X - 2022

Edición - Año

XIII CONCURSO DE MICRORRELATOS "SAN SILVESTRE SALMANTINA"

El jurado del XIII concurso de microrrelatos San Silvestre Salmantina estuvo integrado por:

  • Daniel Escandell Montiel. Profesor de la Facultad de Filología de la Universidad de Salamanca. Presidente del Jurado.
  • Sigifredro Crego Martín, Profesor de Secundaria de Lengua y Literatura.
  • Alberto Marcos Guillén. Responsable de redes sociales institucionales de la Universidad de Salamanca.
  • Sofía Vicente Fiz. Bibliotecaria de la Universidad de Salamanca.
  • Jerónimo Hernández de Castro. Corredor veterano y funcionario de la Universidad de Salamanca, que actuó como secretario.

El jurado reconoció la excelente participación en esta XIII edición, en que no solo se mantiene la tendencia al alza de los relatos presentados cada año, sino que su número se ha incrementado de manera extraordinaria pasando de los 369 relatos de 2024, a los 611 de esta edición.
Otro aspecto significativo fue lo ajustado de las votaciones pues, en los puestos con derecho a premio en metálico, se produjo un triple empate entre los votos obtenidos y el número de jueces que los votaron, que tuvo que resolverse por el voto de calidad del profesor Escandell, presidente del jurado. Una muestra más de la igualdad en los relatos más valorados es el texto que merece la mención especial, que no consiguió entrar en el podio final por un solo voto de diferencia.
Se indican a continuación, los relatos destacados y la relación de otros que también obtuvieron votos del jurado. Su publicación en la revista, como se establece en las bases, queda condicionada al espacio disponible y que en esta edición se realizará exclusivamente en formato digital.

Primer premio

El síndrome de Peter Pan
Raúl Clavero Blázquez

El hombre, casi anciano, alza los brazos. Está a punto de ganar la San Silvestre salmantina, pero justo en ese instante su propia sombra le abandona, toma unos metros de ventaja y atraviesa la meta en primera posición. El hombre, desconcertado, frena en seco. Los jueces murmuran. Por el público se extiende un silencio sepulcral, sólo roto por los gritos de una mujer. -Te lo advertí. Esto te pasa por no asumir tu edad. A quién se le ocurre ponerse a hacer carreritas, como si tuvieras veinte años. Venga, para casa – le dice, arrastrándolo por el dorsal. El hombre llora. El público ríe. La sombra reclama su medalla ante las miradas recelosas del resto de corredores. Yo, desde mi ventana, observo la escena, pienso en que, por fin, mi venganza es inminente y afilo con mucho, mucho cuidado, mi garfio.

Segundo premio

@elverracosalmantino
Mari Carmen González Calvo

Como cada año, desde su posición elevada, el verraco de piedra espera a los participantes de la San Silvestre salmantina. Ojalá pudiera él arrancar a correr con ellos, piensa, llenarse los pulmones de aire y trotar hasta caer rendido. Embravecido, se dice a sí mismo que la roca desgastada por los siglos que es su cuerpo no será a la vez su lápida y en cuanto aparecen los primeros corredores él, que poco sabe de leyes naturales pero mucho de terquedades, se libera de su quietud, salta del pedestal y como uno más enfila hacia el puente romano. Desde entonces corre a sus anchas por toda la ciudad. Los residentes, acostumbrados ya a su presencia, le han puesto chip y GPS, para no extraviarlo. Puedes seguirle los pasos en su cuenta de Instagram.

Tercer premio

Liturgia
Jesús Francés Dueñas

La noche de antes siempre ceno ligero, me acuesto temprano pero duermo mal y poco. Confisco el chupete del niño, mi mejor amuleto, se pasa la noche llorando pero es un mal necesario, lavo las zapatillas, no así los calcetines, me corto las uñas, meto el dorsal debajo de la almohada, dejo preparada la playlist de las canciones épicas, imagino el recorrido memorizado, planifico la estrategia con minuciosidad, cuento ovejitas maratonianas, rezo a San Silvestre un padrenuestro contrarreloj y sueño que arcángeles corredores me llevan en volandas. A la mañana siguiente me levanto temprano, me doy una ducha templada, desayuno despacio y luego medito, saludo al sol y a mi mujer y a mis hijos, me visto, me ato las zapatillas con primorosa lazada, hago estiramientos y caliento antes de entrar en mi habitación. Me siento delante del ordenador y siempre con la mano izquierda empiezo a escribir el microrrelato.

