XIII CONCURSO DE MICRORRELATOS "SAN SILVESTRE SALMANTINA"
El jurado del XIII concurso de microrrelatos San Silvestre Salmantina estuvo integrado por:
- Daniel Escandell Montiel. Profesor de la Facultad de Filología de la Universidad de Salamanca. Presidente del Jurado.
- Sigifredro Crego Martín, Profesor de Secundaria de Lengua y Literatura.
- Alberto Marcos Guillén. Responsable de redes sociales institucionales de la Universidad de Salamanca.
- Sofía Vicente Fiz. Bibliotecaria de la Universidad de Salamanca.
- Jerónimo Hernández de Castro. Corredor veterano y funcionario de la Universidad de Salamanca, que actuó como secretario.
El jurado reconoció la excelente participación en esta XIII edición, en que no solo se mantiene la tendencia al alza de los relatos presentados cada año, sino que su número se ha incrementado de manera extraordinaria pasando de los 369 relatos de 2024, a los 611 de esta edición.
Otro aspecto significativo fue lo ajustado de las votaciones pues, en los puestos con derecho a premio en metálico, se produjo un triple empate entre los votos obtenidos y el número de jueces que los votaron, que tuvo que resolverse por el voto de calidad del profesor Escandell, presidente del jurado. Una muestra más de la igualdad en los relatos más valorados es el texto que merece la mención especial, que no consiguió entrar en el podio final por un solo voto de diferencia.
Se indican a continuación, los relatos destacados y la relación de otros que también obtuvieron votos del jurado. Su publicación en la revista, como se establece en las bases, queda condicionada al espacio disponible y que en esta edición se realizará exclusivamente en formato digital.
Primer premio
Segundo premio
Tercer premio
MENCIÓN ESPECIAL DEL JURADO
Relatos participantes
XIV - 2026
1. Metamorfosis
MARCOS PÉREZ BARREIRO
Subido a mi motocicleta de 500 CC., pienso en la relevancia que supone el hecho de correr una maratón. Y, más, si me pongo ultra reflexivo y, elevo la maratón, a la categoría de San Silvestre. Esa carrera en la que, este año, participaré con el casco puesto, ya que, temo que mi seguridad corre serio peligro. Son muchos los que ansiamos llegar primero y, pocos lo que poseemos una motocicleta de gran cilindrada.
Desde su inicio, los humos del tubo de escape se unen a un respirar contenido. Sabedor él, de que el deseo siempre vence al ultraje del malhechor. Un ser como yo, que recorre las calles entre dos mundos dispares. El de dos ruedas y el de dos piernas. Y, los primeros, apenas dejan huella. El motivo de que alcance la meta alzando los brazos, mientras las piernas son una silla de ruedas modificada a 500 CC..
2. La piedra eterna
Angel Caballero Sayalero
La piedra te arranca hasta la última gota de sudor.
Dura, firme y vetusta, espera tus pisadas, las de todos. Diciembre la enfría; los aplausos no la ablandan. La piedra no entiende de marcas, de disfraces ni de promesas. Solo conoce el peso de cada pisada.
Por ella han volado los primeros corredores; han marcado su ritmo seguro los aficionados que sueñan con ser profesionales; han pasado los recién iniciados, los disfrazados, los que caminan porque la piedra se quedó con sus fuerzas.
La piedra lo sabe. Es inclemente y no descansa, pero también es bondadosa: te recuerda que, una vez pasada, queda menos camino.
La última piedra te sonríe. Un año más lo has conseguido. Cruzas la meta y todavía la llevas en las piernas.
El año que viene seguirá allí.
Como tú. Como todos.
3. Admiración mutua
Ramon Gonzalez Reverter
He aquí un par de corredores que sentían un gran respeto uno por el otro. Era tan sincera la admiración que ambos se profesaban que en cierta ocasión, se encontraron en la San Silvestre salmantina, empeñados en el afán de compartir la alegría de entrar juntos en la meta, anteponiendo el valor de la camaradería y generosidad a la competitividad actual, frenaron el ritmo del sprint final hasta que otro runner aguafiestas les rebasó en la misma línea de llegada con una sonrisa bobalicona en los labios. Aquel deseo, basado en lazos de amistad, se fue al garete y ambos quedaron con un palmo de narices. La ironía parecía una burla del destino o un recordatorio de que a veces el azar puede ser caprichoso y retorcido. Los anhelos, por muy altruistas que sean, si están mal ejecutados, no siempre acaban con un desenlace feliz.
4. EL DORSAL HEREDADO
JOSE CARLOS VARA MATA
El abuelo corría con dos dorsales.
El viejo estaba amarillento y tenía treinta y ocho años. El nuevo aún olía a tinta.
—¿Por qué llevas los dos? —preguntó Claudia antes de la salida.
Él se encogió de hombros.
—Por costumbre.
Claudia tenía siete años y cien metros le parecían una distancia pequeña.
Durante la San Silvestre, el abuelo avanzó despacio entre aplausos, zapatillas, respiraciones y campanas. Al cruzar la meta, no levantó los brazos.
Buscó a Claudia.
Se agachó, desprendió el dorsal viejo y se lo prendió en el abrigo.
—Ahora es tuyo.
—Pero tiene tu número.
—Ya aprenderá el tuyo.
Claudia pasó un dedo por el papel gastado.
—¿Y qué hago con él?
El abuelo señaló hacia atrás, donde aún seguían saliendo corredores.
—Lo mismo que hice yo.
Claudia miró la meta. Después miró la salida.
El dorsal le quedaba todavía demasiado grande para su pecho.
Echó a correr.
5. Niña con muñeca
luis uriarte montero
Después de haber realizado la gran carrera de San Silvestre quedando tercero, marchaba a su casa, en un cubo de basura, una niña removía con un palo la misma, extrae una muñeca sucia, me mira, es su tesoro, sonríe y yo me estremezco, continuo hacia mi refugio, entro en casa y deshago el Belén.
6. UN ENFOQUE DIFERENTE
David Sueiro Pereira
"¡Oh, no!" "No puedo creer que la carrera esté a punto de empezar..." y la señal de salida interrumpe mi diálogo, además de hacerme correr a mí y a los demás corredores hacia la línea de meta. En la San Silvestre Salmantina adopté un enfoque diferente para correr esta distancia relativamente larga de 10 kilómetros que en mi carrera anterior. En lugar de un comienzo lento y aumentar la velocidad para un sprint, salí tan rápido como un guepardo. Al doblar la gran curva, veo a otro corredor acercándose rápidamente a mi posición. Concentré la poca energía que me quedaba en ganar esta carrera. Sin embargo, mis esfuerzos no fueron suficientes para superar al otro corredor, y crucé la línea de meta en segundo lugar.
7. El disfraz del tiempo
Evelyn Megias Carrasco
Entre tres mil corredores vestidos de elfos, Reyes Magos y dinosaurios hinchables, nadie sospechó de mí. Llevo milenios habitando en la portada de la Universidad, pero este año la piedra se me hacía demasiado dura para pasar otra Nochevieja al raso.
Atarse las zapatillas sobre la piel de anfibio fue un reto técnico, pero la zancada la tengo aprendida de ver pasar a generaciones de estudiantes con prisa. Cruzar la Gran Vía arropada por el rugido de la marea amarilla es bastante más estimulante que esperar a que los turistas me descubran entre los relieves.
Rozando el podio, escuché a un espectador señalarme sorprendido. Sonreí sin reducir el paso. Si aprueban los estudiantes que me encuentran, ¿por qué no iba a ganar una rana la San Silvestre?
8. Cincuenta metros
Marcos Avalos Vilas
Salamanca en diciembre no es una ciudad; es un fuelle que inhala gélido y exhala entusiasmo.
En el kilómetro tres, las piernas dejan de pertenecerte. La zancada se convierte en un acto de fe ejecutado por instinto. A la izquierda, la fachada de la Catedral parece empujar el aire; a la derecha, un niño con guantes rojos aplaude con la vehemencia de quien cree que los corredores tenemos superpoderes.
Quizá los tengamos. Porque cuando el ácido láctico grita alto y el aliento dibuja nubes blancas en la penumbra de la tarde, descubres que no huyes del frío ni persigues un cronómetro. Esos últimos cincuenta metros no se corren con el cuerpo, sino con todo lo que te ha dolido a lo largo del año y que por fin dejas atrás en el asfalto.
9. La Cuesta.
AYARI PORRAS ACEVEDO
La cuesta de la Compañía le había vaciado las piernas cuando el pie derecho resbaló sobre la piedra. Recuperó el equilibrio y siguió. A los lados pasaban gorros de Papá Noel, disfraces, cuerpos envueltos en vapor. El olor a linimento se mezclaba con el frío.
Unos metros después volvió a resbalar.
Se detuvo junto a una valla. Miró hacia abajo. Las zapatillas seguían limpias. Había leído durante horas antes de comprarlas: retorno de energía, estabilidad, impulso.
Se ajustó los cordones.
Más adelante, algunos corredores ya caminaban. Otros seguían corriendo.
Volvió a subir. La piedra cedió bajo el pie, pero esta vez no resbaló. Siguió.
Al llegar a la siguiente curva se detuvo a respirar.
Miró las zapatillas.
No había nada que cambiar.
10. La voz que no se fue
Lydia Santos Nieto
El frío de Salamanca se le había metido hasta los huesos. El aire cortaba la cara y cada respiración quemaba en los pulmones. Quedaba un kilómetro para terminar la San Silvestre Salmantina, pero sus piernas pesaban como si llevaran años corriendo.
Avanzaba entre luces, disfraces y gritos. La multitud era un murmullo lejano. Solo escuchaba sus pasos y el latido desbocado de su corazón.
Entonces, entre cientos de voces, oyó una que conocía demasiado bien.
—¡Vamos, hijo! ¡Tú puedes!
Se quedó helado. Giró la cabeza. Nada.
Volvió a mirar hacia la meta. El frío seguía mordiendo, pero algo dentro de él se había encendido.
—¡Un poco más! —volvió a escuchar.
Sonrió, con los ojos llenos de lágrimas. Y corrió.
Porque aquella noche, su padre había vuelto para acompañarlo hasta la meta, bajo el cielo helado de Salamanca.
