XIII - 2025

Edición - Año

XIII CONCURSO DE MICRORRELATOS "SAN SILVESTRE SALMANTINA"

El jurado del XIII concurso de microrrelatos San Silvestre Salmantina estuvo integrado por:

  • Daniel Escandell Montiel. Profesor de la Facultad de Filología de la Universidad de Salamanca. Presidente del Jurado.
  • Sigifredro Crego Martín, Profesor de Secundaria de Lengua y Literatura.
  • Alberto Marcos Guillén. Responsable de redes sociales institucionales de la Universidad de Salamanca.
  • Sofía Vicente Fiz. Bibliotecaria de la Universidad de Salamanca.
  • Jerónimo Hernández de Castro. Corredor veterano y funcionario de la Universidad de Salamanca, que actuó como secretario.

El jurado reconoció la excelente participación en esta XIII edición, en que no solo se mantiene la tendencia al alza de los relatos presentados cada año, sino que su número se ha incrementado de manera extraordinaria pasando de los 369 relatos de 2024, a los 611 de esta edición.
Otro aspecto significativo fue lo ajustado de las votaciones pues, en los puestos con derecho a premio en metálico, se produjo un triple empate entre los votos obtenidos y el número de jueces que los votaron, que tuvo que resolverse por el voto de calidad del profesor Escandell, presidente del jurado. Una muestra más de la igualdad en los relatos más valorados es el texto que merece la mención especial, que no consiguió entrar en el podio final por un solo voto de diferencia.
Se indican a continuación, los relatos destacados y la relación de otros que también obtuvieron votos del jurado. Su publicación en la revista, como se establece en las bases, queda condicionada al espacio disponible y que en esta edición se realizará exclusivamente en formato digital.

Primer premio

Principio de incertidumbre
Raúl Clavero Blázquez

-¿Preparados? – gritó el juez de salida.
-Puede que sí, puede que no – respondió una voz aguda en medio de la muchedumbre - ¿Cómo saber si estamos preparados cuando cada paso aumenta el número de futuros posibles, cuando cada zancada puede ser una zancada más hacia el abismo? ¿Acaso hay alguien capaz de prepararse para el abismo? Admito que la ruta de la competición está clara, sí, pero el destino, amigos míos, es siempre incierto.
Un murmullo sobrecogido se extendió entre los corredores con la voracidad del fuego en la montaña.
-¿Listos? – farfulló el juez antes de apretar el gatillo.
El disparo que había de lanzarnos hacia la gloria sonó débil, lastimero, como el eco lejano de un animal que agoniza. La San Silvestre salmantina había comenzado y, sin embargo, todos cuantos participábamos en la carrera permanecimos quietos, con la mirada fija un horizonte de pronto amenazante.

Y aquí seguimos.

Segundo premio

Yo V.S Yo
Victoria Alenda Tomás

Acabo de adelantar a la Lucía de hace dos semanas, esa a la que le dolían las piernas de haber trabajado tanto. También te digo, si no la llego a adelantar, me habría sentido bastante fracasada.

Sin embargo, por la derecha y sin ningún reparo ni conciencia, me adelanta la Lucía de hace cinco días, la que había tenido la suerte de dormir de golpe sin necesidad de melatonina ni somníferos que ayuden a realizar la acción más primaria del ser humano.

A la que, por lo menos, dejo muy atrás es a la Lucía de hace un año, la que tuvo que salirse de la carrera porque no podía más, no podía un solo metro más. Esa Lucía estaría orgullosa de dónde estoy ahora, incluso me atrevo a decir, no se lo creería.

Porque al final en esta carrera no compito contra nadie más, solo contra todas mis versiones.

Tercer premio

El alquimista
Sergio Díaz Pérez

No soy un simple relator de pasos: me sé aprendiz de alquimista. Observo la San Silvestre Salmantina y descubro cómo el aire helado se transmuta en fuego cuando lo atraviesan miles de cuerpos. El cansancio, que en cualquier otro lugar sería derrota, aquí se convierte en júbilo; la fatiga se disuelve en una risa compartida, y cada esquina se vuelve un laboratorio de milagros domésticos.

Los disfraces, que podrían parecer frívolos, revelan una sabiduría antigua: recordarnos que el esfuerzo también sabe danzar. El que va disfrazado de payaso sufre, como todos, pero su sufrimiento hace sonreír a los demás. Y eso, en el fondo, es oro puro.

Yo narro la carrera, pero ella me enseña: que correr no es escapar, sino transformar lo que pesa en ligereza y lo que separa en vínculo. Y entonces comprendo: el secreto no es llegar a la meta, sino llegar convertido en otra cosa.