MENCIÓN ESPECIAL DEL JURADO

Ganador sin medalla
Mayte Blasco Bermejo

He ganado la San Silvestre salmantina, le pese a quien le pese, pero no han querido darme la medalla. Resulta muy frustrante ser el más rápido y ver cómo entregan los premios a otros corredores mucho más lentos que yo. Es una injusticia. Por fin veo aparecer a Jorge. Entrenamos juntos todos los días, pero le he sacado casi treinta minutos de ventaja. Se acerca a mí jadeando con el ceño fruncido. En lugar de felicitarme, me dice: “Pero qué mal te has portado, Toby”. Y después encaja la correa en mi collar. Cabizbajos, regresamos a casa mientras fantaseo con la posibilidad de poner una queja para que organicen una San Silvestre canina.

Relatos participantes

Quiero ver la San Silvestre

Soraya Ratón Díaz

Pero hijo, si a ti no te gusta el deporte.
Ya se por qué quieres ir: Para encontrarte con tus amigos Fran y Francisco, y copiar sus mejoras en tu silla de ruedas.

Veni, vidi, vici

Eider Larreategui Arana

Recuerdo perfectamente, mientras corro, aquellas tardes otoñales color oro. Entre sorgo y cebada pasaban las horas al ritmo de nuestros tarareos.

“Salamanca, la blanca,
¿quién te mantiene?” decía él.

“Cuatro carboneritos
que van y vienen” decía yo.

Los dos alegrábamos las callejuelas y balconadas del barrio al regresar con tesoros. Para cuando entrábamos en casa, abuela ya tenía en la mesa un buen plato de chanfaina. El brindis, bendecido siempre, se hacía recitando al unísono “Veni, vidi, vici”.

Palabras mágicas que interconectarían generaciones de por vida. Como bien me enseñaron, yo enseñaré.

Son las 23:50 del día de San Silvestre. Hago el recorrido yo sola. Sola no. Él viene conmigo. Miro a diestra y siniestra, al fin y al cabo, lo que voy a hacer es ilegal. Pero se lo prometí.

Rezo en alto “de Silvestre a Silvestre, bajo los ojos de Julio César. Veni, vidi, vici”. Cenizas al aire.

FARAUTE

Miguel Ángel Hermida Izquierdo

Colegio San Estanislao de Kostka, Salamanca 31 de diciembre MMMCCCXXXV A.D.

Es por ti, amigo; cada zancada, cada gota de sudor, cada lágrima.

Al paso del Puente Romano, la ribera y las catedrales, revive a este mortal en la historia pasada. La belleza del paisaje acelera las partes esenciales del espíritu ganador. Rollo, San Isidro, Delicias, Prosperidad, Canalejas y tantos otros rincones que nos atrapan y atomizan las barreras de este tiempo cada año. Tu alma impulsa mis zancadas, mi triunfo es el tuyo. En la piel tatuada perdura el código de 1984 que tanto te gustaba contar.

Fuiste el dueño de cada huella y casa de los sueños. Viste; a la tropa de sandalias esquivándote, y piernas de este mundo cubiertas en piel y algodón.

Me dijiste que siempre te llevabas algo. O la huella o el sueño.

S. S. S.

Latidos

Fran Oromí Viñes

Apenas unos pasos tras el disparo de salida y ya siento el poder incontrolable de los latidos. Un indescriptible motor enérgico que me pone totalmente en circulación. Una fuerza inexplicable que no había sentido nunca antes, y que me empuja un año más a comenzar esta carrera. Y aunque el ritmo que llevo es más lento y cadencioso que en anteriores ocasiones, también es más seguro; y mis pasos más firmes.
Noto mi pulso acelerado. La ropa ancha rozándome la piel con cada zancada. Pero prosigo la marcha, más aminorada que en pasadas ediciones. No tengo prisa.
Y te toco. Te acaricio con la palma de mi mano. Sobre mi vientre, te siento: cerca, dentro. Y mientras sigo y sigo, mientras seguimos, recorremos, unidas, nuestra primera San Silvestre Salmantina juntas, hija.
Y cuando me quiera dar cuenta divisaré, a lo lejos, mi meta: al final del camino.

