta, cuñada de atleta y amiga de atletas, y gracias al running he viajado a Berlín, San Sebastián, Gijón, pero la San Silvestre Salmantina es un acontecimiento especial.
Desde un mes antes ya noto los nervios en la familia. Las reuniones en casa o con amigos tienen un tema común, solo se habla de la carrera, que si la salida es un embudo, que si este año voy a ganar a Pepito,…
Y cuando amanece el último domingo del año la tensión es máxima, por la ilusión y la esperanza de que al acabar la prueba todo concluya como llevan soñando durante semanas.
Siempre voy a verlos antes de cruzar la línea de meta y con verles la cara sé cómo serán los próximos días. Si no ha ido bien toca apoyarles para subirles el ánimo y si han cumplido sus objetivos toca disfrutar con ellos.
Jesús Valiente Ramos
La verdad es que me ha costado un montón; menuda panza tenía hace un año, no podía ni moverme... Y mírame hoy: corriendo mi primera "Sansil". Bueno, sin expectativas, con terminarla me doy con un canto... ¡No puede ser! ¿Esos tres de delante no son...? ¡Qué pesadilla! Primero me van quitando los clientes y ahora esto... Ni hablar, yo a esos tres les gano aunque termine echando los higadillos. Así, Nicolás, a ritmo... Ufff, ya no los veo, se me han ido. Normal, están más en forma que yo... Todavía sigo algo cansado de la paliza que me metí hace una semana... Ellos todavía no han movido ni una caja, seguro. ¿Y si entrenase con ellos? Seguro que el año que viene podría ir a su ritmo... Además, podríamos tomarnos unas cañas en la Plaza Mayor después de correr (si encontramos dónde dejar el trineo y los camellos, claro).
Irene Acera Gómez
Cada año esta carrera no hace más que mejorar. Me han adelantado 10 luchadores de sumo, 3 astronautas y un Capitán Trueno. Tengo flato y me queman las piernas, y acabo de ver pasar el kilómetro 3. Ahora Caperucita me da codazos, el público ocupa mucho¡Esta calle es pequeña! Creo que me he dejado el pulmón en la última cuesta. Miro a mi padre y está sudando, compañero de fatigas con cinta en la frente a lo Eva Nasarre desde hace 30 años. Me mira y me sonríe, me coge la mano para pasar la meta. Y, cuando me paro, bebo agua y lo pienso, no me queda ninguna duda. Hacerle feliz...ésta es la mejor carrera.
Belén Conde Durán
Y corrí, como habría deseado hacer San Silvestre frente a Tarquino Perpena antes de librarse de su aciago destino. Corrí como si quedasen treinta segundos para la entrada del año y no pudiera encontrar un campanario, con las uvas en la mano. Corrí sin saber muy bien hacia dónde me dirigía, pero rezando por que el destino fuese mejor que el punto de partida. Corrí hasta quedarme sin aliento, pero aun así no detuve la carrera, porque me era imposible escapar de mi perseguidor: mi propia conciencia.
miguel angel sousa crego
Me até los cordones. Me coloque el dorsal.Empecé a correr. Me duele el alma.Jamás una caída me ha parará.Llegué; ¡soy uno más!
Antonio Morales García
28 de Diciembre, Día lluvioso, doce grados bajo el cielo Salmantino. Enfundado con ropa deportiva y brazalete negro. El gorro de Santa Claus protege mi cabeza despoblada, mis pasos salpican a cada zancada, multitud delante de mí, también detrás. El sudor resbala junto a las gotas de agua que caen del cielo gris, mi meta, llegar. Mi edad no es problema, la gente me adelanta como si nada, me paro, mi cuerpo se dobla por la cintura y mis manos buscan mis rodillas. Cojo aire, beso mi crucifijo y dirijo una mirada al cielo. Vuelvo a caminar, paso a paso voy cogiendo carrerilla, vuelvo la vista atrás y me paso el dorso de la mano por la frente. Cada vez quedan menos personas detrás. La facultad de ciencias me saluda al pasar, a lo lejos, miles de personas esperan mi llegada, cruzo la línea, va por ti cariño.
Efraín Gutiérrez Zambrano
En esa San Silvestre Salmantina nadie podía imaginar el final. Los comentaristas deportivos lo daban como favorito. El 3749 que cubría su pecho indicaba la cantidad de atletas participantes. Más de dos años de preparación expresaban claramente su deseo de ganar. No obstante, estar preparado no aseguraba ser el primero. Su madre, al salir hacia la competencia, le había dicho que debía librarse de la melancolía. En las intercesiones de las calles marchaba de primero. El reloj no le hacía perder el ritmo. De repente quedó absorto mirando hacia el público que lo animaba. Se le desorbitaron los ojos. Estaba a diez metros de la meta. Las cámaras no engañaban a los televidentes. Lo vieron correr frenético detrás de una mujer que corría más que él y se perdió entre la multitud. Entrevistado sólo dijo: Si hubiera estado detrás de la cinta hubiera sido mi mejor premio.
Rodrigo Torres
Le conocí en una prueba atlética de San Silvestre Salmantina. Era imposible que las miradas no se dirigieran hacia él. Yo estaba a su lado antes que partiera la carrera y sentía como si esas miradas también me incluyesen a mí. Pero yo era como todos, uno más intentando sentirse vivo a través de su cuerpo. Pero él no tenía piernas. Sin embargo, en su silla de ruedas, le veía más concentrado que cualquiera de nosotros.
-Disculpa- le dije- ¿Hace cuánto corres?
-Precisamente comencé después de mi accidente. Harán unos cuatro años.
Me quedé en silencio. Luego dije:
-¿Y nunca has tenido problemas al correr?
El rio.
-Todo está aquí- dijo apuntando un dedo en su cabeza.
Luego, la carrera comenzó.
Reyes Rivera Mayer
“No podrás” sentenciaron. “Por favor, no lo hagas” suplicaron. Sólo ella había dicho “Tú puedes”. Quedaban apenas un par de kilómetros. Estaba asfixiado y el dolor punzante en el costado se le clavaba como un millar de agujas a cada paso. “Tú puedes” repitió en algún lugar de su cerebro el eco dulce de su voz. La rodilla le ardía, le martilleaba, pensó que se caería al siguiente paso. “Tú puedes”. Sentía el peso de las miradas: las de los niños que le señalaban sin pudor, las de las madres, repletas de compasión, las disimuladas, de reojo. “Tú puedes”. Y de pronto, estaba cruzando la meta. La pierna parecía a punto de estallar a la altura en que se unía a la prótesis. Sólo habían pasado seis meses desde el accidente, pero nunca se había sentido tan vivo. Ella tenía razón. Él podía. Y ahora tenía que buscarla para contárselo.
Hermes Prous Collado
Sonaba Carros de fuego. Camiseta y pantalón corto blanco, unas zapatillas de color marrón, como las de principios de siglo XX. En realidad son unas Salomón tuneadas. Incluso el peinado y el bigote son los de la época.
Este año él pondrá el toque Vintage a la San Silvestre Salmantina. La gran mayoría no van disfrazados, pero este año hay unos en bañador con flotadores rosas, tres americanos disfrazados de San Fermines e incluso uno disfrazado de Homer Simpson.
Casi es mediodía cuando los calzados empiezan a moverse, aún así, la temperatura no llega a los diez grados. Su objetivo es llegar el primero al puente romano. Siempre se lo disputa con su cuñado, ellos forman el club de los corredores puretas.
¡Corre!¡Maldito, corre! Se dice a sí mismo, el puente se ve ya a lo lejos. Si este año no se tropieza por fin ganará a su cuñado.
Miguel Ángel Rodríguez Tato
Comienza la carrera y, de entre el colorido maremágnum de zapatillas desconocidas que comienzan a correr, mis ojos se fijan en un par que se mueve acompasadamente, primero una, luego otra, marcando un ritmo casi hipnótico, primero una, luego otra. No sé cómo se llaman, no conozco su edad, pero mi mente se ha sincronizado con su bamboleo, primero una, luego otra, mi mirada está fija en ellas y mis piernas corren al ritmo que me marcan primero la una y luego la otra. Me llevan al límite, pero no quiero aflojar para no decepcionar a las zapatillas desconocidas. Me marcan el ritmo. Me llevan en volandas. Por fin, llego a la meta. Las zapatillas desconocidas se pierden de nuevo entre el mar de zapatillas desconocidas. No he tenido tiempo de darles las gracias, pero sé cómo hacerlo: en la próxima carrera me convertiré en las zapatillas desconocidas para otro.
Esperanza Tirado Jiménez
Lo ve salir del portal con sus zapatillas descosidas y un chándal más grande que él. Y se le pierde de vista mientras bajan corriendo la calle.
Horas después vuelven los dos, él subiendo la cuesta, la cara roja y el flequillo empapado de sudor. Ella, también cansada por su entrenamiento, le sonríe y le abre el portal. Él, suspicaz, la mira con sus enormes ojos oscuros y desaparece a todo correr escaleras arriba.
Ha intentado hablar con sus padres, llegados de algún país en conflicto. Aún no hablan bien español y desconfían.
Está convencida de que el chaval tiene aptitudes. Cada día intenta abrir pequeños huecos para ganar su confianza. Pero mientras no domine el idioma, para él seguirán cerradas muchas puertas. Incluidas las deportivas.
Es una dura carrera de fondo. Pero seguirá insistiendo. Convencida de que él se colgará muchas medallas en un futuro no muy lejano.
SERGIO LOPEZ VIDAL
Ángela corre con las zapatillas de la rabia, las de la victoria del amor propio. Se acabaron los disfraces y el carnaval de espejos ajenos. Es hora de romper los traicioneros espejismos. La ternura se suda y resbala por las henchidas carnes, y el temor es un enano engreído con flato. Ángela aprieta los puños. Golpea el desamor, y bombea la savia nueva con cada zancada. Esa es su elección, no dará la espalda a la esperanza, pisando los rumores clandestinos a su paso. Hace tiempo que entrena a sonreír. Los demás nos limitamos a juzgar y a jugar con la vida de otros. Ángela corre con la ventaja del perdedor, porque sólo ya queda ganar. Vencer es acabar. Acabar es su impulso .Se acabó agachar la cabeza.
Siempre acostumbrada a la soledad, ser una corredora de fondo era cuestión de tiempo. Auténtico, profundo, fondo.
Carlos Miguel Herrera Molpeceres
Érase una vez una.......... ¡liebre!. Una bonita liebre, la liebre de la San Silvestre de Salamanca, que no corría sino.......... ¡VOLABA!. Érase, la liebre de asfalto, ¡la de la San Silvestre Salmantina!.
Miguel Angel Molina Jimenez
Se estremecen los músculos con el movimiento. La carrera, que recién se alumbra, dibuja una estela de trazo etéreo impreso con cada zancada. El oído y el olfato, a merced de los golpes de aire, anuncian y despiden nuestro tránsito de manada solitaria por el empedrado de la ciudad estudiantil. Un tránsito de médula nómada que nos recuerda que un sudor pretérito ya regó la tierra de la que ahora fingimos huir. Inmersos en el lapso acelerado de la vida que es el correr, reconocemos humildes que no serán nuestras frentes las últimas que viertan este fin de año su fatiga gozosa. Crispado el cuerpo desde la primera falange del pie hasta la nuca, siempre habrá un hombre o una mujer con el sacrificio prendido del alma y una meta por alcanzar.
Lautaro Fonseca Marziali
Sin saber que iba a morir, me preparo para esta carrera (la última). Me acomodo la vestimenta, pido a Dios larga vida, y tomo posición. Lo misterioso de este universo, se plasma en mi energía, he corrido como nunca lo he hecho, y he ganado!, será la compensación macabra e injusta, de que pronto ya no viviré?, quien sabe… Y así, inundado de alegría ingenua, festejo con mis familiares y amigos. En la celebración está el punto máximo del inefable éxito, el asqueroso éxito, el que te convierte en un personaje público, donde muchos te critican sin saber nada de vos, y los rencorosos desatan su ira sin sentido alguno, estás manoseado, sucio, pero hay algo que nadie puede extirpar de esos momentos, y es, que el que ha llegado a lo que deseaba, eres tú, y solamente tú.
Juan Herminio García-Zeballos
Aquella narración que había escuchado en la clase de Historia le había fascinado. El ejército griego, reciente vencedor de los persas en Maratón, debía avisar a las mujeres griegas de su triunfo para que éstas no se suicidaran ni mataran a los niños, tal cual se les había ordenado en caso de una derrota helénica; para ello se encomendó al veloz Filipíades que recorriera los 42 km que había hasta Atenas.
-Qué importante es estar en forma y poder hacer actividad física en una carrera,-se decía un muchacho de la ciudad-, una carrera donde más allá de los resultados formales somos todos ganadores, pues ganamos salud, compañerismo y diversión en contacto con la naturaleza. El puente romano y el torrente del río completan la escena. ¡A entrenarse pues para poder participar!-Concluyó.
reinaldo Ventura Gálvez Rodríguez
Ayúdame, San Silvestre, ya sé que con mis años, esto es pedirte un milagro. En sus marcas, listo, fuera. ¿Dime cómo me vez? ¿Llevo buen paso? Las zapatillas nuevas no hacen mucha liga con mis juanetes. Adidas la marca de los campeones. Veterano E, aunque por mi edad y mi físico casi no clasifico en ninguna categoría, y hasta comentaron que si llego vivo al Puente Romano, es ciencia ficción. ¿Cuánto me falta? 7000 mil metros, hostias, y yo que pensaba que estaba llegando a la meta. Tengo que llegar al final, se lo prometí a mis nietos, y las promesas de un abuelo son sagradas, 500, 3000, 2000, 1000, 500, 300 metros, ya estoy en el Paseo San Antonio. Llegué, con la lengua afuera pero llegué. Cero tabaco, cero alcohol y mucho ejercicio físico. Gracias San Silvestre el año entrante llego primero
reinaldo Ventura Gálvez Rodríguez
Ayúdame, San Silvestre, ya sé que con mis años, esto es pedirte un milagro. En sus marcas, listo, fuera. ¿Dime cómo me vez? ¿Llevo buen paso? Las zapatillas nuevas no hacen mucha liga con mis juanetes. Adidas la marca de los campeones. Veterano E, aunque por mi edad y mi físico casi no clasifico en ninguna categoría, y hasta comentaron que si llego vivo al Puente Romano, es ciencia ficción. ¿Cuánto me falta? 7000 mil metros, hostias, y yo que pensaba que estaba llegando a la meta. Tengo que llegar al final, se lo prometí a mis nietos, y las promesas de un abuelo son sagradas, 500, 3000, 2000, 1000, 500, 300 metros, ya estoy en el Paseo San Antonio. Llegué, con la lengua afuera pero llegué. Cero tabaco, cero alcohol y mucho ejercicio físico. Gracias San Silvestre el año entrante llego primero
Alberto Palacios Santos
No fue fácil, hay que estar muy en forma y mi disfraz no era muy apropiado, se le ocurrió a mi mujer “¡Este año de gallina!”.
Tuve que correr detrás de él con esta pinta, señor juez, había gente que se reía a carcajadas al ver a una gallina perseguir a un zorro, quien se creía que era parte del espectáculo y corredores que se hacían selfies a nuestro paso.
A punto estuve de caerme varias veces, a punto de que se me escapara y, al final, a punto de ganar.
Lo reconocí poco después de la salida, en el paseo de San Antonio, su foto llevaba varios días en la pared de la comisaría y su disfraz de zorro no me impidió ver que se trataba de uno de los ladrones más buscados del país.
Lo pillé en plena meta y solo siento no haber pasado delante de él.
Elina Cabrera
-¿Cómo empece a correr?:
Después de mi divorcio que me dejó sin ganas de hacer nada,me tomé unas vacaciones. Mis hijos me animaban por teléfono y la casa aullaba de soledad.Sólo mi vecina me tocaba el timbre para salir a caminar a un parque cercano.Despues de elongar nos inclinabamos paa 'agradecer el aire puro a los árboles'-decía-.De regreso nos demorabamos en un pequeño local de frutas y verduras-cosa ajena a mis costumbres de supermercado. Durante dos meses la caminata me acercó a la vida sin saberlo. Una mañana lloviznaba con polvillo de hielo,ella no tocó el timbre y yo sentía la absoluta necesidad de respirar entre pinos y retamas. Así descubrí que corriendo,se reía el frío en mis mejillas ,como de pequeña al recreo,al sonar la campana.
Hernán Semino
Con un ritmo desgarbado pero continuo recorrió los primeros trescientos metros. Los siguientes doscientos metros, la respiración comenzó a comerle el pecho y las flacas piernas a pesarles como mancuernas. Los ciento cincuenta metros que vinieron le trajeron dolor de pantorrillas, rigidez de muslos y transpiración seca.
Martina con tan sólo ocho años ama correr, lo lleva en la sangre desde que vio por primera vez correr a su padre. Que le ha enseñado que cada atleta tiene su propia meta. Que no importa ganar, sino superarse. Que la victoria llegará de la mano del esfuerzo y la constancia. Pero que sobretodo, lo más importante es ser buen atleta.