11. LA META QUE LLEVABA POR DENTRO
Liliana Mercedes Mota García
Apenas sonó la salida, Lisbeli apretó los cordones y sonrió. Desde niña corría distinto: una pierna había quedado más corta después de un accidente, Pero ella decía que la vida no se mide con reglas, sino con ganas. Conoció la San Silvestre Salamantina por un vídeo. Vio aquella calle llena de corredores y pensó: "Algún día voy a estar ahí, aunque sea a mi manera" En Venezuela entrenaba al amanecer, cuando el barrio apenas despertaba la ciudad. "Dale, vale, un kilómetro más", se decía, mientras su prótesis golpeaba el asfalto. A veces faltaba agua, otras veces plata, pero nunca le faltaban arepas, cariño y gente echándole porras. El día de la carrera llegó con el corazón brincando. No buscaba ganar. Quería demostrar que también se puede llegar lejos con una historia difícil y hermosa. Al cruzar la meta, levantó los brazos. _¡Coño, sí se pudo!
Y Salamanca entera pareció aplaudir.
12. El arte del esfuerzo
Rubén Román Correas
Diez meses. Ese era el tiempo de entrenamiento que Josué llevaba en sus piernas. Aeróbico. Anaeróbico. Fuerza explosiva. Fuerza resistencia. Dolores articulares. Umbrales de trabajo. Todas estas palabras habían estado resonando en su cabeza durante ese periodo de tiempo.
Se calzó sus zapatillas, se colocó su dorsal y partió hacia la salida. El Paseo de San Antonio le esperaba.
El clima era frío. El ambiente, festivo, cálido y acogedor.
Sólo pensaba en toda la preparación que su cuerpo había aguantado para poder llegar a ese momento.
La plasticidad de todos sus movimientos auguraba una carrera de alto voltaje, con adversarios que también ansiaban la victoria.
Puso su cronómetro a punto y esperó a que la salida fuera anunciada.
Tres, dos, uno… Josué comenzó a correr. Las piernas le respondían. Tenía todo a su favor. Comenzó a volar. No tenía límites. Sólo los próximos diez kilómetros dictarían sentencia.
13. RITUAL TRIPLE S
SERGIO DAVID REQUENA ROYERO
El granito de la Rúa ruge bajo la violencia de mis suelas. Diciembre escupe escarcha sobre la Plaza y me congela el alma.
—No tragues tanto frío —me aúlla un viejo veterano desde el borde de la acera—. La piedra te abrirá el pecho.
Pero yo trago hondo, mezcla de sudor y la humedad viva de los muros. Mis muslos ya no son míos; son los arcos ciegos del Tormes que empujan en la sombra. El crono martillea en las sienes con la exacta modulación de la Clerecía.
A mi lado, una jauría de siluetas exhala vaho contra la noche monumental. No nos persigue el cronómetro; huimos de la modorra que petrifica los soportales. Cruzo la línea y el rugido de la gente revienta contra los sillares de piedra dorada. Ya no quema el esfuerzo: Salamanca entera galopa desbocada en mis adentros.
14. LA META COMPARTIDA
Dilanlly Mendez Rivas
En el frio de diciembre, la Plaza Mayor palpita al compás de millares de zapatillas impacientes. Salamanca consiente el mero maratón; vibrando en la salida de la San Silvestre Salmantina, donde la grandiosa y la fiesta se gestan en el pavimento.
Comienza el alboroto. La dedicación compartida deja cualquier diferencia: atuendos coloridos corren codo a codo con zancadas de atletismo puro. Es un sacrificio por la superación personal en cada zancada, la solidaridad que se contagia en una mirada de aliento y la constante generosidad del publico regional que impulsa hacia adelante.
Camino del Puente Romano, las piernas cesan, pero la constancia vence al aliento congelado. Cruzar la meta no es ganar una medalla, sino abrazar la meta compartida, la memoria de una ciudad que motiva y la gratitud de sentirse parte de una tradición viva. Allí, en la llegada, el espíritu del atletismo popular resplandece más cálido que nunca.
15. El Último Relevo
Esteban Ramón Eordogh Terán
La meta no era una línea en el asfalto helado, sino el rostro de mi padre. Aquel 31 de diciembre sus piernas ya no respondían; la enfermedad le había robado el ritmo, pero no las ganas. Corrí a su lado, sintiendo cómo el aire de la San Silvestre nos cortaba la piel. Él, con un hilo de voz, susurró: “No pares, el relevo es tuyo”.
Sentí el peso de la historia. No era solo una carrera popular; era la liturgia de un adiós. Apreté los dientes, el corazón golpeando las costillas como un tambor de guerra. Al cruzar la Plaza Mayor, las campanas no anunciaban un año nuevo, sino la eternidad de un vínculo que el asfalto jamás borrará. Lloré, pero seguí corriendo. Porque el verdadero atletismo no se mide en cronómetros, sino en el legado que dejas cuando tus pies dejan de moverse.
16. El podio
ARANTXA BILBAO Cano
**El podio**
Toda mi triste vida corriendo.
Primero corría para crecer. Después, por meterme en líos. Y, por último, de la policía.
Mi vida ha sido una carrera en la que el primer podio solo te daba la oportunidad de volver a correr mañana.
Pero entonces llegó ella.
Había tenido muchos educadores y todos me trataron bien. Pero ella miraba dentro de mí.
Un día, después de que me llevaran allí por uno de mis marrones, me dijo:
—Así que eres rápido, ¿no? Demuéstramelo.
Y aquí estoy, montado en un podio mientras ella me aplaude en primera fila.
Pero esta vez, de verdad.
Sostengo una copa en una mano y, en la otra, mi futuro.
Por primera vez, no quiero correr para huir.
Quiero correr a sus brazos.
17. ZANCASA LIBRE.
Francisca Pérez Ramírez
ZANCADA LIBRE.
El frío de diciembre muerde las calles de Salamanca, pero Ana, a sus sesenta y ocho años, pisa el asfalto con la firmeza de quien ha conquistado su propio destino. A su edad, la jubilación no es un punto final, sino el inicio de una libertad forjada a pulso. Mientras avanza hacia la salida de la San Silvestre, siente el peso invisible de los estereotipos de género y edad que la sociedad insiste en imponer. Sin embargo, cada zancada es un acto de rebeldía y empoderamiento.
—¡Vamos, abuela! —grita un joven desde la acera. Ana sonríe con complicidad, corrigiendo en silencio: —No soy abuela, soy corredora.
Cruzando la Plaza Mayor, bajo los aplausos atronadores, Ana demuestra que el envejecimiento activo rompe cualquier molde. No compite contra el crono, sino contra el olvido, reivindicando su espacio en el deporte y en la vida. Cruza la meta con gran orgullo.
18. PROYECTO
FRANCISCO JAVIER AGUIRRE GONZÁLEZ
Estoy frustrado porque llevo veinte años participando en la carrera San Silvestre Salmantina y no he conseguido ningún trofeo. Y mira que me entreno, pero será que tengo poco pulmón, o las piernas cortas, o el ritmo flojo… no sé. Así que he acordado con mi mujer tener un hijo cuanto antes. En cuanto cumpla cinco años, le animaré a participar en su categoría y así sucesivamente hasta que llegue a los dieciocho. Entonces será cosa suya, pero con el entrenamiento físico, mental y emocional que le vamos a proporcionar entre mi mujer y yo, el éxito lo tendrá asegurado. Y habrá conseguido lo que nunca logró su padre, al menos hasta hoy, porque ya hace días que he comenzado a entrenarme para la 51.
19. MÁS VALE TARDE QUER NUNCA
Gonzalo Prieto Barrera
Sin ruborizarme debo admitir que crecí en un ambiente hostil, degradante, sin valores y, si no hubiese sido por don Roberto, doña Carmen y doña Josefina a quienes de sus tiendas hurté helados y panes para mis hambres y quienes me perseguían armados sin éxito alguno, no hubiese sido el atleta de ahora.
Ciertamente me formé como atleta por necesidad y a medida en que crecía aparte de que de su práctica se derivó mi sustento diario al ganar muchas pruebas, lo importante fue que el atletismo en su rigurosidad me forró también de valores pues luego de ganar varias versiones de la San Silvestre que dignificaron mi vida, volví a las añosas tiendas de don Roberto, doña Carmen y doña Josefina y les pagué con intereses incluidos lo que les hurté pero solo a las dos primeras personas.
A doña Josefina otro día le colmé con flores su tumba.
20. A TIENTAS
Ana Isabel
—Uno... dos, uno... dos. Un paso más... otro, otro más... ¡No pares! Sigue, ya casi estamos.
Siento mi piel humeando en el frío de diciembre. Mis piernas palpitan por el esfuerzo y mis comisuras esbozan una sonrisa mientras las zapatillas marcan el ritmo contra la calzada del Paseo de San Antonio en un trote alegre compartido.
Las risas y vítores de la multitud avivan nuestros pasos. Mi mano sujeta con fuerza la cuerda al tensarse; mi marido acelera, lo alcanzo y mantengo el ritmo. Él guía; yo lo sigo. Por unos instantes, solo somos él y yo corriendo.
Una cinta acaricia mi piel antes de caer. Sin tiempo para reaccionar, sus brazos me levantan, girándome en el aire entre un estallido de felicitaciones. Tras posar mis pies en el suelo, aún aferrada a su mano, sonrío en la oscuridad. Salamanca nunca se había sentido tan viva.
21. Tercer Puesto
Francisco Javier Palacián Cuesta
Último esfuerzo. No pares. No queda nada. Venga, corre. Sigue. Así, con ritmo. Muéstrales que se equivocan. Reserva energía. Respira, respira. Vales mucho. Puedes con ello. Solo un poco más. Un poco más. Más rápido.
El 30 de diciembre de 1984, 348 personas participan en la inauguración de la San Silvestre Salmantina. De entre ellos, 15 mujeres que se atreven a competir contra una mayoría masculina y contra una nueva sociedad que renuncia a la represión y la desigualdad.
En el público, un hombre. En el asfalto, una mujer. Él la mira. Ella agacha la cabeza. Su voz profunda se eleva por encima de todos. Le escucha. Levanta la vista. Asiente. Él sigue gritando instrucciones. Ella corre más rápido.
En la multitud, un padre orgulloso grita. En el asfalto, una hija que llega tercera entre esas 15, pero que se siente victoriosa porque, en 1984, todas lo fueron.
