El jurado del XIII concurso de microrrelatos San Silvestre Salmantina estuvo integrado por:
El jurado reconoció la excelente participación en esta XIII edición, en que no solo se mantiene la tendencia al alza de los relatos presentados cada año, sino que su número se ha incrementado de manera extraordinaria pasando de los 369 relatos de 2024, a los 611 de esta edición.
Otro aspecto significativo fue lo ajustado de las votaciones pues, en los puestos con derecho a premio en metálico, se produjo un triple empate entre los votos obtenidos y el número de jueces que los votaron, que tuvo que resolverse por el voto de calidad del profesor Escandell, presidente del jurado. Una muestra más de la igualdad en los relatos más valorados es el texto que merece la mención especial, que no consiguió entrar en el podio final por un solo voto de diferencia.
Se indican a continuación, los relatos destacados y la relación de otros que también obtuvieron votos del jurado. Su publicación en la revista, como se establece en las bases, queda condicionada al espacio disponible y que en esta edición se realizará exclusivamente en formato digital.
Primer premio
Apagó el despertador mucho antes de que sonara. Se deslizó despacio fuera de la cama para no perturbar a la oscura figura extendida a su lado. Lo hizo por costumbre, porque en realidad sabía que no despertaría. Hurgó en el fondo del cajón y extrajo el dorsal. Allí había permanecido oculto para que él no pudiera prohibirle participar. La sonrisa culpable se convirtió en risa de satisfacción cuando se miró al espejo, preparada ya. Las mallas de color brillante que no tenía permitido usar, el impensable top, las zapatillas recién compradas.
Acomodó su pelo largo en una coleta. Usó una capa precisa de maquillaje para disimular con maestría el último golpe. Sabiendo que era exactamente eso: el último. No se despidió del cuerpo inerte de la habitación.
Al salir de casa, el cielo de Salamanca le confirmó que ese era el día. Ya podía correr su siguiente carrera.
Segundo premio
Primera zancada. Pienso en la condena de recordar hasta lo ínfimo. Kilómetro uno. Olvidé comprar calabacines. Kilómetro dos. Bob Dylan no contesta. Kilómetro tres. Medio corazón del país anda encogido por que Chenoa y Bisbal canten juntos, quince años después. Kilómetro cuatro. Todos los humanos atacados por tiburones coinciden siempre en afirmar que el mordisco nunca es doloroso. Kilómetro cinco. Bebe, bebe; atento a los electrolitos. Kilómetro seis. El canto del pato no tiene eco. Kilómetro siete. ¿Cuánto me quedará de pensión? Kilómetro ocho. Me digo: Vigila la diaforesis. Kilómetro nueve. Messi se tiñó de rubio platino. Cruzo la meta. Recojo la presea. Sonrío a los fotógrafos. Bajo del pódium. Sigo corriendo hasta el geriátrico. Mamá me espera sentada bajo aquel precioso plátano de sombra. “Bonita medalla, joven. ¿Me dejará desenvolverla? ¿Compartimos a medias su chocolatina?” Vuelvo al kilómetro cero. Pienso en la condena de no recordar.
Tercer premio
Diez horas llevaba corriendo sin parar. Estaba exhausta y a punto de desfallecer y no conseguía darle esquinazo. De nada había servido deshacerse de su querida guadaña, cambiar su indumentaria negra por un chándal y un dorsal e introducirse entre los asistentes de la San Silvestre Salmantina para despistarlo. El suicida la perseguía desesperado y estaba a punto de ganar.
MENCIÓN ESPECIAL DEL JURADO
Quiero ser libre.
No quiero ser marioneta de nadie.
Quiero escuchar el susurro del viento.
No quiero grilletes mordiendo mi alma.
Quiero correr por espacios abiertos.
No quiero vestirme de claustrofobia.
Quiero correr bajo la lluvia. Quiero sentir nieve en el pelo.
No quiero aliñar con mazmorras mi tiempo.
Quiero acariciar la barrera del sonido.
No quiero entrar en vía muerta, ni quiero frenos.
Quiero ser una persona.
No quiero ser un dibujo animado.
Quiero salir de este Cinexin.
Belén Conde Durán
Va siempre al galope, como si le faltase el tiempo, más que el aire. Corre hacia atrás como si temiese darse de bruces con el futuro, y solo hallase seguridad en los pasos ya recorridos. Durante su marcha no extiende mano alguna, porque no es partidaria de carreras de relevos, y mucho menos de deportividades sentimentaloides. Piensa que la juventud es un estertor que le será arrebatado cuando menos se lo espere, y por eso ha de seguir trotando, para que no la pillen desprevenida; para que no le roben los días consumidos.
Espero que un día se dé cuenta de que no puede ganar la carrera.
Gonzalo Prieto Barrera
Soy reo de tu prisión señor Director y admito que debo la vida a mis piernas... Ellas me apartaron de las balas cuando un mundo en caliente quiso hacer justicia. Traído,"AQUI ENTRA EL PECADOR Y SALE EL HOMBRE BUENO",las nutro y arrullo para el momento oportuno...
...Sí, las piernas para un convicto son sagradas porque apetecen la libertad y más si el encierro ha sido injusto...
Sí, es ahí cuando el desgraciado pierde su fe en la justicia y añora un descuido del penal para correr y salvar las alambradas que lo amansan...
...El correr lo inventó Dios para ahuyentar al hombre de las amenazas, los atropellos, los terremotos, la muerte inminente... Es el cansancio noble que traspasa sin sangre lo dogmático, las barricadas y con el cual me estoy liberando de esta pena sempiterna; cosa que cuando despiertes, sea un pecador menos para contar mañana, señor Director.
Gonzalo Prieto Barrera
Soy reo de tu prisión señor Director y admito que debo la vida a mis piernas... Ellas me apartaron de las balas cuando un mundo en caliente quiso hacer justicia. Traído,"AQUI ENTRA EL PECADOR Y SALE EL HOMBRE BUENO",las nutro y arrullo para el momento oportuno...
...Sí, las piernas para un convicto son sagradas porque apetecen la libertad y más si el encierro ha sido injusto...
Sí, es ahí cuando el desgraciado pierde su fe en la justicia y añora un descuido del penal para correr y salvar las alambradas que lo amansan...
...El correr lo inventó Dios para ahuyentar al hombre de las amenazas, los atropellos, los terremotos, la muerte inminente... Es el cansancio noble que traspasa sin sangre lo dogmático, las barricadas y con el cual me estoy liberando de esta pena sempiterna; cosa que cuando despiertes, sea un pecador menos para contar mañana, señor Director.
MARÍA JOSÉ VIZ BLANCO
Una suave brisa acompaña mis movimientos. Paladeo libertad y orgullo, a grandes zancadas. El gemelo izquierdo parece resentirse pero, a pesar de la molestia, estoy determinado a acabar la carrera. Recuerdo cuando llegué, hace seis años, desorientado y con temor, a esta ciudad. En los comienzos, recibí algún rechazo y me sentí arrinconado, como un trasto inútil. Mis rasgos orientales y mi escaso conocimiento del español, en aquellos tiempos, alimentaban dicho aislamiento.
Hoy, en la San Silvestre, quisiera demostrar que soy un salmantino más. Que “El chino” es un japonés de origen completamente enamorado de la arquitectura, la gastronomía y hasta de la crudeza del invierno castellano.
El dolor aumenta. Está claro que es una rotura fibrilar. A falta de dos kilómetros, me veo obligado a retirarme. Espontáneamente, el público me aplaude y vitorea. Yo, feliz, sonrío y saludo. He ganado mi propia carrera.
Carlos Miguel Herrera Molpeceres
¡ Tras una carrera meteórica, consiguió la victoria !. ¡ Lo logró por fin !. Sus piernas, fuertes y robustas, habían devorado los kilómetros de prueba, los diez, pulverizando su registro personal. ¡ Como un bólido de Fórmula 1, la había disputado !. En meta, felicitaciones y parabienes. Era una persona laureada, victoriosa, Paco había superado en línea de llegada a seis mil personas, sufridas y agotadas. De repente todo se desvaneció, como un castillo de naipés, ¡ había sido un sueño ........!.
HEVAOS
Me lo encontré en la última San Sivestre y la cara de pillo no le había cambiado.
Corrían los años sesenta cuando coincidimos en el Milagro. Su cojera no era impedimento para jugar ni para dar bromas y hacer perrerías a sus compañeros. A él no le importaba que le llamaran Renco ya que decía, que le gustaba más que su horripilante nombre de pila.
Yo pensé ¿Dónde irá este hombre a correr con esa cojera?
Como siempre los primeros kilómetros los hice a tope, pero a mitad de carrera ya estaba reventado y en esos momentos alguien me adelantó y me saludó con un "Bye-Bye" y ¡era el Renco! que con su baile de carrera tan especial me había dado una buena pasada. Quise seguirle todo rabioso sacando fuerzas de flaqueza, pero me fue imposible. El terminó más fresco que una lechuga según me dijo después en línea de meta.
Juan José García Izquierdo
Con las gotas de sudor cayendo por la cara, y con los pies doloridos pisando las centenarias calles de la ciudad, llegaba a la meta de la carrera. Los músculos, agotados, se me agarrotaban impidiéndome avanzar, y el disfraz de vikingo hacía que el calor fuera insoportable. Los últimos metros se hacían eternos. "Podré llegar" me decía a mi mismo mentalmente.
Lo conseguí. Llegué a la meta. El último de todos los corredores, pero conseguí terminar.
cristina sanfélix madrid
Al ruido del disparo me lanzo al asfalto. En mi walkman marco el play y la casete comienza hacerse oír por mis oídos. El ruido del tumulto desaparece de mi mente. Empiezo pisando bien fuerte al compás de Qween y mis zapatillas Jomas se adaptan perfectamente a mis piernas.
Por megafonía apenas escucho cómo va transcurriendo la carrera. No me importa. En mi música, Madonna me marca el ritmo. Y aunque haga frío sé que mis piernas resistirán.
La cinta de la casete se ha enganchado y Michael Jackson se repite una y otra vez en mi cabeza. Me quito los auriculares al llegar a la meta. Silencio. Nadie me espera. Pero acabar el último me da igual. Me siento en el suelo y mientras me retiro las prótesis, las últimas horas del 1984 se marcan en mi reloj. Y sonrío. Un nuevo año empieza para mí.
LUR TORRALBA
Con el pistoletazo del principio, mi corazón salió disparado dispuesto a no dejarse ganar. Noté el vacío, gran dolor por su ausencia y pensé que nadie puede alcanzar ninguna meta descorazonado. En mi dorsal coloqué su nombre para gritarlo a cada zancada. Pasaron por mis retinas kilómetros de mi vida a cámara lenta. Me dio tiempo de arrepentirme de los errores, de sentir nostalgia por las oportunidades perdidas. A escasos metros del final lo vi esperarme rodeado de un grupo de sanitarios que lo vitoreaban para devolverlo a la vida. Se subió al podium de mi pecho en pleno infarto y juntos saboreamos los aplausos del público que intentaban retenernos tras cortar la cinta. La sirena de la ambulancia atravesó la ciudad a la carrera donde perdió la señora de la guadaña. Ganó la medalla el médico más rápido de urgencias pues gracias a él que vivo.
Reme Gómez Llopis
-No te he visto entre los inscritos de la San Silvestre y me ha extrañado, porque tú corres, ¿no? – su corazón no corría, galopaba. Pensó: voy a desmayarme. Recordó las veces que su mente le decía que no podría aguantar un kilómetro más y su cuerpo la desmintió. Como ahora.
-Es que me he lesionado el tendón de Aquiles, y aún no sé… – dijo haciendo un esfuerzo físico sobrehumano.
-Así que es cierto que los héroes sois mitad humanos – dijo sonriendo y achinando aún más sus demoledores ojos de miel.
Recordó la leyenda de Aquiles; cómo, buscando la inmortalidad, su talón se convirtió en la única parte vulnerable de su cuerpo.
Contempló con cara de alelado a Teresa alejarse en dirección a clase, sabiéndose observada, regalándose a sus ojos. Y comprobó maravillado cómo su talón de Aquiles seguía latiendo como un loco en la parte izquierda de su tórax.
Mª del Rosario Val Gracia
Era su mayor ilusión, pero se fue antes de que llegara el gran día. Comida por la tristeza, guardó los dos dorsales… que terminaban en 38 y 39, casualmente el mismo número de años que estuvieron casados, en una cajita. Esta sería la primera convocatoria a la que no acudirían. Incluso, dejó de ir a su panadería favorita porque en la puerta la anunciaban: “XXXIII San Silvestre Salmantina”. No quería oír hablar de carreras.
Nos tenía preocupados. Mamá ya no sonreía. Ni siquiera salía a pasear, decía que no tenía cuerpo para nada.
Como cada año nos situábamos cerca de la meta y disfrutábamos del evento con nuestros pequeños. Mi marido fue el primero en verla. Llegaba exhausta. Me acerqué a abrazarla. El sudor pintaba su cuerpo. El corazón se le escapaba del pecho, pero sonreía, pletórica. En su espalda llevaba su dorsal, debajo… el de papá.
Anna Oliveras Paré
Nadie entendió por qué ese corredor se quedaba en la línea de salida, atándose los cordones, como si no hubiese tenido tiempo antes de escuchar el pistoletazo de salida. Aun así, durante el transcurso de la carrera, los demás participantes fueron cayendo uno a uno en el suelo, abatidos por el humo misterioso que un espectador camuflado, con un vestido azul, larga barba blanca y un sombrero puntiagudo, echaba en el agua de los atletas justo antes de llegar a la meta.
Al día siguiente, un niño se acercó al flamante ganador y le dijo:
—Profesor Gabriel, gracias a la cursa de ayer, entendí mejor la fábula de la liebre y la tortuga que cada día nos cuentas en clase.
Y entonces, Gabriel se preguntó qué habría hecho mal. Él solo quería demostrarles que el mago Merlín existía de verdad.
Dulce María Ballester Alarcón
PUM. Con el pistoletazo de salida la tiara cayó al suelo. El sonido de los pliegues del real vestido despertaban expresiones de incredulidad a su paso, al tiempo que la velocidad sacudía sus cabellos dorados cual rayos de sol, enmarañándolos sin piedad, casi con gracia. Sus labios rojos cual carmín reflejaban el esfuerzo de estar viva, de huir de la sombra de aquel sueño maldito que la amenazaba. El tiempo de algodones había pasado. Sumaba los km por ella.
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La antigua princesa corría porque así debía ser, porque ella contaba en el mundo, y nada iba a detenerla. Nada. El reguero a sanguinolento de cristales rotos que sus pies, ahora descalzos, dejaba atrás, era la mayor prueba de ello.
Alba Moya Álvarez
Era un día de 1984 y un joven murmuraba mientras se ponía el dorsal número 389. ¿Por qué le habría tocado el último? ¿Indicaba esto que tendría Prosperidad en la carrera, que ganaría? Una vez que dieron la salida, corrió por las calles de su amada Salamanca, envuelto en las Delicias que presentaba la ciudad –y que todos sus habitantes ya conocen. Después de dos barrios, pasó por delante de una Iglesia, donde se colaba el sol enfocando a una mujer que rezaba a San Isidro. Fantaseó con que, si llegaba el primero, quizá lo esperaran con la alfombra hecha un Rollo color burdeos que se extendería a su llegada. Cómo iba a imaginarse el ganador de ese año que hoy seríamos más de 6500 personas acompañando a la querida Sansil.
Miguel Bravo Vadillo
Correr me ha hecho vivir experiencias inolvidables. He conocido distintos lugares y culturas, he hecho amigos de todas las razas y condiciones. Incluso conocí al que ha sido el hombre de mi vida en una maratón, ese hombre que ahora recorre las silenciosas calles de la muerte. Dicen que quien corre huye de algo, yo corro para mantener viva la llama de su amor. No busco competir, como no sea contra el olvido. A mis setenta años me basta con llegar a la meta. Pero nunca lo importante es llegar el primero o la primera, sino llegar. Importa dejar tu huella sobre el asfalto como quien deja su huella en la vida. Esa es ya una gran victoria que muy pocos saben apreciar. Él sabía hacerlo, por eso siempre corrió a mi lado; y por eso mañana lo llevaré en el corazón. Su recuerdo marcará el ritmo de mis latidos.
María José Lombraña de los Ríos
Juliana se levanta al alba, se pone las zapatillas y corre durante una hora, siempre por la orilla del río Tormes. Después se ducha y va al trabajo. Enseña español para extranjeros en una de esas academias que se han puesto de moda en los últimos años. Sigue esta rutina día tras días desde que le diagnosticaron un tumor en el pecho izquierdo. El oncólogo recomendó hacer ejercicio diario y Juliana lo sigue al pie de la letra....kilómetro tras kilómetro...su máxima aspiración es ir al maratón de Nueva York pero mientras tanto se conforma con la San Silvestre Salmantina que, francamente, no está nada mal.
Raúl Garcés Redondo
La junta directiva se reunió con carácter de urgencia. Habían adquirido los derechos televisivos de la San Silvestre Salmantina pero en los últimas ediciones los niveles de audiencia habían experimentado un descenso progresivo. Tenían que hacer algo y rápido. Coincidieron todos en que debían darle más emoción al evento. Y se les ocurrió introducir una manada de leones que persiguieran a los participantes. Pero pese a lo novedoso de la idea, la respuesta de los televidentes no fue la esperada. Establecieron entonces que los corredores cruzaran un caudaloso río repleto de cocodrilos. Pero ni con esas. Y es que olvidaron que a pesar a lo que afirman las encuestas, nadie ve los documentales de animales de la 2.
Yolanda Millas Alonso
Paseo de San Antonio. Empieza la carrera. Me encuentro bien. Muy bien. El color gris del día. El gentío. Expectación.
Plaza Mayor. Me siento ligero. Veo las caras de los espectadores. Felices.