Quizás es por eso que en los últimos metros, tomó de la mano a Guillermina que estaba exhausta al costado del camino y la ayudó a cruzar la línea en el Paseo de San Antonio.
Ángel Saiz Mora
La preparación hasta llegar a la San Silvestre había dado fruto. La entrenadora estaba satisfecha del grupo de atletismo a su cargo, especialmente de un corredor que, reducido el vientre voluminoso, parecía fuera de lugar bajo aquel disfraz de Papá Noel. Ataviada con un vestido de hada, la magia que había ejercido sobre él no sólo era física, también podía palparse mayor autoestima en el que fuera un tímido con sobrepeso, que hoy por fin se atrevió a confesar sus sentimientos al amparo de la ciudad monumental. Era diciembre, estaban en Salamanca, pero el aire dejó de ser gélido después de ese primer beso que halló camino a través de la barba de algodón. Cruzaron juntos la meta en el Paseo de San Antonio. Pese a que el cronómetro marcaba la hora, a las puertas de un año nuevo y de una vida diferente el tiempo se había detenido.
manuel perez martinez
-Esta vez tengo que ser yo el primero en pisar el puente,
-se decía así mismo -
Facundo de 50 años recién cumplidos, y también recién inscrito en el paro.
Iba a terminar el año en el que decidió ponerse unas zapatillas y comenzar a correr. Ese año fatídico, pues a la falta de empleo se le unió el diagnostico de hernia discál en la zona lumbar. El medico le prohibió correr, pero también necesitaba urgentemente el dinero para sobrevivir con esa critica edad.
Allí estaba en primera linea de salida del paseo San Antonio de su Salamanca natal, con el firme propósito de ganar.
-no puedo fallar, -dijo entre dientes-.
Salió disparado. La hernia le molestaba, llego al puente pero muchos jóvenes llegaron antes que él. Al cruzar la meta y al cabo de unos diez minutos, le nombraron por megafonía:
-Facundo Iranzo, campeón veteranos D.
-Suba, por favor.-
Silvia Stella Velásque López
¡PISARÉ EL PUENTE!
Manuel desciende la callejuela apretando los dientes. La imagen que hay en su mente está fija, de ahí no saldrá hasta que se haga realidad. Antes de salir el sol, desciende la ladera, la asciende después.
Tres años, los vecinos lo han oído, con pena al principio, con interés un año después y con decidido entusiasmo, un mes antes de un evento crucial. Alguien dijo que su interés era participar en la carrera San silvestre Salmantina. Algunos lloraron conmovidos, otros, sólo resoplaron. Salió temprano, nadie lo vio, nadie lo oyó.
Se sintió tan solo como el día que una riada feroz arrastró su familia, sus animales y su casa. Respira, se compone, se alista, espera el pistoletazo.
Un tumulto grita su nombre: ¡Manuel! ¡Manuel!
Levanta los brazos al pisar el puente. Su pueblo le rodea. Suelta la prótesis, su muñón sangra.
Rodrigo Escobar Vanegas
Pienso en ríos. Pienso en una mariposa volando sobre las higueras de sinople. No aguanto más.¿Por qué gracias estoy corriendo? No. Sin pensamientos negativos, eso cansa más, mejor pienso en las mariposas. En eso ya pensé. ¿En qué pienso entonces? En Hernán Cortés, en Vicente del Bosque. Ya no doy más. El cronómetro. ¿Dónde está en Cronometro?
Pensar que por aquí camino Colón mientras convencía a los dominicos de su empeño por descubrir el atajo al futuro. Eso, así, pensamientos diferentes. ¡Qué sed! ¡Oh no! Vuelvo a la realidad. ¿Cuánto falta? ¿Cuánto he recorrido? La leve hoja volando por el viento. La veo... ¿Qué hago aquí? Mis rodillas. ¿Por qué no habré nacido en Kenia, o Etiopía?. Yo, con mis zapatos comprobados por ordenador, mis licras a prueba de fricción y mis botellitas amarradas a la cintura.
Si tan sólo hubiera entrenado corriendo de bar en bar cada viernes.
Miguel Ángel
¡Uf! Siempre que participo en esta carrera termino agotado y con muchos dolores musculares.
Hace algunos años, cuando llegaba a casa, mi madre me preparaba una taza de té, porque según ella, era capaz de curarlo todo, desde unas simples agujetas hasta la más profunda tristeza.
Mi padre aseguraba, que el mayor poder del mundo lo tiene el dinero y que cuanto más se atesore ¡mucho mejor! Después me obsequiaba con unas monedas para tratar de aliviar mis sufrimientos.
Cuando mi madre murió, él se metió en su cuarto, apagó la luz y sentí como lloraba. Jamás había visto así a mi padre y me empezó a faltar el aliento.
Llamé a su puerta y cuando me abrió, dejé en su mano una moneda.
Juana Algaba Jiménez
Me miran pensando que estoy un poco loca. Lo piensan porque he llegado la última, con mucha diferencia además , y estoy contenta, exultante. Ellos no saben. No saben que hace un año estuve tan enferma, que no contaban con mi recuperación. No saben lo que ha sido recuperar mi vida, con horas y horas de rehabilitaciones, horas y horas de dolor. No saben lo que es volver a ser yo. Sé que he sido una afortunada y por eso estoy aquí, por una promesa. Durante mi lucha, mi meta era poder presentarme a la San Silvestre, y por eso hoy soy la mujer más feliz del mundo.
Juan Sebastian Gosso Bonetto
LA maravilla de un lienzo en blanco
mundo virgen sin Dios
Óleo colorido, envases de chapa
Teología potencial de la creacion
Calor, Frio
Sangre, grasa, electrcidad
Dios
Dada
Sinapsis morada de una rama blanca y crujiente
Movimientos espamódicos crean arte moderno
Movimientos rítmicos hacen la luz
Tumba de imágenes
Cadáveres de esfinges devoradas por gusanos que a su mano le es negada el arte.
Ignorantes que aprecian la maderda
Ignorantes que aprecian el oro tras el
Ignorantes qeu ignora al artista
Tengan cuidado, que en su mercantilismo pueden
llegar a ignorar a DaDa
Argenis Osorio Sánchez
LA MONTAÑA
Atrás, en el tiempo, la isla, el sacrificio rumbo a la nada. Delante, la meta, en la carrera San Silvestre Salmantina. Después de todo, los sueños podían hacerse realidad. Estar allí era sentirse por primera parte de algo. Algo real. Dieron la orden de arrancada. Sin saber por qué pensó en una montaña de Cuba. Tuvo la idea de esa montaña varios minutos en la cabeza. Iba bien. En pelotón compacto. Después recordó La larga marcha de Sthepen King. Llegaría al final. Destrozaría el récord. Su propio récord. El de los entrenamientos. Pero de repente algo no fue más. Falló. La montaña lo aplastaba. Pero los pies seguían moviéndose. Con el ritmo inicial. También los brazos. Pero se alejaba. De la meta. Era como si Dios hubiera movido el suelo debajo de él. Lo importante era llegar. Darle duro a la matraca y llegar.
Xus Grendel
Buenos días. Tengo 51 años. Soy actor. He interpretado a Aquiles y a Jesse James. Dicen que soy bien parecido y que soy uno de los hombres más atractivos del mundo. No fumo. No bebo alcohol. Soy vegetariano. Me gustan mucho las mujeres. Soy filántropo. Hago mucho deporte. Me calzo las zapatillas deportivas y voy a disfrutar corriendo en la San Silvestre Salmantina.
Así estaré bien preparado para cuando llegue la Guerra Mundial Z.
Sara Ramírez González
Me puse mis zapatillas favoritas, subí el volumen de la música al máximo y me mentalicé para lograr superar mi reto.
Tras unos segundos de respiración para intentar relajarme, comienza mi aventura.
Empiezo a correr ligeramente para que las piernas se vayan acostumbrando; pero enseguida me doy cuenta de que si sigo a ese ritmo no alcanzaré la meta; así que acelero y me pongo a correr como un loco, dándolo todo de mí.
La gente me mira y me grita, pero yo sólo puedo mantener mi mirada al frente y mi mente fija en lo que deseo.
Corro y corro. Sin parar. Sin mirar atrás. Mi cuerpo me pide bajar el ritmo pero lo desafío un poco más. Sigo corriendo. El sudor cae por mi frente. Unas zancadas más. Corro y corro. Corro, para no perder el autobús.
Celeste Bena de Rette Méndez
Carlos corría en el San Silvestre por primera vez. Se había preparado durante todo el año y por fin había llegado el día. A mitad de recorrido, jadeaba cuando vio de reojo que una hermosa joven de su edad caía al suelo. Por un momento pensó en la carrera, pero frenó y se acercó a ella.
Han pasado ya diez años de aquel día y, de nuevo en la meta, Carlos mira esta vez a su hijo: “¿Preparado?”. Y los tres se miran, se sonríen, y comienzan a correr.
José Carlos Gómez Borrero
Correr con mi hijo ha sido siempre un placer, así como ver cómo batíamos nuestros récords cada año. Cuando era pequeño yo aflojaba el paso, pero nunca me dejaba ganar. No se trataba de competir, pero tampoco de engañarle.
Con el paso de los años, mientras yo abandonaba la madurez, dejémoslo así, mi hijo sustituía la adolescencia por una espléndida juventud. Estaba a punto de entregarle el testigo, cuando en la San Silvestre Salmantina del año pasado se dejó perder. Yo me di cuenta, y de alguna manera me alegré, porque en esta vida no todo es ganar.
JESUS PEREZ BENITEZ
“El mapa ha puesto agua para el fin de semana. Este dolor de reuma me está matando. No puedo, el domingo bajo al pueblo. Para la próxima me animo”.Y así cicatrizaron los años, ahogados en excusas.
Siempre contemplaban, juntos, la marea multicolor de corredores sonriendo al cruzar la Meta, desde la ventana desconchada de su cocina que mira al Paseo de San Antonio. Dejó el atletismo por una lesión y nunca quiso volver.
Se ajusta los cordones y estira. Hoy es distinto. Corre para encontrarse con ella. Desde que el cáncer se la llevó la casa es un desierto. Cada uno tiene sus motivos. Se emociona cuando entre la multitud, de la salida, un rostro conocido, más envejecido, le guiña el ojo como cuando luchaban por el campeonato de España hace treinta años. Levanta la vista; en la ventana de la cocina cree adivinar una silueta...
Carlos Santos Montero
El corredor
Las gradas repletas. El sudor como manantial humedeciéndome. Casi era un veterano del atletismo. Los cien metros, los mil, las carreras con relevo… no debían preocuparme. Sin embargo, el cosquilleo en el estómago permanecía, y mis ojos buscaban el punto en el cielo desde donde Zeus observaba con ceño fruncido. Andrea también me miraba alegre e inquieta desde el gentío aunque no la viese. Ella prefería permanecer en el anonimato a ser víctima de los ataques periodísticos, acostumbrados a hurgar en la intimidad de las parejas. El nerviosismo crecía a cada segundo, aunque conocía mi objetivo. Correr, correr, y correr por toda la pista, con las piernas ligeras y movimientos precisos, el torso hacia delante. Los consejos del entrenador resonaron al inicio de la carrera y en ese instante divisé a mi Andrea: estaba al final de la pista, esperando mi victoria con los brazos abiertos.
Miguel Ángel Carcelén Gandía
Entonces lo comprendió.
Había trastabillado nada más comenzar y el dolor que sintió al doblarse el tobillo se hizo casi insoportable a mitad del recorrido. Miraba el cronómetro y los ojos se le aguaban. Intentó centrarse en la bonita imagen que conformaba la niebla sobre las catedrales, pero los continuos adelantamientos lo devolvían a la realidad. Su intención de lograr una meritoria posición dentro de la categoría de veteranos se alejaba a pasos agigantados. ¡Qué pésimo broche para toda una carrera dedicada al atletismo! Rebasaba en mucho el tiempo previsto, mas no abandonó. Aunque fuera a rastras, pero estaba decidido a terminar la última competición de su vida. Y lo logró.
Llegó el último.
Y entonces lo comprendió.
Como siempre, junto a la línea de meta, vio a su mujer, aplaudiendo, animando, sonriendo, orgullosa…
Así había sido siempre, aunque él hubiese necesitado décadas para percatarse de ello.
Luiz carlos REATEGUI DEL AGUILA.
El día de ayer vino a visitarme mi cumpleaños, me encontraba tan concentrado con mis quehaceres diarios y con el trabajo que me sorprendió su llegada, él estaba muy contento y yo no salía d mi asombro. Procurando en algo disimular mis fachas, lo invité a pasar. Me dio un fuerte abrazo contagiándome su efusividad, me miró con sus ojos vivarachos y saltones llenos de felicidad. Qué gusto verte, ¿cómo estás? Preguntó. Bien, igual es un gusto verte. Respondí. Y que haciendo, que novedades, hace un año que no te veo, como está la familia, tus amigos, tu corazón, tus sueños. Insistió sin perder la algarabía. Bueno en este momento justo estoy terminando con un tema del trabajo, quedó excelente, ven para mostrártelo. Dije orgulloso de la respuesta. Lo llevé hasta el lugar y le entregué lo que había hecho. Esto no es lo que te pregunté.
SANDRA MONTEVERDE GHUISOLFI
El frío arreciaba, las piernas le pesaban y casi no podía ver a causa del aliento que despedían sus pulmones ardientes y que se congelaba ante su cara. ¿Qué gano yo con este sufrimiento? pensaba. Pero seguía corriendo. ¿Para qué sigo si nadie me ve siquiera entre tantos participantes? Pero continuaba, aferrándose al recuerdo de anteriores luchas y calvarios.
No puedo decaer, se dijo, nunca lo hice en mi vida y no lo haré ahora. Y siguió corriendo. Una sonrisa se pintó en sus labios al rememorar las palabras de su hijo de apenas cuatro años, al despedirla en la salida: tú puedes con todo, mami; eres invencible.
Cuando cruzó la meta de la San Silvestre Salmantina y una ovación la aclamó, sintió que el esfuerzo, los meses de entrenamiento, el dolor increíble de cada músculo, habían valido la pena. Toda meta era alcanzable, tras vencer al cáncer.
RUBÉN JUY MARTÍIN
Gotas de sudor resbalaban por mi frente arrugada al mismo tiempo que mi corazón se aceleraba, como la peonza de aquel niño juguetón del parque, como un avión antes de despegar hacia su destino, el mío se llamaba meta. Lo cierto es que mi queroseno había caducado hace tiempo, pero una promesa es una promesa y la sonrisa de un niño es el mayor trofeo que un viejo corredor puede conseguir.
Aceleré al ver su cara, mientras todo mi cuerpo crujía pidiendo clemencia ante tal castigo.
Allí estaba Rubén, sentado en su silla de ruedas mientras aplaudía al igual que los demás corredores, cansados ya de esperar.
Al pasar a su lado escuché como se giraba hacia Carla, mi hija, y le decía orgulloso: "Ése es mi abuelo".
Yo lloraba al entrar en meta y, mientras el público me vitoreaba gritándo, señalé a Rubén y balbuceé: "Ése es mi nieto".
Federico Sanchis
- Ring
- ¿Sí?
- Hola, ¿vive aquí Miguel López?
- Sí, soy yo.
- ¿Es tuyo este dorsal?
- ¡Sí! ¿dónde lo has encontrado?
- En el Paseo de S Antonio, detrás de un seto.
- ¡Vaya! Lo dejé un momento en un banco, y luego simplemente ya no estaba. Debió volarse... ¡muchas gracias! ¿cómo me has encontrado?
- Bueno, con el número de dorsal encontré tu nombre, el club, y vi que era una buena marca. Pensé que no lo habías tirado sin más, y querrías conservarlo. Investigando un poco en Internet, no fue realmente difícil.
- Pues, ¡muchas gracias, de verdad! Aunque asusta un poco saber que soy tan fácilmente localizable...
- Tranquilo, que no soy ninguna acosadora. De hecho, me tengo que ir.
- No, creo que eres una persona poco común. Tantas molestias por un desconocido... ¿quieres pasar un momento?
- Vale, sólo un momento…
Modes Lobato Marcos
Corro.
Soy hombre y guepardo.
Brotan alas en mis pies.
Me elevo sobre un cansancio que es sombra del cobarde.
Supero a mis rivales.
Corro.
Diviso la meta.
Cien metros para vencer y clavar puñales en mi anonimato.
Cincuenta. Veinte. Uno.
Alzo los brazos y me sumerjo en una jungla de laureles y aplausos.
Segundos después, como el protagonista de una absurda moviola, comienzo a retroceder sin poder evitarlo.
Más.
Más.
Más.
De pronto, me detengo.
Me detengo y observo, con resignación y absoluto respeto, cómo alguien realiza un inútil masaje cardíaco sobre mi cuerpo, tendido en el suelo, justo al lado del Puente Romano.