22. EL CORREDOR EN LA CAVERNA
Alejandro Tejerina Gutiérrez
Hoy no salgo a correr con los demás bajo la lluvia. Prefieren que me quede custodiando el fuego. Mis lamentos podrían ahuyentar a los animales y esta semana los víveres están bajo mínimos. Hay quien sospecha que estoy fingiendo; sin embargo, el dolor de mi boca me provoca unas ganas incontenibles de clamar al hoyo de nuestros muertos. Anoche, mientras pulía el bifaz, Sarima se sentó a mi espalda tras muchas lunas y me preguntó: "Miguelón, ¿necesitas un abrazo?". El orgullo me impidió responder en un principio, pero cuando al fin sentí que mi pecho iba a estallar me giré y Sarima ya no estaba. Esta mañana he advertido gestos de burla entre mis antiguos compañeros de caza. Creen que voy a cumplir sumiso sus indicaciones. ¡Qué me importa a mí el dichoso fuego! Hoy más que nunca quiero salir a correr solo bajo la lluvia.
23. Win-win
Álex Holgado Fernández
Cirilo había tenido una inspiración para la San Silvestre. Sus amigos se entusiasmaron y la idea se fue haciendo consigna en los círculos atléticos. Al poco, era ya un clamor y la ciudad latía emocionada con la divisa: “Todos somos ganadores”. Con el bocinazo de salida, los participantes lo sostuvieron en volandas y un Cirilo arrebatado, megáfono en mano, les invitó a disfrutar del recorrido, cada cual a su ritmo, a esperarse al final para anudar uno con otro los dorsales y cruzar a la vez la línea de meta. “¡Habrá medallas de oro para todos!”, rugió. Siete mil gargantas lo vitorearon. Nunca se había visto tamaña fiesta atlética. Corredores y público reían y se abrazaban. Salamanca resplandecía. El mundo iba a ser por fin un lugar mejor. Y todo gracias a Cirilo, el cual, sin embargo, tropezó en el último paso y tuvo que conformarse con la plata.
24. HASTA MI ÚLTIMO ALIENTO
Miguel Salvador Muñoz
No corro por superación personal, ni por autoestima, ni siquiera para abrazar el ego del triunfo. En cierto modo, es un impulso evolutivo; pero, lejos de ser un legado ancestral del instinto de caza y supervivencia, es el amor y la pasión lo que alimenta mi fuerza motriz.
Me enfundo el maillot, como si fuera la coraza de un guerrero listo para la batalla, y salgo tras él. Solo por un fugaz espacio de tiempo puedo deleitarme con la visión de su cuerpo, pues pronto se aleja, dejando a mis ojos en soledad. Tal vez por mi sobrepeso, el agua de mi piel se precipita al vacío; mis piernas exigen quietud y mis pulmones suplican oxígeno al compás de mi corazón. Pronto me detengo, derrotado. Nada puedo hacer salvo graduar mis gafas de lejos.
Cada año entreno para poder seguirlo, aunque sea solo un metro más.
25. La zancada del origen
Gabriel Humberto Rehbani
A sus setenta años, Héctor llegó desde Argentina a Salamanca con la única promesa de pisar las calles que su padre tanto le evocaba en la infancia. Correr la San Silvestre Salmantina no era para él una competencia contra el reloj, sino el abrazo postergado a sus raíces.
A mitad del trayecto, bajo el aire helado de diciembre, vio a un muchacho detenerse a un lado de la calzada, vencido por el calambre y la frustración. Héctor redujo el paso, le ofreció el hombro y marcharon juntos a un ritmo sereno pero firme.
Al cruzar la meta entre los aplausos del público, el anciano comprendió que el verdadero viaje no concluía al llegar al lugar de los antepasados, sino al sembrar en un extraño la certeza de que nadie corre solo cuando la empatía marca el paso.
26. La huella dorada
JORGE ALONSO LUNA
Título: La huella dorada
La niebla bajaba del Tormes mordiendo los tobillos, pero en la salida nadie retrocedía. Bastó el disparo para que cinco mil pechos rompieran el vaho de golpe, convirtiendo la rúa en un combustible unánime. No corríamos contra el cronómetro; avanzábamos empujados por el rumor sordo de las suelas sobre los adoquines y el eco de los aplausos que rebotaban en las cornisas.
Al enfilar la Plaza Mayor, el frío dejó de existir. La piedra dorada de las arcadas devolvía el calor de los corredores como si la propia Salamanca respirase con nosotros. Un veterano a mi derecha me rozó el hombro sin mirarme, ajustando su zancada a la mía para abrirme paso entre el gentío. En ese instante comprendí que cruzar la meta no era llegar antes a ninguna parte, sino haber sostenido, durante unos kilómetros de invierno, el pulso entero de una ciudad.
27. Mis pies en tus huellas
Silvina Potenza
Corro, sudo, pienso. Bordeo la Catedral. Sigo… A ritmo, controlo mi respiración y mis pasos. Pero no puedo con mis emociones. Por primera vez piso tierras castellanas, hago lo que me gusta y mientras estoy sumergido en esta marea humana, su imagen viene una y otra vez a mi memoria. ¿Cómo lo logró? ¿Cómo pudo, apenas un jovenzuelo, ir a pie hasta Vigo para tomar un barco que lo llevaría al otro lado del océano? Hosco, poco comunicativo, trabajador incansable… Manifestaba un amor que no sabía de caricias ni de palabras dulces. Su vida de sacrificio y desarraigo marcó a toda la familia. Como sus pasos, de pies descalzos, que hoy marcan los míos. Sigo su huella, la que nació en esta tierra y se reprodujo en otra. Corro, sudo, veo la Plaza Mayor y recuerdo sus palabras “ve, muchacho, que el mundo es de quienes se atreven a desafiarlo”
28. Lucía y sus sueños
Rocío Hebe Carrillo
Lucía corregía sus sueños con desayunos formales, desechaba imágenes de féminas erizando sus pezones y olvidaba en el café orgasmos arrancados por cortesanas en celo. Defendía su cuerpo de deseos impuros y éste se defendía de ella azotando su inconsciente, acogiendo sus carnes en reposo, enardeciendo su cuerpo con lenguas de diosas que se ofrecían generosas a ella… Ella que sólo gustaba de hombres en el día y mujeres en la noche.
29. El sueño de una ciudad
Lucía Alcázar Lara
Todo comienza con un murmullo entre la multitud. La San Silvestre Salmantina reclama su lugar: las calles vibran, las plazas despiertan. Las zapatillas golpean el asfalto, los dorsales ondean como hojas al viento.
Sopla el frío de diciembre y la ciudad entera se pone en movimiento. Corro entre miles de pasos que laten al mismo ritmo. Las avenidas se llenan de energía; las fachadas históricas contemplan el río humano que avanza entre risas, disfraces y esfuerzo.
Me elevo en el entusiasmo colectivo, floto entre aplausos y ánimos que brotan de cada esquina. El aire huele a superación y a fiesta. Las voces resuenan entre las piedras centenarias, mientras el sol se despide sobre los tejados dorados. Cuando cruzo la meta, soy parte de este hechizo efímero y eterno. Ya no hay prisa. Ya no hay rutina. Sólo alegría. Sólo pasos que siguen latiendo en la memoria colectiva.
30. FOTO FINISH
VICTOR MANUEL VALDESUEIRO BERNABE
Llegué al ecuador de la carrera en plena forma y decidí alcanzar al chaval que me precedía. Pero cuanto más aceleraba yo, más lo hacía él, manteniendo intacta la distancia, como quien persigue un imposible.
Devoramos kilómetros, unas veces sobre la otoñal alfombra de los chopos; otras, viendo verdear los huertos de la ribera o soportando un sol labrado en piedra de Villamayor.
Cuando finalmente lo alcancé, su rostro me sorprendió: ¡aquel joven era yo al inicio de la carrera!
Tan concentrado estuve en darle caza que no advertí que a mí también me perseguían. Lo descubrí al pasar frente a un escaparate de la Rúa, reflejado en mis propias facciones. Las gafas de sol habían mudado en correctoras y la piel se descolgaba, como si la tierra reclamara lo que sabía suyo.
Crucé la meta arrastrando los pies, ayudado por un bastón, pero sonriendo para la última foto finish.
31. La Salmantina, La San Silvestre está de vuelta
Isabel Granero Iglesias
Esperamos con ansias la llegada de diciembre, el 28 es la fiesta elegida… Todos hemos trabajado duro: horas, días y meses de entrenamiento.
Lo hermoso de correr se conjuga con la belleza de la ciudad y si no se consigue ser el primero, no importa, disfrutar de la grandeza de Salamanca es en realidad el gran premio.
32. 2418
José Luis Serrano Alcázar
Entre los siete mil dorsales apiñados en el Paseo de Canalejas, el azar me puso delante el 2418. Era el número con el que Daniel corrió su última carrera antes de que una curva en la carretera de Béjar dejara vacía la mitad de nuestro dormitorio. El hombre que lo llevaba era un desconocido, pero al pisar los sillares del Puente Romano, el aire del Tormes lo quebró con la misma saña de otros inviernos.
Lo vi doblarse contra el pretil, boqueando con el ahogo que años atrás nos obligaba a turnarnos el viento para no claudicar. Me adelanté dos zancadas y planté el cuerpo contra la ventisca para hacerle pantalla. No cruzamos una sola palabra. No me importaba quién era: necesitaba que aquel 2418 volviera a cruzar la meta.
33. El último dorsal
Luis Lexandel Pita Garcia
Me apunté a la San Silvestre por compromiso, no por vocación. Odio correr. Pero mi hermano insistió tanto que acepté. A los dos kilómetros ya quería parar. La gente animaba. Yo solo miraba el suelo. En la cuesta final, alguien me agarró del brazo. Era mi hermano, con su dorsal torcido y una sonrisa enorme. "No me dejes", dijo. Apreté los dientes. Cruzamos juntos. Al quitarle la capucha, vi su cara. Llevaba muerto desde octubre. Pero cada Nochevieja corre conmigo. No sé cómo hace para llevar el dorsal. Yo ya no pregunto. Mis amigos dicen que lo supere. Les contesto que correr es eso: no soltar la mano de quien ya no puede. Y hasta que suene la próxima salida.
34. La muerte al acecho
Sonia Di Marino de Núñez
La piedra dorada de Salamanca parecía encenderse bajo las luces de diciembre.