Paseo del Congreso. Puedo notar el sudor en mi cuerpo. Se mezcla con el olor de mi camiseta. Con el olor del frío. Cansancio. Conversaciones, voces, sonrisas.
Cuesta de Oviedo. Solo escucho mi corazón: bum, bum… lo siento en la sien. Como un tambor de tamaño diminuto, tocado por unos palillos aún más diminutos. Sigue en la sien. Aplausos.
Avenida de los Comuneros. Desfallezco. Me alientan. Me recupero torpemente. Continuo.
Paseo de San Antonio. Sí, lo puedo ver. Ahí está. La meta. Muchedumbre que se agrupa alrededor. Bullicio. Risas. Abrazos….
Todos hemos participado. Todos dejamos huella.
Belén Sánchez Humanes
Cuando Mercurio decidió participar en la San Silvestre Salmantina, los demás inscritos protestaron. Competir con alguien que lleva alas en los talones no es muy alentador, que digamos. Mercurio se entrenaba en la Aldehuela, más por presunción que por necesidad de prepararse, dejando atrás a atletas y velocistas. Unos días más tarde apareció, en las listas de inscritos, Flash, el superhéroe, que ni siquiera se tomó la molestia de entrenarse. Y, a tan solo un día del cierre de inscripciones, el nombre del Correcaminos, seguido, cómo no, del sempiterno Coyote, acabó de intimidar al resto de participantes. El día de la carrera, reporteros de todo el mundo acudieron para retransmitir el espectáculo. ¿Quién se alzaría con la victoria? El día amaneció frío. Muy frío. Una niebla helada invadía las calles. Y por eso ganó Manuel González, frutero de la plaza de la Fuente: el único que llevaba gorro.
Miguelángel Flores
Sabía de madres que amenazan con lanzarse al tren, con tomar pastillas o tirarse por el balcón. La mía siempre advertía que un día saldría corriendo. Y lo hizo.
Primero dio una vuelta a la manzana, pero enseguida volvió a hacer la cena y echar las lentejas en remojo antes de acostarse. Otra vez, también harta, recorrió todo el barrio. Luego se apuntó a una carrera de madres. Después, de personas en general. Llegaron las populares. Y su vida se fue llenando ahora de maratones. Una tarde habló de correr el Camino de Santiago. Mi padre gritó que ya se estaba pasando. Ella no contestó, después de quitarse el chándal, se puso a limpiar la campana extractora. Un atardecer no volvió. Papá, que nunca entendía nada, se fue a Galicia a buscarla. Pero yo cada noche me tumbo mirando el firmamento, esperando verla pasar corriendo, feliz por la Vía Láctea.
HUMBERTO BELENGUER AGUILAR
Si correr es de cobardes, aquí no quedan valientes, termina de sonar la señal de salida y nadie quiere ser el último, pero por más que lo intento, no logro estar en primera línea, lo que me consuela, es el saber que he cambiado por el camino algo de colesterol, y alguna grasita despistada, y lo he reemplazado por salud, que no es poco, también ha resultado gratificante, el haber ganado compañeros de pantalón corto, y mil sueños, sueños que posiblemente no se harán realidad, porque me da la sensación que esto es como la política, siempre ganan los mismos.
He estado pensando en intentar copiar los hábitos de los ganadores, por si da resultado, pero al final he optado por comprar unas zapatillas nuevas y darle los buenos días al sol todas las mañanas, he obtenido el mejor premio, mi satisfacción personal.
Modes Lobato Marcos
Quiero ser libre.
No quiero ser marioneta de nadie.
Quiero escuchar el susurro del viento.
No quiero grilletes mordiendo mi alma.
Quiero correr por espacios abiertos.
No quiero vestirme de claustrofobia.
Quiero correr bajo la lluvia. Quiero sentir nieve en el pelo.
No quiero aliñar con mazmorras mi tiempo.
Quiero acariciar la barrera del sonido.
No quiero entrar en vía muerta, ni quiero frenos.
Quiero ser una persona.
No quiero ser un dibujo animado.
Quiero salir de este Cinexin.
Álvaro Rodríguez Bonilla
No puedo dejar que me alcance, no solo por la promesa a mi familia si no por que solo quedan 2 kilómetros por recorrer. Llego a la meta sometido a una inmensa felicidad y por primera vez lo puedo decir, hoy gano yo y pierde el cancer.
Miguel Hernandez Garcia
Ya no voy a mirar el reloj, ni quiero casi mover las pupilas a los lados. Prefiero fijar un punto, desenfocar y continuar de un modo inconsciente. A pesar de quedarme atrás en la salida, previendo lo que sucedería, me ha ido adelantando todo el mundo, hasta los que van disfrazados de Papá Noel y de radar de tráfico. Otro habría parado, y no niego que me lo he planteado, pero no siempre gana quien llega el primero. Es precisamente el vencedor, un treintañero espigado, el que espera en la meta contigo de la mano, algo que destacan desde la megafonía en la línea de meta. Al cruzar sé que he alcanzado mi objetivo: han hablado de tu problema y han mencionado la web donde la gente puede colaborar para conseguir que te cures. Tu sonrisa me enseña que hay farolillos rojos más brillantes que cualquier medalla de oro.
Héctor Bayón Campos
A Miguel, un joven estudiante de Humanidades, eso del deporte no le convencía demasiado. Y es que su ideal de vida retirada no casaba muy bien con la idea de correr-o hacer running como lo llamaban ahora-. Pero su abuela, que no quería verlo enclaustrado en casa, le dijo: - ¿Por qué no participas en la carrera de San Silvestre? Dicen que es muy divertida…además, si te apuntas te haré un regalo con el nombre en latín.
Y claro, el día llegó… y allí estaba él, en primera línea de salida. La experiencia fue mejor de lo él que pensaba ¡hasta hizo amistades en plena carrera! Y al arribar a meta vio una figura conocida. Era su abuela, con unas zapatillas deportivas bajo el brazo y una inscripción en latín que decía: “Anima Sana In Corpore Sano”. Definitivamente, Miguel había captado el mensaje…de “la San Silvestre Salmantina”.
Ángel Saiz Mora
Buscamos el cajón de salida. Suena un pistoletazo. Presiento que vamos a correr más unidos que nunca.
Todo son buenas sensaciones. El ritmo de mis amigos y el mío se acompasa en una sola cadencia.
Un pinchazo inoportuno en el muslo, al paso por la Avenida de Comuneros, perturba una carrera idílica. No me detengo, el aliento de los demás logra sobreponerme.
Ya en el Paseo de San Antonio, bajo el cronómetro, los cinco chips en los cordones de mis zapatillas forman un coro de pitidos estridentes.
Miro el asfalto que tantas veces compartimos, similar al de la curva traicionera de aquella mañana en la que yo no pude acompañarles, cuando los cuatro iban en el mismo coche, camino de una carrera popular.
Sudor y lágrimas se confunden mientras quito los imperdibles. Separo los dorsales de la camiseta, los elevo en dirección al cielo.
Javier Lerín Albéniz
Inhalo. Cojo todo el aire que puedo. Puedo ver la meta salmantina, pero mi cuerpo se está calentando demasiado tras cincuenta y siete minutos corriendo. En estos momentos me acuerdo de López insistiendo en que jamás se me ocurriera alcanzar la hora. “Podría resultar mortal”. Es lo que dijo el doctor López.
Mi pulsómetro no deja de pitar y decido tirarlo al suelo. Su sonido es sustituido por el de mi corazón bombeando sangre y me felicito irónicamente por la decisión. No siento los dedos de mis pies; es lo que pasa cuando tienes esclerosis múltiple y llevas sesenta minutos corriendo. Lo siguiente es el desmayo o, en el peor de los casos...bueno, ya sabes.
Sesenta y uno.
Mis piernas están dormidas por completo, mi vista se nubla y mi padre recoge mi cuerpo en el aire mientras se lleva por delante la cinta de la meta al caer.
CRISTINA GALDÓS MARTÍNEZ
Último lunes del año. Me despierto con la excitación de quien va a participar en un evento mágico para Salamanca. La San Silvestre, nuestra Sansil.
Desayuno ligero, ducha fría y unos estiramientos. ¡Me siento en forma!
Camino a paso ligero hasta el punto de encuentro y, una vez allí, me coloco mi distintivo. Un disparo anuncia la salida de la carrera y la oleada de colores se pone en marcha. Giro la cabeza y observo que vienen hacia mí. Rápido, muy rápido. Enseguida me dejarán atrás pero mi esfuerzo se verá recompensado:¡los voluntarios nos colgaremos del cuello el reconocimiento de la ciudad!
ESPERANZA TIRADO JIMÉNEZ
Siempre le gustó correr. Empezó en el colegio, y poco a poco fue subiendo categorías y ganando premios. A veces, la falta de aliento por un catarro mal curado le hacía detenerse en su carrera. No le daba importancia. Respiraba hondo y seguía hasta la meta.
Correr en la San Silvestre era su sueño. Toda la ciudad arremolinada ante aquel espectáculo de deporte y color. Él quería sentirse parte de ello. Con dieciséis años se apuntó con los mayores. Su ilusión más grande.
Y corrió y corrió. Pero una tos de frío diciembre le detuvo. Estaba débil por dentro. No lo sabía. Nadie lo sospechaba.
Y ya no pudo continuar. Había llegado al límite. A la meta final.
Y dio su corazón. Y dejó su esfuerzo y su ilusión como regalo a todos los que, entre vítores y aplausos, siempre están ahí, animándote a seguir.
Lorenzo David Rubio Martínez
Oyó el pistoletazo de salida y comenzó a correr con toda su alma. Era su primera participación en una maratón y no se le podía escapar la victoria, se decía, pero el esfuerzo empezó a pagarlo pronto. Entonces cerró los ojos unos segundos y se concentró para seguir corriendo a velocidad temeraria. Al abrirlos, no había señales del kilometraje, ni público, solo coches voladores y hologramas paseando por las calles. Al no ver ni rastro de la meta, decidió rendirse. Un avión ambulancia lo encontró desfallecido en medio de lo que, antiguamente, llamaban carretera.
Ana Isabel Velasco Ortiz
La carrera ha comenzado y procuro seguir el ritmo que marcan los pies de mi padre. No perderle de vista. En un tramo del camino me ha buscado los ojos, ha dicho mi nombre y un “Ánimo que ya queda poco” y a mí, me han entrado ganas de llorar.
Codo con codo llegamos a la meta y una vez más, él regresa a la nada. Un vacío interior que cada año desaparece en esta cita y le devuelve al mundo real. Una lucidez que nos acompaña todo el recorrido porque lo único que no se ha llevado la enfermedad del olvido, es su pasión por correr.
FRANCISCO JAVIER NIETO CABEZAS
Noche cerrada en Salamanca, el frio cala en los huesos de los parroquianos que se concentran en los aledaños del Parador calentando los músculos, nerviosos, tomando Red Bull.
Padres e hijos se golpean en la espalda para animarse, hay corredores de fin de semana, atletas amateurs, nigerianos de paso, y los del Padre Basabe, que van a ganar no a participar, la Sansil es la Sansil.
Una sombra totalmente vestida de negro se une a la “cofradía de corredores”, es un experto en persecuciones, a las que estuvo muy acostumbrado.
PUMMM, salida, se coloca a la cabeza un corredor de Mali, seguido por Chano del Padre Basabe, y tras ellos Silvestre, el corredor que vestía de negro. Una curva, una recta, una cuesta, y llegada a la meta, Silvestre llega primero, es su noche, la Noche mágica de la San Silvestre Salmantina…
María Jesús Juan
No necesitaba mucho para que su mente se pusiera en modo “zapatillas”, solo tenía que cerrar los ojos y activar los recuerdos de un año atrás cuando en la San Silvestre Salmantina quiso volar por encima del asfalto. Enfundarse las deportivas rojas con las puntas cuarteadas por el uso hacía el resto.
El rugido en el que se había transformado la masa había frenado su cansancio. Nunca se imaginó que el calor de la respiración de los demás sobre su nuca le daría alas. Tampoco que le ayudaría a olvidar las noches de hospital ni las lágrimas.
Soñar con disfrutar así de “su ciudad bonita” durante uno de los días de Navidad le animaba mucho.
Para Daniel la esencia de aquella carrera consistía en sentir que los corredores formaban un todo porque lo más importante era pisar la meta, olvidando el puesto en el que habían alcanzado… ¡pero llegar!
Ramon Obiol Reverté
UN RETO SUPERADO
El día esperado había llegado. Un sueño hecho realidad. Una sinfonía de emociones le afloraron por todo el cuerpo en el mismo momento en que Javi cruzó la línea de meta de la San Silvestre Salmantina. Había estado entrenando mucho tiempo para conseguirlo. Sensaciones contradictorias se conjuraron en su interior: por un lado el sufrimiento personal durante la carrera, el sudor y las lágrimas de los días de entrenamiento... por otro la satisfacción del reto superado, el sueño materializado, los miedos vencidos...
No obstante, Javi tenía muy claro que con constancia y determinación se podía alcanzar cualquier meta a pesar de tratarse, como era su caso, de un deportista parapléjico sin movilidad en las piernas y que realizó la carrera con silla de ruedas.
Eduardo Viladés Fernández de Cuevas
Me había quedado sin trabajo, mi novia me había abandonado y vivía de nuevo en casa de mis padres. Me miraba en el espejo y no me reconocía. Mis amigos me animaron a que me apuntase a la San Silvestre Salmantina. El ejercicio y yo nunca nos habíamos llevado muy bien, aunque acepté a regañadientes. Y ahí estaba yo, el día de Nochevieja, con un chándal roído y viejo y unas zapatillas que me hacían rozadura. A medida que avanzaba me invadió una inexplicable sensación de alegría. La catedral, la Plaza Mayor, una señora de edad indefinida corriendo más deprisa que yo y comiendo churros a la vez. Llegué el penúltimo, al borde del colapso, pero disfruté como nunca y me convencí de que la vida también está hecha de buenos momentos como mi San Silvestre particular.
Maribel Romero Soler
Sábado. Siete de la mañana. Me calzo las zapatillas y las miro como si fueran de oro. Deslumbran. Forman parte de mí, de mis pesadillas y mis anhelos. Después de recorrer campos, carreteras comarcales y pistas deportivas, hoy voy a entrenar el circuito oficial. Bajo a la calle, llego a lo que será la línea de salida y se me acelera el pulso. Hay turistas, como siempre en la ciudad, pero también otros corredores que, como yo misma, quieren poner a prueba la adrenalina. Empiezo a buen ritmo. El cronómetro avanza. Corro, pero siento que vuelo. Soy un pájaro. No importa el frío de otoño ni algunos charcos que dejó la lluvia de la noche anterior. Sigo adelante. Un kilómetro, dos, tres... Observo los edificios como si estuvieran en otro mundo, esquivo algún coche, no me detengo. Es la máxima expresión de la libertad... Si no corres, no lo entiendes.
María Luisa Albertos Medina
Los tacos de la calle 4 crujen ligeramente cuando Malika, tras la orden de “a sus marcas”, coloca los pies con decisión. “Listos”, resuena la voz del juez de partida. Pequeñas gotas de sudor comienzan a asomarse con timidez en las frentes de las corredoras, pero no en la de Malika. Ella está acostumbrada a correr bajo un sol abrasador para huir de etnias enemigas, de mafias explotadoras, de alambradas asesinas; de muerte y dolor. Malika aprieta los labios. El mundo enmudece hasta que el pistoletazo la arranca del suelo. Vuela con la ligereza de una pluma. Avanza con la potencia de un acorazado. Ahora no huye. Ahora es ella la perseguidora. Sí, persigue la nueva vida que la aguarda detrás de la línea de meta.
Anabel González González
Era ella, lo supe en cuanto la vi. Corría junto a una multitud más rápida que el viento.
No lo pensé y me lancé detrás, pero pronto la perdí entre el gentío. Desesperado, seguí avanzando lo más rápido que pude, pero fue inútil. Parecía haberse desvanecido en el aire, como un sueño.
Decidí que no podía rendirme; la encontraría en la meta si me esforzaba lo suficiente. Así que corrí, corrí y corrí entre aquella multitud de dorsales mientras mi mente se llenaba de recuerdos.
Pero llegué a la meta y no estaba. Y recordé algo más. Una cama de hospital, una despedida amarga. Fue como un puñetazo.
Entonces me dijeron que había sido la primera persona mayor de noventa años en ganar la San Silvestre Salmantina. Que la vejez no me había quitado nada.
Respondí que no era cierto.
Porque se la llevó a ella.
A mi esposa.
Fernando Gabriel Alvarez
Toda la vida me he preparado para este momento.Desde que vi a mi padre correr por primera vez, siendo yo un chaval, que espero este día. Cuando se acercaba el fin de año y todos los colegas esperaban las navidades para recibir sus presentes, yo esperaba con ansias el 26 para ver pasar los corredores desde la ventana de nuestro piso salmantino. Fueron años de preparación, mientras ellos pasaban el rato a la salida del Insti, yo salía a recorrer las calles de Salamanca soñando con cruzar vencedor la meta.
Por fin, ,este año podré participar, hace una semana cuando he cumplido mis 9 años he recibido de regalo los tenis que estrenaré en la San Silvestre. ¡No veo la hora de ir a buscar mi dorsal!
Iván Parro Fernández
Tras pensarlo durante varios días por fin dio el paso. Se dirigió con presteza a la oficina y se inscribió con dudas pero consciente de lo que quería hacer. La cita era dentro de dos meses y aún tenía tiempo para prepararse. Era una de sus grandes metas después de la operación. Antes sólo podía participar en las carreras viendo la televisión pero esta vez era su momento, su oportunidad de demostrarse a sí mismo que podía hacerlo. A veces miraba las fotos cuando no podía casi ni moverse, pero hoy se sentía un triunfador y quería demostrarlo. Y además en su tierra, con su gente, en la imponente Salamanca a la que tanto adoraba. Por fin cumplía un sueño del todo esperado y con el que seguro iba a disfrutar como nunca. Ya quedaba menos para la San Silvestre Salmantina y estaba nervioso pero muy feliz.