Jorge Sánchez Criado
Llega el gran día.
Seas novel o experto, un cosquilleo recorre tu cuerpo esperando el momento de ponerse las zapatillas.
En la salida, recibes el cariño de familia, amigos...
Se da la salida. Todos a correr. Tu mente se evade de los problemas, las piernas se mueven solas y la ilusión de llegar a meta con los tuyos, te hace superar los malos momentos durante la carrera.
Este recorrido por Salamanca, por el centro y su casco histórico, lleno de público animándote pese a no conocerte. Da igual si eres el primero o el 500. Todos somos iguales.
El espíritu que nos enseñó Don Gabriel en el colegio sigue latente. Por ello, GRACIAS.
La San Silvestre tiene vida. Su corazón somos todos aquellos que ese día disfrutamos de la carrera, desde dentro o desde fuera, animando o corriendo.
La San Silvestre es de todos, y todos somos la San Silvestre.
Ana Isabel Velasco Ortiz
Él decidió participar en la San Silvestre Salmantina. Ella aceptó acompañarle de mala gana. Para mayor sorpresa, el día de la competición no tardó en contagiarse de la euforia general. Luego, esperó en la línea de meta pero Juan no llegaba.
Al fin, surgió caminando al lado de otro corredor al que sujetaba por la cintura y ayudaba a finalizar el recorrido. Nunca le quiso tanto como en aquel momento.
Hace un año, él perdió la batalla contra el cáncer. Ella ha regresado a Salamanca.
Recorre la ciudad. Accede al palacio de Anaya y se detiene en los nombres de estudiantes que lograron el doctorado y que permanecen grabados entre vítores sobre las paredes del recinto. Murmura: “No puede ser”. Vuelve a mirar. Quiere estar segura. Deletrea lo escrito: “Juan ¡Vítor!”. Y siente que no puede existir mejor reconocimiento que esta inscripción para aquella última y heroica carrera.
Martin Guillermo Vallejo
Un hombre blanco atraviesa el gran valle del Rift en un Jeep. Busca a los Potok, una tribu del pueblo Kalenjin. Allí debiera hallar a Wangari, atleta keniano que marcó el record en los 1500 m. en los juegos olímpicos de México 68’.
Curiosos locales lo reciben amistosamente. Chozas de barro y excremento animal configuran la urbanidad del lugar. Un negro enjuto y alto observa a un costado. Profundas líneas surcan los pliegues de su cara alargada. Calza sandalias de cuero; las zapatillas son asunto del pasado.
El británico escucha atento. Interpretando gestos cumple su labor periodística. A unos metros un grupo de niños despide a sus familiares.
-¿A dónde van?- pregunta.
- Es día de escuela- le responden.
En la tribu no hay vehículos a motor. Los animales son de pastoreo. La escuela del pueblo se encuentra a 14 km. de distancia. Los niños corren. Wangari observa ensimismado.
Josafat Rolando Bello Hernández
-Buenas tardes, nos encontramos en el centro de la ciudad de México al día siguiente del temible terremoto qué azotó la urbe-
La verdad me sentía muy nerviosa, me encontraba en una zona cerca de edificios endebles, pero más aún por no saber que me esperaba; La mirada de mi camarógrafo era de terror al igual que yo, intentaba disimularla.
-El aroma es horrible, los chillidos de las ratas atrapadas y saliendo de estos edificios evacuados es temible; ¡Estimada audiencia!, nos acercaremos a las ruinas de estos edificios- Yo sabía que era peligroso, pero tenía que informar y por supuesto mostrar el horror que estábamos viviendo en México.
-Cómo ven , estos edificios están a punto de caerse…, son las 19:37 hrs-
-¡Es una réplica!, ¡Es una réplica!- y eso fue lo último que escuche…
Sol García de Herreros
Le ve acercarse por el Rollo con cara de sufrimiento. Piensa que quizá se haya caído y siente unas ganas tremendas de abrazarle,qué necesidad tiene de pasarlo mal, para qué, tan pequeño y empezando ahora a correr. Pero no lo hace; se queda quieta, pensando como animarle sin presionarle a seguir ni a abandonar, y finalmente sólo repite su nombre, que sepa que ella está allí. Luego le observa alejarse sostenido por esa mezcla de inercia y pundonor de los fondistas, y piensa que ya siempre será así. Que puede que él continúe corriendo o lo deje mañana, pero ella siempre estará allí, al lado del camino, viéndole acercarse y alejarse, intentando el tono justo para no forzarle a una competitividad salvaje ni alimentar su conformismo, culpándose de ser demasiado exigente o demasiado protectora y sintiendo sus lágrimas mucho tiempo después de que él haya cruzado sonriente la meta.
Raúl Guadián Delgado
La primera es correr más que las penas para dejarlas atrás.
Correr: a veces a ciegas, otras con la mirada fija en el horizonte porque hay una carrera todos los días de todas las semanas de todos los años;
En busca de la esperanza unos; Huyendo de la tristeza otros.
Porque cargando al lomo de la vida todas las penurias que conforman su existencia no corren para tener sed sino para escapar del hambre;
Como siempre ha sido,
como seguirá siendo…
de los campos de Somalia a los montes de la vieja Europa;
De las calles de Medellín hasta las aceras de Calcuta.
Cuerpos de atleta que surcan todos los caminos posibles en busca de lo mismo. La meta prometida. Aquella que nunca llega.
La otra es, como decíamos ayer, la de disfrutar con el esfuerzo propio. La de imponer límites al cuerpo para cultivar la mente.
Jorge Hernández Álvarez
Le faltaba una pierna, pero le sobraba voluntad. Por eso, cuando decidió participar en la San Silvestre Salmantina, a nadie había dicho los motivos que lo impulsaban, pero cada paso suyo era una inspiración para otros.
Olga Carpallo Piñán
-Faltan 10 días.- Me digo mientras abro un ojo para vislumbrar la hora en el despertador. Son las 6 de la mañana. Algunos días los comentarios de quienes no lo entienden resuenan en mi cabeza como martillazos. -¿Madrugas para eso?- Intento hacer oídos sordos a los pensamientos negativos; Superar la pereza requiere sólo un segundo. Me pongo de pie de un salto y salgo de la cama para comenzar con la rutina de cada día.
Lo que empezó como un reto personal se ha terminado convirtiendo en una forma de vida para mí. A estas alturas me acuesto temprano para poder salir a correr antes del trabajo y es una de las mejores sensaciones del mundo. Hace que cada día sea diferente y he descubierto cómo cambia el paisaje a lo largo de las estaciones.
-Hoy es el día, La San Silvestre.-Todo comenzó por esto, pero no termina hoy.
CARLOS ALBERTO CACHAY FLORES
En los tiempos que corren y yo sin Ana, qué mala suerte la mía. Dicen que afortunado en el atletismo, desafortunado en el amor; pero en mi caso, ninguno de los dos. Unos tanto y otros tan poco. Si es que ya lo decía mi madre, que la avaricia no es buena, que el que mucho quiere poco abarca; yo que tenía a Elena, a Norma y hasta a Ysabel; a buena hora me doy cuenta de que solo quería a mi Ana.
Al final va ser verdad eso que dicen, uno no sabe 1o que tiene hasta que lo pierde, y yo la perdí a ella. Y ahora aquí me tienen, sin Ana.
Cristina Requejo
Su ilusión traspasa la capa freática de mis emociones. Me hundo, pero intento disimularlo. Le enseño el dorsal, las zapatillas, la camiseta con la que siempre corría y que hoy usaré yo. Hace un año, los dos estábamos pletóricos, deseando salir. Intento en vano borrar la imagen atlética de mi hermana en mi memoria, llena de fotogramas indelebles. La pena me paraliza. Ella se da cuenta y se acerca; coge mi mano para tranquilizarme, sonríe y, con un ademán pausado, me enseña el reloj. Es la hora.
Acerco su silla de ruedas al balcón, descorro las cortinas y, antes de salir, chocamos las palmas de nuestras manos. “Suerte”-musita-.
Corro impulsado por la promesa que le hice de seguir corriendo.
Miro al cielo, sigo la trayectoria del vuelo de una golondrina y apresuro mi marcha. Pienso en ella, sonrío, y me invade la certeza de que lo conseguiré.
Fernando Isidoro Martínez
Perdió el entusiasmo cuando supo que solo él estaría, sus habituales ímpetos se convirtieron en tristeza al imaginarse allí aislado, arrastrando cansado los recuerdos de mejores años, se desmoralizo al grado de no encontrar sentido alguno el correr por sus camaradas fallecidos, pese a eso, no incumpliría la promesa hecha por los cinco en 1984, cuando la San Silvestre Salmantina se inauguró, cuando la intención de rescatar a José de las adicciones dio pie a la liturgia de participar hasta el último superviviente, una reinterpretación del concepto de tontina que fraguo lasos fraternales que ni la muerte puede romper. Al kilómetro cero se sentía devastado, al 2, la algarabía de los niños le robo una sonrisa, al 5, el arenga de un desconocido le desapareció la molestia en la pierna, al 7, ya no pudo continuar, limitándose a evocar satisfecho, como sus nietos y los de sus amigos corrieron juntos.
Román Ignacio Ksybala
Tengo la conciencia tranquila de que yo les advertí que iba a necesitar un pañal desechable, que sabía lo que iba a suceder. Que con el agotamiento mi cuerpo se transforma, y pasa a ser una criatura caprichosa e indomable. Pero ellos no quisieron escuchar razones, y no me permitieron usarlo.
Lideraba la competencia cuando, hacia el final, el cansancio extremo me hizo perder el control de mis intestinos. Sentí cómo el excremento líquido me chorreaba por las piernas hasta las zapatillas, y salpicaba a todos los que venían detrás. Y escuché protestas airadas.
Fue una victoria magnífica, aunque algo opacada por la sospecha. De que no fue tanto que los demás no pudieron, como que no se atrevieron a sobrepasarme. De que fue ese escudo de pestilencia el que me protegió y resguardó mi liderazgo.
Creo que la próxima vez me van a permitir ponerme lo que quiera.
Juan Manuel Sánchez Moreno
Era una tarde fría, tal vez incluso más de lo acostumbrado, pero ahí estaban los corredores afrontando el trazado de la prueba. Y en la línea de llegada, con sus mantas térmicas, estaba el siempre atento auxiliar.
De pronto, al fondo la vio, delgada y sutil, con elegantes zancadas, y hacia ella se fue con la manta extendida como para recibirla y envolverla.
El calor que sintió la atleta envuelta en la manta la reconfortó, pero aún más el inusual abrazo del socorrista, que la rodeó por completo estrechándola contra sí.
La imagen fue portada en la prensa local.
María de los Ángeles Torres Cantero
Eran viejos pero por décimo año consecutivo prometí que participarían conmigo en la carrera San Silvestre Salmantina. El tiempo había hecho mella en sus presencias y sé que más de uno hubiese apostado porque no concluirían la prueba. Incluso mis propios compañeros de carrera, conociendo la historia que detrás escondían, se extrañaron. Acuérdate de la rotura que tuvieron el año pasado, me advirtió Mario. El esfuerzo que te supuso llegar con ellos, recordó Javier. Resistirán, les dije, siempre que mantengamos el ritmo de otros años. Cuando les di la noticia a mis abuelos maternos asintieron emocionados. Ellos fueron los primeros de mi familia que participaron en esta carrera año tras año y la práctica generacional se había convertido en una herencia intangible. Por eso me hacía especial ilusión seguir llevando los cordones de las últimas zapatillas con las que ellos llegaron a la meta. Si corrían conmigo, seguirían corriendo ellos.
Jose Luis Bragado García
LETRAS ENTRE ZANCADAS
Está corriendo muy bien.
El corazón oxigena los más recónditos vasos capilares del cerebro.
El correr y la escritura son la substancia de su vida.
Sobre el asfalto, sobre el papel, corredor y escritor son para él caras de una misma moneda; donde la pasión por el correr y las palabras, alcanzan la gloria.
Hoy, mientras corre veloz la san Silvestre salmantina, puede lograr su mejor marca, y además, está imaginando su mejor relato.
Pero –cosas del destino- una mala pisada le hace caer al suelo.
Aunque dolorido, se levanta y reemprende la carrera ignorando el incidente –piensa que aún puede lograr ambas metas-. Y corre ilusionado sabiendo que, al mejor escribiente se le cae un borrón y, al mejor corredor se le desata la zapatilla.
Teresa Zurdo Gil
Era 28 de diciembre y hacía frío en el Paseo de San Antonio. Miles de corredores nos preparábamos para la última carrera del año. Porque la San Silvestre era un simulacro de cómo queríamos vivir el año, era la forma de decir que no íbamos a rendirnos, que seguiríamos corriendo aunque estuviésemos cansados, aunque hiciese frío. Que teníamos una meta y corríamos hacia esa meta. Que no corríamos sin rumbo, vagando hacia ninguna parte. Que teníamos voluntad para conseguir lo que nos proponíamos. Que estábamos dispuestos a terminar el año como acabábamos la carrera, en ese glorioso momento de la entrada en meta: cansados pero contentos.
Porque correr tiene mucho de sacrificio, de coraje, de renuncia a la comodidad. No es para los que a la primera dificultad abandonan. Se acercaba el momento de la salida. La emoción se palpaba en el ambiente. Respiré hondo y sonreí. Sonó el pistoletazo.
Francisco Javier Casamor Ariño
Mi abuela ya casi nunca habla, pero cada fin de año recupera la sonrisa y desea suerte a papá para la San Silvestre. Desde la cama donde vive desde hace diez años espera rezando por su victoria. Cada año buscamos un trofeo barato y le hacemos creer que su hijo ha ganado. Pero papá, cansado de las mentiras que está enviando a casa año tras año, esta vez no ha comprado nada. Hay carámbanos en las esquinas y calor en el asfalto mientras intento preparar a la abuela para que encaje el frío sabor de la derrota. Ella no entiende que los héroes tienen fecha de caducidad y espera que mis palabras sean mentira. Cuando ya está casi convencida, oímos la puerta. Papá entra en la habitación con un enorme trofeo y, mientras la abuela me mira ofendida, sonríe y me dice: Esta vez sí. Esta vez es realmente mía.
Lorenzo D. Rubio Martínez
A sus cien años cumple una promesa que se hizo: correr la San Silvestre antes de morirse. Y, como un atleta más, estira sus músculos flácidos tras la línea de salida.
Comienza la carrera.
Primer kilómetro: se ahoga y valora retirarse.
Segundo kilómetro: parece reaccionar; la ilusión le hace rejuvenecer.
Tercer kilómetro: Ya no siente dolor en sus articulaciones.
Cuarto kilómetro: le brota pelo en su calva e incluso distingue con la vista a los corredores.
Quinto kilómetro: va adelantando posiciones.
Sexto kilómetro: las arrugas y las canas van desapareciendo metro a metro.
Séptimo kilómetro: es ahora todo un treintañero tirando de los grupos de cabeza.
Octavo kilómetro: se ha convertido en un jovenzuelo que ataca y se marcha solo.
Noveno kilómetro: los atletas no dan crédito al ver a un niño corriendo entre los adultos.
Últimos diez metros: la multitud aplaude a ese bebé que traspasa la meta gateando.
Diego Valdivieso Villa
No me percaté de su presencia hasta que observé como su cara imberbe me
dedicó una amplia sonrisa. Me sorprendió su elegancia en la línea de
salida: bien perfumado, pelo moreno engominado y con ropa deportiva de
las mejores marcas. En el lado izquierdo de su camiseta, resaltaban las
letras: C.N.I.
Lo llevé pegado a mí "como una lapa" durante toda la carrera y no paró
de hablar ni un solo momento. Menos mal, que al final de la prueba,
cuando mi cabeza estaba a punto de estallar, acudió la familia a rescatarme.
Antes de marchar me dijo: si algún día necesitas algo, no dudes en avisarme.
-Y... ¿Cuál es tu nombre?
-Desde muy pequeño, todo el mundo me llama: Nico.
Rebeca Rodríguez Pulido
Un río de colores, de ilusiones, de voces atraviesa la ciudad.
Es la vida misma en su apurado transitar. Primero han salido los niños. Ahí va mi nieto.
¡Ánimo chaval!
Muchos no tienen prisa por llegar, disfrutan del recorrido, derrochan amistad.
Llegan los jóvenes, respirando competitividad. Se comen el mundo con cada paso que dan.
Ya se va viendo quien es profesional.
Yo me voy quedando atrás. Disfruto la vista del río multicolor, donde no hay razas, ni tendencias políticas. A pesar de que competimos, hay una cierta igualdad.
Mi corazón bombea a toda velocidad; siento la emoción, oigo al público animar.
Me río pensando en el ganador al mejor disfraz. Que estoy loco, habrán podido pensar.
Que corta es mi carrera, en poco más de 50 minutos, llego al final. Hoy cumplo 80 años.
El año que viene ¿podré regresar?
Jorge Fernández García
Recuerdo el intenso frío y como abuelita me apretaba contra su cuerpo para calentarme mientras esperábamos. Estábamos cerca de la línea de llegada y aún conservo la imagen de mi padre resollando.
