Inicio / VII - 2019 / Página 14
Rubén Lopez
Durante todo el año se preparo para correr la Sansil, diariamente se repetía, eres rápido, eres el mas rápido... pero también era el mas despistado y un año más, se quedo sin dorsal.
alejandro jose pozo de la cámar
El año pasado entré con el control cerrado detrás de uno que iba de dinosaurio, bueno, ya no quedaba nadie y me fui con él de copas.
Empecé a entrenar en Enero, abandoné los malos hábitos y para abril ya llegaba hasta la avenida Villamayor con un buen trote. Allí me sentaba en una terracita a descansar hasta que un día sacaron jeta para otro. Primero tapa, luego media y después ración entera y me habitué.
Engordé y en Mayo llegaba malamente a Ramón y Cajal, encontré un sitio muy majo, el ánade creo, un día churros, otro tortilla.
En Junio, al otro lado del río, pasando el puente romano, unas alubias viudas como para casarse de nuevo.
En verano descansé.
En Septiembre aparcaba en el paseo de San Antonio y tomaba dos kebab, tengo el coche lleno de migas.
Otro año será, hoy uno de Octubre devuelvo el dorsal.
Ana Isabel Herrero Duque
La anestesia a la que esta sometida una sociedad sumida en el momento,en el ahora, mientras el mundo secahoga se quema y se derrama... Pero el dulce sueño del ahora provocara la pesadilla de el mañana
Gonzalo Prieto Barrera
Era vencer o morir pues ella solo se casaría conmigo si regresaba con la medalla del primer puesto. Entonces entrené salvajemente adicionando una artimaña que fiaba mi triunfo: Me embadurné con pintura negra buscando contagiarme de la fortaleza de los hombres de color quienes siempre ganaban las carreras y para partir con ellos ya que como favoritos, tienen prelación. Los alinean primeros evitando ser estorbados por los demás precisamente por el respeto que infunden sus zancadas...
Alineado allí, sonó el pistoletazo y la calle limpia era nuestra, más promediando, el sudor derribó la pintura y blanco nuevamente, me atacaron todos y llegué último tres horas después en medio de aplausos y, llorando, recibí una medalla de consolación de mi amada entarimada y allí deduje que el fin no justifica los medios sino que es más gratificante competir honestamente así se pierda pues fundida la medalla, de ella salieron nuestras argollas.
Gonzalo Prieto Barrera
Era vencer o morir pues ella solo se casaría conmigo si regresaba con la medalla del primer puesto. Entonces entrené salvajemente adicionando una artimaña que fiaba mi triunfo: Me embadurné con pintura negra buscando contagiarme de la fortaleza de los hombres de color quienes siempre ganaban las carreras y para partir con ellos ya que como favoritos, tienen prelación. Los alinean primeros evitando ser estorbados por los demás precisamente por el respeto que infunden sus zancadas...
Alineado allí, sonó el pistoletazo y la calle limpia era nuestra, más promediando, el sudor derribó la pintura y blanco nuevamente, me atacaron todos y llegué último tres horas después en medio de aplausos y, llorando, recibí una medalla de consolación de mi amada entarimada y allí deduje que el fin no justifica los medios sino que es más gratificante competir honestamente así se pierda pues fundida la medalla, de ella salieron nuestras argollas.
María José Lombraña de los Ríos
Raquel se levanta antes del amanecer, se pone las zapatillas de deporte y corre durante una hora, día tras día , de lunes a domingo, siempre por la orilla del río Tormes. Después se ducha y va al trabajo. Enseña español para extranjeros en una de esas academias que se han puesto de moda en los últimos años, muy cerca de la plaza Mayor. Sigue esta rutina desde que le diagnosticaron un tumor en el pecho izquierdo. El oncólogo recomendó hacer ejercicio diario y Raquel lo sigue al pie juntillas. Kilómetro tras kilómetro, su máxima aspiración es ir al maratón de Nueva York pero mientras tanto se conforma con la San Silvestre Salmantina que, para qué engañarnos, no está nada mal.
Paloma Hidalgo Díez
SALIR DEL BARRIO
Llevo el dorsal 18, caprichoso destino, sobre esta camiseta que deja al descubierto el diario de la vida que desperdicié. Una mujer hermosa, parecida a mi madre, observa seria la telaraña tatuada en mi hombro. Mi madre, en cambio, sonreiría viéndome aquí, en esta carrera en la que no llevaré a la policía detrás. La Virgen de Guadalupe, el alambre de púas, y los tres puntos que en mi mano delatan mis años en la mara, hacen que el joven que tengo al lado se aleje de mí, no le culpo, mi piel es el mapa de mi vergüenza. Por fin, una pistola, en lugar de detenerme, me libera, y tras tomar la salida, con cada zancada siento que dejo atrás el miedo, que he tomado la decisión correcta, que puedo cambiar, y corro con todas mis fuerzas en pos de la meta.
María Soledad García Garrido
Dieron la señal de salida y echamos a correr. Volvía a sentir mariposas en el estómago, como cuando la conocí. A la altura del bulevar comprobé que todo el mundo nos adelantaba; íbamos más lentos que una tortuga. Decidí acelerar el paso y comencé a sentirme como pez en el agua. Marisa se reía sin parar. Decía que estábamos como cabras.
Ella me hacía olvidar que nuestro futuro era negro como boca de lobo. Siempre me había comportado como un gallina. En cambio, Marisa rebosaba energía, igual que un caballo desbocado. Se notaba que era una Leo de libro. En el Paseo del Rollo miró hacia atrás. Se extrañó de mi silencio. Pero sus ojos de gato y su sonrisa fueron suficientes para que recuperara el aliento. Empujé la silla con fuerza. Tuve, firme como una hormiga que soporta un gran peso, un presentimiento: aquella carrera la íbamos a ganar.
Maximiliano Giménez
Hoy cumplo setenta y dos años, como todos los días voy a correr cinco kilómetros, nadar una hora y luego almuerzo con amigos, uno especial ¿por mi cumpleaños? No, no: hoy vuelve Clara al grupo, el amor de mi vida. La encantó un atorrante hace cuarenta años, era tímido en ese entonces y no me animé a decirle nada porque es la hermanita de un amigo y porque, bueno ya no importa. La cosa es que enviudó, nunca un ejercicio ese rufián, mucho alcohol y cigarrillo, no le duró demasiado el galán. Cuarenta años después y Clara viene derecho a estos bíceps torneados, su sonrisa en triángulo se despliega y me atrapa otra vez, pero ya no soy ese flaquito inseguro, pongo mi brazo y ella lo toma con suavidad. Su casa queda a dos horas de la mía, estoy seguro que esta noche corro esa distancia.
Miguel Cárdenas Del Águila
Terminó el primero la carrera, descalzo, el premio lo recibió cuando sus zapatillas cruzaron la línea de meta, aunque fueran las últimas, entonces ambos exclamaron, ¡cuánto tiempo Silvestre!.
José Elías Durán Roa
Todas las tardes salíamos a correr. Sí, los dos, lo recuerdo perfectamente. Era una costumbre que teníamos de antaño, cuando te conocí. Tú sonreías a tu modo al sentir el viento fresco. Apretabas el paso al pasar por aquel parque como pidiendo con tus ojos risueños que te persiguiera. Yo siempre estaba ahí. Siempre a tu ritmo. A veces llovía pero nunca nos importó, corríamos hasta quedar exhaustos y cuando ya no podíamos más nos sentábamos en aquel banco. Yo te hablaba y tú me respondías a tu manera, conversábamos. ¡Qué tiempos aquellos! En fin...quería contarte que ya saqué la dorsal, sí la de la carrera que tanto te gustaba. Pero no tengo ganas de correr. Me aterra correr solo. Es más, me he dado cuenta de que no sé cómo hacerlo. Sólo sé correr a tu ritmo. Te lo aseguro... extraño tus ladridos.
Andre Urbuhy Rojas Puentes
Nunca me impidió correr
Alejandro Andrés Garavito Echeverría
Lo intenté, lo seguí intentando. Nada se pierde con tentar a la suerte. Ya no puedo correr, mis 64 años y la artritis pesan y no aguanto.
Raúl Garcés Redondo
En el parque olímpico de Lausana, el otoño arroja sus hojas secas ante la mirada de bronce del laureado fondista checo Emil Zatopek.
No te preocupes, compañero – le anima cómplice el barrendero - que ya mismo te despejo la pista.
MANUEL SÁNCHEZ VICENTE
El corredor retrocede desde la meta hasta 1936 y escucha una voz: “Venceréis, pero no convenceréis”. Junto a la rana se cruza con un soldado herido en Arapiles en 1812, justo antes de tropezarse en 1729 con Churriguera revisando unos planos. En 1577, el fondista pasa frente a un aula del que sale un nostálgico “Como decíamos ayer”. Cuando el runner está en 1492, Nebrija lee orgulloso: “Gramática castellana”. Acelera y en 1486 Colón se dirige al confesor de la reina en los Dominicos: “Será un viaje histórico”. A la altura del siglo XIII piensa en retirarse en las obras de la Catedral Vieja, pero recibe el aplauso de varios legionarios en el Puente Romano: “¡Victoria enim tua!”. Cuatro siglos antes, tres vetones tallan un verraco junto al Tormes y le animan en celta. Cuando Antonio Rivas llega a la salida en 1984, sabe que ganará la primera San Silvestre.
luis uriarte montero
Viaje interior
Voy corriendo en la San Silvestre de Salamanca, valores de esfuerzo y resiliencia, dura y hermosa prueba. Una mujer se pone a mi altura en la carrera, me mira con ojos duros; se parece como un calco a los ojos de mi esposa que estrangulé por servirme la sopa fría.
SILVIA ROBLES MARTINEZ
Siete de la mañana. Ducha rápida. Ropa limpia en la silla. Mamá en la cocina, desayuno, hambre voraz. Instituto, muchas ganas, entrenamiento duro. Amigos, saludo rápido, entrenador nervioso, últimas consignas.
Carrera terminada, desilusión tremenda. Vuelta a casa. Tarde en la cama, ropa en el suelo, indiferente ante los gritos de mamá.
Timbre. Alex en la puerta, sonrisa en mi cara, sonrisa en su cara.
En la cafetería con Alex, competición muy lejos. Acercamiento, beso corto, respiración agitada, separación, nuevo beso. Felicidad casi completa. Vuelta a casa, habitación recogida, medalla de plata en carrera, de oro con Alex.
Jacinto Benito Martín
Respiro hondo, ya falta poco para empezar. Sé, que no conseguiré una gran posición. ¡Da igual!, mi objetivo solo es participar, ayudar, colaborar. Mi meta; no es llegar, es acompañar y disfrutar. No me queda duda que en su recorrido, me enamoraré aun más, de nuestra maravillosa ciudad. Se acelera el corazón, con aplausos, ánimos, me hacen sentir como si fuera el campeón. Antes de alcanzar el final… Ya conseguí mi premio, sin duda.
CARMEN RUIZ RUIZ
Aburrido de permanecer sentado durante tanto tiempo, Gonzalo descruzó las piernas y abandonó el local. Nunca había sido un hombre de acción, pero se sentía totalmente agarrotado, tras el largo período de inactividad transcurrido desde que ocupara de forma permanente aquel lugar privilegiado en el café Novelty. Un cuarto de siglo había bastado para que el admirado profesor alcanzara la condición de hijo adoptivo de aquella ciudad histórica. Muchos habían sido los premios y galardones concedidos en vida, pero sentía una espinita clavada aguijoneando su reposo eterno. Nadie hubiera reconocido al prolífico escritor sin sus gafas de gran miope, el elegante bastón y el clásico traje de paño. Ataviado con ropa deportiva y luciendo lentillas, escudriño, clarividente, la calle abarrotada e impaciente y se dispuso a correr su primera San Silvestre, antes de que Castroforte de Baralla notara su desaparición y se ensimismara en descubrir la causa.
Juan Aguilar Moreno
Hacía tiempo que compitió con algún éxito, tan solo le quedaba el recuerdo. Se acercaba a mirar cómo otros lo hacían, no quería olvidar, pero no se atrevía a volver.
Entrenaba todos los días, le gustaba, pero no tenía un fin, tan solo por mantenerse.
Un año más se convocó la carrera de su ciudad. Esta vez los ánimos de familia y amigos la hicieron dudar un tiempo. Se informó de categorías, del recorrido, de marcas. Se probó varias veces, no ganaría pero no haría mal papel.
Por fin se decidió ―No habrá otra ocasión ―se dijo intentando disipar las dudas, y se inscribió.
Según llegaba la fecha el entrenamiento y la incertidumbre eran más duros. El aliento de su entorno la impulsaba, su interior no.
Llegó el día de la prueba, lloviznaba, fue la excusa para rehusar, aunque la verdadera razón era seguir manteniendo el recuerdo.
Zoila María Molinet Carrazana
“La prosperidad”
Se sentaron frente a la cañada.
— ¿Es lindo? —dijo ella.
—Sí, mira los peces —siguió él.
A sus espaldas, la ciudad: atrás el ruido, los discursos, los corredores…la civilización; lejos y cerca, muy cerca.
Ella le propuso seguir corriendo. Él le dijo que esperaría.
— ¿Será esto la prosperidad? —preguntó Aimé. Tendría cerca de 40 años pero parecía tener más. Ramón era ya muy viejo.
___Si, definitivamente esto tiene que ser la prosperidad ___ripostó él
____Vamos, tenemos que llegar a la meta.__ le dijo Aimé.
Ramón asió las manijas del sillón de ruedas y continuaron juntos la maratón.
Alejandro
10000 metros por delante. Los relojes y los pulsómetros de los runners más expertos ya están coordinados. El público, situado en las orillas de la carretera, murmulla y calienta sus manos en los bolsillos, reservándolas para aplaudir más tarde. Entre los participantes no corre el aire, apenas tienen espacio para moverse. Tampoco corre el tiempo, pues los corredores están abstraídos, fuera de él. Todo está listo. Entonces suena el disparo y empieza la carrera. Los corredores se olvidan de todo salvo de correr: no pueden hacer nada más que lo que están haciendo. Entonces, el encargado de hacer el disparo inicial guarda, un año más, la pistola ya descargada en el estuche. ‘Solo se centran en la meta’, piensa. ‘Se olvidan del inicio, de las raíces. Llevo desde 1984 disparando la nada, pues cuando algo empieza ha de acabar. El nacimiento del final es la muerte del principio’.
Luciana Vicente Romero
Todo cae en un instante.
Un grano de arena dentro de un reloj,
una hoja arrancada por el voraz viento,
un pétalo marchito de una flora punto de perecer,
pero,
¿Y antes de ese instante?
Carmen Julia Zamora Martinez
Un ligero aire helado recorrió mi espalda cuando me posicioné frente a mi respectivo carril, ¡estaba nervioso! Pero una voz interior me dijo que este era mi gran momento y que debía estar confiado.
Al comenzar a correr llegó a mis oídos el sutil sonido de mis propios latidos y mi respiración, y aunque el lugar estaba abarrotado de gente, por instantes sentí que aquella pista y yo, lo éramos todo en este mundo.
Supe entonces que las largas horas de entrenamiento y el rechazo rotundo a hamburguesas y gaseosas, tendría al fin su recompensa; pues sin importar si llegaba de primero o de último, al cruzar la línea de meta conocería el dulce sabor de la victoria, ¡y aquella sensación de triunfo sería por siempre mía!
Jorge Guasp Spetzian
Advertí que no había corredores delante de mí; tampoco me seguían de cerca. Me sobraba el aire y corría cómodo, mientras el público me aplaudía y vitoreaba mi nombre. Aceleré el paso, y atravesé la Plaza de San Antonio. Entonces corrí aún más rápido, lloré de emoción, y crucé la meta con los brazos en alto, ante la algarabía de la multitud.
–¡Gané! ¡Gané! –exclamé con todas mis fuerzas, hasta que mi propio júbilo me despertó.
–¿Qué has ganado? –preguntó mi mujer, recostada a mi lado en la cama.
Observé con desconsuelo mi pie derecho, inmerso en una bota ortopédica que me recordó mi exclusión de la San Silvestre Salmantina debido a un esguince. Y a pesar de que la actividad onírica acababa de compensar mi desdicha con un primer puesto ficticio, contemplé desde la habitación las luces del Paseo del Rollo, y soñé despierto que ganaba la histórica carrera.
Sarai Rojas Rojo
Querida yo,
Te escribo porque acabas de cruzar la línea de meta de tu primera San Silvestre Salmantina y nunca quiero que olvides este sentimiento.
Estoy escribiendo porque incluso los mejores recuerdos se desvanecen. Asumiste un desafío y lo conquistaste. Encontraste la voluntad de correr a horas extrañas de la mañana, en aguaceros torrenciales y temperaturas heladas. Te volviste más disciplinada y dedicada que nunca.
Quiero que recuerdes a los amigos que corrieron a tu lado y te levantaron cuando más lo necesitabas, los espectadores que te animaron, los entrenadores que otorgaron su sabiduría e hicieron de tu éxito su prioridad, y los seres queridos que entendieron la importancia de este objetivo, ya que ayudaron a hacer posible este sentimiento.