Lisandro José Reholón González
Suena el pistoletazo y comienza la carrera. La nueva edición de la San Silvestre Salmantina promete y quise prepararme a consciencia poniendo énfasis en los detalles, aun en los más pequeños, toda vez que los grandes atletas dicen que en los deportes como el atletismo cada segundo cuenta. Zapatillas, ropa deportiva, hidratación, preparación física y disciplina, todos son importantes.
Pero la carrera es más que puro correr y saltar. Más allá de la competencia hay fiesta y diversión. Esa juntura de gentes como en misa de domingo, conciertos, zarzuelas y Festivales de Rock, es la celebración de la vida.
Por ello debemos ser generosos en el triunfo y humildes en la derrota. La competencia es encuentro de multitudes, no batalla contra otros sino la lucha personal de cada quien contra el cansancio y nuestras propias limitaciones. La mente nos quía, pero la voluntad la construimos con el corazón. Celebremos.
Justo Escudero
No me dejaban inscribirme en la carrera, los muy… Porque tengo ochenta años. “Si yo corro que me las pelo”, les dije, “sólo necesito un par de carajillos, que ya me he trincado en el bar, y nada… Dadme pista”, añadí mientras apuraba un cigarrillo. Al final, no hubo manera de convencerles y tuve que correr sin dorsal. Quedé el cuarto por detrás de tres keniatas. Cómo corren los cabrones. El año que viene, empiezo a entrenarme quince días antes de la carrera y les crujo.
MARÍA DEL PINO PÉREZ MORENO
Aunque llueva
-Aunque llueva, tengo que salir a correr.
-Pero vas a pillar un resfriado.- dijo el chico.
-Imposible. Correr sólo me sienta bien.
-Sí, eso no hace falta que lo asegures: las pruebas son más que evidentes- dijo él, recorriendo el cuerpo de la chica de arriba abajo.
-Te equivocas: la parte de mi cuerpo que más se beneficia por correr, es mi cabeza. Cuando corro, desconecto de todo y sólo estoy centrada en los próximos cien metros, en la música que estoy escuchando, en el paisaje, en el aire que refresca mi cara, en el cambio en las gentes y en sus costumbres con las estaciones del año.
La chica siguió explicándose:
-La segunda parte de mi cuerpo que mejora, son los pulmones: cada vez respiro mejor y me canso menos. Y, por último, todo mi cuerpo, como muy bien has observado, sale beneficiado- rió divertida la chica.
Gloria Torres Sánchez
Era una mañana tremebunda, con cada rugir del techo la ciudad, asfixiada por el agua, parpadeaba fluorescente. La potencia del diluvio hacía crepitar toda superficie metálica y yo corría; corría sin tregua huyendo de los soportales, de las paradas de bus, de todo tejadillo o paraguas. No recuerdo cuanto tiempo duró la carrera; lo que sí conservo es la imagen del instante en que quieta, empapada y exhausta, caí en la cuenta de que había olvidado la razón que me hizo salir de casa.
CARMEN RUIZ RUIZ
Lo identifiqué entre la multitud antes de que comenzara la prueba. Cuando anunciaron el inicio de la carrera, y todos nos agolpamos en la salida, noté su aliento especialmente cerca, pero no me giré a comprobarlo. Mi cuerpo estaba concentrado y tenso.
Salimos en tropel. Los participantes ya habían tomado su espacio, pero él me pisaba los talones; no era la primera vez. Por megafonía anunciaron que estábamos entrando en la meta.
Varios policías, camuflados entre los corredores, lo rodearon y lo acercaron discretamente a un coche policial, mientras le leían sus derechos.
Así fue como me enteré de que había sido la primera mujer “amateur “que entraba en meta en la San Silvestre Salmantina.
El organizador del evento me preguntó qué fue lo que me motivo a correr tan rápido y, yo, sin pensármelo, le respondí:
-El miedo-.
Jesús Garabato Rodríguez
“¿Esto será un calambre? Que molestos esos pitidos. Y que olor tan raro. Estoy como flotando. ¡Ah, sí! Pensaba en que ya debe faltar poco para Navidad. Por fin voy a correr la San Silvestre. El año pasado tuvo un recorrido muy chulo. Los participantes cruzaron el Tormes y el centro histórico. Alba, mamá y yo nos quedamos por la zona de la Universidad para ver pasar a papá. Había muchísima gente animando. Ayer, al volver de Candelario de visitar a los abuelos, papá me prometió que este año iría con él. Me encuentro tan débil que tendré que entrenar mucho. Uf, me pica un ojo. ¿Por qué no puedo mover la mano?”.
−Alba, mira: Raúl ha movido un ojo. Rápido, avisa a la enfermera.
−Mamá, por favor, no empieces. Solo es un movimiento espontáneo. Te lo hemos dicho mil veces.
César Ndjocu Davies
–Mañana voy a correr la Maratón de Nueva York –dijo Lucia, regalándome la sonrisa más honesta y cómoda que le podía ofrecer al despistado que le había invitado a un café después de tropezar con ella por ir mirando el móvil.
En su mirada había determinación, pasión, corazón y ambición que se podía confundir con amor. Y en la pequeña sonrisa que se le escapó, justo antes de abrazar el café con sus labios, observé que en su alma, había algo de historia…algo que tenía que ver con sus inicios.
–¿De dónde te viene el amor por correr? –interrogué con la expectación de un niño que pregunta por primera vez “de dónde vienen los niños”.
Y ella, recordando su primera vez, me contestó:
–De la San Silvestre Salmantina.
Un año después, aquí estoy. Donde empezó todo para ella. Preparado para correr mi primera carrera. Esperando a que ella… tropiece conmigo.
José Manuel Gómez Vega
Cada fin de año las luminarias bajan del cielo para correr de incógnito la San Silvestre de Salamanca. Júpiter celebra el ambiente festivo y una pizpireta Venus destaca el buen rollo que se respira. Es el running, tercia Mercurio. Yo, desde que salgo a correr por el zodiaco, me llevo mejor con las estrellas. Enrojecido por la contención de la risa, Marte le dice a Saturno que tenga cuidado no vaya a reventar el cinturón. El viejo se lo ajusta, resopla y reniega de los excesos navideños. Todos se ríen, excepto la Luna. Hace poco, les confiesa, apareció un bello cometa en una curva de mi órbita. Me preguntó si faltaba mucho para Capricornio y, sin más, esprintó hasta desvanecerse en la noche, llevándose consigo mi corazón. Una carcajada caldea la fría mañana salmantina. ¡Lo espanté yo, querida mía!, exclama el Sol. ¡Salió corriendo con la cola entre las piernas!
Pablo José Sánchez Fernández
Esfuerzo y superación son las metas que persigo. En el camino están horas de entrenamiento en las que la propia cabeza piensa en rendirse muchas veces. La soledad no es fácil y la dureza del terreno tampoco. Piensas en los motivos que te llevan a ello, en el sentido que tiene o en el fin último del objetivo, pero la lucha sigue y el fin es la satisfacción al terminar una carrera. La posición es lo de menos, lo importante es el esfuerzo realizado y la motivación por continuar. Mis piernas llevan muchos kilómetros de caminos, asfalto y campo. No se rinden, siguen a mi lado pese a que alguna vez hubo que abandonar porque mi cuerpo no era capaz de responder. Ahora eso representa experiencia frente a aquellos que no han hecho más que comenzar. Todo ayuda, todo sirve para asegurar que correr es mi vida, mi pasión.
Claudio Balea Sales
Era la carrera que marcaría mi vida. Pero, ¿en qué vida viviríamos si no hubiera dificultades? En toda vida hay baches, a veces una piedra pequeña, y otras una roca eenorme. Pero todo se supera.
Eran finales de año, solía esforzarme al máximo. Hacía cinco veces los 100 metros diariamente, y lograba ponerme en forma. Y todo bien hasta el día en que posé mal la rodilla y tenía una fuerte molestia. Sinceramente, mi cordura pendía de un hilo. No sabía qué hacer, los médicos me recomendaban reposo, pero si lo hacía perdería condición física, y todo mi esfuerzo sería en vano. Yendo al grano, la primera semana decidí correr 5 minutos, y seguí esforzándome hasta que conseguí curarme. Entonces llegué a la carrera más fuerte que nunca y gané, y fue la carrera que me enseñó una de las lecciones más importantes de mi vida.
JOSÉ CUENCA GÓMEZ
MIRADA AZUL
Los asistentes a la entrega de premios centran su mirada en el campeón de la SanSil.
El campeón de la SanSil pasea su mirada por los asistentes a la entrega de premios.
Su atención la centra la cara redonda de una niña de unos ocho años que espera impaciente a que comience la ceremonia.
Los vencedores, uno tras otro, obtienen su trofeo o su premio.
Por fin llega el turno del campeón y sin apenas reflexión, busca a la pequeña entre la multitud, la toma de la mano, y junto a ella sube al escenario para recoger el premio. El aplauso de la multitud llena el pabellón del San Estanislao cuando le entrega el trofeo de campeón.
Ella le observa con su rasgada mirada azul, llena de bondad, y ternura. Llenando el escenario con su dulzura.
Arturo Agud Belles
Teniendo en cuenta la importancia de la carrera, más valía dar el cien por cien. No importaba cuanto costara el entrenamiento previo, la competencia que hubiera a lo largo del recorrido o el puesto con el que quizás no quedara ni el primero. Lo importante era participar con ilusión, con gozo, sin pensar quien era más rápido corriendo o no. En más de una ocasión he podido ver a gente que se caía o se torcia algún tobillo, y parar los corredores cercanos para ayudarles en lo posible para terminar el recorrido con éxito. Y eso es lo que más me llena de orgullo, la solidaridad y el compañerismo que aportamos cada uno de nosotros, sin importar cómo seamos ni de dónde procedamos.
Antonio Martín Morales
Recuerdo cuando caminaba con los grilletes puestos. Eran grilletes invisibles, pero muy pesados. Recuerdo ir a un parque con mi hijo y sentarme en la hierba. Él salía a correr y yo lo esperaba leyendo prensa. Veía a los que corrían y pensaba que no tenía sentido hacerlo. Ahora no hay día que no salga con sus zapatillas puestas un rato al parque. No hay día que no piense en mi hijo, y que no intente atraparlo justo delante de mí cada mañana. Cuando me arden los pulmones, cuando quiero detenerme a llorar, él sigue ahí delante, se gira y me pide que le siga, que no me pare. Ya no tengo grilletes, soy parte del viento, como él.
Antonio Martín Morales
Recuerdo cuando caminaba con los grilletes puestos. Eran grilletes invisibles, pero muy pesados. Recuerdo ir a un parque con mi hijo y sentarme en la hierba. Él salía a correr y yo lo esperaba leyendo prensa. Veía a los que corrían y pensaba que no tenía sentido hacerlo. Ahora no hay día que no salga con sus zapatillas puestas un rato al parque. No hay día que no piense en mi hijo, y que no intente atraparlo justo delante de mí cada mañana. Cuando me arden los pulmones, cuando quiero detenerme a llorar, él sigue ahí delante, se gira y me pide que le siga, que no me pare. Ya no tengo grilletes, soy parte del viento, como él.
Antonio Martín Morales
Recuerdo cuando caminaba con los grilletes puestos. Eran grilletes invisibles, pero muy pesados. Recuerdo ir a un parque con mi hijo y sentarme en la hierba. Él salía a correr y yo lo esperaba leyendo prensa. Veía a los que corrían y pensaba que no tenía sentido hacerlo. Ahora no hay día que no salga con sus zapatillas puestas un rato al parque. No hay día que no piense en mi hijo, y que no intente atraparlo justo delante de mí cada mañana. Cuando me arden los pulmones, cuando quiero detenerme a llorar, él sigue ahí delante, se gira y me pide que le siga, que no me pare. Ya no tengo grilletes, soy parte del viento, como él.
M. Salvador Muñoz (Salvador Esteve)
Mi ambición por ganar me aboca irremisiblemente a vender mi alma. El diablo acepta gustoso y sentencia: nada ni nadie lo impedirá. Un escalofrío me despierta bruscamente. Ha sido una pesadilla.
La carrera está en su último tercio, corro como nunca, mis piernas flotan y el cansancio no hace mella en mí. Por delante, cuatro. De repente, la pierna del corredor que me aventaja se dobla, el crujido me hiela la sangre. Veo, sorprendido, cómo el tercero abandona la carrera gritando sin motivo aparente, y al segundo desplomándose entre convulsiones. Solo un keniata se interpone en mi victoria. Pero, inesperadamente, su pie tropieza con la nada y cae al suelo. Entonces, recuerdo el sueño y comprendo, un halo de cordura eriza mi piel, le ayudo a levantarse y cruza la meta.
El keniata recibe su trofeo, yo recupero mi alma.
El cielo oscurece de súbito, un trueno retumba enfurecido. Sonrío.
Salvador Esteve
Diego Gerardo Sánchez
Sentí los pasos tras de mi… -no podrán alcanzarme- me dije. Eran miles y sus rostros desencajados y su respiración agitada me acechaban sin darme respiro. Mis pies sentían el rigor del esfuerzo y en mi cabeza el retumbar de latidos me acompañaba. No iba a detenerme, no podía parar…pero al girar en una esquina un grito me desconcertó…ahí estaba una anciana señalándome. Faltaban cien metros nada más, esta vez sería el primero en llegar…nada podría detenerme. Ni la turba que me seguía a muy corta distancia ni los insultos de la anciana…las gotas de sudor en la frente y mis lágrimas empezaron a brotar de los ojos… treinta metros…o pasos me separaban de mi destino. Con la mirada perdida crucé, corté el listón y seguí corriendo unos metros más…
Desde lo alto del podio, sonriendo, la volví a ver… ya no me insultaba… esa anciana…era mi madre.
Santiago Eximeno Hernampérez
Justo antes de cruzar la meta a Javier le adelanta otro corredor. Pelo blanco, cuerpo enjuto, quizá veinte o treinta años mayor que él. Javier lo pierde de vista poco después, mientras bebe agua y habla con su madre.
—¿Y papá? —pregunta—. ¿Está con Raúl?
—Sí —responde su madre—. Ha entrado tercero.
—Yo ni siquiera he mirado mi tiempo.
Después, cuando se despide de su madre y se marcha sin ver a su padre y a su hermano, ve de nuevo al corredor que le adelantó. Se ha cambiado de ropa y se ha peinado el pelo blanco hacia atrás. Se le ve contento de sí mismo. Javier quiere acercarse, hablar, intercambiar sensaciones sobre la carrera, pero no lo hace. Sabe que las cosas no hay que hacerlas a destiempo, que tienen su momento.
Y por mucho que lo intenta, ese momento nunca llega.
Sergio de Dios González
Cuando se despertó, el dinosaurio ya se había marchado a correr. Entonces pensó en que la diferencia entre los dioses olímpicos y los simples humanos era nuestra mortalidad. Se puso las zapatillas, estiró los brazos y sintió unas ganas horribles de sumergirse de nuevo entre las sábanas. Quién le mandaría levantarse tan temprano, tampoco podría volverse a dormir. Echó de menos al dinosaurio, como quién echa de menos una excusa para remolonear.
Mientras bebía sorbitos el café, aterrizó en la pregunta clave: cuáles eran las contingencias vitales que le habían ocurrido al dinosaurio para disfrutar con aquel sufrimiento. La respuesta estaba en la ausencia del café en la taza, de la pereza en la tentación y, en última instancia, del miedo a que esa diferencia entre los dioses olímpicos y el dinosaurio existiera más allá del presente. Fue en ese momento cuando decidió que ese año se disfrazaría de dinosauria.
Hugo Rodrigo Zapata
Estaba listo para la salida. Con dieciséis años corría su primera carrera, en su tierra natal, Salamanca. Al poco tiempo de empezar ya destacaban los profesionales, pero gracias a su experiencia pudo mantener el ritmo. Aguantaba así en la cabeza de la carrera, la edición anterior había quedado cuarto a nivel nacional, y este pretendía superarlo. Pero otro corredor le adelantó, se notaba el paso de los años, aunque no pensaba rendirse, aún podía hacer una buena marca. Y por fin vislumbró el final de meta, ya no podía más y estaba sin aliento, los años pesaban, pero llegaría sin parar de correr. Cuando por fin llegó a la meta, la gente le aplaudió como si hubiera ganado, y eso que la cruzó caminando. Era el más viejo de los corredores, pero siempre había corrido en la San Silvestre Salmantina, y nada le iba a impedir repetir.
Raúl Clavero Blázquez
Es el mejor cazador del clan, el único capaz de perseguir durante días a una presa, acechándola hasta vencerla por puro agotamiento.
Sus hermanos admiran la tenacidad implacable de su lanza de sílex, pero desconocen el secreto que lo impulsa. No saben que a veces los animales caen demasiado pronto, y que en esas ocasiones el mejor cazador del clan prefiere ignorarlos. Les perdona la vida para seguir corriendo tras bisontes imaginarios o ciervos invisibles, sólo por el placer de sentir el viento en la cara y el fango en los pies, admirándose siempre del prodigioso mecanismo por el que a una zancada le sucede invariablemente otra zancada.
El mejor cazador del clan corre hasta exprimir cada músculo de su cuerpo, entonces se detiene y suelta su lanza. Después aprieta los puños y, con el gesto orgulloso de los campeones, con la mirada ambiciosa de los pioneros, eleva los brazos.
Mª Esther Zárate Moya
Ciego el amo,certero el amo.Lazarillo de mis dedos atando las zapatillas, mi cabeza golpeada contra la piedra solo quiere escuchar lo que esta le susurra. Es el cincel del cantero grabando el número del dorsal, marcando el ritmo al poso de la ciudad en el Tormes. Unamuno observa cómo el ría avanza para atravesar la meta del año que termina.