- Ahora, vida. – me dijo, mientras me soltaba.
Corrí hacia papá y busqué con mi pequeña mano su firme agarre. Él me esperaba con una enorme sonrisa y, extendiendo su mano cálida y cariñosa, me guió aquellos últimos metros hacia la meta.
La gente aplaudía entusiasmada y sé que anunciaron su nombre por megafonía. También recuerdo que tras nuestra entrada nadie más cruzó la meta. Acababa de acompañar en su llegada al último corredor. ¡Qué orgullosa estaba!
Parece mentira que todo esto venga a mi mente mientras me ato las zapatillas y pienso que hace tiempo que no está. Hoy correré con el dorsal de aquella su última carrera, antes de que la ELA frenase todas sus metas.
M. Salvador Muñoz
La guerra acabó, pero su sombra aún gravitaba en las calles y edificios, envueltos en el gris de la desolación. La huella del miedo quedó grabada en el alma de los supervivientes. El desánimo que atenazaba su espíritu se había adueñado de la ciudad.
Martina disfrutaba corriendo, ella y sus pensamientos en un tándem de esfuerzo. Había oído que antaño la gente se reunía para correr en una amalgama de camaradería y libertad. El frío diciembre asomaba. Escribió unos rudimentarios panfletos donde pedía la participación en una carrera. El eslogan rezaba: “Acelera tu corazón, vive”.
Ante su sorpresa acudió un gran número de personas, un impulso les empujaba a romper sus recelos. Temerosos al principio, empezaron a correr. A cada metro sus ojos se fueron llenando del orgullo perdido, no importaba las marcas ni la meta, todos se dieron cuenta de que era el principio; el despertar de una ciudad.
Raquel Lozano Calleja
Sus ojos me miran con extrañeza, al objeto de ubicar mi rostro, de buscarle un hueco entre las fotografías y recuerdos en blanco y negro que guarda en su caja metálica del Cola Cao, de cuando aquellos desayunos nos sabían a gloria.
Abro la caja y busco los que más le gustan, los que lo mantienen aferrado a un pasado que no olvida; las fotos con la primera medalla, las de la maratón, el dorsal de su primera San Silvestre.
Sus pupilas se calman, olvidan los signos de admiración y las mayúsculas, se sosiegan sobre las mías. Parecen retornar de un largo y tortuoso viaje cuando toma el dorsal y se sube a la mesa a modo de pódium.
- Querida Valentina, esta carrera va por ti.
Antes de arrancarme con el ritual de los aplausos, le saco de su error:
- Papá, Valentina era el nombre de mamá…
Ronny José Rodríguez Sánchez
Las gotas de sudor se confundían con las lágrimas que caían sobre sus zapatos. ¡No hay nada que hacer! dijo el galeno con voz firme, sentenciando su vida. Finalizaba diciembre y era el momento de emprender la carrera de sus sueños, un viaje de despedida por el mundo. Su natal Salamanca fue su primer destino, una carrera solitaria y triste le esperaba, pero advirtió al salir a la calle, que una multitud de personas corrían con inmensa alegría, ¿cómo es posible hacer el último viaje con tanta felicidad? Se preguntaba. Se unió a la corrida, al poco tiempo ya era el primero, todos le aplaudían con entusiasmo, y su tristeza desapareció. Cruzando la meta, alguien tocó su espalda con insistencia; ¿será la muerte?, pensó. Se detuvo y escucho con suavidad las palabras de su madre que decían: hijo ¡despierta! Hoy es el gran día, es la carrera de San Silvestre.
Emilio del Prado Benito
-Uno, dos, tres, cuatro... hasta veinte pasos conseguí dar aquella mañana. Nunca había pensado la importancia de moverme con libertad, la grandeza de saltar o dar una zancada, la belleza de correr sin destino. Nunca antes había tenido miedo a no poder hacerlo. Pero el miedo no servía, simplemente era imposible plantearme tal locura.
Todas las mañanas intentaba aumentar los pasos, uno, dos, tres… Mañana tras mañana, me levantaba despacio, con cuidado, sintiendo el dolor que me producía el movimiento. El tiempo pasaba, los pasos fueron perdiendo su número, el ritmo perdió huía del tiempo, e incluso las zancadas perdieron miedo a distanciarse del suelo. Pero fue lo único que se perdió, aquel año acabó en victoria, fui uno de los seis mil que corrieron, saltaron… sufrieron y sudaron para cruzar esta meta.
-¡Vaya!
-Perdona ¿Me preguntabas que por que corría?
Roberto Crespo Ramos
Séptimo de EGB. Don Gabriel anunció con gran solemnidad: “los mejores deportistas, tendrán el honor de encabezar la San Silvestre, vistiendo una camiseta con una letra, formando una cadena humana: IV San Silvestre”.
16 caracteres… ì1 por clase! ìLo que hubiese dado por llevar la “s” minúscula, o un silencioso espacio!!! ìOh NO! recordé que en clase estaba David “el rubio”, una especie de decatleta en miniatura, imposible de batir: era como Ronaldo (aunque entonces no sabíamos como era “ser como Ronaldo”), corría como Carl Lewis, bueno quizás no era el “Hijo del viento”…pero de una buena brisa sì!
Luché participando en tiro con carabina, ajedrez y en cross (su talón de Aquiles) y me tuve que conformar con correr en el pelotón con mi camiseta “albina”: que en vez de azul celeste y mangas blancas, era totalmente blanca porque mi madre la metió en lejía por equivocación…
José Moreno
Pilotos,informáticos,enfermeras,románticos excéntricos,buzos,astronautas, faranduleros camuflados,ingenieras,toreros,políticos embutidos en mallas de colores,africanas,atletas,curas sin sotana,dentistas,dibujantes de cómics, recolectores de miel,químicos,chinas.....
Calles,avenidas,rúas,puentes,paseos,glorietas,poetas,santos,incluso algún premio nobel vigilan el paso de los atletas.
Barroco,gótico,románico,joyas del renacimiento,fachadas platerescas,iglesias,conventos,hacen del recorrido de la carrera un paseo por el pasado más artístico de nuestra historia.
Distinguida,distinta,diferente,San Silvestre Salmantina.
Eva García
No era el tiempo el que volaba, ni mis pies, ni el resto de corredores, ni las calles, las farolas o árboles: era la vida.
Me detuve a la altura de la Puerta los Milagros, golpeado por la idea, y observé el mundo desde la inercia: todo continuaba sin mí. Me deleité con la sensación.
Dejé de concentrarme en ganar, me liberé del estúpido estrés que me causaba competir.
En ese momento pasó a mi lado Pablo, arrastrando sus secuelas de la polio, y me sonrió. Adopté su ritmo y saboreamos juntos el resto del recorrido hasta la meta.
Aquel año aprendí a participar. Y a vivir.
Carmen Gloria Báez López
La veía practicar todas las tardes en el parque para el San Silvestre. Su esfuerzo me conmovía y sus ánimos me invitaban a dar lo mejor de mí. Nos encontrábamos a veces y podría jurar que ella también volteaba a mirarme... Aunque puede que haya sido una jugarreta de mi imaginación.
El día de la carrera salimos a la par. Dejé que se adelantara y la seguí de cerca durante todo el trayecto, más en la recta final aceleré. Por un segundo al ver su rostro y el destello de preocupación en sus ojos, dudé. Pero respetaba su esfuerzo y por eso no la iba a dejar ganar.
Al cruzar la meta ella se acercó a mí, sonrió y me dijo: "A veces cuando se pierde, se gana". Desde entonces practicamos juntos cada año. Ella sueña con ganar el primer lugar y yo con ganarme su corazón.
Juan José Pérez Pérez
Una inoportuna gripe me impidió participar en la San Silvestre, así que le dejé el dorsal a un amigo que también corría. Después de tantos meses entrenando, el no poder correr supuso una decepción tan grande que ni siquiera tuve ánimo para asistir a la carrera. La gripe hizo que pasase la nochevieja en la cama con fiebre y no pudiese disfrutar de la fiesta ni de la ciudad.
No me enteré de los resultados hasta el día de Año Nuevo cuando mi padre me llamó emocionado:
- Felicidades por la carrera, hijo. Nunca imaginé que ganarías.
José Ignacio Señán Cano
Dicen que es una carrera dura y exigente. Nunca la he corrido, pero no será para tanto. Unos cuantos kilómetros, algunas cuestas empinadas por calles asfaltadas y un poco de frío. Eso es todo.
Dan la salida y me coloco entre los primeros. De momento no noto el cansancio y eso que no he entrenado demasiado últimamente. Bueno, la verdad es que nunca he pisado un estadio ni un gimnasio. Mi único entrenamiento ha sido correr por el desierto para llegar a tiempo a los sitios.
Sigo sin notar el cansancio y algunos ya se van quedando atrás. Será la capacidad de resistencia, que se me habrá desarrollado después de ocho días metido en esa maldita barca, sin agua ni comida.
He cruzado la meta. Estoy en el pódium. Un par de zapatillas nuevas y un bocadillo son un buen premio. El aire fresco me seca el sudor.
Soy feliz.
Hector Fabio Garcia Libreros
Mi primera vez en la famosa carrera de San Silvestre Salmantina. Era hora de partir en la meta y los nervios me mataban.
Arrancaron, por extrañas fuerzas quede resegado. Solo un atleta me acompaña. En un cruce sombrío se desvió de las avenidas. Lo seguí porque conocía bien la ruta. En verdad creí que estamos haciendo trampa cuando cruzamos un profundo túnel oscuro.
Al salir me encontré con caminos entre las montañas rojas que se enroscaban. Ya no había escenarios de hombres sino un frondoso verdor y el atleta ya era una esfera de luz que ascendió a los cielos. No sé si hice trampa, no me lo puedo explicar, pero después de la última colina atravesé la meta donde una multitud miraba como estrellas encendidas.
Quise celebrar con ellos, todos me ignoraron. Todo acabo cuando toque un cuerpo y caí al vacío.
(Esta nota fue encontrada en la meta).
Emilio del Prado Benito
-Uno, dos, tres, cuatro…. hasta veinte pasos conseguí dar aquella mañana. Nunca había pensado la importancia de moverme con libertad, la grandeza de saltar o dar una zancada, la belleza de correr sin destino. Nunca antes había tenido miedo a no poder hacerlo. Pero el miedo no servía, simplemente era imposible plantearme tal locura.
Todas las mañanas intentaba aumentar los pasos, uno, dos, tres… mañana tras mañana, me levantaba despacio, con cuidado, sintiendo el dolor que me producía el movimiento. El tiempo pasaba, los pasos fueron perdiendo su número, el ritmo huía del tiempo, e incluso las zancadas perdieron miedo a distanciarse del suelo. Pero fue lo único que se perdió, aquel año acabó en victoria, fui uno de los seis mil que corrieron, saltaron… sufrieron y sudaron para cruzar esta meta.
-¡Vaya!
-Perdona ¿Me preguntabas que por qué corría la San Silvestre?
Pablo Amair
Abrió los ojos y se sintió ganador. Los vítores, la inusual algarabía en una mañana decembrina, el cansancio de las piernas y la respiración cortada le indicaban la victoria. Abrió los ojos de nuevo y se encontró desparramado en Plaza Anaya, derrumbado por la resaca del último domingo del año. No tuvo pena ni vergüenza. Correr siempre fue su sueño y a ello se dedicó. Huyó de entrenamientos, de buena alimentación y madrugonazos, para entregar sus esfuerzos a la imaginación. La noche anterior, con el tercer tequila, se abría paso en el embudo de la carrera; con el quinto ya recitaba triunfos en la Glorieta Antonio Machado. Durmió la borrachera y cumplió su sueño. Abrió los ojos y los demás corrían, pero él ya había alcanzado la meta. “Si vivir es bueno, es mejor soñar”, recordó a Machado con la sonrisa y volvió a dormir.
Hugo Jiménez
Es la hora. El momento de escuchar aquél estruendo que rompe el silencio. El que te despierta del sueño. El que calza mi ilusión.
Aquí me veo yo junto a ti. Y es que dicen las malas lenguas que no se puede salir a empatar pese a que yo siempre te mire dirección al cielo. Cogeremos la nube que nos lleve hacia un mismo lugar. Hacia esa línea que cruza tu sonrisa de medio lado.
Aquí me veo yo. Sentado junto a ti. Diría que tenemos el mismo número pegado, aunque las cifras nos engañen. Corre, viento, corre. Es lo único que puedo sentir mientras tú me empujas. Porque me has ayudado a vivir, a susurrarme antes de empezar que siempre hay que salir a ganar. Porque tú eres quién me enseña a competir junto a los demás y gritar que nunca debo mirar atrás.
FCO. JAVIER RIVERA VILLAR
Nací como corredor gateándote en 2002, casi cuarentón. Me hice bípedo disfrutándote y reagrupé para tí mi manada del barrio. Mi niñez y mi pubertad las recreé en pandilla. Triunfamos corriéndote como personajes. Juego de niños, fuerza juvenil y amistad nos guiaron.
La madurez se reflejó en ver disfrutar de tí a mis hijas y guiar al coche escoba junto a su madre. Felicidad de madurez; distinta que cualquier premio de juventud, por el objetivo cumplido del ser querido.
La vida, la separación y la pubertad de los hijos me recuestan sobre mi raíz, la familia, y sigo disfrutándote con mi hermano, “calvorota”. Como ves, la vida tampoco para y sigue hasta reeditar mi ciclo vital contigo. Quiero envejecer “re-corriéndote”.
Alguien dijo algo así como “los km y vivencias con la Sansil son el relleno de la vida que te van a acompañar a tu meta, que es…..”
Francisco Pinteño Rodríguez
Existen diferentes pasos a lo largo de nuestras vidas. Si bien somos capaces de identificar a una persona únicamente por su forma de caminar, cuando aceleramos nuestras pulsaciones exaltamos nuestras emociones; cuando nos sentimos abatidos nuestras piernas son más pesadas, pero cuando no, avanzamos sin nisiquiera mirar atrás.
Para una persona que no lo ha averiguado, le queda mucho camino que pisar. Sin embargo, para aquel aficcionado a explorar un mundo desde otra perspectiva, aún le queda mucho más sendero que recorrer. Todo esto ocurre porque nunca habrá una meta, porque el recorrido acaba siendo lo que nos hace mejorar, no el objetivo con lo que un día comenzamos a gatear.
Siempre estuvo ahí, siempre nos acompañará, y cada vez somos más los que nos damos cuenta de ello. Nos damos cuenta que siempre nos hemos sentido más vivos cuando nuestro cuerpo y alma están unidos.
Mónica Fernández Enríquez
Correr es sentir la fuerza de mis pies recorriendo grandes distancias, sentir como el viento acaricia mi pelo con gran delicadeza e incluso a veces, notar como la lluvia moja mi cara.
El sonido de las zapatillas pisando fuerte el asfalto, dejando atrás la salida para alcanzar la meta, tal como la vida misma.
El deseo de iniciar una carrera, de sentir los latidos de los corazones de mis compañeros antes de que den la salida, es lo que me impulsa a levantarme cada día.
El atletismo, el único amor verdadero. El que engancha, el que hace soñar.
Correr para espantar los miedos, intentar alejarse de ellos y dejarlos atrás.
Olga Casado
Corría como el viento. Era nube de polvo delante de las otras. Cien, doscientos metros, quinientos. En total dos kilómetros que de niña parecen el camino más largo de la tierra. Pero fueron ganándome terreno hasta quedar la última de veintisiete atletas. (Entonces las carreras eran menos, y nosotros muy pocos) Con mi medalla de consolación colgada al cuello, le miré avergonzada, y papá se acercó y no dijo nada. Cogimos nuestras cosas y volvimos a casa. Mamá nos preguntó, "¿qué tal ha ido?". "¿No has visto la medalla?", le respondió mi padre; "otra vez ha ganado la carrera".
Corrí una vez, y otra, y una carrera, y otra. Y mi padre mintió una vez tras otra. Hoy mi padre se ha ido para siempre y he puesto una medalla en su epitafio:
“Ya lo entiendo, papá. Yo aprendía la vida, mientras tú me ensañabas a vivirla.”
María Elejoste Larrucea
Comencé como todos, esprintando desde el principio y cuesta arriba, con aquello del "corre, corre, que te pillo", y después, llegados a la etapa del instituto, la persecución a las chicas. En el tramo madurez seguí corriendo igual: perdiendo algún que otro autobús existencial, de trabajo relevo en relevo, y saltando obstáculos. Tropecé mil veces, y otras tantas me levanté para seguir en carrera, porque tenía a mi equipo, siempre a mi lado, sin importar el trazado que siguiese la vida. Y así, he desgastado las suelas de mi tiempo y sé que pronto entregaré el dorsal, y aunque nunca he subido a ningún podio, llego a la meta agotado y feliz. Tenía razón aquel: lo importante ha sido participar, porque ganar, ya he ganado.