Dentro de unos años, posiblemente no recuerdes tu número de dorsal, tu clasificación, o incluso tu hora de finalización, pero nada de eso importará.
Quiero que recuerdes este sentimiento.
Esther Hurtado Pina
Veintinueve de diciembre, la San Silvestre. Se ató las zapatillas y no paró hasta finalizar. Nunca había corrido. Le motivó el chip solidario así que corrió con el corazón.
JOSE CARLOS LOPEZ GONZALEZ (GUERRA)
Cada uno de nosotros podemos crear nuestra propia música que nos lleve lejos
JOSE CARLOS LOPEZ GONZALEZ (GUERRA)
Comenzó a bailar dejándose llevar por el ritmo negro y dulzón.
Nada le importaba de cuanto acontecía a su alrededor, de quienes la miraban y de cuantos colgaban sus ojos ávidos de deseo sobre sus pechos o su culo. Se llenó de música, sustituyó dentro de sus venas la sangre para hacer hueco a las notas sincopadas que la arrastraban haciendo fluctuar su cuerpo como una frágil barquilla amarrada a puerto en tarde de temporal.
Bailaba sola.
Para nada echaba de menos el roce de otra piel que provocara una verbena de deseos. En aquel momento sólo le importaba la música y a ella se entregaba consintiendo ser por ella penetrada y por ella poseía.
¿Para qué el contacto con el tacto? ¿Para qué el sabor del otro sabor? ¿Para qué licuarse en un sueño en el que ni se sueña?
Ella creaba su propia música
Ella, bailaba sola.
Nerea Bartolomé López
Iba primero. Las gotas de sudor corrían por mi frente. Las piernas me dolían. El aire apenas me llegaba a los pulmones. "Un último esfuerzo que ya llego al Paseo de San Antonio" pensé. ¿En qué momento se me ocurriría? Sentí el suelo en mi espalda. Me había desvanecido. Entonces, dos personas me agarraron (eran el segundo y el tercero) y me llevaron hasta la meta. Quedé primero gracias a su esfuerzo. Lo que no sabían era... que yo ya había llegado.
Jorge Luis González Castro
La noche antes de la carrera tuve un sueño prometedor. Soñé que pisaba el Paseo del Rollo con una ventaja ganadora. Desperté eufórico. Imposible perder con este augurio. Confirmé temprano que era la San Silvestre Salmantina imaginada. Sobrepasé los mismos corredores, idénticos tiempos por etapas. Cerca del Paseo de San Antonio sucedió lo inesperado: un competidor de aspecto medieval me alcanzó. Corrimos hombro con hombro, luego me entregó una tarjeta con algo anotado. Perdí el paso y fui rebasado. En la meta digerí su sonrisa de campeón. Miré la tarjeta, había profetizado mi tiempo: ¿No recordáis?, dijo con acento francés, también corrí en su sueño, usted despertó apresurado y yo seguí soñando. Quedé en shock. Para colmo, insistió en autografiarme el dorsal con unos versos tan enigmáticos como su nombre:
El que pretenda ganarme
debe aprender sudando:
cuando debe despertarse,
y cuando seguir soñando.
«Con cariño, Nostradamus».
MERCEDES PEDRAZ PINGARRON
No soy una atleta, yo soy más de andar, pero participar en la San Silvestre, es un hecho singular. Esta carrera es de todos, es muy especial, la gente sale a la calle a correr o animar. La entrada en la plaza Mayor fue “Triunfal”, una fotografía al pasar por ella, es un recuerdo primordial. ¡Qué bonito el puente romano! y las vistas de la catedral, es un recorrido histórico que solo Salamanca nos puede mostrar. Me quedé atrás con los “disfraces” y con los “Picapiedra” conseguí “apretar”. “Blancanieves” y “la bruja” ¡qué miedo me dan!. A lo lejos “El Rocío” con su música y cantar, me entretuve demasiado y quedé la última en llegar. Fui muy feliz aquél día, imposible de explicar. Disfruté como una “enana”, después la Nochevieja a celebrar. Si queréis una aventura, no dejéis de participar, San Silvestre os espera, ¡listos ya para el “dorsal”!.
Ángel Saiz Mora
La llamada se produjo a la hora prevista. Activado el altavoz de un teléfono móvil, los dos matrimonios de edad madura escucharon cómo, al otro lado, un corredor de la San Silvestre Salmantina decía que ya estaba con su dorsal de fondo azul en el punto habilitado para quienes participan por primera vez. Sus palabras no cesaron durante todo el recorrido.
Diez kilómetros después, pese a completar la prueba con un tiempo discreto, el corredor lo celebró como una gran victoria. Con respiración aún agitada, expresó su agradecimiento a la familia de un joven estudioso, deportista, muerto en accidente de tráfico y cuyo corazón le permitía vivir, a él, que estuvo enganchado a drogas y malas compañías. Dijo que cada latido le recordaba su propósito de ser mejor, paso a paso, zancada a zancada. Sus padres y los del donante, hermanados para siempre, se abrazaron.
Ángel Saiz Mora
La llamada se produjo a la hora prevista. Activado el altavoz de un teléfono móvil, los dos matrimonios de edad madura escucharon cómo, al otro lado, un corredor de la San Silvestre Salmantina decía que ya estaba con su dorsal de fondo azul en el punto habilitado para quienes participan por primera vez. Sus palabras no cesaron durante todo el recorrido.
Diez kilómetros después, pese a completar la prueba con un tiempo discreto, el corredor lo celebró como una gran victoria. Con respiración aún agitada, expresó su agradecimiento a la familia de un joven estudioso, deportista, muerto en accidente de tráfico y cuyo corazón le permitía vivir, a él, que estuvo enganchado a drogas y malas compañías. Dijo que cada latido le recordaba su propósito de ser mejor, paso a paso, zancada a zancada. Sus padres y los del donante, hermanados para siempre, se abrazaron.
ROSA ALARCÓN CASAL
Le dije a Juan que le llevaría conmigo en la próxima San Silvestre. Arrancaríamos juntos desde el Paseo de San Antonio, circunvalando glorietas, plazas, avenidas. Ganaríamos velocidad sobre el adoquinado del Puente Romano, con la Clerecía a lo lejos rompiendo el cielo azul y el Tormes discurriendo apenas como un riachuelo bajo nuestros pasos enérgicos y metódicos. Arrasaríamos por las calles, dejando atrás otros dorsales y sudores y empujaríamos todo el cansancio apelmazado con nuestras ganas hasta la llegada a meta.
Todo eso le prometí a mi viejo amigo. No sabía ni por asomo que sería él quien me llevara a mí después del trasplante.
Bombeo fuerte. Bombeo, rojo, vivo.
Me siente y le siento tan cerca, que esta carrera la vamos a ganar.
José Alfredo Bojacá Zambrano
La ilusión de mi vida era estrenar unos tenis de marca. El día de mi cumpleaños mi padre me dio esa gran sorpresa.
Los acariciaba. Evitaba usarlos. Mi padre me enfatizó que pronto crecería y no los podría usar.
El profesor de educación física me dijo que yo servía para el atletismo. Con ese ánimo, empecé a madrugar para ir al estadio. Entrené todos los días.
Se me acabaron los tenis. Los pies ya no aguantaban los callos ni los apretones.
Mi padre, con gran sacrificio, me compró otros.
Estoy recibiendo mi primera medalla de oro en los intercolegiados. Las lágrimas hacen un nudo en todo mi ser. Mis padres se abrazan y también lloran de emoción. Mis compañeros y todo el barrio brindan de inmensa felicidad.
Mañana me levantaré a seguir estrenando…Correr es la clave. Ya me visualizo en el podio número uno de la San Silvestre Salmantina.
José Alfredo Bojacá Zambrano
La ilusión de mi vida era estrenar unos tenis de marca. El día de mi cumpleaños mi padre me dio esa gran sorpresa.
Los acariciaba. Evitaba usarlos. Mi padre me enfatizó que pronto crecería y no los podría usar.
El profesor de educación física me dijo que yo servía para el atletismo. Con ese ánimo, empecé a madrugar para ir al estadio. Entrené todos los días.
Se me acabaron los tenis. Los pies ya no aguantaban los callos ni los apretones.
Mi padre, con gran sacrificio, me compró otros.
Estoy recibiendo mi primera medalla de oro en los intercolegiados. Las lágrimas hacen un nudo en todo mi ser. Mis padres se abrazan y también lloran de emoción. Mis compañeros y todo el barrio brindan de inmensa felicidad.
Mañana me levantaré a seguir estrenando…Correr es la clave. Ya me visualizo en el podio número uno de la San Silvestre Salmantina.
Luis Hernández Sánchez
Los dorsales hacían de las calles una larga lombriz multicolor. En las papeleras se amontonan las mondas de plátanos. Los ojos fijos de los espectadores en los balcones vigilaban que la lombriz siguiera su lánguido y viscoso recorrido. El largo y ronco zumbido de un helicóptero se paseaba por los aires, rompiendo las nubes en pompas de gas.
Los estrambóticos alaridos de un grupo de corredores deshicieron al escurridizo animal, deteniendo al mismo tiempo la atlética procesión. El dorsal “583” estaba boca abajo en el suelo, bajo un charco de gomosa sangre. Las piernas y espalda de aquel atleta presentaban una forma envidiable. Un joven atleta rubio se acercó al cuerpo y lo volteó. Se llevó las manos a la boca para ahogar una larga náusea.
El rostro deformado de aquel anciano de setenta y seis años con algunos cabellos aún rubios, lucía una bonita sonrisa de paz nostálgica.
Lázaro Domínguez Gallego
Corría como un galgo. Cada zancada suya era una profecía de triunfo. Llegué a perderlo de vista enseguida. Las quinceañeras de piernas ágiles y velocísimas, los veteranos de musculatura envidiable forjada en los gimnasios, y muchos estudiantes de filología, como yo, con el slogan grabado en el cerebro "mens sana in corpore sano", alucinamos al ver cómo volaba por el asfalto.Centenares de espectadores aplaudían sin cesar la San Silvestre Salmantina. Llegó de los primeros y me esperó pacientemente. Tan pronto lo vi, me acerqué sudoroso y fatigado a felicitarle y a abrazarle con infinita satisfacción, con gran alegría y orgulloso de ser su nieto.
Francisco Germán Vayón Ramírez
Lo cuento todos los años, pero nadie me cree: soy el mejor corredor de la falange. Tras la batalla, el estrategos Milcíades me hizo el urgente encargo. Y hacia acá partí, desnudo, como se corre en los Juegos en honor de Zeus Olímpico, para recorrer los cien estadios que nos separan de Maraton por caminos desolados, huidos los habitantes por miedo a los persas.
Y siempre me pasa igual. Cuando agotado, turbia la vista, creo distinguir la muralla de mi patria comienzo a escuchar gritos y ruidos extraños. Dos hombres con vestimenta azul, cubiertas las testas por endebles cascos de tela, me toman por los brazos. Otro me echa encima un manto.
—¡Atenienses, hemos vencido! —grito.
—Tranquilo, Vicente.
—Fidípides, se llama Fidípides —dice el otro con un guiño—. Anda, campeón, vamos al templo de Atenea como todos los años.
Y en esos momentos, una multitud multicolor cruza ante nosotros.
Liset Reyes Aldereguía
Correr en la San Silvestre Salmantina fue el sueño de Lucas, posiblemente, desde que se estaba implantando en el útero materno. Lograrlo, sin embargo, incluía rebasar dos mil kilómetros y cierto nivel de miseria. Por eso había arrimadoa los sesenta años con las aspiraciones frustradas. Aquella mañana Lucas despertó extrañamente decidido. En el plazo de un mes empezó a aceptar todo tipo de trabajos. Luegoinició la venta de libros, manualidades, ropas, utensilios y muebles. Incluso ofertó la casa.Invadido por la desesperación puso en alquiler a su mujer e hijos.El último domingo de diciembre llegó y Lucas se regocijabacon su breve fortuna en Salamanca.Minutos antes de iniciar la carrera y una vez ubicado en el punto de partida recordó algo: también había vendido las piernas.
Liset Reyes Aldereguía
Correr en la San Silvestre Salmantina fue el sueño de Lucas, posiblemente, desde que se estaba implantando en el útero materno. Lograrlo, sin embargo, incluía rebasar dos mil kilómetros y cierto nivel de miseria. Por eso había arrimado a los sesenta años con las aspiraciones frustradas. Aquella mañana Lucas despertó extrañamente decidido. En el plazo de un mes empezó a aceptar todo tipo de trabajos. Luego inició la venta de libros, manualidades, ropas, utensilios y muebles. Incluso ofertó la casa. Invadido por la desesperación puso en alquiler a su mujer e hijos. El último domingo de diciembre llegó y Lucas se regocijaba con su breve fortuna en Salamanca. Minutos antes de iniciar la carrera y una vez ubicado en el punto de partida recordó algo: también había vendido las piernas.
JOSÉ LUIS LUNA RAMÍREZ
EL OLVIDO
Jamás dejó de pensar en María, la bella mujer que conociera hacía tantos años en la “San Silvestre Salmantina” y con la que pasó años de apasionado amor epistolar.
El corazón se le salía del pecho al participar cada año con la esperanza de volver a verla. Pensó que ya había llegado el momento de pedirle en matrimonio una vez concluida la San Silvestre de este año.
Pero el tiempo pasó y la respuesta no llegaba. Un día el corazón le jugó una mala pasada; el enamorado falleció después de tantos años esperando la carta. Sus familiares se encontraron una carta, franqueada correspondientemente, pero sin matasellar, dirigida a una señorita llamada María. Al darle la vuelta observaron que el remitente era su familiar y dentro del sobre encontraron: la carta que José pensó haber enviado en su día al amor de su vida.
María del Carmen Pavón Rodriguez
¡Hola María!
Una hoja de Excel, tras la puerta de la cocina, es mi píldora salvadora que inyecta fuerza a mi decaído ánimo
Hoy comienzo. Te lo he prometido, aunque llevo dos años de retraso victimizándome entre estas cuatro paredes.
Anoto:
Trescientos días, pasos, kilómetros…
Ahora ya no camino y soy capaz de correr un kilómetro sin detenerme.
Cada vez estoy más cerca de conseguirlo. He dejado de llorar y la risa me acompaña a diario. Descubro, en mis recorridos, que no estoy solo en mi tristeza.
Hoy es el gran día. Porto, con orgullo, el dorsal número 13.
Estoy feliz de no desfallecer y lo celebro en aquel bar de la esquina, que tanto te gustaba
Mi mente y cuerpo se han enganchado de nuevo a la vida.
Reemplazo la hoja de Excel por otra más ambiciosa, fortalecido por tu recuerdo, quiero ganar la próxima carrera.
juan manuel cosentino
Desespero
Cae la tarde, el resplandor cárdeno ilumina nuestro desespero. Ya no podremos salir. Lo último que supimos por la radio, antes de que se interrumpiera la transmisión, fue que la ceniza llegaría desde el norte en unas horas. Estamos incomunicados, cerramos puertas y ventanas. Mi padre está en el ático esperando al gato del vecino, ya no tenemos comida. Hemos almacenado agua en baldes pero tiene un gusto extraño. Mi madre desde que se escucharon las explosiones casi no habla. Quiero salir pero mi padre se opone. Necesito saber de quienes son esos gritos ya no lo soporto. Me pareció ver algo parecido a la señora Jones merodeando nuestr
MARÍA JOSÉ VIZ BLANCO
«Seguiré…, porque nadie cree en mí, salvo ella. Quemaré las zapatillas con el ardor de mis pisadas. Este dorsal que me han puesto será el primero en la meta y acallará a los que siempre les he parecido invisible. Lo juro».
(Atención, vemos que el corredor con el dorsal número 105 se ha caído). Postrado y exhausto, el atleta abre su puño derecho. La foto de su esposa, arrugada y empapada de sudor, sobre el asfalto. (Parece ser que ha traspasado la meta, por tan solo unos centímetros…). Él esboza una sonrisa.
(Efectivamente. Los jueces lo han verificado. ¡Ya tenemos al flamante ganador de la San Silvestre Salmantina 2019!)
Melanie Belmonte
Pertenezco a una generación cuya fuente de agua brava emanaba del valor de la disciplina, el esfuerzo y el rigor; meritoriaje que traspasaba con ardor el umbral de la fatiga y amplias gotas de sudor. Pertenezco a una generación cuya justicia poética cincelaba, entre botadores y contorneadores de gruesa piel, la memoria y el carácter de sus zapatillas de correr; ésas que, como gacelas entre el gentío de la competición, se enriquecían un año más, en la San Silvestre Salmantina con cada vivencia y afán de superación.
David Redín Jiménez
Su intención era ganar a toda costa. Sabía que sus contrincantes se habían estado preparando durante mucho tiempo; habían contratado a los mejores entrenadores, se habían musculado y estaban convencidos de su victoria. Habían llegado muy lejos, pero no tanto como Thomas. Contratar aquel sujeto no había sido fácil, pero al fin a través de una carta anónima había contratado sus servicios. Ahora huía de él, pero de eso se trataba. Escapar de un asesino a sueldo era la mejor motivación para correr hasta la extenuación.