San Silvestre santo, que no mártir,corre a mi lado junto a gente moza, antojadiza y arrojada que otro Miguel, este de Cervantes, con su pluma alabó.
En la Rúa Antigua, Carmen baila entre visillos con la sonata de las jadeantes respiraciones y las pisadas desafinadas.
Y como decíamos ayer —escucho junto a mía
Mª Esther Zárate Moya
Ciego el amo,certero el golpe. Lazarillo de mis dedos atando las zapatillas, mi cabeza golpeada contra la piedra solo quiere escuchar lo que esta le susurra. Es el cincel del cantero grabando el número del dorsal, marcando el ritmo al poso de la ciudad en el Tormes. Unamuno observa cómo el río avanza para atravesar la meta del año que termina.
San Silvestre santo, que no mártir,corre a mi lado junto a gente moza, antojadiza y arrojada que otro Miguel, este de Cervantes, con su pluma alabó.
En la Rúa Antigua, Carmen baila entre visillos con la sonata de las jadeantes respiraciones y las pisadas desafinadas.
Y como decíamos ayer —escucho corriendo junto a mí al Fray maestro—, aquí está la meta.
—¡Los sueños están para cumplirse! —grita Walt.
—Se ha equivocado de microrrelato —pienso. Sonrío al ver llegar a Mickey y Minnie, los de Disney.
Ónix Rodríguez Roche
—¡Abuelaaa…! me despertaste en el mejor momento y había ganado. —dijo Dennys refunfuñando.
—Y dale con lo mismo, ya te sorprenderé. —contestó ella.
La parte que más disfrutaba era en la que se llevaba la cinta de la meta pegada a su abdomen. Vivían en Salamanca y deseaba ser corredor. Llegó de la escuela y sobre su cama había una caja con un sobre. La abuela estaba escondida. Era un par de tenis. Abrió el sobre y para su sorpresa era la letra del abuelo: Muchachón si estás leyendo esto ¡Ya usas mi número de calzado!. Espero que compitas este año. Dennys lloró de felicidad. La abuela salió y se abrazaron. Ese año ganó La San Silvestre Salmantina. Años después siendo un gran atleta volvió a Cuba y visitó la tumba del abuelo. Dejó allí sus medallas y la cinta ganada en su primera carrera: La San Silvestre y Salmantina.
Ónix Rodríguez Roche
—¡Abuelaaa…! me despertaste en el mejor momento y había ganado. —dijo Dennys refunfuñando.
—Y dale con lo mismo, ya te sorprenderé. —contestó ella.
La parte que más disfrutaba era en la que se llevaba la cinta de la meta pegada a su abdomen. Vivían en Salamanca y deseaba ser corredor. Llegó de la escuela y sobre su cama había una caja con un sobre. La abuela estaba escondida. Era un par de tenis. Abrió el sobre y para su sorpresa era la letra del abuelo: Muchachón si estás leyendo esto ¡Ya usas mi número de calzado!. Espero que compitas este año. Dennys lloró de felicidad. La abuela salió y se abrazaron. Ese año ganó La San Silvestre Salmantina. Años después siendo un gran atleta volvió a Cuba y visitó la tumba del abuelo. Dejó allí sus medallas y la cinta ganada en su primera carrera: La San Silvestre y Salmantina.
Víctor Manuel Cantú Leija
José estaba ansioso por llegar al hotel, no tanto por pasar la noche antes de la carrera San Silvestre Salmantina, sino porque quería ver a Julio, éste último le hizo una pregunta que le causo gran inquietud, son esas preguntas que parecen simples al principio, pero algunas no desean contestar con algo somero, esto último es tan distintivo de gente que está perfectamente adiestrada, como el animal de circo que a cambio de un incentivo alimenticio, desarrolla cierta respuesta para el beneplácito de la sociedad. La pregunta fue:
__ ¿Por qué corres?
Al ver el silencio como respuesta de su amigo José, Julio responde con comentarios tajantes:
__ ¿Corres por tu ego? Deseas salir en los periódicos. ¿Corres por dinero? Todos tenemos necesidades económicas. ¿Corres por escapar de tu mundo? Siempre hay cosas que no nos agradan, ¿o realmente no lo sabes? Corres sin sentido alguno.
Azucena Pacheco Sánchez
-No corras hija mía, -le había dicho su abuelo minutos antes con gesto sereno sentado frente al fuego.
-¡Pero abuelo!, ¿qué hago sino correr? -preguntó Amanda impertinente.
-Me refiero a que corras pero "sin correr". Miramé a mi, ¿tengo yo prisas por llegar algún lado?, y sin embargo, ¿no es también una "carrera de fondo" la que transito?...Vete despacio porque vas lejos.
Con mirada reflexiva Amanda se despidió. Recogió su dorsal con el número once y salió de casa.
Una nube difusa de alientos helados envolvía la meta. El griterío se fundía con el sudor incandescente del esfuerzo continuado.
-¡Corre Amandaa!, ¡vamoooss!, ¡tú puedeeesss!!! -gritaba el abuelo a escasos metros de la meta dejándose llevar por la euforia multitudinaria.
Sintió una leve caricia bajo el pecho mientras la cinta quedaba dividida y suspensa en el espacio aprobando la victoria...
"Esta vez, había llegado lejos".
DAVID MATEO CANO
Llevaba meses tras él, desde que leí su libro se había convertido en un rayo de esperanza para mí, yo había caído en una profunda depresión, Benjamín Sandoval había escrito un ensayo sobre como curarla, descubrí que vendría a Salamanca a correr la San Silvestre, le seguí hasta la salida, tenía la intención de marcarle durante todo el recorrido, y al final con la excusa de la carrera, confraternizar. Arrancamos con fuerza, yo iba detrás de Benjamín, su ritmo era tremebundo, cada vez estábamos más cerca de la cabeza, al entrar en el último kilómetro la mente se me nubló y dejé de pensar en Benjamín, tenía la posibilidad de luchar por la victoria, hice unos metros finales impresionantes, sólo un corredor me aguantó, pero en el sprint le gané, acabé desfallecido, cuando me recuperé me acordé de Benjamín, pero ya no había ni rastro de él.
Sol García de Herreros
Pues sepa Vuestra Merced que entrando en Salamanca, tras largos años lejos del río donde me vinieron a este mundo, fui a tropezar con una multitud que corría cual si alcanzárales una manada de lobos. Sus ropajes eran coloridos y escasos pese a los hielos, ni capas ni jubones portaban, y hasta mujeres vieron estos ojos que no vestían faldas. Yo viéndoles venir sumeme a ellos, pues es sabido que en la carrera del vivir no hay peor cosa que no escapar a tiempo. Corrí y corrí, y tras varias leguas fui recibido por un gentío con gran alborozo. “Primer clasificado, Lázaro de Tormes”, atronó entonces una voz del cielo.
Roberto Crespo Ramos
Antes de culminar la “cuestita” del Parque San Francisco iba con una expresión de éxtasis mistico…y encomendándome al Santo, pidiendo un “piccolo miracolo di teletrasporto” se lo dije en su idioma para que me hiciera mas caso! No funcionó el milagro …Y ME PARE! Me superan ipso facto :
Un grupo de mariachis con sus guitarrones cantando ,para más inri,…no te rajes!”…, un espectáculo de monigotes de ladrones-políticos. “Las Señoritas de Avignon”, toros que persiguen a unos pamplonicas que a su vez incordian a una chica disfrazada de “Los vigilantes de la playa” , gritando ì“nos ahogamos! ììno sabemos correr!!, un castellet de 8 pisos, un regimiento de la legión con cabra y uno sin, dos hermanos de 2 metros 15cm disfrazados de Gasoles…Son ellos!!, una barca vikinga, dos Tiranosaurios rex y un botón charro gigante!De acuerdo, ME PARE!… pero es normal: voy disfrazado de categórico STOP!
Aranzazu del Castillo Figueruelo
Frío, piedra y verde. Salamanca es eso, pero también es calor. Son los motores de seis mil y pico personas de todas las edades, sexos y colores ronroneando en el paseo de San Antonio a la espera del pistoletazo de salida. Es la marea de obcecados atletas atreviéndose a palpar los 10 km que conforman la tradicional carrera. Sufrimiento pero también éxtasis, durante el trayecto y, especialmente, al final del mismo.
Los varones de una desgastada casa de la calle Meléndez llevan toda su vida corriendo la San Silvestre. Los Sánchez no faltan a su cita cada 27 de diciembre. Como mi padre y mi abuelo comencé desde lo sencillo y lentamente fui escalando el abecedario de los atletas: la A, la B, la C… y por fin la D. Ahora soy adulto, correré mano a mano con ellos. Vuelvo a casa, pero esta vez con más ilusión que nunca.
JESUS PEREZ BENITEZ
Se anudó las coloridas zapatillas. Estiró las piernas. Ajustó el reloj y comenzó a correr. Cruzó las calles de Salamanca con amplias zancadas, a su mejor ritmo, entre los relámpagos de un cielo plomizo. Completó el recorrido y detuvo el cronómetro. Su mejor tiempo; había batido la marca femenina de la San Silvestre. Saltó emocionada mientras la lluvia comenzaba a caer. Pero allí no había más corredores, ni una línea de meta, ni cinta que romper con su pecho, ni jueces para ratificar su victoria. Lo celebraba efusivamente sobre los charcos, con la coleta empapada bajo el tambor de la tormenta que ya descargaba con furia. Era 10 de noviembre. Los transeúntes la miraban, confusos, bajo el refugio de sus paraguas. Ellos no podían entender que dentro de una semana estaría volando rumbo a Londres, para buscarse la vida como tantos otros, sin saber cuándo regresaría...
Miguel Ángel Moreno Cañizares
Sucedió que tras el accidente, uno de esos que se dan a veces, mis capacidades se redujeron justo a la mitad. Así, tuve que acostumbrarme a razonar con la mitad del cerebro. También a trabajar a media jornada –mi jefe lo entendió enseguida–, comer medio menú en el restaurante de costumbre, asistir sólo a los partidos de medio día del club o comprar en Media Markt.
Por suerte, encontré mi media naranja, una chica preciosa de ojos claros, que me enseñó ‘la mitad del cielo’. Juntos tiramos por la calle de enmedio y comenzamos a correr las media maratón. En la de Salamanca, por cierto, estrené unas medias llamativas. La verdad, me siento como en el centro del paraíso y he reducido la medicación a una media de dos pastillas diarias.
Ahora nos hemos inscrito en la San Silvestre Salmantina, pero me da que mis opciones bajan del 50%.
M. Belén Mateos Galán
Me até las zapatillas como me habían enseñado mis padres, una doble lazada en los cabos y la saliva de ambos para que no se desunieran.
Me puse el dorsal, el número quince, como mis años, y anduve cabizbajo hasta la línea de salida.
Tras veinte minutos de carrera, percibí a los de treinta sin ilusiones, intuí a los de cuarenta desengañados y fui testigo de cómo dos de cincuenta, hastiados, desistían de volver a intentarlo.
No escuché las razones por las que abandonaban, solo corrí y al llegar a la meta no pude parar.
Ahora no sé dónde estoy, me siento perdido. Quizá me quede un tiempo, hasta que los nudos de mi alma puedan entender que dos cabos no siempre pueden estar unidos, que pueden desear enlazarse en otras zapatillas que sean de su mismo número, aunque ya nunca sujeten igual cada día de mi vida.
María Zenaida Santana Medina
Nunca creí en cuestiones esotéricas, ni en fantasmas, ni en casas encantadas. Pero aquella mañana de diciembre fui poseído por un espíritu. Me desperté con ánimo desmedido y ganas de correr. De sentirme libre. Y así lo hice. Salí a la calle, enérgico, para volar con mis únicas alas que son mis pies. Mi espíritu lo necesitaba. Varios kilómetros más tarde supe, cuando crucé la línea de meta, que el espíritu de San Silvestre o el Espíritu de la Superación me había impulsado a retarme a mí mismo, a correr junto a cientos de manchas de colorines con dorsales a la espalda que revoloteaban a mi alrededor..., que, a su vez, corrían para sentirse liberados, y que también estaban poseídas por el “sansilvestre” o el espíritu del compañerismo y la fraternidad; la unión esporádica entre seres de todas las edades, jóvenes veteranos y veteranos jóvenes, de miles de colores.
Gabriel Pérez Martínez
Entre el público, hay un hombre que intenta desertar de su cuerpo. Mientras sus manos aplauden, su mente se transforma en agua que el corredor con el dorsal 5325 necesita. Se deja beber, fluye hecho sudor, se evapora, se convierte en oxígeno y penetra en los pulmones del joven con el número 1823, que va sin aire. Tras unos minutos con él, lo recupera e incluso le hace tararear una canción. Con ella escapa y se adentra en el oído izquierdo del corredor 3987 que no puede casi andar. Desde el tímpano, se lanza hacia su pecho para marcar el ritmo de un descompasado corazón. Y, así, transfigurado en latidos, cruza la meta….
Fracasa el cardiólogo que le prohibió volver a participar en una maratón.
Andrés Ezequieo Varela
Nada tenía por perder y mucho por ganar, de modo que ya largaba ganador. Sin embargo en los primeros diez segundos lo pasaron la mitad de los competidores, en la primera hora, el noventa y cinco por ciento estaba por delante de él. No le importó que al llegar a la meta ya fuera de noche. Salamanca lo premió con una ovación de pie, el premio al último. Con la respiración entrecortada recordó que la parábola no cuenta con singular. Acá no hay últimos que serán primeros. Acá el último es eso pero el orgullo de serlo tampoco se comparte.
M Dolores Rodríguez Canillar
Ya llegan. Esperamos con la ilusión a que se acerquen. Nos colocamos a un lado de la mesa repleta de botellas, tal como está organizado. Tantos días preparándolo y ahora, con mucho nerviosismo, llega la hora. La señora Luisa me tranquiliza. Lo principal, no molestar, me dice, van cansados y cualquier obstáculo puede hacerles caer. Y mientras tiende con sus arrugadas manos las botellas a los corredores, aprovecha para saludarles. Porque la señora Luisa hace décadas que está aquí, de voluntaria en la San Silvestre. El paso del tiempo se refleja en los corredores y la señora Luisa, que los conoce bien, me cuenta cómo han ido cambiado sus vidas, cómo se les va notando el paso del tiempo... Y sonríe cuando ve que nuevas generaciones corren juntas. Pocos saben su nombre, pero todos se alegran de volver a verla.
VICENTE RODRÍGUEZ MANCHADO
TODOS LOS PASOS
Con el paso del tiempo, todos los pasos fueron ocupando su lugar.
Jesús Abraham Guerrero Luna
De atletismo mi madre mucho sabe…
ella dice que el año en que nací,
comenzó en Salamanca tradición…
iniciada por club padre basabe,
y que en todos los años con pasión
continúa su esfuerzo sin cesar…
Me refiero a carrera popular,
que a finales del año es celebrada…
hablo… de San Silvestre Salmantina…
En alguna ocasión es que la vi…
aunque por celular y en la cocina…
pues España… se encuentra retirada…
Alberto Palacios
Al pasar por la Plaza Mayor el flash de un fotógrafo me ha deslumbrado, he dado un tropezón bajando por San Pablo, cruzando el Puente he pasado a una pareja disfrazada de romanos y, en la calle Compañía, un niña rubita me ha dado ánimos. Al principio del Paseo de la Estación el dorsal 208 se me ha escapado. Una anciana me ha dado agua en el Alto del Rollo y, al final, cuando ya estaba en el Paseo de San Antonio todo se ha nublado.
Y ahí están de nuevo, la Plaza y el fotógrafo, el traspié en San Pablo y los romanos, y la niña rubia, y el 208, el agua de la anciana y la niebla y el horizonte emborronado, el duro asfalto y el público arremolinado.
Mi carrera ya es infinita: fotógrafo, traspié, romanos, niña, 208, agua, niebla, asfalto... y el tiempo eterno, feliz, enredado.
Francisco Lorenzo Venancio
Soñé con esto. Fue hace justo tres meses: El vocerío enfervorizado me hace casi volar; corro como nunca los últimos cien metros, veo a mamá, a mi mujer y a mi hija: Sara. Ellas son mi gasolina o mi motor, o ambas cosas. Cruzaba entonces la línea de meta de la San Silvestre Salmantina en el aquel sueño como un logro personal impensable. Fue solo un sueño, sí, pues perdí las piernas en un accidente de tráfico. Pero hoy es una realidad. El deporte me ayuda a superarme. La silla de ruedas vuela ahora los últimos cien metros mientras ELLAS observan mi gesta...
José Ignacio HERNÁNDEZ JORGE
Silvestre, mira lo que está pasando ahí abajo, le dijo. No puedo estar en todas, contestó. Tú, mira, y Silvestre miró abajo. Salamanca era un hervidero de luciérnagas pululando por todas partes, consultando sus cronómetros a la luz de la luna, buscando a alguien en algún sitio. Y fueron a encontrarlo a él entre las nubes. Cuando lo vieron, se armó un jaleo impresionante y una deportista flaca, agitando los brazos, gritó: ¡Eh, San Silvestre, el de la pistola no ha venido! ¿Qué?, preguntó el santo sin creerse lo que estaba oyendo. ¡El de la pistola, que no ha venido! San Silvestre hizo un gesto de calma urbi et orbi y asiendo una bandera les indicó que a sus puestos. El gentío aplaudió eufórico y tomó posición a la voz de listos. San Silvestre acabó de levantar la bandera y la bajó de golpe, gritando al tiempo: ¡ya!