El aire frío bajaba hacia el Tormes y se colaba entre el casco antiguo.
El Puente Romano tendía su lomo de piedra sobre el río.
Los corredores con zapatillas fluorescentes y el vaho de la respiración suspendido en el aire.
Uno de ellos era diferente.
Llevaba túnica blanca, sandalias impropias para diciembre y un cansancio lejano.
Los vivos pensaron que era un disfraz. Los otros, una apuesta perdida.
Empezó a correr.
Avanzaba con una obstinación extraña, como quien no persigue una meta sino una hora.
—¿Primera vez?
El anciano sonrió.
—No exactamente.
Atravesó Salamanca entre aplausos y respiraciones agitadas. Miró el cielo. Pocos minutos para medianoche.
Aceleró.
Nadie entendió por qué.
Solo él sabía que llevaba siglos intentando ganar aquella carrera.
Porque cada 31 de diciembre, San Silvestre volvía a morir.
Y esta vez quería llegar antes.
35. Un T-rex en San Silvestre
María Isabel Parra Sánchez
El cavernícola se abrió camino dejando a todos estupefactos al verlo adelantar a la velocidad de un Looney Tunes mientras alababan su disfraz, verdaderamente realista.
Atrás, rugidos salidos del mismísimo Parque Jurásico y la visión de un T-rex pasando a su lado, helaron la sangre de los corredores. Parecían minúsculos ¿O, es que él era horriblemente grande?
El cavernícola miró atrás. Un nuevo rugido, le hizo acelerar. Y así, con una velocidad imposible, cruzó la línea de meta.
El nuevo ganador de la carrera atravesó el portal luminoso sin dudarlo un instante. Otro estallido de luz cegó a los presentes.
El cavernícola se derrumbó sobre la tierra agradeciendo estar de vuelta en su hogar pero:
¿Qué habría sido de la bestia?
—Noticia de última hora. Un T-Rex ha quedado segundo en la carrera de San Silvestre. El problema es que ahora no logramos que deje de celebrarlo destrozando la ciudad.
36. La Celebración
Verónica Graciela Bertazza
Sebastián corría con colegas médicos cuando vio a Antonio. Su andar y la pulsera hospitalaria
llamaron su atención.
—¿Cómo vas?
—Bien.
—Te veo algo flojito. Con esa pulserita no me hagas quedar mal, ¿eh?
—Esperé la SanSil todo el año. El año pasado me esguincé. ¿Te puedo acompañar?
—Sí.
—Entonces, ¿por qué corremos?
Una mujer:
—No sé para qué corro si después me duelen todos los huesos.
Otra se rió:
—Porque me encanta correr con frío.
Un corredor:
—Quizá encuentre novia.
—Pero si estás casado —le recordó su amigo.
—Bueno… que mi esposa no se entere.
Rieron.
Sebastián apuró el paso.
—¡Arriba, que por algo corremos, gente!
Antonio levantó la mirada.
—Porque hoy no estoy haciendo quimio.
Silencio. Después, aplausos, “¡olé!” y risas. Diez kilómetros de fiesta ambulante.
Al llegar, Antonio abrazó a Sebastián.
—Gracias.
Sebastián lo miró.
—Tú, con esa pulserita VIP involuntaria, ¿cómo no ibas a llegar?
37. Nacer lejos, volver siempre.
Alba Cortés Serrano
Yo no corro, pero cada Navidad me gusta ver correr a Salamanca.
Mi hijo y yo buscamos un hueco cerca del parque Picasso para ver la San Silvestre. Él mira los dorsales fascinado y yo sigo sin entender por qué.
—Algún día correré esta carrera —me dice entusiasmado.
Yo sonrío y miro alrededor.
Todo me resulta familiar, aunque haya personas que ya solo pueda encontrar en mis recuerdos. Entre comidas, paseos por el centro y reencuentros, Salamanca vuelve a recordarme por qué nunca he dejado de quererla.
Él nació en Valencia, pero aquí no parece un turista más. Conoce sus calles, disfruta de los pinchos y de cada regreso como si Salamanca le perteneciera.
Hay cosas que no se heredan con los apellidos ni los lugares de nacimiento, sino con las historias que contamos y las veces que decidimos volver.
Salamanca también se puede heredar sin haber nacido en ella.
38. La cuerda
Manuel Campos de la Flor
Pablo, mi guía, me describe hasta los escaparates cuando entrenamos. Hoy, en la salida de la San Silvestre Salmantina, anuda la cuerda sin hablar.
Llevo un año entrenando para bajar de cuarenta.
Arrancamos entre codazos. Pablo se para y me agarra la muñeca. Le tiembla la mano.
—No puedo con tanta gente.
Tiro para seguir. Él no se mueve.
Otro corredor se detiene.
—Yo puedo llevarte.
Pablo empieza a deshacer el nudo.
—Vete con él.
Dejo que lo afloje. El reloj anuncia el primer minuto.
—Perdona —dice Pablo.
Yo también le pedía perdón por cada bordillo.
Busco sus dedos y volvemos a anudar la cuerda.
—¿Y los cuarenta?
Silencio el reloj.
—Cuéntame los disfraces.
Pablo da un paso. Espero el segundo.
39. Regresa
Aitor Saldias Madoz
Regresa (AS)
Al entrar en la biblioteca , me sorprende la falta de luz. Es igual. Me siento en una mesa vacía a revisar mis notas.
Súbitamente escucho un una flauta, débil e incoherente. Veo que no estoy solo, hay un hombre anciano con abundante pelo blanco, y una cicatriz en la frente.
Percibo que sabe quién soy, que no tengo secretos para él.
Le mantengo la mirada y una palabra me llega a la mente, que dice “DEJALO”.
De repente se escucha un ruido horrible, una estantería de libros se cae.
Veo que estoy solo otra vez. En estas circunstancias, abandono mi estudio.
Salgo de la biblioteca oigo la flauta otra vez, enfermiza, y en ese momento me despisto y la puerta me golpea en la frente. “Maldita sea”, veo la sangre manar y adivino que causara cicatriz. Al menos tengo pelo de sobra para cubrirla.
AS
40. 365
María Angelica Morena gonzalez
Seré un número prendido con cuatro alfileres a una camiseta helada. En Salamanca, un domingo de diciembre, saldré a las doce y media, atravesaré la Plaza Mayor, el sudor olerá a campanas y, diez kilómetros después, supondré que mi viaje termina ahí.
Pero aún me faltarán cuatro días. Me tocará, al azar, en São Paulo, una niña que correrá bajo un calor abrasador repitiéndose «puedo, puedo».
Seguiré hacia el oeste, entrando en calor. Por la tarde, en Ciudad de Guatemala, me tocará un abuelo que correrá despacio. Nadie notará que soy el mismo dorsal, salvo él, que me mirará dos veces y susurrará: «¿Te quedas un rato?»
La gente creerá que el año acaba a medianoche y lo despedirá con uvas, sin preguntarle si quiere irse. Pero el año soy yo, el 365, y mientras alguien me lleve prendido al pecho, corriendo en algún lugar, no habrá campanadas.
41. VOLVER
GLORIA FERNÁNDEZ SÁNCHEZ
H.G. Wells, de unos 35 años, corre desesperadamente hacia la meta. La humedad del Tormes evoca su país.
—Sorry! Terribly sorry!
Va dando empujones a los participantes. Ellos, que recuerdan a los seres amados, quienes ya no compiten. Aunque se dirigen al futuro, al año que se aproxima.
—¡He de dar un mensaje a la reina!
Juzgando su extraña indumentaria deportiva lo toman por un excéntrico.
—Sorry!
El siglo XX comienza con Victoria en Osborne. Enero del 1901. Tres semanas después fallecerá de pulmonía.
—Cambiará el destino del imperio. Debo explicárselo.
Tras la línea de llegada detecta su máquina, esa silla brillante con las palancas de marfil.
—Oiga, ¿es usted Wells? -dice un profesor universitario- Creía que estaba muerto.
—Lo estuve. Y lo estaré.
Al fin le cuelgan una medalla, son muy amables.
—Sorry! Pero hay prisa.
Y vuelve enloquecidamente a un pasado que aún no ha existido.
42. Anatomía ancestral
Alex González Duque
«Qué sensación, qué pasión… ¿Cómo puede ser posible que se aglutine tanta gente en base a una cosa tan sencilla y ancestral como es correr?». Ese pensamiento me invadía la cabeza mientras movía las piernas zancada tras zancada, kilómetro tras kilómetro… hasta que, de repente, al levantar la cabeza, allí lo vi: era un arco despampanante en el que se podía leer una palabra en inglés: win. Entonces me di cuenta: correr significaba ganar. Ganar en salud, en experiencias, en momentos, en amigos… Al fin y al cabo, la vida no es más que una carrera que pasa volando y, si no le seguimos el ritmo, nos quedamos atrás.
43. paciencia
Jhon Felipe Benavides Narváez
Vio perderse a lo lejos al corredor número uno. La figura longilínea de su rival era solo un vestigio de la memoria. Dio un paso. Acortó la enorme distancia con otro más lento. Duplicaba al raudo competidor en edad y pesadez. Cuando al fin pudo cruzar la meta, nadie lo esperaba. Ante la ausencia de fanáticos, se sintió ganador al comprender que el tiempo era apenas una ilusión corriendo dentro de su caparazón.
44. Por si acaso
Laura Mindán Sanz
Llevo media vida en la misma esquina, detrás de la misma mesa, tendiendo vasos de agua a gente que no me mira, y no tiene por qué, porque yo tampoco los miro a la cara: los conozco por las manos.
He visto manos de niño que hoy llevan a otro niño de la mano, manos con alianza que un año volvieron sin ella, manos que un diciembre dejaron de pasar y que todavía, a veces, me parece ver entre las demás.
Yo les pongo el agua en la mano y ellos siguen. Así tiene que ser.
Cuando pasa el último, recogemos los vasos del suelo, uno a uno, sin prisa. Luego lleno uno más y lo dejo en el borde de la mesa, por si acaso.
45. El sitio de siempre
ÁLVARO GONZÁLEZ VILLORIA
Mi padre nunca ganó la San Silvestre Salmantina.
Corría con gorro navideño, saludaba a los conocidos y perdía minutos esperando a los rezagados. Decía que para llegar el primero ya estaban los autobuses.