Alberto Iranzo Sarguero
Siente la velocidad correr por sus venas y es una felicidad que lleva incrustada en los huesos. Corre porque es lo que le llena, tensa sus músculos y siente la presencia de sus rivales, también hermanos, compiten pero son uno, en ese pequeño universo en el que sus cuerpos se ponen a prueba tanto como sus espíritus. No hay nadie más, solo ellos, una ruta, una meta, que tal vez, solo tal vez, no desea que llegue demasiado pronto.
Raúl Muñoz Gonzáñez
Ambos, apoyados en la fachada de la tétrica fachada de la calle Bordadores, estiran sus músculos isquiotibiales.
- ¿En qué puesto vas a quedar?
- Eso no depende de mí. Hay muchos corredores.
- Esa no es la mentalidad de un ganador.
- Una cosa es ser positivo y tener motivación. Pero lo que me pides es adivinación.
- Vale. ¿Crees que este año mejorarás la marca de la última edición?
- Creo que sí. ¿Y tú?
- Creo que no, este año te has pasado con el hornazo.
- Muy amable, amor mío.
- Yo me veo bien. Es posible que, por primera vez, no abandone a mitad del recorrido.
- Nacimos para esto.
- Sin duda.
Desde su posición, observan como un primer grupo baja a toda velocidad en dirección a la Clerecía. Se miran, con los ojos muy abiertos.
- ¿De verdad? ¿Llegamos tarde otra vez?
David Lao Gallardo
Ajustas los cordones con la presión necesaria siguiendo esa rutina que te enseñaron desde pequeño para hacer el lazo. La corredora que tienes a tu lado sonríe, no sabes si de frío o por simpatía, aun así, le devuelves la sonrisa. Enciendes el MP3 justo en el momento que se inicia la carrera. Corres, te la traen floja los tiempos, el tiempo… no compites, disfrutas. Sientes el esfuerzo en cada musculo de tu cuerpo, te sientes vivo. Avanzas en una bacanal de sentimientos que te hacen entrar en comunión con ese entorno y con sus pasos, te integras en un solo plano. Suena esa canción, la piel se eriza y sin darte cuenta pasas la meta. Estiras y el sudor te resbala por el cuerpo, gotea y muere en un pequeño charco como el año que termina.
Te sientes bien, satisfecho.
Héctor Bayón Campos
Ya se oyen los ecos de Farina, y la arenisca de Villamayor se engalana. Es diciembre, “un frío que pela”. Nuestra heroína anónima se prepara…
Se ata los cordones con esmero, su camiseta azul y negra la delata. Se da el pistoletazo de salida. El ritmo de carrera es trepidante. Sin embargo, los demás corredores de “la San Silvestre” se preguntan “¿pero quién es esta mujer que a todos nos aventaja? La respuesta no era sencilla. Pero en la entrega de premios se descubrió el secreto: era la mismísima Atalanta, ataviada con la camiseta de fútbol de su equipo favorito.
José Antonio Manso González
Un sprint para el recuerdo
Como todos los años, diciembre asomaba por Salamanca con su gélido traje. En aquel . mes muchas tradiciones se cumplían.Las luces, los villancicos, las albercanas con sus puestos que olían a turrón y miel en los portales de San Antonio, y desde hacía varias décadas se había sumado la de correr la San Silvestre.
Andrés, un muchacho , alto ,con su ondulada cabellera morena y su aspecto desgarbado, , también lo haría este año ,como lo venía haciendo desde hacía muchos. Siempre había acompañado a su padre, pero en esta ocasión correría en solitario.
Aquella maldita enfermedad, borró su sonrisa para siempre.Él le había enseñado que lo importante no era ganar, sino correr para superarse, correr para ser mejor, no el mejor.
La carrera llegaba a su fin.Andrés sacó fuerzas para avanzar más deprisa, no era por vencer, sino para dar un sincero homenaje a su padre.
JUAN JOSÉ PÉREZ PÉREZ
Llevaba tiempo preparándose en secreto para la carrera con entrenamientos furtivos cuando él no estaba en casa. Estaba cansada de gritos e insultos, de amenazas y desprecios y tenía que escapar antes de que llegaran los golpes.
Se sentía protegida entre la multitud. Apretó los dientes, aceleró en la recta de meta y siguió corriendo sin detenerse a mirar atrás cuando cruzó la línea de llegada. Para ella no era el final de una carrera sino el principio de una nueva vida en libertad.
Paula Ortiz Sáenz
Cada 31 de diciembre hacía una lista de deseos para el próximo año. Esta vez, en su hoja solo había uno escrito: “Participar en la carrera de San Silvestre Salmantina”.
Su madre solía decirle que cuando tuviera seis años podría competir con otros corredores, y con la ilusión de estas palabras, se preparó por casi un año entero.
Aquel 29 de diciembre de 2019, cuando por fin llegó el tan anhelado día, se acercó emocionado al puesto de inscripción para recibir su dorsal.
- ¿Podrías decirme tu nombre, fecha de nacimiento y edad? – preguntó amablemente una persona al otro lado de la mesa.
- Sebastián Gómez. 1 de enero de 2013. ¡6 años!
JESÚS GARCÍA CAUREL
No es la primera vez que participo en esta prueba. De hecho, ya es la décima. Mi mejor puesto fue un octavo lugar, a un minuto del ganador, después de un tremendo sprint contra otros dos atletas.
Pero no se muy bien por qué, me da que hoy va a ser diferente. Este año he entrenado muy duro, y me veo cómo ganador.
Ya nos llaman para que nos situemos en la línea de salida. Espero nervioso a que el juez de la señal...
Y cuándo lo hace... Propulso mi silla de ruedas con las manos.
Hoy hace un año del accidente que me dejó parapléjico.
Pero no me rindo. Se que esta va a ser mi carrera.
Maria del Mar Pedreira Fraga
El despertar
Salamanca despierta con San Silvestre, estamos listos, preparados y emocionados. Todos juntos recorreremos esas calles llenas de vida, recorreremos con ilusión cada paso a lo largo de todo el recorrido, mirando a cada lado, descubriendo a ese vecino o a ese desconocido, descubriendo que cada año es mejor que el anterior.
No es lo principal llegar el primero lo principal es la aventura, el ambiente, la buena gente, la gran ciudad donde todos unidos creamos un todo.
Hector Castro Barraza
Corrí y corrí dejando atrás mis fantasmas, este año sí, me lo prometí y no podía fallar, debía terminar la carrera sin abandonar ni lesionarme, concentración y calma, me decía a mí mismo, no pierdas el foco, seguí hacia adelante dándolo todo, me fui sintiendo mejor conmigo mismo, con mi cuerpo, los dolores quedaron atrás y comencé a disfrutar la carrera, cuerpo, mente y espíritu, por fin alineados, venciendo a la carne, siento el viento en mi cara y mi corazón a mil, se acerca la meta, cada vez más, ahora sí, ¡Vamos!.
Guido Daniel Fernández
La primera vez que corrí había tropezado tras una zancada.
En Sansil fui el primero.
Fue el vaivén de mi cuerpo y la mente. Mi espíritu se fortaleció…
MARIA SERGIA MARTIN GONZALEZ
Sidney. Le pillaron fumando en vestuarios y fue amonestado. Atenas. Se tomó un gin-tonic para celebrar su marca en atletismo. Pekín. Una lesión de rodilla le impidió viajar con el equipo a sus primeras olimpiadas. Londres. Entrenaba sin descanso para recuperar su pierna.
Adrián abre los ojos y levanta torpemente la cabeza. Mamá ha subido la persiana de su cuarto y una sonrisa se cuela en su cara cuando el sol le acaricia el pecho. Bosteza mientras pide su pelota de tenis favorita, esa que tiene llena de firmas. Mamá rasca su espalda, estira sus dedos y ambos se introducen en la bañera como en un cálido seno materno.
San Silvestre Salmantina. Este año la veremos desde casa. Celebramos el cuarto aniversario desde que la moto lo cosió al asfalto. Mamá está bordando un babero con su nombre y yo tendré el inmenso honor de ayudarle a soplar las velas.
Antonio Martín Ullán
Vamos pasando el camino que tenemos establecido intentando que sea de nuestro agrado aunque a veces nos toque resbalarnos y caer, cuando yo hacia atletismo tuve momentos donde disfrute mucho cuando lograba conseguir mis objetivos, una de esas ocasiones fue un año corriendo la San Silvestre donde hice mi mejor marca en la prueba, me sentí radiante y lleno de placer al ver como todo el esfuerzo había merecido la pena, en mi ciudad había hecho realidad mi sueño y por eso durante el recorrido disfrute de cada rincón que iba pasando como algo único y hermoso que manifestaba belleza, para mi instantes como este me llenan de orgullo y satisfacción porque me hacen comprender que con sacrificio todo es posible y así podemos alcanzar los objetivos que nos propongamos para ver que la vida merece la pena disfrutarla.
Antonio Martín Ullán
Vamos pasando el camino que tenemos establecido intentando que sea de nuestro agrado aunque a veces nos toque resbalarnos y caer, cuando yo hacia atletismo tuve momentos donde disfrute mucho cuando lograba conseguir mis objetivos, una de esas ocasiones fue un año corriendo la San Silvestre donde hice mi mejor marca en la prueba, me sentí radiante y lleno de placer al ver como todo el esfuerzo había merecido la pena, en mi ciudad había hecho realidad mi sueño y por eso durante el recorrido disfrute de cada rincón que iba pasando como algo único y hermoso que manifestaba belleza, para mi instantes como este me llenan de orgullo y satisfacción porque me hacen comprender que con sacrificio todo es posible y así podemos alcanzar los objetivos que nos propongamos para ver que la vida merece la pena disfrutarla.
Antonio Martín Ullán
Vamos pasando el camino que tenemos establecido intentando que sea de nuestro agrado aunque a veces nos toque resbalarnos y caer, cuando yo hacia atletismo tuve momentos donde disfrute mucho cuando lograba conseguir mis objetivos, una de esas ocasiones fue un año corriendo la San Silvestre donde hice mi mejor marca en la prueba, me sentí radiante y lleno de placer al ver como todo el esfuerzo había merecido la pena, en mi ciudad había hecho realidad mi sueño y por eso durante el recorrido disfrute de cada rincón que iba pasando como algo único y hermoso que manifestaba belleza, para mi instantes como este me llenan de orgullo y satisfacción porque me hacen comprender que con sacrificio todo es posible y así podemos alcanzar los objetivos que nos propongamos para ver que la vida merece la pena disfrutarla.
Antonio Martín Ullán
Vamos pasando el camino que tenemos establecido intentando que sea de nuestro agrado aunque a veces nos toque resbalarnos y caer, cuando yo hacia atletismo tuve momentos donde disfrute mucho cuando lograba conseguir mis objetivos, una de esas ocasiones fue un año corriendo la San Silvestre donde hice mi mejor marca en la prueba, me sentí radiante y lleno de placer al ver como todo el esfuerzo había merecido la pena, en mi ciudad había hecho realidad mi sueño y por eso durante el recorrido disfrute de cada rincón que iba pasando como algo único y hermoso que manifestaba belleza, para mi instantes como este me llenan de orgullo y satisfacción porque me hacen comprender que con sacrificio todo es posible y así podemos alcanzar los objetivos que nos propongamos para ver que la vida merece la pena disfrutarla.
Antonio Martín Ullán
Vamos pasando el camino que tenemos establecido intentando que sea de nuestro agrado aunque a veces nos toque resbalarnos y caer, cuando yo hacia atletismo tuve momentos donde disfrute mucho cuando lograba conseguir mis objetivos, una de esas ocasiones fue un año corriendo la San Silvestre donde hice mi mejor marca en la prueba, me sentí radiante y lleno de placer al ver como todo el esfuerzo había merecido la pena, en mi ciudad había hecho realidad mi sueño y por eso durante el recorrido disfrute de cada rincón que iba pasando como algo único y hermoso que manifestaba belleza, para mi instantes como este me llenan de orgullo y satisfacción porque me hacen comprender que con sacrificio todo es posible y así podemos alcanzar los objetivos que nos propongamos para ver que la vida merece la pena disfrutarla.
Antonio Martín Ullán
Vamos pasando el camino que tenemos establecido intentando que sea de nuestro agrado aunque a veces nos toque resbalarnos y caer, cuando yo hacia atletismo tuve momentos donde disfrute mucho cuando lograba conseguir mis objetivos, una de esas ocasiones fue un año corriendo la San Silvestre donde hice mi mejor marca en la prueba, me sentí radiante y lleno de placer al ver como todo el esfuerzo había merecido la pena, en mi ciudad había hecho realidad mi sueño y por eso durante el recorrido disfrute de cada rincón que iba pasando como algo único y hermoso que manifestaba belleza, para mi instantes como este me llenan de orgullo y satisfacción porque me hacen comprender que con sacrificio todo es posible y así podemos alcanzar los objetivos que nos propongamos para ver que la vida merece la pena disfrutarla.
Antonio Martín Ullán
Vamos pasando el camino que tenemos establecido intentando que sea de nuestro agrado aunque a veces nos toque resbalarnos y caer, cuando yo hacia atletismo tuve momentos donde disfrute mucho cuando lograba conseguir mis objetivos, una de esas ocasiones fue un año corriendo la San Silvestre donde hice mi mejor marca en la prueba, me sentí radiante y lleno de placer al ver como todo el esfuerzo había merecido la pena, en mi ciudad había hecho realidad mi sueño y por eso durante el recorrido disfrute de cada rincón que iba pasando como algo único y hermoso que manifestaba belleza, para mi instantes como este me llenan de orgullo y satisfacción porque me hacen comprender que con sacrificio todo es posible y así podemos alcanzar los objetivos que nos propongamos para ver que la vida merece la pena disfrutarla.
Enrique Benito Peñalva
Julián acaba de cumplir 80 años, y ya ha puesto fecha para su última carrera atlética, la San Silvestre Salmantina, ya que es su ciudad natal, y al vivir en Barcelona desde hace sesenta años, nunca anteriormente la pudo correr. Cada vez le cuesta más salir a entrenar, y antes se fatiga, aunque sigue derrochando ilusión en el atletismo, una ilusión muy contagiosa, pues animó a correr a sus hijos y nietos.
Entrena al menos tres veces por semana con vistas a su última carrera; En Salamanca no correrá solo, pues sus hijos Guillermo, Enrique y Celia le acompañarán en carrera, y también sus nietos Alberto y Sara. Faltan más de dos meses para la carrera, pero él ya está expectante, como si se tratara de su primera carrera. Con Julián, decimos adiós a cuatro décadas de atletismo.
Carlos Miguel Herrera Molpeceres
¡ Leche de pantera !. Un brebaje de leche de pantera y a la maratón de Nueva York; y allí con los ganadores, campeones, de principio a fin. Y aquí, en España, exhibiendo el espíritu guerrero, de lucha, el último domingo del año, y en la San Silvestre de Salamanca. Como en los Viejos Tercios de Flandes, con Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, y Alejandro Farnesio, los atletas combatimos, sufrimos, luchamos y quedamos exhaustos exhibiendo el espíritu legionario de combate y lucha, a lo largo de los kilómetros, los diez, con el carácter que imprime la Legión y su fundador Millán Astray. ¡ Enhorabuena a los legionarios por sus cien años de vida !, que se cumplirán el año que viene, en el 2020.
Joaquín Grosso
Muchas veces el mundo social condena a quienes quieren romper con estereotipos impuestos a lo largo del tiempo, más allá de que estos puedan estar bien o mal. Uno de los casos más particulares es el de creer que la edad es un límite para determinadas situaciones o acciones y eso ha atentado a lo largo del tiempo con la inclusión y la predisposición de las personas a diferentes actividades. Por suerte hay eventos como la San Silvestre Salmantina que dan la oportunidad a personas, de cualquier edad y sexo, de realizar lo que aman, en este caso, la práctica de atletismo. Y lo importante es que esta posibilidad, de que participen niños nacidos hasta 2010 e incluso personas mayores de 60 años, da la pauta de que para el amor no hay edad.
Matilde Mendo Vicente
Has encontrado el ritmo, las piernas responden ligeras, acompasadas con el respiro. La euforia, efecto de las endorfinas, te provoca una sonrisa y cuanto más corres más ligero es el pensamiento y más te sumerges en los colores y en el burbujeo de la multitud.
Te adelantan las veloces aviadoras, ni te inmutas. Poco después los bailarines del tutú celeste te dicen adiós. No compites, es una carrera para ti, sólo para disfrutar. Te relajas, aunque si un leve resquemor, que intentas inútilmente aplacar, comienza a insinuarse cuando te deja atrás una familia de dinosaurios. Por tu flanco izquierdo, una criatura brillante y rechoncha intenta sobrepasarte. Un pinchazo agudo en tu pundonor te obliga bruscamente a acelerar. Competición o no, no puedes consentir que un huevo kínder llegue a meta antes que tú.
Lucas Posada González
Olas en el viento recuerdan las huellas de héroes en el Olimpo viajando en el tiempo al desierto de Basabe. Como carrozas salvajes a los pasos, y ríos torrentosos al sudor, una guerra para los músculos y una victoria para el alma, tocan los tambores de la sangre música para el corazón.