Elena Avanzas Álvarez
Estaba frío y llovía, pero aquella madrugada de Año Nuevo corrí como nunca lo había hecho en mi vida. Al bajarme del tren y enfilar la calle donde vivo oí por primera vez sus pasos tras de mí. No me preocupé porque esas cosas les pasan a otras. Van demasiado borrachas o llevan la falda demasiado corta. Yo regresaba a casa después de mi turno de noche. Estaba cansada, no borracha. Llevaba mi uniforme sucio tras un mal turno en el hospital. No iba pidiéndolo. Hoy es 31 de diciembre. También está frío y llueve, pero esta vez no quiero escapar. No tengo miedo ni me siento débil. Diez meses entrenando han hecho que recupere las fuerzas. Me muevo ágilmente entre mujeres cuyas historias desconozco y entre hombres a los que ya no miro con temor. Corro entre mis compañeros porque sobreviví. Soy una más.
Rubén Gozalo Ledesma
No volverá a pasar, dice él. Pero esta vez ella se revuelve dolorida y emprende una carrera desesperada por las calles de Salamanca. Corre por todas aquellas mujeres que no podrán volver a ponerse en pie. Corre porque está harta de que revise su móvil y le diga con quién puede hablar y a quién puede ver. Corre porque está cansada de que no razone y la emprenda a golpes cada dos por tres. Corre por los cómplices que callan. Corre por los cobardes que agachan la cabeza, miran hacia otro lado y no hacen nada. Corre por los cientos de miles de mujeres que a diario en el mundo son maltratadas y no saben qué hacer. Corre porque aún no es tarde para alejarse para siempre de él. Corre porque nunca nadie tendría que levantar la mano a una mujer.
Gloria Arcos Lado
Nunca había corrido una maratón, pero este año se lo había prometido a sí mismo.
Sabía que no tenía nada que hacer y que estaría entre los últimos en la San Silvestre de Salamanca, pero no importaba.
Se trataba de una carrera contra sí mismo.
Debía demostrarse que las cicatrices que le habían dejado las operaciones para extirpar su cáncer, no iban a limitar esa segunda oportunidad que le había ofrecido la vida.
Quería sentir el roce del viento y el vértigo de la velocidad en su cara y observar como la adrenalina recorría su cuerpo.
Lo de menos era quedar el último. Lo importante era haber sido capaz de imponerse a las limitaciones surgidas en su cuerpo y en su alma tras su paso por el quirófano.
Y esa victoria nadie iba a poder arrebatársela.
Agustín Rodríguez Escalona
Iba con mi maleta preparada, camisa recién planchada, me costó aparcar. Desde lo más alto de la calle vi asomarse desde la esquina a una multitud, casi a ritmo militar. La helmántica nube pisaba suelo, los semáforos abiertos, sonrisas mañaneras...¿¡será esta mi ciudad!?. Primero, me dí una respuesta faciolona buscándole sentido,inmediatamente, vino la curiosidad, luego me sentí torpe por ser tan despistado,y después de esperar a que volviera la calle, a su silencio,justo antes de cruzar, dos parejas se ayudaban generosamente los unos a los otros y uno de ellos decía:¡ farinato al acabar!para la siguiente carrera,me dije,pienso participar
Nacho Bartomeus Roig
Ese día parecía que todo el mundo tenía más prisa que yo. Me encontré con mi sobrino de siete años con el patinete que le habían regalado por Navidad y fui incapaz de mantener su ritmo. Luego me pasó mi hermana con su marido, el carrito del bebé y cinco bolsas. Supuse que iban rápido para que el recién nacido no cogiera frío. Y para colmo, mi tía Felisa me adelantó rauda en su particular carrera hacia el mercado. Me consoló pensar que, al menos, allí compraría jamón del bueno para Año Nuevo. La verdad es que no me habría molestado tanto adelanto y tanta prisa en cualquier otro día del año, pero justo hoy me pareció un poco humillante, ya que, de todos ellos, yo era el único que corría con zapatillas de deporte y dorsal. En fin, sobra decir que esta San Silvestre tampoco la he ganado.
Julio César Niño Orozco
Tal vez algún día me convierta en un gran atleta para cruzar tus calles a tumba abierta y llegar primero a la meta. Alzar los brazos y mirar el cielo. Sentir la victoria y el murmullo del aplauso. Mirar a todos con una sonrisa en mis labios. Gritar con todas mis fuerzas ¡gané! y ver mi foto del triunfo en los medios. Firmar autógrafos y recibir trofeos. Pero… ¿sabes una cosa? Hoy prefiero recorrer tus calles y sentir tu aroma. Mirar tu belleza colonial y tu paisaje romántico de ciudad caritativa y hospitalaria. Ser otro más del gran pelotón que disfruta tu fiesta atlética: La gran San Silvestre Salmatina que nos llena de orgullo y júbilo. Ir lento, pero seguro. Sentir que también he ganado. Sentir tu abrazo y ver con admiración la sonrisa de todo un pueblo. Ser parte de ti y llevarte, por siempre, en mis recuerdos.
Jaime Fernández Bartolomé
EN mi cabeza se dan cita sensaciones muy especiales contagiadas por un ambiente espectacular. Mientras observo cómo la gente se saluda, recojo mi dorsal - número 104 – y me sitúo al final del numeroso grupo de corredores. Siento nerviosismo, inquietud, ansiedad. Repaso mentalmente los consejos para poder acabar la prueba: una alimentación equilibrada, ingesta de agua y bebidas isotónicas, calzado y prendas cómodas. Todo correcto. Tengo confianza en mí mismo pero sobre todo muchas ganas de pasarlo bien. Siento excitación, felicidad y unas inexplicables ganas de llorar. Me imagino a Filípides recorriendo los 42 kilómetros que separan la ciudad de Maratón de la de Atenas para dar la grata noticia de la victoria helena sobre los persas, evitando así que las mujeres griegas sacrificaran a sus hijos y después se suicidaran. Suena el disparo de salida y al grito de “victoria”, empiezo a correr.
Manuel Romero Higes
Correr. A eso se resume todo: correr para sentir cómo se hunden nuestros pies en el barro. Cómo evoluciona nuestra sonrisa, cómo vamos irguiendo la columna hasta palpar el cielo; correr, correr, correr…
Hemos tropezado demasiadas veces; otras, conseguimos retomar el sendero aun arribando tan maltrechos como nos permitieran nuestras pulsaciones.
Hemos corrido juntos, nos hemos perseguido; hemos acelerado para huir, para cazar, para jugar, para sentir la libertad...
Algunos dejaron de correr, fueron finalmente alcanzados, anclaron sus piernas en la arena o simplemente, dejaron de encontrar sentido a su galopada, pero también nos ayudaron a progresar, otorgándonos la oportunidad de llegar a la última espantada.
En esta justa alcanzaremos la gloria, arrancaremos la cinta de meta con nuestras garras. Forjaremos nuestra superioridad sobre los que corrieron para desertar, para perseguirnos, incluso los que batieron sus piernas para detenerse.
Hoy evolucionaremos hasta la victoria, únicamente hemos necesitado novecientos mil años.
Juan Francisco Pelayo Moles
En la San Silvestre Salmantina, el último corredor en cruzar la meta, levanta los brazos como un héroe, anunciando su victoria. Los periodistas lo rodean por ver que pantomima es aquella; los espectadores se ríen.
Se quita sus zapatillas marca "tórtola", que después de diez kilómetros presentan dos troneras en las suelas. Por allí las plantas de sus pies lamen el suelo.
—Mis zapatillas no fueron las adecuadas— dice.
Toma su pulso con dos dedos en la muñeca. En estado de reposo sus pulsaciones son de ochenta por minuto, demasiado para un atleta.
Después arroja sobre el pavimento dos hermosos puñados de piedras que han corrido con él en los bolsillos del pantalón corto. Finalmente dice:
—Alguien ha hecho mejor tiempo que el yo, pero yo he superado el mayor número de obstáculos. Yo he vencido.
Manuel Cortés Blanco
Entre los presentes hay estudiantes vestidos como vaqueros, ese parado disfrazado de ciego sin su lazarillo, funcionarios de barbas postizas, jóvenes luciendo gorros de Papá Noel, muchos chiquillos, una mamá con carrito, mil atletas… Alguien incluso divisa tres Reyes Magos, dos Supermanes y otro amor en los tiempos del cólera... Pero en especial, hay gente de todas las edades, ilusionada por disfrutar de esta carrera convertida en fiesta, a la que acuden con tantos colores. Sobre la piel, un dorsal; bajo la piel, corazón.
El recorrido cursa entre calles tan bellas que parecen de mentira, que estuvieran hechas a base de decorados. Es la Ciudad sabia, por su Universidad; la Ciudad dorada, por cómo refleja el sol.
Desde mi puesto de voluntario, a pie de una ambulancia cerca del río, velaré para que cada sueño corriendo en zapatillas alcance su meta.
Por fin dan la salida. Nuestra fiesta ha comenzado.
Francisco Lorenzo Venancio
Madrugada. Salgo al asfalto iluminado por las altas farolas en completa soledad. Los gatos aún no han terminado su escapada nocturna, yo empiezo la mía. Es una batalla personal, estaré preparado, me digo, no me daré por vencido ahora, con todo lo que ya he hecho, y acelero el ritmo. Escucho mi respiración y noto el frío mientras corro, estoy muy concentrado, nada ni nadie parece existir alrededor, solo el camino y mis zancadas. Sigo yo y mis piernas en la noche y me sorprendo diciéndome al rato: ¡Cómo disfruto lo que hago!. Sé que puedo superar mi mejor marca en la Salmantina, sé que los años que han pasado me lo pondrán más difícil, pero sobre todo sé, que estoy entrenando bien...
Miguel García-Fernández
Álex llegó a la «Sansil» para darlo todo. Era de los que consideraba una debilidad eso de «lo importante es participar». Por ello, se encerró en sí mismo para acomodar su ser al ritmo acelerado de unas zancadas triunfadoras.
Pero, si hubiese disfrutado de la carrera, de la gente que participaba en ella, tal vez se habría dado cuenta de la belleza que suponía sentir el viento y las fragancias del invierno sobre el rostro, o escuchar los latidos de miles de corazones vibrando a un tiempo.
Tal vez si hubiese mirado alrededor habría visto a Marcos. Habría visto su sonrisa. Habría decidido acompasar sus pasos a los de él.
Tal vez entonces no habría vuelto a casa victorioso, pero habría vuelto acompañado.
Se sucedieron los «Enhorabuenas», por supuesto; pero, al final del día, allí estaba Álex, en la más absoluta soledad y deseando que llegase pronto la próxima «Sansil».
Agustín Tomé Gangas
Es mi tercera participación en esta carrera, en las dos anteriores tuve que abandonar. Miro a mi alrededor y noto el ambiente festivo, algunos participantes van disfrazados, el público se divierte… . De pronto veo a mi mejor amigo, Jesús. Hace días, entrenando, bromeábamos con la posibilidad de ganar y entrar juntos en meta. La carrera comienza, voy abriéndome paso entre la marea multicolor. A mitad de recorrido cuento delante de mí ocho corredores, ¡entre ellos está Jesús!. Pronto llego junto a él, me mira y sonríe. Se acerca el final, nos hemos despegado del grupo, pero justo ahora noto un dolor intenso en los gemelos, ¡no puede ser! Es entonces cuando percibo el calor del público, ahí está mi familia animándome, me olvido del dolor, Jesús me está esperando, cruzamos la meta de la mano y yo caigo desplomado, nos abrazamos en el suelo, ¡nuestro sueño se ha cumplido!
Ana Hernández Iglesias
No, no me asustaba, pero su presencia era inquietante. Era como si algo nos conectase más allá de las palabras, pero no fuéramos capaces de descifrar el mensaje del otro. Solo aparecía, inmóvil. Nos mirábamos sin mirar y esperábamos sin saber a qué. Como si nuestra historia no pudiese contarse aún.
Òscar Pareja Bañón
El sonido de las bambas ocupan el aire, la carretera y el palpitar de los diferentes corazones que se han reunido este día para disfrutar de su afición favorita: Correr.
Ellos se miran sin hablar. Sólo sonríen y asienten. Su máxima ilusión, llegar juntos a meta. Igualar sus ritmos, sus fuerzas y su respiración. Convertirse en uno. Para ella es su primera carrera (no será la última desde hoy). Para él, ya no existe un número concreto pero sí que es la primera (y la penúltima con ella).
Él amolda su ritmo y esfuerzo al de ella, demostrándole fuerza y acompañamiento para el resto de la vida. Ella le sonríe soportando el malestar que siente en sus piernas y en porqué ha aceptado el reto.
La meta está cerca. Ve el final del sufrimiento recorrido. Ambos entran en meta cogidos de la mano y se besan felices pocos metros después.
Eglee Soledad Meneses Parada
Ese día seré tu sol para cubrirte de calor hasta la meta, y para que todo lo atletas sientan mi resplandeciente energía que toca las fibras más sensibles y los hace transpirar. Ese sol capaz de convertir tus calles en un mar de sonrisas y tus avenidas en una alfombra de alegría llena de pasión. Ese día quiero ser el centro de todas las miradas y convertir tu festival en una fiesta bienaventurada, donde los retos son sueños que se cumplen y se hacen realidad. Ese día quiero hacer de ti, mi San Silvestre Salmantina un grito de emoción. Ese sol que impulsa a todo un pueblo, a calzar de tenis el corazón, para que con orgullo luzcan vitalidad palpitante y que la brisa que respiran sea el antídoto perfecto y penetrante para hacer de todos ellos la imagen de un gran campeón.
Luis San José López
A mi sombra le gustan mis zapatillas, lo sé. La he sorprendido varias veces acariciándolas en silencio, con una mezcla de nostalgia y envidia.
Salvo los días nublos en que no hay forma de sacarla de casa, está como loca por salir a correr conmigo. Me las pongo y empieza a saltar de júbilo como si fuera un perrito faldero. Poco después salta, regatea, evade, burla, respinga, quiebra, esquiva, se encoge y estira a capricho, con una elegancia y agilidad envidiables, dibujando formas grotescas que parecen reírse de todo. No quiero pensar lo que haría con unas zapatillas propias y un poco de libertad.
Esta mañana la he regalado un dorsal para la San Silvestre, pero me ha mirado de reojo cuando ha visto mis zapatillas nuevas y ha empezado a respirar con un ritmo desconocido. No sé, me ha dado un mal presentimiento.
José Solana Dueso
Hoy he cumplido cincuenta y siete años. Me ha parecido que en la bóveda celeste se abría una pequeña grieta. Finas láminas de pintura desconchada han caído sobre mi cabeza. Tras ellas, seguía una tenue y efímera estela de leve polvo gris.
Carmen Prieto
Él que nunca había fumado. Él que corría a diario y participaba en carreras populares. El tumor se le había extendido. Las probabilidades de sobrevivir eran mínimas. En apenas unas semanas había perdido el pelo y su cuerpo era ahora una endeble masa de huesos y piel. Cada día era un tormento. Interminables sesiones de quimioterapia. Decenas de pastillas. Mientras veía pasar a los corredores de la San Silvestre recordó a Emil Zátopek. Aquel atleta checo que en una semana venció en los cinco mil, los diez mil metros y la maratón en los Juegos Olímpicos de Helsinki. Decían que era imposible, que nadie podría hacer algo así. Un paso detrás de otro. Siempre hacia delante. Sorteando toda clase de obstáculos. Cuando vio al primer corredor alcanzar la meta, se marchó al hospital convencido. Él también iba a ganar aquella carrera por la vida.
ANA BELÉN CAÑETE JIMÉNEZ
Correr. Sentir que mis pies casi no tocan el suelo y que mis miedos han quedado atrás. Que, desde hace tiempo, no me siguen el ritmo. No necesito más impulso que el mío propio. He llegado hasta aquí sola. Era mi reto. Demostrarme que no tengo más limitaciones que las que yo misma voy dibujando en mi propio camino. Hubo quien me pensó débil y quiso protegerme, pero no soy tan frágil como pueda parecer. En este cuerpo flaco y herido, cabe mucha valentía y arrojo. He entrenado con ilusión y constancia. Ahora estoy delante de la salida, dorsal en el pecho, pelo recogido en una coleta bien alta y zapatillas bien atadas para que no se me escapen ni las ganas. Va a comenzar, es mi momento, necesito disfrutarla. San Silvestre Salmantina, por fin nos encontramos. Encantada de conocerte. Trátame bien, que necesito volver el año que viene
Aida Lobo Rodríguez
Trata sobre los sentimientos de una adolescente que, cuando era niña, corría siempre la carrera san silvestre con su abuelo pero, cuando este murió, ella se deprimió mucho y cuando va a correr está así, deprimida, pero durante la carrera se alegra al recordarlo.
Aida Lobo Rodríguez
Recuerdo cuando nos íbamos a correr por los senderos en la montaña para tener más resistencia.
Recuerdo cuando tachábamos los días en el calendario cuando solo quedaba un mes. Recuerdo ese momento cuando la carrera estaba a punto de comenzar y nos mirábamos nerviosos.
Recuerdo las risas y bromas que decíamos mientras corríamos imaginando a los demás esperándonos en la meta.
Recuerdo cuando al acabar la carrera íbamos todos a comer un helado para recuperar fuerzas después de tanta diversión.
Pero, solo son recuerdos. Ahora recorro sola esos senderos caminando, no tacho los días, ya no siento esa felicidad al empezar la carrera.Entonces, recuerdo las risas y bromas y en mi cabeza, pienso en tu sonrisa y a ti diciéndome: aunque ya no podamos correr más juntos corre, corre por mí. Y aquí sigo y seguiré, corriendo por ti abuelo que me animas desde donde estés.
Pedro Encinas Cerezo
Al niño se le cae la baba con su madre. La mira y admira mientras ella anuda cuidadosamente sus viejas zapatillas para salir a correr. Hace un frío que pela, ventisca y cae aguanieve, pero no importa. Le da un besote y sale disparada a entrenar y repasar el recorrido, hasta San Antonio. Un año más no faltará a la cita, no llegará la primera, ni la segunda… pero un año más, volverá más feliz de lo que salió. El niño adivina en la sonrisa de mamá que correr, avanzar contra viento y marea, y tener una meta, debe ser algo fantástico. Desea seguir sus pasos. Sueña pisar sus huellas.