Esteban Azzara
Si no fuera porque mi ex mujer sale con un abogado, yo estaría muerto. Quizás estoy exagerando, pero pasó un año desde que este abogado, me sacó la casa, y además me dejó atrapado en una orden judicial que no me permite ver a mi hija de diecisiete años, más de una vez por mes. Y el año pasado, cuando me tocaba verla, ella quiso correr la San Silvestre Salamantina. Y yo me vine a vivir a España, sólo para estar cerca de ella. ¿Me iba a abatatar por una carrera?
Así que empecé a entrenar. En pocos días dejé de fumar y de tomar, y salí a dar vueltas a la plaza.
-Vamos papá, que se hace tarde -me despierta sonriendo- ¿o tienes miedo?
Yo le sonrío, y voy de nuevo, un año después, a correr con ella. A ver si este año le gano.
LOURDES ASO
El día de la San Silvestre Salmantina coincidía con el de mi desahucio. Me había prometido no derramar lágrimas por el fracaso de toda una vida peleando por tener un techo sobre el que guarnecerme. En el dorsal yo leía la palabra “perdedor”. Con unas zapatillas bastante desgastadas y la ropa más cómoda para la ocasión (desentonaba entre tanto uniforme fosforito) aguardé al pistoletazo de salida. Mi objetivo era correr hacia un sueño en el que algo, aunque fuera una sola cosa, me saliera bien. Llegar a la meta era una prueba de superación personal. A cada zancada fui dejando atrás la tristeza, la desesperación, la sensación de hombre fracasado. Rompí la cinta sin saber que aquellos aplausos no eran solo por ese triunfo sino porque con mi esfuerzo había logrado suficientes euros como para volver a la línea de salida.
ESTER LOZANO DE LA FUENTE
Cien últimos metros para la meta. Veo el arco de entrada, los fotógrafos y mucha gente. ¿Ya está? ¿He llegado? Tan sólo un suspiro más, un grito de aliento de los espectadores. Y un último pensamiento: el año que viene volveré, disfrutaré de mi ciudad, veré el arco de meta y me tendré que creer de nuevo que he llegado.
Jesús Miguel Quintana Cardenal
Una vez fui a los mandos de una nave que se dirigía directamente al Sol. Ya no recordaba cuál era mi misión ni cómo había llegado hasta allí. Tenía frente a mí un gran panel indescifrable, lleno de luces rojas parpadeando y sirenas enloquecidas que no me dejaban oír mis pensamientos. La nave comenzó a temblar; el blindaje se desmantelaba por momentos y cada vez hacía más calor. Me dirigía a toda velocidad hacia un sol deslumbrante donde había continuas explosiones que emanaban remolinos de fuego. Al entrar en contacto con la superficie, el cristal estalló y quedé flotando en el centro de las explosiones, pero el fuego no quemaba; sabía a victoria. No sé cuántos lo habrán conseguido antes que yo, pero no me importa. Había conquistado el Sol por un instante.
RODRIGO MENDO DURAN
La última vez que miré mi cronometro barato comprado en Decathlon marcaba 55 minutos.
Agaché la cabeza, apreté los dientes y seguí "trotando" hacia la meta, mi meta.
La carrera hacía tiempo que habia teminado, pero yo continuaba corriendo mi San Silvestre personal.
Hacía un par de años que me operaron de aquella dichosa enfermedad, y esto sería una muestra más de recuperación.
Cuando volví a levantar la mirada estaba ya a pocos pasos de la línea, allí estaban esperándome; mi mujer y mis hijos, dando gritos de ánimo y levantando las manos como si estuviese llegando en primer lugar.
En realidad, sí, fué una de mis mayores victorias.
Paloma CUBEIRO VELÓN
Notaba los hombros hundidos, avanzaba sin mirar casi donde pisaba y se sentía morir en cada zancada. Quedaba medio kilómetro para terminar, pero cada metro suponía el mayor de los esfuerzos. El sudor le empapaba la espalda y solo podía seguir corriendo.
Aquella mañana, al agacharse para abrocharse las zapatillas, había notado los músculos entumecidos. Consiguió erguirse apoyándose en la cama, pero no dudó en presentarse en la salida. Correría la San Silvestre, igual que hacía cuando su padre aún vivía.
Se miró de reojo en el espejo, temiendo no reconocerse. Habían pasado siete meses. Ahora quedaban recuerdos difusos y aquella cicatriz.
El frío le oprimía los oídos, haciendo más duro seguir. Lo peor, las rodillas.
Pero iba a conseguirlo. Veía la meta, solo tenía que aguantar un poco más.
Estaba eufórico. Lleno de energía. Vivo.
Casi desmayado, terminó la carrera. Ya no necesitaría aquella maldita silla de ruedas.
Natalia Silva Sánchez
-Y no soy una niña; mas quisiera hacerlo.
Cuando salgo de ella, pasa mucho tiempo que me encuentro mal, estoy muy ansiosa, me hago mucho daño.
En contadas veces, algunas personas me inflan de gozo, aunque ocurre poco, y lo mismo dura.
Me voy a flotar. Hiervo y me fascina.
Estoy muy sensible, voy ya tan gastada...me duelo, molida. Un mínimo gesto, hoy vuelvo a sangrar.
¿Suena esto enfermizo?
(..)
En el agua, muy caliente, me refugio.
Hago "plaf", me disocio; voy en paralelo, gozo del ensueño, y desaparezco, así todo pase.
No lo soluciono. Soy algo cobarde.
(...)
Escuchemos al que anhela buen viaje hacia Cancún.
No sé bien qué dirá Freud, rebusqué por propia cuenta: Mi deseo sobrepasa al vivir en la bañera.
Imposible, no hallo el modo. Amo el vientre de mi madre.
Miguel Andrés Castaño
Era la primera vez que me apuntaba. Mis hijos me habían convencido con aquello de que "lo importante es participar" y con lo de "te viene bien para evitar otra operación de corazón". Me costó un esfuerzo brutal subir con un disfraz de monja la que siempre llamé la Cuesta de Moneo y estuve a punto de rendirme en la Avenida de Portugal; el frío era como el que transmite un cuchillo de carnicero. Pero mis niños, que ya eran treintañeros, no me abandonaron.
Todo mereció la pena al volver a casa y escucharles decir: "Ya has demostrado que puedes con cualquier cosa y, nosotros, que estaremos a tu lado en todo. ¿No crees que ya es hora de que nos cuentes algo de ese nuevo amor que tienes?".
Mar Carrillo de Albornoz Laffitte
Al final de la última recta, mientras tomo aire por la boca, le veo, justo detrás de la meta. Avanzo los últimos metros, me impulsa el sonido de aplausos y gritos, el deseo de lanzarme a sus brazos. Yo misma me sorprendo de la intensidad con la que aprieto mis labios sobre los suyos, de la fuerza de mis brazos delgados alrededor de su cuerpo. Huele a aire fresco, a los árboles de la ciudad y más cerca, a su pelo. Cualquier dolor queda atrás, y en el centro del mundo está el beso.
María Gabriela Sánchez Cortez
¿Por qué correr?¿Para que hacerlo?¿Para huir?¿Por temor a que te atrapen?¿Para qué? Correr, no lo hago para escapar, ni por miedo, lo hago para fortalecer mis piernas, para que aguanten cada caída, cada tropezón, para poder alcanzar mi sueño, lo hago para levantarme sin miedo, sin temor, porque ahora se que una caída no es una vergüenza si te levantas. Corro porque aprendes que todo pasa muy rápido y muy lento a la vez, aprendes que no puedes ir más rápido que el viento, pero siempre es bueno intentar ganarle una carrera, aprendes que es el compañerismo, aprendes que el tiempo nunca es igual aunque midas los mismo segundos, te das cuenta de lo efímero, te das cuenta que todo se acaba desde una carrera hasta la vida, aprendes a no desperdiciar el tiempo, a no rendirte, a conseguir lo que buscas o, por lo menos a intentarlo.
SERGIO ALFONSO RUIZ
ABDUL.
Comenzaba la San Silvestre Salmantina, inclinado ligeramente; Abdul, con el estómago vacío, pies descalzos; pensaba en sus hijos, oyó el disparo de salida. ¡Se asustó! Bagdad muy reciente, cercano. Una meta por delante, detrás un mar asesino, delante esperanzas y quilómetros pasando, pies sangrando sobre el asfalto, rodeados de corredores iba solo.
Ellos querían ganar; él, ganar esa y muchas carreras, corría al futuro, se adelantó a todos, en la soledad del cercano triunfo sus fuerzas comenzaron a flaquear, el aire faltaba y la fatiga sobraba, recordó a la esposa muriendo ahogada, sacó fuerzas del dolor y corrió a la tela que en otro idioma anunciaba el fin de la carrera. Abdul; pasó victorioso, se inclinó y besó la tierra sin pensar en su religión. Quería besar y besó en ese gesto al país; agradecer lo recibido, aún con sus pies ensangrentados, era un ser humano, los salmantinos aplaudían.
María del Mar Olivas Tur
Aquella mañana le costaba levantarse ¡Había entrenado tanto para esa carrera!
Alguien pronunció su nombre ¿Habría ganado él?
En la iglesia, de cuerpo presente, todos rezaban por el gran deportista que fue hasta el último día de su vida
M.Carme Marí
Cada año pasan bajo mi ventana los corredores de la San Silvestre Salmantina. Son un derroche de energía, coraje y voluntad. De todo ello estoy ya tan falta... Se les ve esforzados pero felices. Yo en cambio me esfuerzo continuamente, pero feliz... Por eso al verlos pienso en unirme a ellos y correr ligera como el viento. Me imagino como una más en el numeroso grupo multicolor y al llegar a la meta, en lugar de descansar, seguiría corriendo y saldría de la ciudad, de la provincia y todavía más allá. Mi meta sería ir lejos, donde él no me esté esperando con sus gritos. Muy lejos, donde no llegaran sus manos o su cinturón que me marcan la piel. Tan lejos que nunca pudiera encontrarme.
VICTOR HERRERO RAMOS
Alberto no podía más. Acababa de alcanzar la Plaza Mayor de Salamanca, y sabía que aún le quedaban unos pocos kilómetros para terminar el recorrido. El cansancio y el frío eran insoportables. Se había prometido intentar acabar la carrera, pero cada vez veía más difícil conseguirlo. Avanzó con dificultades un poco más, de pronto su pie izquierdo trastabilló con uno de adoquines del suelo, perdió el equilibrio y cayó al empedrado. Desde abajo se maldijo dándose un manotazo en la pierna. Sabía que eso significaba el final de la San Silvestre para él. Se apoyó para levantarse mientras el resto de corredores le iban esquivando, cuando vio una mano tendida al lado de su rostro. <>, dijo una joven de su edad, con una gran sonrisa en la cara. Alberto aceptó la ayuda sin dudar, y continuó corriendo hasta la meta.
Auxiliadora de Arriba Becerro
"¿Quieres disfrutar de la naturaleza a tus pies?". Mensaje con encanto en un corcho del insti. Emoción e ilusión por estrenar las ganas de sentirla. Y ahí está la tierra a nuestros pies. Martes y jueves de cinco a... Rodaje hasta las vías, gimnasillo, sudada y vuelta para casa, ducha y a estudiar. Llega el último domingo de diciembre. Chandal, zapatillas y a correr. En mi dorsal consta -espectadora-. Buscar la mirada de mis compas de entreno para asistirles con un "¡Hale, va!". Correr mi propia Sansil dando aliento. Nervios. Se aproxima la salida. Trote hasta Canalejas. Se oye el disparo de salida. El pelotón se acerca. Díficil ver a los conocidos entre tanta gente. Reparto de ánimos para todos. Trote hasta Plaza España. Primera chica, "¡Vengaaaa!". Trote hasta Comuneros. Un atlético, "¡Haleee!". Trote hasta Picasso. "¡Vaaaa!"... a toda esa buena gente a la que Rivero convenció con aquella invitación.
Sara Campos Avila
«Corre». Eso hago. «Más rápido». Lo intento. «Hazlo».
Toda mi vida. Toda mi vida para este momento. «Corre más rápido».
¿Acaso esta japonesa cree que es mejor que yo? ¡JÁ! Aceleré el paso y la rebasé.
La alemana. Iba liderando la carrera. Podía ver su cola de caballo moviéndose de un lado a otro, como burlándose de mí. Todos hablan de ella. Dicen que tiene las aptitudes para romper el record olímpico femenino.
No lo creo.
Como si me hubieran inyectado adrenalina salve la distancia que me separaba de aquella coleta que se bamboleaba cínicamente. El que ríe de ultimo ríe mejor.
«Corre más rápido».
Ahora yo lideraba la carrera y mis dos aceleramientos anteriores me cobraban la cuenta. Era la líder pero por cada paso me sentía incapaz de dar el siguiente. Sin embargo continué.
«Sigue corriendo».
Tres zancadas.
Dos zancadas.
Una zancada.
Los gritos del público.
Gané.
MARÍA JOSÉ SÁNCHEZ ALEGRÍA
Dorsal amarillo, un pantalón prestado y ganas de ganar. El número 3027 quedó registrado con su nombre: Gloria, y ella se acercó a la línea de salida. Su menudez, la de aquella rubia desgarbada, arrancaba temblores, presagiaba desmayos e inspiraba ternura. Corría al lado de dos mujeres con muslos de caballo. No es lo mismo trotar sin presión camino del trabajo, que enfrentarse a grandes de tamaño, de cuerpo y de soberbia.Y Gloria miraba para atrás, rogando una ventaja. La de su derecha, pasó veloz, apenas dejo rastro, dobló la curva y la perdió de vista. La otra, la más ruda, parecía regodearse de aquella minúscula compañía. El corazón de Gloria, a juego con sus manos, crujía cual puerta envejecida, mientras el resto del pelotón la iba adelantando. Gloria llegó la última, lo hizo andando, cuando ya ni recogían los dorsales. No perdió.
FERNANDO DOSUNA MANJÓN
Colocó el dorsal con mimo. Miró por la ventana, llovía. Hoy era su día. Después de mucho sacrifico por fin llegó la hora de ganar. Se ató las zapatillas. La lluvia seguía cayendo inundando de pequeños espejos el recorrido y recordó aquella primera vez. Él miraba los charcos y estos devolvían la imagen de cientos de pisadas .Su madre le sujetaba una mano y con la otra chocaba la de los corredores. Después de mucho esperar pasó su padre, se paró y le dio un beso. Entonces no entendía como seguía corriendo si nunca ganaba. Su padre no había faltado a ninguna de las treinta carreras anteriores y ésta menos, su hijo era serio candidato a ganarla. Esta fiebre se la debía a él, siempre creyó que podría lograrlo, más que él mismo, entonces surgió la idea. “Hola papá, ¿permites que te acompañe?”. Un abrazo, un beso y a correr.
Juan Carlos Somoza García
Año tras año persigue sus huellas en la San Silvestre Salmantina. Suspira. Observa cómo los ojos de los participantes que se agolpan a su lado se envuelven en elocuentes silencios. Comprueba las verdaderas caras de quienes le acompañan en el vértigo, no necesitan transparentar máscara alguna porque se dibuja en sus rostros la ilusión. Nota cómo se aceleran las respiraciones, los jadeos, el sudor de las manos, los latidos de los corazones… Y piensa que los corredores están dispuestos a recorrer todas las subidas de la ciudad. Sabe que lo que ocurrirá durante la competición es más importante que su final y los aplausos. La carrera se inicia y discurre por todos los rincones con encanto que se van afincando en el recuerdo. Y cuando llega el último tramo, la luz refulgente de su interior va perdiendo intensidad al percibir en el aire la cercanía de la meta.
Juan Manuel Sainz Peña
DORSAL 1002
El dorsal 1002 aguarda, agazapado, entre la multitud. Se da la salida.
Corre. Va descalzo. El suelo arde. A veces le mortifica, le hiere, pero recuerda lo que su padre le dijo: “Alcanza tu meta. Por tus hijos. Por ti.
Plaza de la Merced, los corredores van quedando atrás. Las calles de Salamanca son suyas, de sus piernas y de su corazón.
Su ropa huele a miedo. A sudor antiguo. Sus perseguidores perseveran, pero pronto solo serán una sombra. La meta está cerca.
Ruge el Paseo del Rollo, Cuatro Caminos. San Antonio de nuevo… Ve la cinta. Va solo.
Vom Kassa besa la barca que le llevara a tierra española tras una larga travesía por el desierto.
El público aplaude. El dorsal 1002, nigeriano, de 27 años, recuerda subido a lo más alto del podio, lo mismo que durante la carrera, su llegada a España, cuatro años atrás.
Jose Luis Casas Castillo
Anoche soñé que corría salvajemente, respirando en cada jalada que mis extremidades daban. Me cubría una hierba larga y frondosa por la cual solo asomaba la mitad de mi rostro. De repente, mi vista torno abajo y vi que en mí había cuatro zarpas y una piel peluda y manchada. Descubrí que era un ser salvaje y libre que instintivamente disfrutaba de su carrera. Me sentía vivo, invulnerable y eufórico como hacia años que no pasaba. Entonces desperté, entre melancolía e ilusión, pues este sueño mellaba mi alma, las cosas ahora eran diferentes. Sin embargo, una vez preparado, cogí mi bastón, y, como cada año en este día, salí a animar a los valientes corredores que tanto admiraba.