Camina rápido como el fuego, que la oda para los atletas de la salmantina es de convicción. Susurra el espíritu del empeño para llegar a tan anhelada meta en espiral por el debido esfuerzo. Porque aquí en este espacio y tiempo los corredores son los guerreros del agua que luchan por darle gracias a la vida y un abrazo a la tierra.
M. Salvador Muñoz
Soy un androide doméstico, parezco humano, solo mis facciones carecen de expresión. Con matemática eficacia limpio el ático de mis propietarios. Cuando desde mi atalaya de soledad, año tras año, veo la San Silvestre, algo corroe mis circuitos.
Quiero participar, puedo ganar, soy especial. Me afano en modificar mis servosistemas; el día se acerca.
Equipado para la ocasión y con el falso dorsal atravieso el umbral prohibido al exterior.
Tras el pistoletazo, pronto mis engranajes cogen ritmo. Conecto la bomba de sudor, nada va a delatarme. Una sensación nueva acaricia mi piel sintética, quizá lo que siento es lo que los humanos llaman libertad.
He logrado la victoria, con los biorritmos descontrolados, pero feliz. A lo lejos, diviso a mi dueño señalándome ante los jueces. Mas el vasallaje ha acabado, el trofeo es mío, nadie me lo arrebatará.
Abrazo mi copa y activo el dispositivo de autodestrucción: 10…, 9…, 8…
David López-Cepero Mateos
Dicen que lo importante es participar, pero ¿acaso no compiten todos por ganar? Porque en la San Silvestre se corren muchas carreras, faltarían premios para tantos ganadores. Manolo corre para forzar su cuerpo; dice que así el cáncer estará incómodo y se irá de él; tanto entrenamiento le da fuerzas para vencer... a su enfermedad. Leiza ya ganó por correr, aquí no lo hace para escapar de las bombas; y María corre por placer, no por huir de un maltratador; por eso ambas se sienten triunfadoras. Jaime, Evaristo y Juan participan disfrazados de locomotora; su trofeo es haberse reconciliado tras tantos años de ruptura... ¡Ah! Algunos ganan por su velocidad y se les premia sobre un podio; es agradable el aplauso de la gente y los vítores, pero ellos saben que en esta carrera rebosante de vida no son los únicos campeones.
Alberto de Frutos Dávalos
Un recorte de periódico en la carpeta donde archivo los recuerdos me informa de que yo gané la San Silvestre salmantina en 1994. Es curioso, porque yo nunca he disputado esa carrera, no he estado jamás en Salamanca y echo el bofe para alcanzar el autobús que sale del campus Unamuno hacia Prosperidad. ¡Un momento! Entonces, es que vivo en Salamanca y hasta puede que ganara esa carrera. Leo la noticia con detenimiento y me reconozco en la foto del podio. Sonrío orgulloso y voy a enseñarle la página a mi mujer, que está viendo la tele en el salón.
-Para que luego digas que nunca he hecho deporte... A ver, ¿quién es este Adonis?
-Tú no, cariño, eso desde luego. Te acaban de matar en Dallas.
LUIS DAVID SAN JUAN PAJARES
Silvestre siempre fue un tipo simpático. Y un buen papa. Unos meses antes de ser elegido, la mañana en que Constantino firmó el edicto de libertad de culto para los cristianos, se unió al pueblo que corría alborozado por las calles.
Pero no estaba en Roma ni corría el siglo IV. Fuera de su tiempo y su lugar, decidió aprovechar la oportunidad y divertirse un rato. Así que se sujetó la mitra, se arremangó los faldones y decidió darlo todo en aquella locura de carrera camino del Tormes.
Estaba en la Lusitania. Muchos de los que lo jaleaban no eran cristianos pero compartían con él la necesidad de libertad que hace mejores a los buenos hombres. Llegó exhausto a la meta. Entre vítores.
A alguien se le ocurrió entonces la idea:
-¿Os habéis fijado en ese hombre? ¡Qué buen santo sería para celebrarlo corriendo el último día del año!
Jorge Delmonte Vergara
Los apuntes salieron volando por la ventana, últimamente me faltaba el aire. Los médicos diagnosticaron depresión. Me recomendaron hacer ejercicio para superar el “no puedo”. Aunque mis padres habían imaginado un futuro brillante como abogado, yo estaba acabando la carrera de fisioterapia. En la universidad ella me decía, es una droga sana, engancha, y hay muy buen rollo entre los participantes. Con constancia y sacrificio comencé a entrenarme, a sumar kilómetros y mas kilómetros. Hasta que llegó el gran día del pistoletazo, me parecía una locura, divertida, estaba eufórico. Mientras recorría kilómetros rodeado de otros corredores, escuchaba gritos de aliento, que bonito, gente que ni me conoce me animaba, no puedo mas con esa cuesta, me decía. Pero no me paro, la meta es el final. Sufrimiento, tengo que llegar. Y el subidón de adrenalina fue cuando vi la meta, es la felicidad, allí estaban mis padres y ella esperándome.
Antonio Martín Ullán
Vamos pasando el camino que tenemos establecido intentando que sea de nuestro agrado, aunque a veces nos toque resbalarnos y caer, cuando yo hacia atletismo tuve momentos donde disfrute mucho cuando lograba conseguir mis objetivos, una de esas ocasiones fue un año corriendo la San Silvestre, donde hice mi mejor marca en la prueba, me sentí radiante y lleno de placer al ver como todo el esfuerzo había merecido la pena. En mi ciudad había hecho realidad mi sueño y por eso durante el recorrido disfrute de cada rincón que iba pasando, como algo único y hermoso que manifestaba belleza, para mi instantes como este me llenan de orgullo y satisfacción, porque me hacen comprender que con sacrificio todo es posible y así podemos alcanzar los objetivos que nos propongamos, para ver que la vida merece la pena disfrutarla.
Nuria Soriano Salvador
Con los nervios atenazando el estómago y la ilusión en la boca, él esperaba a que ella apareciese con su camiseta naranja, los pantalones de lycra y las zapatillas de correr que sus hijos le habían regalado.
-Eres una campeona, mamá- le dijeron.
Así lo creía él desde el primer día en que la conoció.
Ahora, apoyado en la fría valla, veía sin ver a los cientos de atletas pasando, arcoíris en movimiento, esfuerzo, gritos de ánimo y júbilo. En sus manos, el cartel que sus nietos habían hecho con todo el amor y todos los rotuladores del mundo. En su garganta, un nudo de emoción.
Cada vez menos corredores, más mayores y más lentos.
¡Ahí, ahí! ¡Abuela, abuela!
Allí pasaba ella. Despacio, al ritmo de su tiempo, de su esfuerzo, de su ilusión. Hacia la meta.
Los ojos llenos de lágrimas.
“Mi campeona.”, pensó.
Ignacio Cortina Revilla
Ismael corría los últimos metros de la San Silvestre casi sin fuerzas y con los pulmones a punto de estallar por el esfuerzo. Su corazón parecía querer salirse por la boca, pero tampoco importaba. La línea de llegada estaba a solo veinte metros. No iba a ganar, ni siquiera estaría entre los doscientos primeros, pero le daba lo mismo porque su guerra era otra. Cuando estaba a punto de cruzar la meta, algo inesperado sucedió. Todo se difuminó a su alrededor, como si se volatilizara por arte de magia.
Ismael abrió los ojos y se encontró de nuevo en la cama de su habitación, todavía convaleciente del accidente de tráfico que había sufrido hacía dos meses y que le había costado una pierna. Miró el muñón y se prometió que al siguiente año participaría en la carrera, aunque fuera en una silla de ruedas.
Purificación Ruiz Gómez
Porque correr no es huir sino pisar fuerte por la vida, sabía que tenía que participar en la San Silvestre Salmantina. Avituallarse de energía y elevar su zancada por la esclerosis múltiple de su amiga, que no podía hacerlo. Mantener el ritmo por todas las mujeres aquejadas de cáncer de mama , a quienes la quimioterapia se lo rompe. Acelerar en la carrera por el apoyo a las enfermedades raras, marginadas en la cuneta. Y llegar a la meta, quizá con flato y calambres, pero satisfecha de haber llevado en su dorsal las vidas de aquellos que no pueden avanzar solos, y necesitan ponerles piernas a sus sueños.
ANA ISABEL VELASCO ORTIZ
APRENDER
Mi vida ha sido aprender y transmitir conocimientos. Una lucha feroz por ocupar el lugar que creí, me correspondía en la alta disciplina de la enseñanza.
Al cabo de tanto tiempo, he contemplado el devenir de esta ciudad y sus gentes. Ahora, se me antojan más sinceras, leales. Más buenas. Cada año, miden fuerzas en justa competición. Corren y no ansían recompensa alguna. Riqueza, prebendas. La gloría efímera de la alabanza ajena.
El triunfo reside en ejercitar los nobles valores del esfuerzo, el compañerismo. La ilusión compartida por llegar a la meta.
En este día de del año de gracia de mil y novecientos diecinueve, decido participar en lo que llaman La San Silvestre. Desciendo del pedestal. Dejo atrás el Patio de las Escuelas y… Al fin, corro… Y tengo la certeza de que, esta competición, es la enseñanza más hermosa que mi espíritu puede alcanzar.
Noemi Portela Prol
Ya faltaba poco. Estaba cansado, pero no se iba a dar por vencido. Un paso más. Al fin, había llegado. El público lo victoreaba, pero Rodrigo era ajeno a todo lo demás. Se agachó. En el suelo su hermano se agarraba con fuerza el tobillo. Parecía un esguince.
Rodrigo se había dado cuenta a diez metros de cruzar la meta. Un grito desgarrador y los murmullos del público situado a ambos lados del carril, le habían alertado. Al girarse vio a su hermano en el suelo. Retrocedió sobre sus pasos.
Le ayudó a levantarse con cuidado y cargó el peso sobre sus hombros. Mientras cruzaban la meta juntos, en su cabeza resonaba con fuerza el diagnóstico. El maldito cáncer. Las horas de hospital, de quimio, de pánico. Pero allí estaban. Sonrió.
Una batalla más que ganaban uno al lado del otro.
CARLOS BUISÁN GIL
Ismael es mi amigo. Todo cuanto hago, él lo hace también. Si acelero, Ismael acelera; si bajo el ritmo, él lo baja. Incluso cuando caigo tiene la lealtad de caerse conmigo. Si no fuera por Ismael, habría abandonado la competición hace tiempo.
Me angustia correr. Desde niño no he podido librarme de esa sensación. Soy rápido y resistente, mi esprín es un latigazo difícil de aguantar. Pero el estómago se me encoge después de unos minutos corriendo. Empiezo a arañar la cuerda, que entonces siento como un grillete, me la quito…
Ismael pronuncia mi nombre con suavidad, luego recompone la cuerda y acelera. De ahí hasta la meta, la angustia desaparece de mi estómago. A veces llegamos los primeros y a veces no. Gracias a mi amigo, mi sombra, ya no pienso en otra cosa que en correr.
Catherine Periscal Julien
En ese punto exacto, en el que los secretos del universo estallan en un río de placer, un águila inmensa me agarró del pecho, elevándome y dejándome caer mientras batía sus enormes alas, eran tan grandes que todo se elevaba con el viento producido por su sacudir. Mi pelo se enmarañó en un remolino vertical. Todo a mi alrededor estalló silenciosamente en pedazos que al llegar al suelo se derritieron. Extendí mis brazos, mis manos, mis dedos hasta que la pared los paró.
Javier Cabrero Vaquero
El reloj marcaba las 7:00, pero Adrián no podía alargar su sueño, por sus venas corría adrenalina, esperaba que su padre despertase. Hace cinco meses le había prometido correr esos 10km por las calles de Salamanca.
Adrián siempre iba un paso por delante de su padre, giraba y lo veía sudar, sufrir, pero una sonrisa adornaba el rostro de ambos.
La meta asomó al final de la larga cuesta, Adrían, que iba un paso por delante de su padre, pudo verla antes, avisando a su padre con gritos.
Esto animó a su padre, Adrián sintió un empuje extra a la silla que lo había transportado por las calles de Salamanca.
Una bonita medalla adornaban las lagrimas que corrían las caras de padre e hijo. Adrián desde su posición, desde esa silla que era parte de su cuerpo, recorrió su sueño, recorrió 10 km un paso por delante de su padre.
Catherine Periscal Julien
Al doblar la esquina las piernas me fallaron, la respiración cortada, el sudor innundaba mi vista y fué allí donde mi esperanza flaqueó, me dí el privilegio de fantasear con la dulce idea de tumbarme bajo un cascada de agua fría, esto duró apenas unos segundos cuando divisé la línea de la meta. Tan solo unos metros la separaban de mí, mi victoria, mi lucha, mi león. Y cuando por fín crucé las lágrimas brotaron de mis ojos, no pude darme percatarme de la avalancha de emociones que me sobrecogieron hasta que vinieron a mí, todas juntas. Ese fué el momento más felíz de mi vida.
ALBA MARIA GARCIA MARCOS
Nadie entendía como la más sedentaria del mundo mundial podía estar corriendo ahora mismo, por primera vez, la San Silvestre. Hasta ella misma lo pensó cuando los calambres empezaron a aparecer, pero sabía que, si podía llegar a la meta, aunque fuera la última, podría conseguir todo lo demás. En los tiempos del "coaching" moderno, sudar la camiseta corriendo kilómetros, era sin lugar a duda, la mejor fórmula de superación personal.
Tomás Ferrando Agulló
Jesús era un comercial que apenas tenía tiempo para nada, su vida se centraba en el trabajo y en la ambición por llegar a ser el mejor de su empresa. Sin embargo, se había propuesto llevar una vida más sana y fue entonces cuando comenzó a entrenar en el Parque de los Jesuitas de Salamanca. Allí conoció a Rosa, una maestra desmotivada que había encontrado en el atletismo un motivo para seguir teniendo ilusión. Gracias a ella, sus carreras por el hermoso parque y los alrededores se convirtieron en la mejor de las formas de sonreírle a la vida.
Aquella mañana, al terminar la San Silvestre salmantina cogidos de la mano, supo que ella era la mujer de su vida.
A la mañana siguiente, Jesús telefoneó a su jefe y le dijo: “Lo dejo. Quiero empezar a vivir”. La siguiente persona a la que llamó fue a Rosa.
Alejandro Pablo Robino
Y el tÍo se hinchó. ¡Al carajo! con las expensas pagadas a expensas
de su involuntaria abstemia. ¡Al carajo! con las facturas del gas, la luz, el teléfono. A cualquiera le pasa y después le pasa.
Salió rugiendo del edificio. ¡Al carajo! dijo, y tomó la decisión de comprarla. Regresó bramando. Un silencio extraño. Quinto piso, ascensor. Portazo. Al carajo con las expensas y a la mierda con el corcho.
Un beso obsceno, vidrioso y el timbrazo.
-No lo joda, don Alberto. A cualquiera le pasa y después le pasa.
-Es mi deber prevenirle...
-¡Que se vaya al carajo!
-Tranquilo viejo. Hoy déjelo, don Alberto. A cualquiera...
-¡Decíle que me deje de joder ese portero de mierda!
-Encargado y más respeto. Cumplo con estrictas disposiciones del consorcio.
Y el tío se hinchó. Era lógico. Mucha espera. Cinco días en el foso del ascensor calculó el forense.
HEBERT POLL GUTIÉRREZ
¡Estúpido!
¿Amas el atletismo más que a ti mismo?
¡Traidor!
¿Practicas culto a deidades foráneas?
¡Cobarde!
¿Invocas a una musa para convertirte en un maratonista famoso?
---Solo… ¡Quiero ser el corredor más notable de la San Silvestre de Salmantina 2019! Tengo el derecho…
¿Derecho? ¡Pides demasiado! Consuélate con el honor que yo estoy aquí para... ganarme un lugar en la historia de la IAAF.
Jorge Dario Santarelli Piriz
- ¿Cómo fue que estoy en una maratón si me canso de solo ver correr alguien en televisión?.
Además las cañas, pinchos y pizzas me parece no son compatibles con correr maratones.
Me duele todo, hasta el pelo. Ni idea quien mueve mis piernas porque ya no las siento.
Me distraigo con otro competidor a mi lado que parece no llegará al próximo puesto de agua que está a 200 metros. Pobre hombre, está peor que yo, y es mucho decir.
No se como llegué pero estoy en el puesto 8 o 9 y eso que solo entrené una semana antes.
- ¡Soy un héroe! alabo mi ego, veo el cartel de llegada allá lejos.
Ya casi llego, apuro el paso, siento una brisa fresca ahora. Desde alguna parte escucho a mi mujer que dice mi nombre alentándome seguramente.
- ¡Carlitos despierta que te has caído de la cama!
JUAN ANTONIO TRILLO LOPEZ
He practicado atletismo desde pequeño. Primero hice velocidad, huyendo del perro que me azuzaban unos niñatos de mi barrio. Luego en la mili practiqué fondo, cuando el cabo Flores nos invitaba amablemente a dar interminables vueltas en el patio del cuartel. Después probé la marcha, pero la tuve que dejar porque me producía resaca. Al final, comprobé que lo mío era el Decathlon, donde trabajo desde hace muchos años.