Cuando murió, encontré veintisiete dorsales guardados en una caja de zapatos. Detrás de cada uno había escrito un nombre.
El del panadero. El de su compañero de trabajo. El de aquel vecino que apenas salía de casa.
Este diciembre me puse sus zapatillas y salí por Salamanca. Al cruzar el Puente Romano, alguien me dio una palmada. Después otro. Y otro más.
En la Plaza Mayor comprendí que no eran desconocidos. Eran todas aquellas personas a las que mi padre, durante veintisiete años, había convencido de que podían llegar a la meta.
Mi padre nunca ganó la San Silvestre Salmantina.
Pero aquella tarde comprendí que había pasado toda su vida ayudando a otros
46. Llega la mágica San Silvestre Salmantina
Sergio García Lobo
Pasan los años, pasan las carreras, llegan las navidades y toca despedir el año, pero no sin antes correr un año más nuestra querida San Silvestre de Salamanca.
Cómo cada año, los nervios comienzan la noche de antes, el habitual frio de las mañanas de Salamanca hace que el vaho salga de nuestras bocas. Todos y cada uno tenemos nuestro propio ritual: primero calcetines, después pantalón y por último camiseta, gorra y pulsómetro.
Salimos de casa con nuestra familia, nos acompañan a línea de salida, ellos están para animarnos a lo largo de todo el recorrido.
Justo antes de calentar, gel y al cajón. Los nervios van en aumento y las ganas de disfrutar se disparan.
Es el culmen a un año de entrenos, esfuerzos y tiempo robado a la familia.
Pistoletazo y a correr, es el momento de pasar por los lugares más míticos y mágicos de Salamanca.
47. (Doscientos) Setenta y pico
Jorge Juan Codina Ripoll
Felisa y Rosa sujetan a su madre por las muñecas, una a cada lado, como se sujeta a una prófuga. Faltan diez minutos para el pistoletazo junto al puente romano. En Libreros, llovizna.
La mujer mayor clava el paraguas entre dos losas.
—Es aquí.
—Mamá, ¿estás segura?
—¡Consuelito Guerra me adelantó aquí! Las Kelme se me habían hecho trizas, que si no, hubiera subido al podio. Mirad.
Rosa le suelta la muñeca. Felisa resopla.
La madre se desabrocha el abrigo. Luce un dorsal con rodales marrones, prendido al jersey con cuatro imperdibles; Rosa le endereza el de arriba. El número: doscientos setenta y pico —ilegible la cifra final—.
La madre saca el recorte que ha descolgado de su marco en la salita: el marido, sin ella, sonriente, pecho henchido, el diploma de cuarta clasificada en alto, la camiseta impoluta y el dorsal 272 mal anudado a los tirantes.
48. Contra mí mismo
Félix López Rodríguez
En la Salmantina, Mateo decidió que cada kilómetro sería un año de su vida.
En el primero dejó atrás al niño que corría sin miedo. Frente a la Universidad adelantó al joven que abandonó los estudios. En la Plaza Mayor alcanzó al hombre que llamaba prudencia a cada derrota.
En el Puente Romano, la pierna se bloqueó. Faltaban tres kilómetros.
«Hasta aquí», ordenó su cuerpo.
Entonces vio a un corredor delante: su espalda, sus canas, el mismo dorsal. Mateo lo persiguió. Cada vez que flaqueaba, la figura se alejaba.
En el Paseo de San Antonio reunió sus fuerzas. Antes de la meta, el rival desapareció entre la multitud.
Mateo cruzó. Lo buscó y encontró su rostro en un escaparate junto al cronómetro.
Comprendió quién corría delante: el hombre en que se convertiría si dejaba de luchar.
Mateo sonrió. Acababa de dejarlo atrás.
49. DOS LUNAS
LEYRE ZÁRATE ÁLVAREZ
La salida se abre.
Salgo.
Mis zapatillas buscan el asfalto como un latido.
Respiro cada cuatro zancadas.
La ciudad se abre a mi lado; no miro hacia abajo, no regalo centímetros.
A mitad de carrera, el pecho quiere explotar.
Aquí empieza la batalla.
Un corredor intenta colarse por dentro.
Apoyo fuerte.
La carrera es dura.
Veo la meta.
La cruzo.
Silencio.
Luego, el mundo vuelve.
Alguien repite mi nombre despacio.
Me siento en el suelo; el asfalto está áspero y frío.
Mi entrenador aparece.
Me dice que lo he corrido como si me lo estuvieran contando al oído.
Sonrío.
Abro los ojos.
La sala tiene paredes claras.
Los aros de mi silla de ruedas brillan como dos lunas.
¿Te has visto en la San Silvestre Salmantina? —me pregunta mi terapeuta.
Sí. Y la he vuelto a ganar —respondo.
La carrera me espera cada semana.
Y yo siempre cruzo la meta.
50. PALPITAR
Ángel Saiz Mora
Me apunté al club de atletismo por recomendación de mi médico, para mejorar la salud cardiaca. Nunca hubiese imaginado encapricharme de la entrenadora. En sus miradas creía ver correspondencia unas veces; otras, un espejismo.
Soy tímido e indeciso, aunque no dudé en inscribirme en la San Silvestre Salmantina al saber que ella lo había hecho. Su inoportuno esguince fue decepcionante, pero volví a ilusionarme cuando aseguró que estaría entre el público.
De todas sus enseñanzas, puse mucho esmero en mantener una postura correcta y gallarda, ya desde la salida en el Paseo de San Antonio, pero me desalentaba, metro a metro, no encontrarla tras las vallas, ni escuchar sus ánimos con mi nombre.
Su ausencia logró apagarme traspasada la meta. A este fundido en negro siguió el de unas manos que me taparon los ojos.
Mi corazón, que ya casi había recuperado sus pulsaciones habituales, no esperaba ese beso.
51. LATIDOS DE PIEDRA Y ORO
Adriana Sanz Calvo
El aliento de cientos de corredores se espesaba en la brisa helada de Salamanca. A las 16:00, la marea de camisetas vistió de vida la Calle San Pablo, disolviendo el frío de diciembre bajo un estruendo de aplausos y zapatillas golpeando el asfalto.
Entre la muchedumbre corría Martín, sintiendo cómo cada zancada contra la piedra dorada de la Plaza Mayor amortiguaba el peso de un año difícil. Al atravesar el arco hacia el Ayuntamiento, otro corredor rozó su hombro y le dedicó una sonrisa cómplice: “¡Vamos, que ya casi estamos!”.
No había medallas de oro en juego, solo la gloria compartida de vencer al frío y al cansancio. Al cruzar la meta en el Paseo de San Antonio, ahogado en vítores y serpentinas, Martín respiró hondo. La San Silvestre no era una simple carrera; era el abrazo colectivo de una ciudad despidiendo el año a golpe de zancada y esperanza.
52. CABEMOS TODOS
JULIA FLORES ARENAS
Hoy ha sido la San Silvestre. Hice dos inscripciones, para mi hija Victoria y para mí. He corrido varios años y siempre había venido conmigo, acompañándome.
Hace tiempo que quiere participar, disfrutar, que la hagamos juntas.
“Si entrenamos juntas, corremos juntas”, dice lentamente con mirada transparente, convenciéndome.
Otros años, ante su insistencia, le decía que una forma de participar es acompañar al corredor, que supiera que hay alguien animándolo con aplausos, que lo esperara en meta, alguien con quien celebrar y compartir todos los momentos, buenos y…regulares.
Hoy mi objetivo estaba claro: que corriera, que disfrutara, que resistiéramos hasta el final, no importaba en qué posición quedáramos.
Ha puesto todo su empeño. Hemos llegado, exhaustas, las dos. Lo importante es que se siente una más, que nadie le ha puesto objeción por tener síndrome de Down, que es una corredora como todas que, en la salmantina, comprobado, cabemos todos.
53. El apellido
Nicolás Cabrera García
La Salmantina rugía bajo miles de pasos. Yo corría junto a mi hijo, como cada madrugada, aunque esta vez nadie parecía escuchar mis zancadas.
—No aflojes —le dije.
Apretó el ritmo. La meta se acercaba y, con ella, aquel sueño que durante años habíamos perseguido juntos. Cruzó la línea entre aplausos. Quise abrazarlo, pero él siguió de largo, buscando a alguien entre la multitud.
Entonces levantó la medalla hacia las gradas vacías.
—Lo conseguimos, papá.
Miré mis manos. La lluvia las atravesaba.
En el podio, el locutor pronunció su nombre y, después, el mío. Mi hijo sonrió. Por fin, nuestro apellido tenía un lugar en la historia.
54. Mi primera carrera
Bryan Eber Zea Ventura
Un hombre sin dorsal, con la frente lluviosa y la vista nublándose, corre con una tortuga de felpa en la mano.
—Esa es la meta —dice la tortuga.
El hombre, tambaleando, la lanza hacia el arco del Paseo de San Antonio.
—Felicidades. Me ganaste, hijo —añade, mientras cae.
Desde la cama 203, con el gotero cayendo como reloj de arena, un niño levanta los brazos. En su muñeca, mi dorsal 7887.
55. De cómo se entrenan en el Sur
Silvana de Fátima Santacruz Burbano
Lo nocturno marca el inicio y el ritmo del entrenamiento. Las luciérnagas que pasan rasantes les exigen a los corredores del Sur entrenar toda la noche. La montaña regula su respiración hasta que nadie alrededor pueda sentirla. Respirar, un leve suspiro. Esta práctica suele durar hasta la madrugada. Algunas veces descansan detrás de un árbol, una roca o una pared a punto de derrumbarse. La jornada cesa en la madrugada, cuando el sol devela los cuerpos de metal de aquello que creían insectos. A veces dura meses o años. Los corredores del Sur no conocen el tiempo que nos limita.
56. Lágrimas de lluvia
María Nieves Angulo Salazar
Ahí vamos los dos, con los nervios y la cafeína bailándonos por el cuerpo: la mía ―la cafeína―, en forma de gel energético; la suya, de cortado con un chorrito de pacharán. Es mi primera San Silvestre Salmantina y su primera visita a la ciudad. En silencio, recorremos las calles mojadas por una débil llovizna: yo, calzado con ultraligeras zapatillas de fibra de carbono; él, con los zapatos de vestir apestando a betún.