Mariano Arranz Medina
Un padre estricto y una madre tierna y dulce con sus hijos. Jaime es la despreocupación y la falta de compromiso. Elena es muy religiosa y poco amiga de celebraciones, con una educación espartana. Lucas el pequeño, vivía con su novio y su padre no le hablaba. Toda la vida discutiendo y enfadados unos con otros. Pero su afición por el atletismo lo superaba todo. Desde pequeños el padre les inculcó los valores de este deporte. Por ello siempre que había una carrera, era un acontecimiento familiar. Se olvidaban problemas y la noche antes quedaban a cenar y a preparar la carrera. Al día siguiente madrugón y salir juntos a calentar por el circuito. Luego la carrera. Al terminar, comida familiar y comentarios sobre el resultado. Era digno de verse. Al llegar la tarde cada uno hacía su maleta y a su casa. Y vuelta a empezar.
Blanca Oteiza Corujo
Él quería ser como los demás. En la línea de salida algunos le miraban extrañados, otros le daban ánimos pero desde luego no pasó desapercibido entre tanto corredor uniformado. Él también se había comprado un conjunto para la ocasión. Desde niño había imaginado correr alguna vez en la última tarde del año y éste iba a despedirlo cumpliendo su sueño. Ya en carrera sus piernas metálicas fueron caminando hasta divisar el final. Logró alcanzar la meta acompañado de los aplausos de los presentes que aguardaban la llegada del último corredor. Su entrega y lucha dieron sus frutos, esa noche dormiría el más feliz de la ciudad.
María del Carmen Soriano García
¡Vamos, vamos, vamos, vamos! Si, era a ella a quien gritaban sus amigos desde las aceras ¡vamos, vamos, ya queda poco! Si, quedaba poco, ya estaba en la Plaza del Alto del Rollo… Paseo del Rollo, Paseo de San Antonio… y ya. Lo habría logrado. No le importaba quedar entre las últimas, ni llegar tan cansada que sabía que no podría moverse en varios días. Le daba igual. Solo le importaba la satisfacción que iba a sentir al mostrar la foto de su llegada a los que se burlaron de ella hace un año, cuando, viendo esa misma carrera en la avenida de los Comuneros, prometió que, para la próxima San Silvestre, habría perdido veinte kilos y participaría.
Paloma Casado Marco
Le había preguntado si iban juntos a La San Silvestre y no había podido negarse. No es que le gustaran precisamente los maratones, pero le hacía ilusión que llegaran los dos donde habían quedado con los de clase, y demostrarles que era su mejor amigo. Sentía por él algo más que admiración y desde hacía tiempo había empezado a fijarse en su cuerpo desnudo cuando se duchaban en el gimnasio y a tener sueños inconfesables tras los que se despertaba confuso y sudoroso. Ahora correrían, al menos al comienzo, como dos camaradas de armas. Igual que Aquiles y Patroclo, esos héroes griegos de la guerra de Troya, que estudiaban en literatura.
JUAN CARLOS PEREZ LOPEZ
No es de extrañar que desde pequeño soñara con correr la San Silvestre Salmantina, pues mi padre me llevaba a ver cada edición. Fui probando año tras año, participando en diversas categorías según mi edad. Nunca logré culminar la prueba. Pero este año ha sido distinto. No me ha importado ver cómo en el Paseo de San Antonio, apenas iniciado el recorrido, ya me iba quedando rezagado. Hombres y mujeres de todas las edades fueron superándome a lo largo de la calle Zamora, de la Plaza Mayor, de la Puerta de los Milagros, de la Avenida de Portugal... Lo importante era culminar los 10.000 metros del recorrido. Lo he conseguido, aunque ya estaban entregados los premios y andaban los organizadores recogiéndolo todo. El año que viene me inscribo. Me pongo ropa deportiva y recorro la San Silvestre Salmantina como Dios manda, nada de hacerlo de paisano y por la acera.
Elisa Pont Tortajada
La extrañeza de aquella sensación, que creía perdida y que ahora, de pronto, como de la nada, había recuperado, la hacía sentirse absolutamente libre. El viento le golpeaba en la cara y ella sonreía de pura y auténtica felicidad. Joder, estaba corriendo. Sus brazos se movían al compás de su pecho, el torso semidesnudo, un top y unos shorts a conjunto que alguien, ya no recordaba quien, le había regalado por su treinta y cinco cumpleaños. La respiración fatigada, el cuerpo dolorido pero aún así enérgico, como si cada zancada le alargase la vida. No tenía ya miedo, no sentía ya que huía. Llegaba a la meta. No podía creérselo. Sus prótesis habían aguantado hasta el final.
Sara Martín Ledesma
Quique tiene cuatro años. Por primera vez presencia una carrera popular, la San Silvestre.
En primera fila, observa silencioso y agarrado de la mano de su padre como pasan los corredores.
Su padre de vez en cuando mira al pequeño, y se pregunta “¿En qué estará pensando?”
De repente, Quique comienza a balancear el brazo de su padre con fuerza mientras grita:
_“ ¡Ya la veo! ¡Ya la veo! ¡Ahí, ahí, viene Mamá!”
Su padre asiente. Rápidamente sube a hombros al niño, y entretanto le comenta:
- “¡Saluda a Mamá!”
Su madre los mira sonriendo sin detenerse.
El momento apenas dura un instante.
Quique mira satisfecho a su padre mientras pisa el suelo de nuevo, y afirma:
- “¡Hace lo mismo que cuando corre conmigo en el parque!”
- “No te entiendo hijo” - Responde su padre.
- “Mamá corre mucho más rápido que yo, pero siempre me deja ganar”.
José Enrique Muñoz Moya
Cuando a principios del pasado agosto volví a Salamanca para mostrársela a unos hijos ya adultos, habían pasado muchos años desde mi anterior visita. Tantos, que apenas recordaba su belleza de manera distinta al general impacto lógicamente sentido también entonces. Y es que siempre será una de las ciudades imprescindibles para pasear en la bellísima España. Por ello, acabada de conocer la celebración de su XXXII San Silvestre, no quiero dejar de participar en ella aunque sea con unas palabras breves, dedicadas a quienes tendrán la suerte de correr admirando sus dos anexas catedrales, la Clerecía, casa de las Conchas, tantos conventos e iglesias -como la de San Martín, digna de contemplación incluso por sus deformaciones-, la Plaza Mayor -uno de los monumentos barrocos capitales del urbanismo-… mientras atraviesan el Tormes por su puente romano, muy próximo a la primera -titulada como tal- universidad de nuestro continente…
Sevilla, 2015.
Pascual Mesa Ordóñez
Acabáis de llegar. Tus primos corren en la carrera, y vas con ellos. De haberlo sabido, te habrías puesto el chándal. Bueno, estos vaqueros son cómodos, y los zapatos, también.
Oyes una conmoción y te mueves dentro de un río de niños como tú. Tus primos van lento, les haces señas de adelantarte. Parecen recriminar. No te importa. Estás en tu elemento. Siempre lo olvidas: esto es algo que de verdad se te da bien. Te extraña que a otros les cueste tanto hacer algo tan fácil.
Ya sois pocos chicos y vais en serio. Uno de ellos parece tu igual. Te cuesta ganarle. Has cruzado la meta el primero. Sudas. Te rodean personas a las que no entiendes. Preguntan por tu dorsal, les dices que no te has apuntado. Se miran rascándose la cabeza.
— Se te da bien —dice un señor—. No olvides inscribirte el año que viene.
Carmen B. García
Meses de entrenamiento, de madrugar sin importar el día, de frío en las mañanas de invierno cuando comenzaba a correr. Meses de ruegos en silencio para que una lesión o una recaída no me impidiesen conseguir mi sueño.
“¿Tu sueño?”, preguntas. Mi sueño no es vencer, sino correr. No es la gloria, es el asfalto. Es estar al lado de los mejores recordando que algún día yo también lo fui. Mi sueño, mi anhelo, es dar vida al recuerdo para volverlo presente. Porque, como diría Faulkner, los sueños han de ser “lo bastante grandes para no perderlos de vista mientras se persiguen” y, añadiría yo, en esa búsqueda está la victoria.
Tres segundos para la salida. Preparado. Listo. Voy.
Hebert Poll Gutiérrez
¡Estúpido!
¿Te crees deportista?
¡Traidor!
¿Ignoras a tu entrenador y me pides consejo para vencer a tus contrincantes?
---¡Solo deseo ganar la San Silvestre de Salmantina! Tengo el derecho...
---¿Derecho? ¡Pides demasiado! Consuélate con el honor que estoy aquí para ganarme un lugar en la historia del atletismo---responde Ben Johnson y continúa con su misión: Ridiculizar a los atletas que deseen obtener grandes resultados sin consumir esteroides.
Hebert Poll Gutiérrez
¡Estúpido!
¿Te crees deportista?
¡Traidor!
¿Ignoras a tu entrenador y me pides consejo para vencer a tus contrincantes?
---¡Solo deseo ganar la San Silvestre de Salmantina! Tengo el derecho...
---¿Derecho? ¡Pides demasiado! Consuélate con el honor que estoy aquí para ganarme un lugar en la historia del atletismo---responde Ben Johnson y continúa con su misión: Ridiculizar a los atletas que deseen obtener grandes resultados sin consumir esteroides.
Viviana T. Ayul Rumbo
Apoyaba el pie para el impulso justo que lo elevaba a la pregunta sobre una emoción con respuesta desconocida, haciendo que sintiera las alas que le acercaban una, y otra y otra vez más, y así continuó...
Ignacio Muñoz-Delgado
Salamanca era el lugar, la San Silvestre para disfrutar y un lechón el premio a saborear. Desde que lanzó su apuesta y su cuñada Blanca le dio cumplida respuesta, sólo vivía para conseguir la gesta. Al empezar a entrenar comprobó que los cuarenta no son los treinta y que tampoco ayudaba mucho la parienta. Los días pasaban, los entrenos se alargaban y sus tiempos se acortaban, la meta imposible empezaba a divisarse asequible. Más de ochenta mañanas de dietas espartanas pero tras doce semanas con zapatillas todo iba a las mil maravillas. Llegó el gran día. Bajó las escaleras de casa con la velocidad de un niño en Navidad y fue entonces cuando se produjo la fatalidad. Un resbalón le dejó sin su merecido lechón. Blanca lo saboreaba mientras le mirada sin saber que, en realidad, él se sentía como el verdadero campeón.
Sergio Portela de Castro
Sonó el disparo. Un año más me propuse darlo todo, ganar era lo de menos, lo importante era acabar. Y no, no es una frase hecha.
Tras 4 guerras nucleares, 2 invasiones extraterrestres y 3 apocalipsis zombi, el mundo había cambiado. Y nuestra querida carrera también.
Es interesante comprobar como alguien, que debido a la mutación en vez de dedos tiene farinatos, intenta abrochar los cordones de sus zapatillas.
Las hordas de No Muertos que “sueltan” tras los corredores, son un gran incentivo para no rendirse y continuar con el trayecto como sea.
Es un día festivo y alegre, la gente respira con su bombona de oxígeno y la lluvia ácida golpea fuerte sobre nuestros cuerpos mutilados, pero la radiación nos ha hecho fuertes. Los Charros son de otra pasta.
Voy a lograrlo, han descalificado al favorito por correr con exceso de ayudas (ya tenía 5 piernas el maldito mutante).
Raquel Plaza Juan
Mi fin de año empieza el 28 de diciembre. Como cada año por esas fechas, cumplo con la tradición, recorriendo las calles salmantinas entre personas animadamente disfrazadas, corredores en familia, palabras de aliento de animadores desconocidos y un viento gélido que de vez en cuando roza suavemente mi cara. Concentrado en la carrera, apenas distingo caras, veo puntos de colores salpicados por los monumentos que dejamos a uno y otro lado. No hay codazos ni zancadillas, si tropiezas sabes que alguien va a echarte una mano, que lo importante no es ser el más rápido ni adelantar a otros, sino disfrutar de la San Silvestre. El cronómetro marca mi tiempo, pero no es el final, continúa a lo largo del año, en cada zancada, en cada entrenamiento en soledad, en cada cita con el atletismo, mi pasión, mi vida. Feliz año nuevo, queda mucho por correr.
Luis San José López
Hace mucho tiempo yo tenía una sombra, juguetona y terca, agarrada a mis zapatillas. Nos conocimos un día masticando soledad junto al brocal de un pozo. Hablamos… y empezamos a correr. Frío, viento, calor y lluvia nos hicieron inseparables.
Cuando salíamos a entrenar, ¡pobre, siempre arrastras!, se quejaba de que nunca podía superarme. Yo cambiaba entonces de dirección hasta conseguir que se pusiera a mi lado y nos reíamos juntos de sus formas chaparras, alargadas o deformes. Los días de competición, sin embargo, eran mucho más complicados porque le daban miedo los malditos flashes y focos de la meta y se escondía siempre detrás de mí buscando refugio.
Ha pasado mucho tiempo desde entonces. Un cielo encapotado cubre ya mis párpados cansados y han desaparecido mi sombra y mis zapatillas. Si alguna vez la veis recorriendo los caminos, preguntadle por su soledad y por los veintiún gramos que me faltan.
Carlos Miguel Hernández
Una cifra rondaba en su cabeza mientras corría, 42 kilómetros con 195 metros, distancia que separaba las ciudades griegas de Maratón y Atenas.
Tras atravesar la Plaza Mayor y una vez sofocada la emoción que sintió al hacerlo sus pensamientos se centraron en aquel mensajero griego llamado Filípides.
Atravesó a un ritmo inesperado el Puente Romano pensando que aquel soldado no podía desfallecer, las vidas de muchas personas estaban unidas a su suerte.
Los ánimos del gentío en la avenida de Portugal no alejaron de su mente la épica carrera de aquel héroe que entregó su vida para llevar a Atenas la buena nueva de la victoria frente a los persas.
Enfilando la última recta observó el rostro de su mujer. Emocionada y con lágrimas en los ojos, aplaudía. Ambos sabían que aquella llegada era la noticia de otra gran victoria. Victoria por la cual llevaban luchando muchos años.
José Andrés Castillo
Lluviosa se presentaba la jornada, pero las ganas de Mario y su hija por participar en la San Silvestre, no aminoraron sus pasos al comenzar su andadura cerca de la plaza Mayor de la vetusta Salamanca, que los conduciría al encuentro con el resto de los corredores. Él sería el guía de aquella intrépida joven de corazón atlético y futuro prometedor, cuyos augurios, a pesar de la climatologia adversa, pronosticaban una magnífica carrera.
Lourdes María Herrera Quintana
El pulso se acelera, sientes a tu corazón palpitar, el sudor resbala por tu frente y el aire comienza a faltar. El cansancio te insistirá en parar pero tu mente te obligará a continuar. Muchos todavía piensan que lo más ansiado es llegar, a la mayor prontitud posible, para la medalla ganar. Pero la verdadera meta no es alcanzar la primera posición, no se trata de competitividad. Te hablo de actitud, de esfuerzo, de superación, de no rendirse, de vencer al miedo, de no poner límites a nuestra capacidad. Porque el significado de la verdadera meta sólo la conocen los que la consiguen alcanzar.
José Antonio García Gajón
El bullicio despertaba en mí un dulce placer de victoria. Sentir que se desgastaban mis zapatillas era hermoso. Nadie podía contenerme, aunque muchos iban a llegar antes que yo. Pensar en desfallecer me aterraba; mi corazón palpitaba más rápido y el miedo se apoderaba de mí, pero la orquesta de sobrealientos a mi alrededor me animaba a seguir volando. Qué más da que mi mente dijera basta, esa terrible máquina que a veces no te deja pensar. Cuando unas vallas delimitan tu camino no hace falta preocuparse por nada más; somos animales hacia el mismo destino. No quiero esto a diario, no estoy loco, pero sentirme cual res en un desfiladero en busca del paraíso era un sueño. Crucé esa meta y ya no había vallas. Estaba en libertad conmigo mismo y con aquellos que me apoyaron. Nunca antes me pareció tan bella Salamanca, aunque se moviera tanto.
David Mangana Gómez
La chica de zapatillas rojas tiene su mismo ritmo. “Buena liebre”, piensa Nuria, y toma su estela, dejándose hipnotizar por la cadencia de sus hombros, ligeramente ladeados, por su coleta, compás de metrónomo. Sólo quedan dos kilómetros, pero Nuria recuerda el proverbio oriental: “si el camino es de cien, considera noventa la mitad”. Repite el mantra con cada bocanada, mientras la liebre cumple a la perfección.
Si Nuria flaquea, ella aprieta. Si se acelera, ella templa zancada…
Restan cien metros. Cuando Nuria se impone la orden de esprintar, en un reflejo, la liebre le imita.