Ahora en serio, con el tiempo he comprobado que se me da bien lo de correr y estoy en un club de veteranos. Me encanta salir con mis compañeros y picarnos de vez en cuando, conocer gente y lugares donde competimos, la cervecita de después del entreno y lo bien que te sientes estando en forma a pesar de que los años van pasando factura. Ahora toca la San Silvestre Salmantina para cerrar el año, y que sea por muchos más.
Esperanza Tirado Jiménez
Su dorsal cruzó en un tiempo muy ajustado, quedando constancia de su gran entrega como corredora.
Pablo Dragovetsky
La familia de caracoles jamás se enteró que habían participado en la Salamantina.
O mejor aún:
De haber sabido que eso era una competencia,
ellos hubieran recorrido la ciudad,
incluso más despacio.
Nelson Gutiérrez Solana
—Doña, un agua, que el calor me viene persiguiendo.
—Uff, mijo, ya pasó por aquí y las vació toditas.
—¡Qué problema con ese calor!
—Ni me lo recuerdes, mi Julia se retiró el año pasado por él.
—¡Cómo así?
—Sí, la perjudicó.
—No le conocía esos alcances a ese bandido.
—Fíjese, la hizo salir ya casi llegando.
—¡Llegando ya casi?
—Para que vea usted.
—No, ese me las paga: primero su sobrina y luego me deja sin agua. Solo le falta ganar la carrera.
—Tranquilo, mijo, allá en Salamanca, en la San Silvestre, cuando este más bajito te lo alcanzas.
Alfonso Modroño Márquez
“¡San Silvestre, “bruxas fora”!”; gritó Manuel, cuando dieron la salida, y se puso a correr como si en ello le fuese la vida. Venía de Pontevedra. Corría como el viento del mar de La Lanzada. Había elegido Salamanca para purificarse. Aquella carrera habría de suponer un antes y un después definitivo. No sabía por qué corría, a dónde corría, por quien corría… Sólo percibía la necesidad de correr, como una huida, como una liberación.
La meta ya se presumía. Ahora, el esfuerzo pasaba su factura a unas piernas pesadas y aun pecho jadeante. Pero estaba feliz, reconfortado. Algo desconocido lo impulsaba.
“¡Bruxas fora!”; volvió a gritar al llegar a la meta. No la cruzó. Dio media vuelta y salió corriendo hacia donde venía como un pollo sin cabeza. Corría… Corría como si lo comieran los demonios. Había visto en la meta a Maruxiña, la vecina con quien no quería casarse.
Modes Lobato Marcos
Cuando vi anunciada la "SAN SILVESTRE SALMANTINA DE NUBES", entré en la Protectora y, rechazando los cirros y nimbos de pura raza, adopté una pequeña nube callejera, hija de mil gases diferentes.
Entrenábamos cada mañana para la carrera, y conmigo aprendió a mantener un ritmo constante, sin dejarse arrastrar por las bajas presiones.
Pero las semanas pasaron, ella creció y me mostró su lado más rebelde.
Dejó de entrenar y, cuando la reñía, hinchaba sus vapores, ennegrecía su color y me amenazaba con sus truenos.
Y desde hace unos días ha empezado a arrojar, sin previo aviso, agua de lluvia por toda la casa.
Ayer hablé con un meteorólogo y me dijo que tuviese cuidado, pues la nube ya ha empezado a marcar su territorio.
Creo que el próximo año me inscribiré en la "SAN SILVESTRE SALMANTINA DE CARACOLES".
Quizá no suene tan poético, pero mi salud lo agradecerá.
Rosa Mateos García
Buenas noches, amigos del misterio. Soy Iker Jiménez y aquí comienza Cuarto Milenio.
Hoy recordaremos los escalofriantes hechos acaecidos durante la “San Silvestre Salmantina” del año 2019.
Y es que, tiempo después, nadie ha sabido explicar qué es lo que realmente ocurrió aquel maldito día.
Corredores veteranos que conocían perfectamente el trazado, aparecieron desorientados en los soportales de la Plaza Mayor, otros se perdieron en las laberínticas calles del Casco Histórico de la ciudad. Y la gran mayoría huyeron aterrados, cruzando el Puente Romano, tras ser perseguidos por una abominable criatura con cuernos.
¿Fue un caso de histeria colectiva, una abducción o un viaje en el tiempo?
Desconozco las respuestas.
Lo único cierto es que aquella mañana de diciembre, más de siete mil personas tomaron la salida en el Paseo de San Antonio.
Y sólo una logró llegar a la meta.
Se llamaba Teseo.
Osvaldo Israel Cañete
Inhala y exhala. Inhala profundamente y exhala lentamente. Repite. Con los ojos cerrados se aísla del mundo y se concentra en su cuerpo. Se percibe en toda su extensión, relaja las tensiones que registra y se prepara para la carrera.
Correr es la actividad que más disfruta. Por el desafío de superación que implica. Siempre corre contra él mismo. Aunque sean cientos de participantes siempre es contra su sombra, exigiendo un poco más a su cuerpo para autosuperarse.
Y lo hace solo. Nunca siente la presión del público, los gritos, silbidos y aplausos le son ajenos. Los otros corredores son compañeros y no adversarios.
Así siempre gana.
Sol García de Herreros
Casi nadie lo sabe, pero en realidad es una condena. Su pena consiste en recorrer las calles rápida y silenciosamente, vigilándonos a todos y dando sensación de normalidad. Si no fuera así: ¿cómo se entiende alguien corriendo, sin que nadie le persiga, por el Puente Romano a las siete de la mañana de un lunes de enero? Descartado el masoquismo, ¿qué razón puede existir para ese sufrimiento reflejado a menudo en sus caras, en su respiración jadeante y en su trote cansado? No hay otra explicación, están condenados, y a final de año deben justificar un número determinado de horas. Por eso cuando acaba diciembre es frecuente verlos llenar avenidas y paseos, todos corriendo, todos afanados en el último momento. Pero no creáis que es por gusto, no; algo malo habrán hecho
Javier Roa Gil
Cruzo la meta y paro mi cronómetro por debajo de treinta, algo peor que el año pasado. Una nube de vaho me rodea de inmediato y me acompaña mientras estiro hasta que logro recobrar el aliento. Tras guardar cuidadosamente el dorsal en la mochila, me abrigo bien antes de regresar a casa bajo la amarillenta luz de las farolas. Después de la reparadora ducha pongo el despertador a las ocho para que me dé tiempo a tomar un chocolate con churros antes de coger un buen sitio en el Paseo de San Antonio y animar a los corredores, como cada último día del año.
David Magaña Centelles
Nadie creyó a Sofía cuando dijo que dejaba el atletismo. Su carrera era demasiado prometedora: había ganado un par de maratones a nivel nacional e iba a competir internacionalmente. Todo ello era demasiado como para echarlo a perder "para formar una familia". Los buenos deportistas no abandonan. Pero cuando desapareció del foco mediático, todos empezaron a tomarla en serio.
Quizás por eso, 20 años después, el mundo se sorprendió tanto cuando la vieron entre los participantes de la San Silvestre Salmantina. Allí estaba, de nuevo, exactamente igual que hacía 20 años, y con las mismas zapatillas de deporte. Solo que su nombre era Laura, y las zapatillas eran de su madre.
Miguel Sánchez Martínez
Abraham siempre fue perezoso, nunca terminaba lo que emprendía. A los veinticinco años un halo de madurez se posó en su mente. Se propuso finalizar todo proyecto que iniciara. Correría la San Silvestre Salmantina. Fue constante durante los seis meses de entrenamiento. El día de la carrera llegó confiado. En cuanto dio inicio la popular competencia tomó la punta. Era un galgo. Pasaban los kilómetros y cada vez se alejaba más de sus perseguidores. En el kilómetro nueve se empezó a sentir cansado. Volvieron sus viejos fantasmas. Recordó lo agradable que es ver la televisión mientras se bebe una cerveza. Faltaban 300 metros para llegar a la meta. ¿Qué hacía ahí corriendo 10 kilómetros? ¡Qué flojera! Era una distancia enorme. Arrepentido dio media vuelta y regresó hacia el punto de partida.
Claudia Alejandra Morales
Llegó primero a la línea de la "San Silvestre Salmantina". Luego del festejo, al volver a su casa, su chica le dijo que lo de ellos había terminado. Se había enamorado perdidamente del que había llegado último. Un Cupido ebrio, un flechazo inoportuno, ganar, perder y esa bella ironía en el misterio de lo relativo.
María Posadillo Marín
Madre Tierra sobrevive a estaciones solitarias en las que nadie atiende sus lamentos. Pero existe un rincón en su cuerpo roca donde, al llegar el otoño, percibe la pulsión del corazón del hombre como en ningún otro lugar.
Las plantas de mil pies hacen vibrar el suelo en feroz carrera, cuando los músculos se tensan, y la excitación que precede a la lucha empapa la superficie de quien los alienta desde el principio de los tiempos.
Ya no hay presa frente a ellos al iniciar el galope; las bestias dejaron de ser cazadas hace milenios, pero las emociones más puras se traducen en pasos seguros hacia una meta que no alimenta los estómagos, pero sí sus espíritus. Solo entonces, planeta y hombre conectan como uno solo. La Tierra cesa su pálpito furioso y da una nueva oportunidad a la naturaleza que ella misma engendró. Después de todo, nada ha cambiado.
Francisco Yuste García
El único sonido del piso era el de la alarma a las seis de la mañana. Sólo unos pocos de los que se divorcian llegan alguna vez a enderezar su rumbo. Los recuerdos y sentimientos son los mismos espectros que transitan de sus sueños a su realidad, a través de las sombras de la habitación. Lo envuelven como una nube ominosa. Tratan de trepar por sus tobillos. Forcejean en una melé, para atenazarle la garganta y paralizarlo.
Por eso él corre. Porque aunque no lo crea posible, será químicamente feliz. Porque físicamente su cuerpo se aferrará a la vida tras el abandono personal pasado. Huye de sus fantasmas.
A diario corre y su mente funciona con mayor claridad, más rápido. La pena sigue, pero la vida también.
Un día inesperado el teléfono suena. Una vieja amiga dice estar pasando por lo mismo. Él corre. Corre a ahuyentar a sus espectros.
Alfredo Pérez Berciano
Aquel día se apostó en la terraza y dejó caer sus ojos hacia el enjambre de corredores que a esas horas ocupaba la calzada. Tenía cincuenta y ocho años y mucho miedo.
- Papá, venga, que no llegamos, no te olvides el teléfono -
Mi padre había entrenado mucho para correr la San Silvestre aquel año. Ganar la batalla al miedo se había convertido en un verdadero reto para él.
Una hora y cinco minutos más tarde, emocionados los dos, cruzamos la META y nos fundimos en un abrazo infinito. El eco de un grito de orgullo sonó en mi corazón. La magia de la San Silvestre había vencido al miedo.
Pero el destino, caprichoso como pocos, tenía un último as en la manga y quiso que ese domingo también sonara el teléfono para nuestra eternidad.
- ¿Hipólito Yagüe?, por favor.
- Sí soy yo.
- Hemos encontrado un donante.
Silvia MAngas
Corre; suda; está entrenado para ser atleta y sabe que no sólo el cuerpo
debe estar adiestrado; también fortifica su espíritu.
Corre detrás de sus sueños; busca una calidad de vida superior y en ese
trajinar, se engolosina con el aire, con sus ansias de triunfar. Mientras, corre
la extensa maratón de su vida, piensa en los distintos legados salmantinos,
los afectivos y los culturales; entre ellos, rescata a su guía espiritual, el que lo
marcó con el esfuerzo y la simplicidad.
Primero, deposita sus plegarias en San Silvestre y se pone a su servicio. Él
escucha su aliento; sabe que puede caer, porque nadie está exento; pero
también, sabe que debe incorporarse y seguir.
En los momentos cruciales, eleva su mirada al cielo y entre los pliegues de
las nubes, adivina el rostro protector de su Santo, quien lo estimula.
Adelante, Atleta, continúa con tu maratónica carrera.
Javier López-Bueno Ramos
Con el dorsal 270, estiraba en el césped, cerca de la parroquia de San José, junto a un tipo grande de pelo cincelado y nariz prominente, un tal Constantino, según me dijo con voz firme y magnánima como si se tratara de un emperador romano, mientras mi padre, Rufino, saludaba desde el otro lado de la valla con ojos fraternales.
Supongo que dulcificado por las fechas y la estampa que componíamos mi padre y yo, Constantino, el Grande, me instó a tomar posiciones junto a él y gracias a este encuentro, diría yo que providencial, pasé a la historia.
No llegué a meta el primero, entré en el puesto 33, que es igual de importante en esta carrera, pero sí fui portada de la Gaceta de Salamanca con una fotografía, junto a tantos otros participantes, de la popular carrera que lleva mi nombre, Silvestre, y que enorgulleció a mi padre.
Víctor López Camacho
Pi-Pi-Pi…Pi-Pi-Pi…Pi-Pi-Pi… son las 7:07 de la mañana, y el despertador destroza la calma de la habitación, aunque Julian, ya despierto desde hace rato, lo espera con ansia, ha llegado el momento de ponerse las zapatillas de deporte y salir a correr como cada mañana.
Es su momento preferido del día, cuando sale a correr todavía es de noche, pero cuando acaba ya es de día, además, hay dos cosas que le incentivan, el reloj gps que se ha comprado de segunda mano y que muestra claramente sus progresos, y el culo de la chica que le gusta a lo lejos, pero cada día más cerca, que confirma su mejoría.
Este año también se ha apuntado a la San Silvestre Salmantina. No cree que vaya a ganar, pero si va ella, seguro que mejorará la marca.
FRANCISCO JAVIER AGUIRRE GONZÁLEZ
El año pasado no pudo ser. Se me olvidó y llegué tarde. Se agotaron los 7.667 dorsales disponibles para la San Silvestre Salmantina. Este año he de espabilarme. Faltan solo unos días para que se abra el plazo de inscripción. Lo tengo todo a punto, el cuerpo entrenado y el ánimo dispuesto. Para calentar motores, se me ocurre contar por escrito lo que me pasó el año anterior. En realidad, no iba con intenciones de ganar, solo de participar. A estas edades es suficiente. Pero apenas he retenido los detalles de lo que me ocurrió. Hay que resignarse a que el tiempo pasa inexorablemente. Aún tengo las piernas ágiles y los músculos tensos, pero la memoria… ¡ay, la memoria! No importa. Escribiré lo que recuerde y enviaré el relato. Me dice mi nieto que se ha convocado un concurso.
Isabel García Viñao
Se despierta con las imágenes de las llamas en los ojos. Unas llamas que el día anterior podrían haber acabado con la vida de una niña. Hoy no se viste el uniforme azul ni el casco de bombero pues es la fecha de la San Silvestre. La jornada anterior corrió por el bosque como un loco para sofocar el fuego, mas el esfuerzo le recompensó. En un camino cercano, una mujer con la camiseta de la Cruz Roja recogió a la niña. La mirada orgullosa del bombero se encontró con la de la mujer de la institución humanitaria. Entre sus ojos se interpuso el dios del amor, Cupido.
Hoy, el bombero, a la salida de la carrera, se siente extenuado. El esfuerzo del día anterior hace que caiga desfallecido en el Puente Romano. Despierta con la sirena. Al despertar, ella todavía está allí.
Alvaro Abad San Epifanio
En toda mi vida solo he corrido una vez con ganas: su marido nos pilló y no me apetecía probar esos bíceps tamaño camión. Corrí escaleras abajo, calle arriba y me encaramé a la cúpula la catedral. Tres días me espero abajo el Sr. Bíceps. Al final se rindió, creo que le entró el mono de anabolizantes.
¿Pues no recibo un whatsapp semanas más tarde para correr la San Silvestre? ¿Creerá que soy masoquista? Aún tengo pesadillas con esos músculos. Y agujetas. Pero me promete una buena siesta…
El chándal me queda como una patada en los bajos, pero me lo enfundo. La veo en la salida, con esas mallas ajustadas… al lado del esposo, marcándolo todo. Creo adivinar quién envió el mensaje.
Pistoletazo de salida. Tras dos horas corriendo voy el primero por el carril derecho de la Autovía de la Plata, seguido del esposo encabronado. No se cansa.
Cristina Grieguez Alvarez
La San Silvestre era todo para su padre desde que los presentaran aquel 30 de Diciembre de 1984, pero justo el día de su trigésimo cuarto aniversario él falleció dejándola plantada, vestida y alborotada. Afligido, esa misma noche, volvió de entre los muertos, colándose en sus sueños, para pedirle que a partir de ese momento cortejara en su nombre a tan enérgica y decidida dama, pues no podía permitir que ella sintiera su ausencia como sinónimo de indiferencia. Y Hugo, sin forma ni condición, aceptó de corazón, buscando enseguida al mejor instructor. Resultaba duro ponerse las deportivas después de un largo día de trabajo, mas no podía fallarle a su héroe.