Me sitúo en la salida, entre los participantes. El abuelo ―orgulloso espectador― enciende un faria. Lo reconvengo con la mirada y se encoge de hombros, como diciendo: “Ya, para lo que me queda…” Tres meses, aseguran los médicos. No habrá otra San Silvestre para él, mi confidente, guía, ejemplo y consejero en el deporte y la vida. Y ambos, pudorosos, fingimos que son lágrimas de lluvia las gotas que nos humedecen las mejillas.
57. La lata de membrillo
Xavier Pardell Peña
Mi abuela guardaba los dorsales del abuelo en una lata de membrillo, doblados en cuatro y con los imperdibles puestos, por si acaso. Eran treinta y uno, uno por cada Nochevieja en que volvió de correr por Salamanca oliendo a linimento y con hambre de caldo.
Este año ella sacó la lata del armario sin que nadie se lo pidiera. Escogió un dorsal sin mirar, lo alisó con la palma sobre el hule de la cocina y me lo prendió en la camiseta, encima del mío.
—Para que no corras solo.
Salí con dos números en el pecho. En la cuesta, cuando ya no podía con las piernas, noté una mano en la espalda. No me volví. El abuelo siempre decía que en la cuesta no se mira atrás.
En la meta me esperaba ella con la lata abierta.
Dentro había sitio para uno más.
58. SALMANTINA SENSORIAL
VICENTE MONGE PRIETO
Sesentón y ciego, se lanza cada año a la San Silvestre Salmantina como quien se mete en una fiesta.
Lo escucha y lo percibe todo: los nervios en el calentamiento, los tiempos que cada uno quiere hacer, y la incansable voz de ánimo del speaker.
Su amigo le toca el codo de vez en cuando, pero él se guía por el ambiente que reina en la carrera: las respiraciones aceleradas, la bravura de los corredores y ese trote de la multitud que resuena en el silencio de una calle estrecha.
Salamanca huele a invierno, a piedra fría, a chimeneas y a churros. Reconoce cada rincón por el que pasa gracias al olor y al sonido que desprende.
Sabe que la meta está cerca. Cada vez se escuchan más fuerte los aplausos, el micrófono y siente el calor de la gente.
Entonces sonríe, cruzando la más bella meta en su imaginación.
59. Diferencias irreconciliables
María Domínguez Blázquez
Venía de un formidable verano, disfrutando de largos paseos y luciendo un esmalte rojo arrebatador.
Pero llegó septiembre, y algún delirio de juventud nubló el juicio a esta madurita de ambiciones desmedidas e inexistente fondo físico. ¡Le ha dado por el running! ¿Propósito del nuevo curso? ¿Síntoma de una evidente crisis existencial?
Llevo semanas soportando el martirio de su zancada agónica por el pavimento salmantino, estampada contra la puntera de una zapatilla flúor. Y ¿para qué? Para terminar la San Silvestre a una inconmensurable distancia de cualquier riesgo de podio y hacerse con el magno trofeo de una pieza de fruta de temporada.
No conforme, en marzo pretende acabar, o profanar, una media maratón. ¿Qué será lo siguiente? ¿Conquistar el asfalto neoyorquino?
Esta afición ha terminado con nuestra relación. Me he teñido de negro luto y estoy lista para cesar la convivencia. Y pensar que éramos uña y carne…
60. Corredor 8
Ricardo Nieto Rodríguez
Como gordo de la clase, no me gustaba nada correr. Sacar buenas notas en función de una marca era complejo por el sobrepeso y la autoestima baja. Los insultos de los compañeros me afectaban hasta que probé la San Silvestre de Salamanca. Era una carrera en la que nadie te miraba, y si te miraban, era para echarse unas risas sanas. Los corredores más llamativos estaban contentillos con un disfraz de otro mundillo. Así es como empecé a disfrutar del ritmo de la carrera, mi propia danza, un estado alternativo, pues se disfruta de la marcha. Poco a poco, año tras año, conseguí autoestima y salud de hierro. Todo era maravilloso hasta que me encontré al negro de los cabezudos de Salamanca, en la marcha. Como era uno de mis traumas, salí disparado y gané la San Silvestre para asombro de los atletas etíopes.
61. ¿Por qué corres?
Ramon Flores Pinedo
El peso pasaba de un pie al otro, era un justo equilibrio. Al principio, mi respiración se quebraba, pero rápidamente encontraba su sitio: tac tun tac, tac tun tac. El golpe de las zapatillas y mi respiración creaban una cálida melodía que me devolvía el ritmo.
De repente, el tiempo se quedaba inmóvil, a la espera de algo. Los coches y los niños, los perros y las aves también guardaban silencio. Y el viento me hablaba. Volvía a repetirme la pregunta que en otras ocasiones no había sabido cómo responderle.
—¿Por qué corres?
Esta vez le respondí: le dije que buscara la respuesta en el asfalto enfrente de mi casa, en el puente de piedra, en los almendros de la vereda, en la sombra de mis pasos y en el aire.
—¿En el aire? —exclamó sorprendido.
Y yo que pensaba que éramos la misma cosa.
62. Salamanca mujer y trota
Wikénferd Oliver-Pérez
Llenarse los pulmones, todo el cuerpo, ojos, entendiendo que no es corto el trayecto del puente siglo uno y andar ligera por más de 2026 años. Haciendo lo mejor para saberse sapiens, erecta y feliz de compartir el mismo modus operandi que miles de atletas juntos por calles y fachadas que cuentan viéndote, ellas, año tras año, conservando a Salamanca la hermosa, la valorada universitas 1218. Darles vida eterna a los sitios inesperados al compás del trote, irte a San Policarpo de 1626 y seguir mirando de un lado a otro, perpleja. Y debajo, el sostén pétreo, mineral, Vía de la Plata, la calzada. El recorrido imponente para disfrutar del sudor y de hacerte historia también. Contarás los pasos que te trajeron a Salamanca y le harás corta la distancia a quien te oiga. Ya lista para partir, miras tu muñeca temporizada y trasciendes el paseo de San Antonio.
63. El hacedor de carreras
Eduardo Cordero Sánchez
―Esas son las campanas de la catedral ―dice un corredor a otro corredor.
―¡No me digas!
―Nos confirman que falta poco para la meta. Dime, ¿has cantado ya los himnos a nuestro Santo?
―¿A qué Santo?
―A San Silvestre, por supuesto. Debemos darle las gracias por haber creado esta carrera.
―Exactamente ―interviene un corredor con ropas muy antiguas.
―¿Y tú quién eres?
―San Silvestre, el creador de esta carrera. ¿Entonces no cantarás para mí?
―¡Me voy! ¡Me voy! ¡Me voy!
―¡Qué canto más hermoso!
―¡Qué himno más devoto!
Y así es como el corredor consigue ganar la carrera.
64. Tú puedes, charro
ALICIA RODRÍGUEZ GARCÍA
Se sentía a punto de desfallecer. Sofocado, notaba el calor concentrándose en su rostro. Su cuerpo, bañado en sudor. Su vista, nublada. Y su respiración, cada vez más jadeante, se le antojaba insuficiente para seguir oxigenando sus músculos entumecidos. El frenético ritmo que mantuvo desde la salida y la aceleración en Calle Zamora le estaban pasando factura: logró ir en el primer pelotón, a la cabeza de los corredores, pero ya en el Puente Romano empezó a dudar de que pudiera lograrlo. Acababan de transitar a paso veloz la calle de la Universidad... cuando la vio. Entre otros desconocidos que animaban, estaba ella. A la altura de la Casa de las Conchas. Gritó, alzando la mano: “¡tú puedes, charro!”. Una inyección de energía recorrió de nuevo sus articulaciones. “Yo puedo”. Y presa de una fuerza desconocida, casi sin aliento, se salió del recorrido hasta llegar a ella, y la besó.
65. Hoy gano yo
Marta Martín Morales
Termina un año más para todo el mundo, pero termina nuestro año para mí. Con 65 años recién cumplidos y la jubilación fresca en el bolsillo, Aurelio aguarda la salida de la San Silvestre salmantina. Mientras a su alrededor decenas de corredores calientan impacientes por dar la primera zancada, él fija la vista en el cielo y murmura hacia dentro:
—Mi amor, hoy corro por ti con esta camiseta de tirantes rosa fucsia que llevaste el año pasado.
Frente a los parches de hidratación, las zapatillas con suela de carbono y los relojes con GPS, seguro que este año gano yo. Mientras suena el cohete de salida, sonrío pensando si la organización terminará incluyéndome en la categoría de disfraces.
66. El ultimo reflejo
P. Diaz
Los aplausos cruzando el puente romano al paso de mi decimotercera San Silvestre me reconfortaban. Correr entre atletas y aficionados disfrazados me parecía divertido, hasta que volví a sentir aquella presencia. Me dí cuenta que llevaba kilómetros pisándome los talones, copiando exactamente mi ritmo. Al girar la cabeza, me crucé con sus ojos: eran idénticos a los míos, pero sin vida. Vestía idéntica ropa técnica, rota y manchada con la misma sangre que yo intentaba dejar atrás. Aceleré el paso, esquivando a un grupo disfrazado de elfos, asfixiado por el pánico; nadie lo miraba. Al rozar la meta, una mano helada se posó en mi hombro.
—No puedes huir de ti mismo —susurró mi propia voz.
Crucé la línea en solitario y me apoyé, exhausto, contra el escaparate de turismo en la plaza mayor. Pero, al mirar mi reflejo, el rostro que me sonreía ya no era el mío
67. ELIXIR DE ENSUEÑO
Julio Cesar Valotta Luna (Julio Cesar Luna)
Cuando llegué del trabajo el silencio me golpeó.Claro,pensé,los niños están en e colegio y Lili los está recogiendo.Cansado,me senté en el sofá y el sueño me atrapó.Sin pausa,soñé que atravesaba un inmenso desierto bajo un sol recalcitrante.Sentiá la garganta seca.No hacía mucho que volví a ver el gran clásico del cine,Lawrence de Arabia,donde muestran las tomas más bellas,a un árido desierto.Mi sueño me llevó a las escenas donde el protagonista sufría la sed más espantosa,después de dos días de estar montado sobre un camello,sin una gota de agua.De pronto algo suave rozó mis labios...sentí luego un sabor celestial .Abro los ojos y Lili, junto a mi sonreía,mientra sostenía en su mano un algodón mojado.Abrí los ojos y pregunté.-¿Es lo que yo me imagino?.-Sí,mi amor,respondió,es el que probaste en España y te fascinó.Me sorprendió verlo en el mercado y lo traje: "BRANDY JEREZ CARDENAL MENDOZA",dijimos al tiempo.Bebimos y nos volvimos enamorar.FIN
68. PINCHAZO
Raúl Garcés Redondo
En el momento en que rebasa la línea de meta, el exhausto corredor extrae de no sé sabe bien dónde, quizá sea mejor no saberlo, su teléfono móvil para llamar a casa. Supone que siendo las fechas que son, estará toda la familia reunida, primos del pueblo incluidos.