Dobla velocidad y la liebre redobla.
Aprieta los puños. La liebre los exprime.
En meta, codo con codo, Nuria cierra los ojos…
-¡Te has superado a ti misma!- proclama su hermano poco después, acercándole la sudadera.
Tras masajear sus hombros doloridos, Nuria se suelta el pelo, sonríe y comienza a desatarse las zapatillas rojas.
David Domínguez Parrilla
Su vida transcurría ajetreada entre lavadoras de ropa y fogones preñados de arroz y pollo. Hacía tiempo que dejó de recordar las tardes de reunión con sus amigas entorno a un café y los fines de semana junto a su marido de senderismo por la montaña.
Todo eso quedaba ya muy atrás pues hacía años que los entrenamientos diarios y las competiciones dominicales se disputaban cada una de las horas de su reloj.
Así era su vida.
Y así era feliz.
Una sola sonrisa de su hijo tras cada línea de meta bastaba para llenar su corazón y su existencia.
José Ramón Ibor i Oroval
LA TORMENTA
No había salido el Sol. Era temprano, mientras al Norte, empujada por la Tramontana, venía una tormenta llena de aparato eléctrico. Las nubes, protuberancias cambiantes, cual buñuelos de viento. Se acercaba con rapidez. Éramos al secadero, el arroz extendido. Nadie habló, todos cogimos herramientas, nos lanzamos a recogerlo. Había que hacerlo rápido. Amenazaba lluvia, no queríamos que se mojara. Pala, rastrillo, escoba, toldo, todo, acudía a la vez. El nubarrón nos cubría. La capa caía sobre el cereal, las primeras gotas hacían su presencia. Corrimos, con gordas gotas de agua, como gorras, en la testa.
Francisco Jose Iglesias Barreiro
Después de casi un año esquivando las lesiones, sufriendo días de mucho calor y otros de demasiado frío, mi salud ha dado una mala zancada. Desde que me enterara del problema, en mi cabeza todo son dudas, y por si las mías no fueran pocas, mi familia y amigos me proporciona cada día mas. Pero hoy tengo cita con mi oncólogo y espero obtener respuesta a casi todas. Me senté enfrente de él y de repente solo se me ocurrió una pregunta, ¿podre seguir corriendo?
África Iglesias Barberán
Lograría llegar al final. No podía fallarles en eso. Estaban cansados de correr sin esperanzas y amarrar zapatos sin cordones. Cansados de llegar a una meta ficticia arrasada por el hambre y la miseria. Cansados de mirar al horizonte y ver brumas de tierra y ceniza. Brumas de sangre. Lograría llegar a la meta aunque fuera lo último que hiciera en su vida. Aún conociendo que más allá los brazos se cerraban a la lengua y los prejuicios. Agarró sus cosas y las de sus hijos y salieron a correr. Atisbando en la distancia con incrédulos ojos la frontera hacia otro país en forma de verja, en forma de meta.
Pilar Villar Moya
Corría el año 82. Mi meta era seguir ganando. Siempre he sido un mercenario de mis instintos, sin un plan de escape de mí mismo, buscando eternamente la gran revancha, ¿por qué salir de este túnel? Después de ser campeón del mundo tres años consecutivos, Lang me derrotó y me sentí acorralado. Gracias a Apollo, me dio otra oportunidad y conseguí ganarle. Me movía como un halcón y picaba como una cobra, pero necesitaba nuevos retos. Salamanca era mi destino, la ciudad de las ciencias, pero también la ciudad de los imposibles, del gran reto de los 10.000 metros. "Eye of the tiger" me acompañaba. Sabía que no sería fácil, no sentía las piernas. Pero corrí como el campeón que soy, como el hombre capaz de derrotar a la muerte en Vietnam, el especialista del máximo riesgo, un demolition man. Gracias Salamanca, gracias por redimirme. Era evasión o victoria.
Miguel Ángel Gayo Sánchez
Mi abuelo Ramón utilizaba la sinecura de su edad para abrirse paso entre el gentío y colocarse en primera fila. Desde allí observaba mejor a los corredores.
Yo, que seguía su paso a trompicones, le acompañaba a su cita anual con la San Silvestre Salmantina y me maravillaba de su sabia conversa:
–Observa a toda esta gente. Corren por placer, por puro deleite. Pero de alguna manera rinden tributo a nuestros antepasados. Y es que el ser humano un día dejó de correr, de vagar de un lado a otro, de vivir como asustado. Ese día levantó la cabeza y las bestias circundantes recularon.
Han pasado los años y ahora vuelvo sin el abuelo. Durante su enfermedad le prometí que un día correría la Sansil en su honor. Vengo desentrenado, pero correré con la cabeza alta y llegaré a la meta. ¡Aunque sea a trompicones!
Eduardo Rodrigo
Recuerdo con cierta nostalgia aquella vez que corrí la San Silvestre Salmantina y logré subir al podio. Hoy, más de una década después, la he vuelto a disputar y mi éxito ha sido mayor: he finalizado última. Mis padres han sido los primeros en presumir por toda Salamanca de que su hijo Antonio, tercero aquel año, es hoy Toni, última en categoría femenina. Sin duda, la mejor carrera de mi vida.
Susana Revuelta
En la última prueba del día, la organización había resuelto incluir en el circuito unos obstáculos para hacerlo más emocionante. Ya desde la misma línea de salida los corredores empezaban a encontrarse con serias dificultades: primero tenían que subir un barranco muy escarpado; después arreglárselas para no caer desde el puente tibetano —debajo había un pantano repleto de algas viscosas—: y por último atravesar estrechos túneles que a veces se hundían, dejando atrapados a los atletas más corpulentos. Mientras estos luchaban por salir, los otros corrían veloces para sacarles ventaja, pero los que conseguían cruzar la meta llegaban seriamente dañados.
—¡Hala, niños, recoged que nos vamos! —repetía a voces la madre mientras cerraba la sombrilla y sacudía las toallas—. Quitaos bien la arena y no os dejéis por ahí ningún muñequito enterrado, ¿eh?
Rodrigo Medina Ricas
Somos estrellas. Cometas que decidieron acelerar su paso por el peligroso cielo. Somos uno; uno porque hemos aprendido que nunca es una opción echarse atrás –que vale más una zancada hacia la meta que correr con locura hacia la casilla de huída–.
Sí. Eres. Somos. Déjalo todo y vuela alto porque ese “todo” pasa rápido y arrepentirse de rendir las piernas al cansancio no nos vale.
Aprovecha, siempre creí que los abrazos al terminar la carrera eran eternos; que no me haría falta disfrutar de cada grito. Que cada sonrisa de un hermano nunca se evaporaría de nuestra rutina. Pero sí.
La magia terminó para mí; sin embargo tú sigues siendo tiempo, aire –y no habrá reloj ni “crono" que logre encarcelarte–.
Espérame en la derrota al igual que en la victoria; esto siempre ha sido una guerra y nosotros hemos estado dispuestos a ser los más suicidas.
José María García Nieto
¡SOLO FALTABA!
...no pienso ganar. ¡Pues solo faltaba!¡Que hubiera venido ella, que buena falta le hace un poco de deporte!Si se cree que voy a ganar lo tiene claro.
¡Cuánto sudor, cuánta gente!En cuanto pueda me voy. Seguiré corriendo porque ya que estoy aquí y he traído la ropa de deporte, pues, nada, a seguir corriendo, pero a mi ritmo.
Qué extraño, no veo a nadie por delante.
Siempre está igual, haz esto y luego lo otro. Y, luego, lo de "hay que", "habría que". Yo no estoy todo el día que si hay que hacer esto o aquello, lo hago y punto. Me tiene hasta las narices. Y luego su madre. Y su madre el mismo rollo. Me tienen harto, harto,... menos mal que me estoy desfogando con esta carrera, que si no...
Ah, si es que he ganado.
¡Vaya!
¡Ya se ha salido otra vez con la suya!
Mei Morán
Si no lo saca, el dóberman se le tiraría encima. Lo deja salir para que espere a la puerta pero se le escapa. Gana la calle en un santiamén. Él, en pijama, echa a correr. El chucho tropieza con un hormiguero de atletas. Con pericia, se desenreda del mar de piernas. Le dejan paso. El hombre galopa desbocado por el mismo itinerario. La batida es implacable. El perro rasga el aire, quema el asfalto y alcanza a los que están a punto de cruzar la meta. Los deja atrás y llega antes. Dos competidores atraviesan después la línea. Un rato más tarde, el perseguidor maltrecho, hace su entrada en cuarta posición. Los fotógrafos armados de flash eternizan el momento. En la portada de la prensa local aparece la foto de Pánfilo: el cánido, subclase doméstica, que ha conseguido este año el triunfo en la carrera anual de mil metros.
Manuel Aguilar Marchal
"Sentidos y mente"
Me coloco entre cuerpos y comienzo a correr. Un paso, dos, tres, avanzo. Metros, personas, mi cabeza, olvido, lo recuerdo, mi cuerpo, lo demás, esto duele, ahora fluyo, siento cómo se balancea mi cuerpo en armonía y avanzo por Salamanca, comienzo a repasar sus calles, la Universidad, los bares, su gente, sus parques, las casas, los olores. Ya se acerca, ya está aquí, seis pasos y cruzo mi Tormes mental, justo la mitad. Aún mi cuerpo aguanta sin lamento ni tormento. Es cuestión de no rumiar, aplacar los pensamientos. 25, 26, 27, los kilómetros entrando en mi cuerpo, abdicando en cada célula. Avenida de Portugal, ¿dónde estás? 32, me asustas, muro no me detengas. Dolor insoportable, no pienses, no pienses, vamos, Salamanca, cuna de héroes. Los repaso mentalmente. 35, 36, 37… No sé qué soy. 40, 41, fin. Minutejo, voy a por ti.
Carlos Sánchez García
Su paso firme y veloz me sorprendieron. Ver correr a mamá por vez primera fue un momento mágico. Su mirada concentrada al frente me produjo curiosidad; ni siquiera el bullicio del público le distrajo durante la carrera, mucho menos el sudor que escurría por su frente nubló su camino.
Otras personas iban delante y atrás de ella, sin embargo, destacaba del grupo. Su característica tenacidad se hizo presente durante esa justa atlética.
Alguna vez, aun siendo niño, le pregunté por qué le gustaba correr; sólo atinó a responder que de esa forma olvidaba los problemas y se relajaba un poco. Pensé que si mamá podía correr diez mil metros sin detenerse, como en aquella competencia, todos sus problemas se disiparían.
Entonces, verle cruzar la meta me llenó de alegría. Su cara era un poema, entre el cansancio y la sorpresa de saberse ganadora del primer lugar. Ella es mi madre.
Bertran S
Si no fuese por Lucía no estaría aquí, piensas, colocado en un segundo plano, amontonado con otros corredores, a punto de empezar la San Silvestre. Cómo se me ocurrió venir, te lamentas mientras suena el pistoletazo y todos echan a correr. Tienes que esperarte a que se vacíe para salir, necesitas algo de espacio, y no tienes prisa, no corres para ganar. No debí venir, se repite en tu cabeza, nunca te creíste capaz, nunca te creyeron capaz. Hasta que apareció Lucía en tu vida. No existen más barreras que las que uno mismo se impone, decía, y tenía razón, y decidiste demostrarte a ti mismo que podías hacerlo. Y ahí estabas, el último, vitoreado a cada esquina, pero avanzando con la silla de ruedas.
Entonces ves a Lucía, te estaba esperando, te sonríe y corre contigo, te coge de la mano, y te dice, ves como sí podías.
Marina Bolaños
Quizás fue que nadie nunca le habló de metas. Jamás. Ni siquiera cuando apenas era un puñado de pecas entre rizos dorados, ni cuando creció y fue risa y voz grave. No cuando cayó, ni cuando falló, ni cuando nada. Nadie, nunca, se atrevió a mirarle de frente y decírselo. Algún día tendrás que parar. Vas a cansarte. La vida podrá contigo.
Quizás fuera eso lo que le hizo inmortalmente valiente, sencillamente eterno. Tal vez lo que le llevara a correr fuera que simplemente quería hacerlo. Y nada más. Supongo que quizás fuera que su alma ya corría dentro de su cuerpo, y que era cuestión de tiempo que él también acabara por hacerlo. Qué se yo.
Sólo que aquel 27 de Diciembre despegó, y voló, entre el invierno y el mundo y la gente. Y fue Navidad, y fue mágico. Porque estábamos vivos.
Amparo Martínez Alonso
¡Adelante, para delante! Correr no es de cobardes. Inspiro. Siento cómo mi pecho se esfuerza, mientras mis piernas recuerdan el asfalto de cada día y mi corazón repite el eco de los que quedan atrás. Correr no es de cobardes. Espiro. Codo con codo: Sonrisas, Sudor, Superación, San Silvestre, Salamanca… Soy uno de ellos. Porque correr es de valientes.
Mónica Rodríguez
El pie izquierdo rebotó en el piso. Paff.
Inspiró. Hmmm.
El otro pie rebotó en el piso. Paff.
Exhaló. Fuuuh.
Paff, hmmm. Paff, fuuuh. Paff, hmmm. Paff, fuuuh…
La rutina mecanizada le había servido durante toda la carrera. Y durante el último año.
Paff, hmmm. Paff, sssh. Paff, hmmm. Paff, fuuuh…
La concentración evitaba el dolor: el tirón del gemelo, el engaño, el roce de la remera, el desamor.
Paff, hmmm. Paff, fuuuh. Paff, hmmm. Paff, fuuuh…
Superó la violencia. Superó el divorcio. Superó la meta.
Paff, hmmm. Paff, fuuuh. Paff, hmm. Paff, fuuuh…
Ahora iba por más.
Paff, hmmm. Paff, fuuuh. Paff, hmmm. Paff, fuuuh …
Alberto Torre Pérez
Facturas, seguros, alquiler, comida. Encadenado a un trabajo que convierte en un miserable sueldo casi todas mis horas. Tiempo y dinero. Todo se reduce a eso.
Al menos así pensaba antes. Antes de la San Silvestre Salmantina. Nunca antes había corrido y nunca después dejé de hacerlo.
La semilla se asentó en los entrenamientos hasta que, el día de la carrera, se produjo la transformación.
Rodeado de gente, mi mente se concentraba en las pisadas, mi pecho subía y bajaba y el gélido aire se tornaba en delicado vaho. Correr se volvió algo automático, natural.
No podía parar. No quería parar. Escuchaba a mi corazón bombear apasionado; a mis pies golpear el suelo poderosos. Lentamente, las preocupaciones se fueron diluyendo. Y me sentí liberado.
Desde entonces, todas las noches salgo a correr antes de acostarme. No tengo más dinero. Tampoco tengo más tiempo. Pero soy más feliz.
José Alberto Peralta Pisfil
Faltaba pocos metros, la cinta de llegada estaba frente a mis nublados ojos. Pero mis energías corporales y espirituales ya no abastecían a mis músculos, mis tendones, mis articulaciones, mis sueños, mis promesas. Todo me flaqueaba y me alejaba de mi gran ilusión deportiva: ser el primero en esta carrera. Llegar de tan lejos para ver truncado el objetivo a escasos metros de la meta. Escuchaba el griterío de los asistentes, también sus palmas, el aliento. En mi interior me alentaba diciéndome: “Cumple tu promesa, tus padres te observan asombrados y alegres desde el cielo, a ellos le dedicaste este galardón. Sentí la voz de ellos en mi espíritu y con el último gramo de energía reservaba en mi cuerpo, me impulsé hacia la cinta de la llegada, a mi lado otro competidor hacía lo mismo. Llegué, grité pero el gentío no me escuchó, su bullicio era más potente.Gané.
José Enrique
Todos los participantes de la San Silvestre Salmantina se sorprendieron cuando vieron aparecer a aquellos tres extraordinarios corredores de fama mundial; así que todos intensificaron sus calentamientos con rostros concentrados; aunque los niños no podían dejar de mirarlos maravillados.
Desde el comienzo dos de los afamados corredores imprimieron un ritmo brutal. El tercero quedó algo rezagado, pero nunca se rendiría, poseía una voluntad de hierro, que lo hacía inmune al desaliento.
Inesperadamente, uno de ellos tuvo que abandonar, había comido demasiados burritos antes de correr, por lo que Speedy González se sintió indispuesto.
Y cuando todo parecía decantado a favor del Correcaminos, éste no pudo evitar pararse en una pajarería a picar algo. Así fue como el Coyote cruzó triunfante la meta, y eso que como siempre se había caído por un precipicio y, además, los jueces de carrera no le habían permitido usar ningún accesorio de la marca Acme.
José Enrique Medina López
Todos los participantes de la San Silvestre Salmantina se sorprendieron cuando vieron aparecer a aquellos tres extraordinarios corredores de fama mundial; así que todos intensificaron sus calentamientos con rostros concentrados; aunque los niños no podían dejar de mirarlos maravillados.