Sin apenas darse cuenta el día de la carrera llegó y ella, agradecida, le premió tan noble gesto guiándole hasta el ángel con el que compartiría su vida, exactamente cómo hizo con su padre treinta y cinco años atrás.
Bárbara Monzú Casamayón
Mamá volvió a su ciudad natal para verme correr después del accidente y darme muchos besos en la línea de meta. Ella fue la que me enseñó a hacer las cosas con pasión. Años antes, dejé la natación por el atletismo y pasó aquello. Se mudó a un pueblecito gallego donde pasaba las vacaciones de niña para cuidar de sus padres, y yo ya era mayor para asumir la situación y buscar otro sueño. La echaba muchísimo de menos. Necesitaba sus palabras durante la rehabilitación y sus abrazos durante las siestas. Entones me compré una prótesis y me inscribí en la San Silvestre Salmantina, como era costumbre en nuestra familia. Mi madre apareció con un dorsal en los pechos hecho por ella misma y me acompañó los últimos cien metros hasta la meta. Fue increíble. ¡La foto está en mi perfil! ¿Podéis votarme? Solo será un minuto ¡Gracias!
JUAN LORENZO COLLADO GÓMEZ
Por fin iba a correr mi primera San Silvestre.
Preparé la equipación de todo aquel material que había comprado para la ocasión:
Me puse la ropa interior Asics, unos calcetines Nike azul eléctrico y la camiseta interior X-Bionic Radiactor.
Para las mallas y la camiseta elegí el conjunto Bellavista de Adidas.
Finalmente las zapatillas Brooks Ghost 12, gafas Oakely y el reloj Polar V Titán.
Unas gotas de colonia y una pulserita me mostraron fantástica frente al espejo.
Así me dirigí al Paseo de San Antonio pero al mirarme en un escaparate me di cuenta de que había olvidado el dorsal.
Cuando llegué a la salida, con mi dorsal perfectamente colocado, ya se habían marchado todos.
No sé si los aplausos que escuché durante toda la carrera me los dedicaron por ser la última corredora en llegar a meta o por todo aquel despliegue de glamur.
Margarita del Brezo
Aprendí a correr casi antes que a gatear. Y no es de extrañar pues la primera vez que participé en la San Silvestre Salmantina iba montado en un cochecito de bebé. Desde entonces he acudido puntual a la cita y he cruzado siempre la línea de meta, incluso cuando corrí con una pierna escayolada. Tan solo fallé el año pasado, por mi enfermedad y todo eso. Pero esta edición no me la pienso perder así que entreno duro a diario, diluvie, haya borrascas, anticiclones o abrase el sol. Sin embargo, por más que me esfuerzo, no veo muchos progresos. Y es que correr aquí arriba es complicado; sin apenas fuerza de gravedad y teniendo que esquivar todo el rato nubes, pájaros y aviones llenos de gente no hay manera de ir deprisa. Eso sí, menudo ambientazo hay: todavía no ha empezado la carrera y ya no cabe ni un alma.
Marta María Cruz Martín
Diciembre siempre fue un mes largo para ella, lleno de cenas y brindis con aquellos que regresan a casa por Navidad.
Después de la carrera brindarían también, pero en ese momento estaba sola. Y es que no distinguía, entre la aglomeración de corredores, ninguna cara conocida.
Le pesaban demasiado las piernas y además un poco el alma, deseaba terminar el recorrido pero durante unos minutos no se creyó capaz. Hasta que levantó la cabeza y los vio. Allí estaban, sus compañeros de viaje y de vida, vestidos con un disfraz del año anterior, esperando para llevarla de la mano hasta donde quisiera llegar.
Respiró hondo y, todavía sin alcanzar a ver el final, comprendió que con ellos llegaría a la meta por muy lejos que estuviera. Y ella también sonrió.
PILAR ALEJOS MARTINEZ
En cuanto suena el disparo, empiezo a correr. Me tiemblan las piernas a pesar de tantos meses de preparación. Ante el fracaso del «Plan A», decido cambiar de estrategia y me mimetizo entre la multitud participante en la San Silvestre Salmantina. Se respira un gran ambiente solidario, donde lo que prevalece es la deportividad. Sin querer, poco a poco, me voy viniendo arriba. Motivado por los gestos de compañerismo que observo a mi alrededor, acelero el paso. Parece que tengo alas en lugar de pies. Avanzo un puesto tras otro hasta alcanzar a los corredores de cabeza. Por primera vez, corro por una buena causa sin miedo a ser alcanzado. La euforia se apodera de mí y me lleva en volandas.
Al cruzar la meta, con los brazos en alto, celebro mi victoria. Ahora me alegro de haberme despojado por el camino del mono rojo y la careta de Dalí.
Natalia de Tomás Luxán
Tengo 60 años y hoy, último día del año, me dispongo a recorrer la distancia de 10 kilómetros de la San Silvestre Salmantina, en la categoría femenina para mayores de 45. Respiro hondo y cierro los ojos visualizando el recorrido como si volara sobre el asfalto. Me siento ligera, aunque mis zapatillas parezcan aferrarse al suelo. Desde que era pequeña, me veo corriendo a todas partes- haciendo recados a mi madre- como si el mundo fuera diminuto o se ampliara a mi alrededor en cada zancada. Correr es estar con uno mismo y con los demás, es solidaridad y sacrificio, aunque desde mi lesión, me suponga más esfuerzo. Me concentro en la respiración, mientras el aire frío me da en la cara. Escucho los latidos de mi corazón y el eco de los gritos de ánimo. El tiempo desaparece y vuelvo a tener diez años al llegar a meta.
Santiago Eximeno Hernampérez
En la foto de llegada, tomada por un fotógrafo de la organización, vemos el rostro de papá, enrojecido y enrabietado, que contempla cómo mamá, con una zancada elegante y una sonrisa, cruza la línea de meta un instante antes que él lo haga.
Después tenemos medio centenar de fotos más, en las que mi hermana y yo aparecemos abrazados a mamá, sonriendo, alegres, emocionados por esa carrera tan bonita que ha hecho, que a pesar de no conllevar trofeo a los tres nos sabe a gloria.
En ninguna de esas otras fotos aparece papá.
Amador Dominguez Sanchón
Donde corremos la San Silvestre, pregunto Agus con un interés que me hizo dudar, a juzgar por su expresión de duda, que ya conocía, como afirmativa. En la lejanía de tu ciudad natal o queriendo la de tu ciudad de adopción, nos miramos ambos y sin lugar a dudas sabíamos que la decisión estaba tomada antes de cruzarnos una palabra, por supuesto que en ambas, un día Salamanca y al día siguiente Toledo, que magnifico sentimiento al recorrer ambas ciudades históricas, vivirlo aunque solo fuese una de ellas es extraordinario, no dudes nunca. ¡ Ven !
ANNA ANTOÑICO MUNTAL
La voz de salida antecede al disparo. Cabeza alta, pecho fuera y respiración acompasada. Primero un pie después otro. Paseo de San Antonio, Paseo del Rollo. No nos puede vencer la fatiga, debemos ocupar la mente. El tiempo de preparación ha sido duro. Levantados de madrugada, el sueño invade nuestros sentidos, pero vamos a correr..., correr sin parar. Las dietas son un auténtico calvario, sólo proteínas y todo para ganar. Nos fijamos en la ruta, el Puente Romano, la Plaza Mayor y vuelta al Paseo de San Antonio. ¡Falta poco para la meta y sueño conseguido!
¡Huuuy!... La cabeza se afloja, el pecho se hunde, la respiración se altera. Síntomas de cansancio..., no puede ser... les pies se desequilibran, quizás una rampa..., nooo, falta poco..., ya lo veo, se acaban las fuerzas..., también yo que soy tu sombra te he abandonado y yazgo a tu lado sin aliento.
JOSÉ MARÍA HERMOSO Y COBO
Cruzó la puerta del CES. Quedose a su espalda. Comenzó a correr. Sus lentos pasos pesados iban dejando atrás, tirados sobre el suelo pisado, pedazos de jirones de su alma destrozada. Mientras avanzaba, una extraña sensación rebosaba la plenitud de su corazón. Con la única compañía del aturdimiento, en ese luengo paseo de pasos perdidos, no lograba comprender a dónde le llevaría…
Tras un período ocupado de días, semanas y meses…
Fiel, repitió.
Tomó aquel suelo pisado, encarado; y poseyó sus pasos lentos y pesados, convertidos en rápidos y ligeros, que guardaban dentro de sus genes los pedazos de jirones que atrevidamente en secreto florecieron en aquello que no esperaba.
Dulcificado aleteo de mariposas fluía por su interior. Una edición más. La misma puerta, ahora de frente, se abrió.
Cabalmente, trescientos sesenta y cinco días de gestación, y otra vez, nuevamente, dejaron un antes avivando el parto de un después.
Isabel Serrano Hernández
Toni sintió como las lágrimas resbalaban por sus mejillas, al notar el viento seco y frío de la ciudad. Participaba en una carrera y quedaría bien clasificado.
Él estaba en forma por su entrenamiento semanal. Además era un hombre joven y atractivo. Sus amigos le envidiaban porque era un triunfador en el deporte, el trabajo y con las mujeres. Sin embargo, él se sentía un completo fracaso. Había conocido tantos cuerpos como carreras había realizado. A pesar de todo, un gran desánimo recaía sobre él. Cada carrera suponía un triunfo, una superación personal. Después de cada encuentro sentimental, existía un gran vacío que no había forma de llenar. ¿ De qué huía? ¿A qué tenía miedo? Cada nueva zancada, suponía un nuevo avance. ¿Alcanzaría algún día su meta en todos los aspectos de su existencia?
Aceleró el paso levantó los brazos y cruzó la meta entre los primeros puestos.
Jimmy Castro Zambrano
Gracias por preguntar. Había una chica que me gustaba, intenté hablarle un par de veces, pero parece que no lo hacía en el momento adecuado, porque sentía que no me veía. Como no encontraba la forma de poder conocerla o interactuar con ella me sentí muy frustrado. Por aquellos días un amigo me vio de muy malos humores, me habló de la carrera, dijo que podía ayudarme a despejar mi mente. Mientras corría me imaginaba que la persona que iba delante de mí era la chica que quería conocer, cuando la alcanzaba, me imaginaba que era otra que iba más adelante, y así hacía la carrera, llevado por las ganas de conocer a una chica que me gustaba. Luego de un tiempo haciéndolo, un día se me acercó la misma chica diciendo que quería conocerme. Y si tienen alguna otra pregunta al respecto, pueden preguntarle a mi esposa.
José Agustín Blanco Reondo
La escarcha se abate sobre el río Tormes. Y esos encajes de hielo atenazan los labios de los corredores, también sus pómulos, las sienes, su mirada. Nada que la emoción por el comienzo de la carrera no pueda disolver. El frío será quizá una anécdota al subir la cuesta del Palacio de Congresos, la voluntad trocará las azagayas de la escarcha en perplejas, sumisas trochas de sudor que resbalarán por la piel de los que compiten por la gloria, o por solidaridad, o por razones festivas, o por esa determinación que hace a los humanos cada vez más fuertes. La Plaza Mayor espera. También la bajada de San Pablo y el devenir milenario del Puente Romano. Luego acudirá el descanso a cobijarse entre la fatiga de tendones, músculos y coyunturas. El descanso y la satisfacción por tanto esfuerzo entregado a la ciudad de Salamanca.
LUCAS ASTESANA
es una carrera. Repito, no lo es. Dejamos parte de vida en esas piernas, que se zambullen hasta lo profundo de la aventura, llegar a la meta no es el merito por el que corremos, Gloria tal vez, desde 1984, venimos buscando algo que solamente ella nos da, llegar a finalizarla es un placer, un reconocimiento personal, la misma sintonía de disfrutar la vida y agradecerle por lo que nos deja hacer con ella, es espectacular, la respiración, aquí dentro guardándola y sacarla como si fueran sorbos de agua, nuestra Mente en blanco, nuestros ojos agudos, el corazón ya nos espera en la meta, nos abandonó desde el principio y se ha adelantado tal vez una o dos noches antes, el resto es el latido nuestros sentidos los que tal vez aún no tenemos bajo control, es el impulso, que nos hará regresar cada año, y cada vez más felices.
José Luis Zárate González
La sensación de la tierra bajo los pies, el aire que acaricia los rostros, el sudor que corre libre sobre la piel casi tan libre como la gente que despega paso a paso en la pista, por unos momentos esas sensaciones son el mundo entero, la nueva forma de la realidad.
El observador descuidado puede creer que la meta está al final de la carrera, en el acero y listones, pero lo que no ve es que la meta se atravesó cuando los atletas volvieron a su verdadero hogar rodeados de sus hermanos y hermanas.
La meta es ese segundo antes del primer paso, ese instante que se ha compartido por siglos desde Grecia hasta la San Silvestre Salmantina, en que el horizonte está al alcance de la mano, sólo es cuestión de correr hacia él.
Rafael Fuentes Pardo
Lo había intentado todo durante varias ediciones. Tomarse un vaso de noventaiocho, en ayunas, justo antes de la carrera. Seguir el ritmo a dos constructores que corrían convencidos de que al ganador le concederían una recalificación de terrenos. Correr detrás de un equipo de campeonas de atletismo y delante de otro de policías. Incluso había llegado a entrenar. Pero nada. No había forma de ganar la San Silvestre.
Lo daba todo por perdido cuando, a quince días de celebrarse la carrera, se enteró de la noticia. La organización había decidido cambiar el punto de salida. En esta edición estaría a diez metros escasos de la casa de su jefe. Ya solo le quedaba decirles a su mujer y a su hija que le esperasen en la meta para celebrarlo. El resto sería dejar atrás las cosas que siempre había odiado y acercarse cuanto antes a las que más quería.
Maximiliano Sacristán
Si hay algo que le sobra a los ultramaratonistas es tiempo. En 160 kilómetros a recorrer hay tiempo de sobra para pensar. El atleta no quiere desconcentrarse, pero es inevitable que la mente divague cuando el tiempo desborda por todo el cuerpo.
Refutando la aporía de Zenón y su flecha eternamente inmóvil, el ultramaratonista demuestra el movimiento sencillamente echándose a andar. Esto con respecto al espacio. ¿Pero cómo vencer al tiempo? Cierto atleta de las distancias desmesuradas ideó un método que distraía a la mente mientras los músculos hacían su trabajo: se propuso recordar un año de su vida por cada diez kilómetros recorridos.
Imaginaba pasajes de su infancia ocurriendo a los bordes de la carretera. Pobló su soledad con fantasmas queridos que acudían desde el pasado para consolarlo en su travesía. Con la mente vacía, como un buda sudoroso, el ultramaratonista se transformaba en una máquina de correr.
L. Álvarez Gómez
El ritmo acelerado de sus latidos, y el ritmo regular de sus pisadas, y el ritmo acompasado de los aplausos de la multitud. Y el aire limpio y frío del invierno en Salamanca. El corredor concentrado en cada uno de sus latidos, cada una de sus pisadas, cada uno de los aplausos, restando con la suma de cada uno de ellos distancia hasta la meta. Un latido más, una pisada más, un aplauso más, convertidos en un aplauso menos, una pisada menos, un latido menos para llegar. Pero cuando el corredor cruce la meta, se dará cuenta que no la ha cruzado para llegar, sino para entender que la verdadera meta no estaba en la meta, que la verdadera meta estaba allí donde el latido, la pisada y el aplauso se medían de uno en uno, y se sumaban. En el aire limpio y frío del invierno en Salamanca.
JOSÉ A. GAGO MARTÍN
Hacía cinco años que no corría la San Silvestre. Ya estaba resignado, dispuesto a tirar la toalla. Pero, tras incontables avatares, allí estaba otra vez, en la línea de salida. Bueno, supongo que en la línea estarían los africanos y los que tenían posibilidades, yo estaba al fondo, a salvo de codazos y empujones.
Para mí estar ya era un triunfo, me limité a recorrer a trote cochinero un par de kilómetros y continuar caminando. Me bastaba contemplar aquella gente que se agolpaba en las aceras, sentir el frío en la cara, respirar,...
Otro de los corredores, que avanzaba renqueando, me miró con el ceño fruncido:
-No sé a qué viene esa cara, -me dijo; parecía enfadado con el mundo-, si vas de los últimos. Yo he cometido la estupidez de estrenar zapatillas.
-Bueno, -le replique, con mi mejor sonrisa-, yo estreno pulmones.
Maximiliano Jarque Blasco
Ahora que ya se acabó la liturgia de la noche anterior (sobre la colcha: la camiseta, el pantalón, los imperdibles, el dorsal…; a los pies de la cama: los calcetines, el chip, las zapatillas…), el repaso minucioso para que nada falte en la mochila, para que ningún imprevisto arruine la carrera. Ahora que ha desaparecido la última visita al baño, los nervios en la salida, la emoción al vislumbrar la meta. Ahora que sé que no voy a poder correr nunca más desde aquel fundido en negro, ambulancia, urgencias, quirófano… Ahora que tengo que mimar mi corazón, que terminaron rodajes, series, largos… Ahora que quedan tan lejos los entrenamientos (frías mañanas de invierno, calurosas sesiones estivales), los tragos en las fuentes, el olor a ropa sudada. Ahora, sí ahora, toca disfrutar de otra manera, tras las vallas, y animar, y aplaudir, y dar el aliento que una vez me dieron.