Él aún no lo sabe, pero Papá Noel, le traerá en Nochebuena unas zapatillas nuevas para correr la primera Sansil Salmantina de su vida.
Antonio Llorente Abellán
Quien no tiene claro el camino no tiene por qué quedarse quieto, le decía su madrina, que no era un hada, pero casi. No obstante Julián no se decidía, hacía frío, pensaba, quizás llueva, presentía. Y no me repitas eso de que se hace camino al andar, le replicaba Julián a su hada madrina, sin decírselo, pero casi. No importa lo que hagas, pero sí que importará si dejas de hacerlo, pensaba Julián, o quizás era su madrina la que reflexionaba ya dentro de él. Tópicos, son sólo tópicos, frases hechas, medicina vudú para los necios, se contestaba él o le respondía a ella. Bien, creo que me voy. Te veo al final del túnel, dijo él. Querrás decir al final de la carrera. Es lo mismo, se dijeron a la vez.
EDUARDO MARTÍN ZURITA
La vida te da y te quita lo que más quieres. Nunca fue conmigo lo del sillón ball. El citius olímpico era otra cosa. Lo que natura no da, Salamanca sí presta. Claro que encontré la rana. Un grado en Ciencias de la Actividad Física y del Deporte. Me enseñaron todo acerca del hombre en movimiento. Me planteé participar en la San Silvestre, menudo lujo, y elegí la edición correspondiente a 2015. Ante lo fugaz de una vida, se impone correr para abrirle hueco. Sentí el cuerpo volverse uno con el viento, los cuádriceps como flechas con el impulso acompasado de los deltoides; ese pulmón inmenso alrededor mío.
Un día, en otra calle, se cruzó en mi vida el automóvil que no vi. Esta vez quizá me dejen inscribirme en la categoría de disfrazado de silla de ruedas. Si no me dejan, balconada con vistas a la Avenida de Villamayor.
Ernesto Ortega Garrido
Poco después de la salida, Matías Sánchez aceleró el ritmo de su zancada, pero enseguida le adelantó el adolescente que una vez fue. Llevaba el pelo largo y parecía en forma. Le miraba con cierto desprecio y un aire rebelde. Sin duda, no estaba dispuesto a convertirse en uno más, en otro de tantos que corrían la carrera de la vida con un número grapado al estómago, una hipoteca y un trabajo de nueve a seis. Entonces empezaron a pasarle todos los Matías Sánchez que había dejado en el camino: el que estudió Periodismo en lugar de Empresariales, el que todavía tocaba la guitarra, el que se casó con su primera novia o el que se marchó a trabajar a Londres. A todos los vio desaparecer entre el gentío que corría por el histórico empedrado de Salamanca, mientras se preguntaba qué diablos habría sido de ellos y dónde estarían ahora.
Juan Carlos Somoza García
Mi abuelo me dijo que aquel domingo la “Sansil” y un chip solidario multiplicaban la refulgencia de los uniformes fosforitos. Años atrás mi padre también había escuchado sus recomendaciones desde el punto de salida al correr la San Silvestre. Me indicó que iniciara la carrera sin olvidar que el camino era tan importante como el llegar; que mantuviera el ritmo porque la vida no se sujetaba al cronómetro y había que adaptarse a sus costumbres; que en el último tramo imprimiera celeridad elevándome sobre los pies para ocupar mi sitio en el mundo; y que no me preocupara por romper la cinta en el Paseo de San Antonio el primero, ya que hasta el tiempo necesitaba de sí mismo para ir tejiendo el interior mientras transcurría…
—Silvestre… abuelo… ¿Triunfo de carrera y vida?... —pregunté entusiasmado.
— Querido nieto —susurró—, algún día en las dos estarás en el cajón “élite”.
ROBERTO MARIN LUQUE
Aquel año hizo menos frío de lo normal. Iba estrenando unas zapas guapas de la marca Boomerang, naranjas y por menos de veinte euros. Sí ya sé que no es gran cosa ni soy un campeón de atletismo. Pero al menos lo intento. Lucho conmigo mismo cada mañana por salir a correr, o como dice mi amigo Fran: salgo a hacer ejercicios de trote cochinero. Pero ahí están mis intentos por salir a hacer algo que me apasiona y me libera cada día.
Como aquel año hizo menos frío de lo normal y yo rindo mejor con temperaturas suaves me sentía mejor conforme pasa el tiempo, de repente, todo ocurrió tan rápido que lo recuerdo confusamente, comencé a adelantar corredores, uno tras otro, fue como si una energía superior me hubiera insuflado una fuerza extraordinaria, hasta que lo conseguí, logré terminar mi primera San Silvestre Salmantina.
Gabriel Camero Martín
Ambos esperan en el hall de aquel hotel de las afueras.
El historiador presta atención a las venas atrapadas que el atleta esconde entre su escasa carne y a la evidente musculatura que deja entrever bajo su corto pantoloncito. Observa las pulcras zapatillas que calza y le asombra lo magro pero elegante de su rostro.
El atleta, por su parte, está concentrado en intentar evadirse de presiones. Ya sabe que encontrará charcos y que la carrera será dura desde el comienzo. A pesar de su concentración no cesa en observar al tipo que tiene enfrente. Le resulta gracioso el panamá que lleva puesto y no recuerda haber visto tantos bolsillos en una cazadora. También le parecen raros los cinco o seis tomos sobre Renacimiento que lleva consigo así como la bolsa que reposa junto a él y desde donde asoman brochas y escoplos.
Joana Gomila
Percibir el bombeo de la sangre en mi pecho y en el cuello; percibirlo cada vez que alzas una de tus piernas, que la postras con energía contra el suelo. Correr y, cada vez que avanzas y avanzas, tomas aire. Los labios abiertos de par en par, el sudor resbalando por la barbilla, el sonido de la respiración clavándose en los oídos. Correr, sentir que tu cuerpo no tiene límites, sentir que, con cada metro que avanzas, estás convirtiéndote en un humano diferente. Más seguro de sí mismo. Más poderoso.
Correr, correr... y correr.
Hugo Armando Lara Romero
—¿Ya vas a salir?
—Si mamá, estoy terminando.
Vestirme la ropa de atletismo es casi un ritual para mí. Colocarme los calcetines y los zapatos para correr es importante, pero el punto álgido es cuando me pongo la sudadera y el dorsal de la Sansil.
—Se te hace tarde para la competencia, será mejor que te apures —dijo mi madre. Para mí la carrera ya había comenzado, sin haber pisado aún el asfalto—. Venga, date prisa, no debemos llegar tarde al marcaje.
—Estoy listo madre —dije mirándome al espejo, por última vez en esa mañana—. Ya podemos salir.
—Perfecto —dijo mi madre con los ojos resplandecientes de orgullo—. ¿No olvidas lo más importante?
—¿A que te refieres? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta—. Creo que ya tengo todo.
—El beso de la buena suerte hijo —respondió besándome en la frente— ¡A correr mi campeón!
Sergio Gaut vel Hartman
A sus setenta, Antonio Ramos Nieto corría por quincuagésima vez la San Silvestre Salmantina. Lo hacía desde que se inaugurara la carrera, en 1984, y era el único que había estado presente en todas las ediciones. No ganó ninguna, por cierto, pero le apasionaba correr; todos los años se calzaba los cortos, se lanzaba a circular por las calles de la ciudad y siempre lograba mejorar su marca anterior en algunos segundos. ¡Era increíble! El paso de los años, como a los buenos vinos y a las conservas de pescado, en lugar de perjudicarlo parecía beneficiarlo. Lo único deplorable era que desde la llegada de los extraterrestres la cosa se había desnaturalizado. Y para corroborarlo vio pasar como una exhalación a un zoombiano de seis extremidades que recorría los diez mil metros en menos de ocho minutos. ¡Así no se puede!, exclamó Antonio para sí mismo, pero siguió corriendo.
David Martinez Nuñez
Mi sudor pronto comenzó a emerger junto con mi aliento, envuelto por la alegría de quienes me rodeaban. Paso tras paso, contemplaba la bella ruta de mi carrera por la San Silvestre, recordando aquellos lejanos años cuando el correr no suponía esfuerzo. Motivado por mi promesa, seguí un ritmo adecuado con la ilusión de llegar a meta sin pretender mayor trofeo que el de la amistad. Pensé y volví a pensar, intentado no caer en los acechantes recuerdos siempre tan difíciles de superar. Miré hacia el frente, dispuesto a navegar con ímpetu por entre la marea de anhelos, flujo de voluntades. Aceleré el ritmo, sintiendo una ligera rabia por el tiempo perdido frente a la entretenida y hechicera caja de insensible pasividad, que siempre acompañaba a mi reloj. Estaba corriendo y me sentía libre… tan libre, que toda sombra quedo allí, bajo las plantas de mis pies.
yeniset vaz
Antologías Suicidas
¿ Y qué hay de mi alma sangrienta? , ¿ de mi viaje adelantado? , ¿ seré castigado, entonces?
Pues que así sea , no me arrepiento de mi desamor.
El sol no siempre sale para todos, algunas veces nuestros ojos no lo perciben.
Los míos siempre estuvieron cegados.
Pobres de esas almas que no buscan su verdad , pobres de ellas y de sus mentiras mundanas.
Del mundo que no siente , que no abraza la libertad. Ahora seré libre , libre de mi soledad.
Cada vez siento mayor oscuridad y frío en el umbral. Me desapego de mi cuerpo ya inerte y sin vida. Ahora tengo miedo , ahora todo lo veo y comienzo a soñar.
ZV
Jack Babiloni
Primera zancada. Pienso en la condena de recordar hasta lo ínfimo. Kilómetro uno. Olvidé comprar calabacines. Kilómetro dos. Bob Dylan no contesta. Kilómetro tres. Medio corazón del país anda encogido por que Chenoa y Bisbal canten juntos, quince años después. Kilómetro cuatro. Todos los humanos atacados por tiburones coinciden siempre en afirmar que el mordisco nunca es doloroso. Kilómetro cinco. Bebe, bebe; atento a los electrolitos. Kilómetro seis. El canto del pato no tiene eco. Kilómetro siete. ¿Cuánto me quedará de pensión? Kilómetro ocho. Me digo: Vigila la diaforesis. Kilómetro nueve. Messi se tiñó de rubio platino. Cruzo la meta. Recojo la presea. Sonrío a los fotógrafos. Bajo del pódium. Sigo corriendo hasta el geriátrico. Mamá me espera sentada bajo aquel precioso plátano de sombra. “Bonita medalla, joven. ¿Me dejará desenvolverla? ¿Compartimos a medias su chocolatina?” Vuelvo al kilómetro cero. Pienso en la condena de no recordar.
Yolanda Nava
Todo está preparado en el Paseo de San Antonio, sólo falta la señal. Niñez gatea, gira y se distrae mientras espera, pero cuando dan la salida, se yergue y se pone en movimiento imitando a los demás. Juventud avanza despreocupada, convencida de su capacidad para coronar cuantas metas le pongan por delante. Madurez recela de sus posibilidades y busca una estrategia, se decanta por mantener la regularidad. Vejez se conforma con participar, ahíta ya de metas. Pero el triunfo es para un participante que nadie tuvo en cuenta: Tiempo, que a la altura del Paseo del Rollo pasa raudo, superando con notable ventaja a los demás. Niñez lo admira y le gustaría haber volado subido a sus hombros. Juventud lo tilda de engreído, Madurez calla y Vejez lo maldice por avaro.
J.S.
Los corredores nos apelotonamos en la línea de salida. Somos tan diferentes los unos de los otros que parecemos el público de un programa de televisión casposo. Hay hombres y mujeres a partes iguales. Las edades, entre los veintipocos y los sesenta. Algunos vamos en chándal, y otros, en traje sastre. La tensión domina el ambiente. Nos miramos recelosos. Pero nadie opina ni pregunta. Qué querrán… ¿Que peleemos como energúmenos por alcanzar uno de los primeros puestos? ¿Que hagamos lo posible por llegar de los últimos? ¿O que seamos creativos y corramos a la pata coja o haciendo piruetas? Es que sin saber de qué va el puesto ofertado es imposible averiguarlo... Pero 1000 euros netos al mes y tickets restaurante es el mejor de los trofeos. Por fin suena el pistoletazo de salida. “¡Que comience la dinámica de grupo!", grita una consultora de RR.HH. desatada.
María Jesús Cuesta López
Se acerca el día, y no me preocupa la ropa, ni el equipo técnico. Habiéndolo usado bajo sol y luna, sobre césped y asfalto, con calores sofocantes y fríos gélidos, confío. Hoy me preocupa la poción.
Porque a pesar de la belleza de las piedras que escoltarán el camino; del calor de las gentes que alentarán nuestro esfuerzo; del recuerdo de la triunfante sensación al atravesar la línea de meta… A pesar de todo, llegará ese momento, justo antes de una cuesta, en curva o recta, en el que necesitaremos la poción.
Ese conjuro mágico que rellena el depósito cuando cuerpo y mente dicen “Para”. La poción es un hijo o una madre; es un trabajo o una enfermedad; es un amigo o un recuerdo; es un sueño o un reto. Pero sin poción, no hay carrera, por buenas que sean las zapatillas.
Hoy me preocupa la poción. Mañana corremos.
Rocío Martínez
Me persigue siempre. Hace exactamente lo mismo que yo aunque sé que desearía hacer justamente lo contrario.
Por la noche no la veo pero sigue ahí, acechándome. Cuando se descuida, protegida por la oscuridad, la luz de una farola inesperada la descubre de nuevo.
A veces se hace grande, parece tan poderosa que pienso que no me necesita, pero nunca se va. Entonces posa ante mí como un espejo juzgador replicando mis movimientos.
Corro para escapar de ella, pero es imposible, es más rápida que yo. No sé cuánto más, porque no se despega de mí, pero sé que es capaz de ganarme a la carrera en cuanto le apetece. Pues a veces va detrás pero cuando va delante me esfuerzo para pasarla y no lo consigo, entonces acelero el paso, corro todo lo rápido que puedo, pero ella siempre es más rápida, justo un poco más rápida que yo.
Iona Salvador
Allí estaba, un año más participando en la carrera de San Silvestre Salmantina. Diez kilómetros que para Agustín eran como una maratón: sus cincuenta y dos años le pesaban pero se lo tomaba con filosofía. Dejaba que los veinteañeros le adelantaran y él corría a su ritmo sin prisa. Eran ya quince años seguidos participando en la carrera y conocía a la perfección qué kilómetros le hacían sufrir más pero también cuáles eran los más mágicos: durante los últimos dos kilómetros, su cuerpo se había acostumbrado ya al cansancio y sentía poco dolor. Cerraba los ojos. Podía hacer el recorrido de memoria. Le gustaba correr a ciegas y trasladarse a otro sitio: el desierto de Atacama , una jungla hawaiiana o un paisaje rocoso islandés. Eran estos dos últimos kilómetros que hacían soñar a Agustín. Era en este momento que se sentía capaz de recorrer todo el mundo sin parar.
Maria de la Luz Rodriguez Gonzalez
Esa mañana, cómo tantas otras me preparé para la carrera. Até mis zapatillas, empecé a subir la cuesta.Subía, subía y volvía a subir, antes de llegar a meta empezó a faltarme el aire, a penas unos metros, caí desvanecido.
Mañana cambian la hora, seguro que es el día.
Patricia Collazo González
Apagó el despertador mucho antes de que sonara. Se deslizó despacio fuera de la cama para no perturbar a la oscura figura extendida a su lado. Lo hizo por costumbre, porque en realidad sabía que no despertaría. Hurgó en el fondo del cajón y extrajo el dorsal. Allí había permanecido oculto para que él no pudiera prohibirle participar. La sonrisa culpable se convirtió en risa de satisfacción cuando se miró al espejo, preparada ya. Las mallas de color brillante que no tenía permitido usar, el impensable top, las zapatillas recién compradas.
Acomodó su pelo largo en una coleta. Usó una capa precisa de maquillaje para disimular con maestría el último golpe. Sabiendo que era exactamente eso: el último. No se despidió del cuerpo inerte de la habitación.
Al salir de casa, el cielo de Salamanca le confirmó que ese era el día. Ya podía correr su siguiente carrera.
Saúl Martín Fernández
Ha sido el momento más esperado del año, y el reencuentro no ha defraudado a nadie. Porque nadie se lo quiso perder. Tere, Ángel, Francisco, Noelia, Marta, David, Clara, Rafa… Todos acudieron a la reunión. Ni uno sólo de los triunfitos y de las triunfitas de las primeras ediciones quiso faltar esta mágica cita. Risas, abrazos, recuerdos, anécdotas… para todo hubo tiempo, pero sobre todo, como no, para hacer aquello que como un transparente cordel de seda les ha unido para siempre: Correr. Y esta vez, simplemente correr. Sin rivalidades. Sin egos. Correr por correr. Disfrutando del movimiento. Del momento. De la compañía. Una San Silvestre más.
Jorge Martin Tomé
"Cuando veas a uno de estos, los del pelo blanco, pégate a él, te va a llevar sin que te des cuenta."."Pero, me está pasando un tío de la edad de mi abuelo". Estos y parecidos comentarios se escuchan a nuestro paso lento, pero a ritmo creciente. Con respiraciones acompasadas y zancadas cortas y frecuentes, vamos adelantando atletas desde el final de carrera, donde a él le gusta comenzar. No hablamos, no hace falta. Aplausos y jaleos nos envuelven y avivan la cadencia de pisada. Diviso la meta al fondo del estrecho pasillo de público, del que surgen arengas con su nombre. Un ligero frenazo antes de cruzar permite que yo entre antes que él, para después fundirnos en un abrazo. Tengo la suerte de aprender de su veteranía en cada salida, y el honor de compartir esos atléticos genes que me ha dejado en herencia. Gracias papá.