Desde el comienzo dos de los afamados corredores imprimieron un ritmo brutal. El tercero quedó algo rezagado, pero nunca se rendiría, poseía una voluntad de hierro, que lo hacía inmune al desaliento.
Inesperadamente, uno de ellos tuvo que abandonar, había comido demasiados burritos antes de correr, por lo que Speedy González se sintió indispuesto.
Y cuando todo parecía decantado a favor del Correcaminos, éste no pudo evitar pararse en una pajarería a picar algo. Así fue como el Coyote cruzó triunfante la meta, y eso que como siempre se había caído por un precipicio y, además, los jueces de carrera no le habían permitido usar ningún accesorio de la marca Acme.
CARLOS BOADA SANCHEZ
Un año más la navidad llega a la ciudad y con ella una cita especial,
El último domingo del año las ilusiones echan a volar,
La carrera va a comenzar,
Unos sueñan con ganar, otros simplemente con acabar.
Las calles están abarrotadas, los héroes marchan,
El pulso se acelera cuando a la plaza mayor llegan,
El color y la alegría todo lo impregna.
La meta está cerca aunque no es el final,
El cansancio no camufla la emoción,
La “sansil” palpita en nuestro corazón.
ANTONIO TORIBIOS GARCIA
Cuando conocí a Vera —te llamas como mi prima, bromeé— no imaginé que me vería en estas. Lo pienso mientras paso por la plaza Mayor, con el corazón queriendo salírseme del pecho. Y no de emoción —que también un poco— sino por la paliza que me estoy dando corriendo. Vera es toda una atleta y yo ni siquiera corro cuando pierdo el autobús. Pero, claro, le dije que sí, que entrenaba a diario, que me encantaba; el amor es así... de estúpido, pienso mientra enfilo por el puente romano. La catedral se recorta contra el cielo y siento que me voy a caer redondo. No sé cómo, consigo llegar hasta la plaza de Anaya y allí el cielo se precipita sobre mí con estrépito. Cuando despierto, Vera está a los pies de la cama y me mira con ternura. “Por qué...”, dice bajito. Y yo prefiero seguir haciéndome el dormido.
Aurora Martín Zorrilla
Ella no lo sabe. Desconoce que estoy aquí escondido. Se va a preocupar. Mucho. Me supondrá frágil. Pero no. ¡Al contrario! Soy todo voluntad. Y feliz. Si pudiera oírme, le diría: “Mamá, estoy bien. El corazón me asustó un poquito al principio. ¡Latía tan fuerte! Pum, pum, pum... Luego me habitué a su eco. Y ahora, uf, qué maravilla, he aprendido el esfuerzo, la esperanza, la valentía, el compañerismo. Valores que ya forman parte de mi ser, que transitan por las células cual torrente generador, que impregnan con su savia mi ADN. Sí, mamá, has corrido la San Silvestre Salmantina con mi aliento secreto en tus entrañas. Seguramente habrías desistido de conocer mi existencia. Sin embargo, yo me alegro porque el trofeo que obtuve es indeleble, florece su raíz valerosa en mi hálito. Sí, soy todo voluntad. Y feliz. Tranquila mamá, nos vemos en nueve meses”.
Luis Miguel Macías Vicente
¡Bum-bump! ¡Bum-bump! Apenas quedan segundos para comenzar. No es la primera vez que me enfrento a una prueba así pero estoy nervioso. Mi corazón late deprisa. Mis piernas esperan, tensas, a que se dé el pistoletazo de salida para recorrer la ciudad entre el calor y el clamor de la gente. Ya no queda nada. Es la hora. Mis piernas se ponen en marcha una vez más, como si fueran meros autómatas, con el único fin de hacerme sentir especial al recorrer todos aquellos lugares repletos de gente que te llevan en volandas a la meta. Ya no estoy nervioso, quizá esos halagos y aplausos anónimos tengan mucho que ver.
¡Bum-bump! ¡Bum-bump! Mi corazón late deprisa por correr, por toda esa gente que te hace sentir, que te hace emocionarte mientras atraviesas las calles de Salamanca.
RAFAEL COBAS CAJUSO
Horas y horas de entrenamiento. Mucho sacrificio. Eterna lucha por bajar un segundo . Valió la pena. Claro, ganar endulza y mitiga los esfuerzos. Mi prueba los 10000. Resistencia y a trescientos metros de meta un cambio de ritmo demoledor. Un palmarés repleto de victorias. Presentir el final de mi carrera me aterraba. ¿Cómo vivir sin correr? Sentía pánico. A pesar de mi humildad me había acostumbrado a la presión de competir y de ganar y también al aliento de mis seguidores, al clamor de mi público. Todo se acababa, se desmoronaba mi castillo de naipes.
Hace ocho años que dejé el atletismo. Mañana es 27. No correré la San Silvestre en mi Salamanca natal. Ya no lucharé por bajar un segundo en mis queridos 10000. Vaya ironía. Ahora procuro que esos 10000 duren lo más posible al lado de mis paisanos. Recibiré elogios a mi paso... disfrutaré como nunca.
Raúl Clavero Blázquez
Comenzó en enero, como propósito de año nuevo. En febrero cada zancada le llenaba de alfileres. Marzo trajo lluvias, alguna tarde de sofá culpable, un esguince. Con la excusa de su cumpleaños, en abril recibió de su mujer unas zapatillas nuevas. En mayo descubrió con sorpresa que le volvían a cerrar en la cintura algunos pantalones viejos. Junio fue calor, chicas en mallas, trotes desbocados por el parque. En julio a Nerja, como siempre: chiringuitos, conciertos, poco footing. Agosto le obligó a recuperar el tiempo perdido: sesiones dobles. En septiembre sus cuádriceps ya le parecían ajenos, ¿de dónde habían salido? Octubre fue el mes de su primera carrera popular. En noviembre hizo cinco kilómetros en veinte minutos y se supo preparado. Por fin llegó diciembre y con él, aquello para lo que había estado entrenando: las compras navideñas. Sí, estaba convencido, esta vez lograría encontrar a tiempo todos los regalos.
David Barreda Rocamora
Nunca me había planteado como lo viviría, prefería hacer como que no llegaría el día, aunque algo por dentro se obstinaba en recordarme que todo acaba pasando. Había perdido ya la cuenta de las carreras vividas pero podrías contarlas, pues en la ambulancia llevamos un recuerdo de cada una. Aunque aquel día me llevé el peor de todos. Encontré la nota aferrada a su puño clamando: “tranquilos, ya soy libre”. No pudimos hacer nada por el, igual que su doctor no consiguió convencerlo de que debía dejar de correr. Pero ¿que es la vida sino morir viviendo de verdad? Eso escribí en el reverso de la nota que ya siempre nos acompaña, para no perder el rumbo.
Gustavo Adolfo Ramírez Morales
Tal vez se llamaba Suerte aquella maestra que de niño lo incitó a practicar atletismo. Corrieron juntos hasta que él ganó una competencia escolar, y luego una carrera estatal, y una medalla olímpica, y rompió todos los récords mundiales. Cumplió cada uno de sus sueños. Viajó por el mundo y sólo con la fuerza de sus pies. Era un chico normal, como cualquier otro, pero podemos decir que él ha corrido con suerte.
Víctor Omar Dabbagh Rollán
Quedan 10 minutos para que suene el despertador. Llevo ya más de media hora dando vueltas en la cama a causa de los nervios. No es mi primera carrera en este año, pero sí que es la más especial, porque la corro en mi tierra después de estar un año lejos de ella. Me imagino que, como yo, hay muchos que tuvieron que salir fuera, despedirse de nuestra ciudad, nuestras plazas, catedrales, ranas y conchas, para ganarse las habichuelas, pero que hoy, gracias a las vacaciones de navidad, vuelven al hogar. Hoy se nos da la oportunidad de correr todos juntos por estas calles añoradas, por estos lugares históricos y emblemáticos que nos traen a la memoria recuerdos de nuestra infancia. No puedo esperar más. Desconecto el despertador antes de que llegue a sonar y me levanto. La San Silvestre Salmantina me espera. Allá voy.
Sol Aguirre Gutiérrez
Hace 30 años nos convenció a todos para correr con ella la primera San Silvestre. “Antes corría para huir, ahora corro para llegar” decía con cara de frío mientras el vapor salía de su boca y daba saltitos para calentarse. Yo, que no levantaba un palmo del suelo, disfrutaba embelesada aquel entusiasmo de mi madre.
Hoy tu abuela sigue corriendo. Lo hace porque le gusta, porque siente esa libertad que no siempre disfrutó y por la que tanto luchó.
Hija mía, hoy vas a correr con nosotros por primera vez y no lo harás para ganar, sino para superarte a ti misma, para elegir tu meta y tu camino. Correrás porque te gusta y para celebrar esa libertad que tú siempre tuviste gracias a otras que corrieron para conseguirla.
Isabel Simal López
Sacrificio, esfuerzo, valor y compromiso es lo que veo cuando después de cada jornada laboral no tiene pereza para salir a entrenar. El cansancio está patente, pero las ganas por mejorar vencen. Y los fines de semana no descansa, sino que son mayores los madrugones y las palizas para las piernas. Tiene mucho mérito lo que hace, aún más cuando lo hace por placer. Escogió este deporte para relajarse y ha alcanzado el nivel que roza la profesionalidad. Ahora toca prepararse para la carrera más importante del año, la última. Todo el pueblo está pendiente y los vecinos animan desde las calles a sus participantes locales. Él quiere ganar, esta vez no participa, esta vez compite. Le veo colocado en la primera línea de salida, coge buen ritmo, buena marca en la primera vuelta, el agotamiento está presente, llega machacado… pero en primer lugar. ¡Felicidades campeón! Aquí está tu recompensa.
Gonzalo Puig Jimeno
Hace frío fuera, hoy ha costado salir de la cama, quizás he remoloneado más que de costumbre entre las sábanas, quizás consciente, quizás aposta. Avanzo torpe hasta la cocina para prepararme algo caliente, bebo con calma tensa mientras ojeo el periódico de soslayo, como el que teme ver una noticia que ya espera pero que no desea. Dejo el vaso y las migajas en la mesa.
Dudo y pienso, desciendo en ascensor hasta el portal, entonces comienzo a aplaudir. Está pasando mi querida San Silvestre Salmantina, la que tanto he corrido, la que tanto quiero.
La que este año he tenido que abandonar a la fuerza de lesiones, a la que el próximo año volveré a retar.
Alberto García
No es que le enojara llegar último, a lo que no estaba dispuesto era a no llegar. Por eso, cuando arribó a la meta solo estaban allí los trabajadores que limpiaban y levantaban toda la infraestructura del festival. Hasta el arco de llegada estaba desarmado .El podio todavía lo esperaba, mas no había nadie para recibirlo .Eso no le importó. Subió al podio, ensayó una gran sonrisa, o algo similar, para la parafernalia de fotógrafos y cámaras imaginarias, y, con desfallecido aliento levantó las manos al cielo. También la vista. Ahora sí la sonrisa era verdadera en su rostro, detrás de una nube un sonriente Abebe Bikila lo animaba a encaramarse al gran podio infinito.
Ana Maria de Cecilia San Román
Allí viene el último. Bueno, en realidad son dos, uno parece que desfallece y resopla y el otro, a su lado, le alienta con su presencia y apoyo.
Los veo venir, zancada corta, rostro de esfuerzo, calor y frío a la vez, sufrimiento y esperanza.
-Todo el que llega es fuerte –les digo cuando pasan frente a mí-. ¡Ánimo!
El que va mejor me sonríe y musita: gracias. El otro no puede hablar, sólo levanta ligeramente la mano y la choca con la de mi nieto que se la tiende con timidez.
Me alegro de quedarme hasta el final. Las personas que se esfuerzan merecen respeto, admiración y recompensa.
En la San Silvestre podemos participar todos.
Yemila
Venga, sé que puedes. Unos pocos metros más y todo habrá terminado, ¿no te das cuenta? Yo te ayudaré a incorporarte. Venga. Pero si eres un corredor excepcional. Piensa en tus más dolorosos maratones, en tus más penosas carreras, cuando tu extenuado cuerpo pugnaba contra tu mente por claudicar. Pero tu prodigiosa cabecita no le dejaba, le ordenaba que siguiera en pie contra la gravedad y los elementos. Y recuerda a tus padres, y a todos los que no han podido acompañarnos. Si has sido capaz de atravesar abismos de agua y tierra para alcanzar la dicha que te mereces, ¿de veras que te rindes ahora? No lo pienses más. En unos segundos cerrarán la valla definitivamente y si no la cruzamos, tendremos que volver a casa, donde la Muerte alcanza hasta a los más rápidos. Ésta es tu última oportunidad, tu postrera carrera. Así que, ¡levántate y corre, hermano!
Saúl Martín Fernández
Miento cuando digo que me encanta correr. Miento cuando digo que casi no tengo frío. Cuando digo que aún no estoy recuperado de la lesión que tuve en la rodilla este verano. Miento, y mentiré. Mentiré cuando diga que apenas he sufrido. Y que no, no estoy cansado.
Miento. Y Volkswagen también miente. Y Rato. Y Pujol. Y los bancos. Y las cajas. Y la tele. Y los periódicos. Y la radio. Y los bancos. Y las cajas. Todos. Y mi jefe.
Miento, pero, no es por nada, prefiero las mentiras de domingo por la mañana.
Rodrigo Plauchú Chávez
“Ya retírese viejo, sólo estorba a los verdaderos competidores”. El anciano se mostró un poco triste ante la grosería de aquél joven atleta, pero siguió su camino, a paso lento pero seguro. Más adelante, se encontró con un equipo de paramédicos en medio de la pista, atendiendo a un sujeto. Era el joven.
Entonces, el anciano comprendió las palabras que su padre le había dicho varios años atrás:
“La vida no se trata de ganar la carrera, sino de terminarla.”
Isela García Muñoz
Como todas las mañanas salí a correr a las siete, me preparaba para el próximo maratón. Al empezar la segunda vuelta al parque me di cuenta que un hombre, se incorporaba a la carrera, giré y no distinguí su cara. No le tomé importancia, me detuve a beber agua, él hizo lo mismo, cuando empecé a correr, él también, volví a detenerme y me imitó, pronto me di cuenta de que copiaba cada uno de mis movimientos. Me di la vuelta de inmediato, él también, ahora yo corría a sus espaldas, pero seguía imitando mis movimientos aunque no era capaz de verme, intenté alcanzarlo y él aumentó su velocidad al igual que la mía. Caí por accidente, cuando levanté la cabeza él estaba ahí tendiéndome su mano, lo reconocí de inmediato, el maratón anterior no me detuve a ayudarlo y me quedé con su lugar en el pódium.
José Manuel Gómez Vega
Pun pun, pun pun… escucho mi corazón, siento mi pulso. Clavo mis ojos en el dorsal de enfrente. Acelero el ritmo y mis piernas obedecen como esos caballos que mueren reventados. El público jalea, huelen la sangre.
¡Pun pun, pun pun…! Lo tengo a tiro. Dudo: justo, muy justo. Hago de tripas corazón y meto otra marcha.
¡PUN PUN, PUN PUN…! Mi boca recuerda la tobera de un reactor. Es una locura maravillosa. Se gira, su gesto descompuesto. En mis ojos ha visto un brillo depredador, el ocaso de su derrota. También él bracea, desesperado.
¡¡PUN PUN, PUN PUN…‼ ¡Vamos, un último esfuerzo!
Los chips confirman que cruzamos la línea de meta a la vez.
Entre los últimos y fuera de control. Pero qué lucha, señores, ¡qué lucha!
Lorenzo Fernández Gómez
Hace frío pero yo tengo calor. Uno, dos, tres, cuatro, uno, dos, tres, cuatro... Llevo buen ritmo y la marea humana que inunda las calles me arrastra con sus gritos y ánimos. Mis piernas no pesan y mis pies parecen volar.
No sólo hay piedra bajo mis zapatillas, las más bellas se levantan orgullosas a mi paso, haciendo aún si cabe más épica mi carrera. Veo cerca la meta pero no quiero que esto termine. Hoy no corro para competir ni ganar, lo hago para compartir mi afición y disfrutar del deporte con mi familia y amigos. Hoy corro en casa, este es mi territorio: Salamanca.
Medio centenar de recién nacidos esperan pacientemente en la línea de salida. Los más atrevidos gatean y avanzan dando sus primeros pasos. Unos metros más adelante niños y niñas gritan, saltan y ríen mientras corren. Persiguen a un grupo de jóvenes, que se miran unos a otros con curiosidad mal disimulada, que exhiben sonrisas y galanterías y promesas de felicidad eterna. Más allá los adultos, que no dudan en volver la cabeza para ver la distancia ya insalvable que los separa, marcan un paso cómodo pero al límite de su resistencia. No como los mayores, hombres y mujeres que aceptan con calma arrugas y achaques, que ya ven cerca la línea de meta y aflojan el ritmo, detienen sus pasos y, educados, se dicen unos a otros: tú primero, por favor, tú primero.