—¡He terminado la carrera! —anuncia eufórico elevando la voz entre el bullicio que le rodea —Sí, mamá. La carrera. En Salamanca.
Todo es alborozo al otro lado del auricular. Le parece escuchar incluso el descorche de una botella. Las felicitaciones se suceden y el exultante participante de la San Silvestre se siente flotar como un globo. Tras las despedidas ya se dispone a colgar cuando acierta a oír de fondo:
—¿Lo veis? Y vosotros diciendo que el chico no llegaría a nada en la vida. ¡Toda una carrera universitaria y nada menos que en Salamanca!
69. EN DOS PALABRAS
José Antonio del Olmo del Olmo
En Nochebuena.
Entre cuñados.
Así surgió.
Primera idea.
¡A correr!
¿Nos atrevemos?
Por supuesto.
San Silvestre.
Otra Salamanca.
Con ilusión.
Con emoción.
Con recelo.
Próximo año.
Allí estábamos.
San Antonio.
Emoción máxima.
¡Tanta gente!
Gritos alegres.
Cuenta atrás.
Allá vamos.
Momentos mágicos.
Plaza Mayor.
Rana mira.
Momentos críticos.
Puente Romano.
Hay subida.
No parece.
Se sufre.
Respiración agitada.
Se habla.
Padecimiento compartido.
Su debut.
Dos novatos.
Hablamos largo.
Kilómetros avanzan.
Cansancio apaciguado.
Palabras reductoras.
Dos vidas.
Dos trayectos.
Mismo esfuerzo.
¿Inicio amistad?
Coincidiríamos más.
Mucho más.
Es empezar.
Y seguir.
Así fue.
Carreras infinitas.
Apareció allí.
Se veía.
Un sueño.
Llegamos exhaustos.
Sin resuello.
Pero felices.
Meta conseguida.
Promesa mutua.
Última, no.
Sin espera.
Otras muchas.
Descubrimos algo.
Una oportunidad.
Descubrir mundo.
Visitar pueblos.
Era correr.
Y empezamos.
Hace tiempo.
Hasta hoy.
Medio país.
Nuestra visita.
Aún queda.
Otro medio.
La causa.
Aquel día.
En Salamanca.
Sus calles.
Sus plazas.
70. El adelantamiento
José Luis Mateo Grande
Mi padre llevaba tres años sin correr. Decía que las rodillas, que el frío, que ya no estaba para disfraces. Por eso, al verlo en la salida de nuestra San Silvestre Salmantina, vestido de astronauta y con el dorsal sujeto por imperdibles, pensé que había perdido una apuesta.
—Ve tranquilo, papá. Esto no es la NASA —bromeé.
El que salió disparado fui yo. Entre charangas, renos y espectadores, crucé media Salamanca convencido de que lo había dejado atrás. En la cuesta final oí su respiración detrás de mí.
—Aparta, campeón —dijo.
Me adelantó justo antes de la meta, agitando los brazos como si aterrizara en la luna. Cuando llegué, lo encontré llorando bajo el casco.
—¿Te has hecho daño?
—No. Es que hoy he corrido por primera vez desde que te diagnosticaron el corazón.
Había cruzado la ciudad disfrazado de astronauta solo para aterrizar a mi lado.
71. Imparable
Andrea Carpio Cobo
Cuando ves la meta de lejos: cuesta hablar. Cuesta moverse. Cuesta respirar. Cuesta pensar. Trescientos metros. La mente grita: “no puedo más”. Doscientos cincuenta metros. Los pulmones quieren coger más aire, no pueden. Doscientos metros. Las piernas quieren ir más rápido, no responden. Ciento cincuenta metros. El corazón está desbocado. Cien metros. Parece que no avanzas, pero no te detienes. Amplias la zancada. Cincuenta metros. Te impulsas como nunca. Veinticinco metros. Sientes el furor del público. Diez metros. Nueve, ocho, siete… Cruzas la meta. Te sientas en el suelo con los ojos acuosos mientras te abrazas las piernas. No es la llegada lo que te hace feliz, es no haberte rendido.
72. 10 KMS DE PENITENCIA
ISABEL MARIA PEÑA MACIAS
No quería apuntarme a la San Silvestre porque yo, ejercicio, cero, pero mi hermana insistió. “Por una buena causa” decía…. sólo 10 kms….. ¿¿Sólo 10 kms?? Si ya levantarme de la taza del wc me costaba…. Me inscribí por no oírla. Nombre de dorsal elegido para vengarme: “Ella no quería, oiga”. Pagué 25 euros. ¡Qué desperdicio!…. Una burrada para sufrir. 25 eurazos por una camiseta fosforescente con la que parecía una bola de navidad dorada. Llegó el día de recoger el dorsal. Cuatro horas de cola, frío, gente vestida de cualquier cosa y yo dando el cante con unas mallas ajustadísimas que me hacían parecer el muñeco michelin, una camiseta talla S que pedí en un “éxtasis” de falso optimismo, y un gel energético que olía a tubo de escape. Empecé a correr los 10 kms.sin ganas.Con estas pintas y este garbo no me iban a animar, sino a rescatar.
73. Pareja
Alfonso Pliego Santos
Mi abuelo corrió la primera San Silvestre con zapatillas remendadas. Ahora yo empujo su silla de ruedas por la calle Compañía. Al pasar junto a la Plaza Mayor, él levanta el puño como si aún quedaran cien metros. La multitud aplaude, y yo entiendo que el atletismo no siempre es correr: a veces es sostener, acompañar, cruzar la meta por quien ya no puede. Al terminar, me da su dorsal antiguo, cuidadosamente doblado en cuatro: “Guárdalo –me dice—. El próximo año corre tú por los dos”. La San Silvestre no acaba en la meta: empieza en cada Noche vieja que decides no dejar solo a nadie.
74. La meta invisible
Maroua Bensfia Khiyat
Era mi primera San Silvestre Salmantina y solo pensaba en llegar antes que los demás. Al comenzar la carrera, corrí con todas mis fuerzas, convencida de que ganar era lo único importante. Pero, durante el recorrido, vi a corredores animando a quienes estaban cansados y a personas que sonreían aunque fueran las últimas. Uno de ellos se detuvo para acompañar a otro que necesitaba ayuda. Aquella escena me hizo pensar. ¿De qué servía llegar primero si olvidaba disfrutar del camino? Cuando finalmente crucé la meta, comprendí que había empezado queriendo vencer a los demás, pero terminaba descubriendo algo mucho más valioso: la verdadera victoria estaba en superarme a mí misma.
75. 10.000 metros sin correr
Cristobal Isaac Gutiérrez olivares
Soy veloz… competitivo, un ganador.
[Sí, así es].
¿Hace tiempo me dedico a esto, sabes? Y no hace mucho que gané.
[Obvio, lo mejor].
La gente me halaga, yo me halago.
[Y lo seguirán haciendo].
La prensa ya tiene mi premio… ellos lo saben.
[Yo igual].
Todo el mundo lo sabe: las gradas… la televisión… el periódico…
[Excepto tú].
¿Me estás escuchando? ¡No me ignores! ¡Deja de concentrarte en el disparo de salida!
[¡Engreído!].
Está bien, no importa… esto está ganado.
[Solo tres segundos… solo hasta que suene].
¿Qué te había dicho?
[Linda perforación].
¿Y ustedes…? ¿Qué opinan de mis valores?
76. HERENCIA
Claudia Alejandra Morales
Tuvo que colgar el dorsal el día que empezó a vivir con él. Las prohibiciones se convirtieron en muros y eso que llamaban amor, en un golpe definitivo del que jamás despertó.
Guardé durante años la medalla que conquistó en esta misma ciudad, el único trofeo de su libertad robada. Hoy la llevo colgada al cuello mientras espero el pistoletazo de salida entre miles de corredores.
El aire helado de Salamanca me quema la garganta, pero mis piernas avanzan con una furia heredada. Rompo la niebla, adelanto sombras y aprieto el metal en cada zancada. Esta no es solo una carrera popular; es nuestra justa revancha contra el silencio y el miedo.
Al cruzar la línea de meta, sonrío al cielo. Este año corrí por las dos.
77. Fe de vida
Luisa Fernanda
Remedios se prende el dorsal de Anselmo con cuatro imperdibles, uno por esquina, como hacía él. Debajo, su anorak, que todavía huele a Farias.
Ha calculado el ritmo en la cocina: este año debe llegar cuarenta segundos más tarde que el pasado. Un hombre de ochenta y un años no mejora.
Sale en el último cajón, entre disfraces y niños que gritan. Hace un frío de piedra. Corre despacio, sin adelantar a nadie, igual que corría él.
En la meta, el chip lo confirma: Prieto Garrido, Anselmo. 1:04:37.
El dos de enero llamarán los hijos desde Hamburgo, como siempre.
—Hemos visto la clasificación, mamá. Qué fuerte está papá.
—Ya lo conocéis —dirá ella, mirando el limonero del patio, que nunca ha dado tanto.
78. La última en llegar
Angels vinuesa fernandez
A sus ochenta y dos años, Carmen se colocó el dorsal con manos temblorosas.
—Abuela, ¿seguro que quieres hacerlo?
Ella sonrió.
Los corredores desaparecieron entre aplausos. Carmen avanzó despacio, aferrada a una fotografía que guardaba junto al corazón.
Cuando alcanzó la meta, ya estaban retirando las vallas.
Un voluntario se acercó.
—No, joven. Hoy hemos llegado los dos.
Treinta años atrás, su marido había prometido correr aquella carrera con ella. La muerte se adelantó al disparo de salida.
Carmen besó el dorsal.
Por primera vez en tres décadas, no sintió que caminaba sola.