JAVIER RUIZ BENEYTO
Aunque mi corazón danzaba al son del reguetón, no parecía que las piernas fueran a seguirme el ritmo. Mientras realizaba estiramientos, a mi lado, un Bob Esponja cutre y algo estrábico hacía pompas de jabón entre risas chirriantes. De otra parte, unos piratas en su barco superaban la barrera del sonido con su ron, ron, ron, la botella de ron. Más lejos, una vaca parecía señalarme con las ubres y decir: tengo mala leche; junto a ella, una desteñida Peppa Pig gruñía al cielo a lo Heavy Metal. A pocos pasos, el Joker bailaba desacompasado mientras trataba de recolocarse el dorsal. Al fin sonó el disparo y todos nos pusimos en marcha. Apenas comenzaba la carrera y ya sudaba, pero es que nunca antes Lucifer y su tridente habían seguido tan de cerca a la princesa Elsa de Frozen por el Paseo de San Antonio.
Osayis
Tras el disparo, los corredores no se empujaron. Paseaban sin prisa y,aunque el público animaba,iban mirando acá y allá, parándose para realizar selfies, firmar autógrafos y sonreír sin saber por qué. A los grandes velocistas les costaba andar tan despacio pero las reglas eran las reglas -dijeron cuando les preguntaron los organizadores. Al coger el dorsal no había dudas. Ganaría la San Silvestre el corredor más lento. Tiempo hubo para echar instancias e interponer recursos a unas normas tan absurdas.De pensar que solo siendo el peor y menos competitivo se consigue ganar. Nadie se ha hecho responsable de la travesura porque si confiesa,también pierde el anonimato.
Alejandro Olazabal
El cartero corría por las callejuelas aledañas a la Facultad de Economía, escapando del perro, sin saber que a unas cuadras se iba a encontrar, cerca del Puente de la Universidad, con el pelotón de avanzada de la carrera, encabezado por una joven Tere Recio. Fue embestido por una masa de piernas largas que galopaban a ritmos constantes. Ante esa situación no le quedaba otra cosa que seguir corriendo que era, de todas formas, su intención desde que entregó la carta. Podía ver, detrás suyo, como aquel perro sarnoso y, para su sorpresa, atlético, le seguía el paso, incentivando, al tiempo, a los demás atletas que iban dejando atrás al cartero. Vinieron un par de curvas, un par de pequeños descensos y subidas y el cartero, cansado, estuvo a punto de rendirse. Pero, viendo a la templanza de sus compañeros de carrera, encontró la fuerza suficiente para seguir en pie.
Nacho Tapia Vicente
Había corrido todas las ediciones. Siendo niño hasta ganó una medalla. Recordaba la admiración de sus amigos del colegio el día que comenzaron las clases y se presentó, orgulloso, con la enorme presea.
Últimamente, la admiración de esos amigos se había tornado en burlas, debido a su estado físico; más propio de un medallón de solomillo, que del conquistado antaño.
Por eso, aquel año se preparó concienzudamente. Se sentía pletórico, su cuerpo nuevamente musculado. Tanta confianza le empujaba a la exhibición; se desnudó. El frío decembrino de Salamanca hizo el resto: cuando todos los participantes habían partido, no consiguió moverse de su posición, en medio de la calle. La carrera terminó y él ahí continuaba.
El Ayuntamiento aprobó su permanencia definitiva, con la única oposición del concejal de Tráfico. Al fin y al cabo, también un escritor se había quedado sentado para siempre en un café de la Plaza Mayor.
Olga Martínez Clavijo
Correr es una experiencia gratificante pero correr la San Silvestre Salmantina es más que eso. Es situarse en la linea de salida y nada más llegar respirar alegría. La alegría de ese grupo de amigos y amigas disfrazados de bombillas, o la de los abuelos con los nietos que sonríen porque los ojos de sus pequeños brillan. La de familias enteras, perro incluido. Parejas, compañeros de trabajo, vecinos... El año acaba y en el horizonte se vislumbran las ilusiones que el año nuevo trae, Casi se tocan. Y aunque haya preocupaciones, en la San Silvestre, se disipan. Es la magia de esta carrera divertida y también benéfica. Correr fortalece el corazón, tonifica los músculos y oxigena el organismo pero correr la San Silvestre dibuja una sonrisa en el alma, imprime una felicidad que se irradia. ¡Anímense este año, háganse ese regalo! ¡La San Silvestre Salmantina les está esperando!
Susana Leiva Serrano
Roberto, que ya había cumplido siete años, estaba de los nervios por participar otra vez en la San Silvestre Salmantina, desde el accidente.
—¿Vamos a llevar a mamá a la carrera?
—¿Por qué lo preguntas? Claro que sí —le contestó su padre, José.
—Como no puede correr…
—Anda, vístete y vamos a desayunar.
—Papá, papá no encuentro las deportivas.
—Estarán debajo de la cama, como siempre —le dijo sonriéndole.
El niño miró de reojo a su madre mientras desayunaban. Se le acercó y la besó.
—Me da igual llegar el último, mamá.
—¿Y eso, cariño?
—Papá me ha dicho que lo importante es acabar la carrera y que ganar es lo de menos.
—Voy a animarte mucho.
—No, quiero que corras con nosotros.
—¿Cómo voy a correr con la silla de ruedas?
—Sin prisa, mamá. Vamos a divertirnos los tres, juntos.
RAFAEL JOSE NIVISELA DÀVILA
Como escritor de microrrelatos no pegaba una. Así que colgué la pluma, mejor dicho apague el ordenador y me volví fotógrafo. La Sansil sería la prueba de fuego y ya era diciembre. Así que un curso rápido online de fotografía. Aprendí que el Photoshop no era un show de fotógrafos y que foto era luz. Conocí a la distancia al fotógrafo del corredor de la Calle Compañía, esa foto nocturna con pleno sol a sus espaldas. El día de la competencia atravesé el puente romano, crucé la Plaza Mayor y al llegar hasta la fachada de la universidad de Salamanca el momento preciso hizo presencia, la postal de mi vida como fotógrafo; la rana saltó sobre un corredor, apunte la cámara, ajuste la lente y el disparador se atoró. Recordé a mi abuelo que decía: “Lo que Natura no da, Salamanca no lo otorga”. El próximo año voy de atleta.
Diodati Mercedes Sara
¿Estoy lista… o no lo estoy? ¿Entrené suficiente... o tal vez no? ¿Atleta yo… qué se yo?
Será mi primera vez en la carrera… nunca estuve en una cursa tan masiva...
10 km parecen inalcanzables… ¿podré modificar a tiempo mi plan de entrenamiento? Después de todo, puedo no participar en la carrera principal… y cursar en una categoría inferior.
Seguramente pasaré por el Paseo de San Antonio, por la Plaza Mayor, tal vez por el Puente Romano o quizás por el Paseo del Rollo… “lo que las piernas me den”...
Las zapatillas no pueden hacerlo todo… por más nuevas que sean, servirán como alas y mejorarán (solo un poco) mi performance.
Ya me han anotado… con tan solo un par de euros…
ESTEBAN TORRES SAGRA
Sé, de buena tinta, que está inscrito en la San Silvestre salmantina. Estoy seguro que llegará el primero, con su aire de superioridad y el respaldo de su velocidad endiablada, y que humillará, sacándoles muchísima distancia, sin esfuerzo aparente y sin apenas entrenamiento., a sus más inmediatos perseguidores.
Él tiene la certeza, siempre la tuvo -con la colaboración de los ilustradores, claro- de que no podré alcanzarlo nunca; pero mi último plan es infalible: me he comprado una goma de borrar dibujos -por supuesto marca Acme- y le esperaré en la meta, camuflado entre el público.
Esta vez acabo con el Correcaminos. Lo juro.
Palabra de Coyote.
Raquel Lozano Calleja
así, como un “cueces o enriqueces”, o como un “de ciencias o de letras”, me hiciste esa pregunta desde el asiento de al lado en la sala de espera, y yo, absorto únicamente en tus labios y olvidando el callo bajo el pulgar derecho, que me había llevado a aquel podólogo, acerté a contestar casi por inercia… Prono. Yo, prono; que no sé ni lo que es pero que, para mí, fue como si pudiera contestarte “Sí, quiero”, así, sin conocerte de nada pero ansiando saber todo de ti. Entraste tú primero en la consulta y pegué mi oreja a la puerta. Descubrí tu nombre, tu exploración articular y muscular, tu análisis dinámico de la postura y de la huella del pie. Quise ser tus nuevas plantillas y acompañarte a esa carrera que no recuerdo bien si te escuché decir que era de Piolín o de Silvestre.
Raúl Clavero Vázquez
Participar en la San Silvestre fue una de las primeras cosas que compartimos, y ahora es la última que nos queda en común. Solemos encontrarnos a mitad de carrera, yo te doy alcance y acompaso mis zancadas con las tuyas. Entonces dejamos que nuestras manos se rocen y que nuestros alientos se mezclen, dibujando una impenetrable intimidad entre la muchedumbre. A veces puedo escuchar tu corazón, latiendo preciso y vigoroso, tan distinto al ritmo desbocado del mío, y en ocasiones, simplemente, busco tu mirada, sin que me la ofrezcas jamás. Me gustaría que algún año cruzáramos juntos la meta, pero tú siempre aceleras unos metros antes de llegar, corriendo hacia tu esposa, que te espera al otro lado, que te besa y que te abraza, y yo, al verte, freno el paso y camino hacia la mía, que me espera al otro lado, que me abraza y que me besa.
Miguel Nombela Blázquez
Ante su exhibición de seguridad se desvanecería la de los demás. Ese era su convencimiento. Él estaría en el podio. Arriba. Aunque anduviera en medio del grupo. Su ilusión se situaba en una zona imprecisa pero sólida, que desplazaba la realidad o la dejaba colarse a sabiendas de sus limitaciones. Pero no había duda, ni asomo de turbación o inquietud. Ganaría. Tarde o temprano. Tenía todo el tiempo del mundo. Era un niño. Y por lo tanto, inmortal.
Héctor Ortega Giménez
Despertaron debajo de la cama. Esperaron pacientes a que su dueño desayunara y fue entonces cuando les prestó atención. Sintieron cómo tiró de los cordones con fuerza e hizo un nudo doble. Salieron a la calle en aquella fría mañana salmantina y, tras un agradable paseo, llegaron a la línea de salida. Desde su perspectiva no veían más que una maraña de calcetines altos y zapatillas de colores; ellas eran de un lustroso blanco. Tras la señal se pusieron en movimiento. Habían sido creadas para aquello, goma flotando sobre el asfalto. Al rato pisaron un charco, avanzaron a buen ritmo y, tras algo más de media hora, cruzaron la línea de meta. No habían ganado, pero estaban orgullosas de su trabajo. Al llegar a casa volvieron a su lugar bajo la cama, allí dormirían satisfechas aguardando la promesa de una próxima carrera.
AMPARO PANIAGUA
Iba en cabeza, concentrado, con dos minutos de ventaja. Después de dos horas corriendo los músculos se resienten, las piernas ya no obedecen igual.
Sé que nací para competir. Y conozco de sobra el precio que hay que pagar: el sudor, las privaciones, las horas de entrenamiento, la disciplina. También sé que la recompensa tarde o temprano llega. Necesito sentir la adrenalina dentro, esa euforia de “llegar un poco más lejos”, los brazos en alto al cruzar la meta. El triunfo es lo único que da sentido a esto.
No fue culpa mía. La moto surgió de la nada. Él cruzaba como siempre, a la misma hora, en dirección a su casa. Ni yo le vi, ni él pudo esquivarme. El golpe fue brutal, yo fallecí en el acto, en cambio él salvó la vida. Lleva mi corazón y mis riñones dentro.
Belén Kruppa
Se acelera mi respiración, las piernas hacen su último esfuerzo y me visualizo llegando triunfante al final de la carrera. No queda nadie entre esa línea y yo. Todas las demás figuras humanas son distantes. La meta me espera con los brazos abiertos listos para envolverse en mi cuerpo. Probablemente todos pensarán lo mismo pero yo soy la más cercana. La ambición de ganar me hace un poco egoísta.
“¡No!” grito con el último aire que queda en mis pulmones. La meta se convierte en una nube de tierra. Me tropiezo con los cordones de los zapatos. El silencio de mi triunfo anticipado es reemplazada por las respiraciones cortadas y las pisadas de los demás. Algunos se detienen para ver si estoy bien y otros toman relevo de lo que sentía antes de caerme. Algunas veces ganas, otras pierdes. La vida es cínica pero divertida.
Gabriel Ávila González
Marianela llegó a casa sonriendo;¡Mamá participaré en la San Silvestre Salmantina!-Pero hija, le dijo la madre, para eso ¡tienes que practicar antes! tu nunca has practicado antes, harás el ridículo, si te miras al espejo verás que te sobran algunos kilos.La muchacha pareció ignorar las palabras de la mujer y el día de la carrera, junto a centenares de personas se aprestó para salir a correr, entre ellas vecinos y compañeras de instituto. Cuando terminó la carrera, muchas vecinas y amigas felicitaban a la madre de la improvisada corredora. Esta asombrada, después de agradecer las felicitaciones, preguntó a su hija ¿en qué puesto quedaste?. Esta respondió; no tengo ni idea, muchas llegaron antes que yo, apenas logré cruzar la meta, pero eso no importa, lo importante es participar, ser parte de la sociedad y así, contribuir a vivir en un mundo solidario y en Paz
José Enrique Catalá Catalá
Suena el silbato y mis músculos, ansiosos por vencer, parecen émbolos de acero que empujan titánicamente mi cuerpo hacia la victoria. Muy pronto empiezo a distanciarme de los demás corredores, y, como siempre, correré en solitario.
El sol cae en vertical. Mi cuerpo se tambalea grotescamente. Por fin, veo el lienzo, atado a las farolas, anunciando la META. Siento un nudo en la garganta. Este año puedo conseguirlo, estoy seguro. De pronto, dos operarios con unas largas varas, amenazan con derribar el lienzo cortando las cuerdas, pero yo grito desesperadamente: “¡Por favor, esperad!”. Al verme, empiezan a gritar y aplaudir. Lloro por la emoción. Tras ocho años participando, por fin voy a pasar, con mis 120 quilos, por debajo del lienzo. Voy sorteando a unos barrenderos que recogen el confeti que tiraron hace dos horas. Levanto los brazos y grito: “Sííííííí”.
Hoy, el verdadero ganador he sido yo. Estoy orgulloso.
Marta Toda
Antes de ir al punto de salida he pasado por la meta para ver esa cinta horizontal. Por primera vez, tengo la certeza de que, antes de caer rendido, hoy, por fin, la rompo yo.
En la línea de salida hago estiramientos mientras los minutos corren la cuenta atrás. Visualizo mentalmente la llegada abarrotada de gente. Me imagino cayendo al suelo una vez cruzada la meta, y tumbado en el suelo todos me miran y los fotógrafos se me acercan para inmortalizar el momento.
Suena el pistoletazo y corremos animados por los espectadores. La idea de ir en cabeza es muy tentadora, pero debo guardar fuerzas para aguantar toda la carrera. Voy subiendo el ritmo progresivamente y voy adelantando a otros corredores más rápidos.
Giro la esquina, y ahí está. Corro los últimos 100 metros más tensos y veloces que nunca he recorrido. Y llego, y cumplo un sueño.
ROBERTO GÓMEZ DE SAN JUAN
Aquella foto, de aquel crío de cuatro años encaramado a duras penas sobre una valla, con medio cuerpo fuera y con la mirada perdida en el horizonte entre una multitud de atletas; es lo primero que se me viene a la mente cuando pienso en Salamanca.
La misma que me lleva a recordar años después, cuando se agachó para susurrarme al oído: “¡No son diez kilómetros! , ¡Son nueve doscientos! que no es lo mismo”.
Era la distancia que separaba la línea de salida de aquella valla.
Tantos años esperando en el mismo lugar nos hacía conocer hasta el olor de nuestro pequeño reino de memoria.
Cuenta mi madre, que embobado y con los ojos mirándolo todo esperaba paciente la llegada de mi padre para extender la mano y chocarla con él.
Me había prometido a mí mismo que catorce años después no iba a faltar a mi cita.
Jaime Alfonso Romero Garzón
Respiro pesadamente. Quinientos. Todo me duele, desde la cabeza hasta la punta de los pies. Sobre todo, los pies: queman con fuego inextinguible. Cuatrocientos. La respiración se acelera, los brazos ya no quieren ayudar. Trescientos. Cada uno de los entrenamientos de los últimos meses, semanas y días, pasan por mi mente. Doscientos. Las banderas ondean, las pancartas publicitarias brillan, la gente llena todo con sus gritos de ánimo. Cien. El peso del recorrido se acumula en cada fibra de mi cuerpo, pero el deseo de llegar es más fuerte que cualquier dolor. Cincuenta. El sudor no me impide ver el final. Cuarenta. Un último esfuerzo, me repito, un último esfuerzo. Treinta. Mi incredulidad es reemplazada por una pequeña alegría que crece rápidamente llenándome de una profunda satisfacción. Veinte. Voy a lograrlo, voy a lograrlo, ¡no lo puedo creer! Diez. Miro al cielo, levanto los brazos. Y llego a la meta.