MENCIÓN ESPECIAL DEL JURADO

Lázaro
Joaquín Iborra Mateo

Yo por bien tengo que cosas tan señaladas, y por ventura nunca oídas ni vistas, he de relatarles a ustedes, si bien con muy pocas palabras, asunto difícil, tratándose de mi loca carrera. Es lo cierto que dormía y que me vi perseguido por uno de mis amos, el ciego, que a orillas del Tormes es bien conocido. Hui de él como alma que lleva el diablo y me sorprendieron las grandes zancadas del tipejo, pues me reclamaba algo que, según él, yo le había robado. Más aún que esta carrera me asombró el descubrirme a mí y a mi perseguidor en medio de una muchedumbre que también corría, vestida con prendas ligeras y de extrañísimos colores. Las doradas piedras de Salamanca me vieron en esta pesadilla adelantar a aquella multitud en retirada y llegar primero a un lugar absurdo donde me recibió con vítores el gentío.

Relatos participantes

Una victoria diferente

Cristina Delgado Fuentes

Tres, dos… uno… ¡YA! Todos los corredores que participaron en la carera San Silvestre salmantina empezaran a moverse rápidamente. Yo estaba en las gradas con mi familia, apoyando a mi tío Juan. Él era el favorito de muchos, ya que sus habilidades lo hacían destacar. La carrera estaba muy igualada y se notaba la tensión entre el público. Se acercaba la meta, mi tío parecía ganar, hasta que nos dimos cuenta de que el de atrás suyo se cayó. Aunque Juan iba el pimero, decidió ayudar a su compañero. Los demás corredores no hicieron lo mismo, lo adelantaron y llegaron antes a la meta. Juan no quedó en primer lugar, pero se ganó una ola de aplausos mayor a la del ganador, y el respeto de toda Salamanca, que vale más que un simple trofeo.

Por una cabeza

Michael Parra

Ganó por foto finish. A primera vista, los jueces determinaron que ambos rivales habían cruzado la línea de meta en completa sincronía anatómica. Sin embargo, un rígido apéndice destacó al hacer zum en la foto de llegada. Solo entonces los miembros del jurado notaron la total desnudez de aquel participante que, al descubrir sobre su entrepierna las miradas de la muchedumbre, alcanzó a inclinarse y a cubrir con una mano la fungiforme extremidad que le dio la victoria. El petrificado ganador fue colocado en la crestería plateresca de la Universidad de Salamanca como fiel reemplazo de la escultura onanista que desapareció poco antes del inicio de la San Silvestre Salmantina.

El chip de la memoria.

RAÚL OSCAR IFRÁN

¡Vaya modernidad! Un chip en el dorsal para medir el cronometraje, activado al paso por las alfombras de control dispuestas en el circuito.
Sucedió que, al arrancar la carrera, me vino muy nítido el recuerdo de Maruja, en un paseo de hace una vida. Estuvimos juntos cuarenta años. Ella murió durante la pandemia del 2020. Y la memoria se hizo más fuerte por Canalejas y Plaza España. Ni qué decir en el Parque de la Alameda.
En la Puerta de Zamora se me escapó una lágrima. Plaza Mayor, la Catedral Nueva de la Asunción de la Virgen, el Puente Romano sobre el Tormes, siempre con Maruja a mi lado. ¡Es el chip! ¡Por error me han puesto el chip de la memoria!
Unos kilómetros antes de la llegada me escabullí por un callejón. No pienso devolver este chip por nada del mundo.
La mejor San Silvestre de mi vida.

El último kilómetro

Gervasio Villaverde

El frío mordía la piel y las luces de Salamanca temblaban sobre el asfalto. Marta apenas sentía las piernas; cada paso era más ligero gracias a la ilusión. En la acera, su padre agitaba una bufanda roja, la misma con la que la alentó en su primera carrera, antes de enfermarse. Recordó su voz: «No corras para ganar; corre para sentirte viva». Y eso hizo. En el último kilómetro, entre el eco de las campanas y el murmullo del público, sintió que él corría a su lado. Cruzó la meta con lágrimas y una sonrisa nueva, sabiendo que cada zancada, por pequeña que fuera, era una forma de seguir adelante.

«Sansón Carrasco», en el día del Señor, 2 de noviembre de 2025.

DESTINO

SUSANA ROMAN CARPIO

Viajé en silencio, envuelto en sombras, con incertidumbre, sin saber de mi vida ni de mi destino. El trayecto fue largo, monótono, apenas interrumpido por el crujir de cajas y murmullos lejanos. Me sentía olvidado. Sin respuestas. Apenas intuía que mi existencia tenía un sentido. Solo un número dormía en mi piel, aguardando un despertar que parecía no llegar.