DOMINGO RODRÍGUEZ BARROSO
Lleva treinta y tres años queriendo participar en la carrera de esta capital que desde hace tanto tiempo es su hogar. Además, le entusiasma la actividad física y su todavía privilegiada complexión haría de ella una de las veteranas favoritas para ganar la prueba.
Pero también lleva treinta y tres años dudando de la conveniencia o no de inscribirse y, de este modo, desvelar su secreto. Finalmente, tras sopesarlo, reconsidera que es mejor permanecer quieta encima de su calavera.
Y es en esta posición cuando días después ve acercarse a una multitud de corredores. Pasan de largo, fugaces, centrados en su reto, y allí se queda ella y su alegre tristeza siendo una edición más la espectadora eterna de la ciudad.
Lorena Barrionuevo
La ilusión de ganar el maratón lo contentaba en cada entrenamiento y así debía de ser,para llevarle también felicidad a su pequeño hijo como lo habían acordado.El día de la carrera Joaquín colocó en la muñeca izquierda de su padre una cinta con un globo blanco y una carita feliz dibujada en éste-Así podremos ganarla juntos-le expresó con una sonrisa.Su padre con ojos húmedos lo abrazó fuerte y le besó en la frente dejándolo luego en el regazo de su madre.Sabía que debía ganar por ellos,por el premio y también para quitar la miseria y el sabor amargo que había en sus vidas.Al trote lloró cuando se ubicó primero y también cuando observaba al globo acompañándolo;ensanchado de felicidad por ganar premio y desafío,sabedor al fin que las prótesis para las piernas de Joaquín llegarían como ellos también a la meta.
Noelia Tirado
Nos faltó el aire, desde luego.
Disfrutamos del viento que golpeaba nuestra cara, el sol que iluminaba las calles. Vimos a los demás corredores poner todo su empeño.
Recuerdo que sentía mis piernas pesadas, el dolor en el costado se hacía insoportable y a penas el oxígeno entraba en mis pulmones, éstos, exigían mucho más aire. Mi cuerpo me pedía más fuerza. A mitad de recorrido, no pensaba que pudiera llegar a la meta, mantener la segunda posición por la que había luchado desde el minuto uno.
No sabía su nombre.
Sin embargo, cada fibra de mi cuerpo se sintió aliviada cuando me agarró la mano y tiró de mí hasta la meta. Faltaban pocos metros. ¿Quién pasaría primero?
Nos faltó el aire cuando ambos, a dos metros de la meta, nos quedamos quietos, congelados.
Apreté los labios.
Nos miramos.
Había sido nuestra primera carrera, pero no la última.
Gusmar Carleix Sosa Crespo
Nos reunió la carrera San Silvestre. Una tradición nos convocó para que, bajo un mismo cielo, tú y yo nos encontrásemos.
Tú, gacela indómita, ligera de pies, no sabía yo qué tantos kilómetros habías recorrido en tu vida. Aficionada eterna del atletismo. Yo solo fui para pasar el mal sabor de los días agónicos que se acumularon. Fue Román quien me dijo “ve a correr, distráete un rato”. Y así me dejé llevar por las calles salamantinas.
Tú, en el Recorrido D, veterana femenina A; yo en el mismo Recorrido, veterano masculino B. Nos unió una meta, el Paseo San Antonio. Allí te vi por primera vez y en un instante curaste mi alma cansada de tanto correr por las veredas de la vida.
¿Quién iba a pensar que la San Silvestre Salamantina sería el escenario para reencontrar el amor?
Han pasado tres años, aquí vamos de nuevo a correr.
Iñaki García Álvarez
No, señor, ya le dije que sólo estaba viendo las luces navideñas, que soy pastor y vivo en el monte, que era la primera vez que me escapaba a Salamanca. ¿Cómo iba yo a saber por qué corría toda esa gente? De pequeño ya me enseñaron eso de, tú si ves correr, corre y no te quedes el último. Y luego, esos guardias, que empiezan a perseguirme, si yo nunca hice nada malo, de verdad. Y la gente me jaleaba; nunca en la vida me habían aplaudido, siempre lo que recibí fueron palos. Y me acordé de cuando pequeño, eso de tonto el último, y corrí y corrí. Y de repente que se me echan todos encima y comienzan a auparme; que si era el mejor, que si había ganado la carrera, yo que nunca gané nada. Y se lo juro, señor; no sé qué fue lo que pasó después.
Antonio Javier Álvarez Linares
Con la sensación de dolor en el dedo de la pierna derecha, emprenden la marcha esos pequeños seres asilvestrados que se atreven a extenderse como miles de pequeñas agujas y se separan competitivos hacia alguna zona del pie hasta atenazarlo. Se estiran hacia el gemelo, dejando un numeroso pelotón atrás, que continuará a ritmo lento pero constante, pierna arriba, y alcanzará más tarde los muslos y caderas. Otro grupo de cabeza toma la delantera y recorre el tronco, los brazos, se avituallan con sus últimas fuerzas en los pulmones; exhaustos, pasan volando por las arterias del corazón, y ya, con fuerzas mínimas, algún aventajado de los escapados fluye a la boca, nariz, ojos, con la intención de terminar en el cerebro del corredor de maratón, que lucha solo contra todos ellos para no quedar atrás y conseguir llegar a la meta.
Teresa Álvarez González
Nació corriendo. En un taxi que volaba a la maternidad. Corrió para que no le pegaran en el colegio. Corrió para que su madre no tuviese que huir. Corrió delante de los grises. Corrió, sin mirar atrás, hacia la emigración. Corrió para atrapar a su hija. Para coger trenes. Para llegar a ser jefe de su departamento. Corrió en los sanfermines. Corrió mucho para que no le alcanzase un cáncer.
Y ahora que parecía que iba a parar, le han colocado un dorsal de la san silvestre salmantina y unas zapatillas fluorescentes. A correr, de nuevo. Cuando llegue a la meta , que levante los brazos, le grita el nieto.
Eulin Elias Palma
Participar en la San Silvestre Salmantina, más que un reto, es un deseo de perpetuar la memoria de mi padre. Él me decía con orgullo ser de Salamanca y haber recorrido, en su infancia y adolescencia, todas esas calles por donde se realiza el recorrido de las distintas salidas.
Un día, faltando varios meses para diciembre, mes en el que se realiza el evento, nos dijo emocionado: “Vayan preparando sus maletas, porque vamos a España a participar en la carrera más importante de mi vida”
Llegado el mes de las fiestas decembrinas de 1986, nos encontrábamos en el frente de la catedral de Salamanca cumpliendo una promesa que él había hecho antes de partir a Venezuela, treinta años atrás.
Y hoy, veinte años después, me encuentro de nuevo, pero sin mi querido padre, en Salamanca, dispuesto a hacerlo sentir orgulloso de su vástago.
Marcos Rodríguez Plasencia
Martín necesitaba huir de la realidad. El mundo se había vuelto una locura durante el último día. Su trabajo era muy estresante, había discutido varias veces con su novia en la última semana y su familia se alejaba de él cada día más.
Martín decidió apuntarse a la San Silvestre Salmantina. Sabía que era la manera de escapar de su vida por un tiempo. Así que, se puso su malla y se lanzó a la carrera. Una vez en la línea de salida, sólo quería correr sin pensar en nada.
Cada zancada era un momento de tranquilidad. A medida que avanzaba, la tranquilidad se apoderaba de él. Así hasta que llegó a la meta. Ya no le importaba volver a casa y enfrentarse a su vida porque, en realidad, sus problemas no se iban con la distancia, sino con la carrera.
Miguel Penades
Tensión. Sudor. Dolor. Solo estoy a la mitad, y ya estoy al límite. No debí repetir de turrón ayer. Me duelen las piernas, a cada año más viejo. A cada año más duro. Un joven que me pasa como si nada. Podría abandonar. Argumentar que ya estoy mayor para esto. Podría irme en cualquier momento. Más sigo. Todos los años pienso lo mismo, y al final acabo. No, no me rendiré hoy. No me rendí las otras treinta y dos veces y no lo hare ahora. Mas mayor seguro, más lento quizás, pero rendirse jamás. Perseverante siempre. La meta está en el mismo lugar de siempre, la distancia es la misma. Al final llego. Y pienso que este es el último año que me presento, que ya estoy mayor para estas cosas. Pero al llegar el año siguiente se me olvida y vuelvo a correr.
SONIA SAAVEDRA BOSQUE
-¿…y si no llego?
-No, claro que llegas. ¿Dejarás de llegar?
-Es que no puedo… no puedo más.
-¡Tú corre! Sólo corre. Calla y corre.
-Es que aún queda mucho.
-Pues piensas en otra cosa y no te enteras. Además, tampoco queda tanto.
-Es que me falta el aire…
-Céntrate en la respiración.
-Si me fijo en la respiración, la fuerzo, ventilo demasiado y luego me entra flato.
-¡No, flato no! Ni lo menciones… Tú respira como puedas.
-Vale.
-Venga, ya queda menos… No pienses en nada. Sólo corre. No subas el ritmo si no puedes, pero tampoco lo bajes.
-¡Qué fácil es decirlo!
-Haz lo que puedas.
-Quiero llegar ya.
-Cuanto más rápido corras, antes llegarás.
-¡Cállate ya! Lo que necesito es animarme…
-Bueno, pues tú sabrás. Yo sólo puedo decirte que no pares, que sigas corriendo.
Y el corredor no dejó de hablar consigo mismo. Y siguió corriendo…
Alejo Rodríguez Valenzuela
Unas zancadas más hasta la Avenida de Portugal, otro kilómetro de avezado sístole y de tenaz diástole en armonía con el intermitente soporte telúrico, en complicidad con los fugaces rostros locales y peregrinos y con las autoridades de granito, ladrillo e historia de un Patrimonio de la Humanidad por cuyas entrañas se abre paso el ritmo ecuménico de casi cinco mil propósitos del año agonizante; de la cura atlética para la zozobra navideña; de la pericia de aquél que, muy adelantado para divisarlo, ya roza la gloria; de quien, detrás de mí, rezuma la plétora de una salubre promesa cumplida; de la fidelidad del Veterano desde 1984, y de mi pecho aferrado a mi número de Senior. La Plaza de Cuatro Caminos ya anuncia el Paseo de San Antonio, el ciclo completo de otra San Silvestre, de otro año de victoria ritualística, del trofeo del paisaje salmantino en mi rostro.
Andrea Vila Almuiña
Es verdad que la adrenalina se paga cara y que no es sencillo hallarla en pies ajenos. Será por eso que sólo pienso en tus besos cada vez que el sudor me penetra hasta las vértebras. O quizá se me asemeja esa sensación de ir volando al movimiento de nuestros cuerpos entrelazados.
O quizá me he enamorado y mis huellas, asustadas, sólo intentan huir.
Sergio Alonso Criado
Estoy inquieto. Lo reconozco. Además, no me relaja ver a tantos corredores y corredoras a mí alrededor. A ellos, seguro, tampoco.
Solo tengo un deseo…, salir, correr relajado y llegar a la meta.
Corro despacio al principio pero sin relajarme demasiado. No me preocupan los de delante, pero no dejo que me pasen. Avanzo más deprisa y cada vez me encuentro mejor. Mi ritmo mejora y mi respiración está acompasada. Quiero más. Estoy disfrutando. Sé el recorrido de memoria: Salamanca es mi ciudad, pero se disfruta de manera distinta. La gente aplaude… ¡me aplauden! ¡Te dan alas! ¡Lástima que el recorrido no sea más largo! Veo la meta y aprieto. No miro nada, sólo la pancarta a lo lejos y… corro, corro, y corro, y… ¡por fín, la cruzo! orgulloso. He vencido a mi angustia y ya me relajo. –
¡Pum! suena el disparo…, abro los ojos… ¡y a correr!
Carlos Santos Montero
El corredor
Las gradas repletas y el sudor como manantial humedeciéndome el cuerpo. Casi era un veterano del atletismo. Los cien metros, los mil, las carreras con relevo… no debían preocuparme. Sin embargo, el cosquilleo en el estómago permanecía, mis ojos buscaban el punto en el cielo desde donde Zeus observaba con ceño fruncido. Andrea también me miraba alegre e inquieta desde el gentío aunque no la viese. Ella prefería permanecer en el anonimato a ser víctima de los ataques periodísticos, acostumbrados a hurgar en la intimidad de las parejas. El nerviosismo crecía a cada segundo, aunque conocía mi objetivo: correr, correr, correr por la pista con las piernas ligeras y los movimientos precisos, el torso hacia delante. Los consejos del entrenador resonaron al inicio de la carrera, en ese instante divisé a mi Andrea: estaba al final de la pista, esperándome con los brazos abiertos.
Miguel Alfredo Quispe Perez
La paloma que de pronto entonces vi en el cielo azul no era como yo pensé, lo sé ahora, una paloma solamente; es la esperanza misma que detrás de unas nubes, me esperaba; yo la veía y ella me perseguía. No pude más; y cerrando los ojos porque ser veloz mas no podía, me aventuré a correr con los ojos cerrados en este San Silvestre Salmantina, y he aquí que pasó que no alcanzó el cansancio a mi corrida. Sentí que llegaba hasta el cielo y que volaba junto a esa paloma. Cuando menos lo pensé, cerrado los ojos aun, me vi en la meta y me di con que había esa tarde vencido a todos yo. Y volé, volé después como en un sueño al firmamento; hacia otros senderos; y como vencedor en la Salmantina correré ahora entre los cielos, compitiendo contra los Elfos y los Dioses Griegos.
Juan Carlos Quispe Perez
Yo la oí tañer, yo la escucharé plañir, y cuando toquen, cuando toquen como ahora están tocando desde algún lugar lejano las campanas de un viejo pero sonoro campanario, muchos, muchos oirán que suenan, que retumban como jamás retumbaron otros años cuando el cielo era azul y el viento arrastraba algunos pájaros. Pero yo seguiré corriendo; y en su busca aunque me digan loco iré como todos por el San silvestre; ellos tratando de llegar a la meta para sentirse bien y estar aliviados; mas yo para alcanzar la gloria de ver ante mí a aquellos pájaros que en un poema olvidado un poeta descuidado dejó sin terminar para que yo, alcanzándolo, le dé el punto final, y dejar así de escuchar después de a la meta llegado, a aquel sonoro y retumbante campanario.
CARLOS GONZALEZ MAZA
Tenía que acabar la carrera. Era su buen propósito para este año al que sólo le quedaban unos días. El traje de Papá Noel no era lo mejor para correr aunque se agradecía ir abrigado en esa fría mañana de Diciembre. Las horas extra que había tenido que hacer un par de noches atrás pesaban más con cada kilómetro pero no pensaba abandonar. Se acercaba a la meta, apenas le quedaban fuerzas, y entonces lo vio pegado a las vallas, chocando los cinco con los corredores. Parecía mentira con qué poquita cosa disfrutaban los más pequeños. Se acercó a él y le chocó la mano, enfilando los últimos metros con fuerzas renovadas por la sonrisa que le dedicó el niño, a cuyos pies, sin darse cuenta, apareció el regalo que tanto había deseado, mientras cruzaba la meta. Eligió esa carrera para poder pasar desapercibido, pero no pudo evitarlo.
Luis Saiz Vadillo
Entré volando en el Paseo de San Antonio, parecía el hijo del viento, nada más cruzar la meta caí de rodillas mientras el público me aplaudía y vitoreaba, rápidamente llegó gente de la organización,me ofrecieron una bebida isotónica y me taparon con una manta como a los Africanos que ganan las maratones, todos me felicitaban y la muchedumbre seguía aplaudiéndome, no pude por menos que hacer un gesto a modo de saludo cual actor de Hollywood para agradecer el apoyo. Las calles salmantinas me habían agotado, pensar que eran las mismas que recorría los jueves de juerga en mis años mozos, pero el esfuerzo había merecido la pena, jamás olvidare el cariño y la deportividad del público y los demás participantes. Según me dijeron me habían aclamado más a mí que había llegado el último que al primero, pero mi objetivo estaba cumplido, había logrado terminar la carrera.
Juan Sevillano Gacho
Tenía tanta prisa por llegar, que el atajo que tomé se convirtió en laberinto y aún hoy sigo buscando la salida.
Roberto Porras de Arriba
Quedan 57 días. Estoy decidida. Hoy mismo empiezo. La distancia es larga pero creo que puedo.
Quedan treinta días, salgo sola. Mi marido y mi hijo hace días que ya no tienen fuerzas. El viento es frío, cada kilómetro se hace eterno.
Quedan quince días. Cambié mi rutina y mi horario. Por el recorrido que he elegido, mujeres y hombres se encuentran, se hablan, siguen juntas. Vuelvo a creer que puedo.
Llega el día. En la salida, gente que se saluda, sonríe y se abraza. Algunos, caminan serios, concentrados en lo que va a ocurrir. Hacemos el recorrido a buen ritmo. Llego al final, me apoyo en una amiga, sonrío.
Es el día siguiente. Desde las ocho, ha empezado a aparecer gente en casa.
Nos saludamos, abrazamos. Algunos caminan serios, concentrados en lo que va a ocurrir. Suena el timbre, me apoyo en una amiga. ¡¡SI SE PUEDE!!
José Enrique Medina Lopez
La vista fija en la meta, la zancada larga, el pecho abombado, captando hasta la última brizna de oxígeno posible, en aquel esfuerzo supremo. Los clamores de un público entusiasta se elevan hacia el azul cielo salmantino, en el que sólo desentona un fino velo negro, que sobrevuela la escena, presagiando un mal augurio.
Los trazos son firmes y precisos, pues ha tenido mucho tiempo últimamente para dedicarse en cuerpo y alma a la pintura. Desde el ventanal domina toda la plaza, donde está situada la línea de meta. Tan solo se le resiste la sonrisa del vencedor, él ya apenas sonríe. Desvía un momento su atención al abollado casco motero que reposa a su lado, y se recuesta triste en su fiel compañera, la silla de ruedas. Pero por fin sonríe y acaba el cuadro, pues tiene la certeza de que a partir de ahora todo irá sobre ruedas.