REINA DE LOS MARES

María Nieves Angulo Salazar

Lo supe durante mi estancia en la clínica. Envolviste mis piernas inútiles en una manta y me anunciaste:
―Ahora eres una sirena.
Sí. Ahora soy una sirena, un pez fuera del agua, boqueando en un mundo hostil en el que mi vida anterior ya no tiene sentido. ¿Dónde voy yo, infeliz reina de los siete mares, arrojada a una playa desconocida, entre los restos de mi naufragio: destartaladas ilusiones, sueños rotos, las zapatillas de running que calzaba aquel fatídico día, cuando las ruedas de un coche despistado me convirtieron en sirena…?
Te niegas a dejarte atraer por mis lastimeros cantos; no, no te estrellarás contra los arrecifes de mi pesimismo. En lugar de eso, el treinta y uno de diciembre me sitúas en la línea de salida, triste soberana en mi trono de ruedas:
―Aprende a respirar fuera de tu elemento ―ordenas―. Conquista nuevos océanos. Conquista una nueva meta…

La locura de mi sueño

María Monge Hermida

“¿Estoy loca? No, no creo; no puedo estarlo. Llevo soñando con el pistoletazo de salida suficiente tiempo como para saber que no estoy loca. Bueno, a lo mejor sí lo estoy, pero ya no hay vuelta atrás…¿o sí?¿Queda mucho? Dime que más de cinco minutos; necesito ir al baño antes de empezar a correr, que ya verás si no. ¿Tengo las zapatillas bien atadas? ¡Ay, no lo sé! ¿Quién me mandó apuntarme a esto? Mírales a todos, tan profesionales. Y yo… yo seguro que me caigo, o me tuerzo un tobillo, o mis piernas se paran a mit…”

(Suena el pistoletazo y, a pesar de mi locura, corro entre los nervios y la multitud).

ME LLAMAN MINOTAURO

GLORIA FERNÁNDEZ SÁNCHEZ

ME LLAMAN MINOTAURO

Me llaman Minotauro y hoy vivo en un laberinto, no en Creta, sino entre las calles de Salamanca. Sus piedras ambarinas sustituyen la confusión de Cnosos. Hay dolor en mi pecho, por el desdén del mundo ante mi doble naturaleza. Por eso corrí entre pasillos, rotondas y lucernarios.

Hoy he salido a la calle, ya que Teseo me busca (o eso dicen en la Facultad de Clásicas). Lo que nunca esperé es esa masa enfervorecida, ni el afán de gloria que brota en mí. Jamás sacrifiqué a efebos y doncellas, como se cuenta, pues tengo compasión. Entre todos construimos una palestra y entrenamos con ahínco.

Quizá el día sea testigo de esta victoria, tras el esfuerzo de miles de años. Pues, aun viejo, los vítores me elevan infinitamente, bajo el sol que tanto extrañé.

**

El síndrome de Peter Pan

Raúl Clavero Blázquez

El hombre, casi anciano, alza los brazos. Está a punto de ganar la San Silvestre salmantina, pero justo en ese instante su propia sombra le abandona, toma unos metros de ventaja y atraviesa la meta en primera posición. El hombre, desconcertado, frena en seco. Los jueces murmuran. Por el público se extiende un silencio sepulcral, sólo roto por los gritos de una mujer. -Te lo advertí. Esto te pasa por no asumir tu edad. A quién se le ocurre ponerse a hacer carreritas, como si tuvieras veinte años. Venga, para casa – le dice, arrastrándolo por el dorsal. El hombre llora. El público ríe. La sombra reclama su medalla ante las miradas recelosas del resto de corredores. Yo, desde mi ventana, observo la escena, pienso en que, por fin, mi venganza es inminente y afilo con mucho, mucho cuidado, mi garfio.

@elverracosalmantino

Mari Carmen González Calvo

Como cada año, desde su posición elevada, el verraco de piedra espera a los participantes de la San Silvestre salmantina. Ojalá pudiera él arrancar a correr con ellos, piensa, llenarse los pulmones de aire y trotar hasta caer rendido. Embravecido, se dice a sí mismo que la roca desgastada por los siglos que es su cuerpo no será a la vez su lápida y en cuanto aparecen los primeros corredores él, que poco sabe de leyes naturales pero mucho de terquedades, se libera de su quietud, salta del pedestal y como uno más enfila hacia el puente romano. Desde entonces corre a sus anchas por toda la ciudad. Los residentes, acostumbrados ya a su presencia, le han puesto chip y GPS, para no extraviarlo. Puedes seguirle los pasos en su cuenta de Instagram.

Solo un poco mas

Maria Andreea Pinzari

La fatiga me mataba, pero debía seguir corriendo. Ya no quedaba nada para llegar al final de esto y poder decir finalmente que lo había logrado por ella. Su sueño siempre fue hacer esto juntas, pero ahora que ya no está. Yo haré esto, yo correré la San Silvestre Salamantina, la que celebraba su pueblo.

Ya no quedaba nada. Solo había que correr un poco más. Solo un poco más.

Gente que corre

Nuria Chicote Mendarozqueta

Salió con lo puesto, bajando las escaleras de tres en tres. El legado rojo que le había dejado el último bofetón en la mejilla le sirvió de impulso. Al llegar al portal, se fundió con una multitud que también corría. Los gritos del hombre que la perseguía embistieron inútilmente la muralla movediza que avanzaba calle abajo.