Hasta que un golpe seco rasgó mi encierro. La luz irrumpió, cálida, cegadora. Voces. Risas. Aire. Pasos acelerados. Sentí que algo importante estaba por suceder.
—Seiscientos setenta y siete… seis — grita alguien. Me estremecí. ¿Era yo? Sí. Me arrancan del montón, me entregan.

Una mano me toma con cuidado. Me abraza, siento el latir de su pecho y su sentir se volvió también el mío.

Entonces lo comprendí, correría la Sansil. Era el 6776: dorsal y destino.

Los fantasmas de San Silvestre

Lucía Calvo Flores

Érase una vez, un niño y su padre, el niño hacía atletismo y lo quería dejar pero el padre de chico le encantaba el atletismo por ello apuntó a su hijo a que hiciera eso, el niño era bueno haciéndolo, el padre le dijo que fuera a la carrera de San Silvestre, era el sueño del chico pero no tenía la suficiente edad, él no quería pero el padre lo llevó a regañadientes, todo allí era muy raro vio a gente que no era real como si fueran fantasmas, derrepente se cayó, cuando miró hacia arriba había ganado el padre ¿Y el hijo? El hijo era uno de esos fantasmas que se había encontrado.

De lo que callo cuando hablo de correr

Lucía Ortigueira Piñeiro

Tus pensamientos fluyen como el caudal del Tormes en este frígido invierno: descontrolados, desazonados y, a la vez, abrasadores. Se entrecruzan, sin puentes que los unan.

Mareas de individuos asisten a tu desesperación. Te observan bajo los fresnos del bulevar, emplazados junto al Rollo, los más inquisitivos frente a la Catedral.

Quizás puedas atrochar por alguna otra vereda.

Tu corazón es piedra franca, a cada zancada más áspero, más rígido. El Verraco te juzga desde el Mayor; lo percibes: ¿qué haces que no compartes la euforia de los demás?

Engarañada apuras tus últimos pasos. Un corazón que berrea, dispuesto a luchar para llegar a la meta una vez más.

La lucha constante

Jose ignacio Sanchez martin

….y llego el día….era la san silvestre charra….le dieron la peor noticia por la mañana y no se encontraba con ganas de correrla, más bien de pasar el fin del año metida en la cama, pero no podía decepcionar a su mujer , a su hijo, a sus hermanos, a sus amigos , a toda la sociedad que lucha contra esta enfermedad y decide no quedarse en casa ….por todo eso se cambió la ropa , se puso el los pantalones térmicos y decidió correr la ultima carrera del año en Salamanca , la que precedió a su lucha y a la victoria contra su enfermedad…no ganó la san silvestre si la batalla contra el Cancer.

El triunfo del óxido

José Alberto Ruiz Cembranos

La plaza Mayor ruge como un animal antiguo, hambriento de ruido y celebración. En medio del tumulto, Marta espera la salida en silencio, mientras la ciudad respira humo y pólvora. Cuando el disparo estalla, avanza: no con piernas, sino con voluntad. Las calles de Salamanca se curvan bajo la lluvia, y el público estira el cuello, mira, compara y olvida. Entre adoquines y linternas, el mundo parece inclinarse contra ella, pero sus brazos son molinos que giran contra el desamparo. La carrera es larga, y cada metro de la San Silvestre arranca astillas del pasado: el accidente, el hospital, el pensar que todo había acabado.
Pero aquello fue un nuevo comienzo. Cruza la meta con un temblor de hierro. Aplauden sin entender. Porque, al fin y al cabo, nadie mira a la mujer sobre la silla. Y nadie ve ahora que el suelo le devuelve su reflejo incompleto, pero exacto.

MALVADA TUNA

Ernesto Pérez Esteve

Siempre igual. Primeros pasos y voy tranquilo, a mi aire. Pero enseguida presiento que me siguen. No, no miro atrás… pero lo sé, ahora ya incluso creo escucharlos. ¿O soy yo, que voy tarareando tunas que van marcando mis pasos? Eso sí, a un ritmo más bien rápido, para que no me pillen.
¿Son ellos, los tunos, los que me persiguen, lanzando sus cintas y capas al viento? No lo sé, porque no me atrevo a girarme, pero noto muchos ojos, panderetas, incluso guitarras, clavadas en mi espalda como puñales.
Aprieto el paso, pero da igual, Ellos hacen lo mismo. No es manía persecutoria, lo juro. Ni creo que su intención sea deleitarme con una serenata. Pero me siguen.
Adrenalina al principio, miedo después. Al final, puro terror… tengo que correr, correr, correr… hasta que llego a la meta.
Cada uno se motiva como puede. Y casi siempre gano.