JOSE LUIS ROBAS DURAN
Le sorprendió el poco peso de la pistola, mientras contemplaba absorto el brillo del oscuro metal del arma. Luego miró al cielo. Era una mañana soleada. Una mañana perfecta para correr.
Apenas había pasado un año de aquél maldito accidente que no sólo había sesgado una de sus piernas, sino muchas ilusiones y proyectos. Sin embargo, allí estaba, en el Paseo de San Antonio…De una forma u otra iba a ser partícipe de la “San Silvestre” …
Introdujo la bala de 9 milímetros de una forma casi ceremoniosa, observando cómo ésta se deslizaba suavemente al fondo del cargador.
Antes había sido corredor y la San Silvestre su carrera favorita. Había derramado mucho sudor y dolor sobre aquel asfalto. Ahora el desafío era más duro…pero se sabía sobrado de fuerza.
Alzó la pistola, apuntando al cielo salmantino, emocionado.
…le habían concedido el gran honor de dar la salida a SU carrera…
Marta María Cruz Martín
Diciembre siempre fue un mes largo para ella, lleno de cenas y brindis con aquellos que regresan a casa en Navidad. Después de la carrera brindarían también, pero en ese momento estaba sola. Y es que no distinguía entre la aglomeración de corredores, ninguna cara conocida.
Le pesaban demasiado las piernas y además un poco el alma. Deseaba terminar el recorrido pero durante unos minutos no se creyó capaz.
Hasta que levantó la cabeza y los vio. Allí estaban, sus compañeros de vida y de viaje,vestidos con un disfraz del año anterior, esperando para llevarla de la mano hasta donde quisiera llegar.
Respiró hondo y, todavía sin alcanzar a ver el final, comprendió que con ellos llegaría a la meta por muy lejos que estuviera.
Y ella también sonrió.
AMPARO MARTÍNEZ ALONSO
-¿Por qué nos manda callar?
-Porque le molestamos.
-¿Cómo lo sabes?
-Por su cara de enfadado.
-¿Y si no es por eso?
-Pues dime tú por qué.
-No sé…
-Entonces es por eso.
-¿Nos castiga por estar enfermos?
-Pssss… Que te va a oír.
-¡No chistes tú también! ¿Cómo me va a oír? ¡Hay más ruido fuera que dentro de casa!
-Es verdad. Seguro que nos manda callar para escuchar la calle.
-¡Halaaa!
-¡La San Silvestre Salmantina!
-Pero, la San Silvestre es una carrera, no un concierto.
-¡Lo sé! Y es el primer año que no participa.
-Para cuidarnos...
-¡Claro!
-La culpa es tuya por contagiarme la gripe.
-¿A quién le importa el que enfermó antes?
-A mí. ¡Desde que naciste me llevas la delantera!
-¿Quieres que animemos a mamá juntos, en equipo?
-¡Vale!... ¡Al año que viene participaremos con ella en la San Silvestre!
-¡Eso! ¡Que no esté triste!
Laura Pi Gutiérrez
Le regalamos un dorsal porque tras tantos años corriendo no podía perdérselo, y al fin y al cabo se estaba muriendo. Le dijimos que así podía participar en la distancia, desde la cama del hospital, ataviado con su chándal azul marino.
Mi hermano correría con su gopro, que transmitiría las imágenes directamente al portátil que le llevaría yo misma a la habitación. “Será como si corrieras tú mismo”, le convencimos a regañadientes.
Por esta razón, cuando vi la cama vacía, lo primero que hice fue buscar el dorsal, pero en cambio encontré su nota: “Lo siento, tenía que hacerlo”.
Lo encontramos cuando llegaba a la meta, sudoroso y debilitado, y fuimos testigos de como levantaba los brazos triunfante antes de caer y exhalar su último suspiro.
Javier Puchades Sanmartín
Desde que te conocí, no pude evitar sentir una gran atracción por ti. Pero no me atrevía a dar el primer paso, debido a nuestra diferencia de edad. Tú, a punto de cumplir los treinta y yo, un veinteañero sin experiencia. A mí me gustaba juguetear en las distancias cortas, pero tú me imponías respeto. Pese a las dificultades, no deje de observarte para conocerte. Sabía que estábamos hechos el uno para el otro. Que, en algún momento, nuestros caminos se cruzarían.
Ha pasado el tiempo, ahora tengo la preparación necesaria para ir a tu encuentro. No me dan miedo tus treinta y seis años. Hoy, he decidido que nos veamos cara a cara. No buscaré excusas. Lo importante es disfrutar sin importarnos el tiempo. En el instante que encaro el Paseo de San Antonio, y te veo ahí, sé que ha valido la pena correr la San Silvestre Salmantina.
Miguel Ángel Moreno Cañizares
De los años vividos, recuerdo los días de guardería junto a mi hermano gemelo. Desde la tierna infancia éramos inseparables. Recuerdo los juegos en el parque de la Alamedilla, donde nos poníamos hasta las cejas de barro las tardes de lluvia. Y recuerdo a mis padres pendientes de las clases, los deberes y las notas de ambos.
Pasado el tiempo, recuerdo canturrear los dos con los auriculares puestos, camino de la universidad, donde cursábamos la misma carrera. Eran días de horizontes paralelos prendidos de sonrisas y algún que otro desengaño amoroso.
Recuerdo las primeras noches de discoteca, con los esqueletos a punto de saltar en mil pedazos. Recuerdo, con nostalgia, la creciente afición a las carreras populares y las salidas por el monte sorteando hojarasca. Siempre juntos, siempre me ganabas… Recuerdo, entre lágrimas, los trofeos de la San Silvestre salmantina.
Fue un privilegio correr a tu lado, hermano.
JUSTO GONZALO BURCIO
Otto se dirigió, como todos los años desde que fuera la primera vez con su padre , a participar en la San Silvestre. Al decidirse en el último momento, le dieron el último dorsal. Este año no tenía pensado inscribirse, no le apetecía mucho correr sin él pero la insistencia de Ana le había hecho cambiar de opinión. La conoció en el hospital donde su padre luchó contra el cáncer hasta que, finalmente, éste le devoró. Fue su enfermera y se hicieron amigos...más que amigos pero todavía no estaba preparado para declararse; esperaba alguna señal que le indicara el momento y lugar.
Estaba colocado en la salida, buscándola entre los demás corredores. Unos metros más adelante la divisó y sonrió; su dorsal era 7667, capicúa como el suyo, como sus nombres. Al cabo de unos segundos sonó la señal , comenzaba la carrera.
Román Ignacio Ksybala
Mi única ambición era no salir último y lo iba logrando, cuando sucedió algo inesperado: mi pie derecho se hundió en la tierra y tropezó con algo sólido. Rodé por el suelo sin ninguna elegancia, y me torcí el tobillo en el proceso.
Todos me sobrepasaron.
Furioso y frustrado, miré ese pedrusco extraño mientras masajeaba mi tobillo. Luego me arrodillé a su lado y cavé con las manos hasta que aparecieron dos orificios, y comprendí con un escalofrío que era un cráneo. Recordé los antiguos hallazgos arqueológicos en la zona, y el corazón me saltó en el pecho… ¿Sería posible? ¿Allí, casi a ras del suelo?
Olvidé por completo la carrera y regresé cojeando a donde se hallaba la gente. Había perdido ignominiosamente, sí, pero salvo la mandíbula inferior, traía en mis manos un cráneo completo del Homo Antecessor.
Eso es un trofeo.
FRANCISCO BARRIOS GIL
Llegó el día,otro año más cumpliremos con la costumbre de correr la San silvestre Salmantina.El día del año que las calles de Salamanca nos pertenecen y son los coches los que se tienen que esperar a nuestro paso.El día en que miles de corredores nos sentimos felices y libres al disfrutar de la ciudad.
Este año es diferente,muchas noches sin dormir dándole vuela a la cabeza.Pocos meses atrás el doctor fue tajante cuando me dijo “olvídate de correr” y aquí estoy yo, mirando el techo de mi habitación y dándole vueltas… cuando se abrió el plazo de inscripción fue fácil decidir, pues casi de forma instintiva me deje llevar por la emoción compartida de mis amigos, que como cada años presionaban para que ningunos de los habituales nos quedáramos sin dorsal.
Ahora no lo veo tan claro… sigo pensando la escusa que le pondré al doctor en mi próxima visita.
María Isabel de Partearroyo Calvo
Creo que se fijó en mí cuando cruzamos el primer kilómetro de carrera. Le pedí perdón por un traspiés. Yo ya me había enamorado de él en la salida. El segundo kilómetro lo hicimos juntos. Tenía el pelo corto y los ojos verdes. Cuando cruzamos el puente romano le pregunté su nombre. Felipe. Del cuarto al séptimo kilómetro nos pusimos al día de costumbres y aficiones. Le gustaba viajar y amaba los gatos. Bingo. En la Avenida de Portugal cambió sorprendentemente el ritmo y se pegó a una chica joven que le hacía más gracia. No me importó. Seguí corriendo a su lado. Llegamos al octavo los tres, sudando la gota gorda. En el noveno dejamos atrás a la rubia cuando le comenté a Felipe mi afición por escribir. No falla. Todos soñamos con ser los protagonistas de una novela, o al menos en este caso, de un microrrelato.
JESUS PEREZ BENITEZ
Llevaba toda la vida soportando que tuviese razón. Siempre. Una vez tras otra. Además, alardeaba de ello. Y me espetaba, altivamente, un “te lo dije”. Y aquellas palabras perforaban mi cabeza y rebotaban entre mis sienes. Maldecía que nunca se equivocara. Y todo me salía mal: trabajo, amor, proyectos...; cualquier cosa que me hubiese desaconsejado, prediciéndolo como un oráculo.
Esa mañana, cuando me anudaba las zapatillas para correr la San Silvestre, me anunció que tendría un papel protagonista.
Corrí como nunca. Encarando el arco de meta luchaba por ganar... y recordé sus palabras. Me distraje, pisé mal y caí a plomo sobre el asfalto. Quedé tendido mientras una veintena de corredores me adelantaban. Con la clavícula fuera, y la boca ensangrentada, reí satisfecho. ¡Había fallado su pronóstico! Mientras un remolino de gente se formaba a mi alrededor y era el foco de atención, yo, seguía riendo como un loco.
Rodrigo Hernáez Léon
Un año más estaba emocionado en la salida de la San Silvestre Salmantina.
Para mí siempre ha sido una fecha señalada en mi calendario.
Faltan dos minutos para que comience la competición pero mi corazón y mi mente hace tiempo que están en ella.
Desde el mismo año en que nací mi madre me llevaba rodando en mi carrito, luego empecé a correr de la mano de mi padre, luego acompañado de mis primos y así hasta las últimas ediciones en la que competía contra mis amigos bajando de los 30 minutos.
Faltan veinte segundos, me ato fuerte los guantes con los que haré rodar las ruedas de mi silla con la que pienso deslizarme a gran velocidad entre el resto de los corredores.
Es el primer año que intentaré finalizarla después del aparatoso accidente que por primera vez en mi vida, no me permitió disputarla el año pasado.
Nuria Rozas Álvarez
Quedó para conocerle en la San Silvestre por fin, después de semanas chateando por la aplicación. Le temblaban las piernas como cuando era adolescente solo con pensar en el encuentro. Se había enamorado. Los dos llevarían una braga de color púrpura al cuello. Si no se veían entre el gentío de la salida, se buscarían en la Plaza Mayor, cuando la gente se dispersara. Y allí estaba él, justo en el centro. Era tal y como se lo había imaginado. Morenazo, en forma y sudado. «¿Miguel?», le preguntó con una timidez impostada. Poco más hablaron. Al rato estaban en la ducha juntos. Una ducha que dio paso a una noche mágica, lejos de las redes y muy muy lejos del tal Miguel.
Este año será muy especial, llevamos desde el verano entrenando, bajando por el Paseo de Canalejas, siguiendo el recorrido oficial de la San Silvestre Salmantina. Atrás quedó aquella carrera en la que descubrió que lo más importante no es ganar. Todavía lo recuerdo, habiendo hecho mi mejor tiempo de siempre, entré en la meta más allá del puesto tres mil. Cómo explicarle, con sólo siete años, que estaba tan contenta habiendo quedado tan lejos del primero. No me darían una medalla, que para él entonces era lo más importante, casi lo único. Cómo explicarle que todos los días tengo mi premio, al poder entrenar y liberar de mi mente los problemas del día a día, el estrés, el trabajo, los malos momentos. Estos meses he disfrutado más que nunca entrenando a su lado, estamos preparados. Será una carrera especial, nuestra primera carrera, mi hijo y yo juntos.
El jurado del XIII concurso de microrrelatos San Silvestre Salmantina estuvo integrado por:
El jurado reconoció la excelente participación en esta XIII edición, en que no solo se mantiene la tendencia al alza de los relatos presentados cada año, sino que su número se ha incrementado de manera extraordinaria pasando de los 369 relatos de 2024, a los 611 de esta edición.
Otro aspecto significativo fue lo ajustado de las votaciones pues, en los puestos con derecho a premio en metálico, se produjo un triple empate entre los votos obtenidos y el número de jueces que los votaron, que tuvo que resolverse por el voto de calidad del profesor Escandell, presidente del jurado. Una muestra más de la igualdad en los relatos más valorados es el texto que merece la mención especial, que no consiguió entrar en el podio final por un solo voto de diferencia.
Se indican a continuación, los relatos destacados y la relación de otros que también obtuvieron votos del jurado. Su publicación en la revista, como se establece en las bases, queda condicionada al espacio disponible y que en esta edición se realizará exclusivamente en formato digital.
Primer premio
así, como un “cueces o enriqueces”, o como un “de ciencias o de letras”, me hiciste esa pregunta desde el asiento de al lado en la sala de espera, y yo, absorto únicamente en tus labios y olvidando el callo bajo el pulgar derecho, que me había llevado a aquel podólogo, acerté a contestar casi por inercia… Prono. Yo, prono; que no sé ni lo que es pero que, para mí, fue como si pudiera contestarte “Sí, quiero”, así, sin conocerte de nada pero ansiando saber todo de ti. Entraste tú primero en la consulta y pegué mi oreja a la puerta. Descubrí tu nombre, tu exploración articular y muscular, tu análisis dinámico de la postura y de la huella del pie. Quise ser tus nuevas plantillas y acompañarte a esa carrera que no recuerdo bien si te escuché decir que era de Piolín o de Silvestre.
Segundo premio
Aprendí a correr casi antes que a gatear. Y no es de extrañar pues la primera vez que participé en la San Silvestre Salmantina iba montado en un cochecito de bebé. Desde entonces he acudido puntual a la cita y he cruzado siempre la línea de meta, incluso cuando corrí con una pierna escayolada. Tan solo fallé el año pasado, por mi enfermedad y todo eso. Pero esta edición no me la pienso perder así que entreno duro a diario, diluvie, haya borrascas, anticiclones o abrase el sol. Sin embargo, por más que me esfuerzo, no veo muchos progresos. Y es que correr aquí arriba es complicado; sin apenas fuerza de gravedad y teniendo que esquivar todo el rato nubes, pájaros y aviones llenos de gente no hay manera de ir deprisa. Eso sí, menudo ambientazo hay: todavía no ha empezado la carrera y ya no cabe ni un alma.
Tercer premio
Participar en la San Silvestre fue una de las primeras cosas que compartimos, y ahora es la última que nos queda en común. Solemos encontrarnos a mitad de carrera, yo te doy alcance y acompaso mis zancadas con las tuyas. Entonces dejamos que nuestras manos se rocen y que nuestros alientos se mezclen, dibujando una impenetrable intimidad entre la muchedumbre. A veces puedo escuchar tu corazón, latiendo preciso y vigoroso, tan distinto al ritmo desbocado del mío, y en ocasiones, simplemente, busco tu mirada, sin que me la ofrezcas jamás. Me gustaría que algún año cruzáramos juntos la meta, pero tú siempre aceleras unos metros antes de llegar, corriendo hacia tu esposa, que te espera al otro lado, que te besa y que te abraza, y yo, al verte, freno el paso y camino hacia la mía, que me espera al otro lado, que me abraza y que me besa.
MENCIÓN ESPECIAL DEL JURADO
Sé, de buena tinta, que está inscrito en la San Silvestre salmantina. Estoy seguro que llegará el primero, con su aire de superioridad y el respaldo de su velocidad endiablada, y que humillará, sacándoles muchísima distancia, sin esfuerzo aparente y sin apenas entrenamiento., a sus más inmediatos perseguidores.
Él tiene la certeza, siempre la tuvo -con la colaboración de los ilustradores, claro- de que no podré alcanzarlo nunca; pero mi último plan es infalible: me he comprado una goma de borrar dibujos -por supuesto marca Acme- y le esperaré en la meta, camuflado entre el público.
Esta vez acabo con el Correcaminos. Lo juro.
Palabra de Coyote.