Lara Suárez-Mira Reija
Corriendo y saltando me siento yo mismo. Libre. Huyendo de todos los problemas que amenazan en cualquier momento con asaltarme. Despego mis brazos del cuerpo e intento volar. En mi mente estoy en las nubes. Cual pájaro sin alas. Los músculos se agarrotan de todos los kilómetros que llevo recorridos. Perdí la cuenta de cuántos eran. Exhausto, me detengo a beber agua. A veces me siento como un ave enjaulada. Sin derecho a respirar. ¿Y qué es exactamente la libertad? ¿Un término? ¿Una bella palabra de origen latino? No, la libertad es lo que sientes cuando corres. Cuando dejas que todo fluya y que nada influya. Eso es la libertad, el hermoso tatuaje que llevo dibujado con tinta permanente en mi costado izquierdo, el que cada vez que miro descubro un nuevo camino por recorrer, aquel que realmente me lleve a la liberación.
Karen Estefany Hernández Flores
Mientras Alejandro cruzaba la meta se dijo: Tengo asegurada la victoria, esta vez sí estaré en el podio. Estaba entusiasmado porque había llegado a finales.
Era una persona con bastante confianza que incluso podría llamársele presumido. Se alistaba para la siguiente carrera. Creía que estaba allí para demostrarles a los demás que él era un vencedor.
Alejandro ya está en su carril. Ahora corre. Son dos personas que están delante de él, así que acelera y logra alcanzarlos. Siente dolor en sus tobillos pero no importa esta vez corre más fuerte y se ubica primero. Justo delante de él está la meta así que baja la velocidad por creerse vencedor, pero un compañero lo sobrepasa en segundos. Alejandro queda en segundo lugar.
Sí estaba en el podio, pero pudo obtener el oro de no haber sido por confiarse antes de tiempo. Tuvo la sensación de derrota más que de victoria.
Tamara Jiménez García
“Preparados…, listos…¡YA!” , así empezaba la carrera. Los hay quienes se han preparado durante meses y quienes vienen para romper con la monotonía de otro día sedentario. ¿Que dónde me encuentro yo? Digamos que más cerca de los primeros que de los segundos, aunque no es el deseo de superación personal lo que me ha llevado hasta aquí, sino una promesa. Te lo dije, hermano. Hoy es el día, y estoy aquí, y correré hasta romper las barreras. Volaré, ya lo verás, y podremos encontrarnos de nuevo.
“Preparados…, listos…¡YA!”. Cojo aire, y siento cómo se inflan mis pulmones, cómo me hierve la sangre a medida que voy dejando a más personas atrás.
“La vida es como una carrera—pienso—. Todos participamos y tenemos distintas metas, retos y recorridos. Todos corremos, tomamos diferentes caminos y nos tropezamos. Éste es mi recorrido, y tú sigues en él.”
Hermes Prous Collado
El desafío había sido lanzado.
Como previa a la Salmantina, las cuñadas, o lo que es lo mismo, el club de las corredores puretas, se retaron a una carrera al esprint. Ganaba la que primero daba una vuelta al claustro de estudios.
Ahí estaban en la línea de salida, con su particular vestimenta anacrónica de los 80, de cuando correr se llamaba footing, calentadores y muñequeras de los Boston Celtics incluidas.
La señal de inicio fue dada, Carros de fuego empezó a sonar, los pies callosos y las piernas con varices trabajaron a todo ritmo. Las cuñadas dejaron de serlo para convertirse en sanas rivales. O no tan sanas.
El resultado fue épico. Las dos, tirándose del pelo en la tercera curva, no paraban de lanzarse reproches que llevaban años guardados.
Para que después digan que ser Runner, no es solo un deporte sino un estilo de vida.
Luis Alberto Martín
Se agacha apoyándose sobre las rodillas, la última cuesta le ha destrozado y todavía quedan tres más. Con el sudor manchándole la camiseta, cayendo sobre los ojos y dejando un sabor salado en la boca, busca reanudar el paso. Tiene que seguir. Si no se esfuerza y pelea, si no es capaz de ir un paso más allá, no podrá conseguirlo. Muchos de los que van a estar allí son gacelas, gente con una velocidad que él no puede ni soñar. Pero llegar a ese nivel no es el objetivo; ya ha situado su propia meta, y para alcanzarla debe seguir entrenando. Las cuestas no son para tanto... Vamos, adelante, aunque a los cinco minutos te den ganas de dejarlo, aunque te duela todo el cuerpo, ya has conseguido terminar una carrera. El siguiente paso es... no llegar el último.
Maite Ortega Vázquez
Nuestra historia empezó unos seis meses antes de la carrera, cuando nos vimos en el parque y esa misma tarde volvimos a encontrarnos, cuando todos los días a la misma hora, hiciera el tiempo que hiciera, dejó de ser una coincidencia.
El día antes de que todo cambiara estuvimos cenando juntos. Entre las mariposas que se juntaron allí estaba Murakami, Relatos salvajes y el maratón de Valencia del año pasado.
Por eso hoy, a pesar del dolor y la rabia que siento, me he puesto las zapatillas que me regalaste y correré para estar contigo.
Jose Ignacio Guerrero Vara
Correr y dibujar. Es lo que hago desde que era un niño. Empecé tropezando y emborronando cuartillas, luego entrené, imité los gestos y las formas, y poco a poco, encontré mi estilo y mi deporte. Ninguno de ellos es mi profesión, pero dibujo y corro, y ambas actividades me llenan por completo. No hay miedos cuando dibujo o cuando corro, atrás quedan los problemas y las preocupaciones. Esta San Silvestre una lesión me impide correr, pero con el cuaderno y la plumilla siento que avanzo con todos los corredores. Dibujo la fiesta del compañerismo y la amistad, la tensión del competidor, aboceto los disfraces y los gestos de esfuerzo. La zancada, el paso, el ritmo. Todo se mezcla sobre el papel, en el que intento captar el movimiento en un instante detenido. Alegría, valor y de triunfo. La tinta corre sobre carreteras blancas. Dibujar y correr. Razones para vivir.
Ángel Pontones Moreno
Te he perdido en la curva de la Charrería, apenas hemos dejado atrás Puente Romano. Somos demasiada gente moviéndonos hacia un mismo punto y nuestras ganas se atropellan bajo el mismo sol del mediodía, que nos protege las ideas del aire fresco que trae consigo el Tormes. Mientras evito a este y al otro, vuelvo la cabeza intentando distinguir tu dorsal que recuerdo llevaba unos y treses, y se me ocurre volver al año pasado, a la altura de San Isidro, donde te descubrí y me encontraste, y ese momento me lleva a otros que me estremecen pues en ellos estuve a punto de no inscribirme. Es ahora, esperándote y acusando la falta de costumbre que duele en los gemelos y se atasca en los pulmones, cuando por fin te veo, con un pie pisando la recta de meta de San Antonio, tu maravillosa sonrisa esperándome.
Maria Jesus
Corre, corre otro poquito más, solo otro poco más, sigue aunque sea cada vez más lento, el aliento quema, te pesan las rodillas, pero sigue, solo queda la última cuesta, la de Comuneros, aquí hay cada vez más gente viendo el final de la carrera, la gente te aplaude, te anima,
-“venga sigue! Ya no te queda nada!-
-Vamos campeona, puedes hacerlo, puedes acabar-
Aunque tú solo ves de reojo que otro grupito de 3 te está adelantando, entre los últimos y tu cada vez hay menos gente, otro de los grupos de disfrazados, los del barco vikingo gigante te están adelantando, esos que encima van cargando con el dichoso barco que encima debe pesar lo suyo pues esos, también te van a adelantar, luego dirán que lo importante es acabar, que te lo digan a ti, que ya sientes en la nuca el aliento de la ambulancia…
Margarita del Brezo
Diez horas llevaba corriendo sin parar. Estaba exhausta y a punto de desfallecer y no conseguía darle esquinazo. De nada había servido deshacerse de su querida guadaña, cambiar su indumentaria negra por un chándal y un dorsal e introducirse entre los asistentes de la San Silvestre Salmantina para despistarlo. El suicida la perseguía desesperado y estaba a punto de ganar.
David Rabanillo Prado
Cuando corremos, libramos una lucha interna entre dos fuerzas. Por un lado, la energía positiva que nos hace sacar lo mejor de nosotros, superación, sacrificio, a darlo todo en cada kilómetro. La que nos empuja del sofá y nos pone en la carretera. Por otro, el lado oscuro lleno de negatividad, cansancio, fatiga, lesiones. Es una lucha que tiene el corredor en cada competición. Y, ¿cuál vencerá? Aquella que alimentemos. Porque la carrera pone a cada uno en su sitio. Si has entrenado duro disfrutarás de ella, sino, sufrirás a cada paso. Porque correr es eso, una mezcla de dolor por la exigencia que le pides a tu cuerpo llevándolo al límite mientras tus piernas te piden clemencia, las pulsaciones se disparan pero aún así obedecen tu inquebrantable disciplina de sacrificio. Y de satisfacción cuando cruzas esa línea que hay al final del recorrido y que te lleva al éxtasis.
Silvia Asensio García
Después de todo el otoño entrenando duro seguro que mejoro mi puesto en la categoría “Veteranos H” del pasado año. Mis hijos me animan a pesar de mi avanzada edad aunque tienen miedo que me caiga y me rompa la cadera. Llegó por fin el día: Me he levantado temprano, he tomado un buen desayuno y me he puesto mis zapatillas de la suerte. Antonio me acaba de mandar un wasap para quedar antes y calentar un rato. Me monto en el ascensor y para mi sorpresa se queda parado entre el cuarto y el quinto, yo, que siempre bajo andando. Afino el oído pero no se oye nada. ¡Socorro, socorro! digo primero en un tono bajo, que voy poco a poco subiendo. Me siento ridículo gritando, así que me callo. Intento llamar pero nadie me coge el móvil, deben de estar todos preparándose para la carrera.
Norberto Molina Guerrero
El viento sacudía mi rostro, ¡allí van! Decían unos niños, ¡son los atletas! Volvían a repetir, emocionados por los colores, los gestos, el gemido de los dolores producidos por el cansancio… y señalaban al de camiseta verde, al de camiseta naranja, y se quedaban absortos como si estuvieran viendo estrellas espaciales. El viento seguía rozando fuerte mi rostro, eran los atletas a su paso.
Y yo, yo estaba allí, al lado de los niños, pero recordé que debía cumplir una misión, era repartir bolsas de agua, ¡ayudad con la causa! Les dije a los niños, que emocionados y valientes empezaron a colaborar conmigo, al final, no gané ninguna carrera, ni siquiera concursé, pero cumplí con una misión, debo decir, cumplimos con la misión, gracias al equipo de niños que me ayudó, y eso fue satisfacción a mi corazón.
Francisco Lidón Plaza
No entendía por qué no dejaban correr al abuelo. Llevaba veinte años participando, nadie podía estar más preparado. Ella, en cambio, era la primera vez que corría. Su padre le dijo que los médicos le habían recomendado reposo y que no era prudente. Su abuelo la acompañó hasta la línea de salida y la siguió con la mirada mientras se alejaba entre los corredores. Al día siguiente, llevó a su abuelo al mismo lugar de la salida. “Ahora estamos solos -le dijo- vamos a correr juntos”. Y corrieron. Sus padres nunca se enteraron. Fue el secreto que guardaron entre los dos. El verano siguiente el cáncer le ganó por fin la carrera a su abuelo. Ahora, cada vez que participa en una San Silvestre, y ya van diez, sabe que no importa la marca que haga, sabe, que lo que de verdad importa, es que nunca corre sola.
Alejandro de Dios González
Mi padre quería que corriese, porque si venía al mundo tarde no podría llegar a ver el partido. Tardé un par de goles y un penalti mal tirado en cumplir sus deseos. Después, mi padre siguió con el ímpetu por la velocidad para compensar los minutos de mi hermana frente al espejo.
La primera vez que corrí de verdad fue un verano en el pueblo, cuando adquirí la edad suficiente como para llamar a las puertas y no quedarme mirando desde una distancia prudente. También recuerdo la primera vez que me lesione de gravedad en la rodilla y cómo aquella postilla picaba por debajo del caparazón. También recuerdo mis años de carrera y todos los puestos de avituallamiento por los que pasábamos en una noche: uno cada 30 metros y en alguno repetíamos. Ahora, mientras espero en la planta de maternidad, veo un cartel con una huella pintada.
M. Salvador Muñoz
Mi ambición por ganar me aboca irremisiblemente a vender mi alma. El diablo acepta gustoso y sentencia: nada ni nadie lo impedirá. Un escalofrío me despierta bruscamente. Ha sido una pesadilla.
La carrera está en su último tercio, corro como nunca, mis piernas flotan y el cansancio no hace mella en mí. Por delante, cuatro. De repente, la pierna del corredor que me aventaja se dobla, el crujido me hiela la sangre. Veo, sorprendido, cómo el tercero abandona la carrera gritando sin motivo aparente, y al segundo desplomándose entre convulsiones. Solo un keniata se interpone en mi victoria. Pero, inesperadamente, su pie tropieza con la nada y cae al suelo. Entonces, recuerdo el sueño y comprendo, un halo de cordura eriza mi piel, le ayudo a levantarse y cruza la meta.
El keniata recibe su trofeo, yo recupero mi alma.
El cielo oscurece de súbito, un trueno retumba enfurecido. Sonrío.
JOSEFINA SOLANO MALDONADO
Julián Boscosa había sido siempre un corredor nato. Recordaba aquellos días de infancia, cuando al salir de la escuela, corría hasta la carbonería de la calle Bodegones para llevarle a su padre el almuerzo. Luego marchaba a las orillas del Tormes donde hacía competiciones con otros niños. Siendo muchacho reservaba siempre unas horas para correr por la ciudad, hábito que mantuvo hasta la vejez. Al cumplir setenta años sufrió un ictus cerebral que paralizó la mitad de su cuerpo. Sin embargo, no se dejó abatir, y luchó con ahínco para recuperar la movilidad. Al principio caminaba como un niño pequeño, después de cinco años consiguió correr de nuevo. Su reto personal era participar en la San Silvestre Salmantina. Cuanto atravesó vencedor la meta, aquella mañana de diciembre, pudo demostrarse a sí mismo una vez más que el éxito estaba ligado al tesón y al deseo personal de superación.
Elias D. Dana
Así lo llaman los habituales de las carreras populares. A sus 78 años sigue recorriendo distintas localidades para participar en pruebas. Pero nunca ha ganado ninguna.
Hace unos días que completó la de su ciudad natal, donde volvió a ser el zaguero de la competición. Cuando los periodistas locales le preguntaron cómo se sentía, José, mirándolos con sus profundos ojos azules que parecen comprender todo, solamente contestó: -“Estoy contento: llegué a mi meta. No es fácil conseguir ir despacio cuando todos quieren correr”-. Y acto seguido, abrazó otra vez a su nieto, el inseparable compañero de carrera a cuyo par ‘corría’.
Raquel Aldana Arnedo
Érase una zapatilla que se enamoró de otra. Cuando sabía que se iban a encontrar, comía pasta, no bebía alcohol y, si conseguía dormir, lo hacía con la sensación de que cientos de mariposas revoloteaban en su interior.
Suspiraba sin cesar mientras fantaseaba con un zapateo al son de sus latidos. Fuertes. Rápidos. Enérgicos. Impregnados de pasión disfrutada. Imaginaba como unos reían, otros lloraban y los más pequeños aplaudían al ritmo de sus zancadas. Juntas. Al compás. Soñaba con ese momento en el que a nadie podría atrapar la indiferencia. Oía, en sus fantasías, los ánimos de grandes y pequeños.
Soñaba y soñaba... Y todos los días ensayaba su baile para que el ritmo de su corazón acompañase a la melodía de sus cordones enamorados, mientras disfrutaban de su cita sobre el asfalto de aquella enigmática ciudad.
M.Carme Marí Vila
Correr siempre fue tu gran pasión. Empezaste queriendo hacer algo de ejercicio tras la densa jornada en la oficina y acabaste haciendo de tus zapatillas un aliado indispensable. Quisiste transmitirme ese sentir en más de una ocasión, sin mucho éxito, es cierto. Hasta que llegó la lesión. Y noté que tenías más roto el ánimo que la pierna. Así que me puse un chándal y cada día salía a correr empujando tu silla de ruedas. Cuando notabas el aire en la cara tu expresión cambiaba, perdías esos pliegues añadidos por la inmovilidad a tu frente. Me entrené contigo cuando te recuperabas, con la idea de correr juntos la San Silvestre. Pero entonces llegó la maldita enfermedad que te dejó postrado en la cama y ya no podía llevarte conmigo al ir a entrenar.
Hoy correré por ti, y en el último kilómetro empujaré tu silla de ruedas vacía.
Efren Mateo Santos
Soy Ingra Parlade, descendiente de artistas dedicados en cuerpo a entretener al público más exigente y a veces un público crítico y sin conocimientos del arte.
Pero algo está cambiando y mis sueños pueden hacerse realidad. Tal vez vivamos tranquilos.
Gracias a “ellos” nuestras pesadillas desaparecen y son “ellos” los que ahora hacen aplaudir al público. Son “ellos” también los que sudan, sufren y corren como antes lo hacíamos nosotros y en las fiestas patronales de pueblos y ciudades nos han sustituido.
“Ellos” son los runners y sus carreras populares.
Hemos cambiado de plaza y la sangre ya no se derrama.
Pero lo que debería ser una alegría se mezcla con una sensación de melancolía. Con tristeza me pregunto que será ahora de nuestra raza, de nuestro futuro y de nuestro apellido si, como parece, se acaba la fiesta nacional. El tiempo lo dirá.
Firmado: Ingra Parlade, toro de lidia.