Correr para recordar

Álvaro Gozález Villoria

El último día del año amaneció envuelto en un frío de cristal. Como cada diciembre en Salamanca, el aire se volvió filo y los primeros rayos del sol se reflejaban sobre la característica piedra franca de nuestra ciudad, encendiéndola en un brillo teñido de oro y rosa. El aire helado parecía depurar su haz.
Clara ajustó su dorsal, como quien se ata un recuerdo, y cerró los ojos; no correría por llegar, sino por honrar lo vivido.
Un disparo quebró el aire y los valientes que se atrevían a desafiar el invierno salmantino se pusieron en marcha.
Las dos catedrales, testigos inmóviles, alentaban silenciosas a Clara, que veía en ellas representada la esencia de lo que su ciudad un día fue.
Cruzando el puente romano, el cansancio se convirtió en fe: correr era recordar que seguía viva.
Al vislumbrar la meta, Clara sonreía. Aquel año terminaba, pero otro nacía.

Con el viento

Ana María Abad García

Era una tarde de viento. Un viento frío y ululante que jugaba con las hojas de los árboles, prendiendo en las ramas ecos de susurros olvidados. Un viento frío y potente que alzaba el polvo de las calles, cegando al transeúnte para que perdiera norte, razón y sombrero. Un viento frío y despiadado que batía las contraventanas, encrespaba las fuentes, azotaba día y noche las piedras de los campanarios de las iglesias.
Ese viento frío y caprichoso decidió un treinta y uno de diciembre desplegar su manto invisible y envolverme en él, prestarme sus alas para volar a través de Salamanca, hacer suya mi mayor ambición y conducirme el primero hasta la meta. Y, mientras alzaba el trofeo de la San Silvestre, escuché claramente, en medio de los aplausos de la multitud, el ufano rumor de ese viento frío que, una tarde de diciembre, corrió conmigo.

Volver a vivir

Abraham Tinoco Delgado

Jorge estaba muerto en vida. Pasaba sus días sumergido en una rutina estéril y absorbente, repleta de reuniones absurdas.
Se inscribió en la carrera por recomendación médica. El doctor le dijo que su cuerpo estaba en perfectas condiciones, pero que su mente estaba a punto de colapsar. Necesitaba despejarse.
Apenas comenzó a correr cuando aspiró la primera bocanada de aire fresco. Cerró los parpado y sintió el viento acariciando su rostro. A cada paso se sentía más rápido, más fuerte. Cada musculo se tensaba y entraba en calor. En ese momento ya no le preocupaba el pasado, ni le angustiaba el futuro, sólo le importaba el presente.
Casi sin darse cuenta llegó a la meta y sintió una corriente eléctrica que recorría todo su cuerpo. Nunca había estado tan contento. Había vencido a la muerte. Había vuelto a nacer.

EL DORSAL NÚMERO 323

SARAI AYALA SORIANO

El aire de diciembre le quema la garganta. Cada paso es una lucha. Salamanca contiene la respiración, inmóvil bajo el resplandor de las farolas.

No puede más. Las piernas le pesan como si corriera dentro de un sueño. A lo lejos, el arco de llegada parpadea entre la niebla, como una promesa.

Durante años planearon cruzar la meta juntos, pero siempre había trabajo y demasiadas responsabilidades. Cada año aplazaban su sueño para el año siguiente.

Aprieta el paso. Siente el latido en los oídos, el frío en los labios y el temblor en el pecho. Él ya no está, se marchó hace unos meses y ella lleva el dorsal con la fecha en que se despidieron. Por fin ha cumplido su promesa. Cierra los ojos y se imagina abrazándolo, porque su vida sigue y él siempre estará esperándola en la meta.

CÓMO CONOCÍ A VUESTRA SANSIL

Elsa Diego Bellido

“Comuneros está cortada, por la Sansil, ya sabe” Pues no, no sé ni quién es “La Sansil”, ni por qué tiene a media Salamanca revolucionada. En serio, ¿Quién es tan importante como para conseguir que la ciudad universitaria por excelencia madrugue?… Suelto una carcajada que recibe varias miradas acusatorias de los de mi alrededor. Los entiendo, yo también me juzgaría si escuchara mis recuerdos, pero creo que su desaprobación no iba por ahí, sino que iba más bien dirigida al momento que he escogido para malgastar aliento, justo antes de llegar a la Avenida de Comuneros, algo que solo un inconsciente o un novato como yo haría. Pero lo que ellos no entienden es que la emoción que siento ahora mismo es superior al cansancio. Estoy a punto de llegar al lugar donde escuché hablar de Sansil por primera vez, y hoy, un año después, estamos teniendo nuestra primera cita.

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27 DE DICIEMBRE DE 2026