«Qué extraño atuendo para correr», pensó el octogenario mientras contemplaba cómo la mujer de mejillas encendidas le adelantaba. Él llevaba un año preparándose para aquello. Con cada zancada, el recuerdo del día que salió del hospital quedaba más lejano.

─¡Un último esfuerzo, que ya llegamos! ─se escuchó una voz desde atrás. Aquel joven celebraba cada paso que le había llevado a superar su adicción y a correr, por fin, la San Silvestre salmantina.

Al terminar la carrera, todos llegaron al mismo lugar. Sin embargo, cada uno había alcanzado una meta distinta.

Ganador sin medalla

Mayte Blasco Bermejo

He ganado la San Silvestre salmantina, le pese a quien le pese, pero no han querido darme la medalla. Resulta muy frustrante ser el más rápido y ver cómo entregan los premios a otros corredores mucho más lentos que yo. Es una injusticia. Por fin veo aparecer a Jorge. Entrenamos juntos todos los días, pero le he sacado casi treinta minutos de ventaja. Se acerca a mí jadeando con el ceño fruncido. En lugar de felicitarme, me dice: “Pero qué mal te has portado, Toby”. Y después encaja la correa en mi collar. Cabizbajos, regresamos a casa mientras fantaseo con la posibilidad de poner una queja para que organicen una San Silvestre canina.

Amor y Covid 19

Fernando Robles Arzú

Como rayo, llega “algo fulminante”, unos chispeantes ojos de lince entrecruzando los míos. Brillantes esmeraldas, tras una mascarilla que cubre parcialmente el rostro, insinuantes y soñadores. Deseo abrazarle, acariciar ese divino cuerpo, escuchar los latidos del corazón, más contengo mis emociones, cataratas desbordantes, porque va acompañado y él, diligente apoya su andar. ¿Estás sonrojado o pálido?, vas frente a mí una y otra vez, con pensamientos de amar y ser amado, juego de esgrima y estocada en el alma, con la mirada. Quiero decir: Te amo, oír de tus labios yo también, más una lágrima furtiva emerge detrás de la mascarilla, quisiera besar tus bellos ojos, alma de mi alma. Sudoroso, temblando, tienes fiebre, sí, Covid, vas al hospital y es nuestro triste adiós, sin conocernos; es la ruleta hospitalaria, calle de la incertidumbre, del brazo amoroso de él, ¿Te besará ella, la muerte?
Seudónimo: Triste

El orador

Maximiliano González

Enarbolaba sus sólidos argumentos ante un auditorio hipnotizado frente a la sutil ilación de sus ideas. Se veía que ya no dudaba. Sus ojos brillaban en cada frase, sus silencios desbordaban de intenciones y gestos que todo el mundo entendía. Era tal el sortilegio que hubiera podido pedir cualquier cosa.
Cuando concluyó, un joven que lo seguía con atención, le hizo una sola pregunta. El orador lo miró con el entrecejo fruncido, sudó, observó el entorno. La expectativa de su respuesta llenaba un silencio que lo apuntaba con su dedo firme. Se aflojó la corbata, tuvo una leve convulsión y cayó desmayado. El estupor del auditorio modeló un nuevo silencio dudoso y nuevas certezas que iban y venían por el aire.
Al día siguiente, el orador murió sin haber dudado una sola vez de todo lo que había afirmado con tanta seguridad.

Niebla sobre el puente Romano

Miguel Martin

Lágrimas de agua levitan sobre el puente romano.
Me susurran salta! salta! Vuela con nosotras.
Tapono fuertemente mis oídos para ignorar sus palabras.

Comienzo a correr.
Desbocado el corazón,
mis pulsaciones golpean mis sienes como un martillo.

Tras un largo sprint, escapo del puente borrado por la niebla.
Corro rápido, sin destino, sin rumbo.
Huyendo del pasado, disfrutando el presente,
sin imaginar el futuro.

Acompasado por el martilleo en mi sien,
con el sonido rítmico de mis zapatillas golpeando el suelo,
mi respiración fluye, mi cuerpo se relaja.
Logro fijarme en el camino.

Liberados de la niebla oscura mis ojos vuelven a la vida.
Levanto la mirada, diviso una luz tenue,
una diminuta llama incandescente,
libre tras disiparse la niebla espesa.
Esa luz penetra en mí,
me invade, me llena.

Y corro, como un loco,
hacia esa pequeña llama que baila y brilla
en tus ojos de gata. Mi meta.

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27 DE DICIEMBRE DE 2026