Porque hay carreras que no se ganan llegando primero, sino consiguiendo que el amor cruce la meta.
79. El hijo de Tomé
José Antonio Pablos
—¡Detén el paso, Lázaro! Oigo voces… y el golpear de pies contra el camino. Prepara los pliegos y los romances. Quizá saquemos de aquí alguna blanca que llevarnos a la boca.
—No os hagáis ilusiones, mi señor. De esa gente no sacaremos ni una moneda. Son mozos y mozas que corren como si el diablo les fuese pisando los talones.
—¿Y qué buscan?
—Dios sabrá. Yo no veo más que piernas, polvo y colores por todas partes. Y mirad: ya toman el puente.
—Pues apresúrate. Si no quieren escuchar nuestros versos, al menos intentaremos seguirles el paso.
—Eso quisiera verlo yo, señor. Antes llegaréis vos al cielo que alcanzaremos a esos locos.
80. El Último Disfraz
BLANCA ELENA RODRIGUEZ VALOY
Soy un dinosaurio tambaleándose entre la multitud de la San Silvestre salmantina. Mi amiga insistió: “¡Disfrázate de algo divertido!”. Pero no corro por diversión. Así que aquí estoy, sudando, sofocada, pero corriendo.
Mientras avanzo, me asalta la duda: ¿por qué siempre cedo a demandas ajenas?, ¿por qué me cuesta decir que no? Es más fácil seguir a la mayoría que liderar un destino pero, ¿a qué precio?
A la altura de la Plaza Mayor algo cambia dentro de mí: el impulso salvaje de extinguir para siempre mis miedos. Para muchos la carrera ha terminado, mientras yo emerjo de la cáscara de mis complejos.
Viejos programas desaparecen con cada zancada ya en los últimos metros. Este es el último disfraz que me pongo. Hoy no se trata de vencer a los demás. A partir de ahora solo seré yo. Sin máscaras.
81. LA SAN SILVESTRE PASA POR GUIJUELO
Roberto Marín Luque
Después de comer, la abuela se puso a rezar un Rosario a ver si así se callaba el gato. En la tele estaban retransmitiendo la San Silvestre Salmantina.
—Este año pasa por Guijuelo—.Dijo el tío Selenio.
El abuelo, se vistió de corto y dijo: «En Jabugo ya no quedan jamones». Todos nos miramos con gran estupor. El gato no paraba de maullar desde hacía dos noches.
Fue en ese preciso instante cuando la vecina, que nunca había ido a misa de nueve, suplicó de rodillas a la abuela que por favor se callara ya con tanto Rosario. El abuelo, que había salido hacía dos horas, volvió con un jamón de Guijuelo y nos invitó a todos a desayunar con la condición de que nos inscribiéramos en la San Silvestre del año que viene, a ver si así dejábamos en paz al gato.
82. RUN FORREST GUN
MARIO MERINO ORTEGA
RUN FORREST RUN
Estaba andando tranquilamente por la calle, de vuelta a casa, cuando, de repente, vi a mucha gente a mi alrededor. No sabía qué estaba pasando. Todo el mundo me gritaba que corriera y que no me parara.
Asustado, me imaginé lo peor y empecé a correr como si no hubiera un mañana. El corazón me latía a toda velocidad y apenas podía respirar. Miraba hacia atrás constantemente, temiendo descubrir qué nos perseguía. Adelantaba a algunas personas, pero no podía detenerme a ayudar a nadie.
Al ver que todavía había gente huyendo, aceleré el paso. ¿Un atentado? ¿Un robo? ¿Un tiroteo? Esas ideas me aterrorizaban, pero también me daban fuerzas para seguir corriendo y salvarme.
Finalmente, llegué a un extraño arco. Allí, varias personas me detuvieron al grito de «¡Enhorabuena!». Confundido, recibí una medalla y un hombre bien vestido me dijo:
—¡Enhorabuena! ¡Has ganado la San Silvestre Salmantina!
83. MISSION IMPOSSI-MAMA
MERCEDES ORTEGA NUÑEZ
MISSION IMPOSSI-MAMA
Cada mañana comienza mi carrera antes de que salga el sol. Corro para levantar a los niños, llevarlos al colegio y llegar al trabajo. Corro al supermercado, preparo la comida a contrarreloj y vuelvo a correr para recogerlos. Después corro para llevarlos a las actividades extraescolares, los deberes, las duchas, la cena y la casa, que nunca termina de estar recogida.
Mis piernas y mis zapatillas conocen cada rincón de Salamanca. No tengo medallas ni público que me anime, pero llevo años entrenando entre mochilas, lavadoras y listas interminables.
Por eso, cuando me inscribí en la San Silvestre Salmantina, todos me preguntaron si estaba preparada.
Sonreí. ¿Preparada? ¡Si llevaba toda la vida corriendo!
84. Cien metros
Enrique Castelló Navarro
Cien metros.
Aquella mañana, en el instituto, habían estudiado el poder igualatorio de la muerte.
Mientras el profesor hablaba, él estaba lejos: las discusiones de sus padres, la habitación compartida con sus dos hermanos, las clases particulares de inglés que no tendría, la bicicleta a la que jamás se había subido, las cenas familiares que nunca fueron.
Por la tarde llegó a la pista.
Allí no importaban los zapatos gastados ni las facturas pendientes, ni su nombre, ni el barrio donde había nacido. Sólo sus piernas, su alma y aquella línea blanca al final de la recta.
Se agachó, apoyó los dedos sobre el tartán y esperó la señal.
Durante cien metros fue dueño de todo lo que la vida le había negado.
Cruzó la meta el primero.
Entonces entendió que la muerte no era lo único que podía igualar.
85. Quinientos
Omar Fernando Argüello
Nadie sabe que una infancia terrible marca cada paso que da. Correr era escapar y escapar era vivir. Su velocidad no nació del entrenamiento, sino de la supervivencia.
El trescientos doce cubre su pecho, pero el único número que valora es el quinientos, que fueron los pasos que le permitieron escapar de la muerte, la noche en que los rebeldes invadieron su aldea y eliminaron a todos. Solo él se salvó.
Por esa razón, cuenta los primeros quinientos pasos, como si su existencia dependiera de ellos. Mira para todos lados, asustado, hasta que recuerda que está corriendo la San Silvestre Salmantina, que la selva pertenece al pasado, que el público le transmite el aliento que necesita y que nadie lo persigue. Recién entonces se concentra en la competencia. No tiene mejor aliciente que saber que, cuando cruce la meta, estará recuperando su identidad, su libertad y su alegría por vivir.
86. ESFUERZO
Jorge Vaquero Andaluz
Ayer busque la luz de la mañana y los colores dorados del Tormes, la ciudad somnolienta espera junto a la escarcha miles de pisadas en sus caminos, en sus veredas, en las sendas, en los puentes, en los adoquines de la Rua.
Hoy es un día especial, me he esforzado, sonreído, sudado, entrenado, los guantes de lana me siguen trayendo viejos recuerdos, añoranzas de los míos que tanto quiero.
Salgo a la calle, sin prisa, miro mi dorsal, mi reloj inteligente, el bullicio que destierra la monotonía, cruzo la Alamedilla, cada vez somos más, me animo, me aferro a mis sensaciones, a mi propósito, a mi ilusión, hoy puede ser mi gran día.
Salimos, me voy posicionando, al llegar a la Plaza suenan más altos los aplausos, el río, el puente romano, seguimos y por mi posición sigo ilusionado.
Subo, callejeo, desenfreno, el corazón alborotado, la cinta, he ganado.
87. 7007
Jessica Muñoz Paredes
Los kilómetros no saben cuántos somos.
Se extienden entre la salida y la meta, indiferentes, idénticos. Los mismos para quien corre a ganar y para quien solo necesita llegar. Para quien lleva una promesa en el bolsillo y para quien lleva un año intentando recuperar el aliento.
Suena el disparo. La Navidad aún está en la mesa. Cada kilómetro es el mismo para todos y distinto para cada uno: alguien deja sudor, alguien pelea con el miedo, alguien bajo un disfraz pronuncia un nombre en voz baja a la altura de la catedral.
De todo lo que podría contarse, solo hay una certeza: somos 7.007. La cifra se lee igual de ida que de vuelta.
Nosotros, no. Volvemos a casa cansados, pero por dentro, más ligeros.
88. PASO OBLIGADO
José Francisco Sánchez Lozano
En el kilómetro seis de la San Silvestre Salmantina, Elena vio salir a un corredor por la puerta lateral de un aparcamiento. Reconoció sus calcetines amarillos: lo había adelantado dos kilómetros antes. El circuito rodeaba el edificio por tres lados; por dentro, un pasillo unía la primera calle con la última.
Iba tercera. Memorizó el dorsal y se detuvo a avisar a un voluntario. Cuando volvió a correr, la cuarta ya la había pasado.
Al publicarse la clasificación provisional, acudió a la Secretaría. Recibió un impreso. En «Fecha de los hechos» escribió la de ese día. Anotó el dorsal y dibujó las dos puertas, la escalera y sus dieciocho peldaños.
La encargada extendió la mano. Elena retuvo la hoja.
Firmó. Pidió otro impreso, copió el dibujo y, en «Fecha de los hechos», escribió la de su victoria del año anterior.
En «Dorsal denunciado» puso el suyo.
89. Descarga las bases
RUBÉN MORATALLA MAYO
Un papel de cuatro dígitos sobre mi pecho. Delante del espejo, con unas canas ya incipientes, escaneo el esguince con unos golpecitos de ánimo. Valoro llegar hasta aquí un año más. Mi cabeza ha dibujado el recorrido durante la semana. Plaza Mayor, Puente Romano, Casa de las Conchas… El running es correr y apreciar. Mi CV guarda el frío de los entrenos, los wasaps de ánimo, las dudas y la nostalgia. Pero necesito algunas palabras más. No puedo limitar a ciento cincuenta la extensión de la carrera. Quiero unas líneas extra que me alienten a anudarme las zapatillas el próximo curso.
Me acerco a la meta emocionado, exhausto, cuando una voz me impide cruzarla.
«Pero no me haga esto, amigo —imploro—, ¿qué importa ahora si lo presenté sin título?».
Niega con la cabeza. Con gesto compasivo, me muestra una tablet, donde alcanzo a leer: «Edición 2027. Descarga las bases».
90. Embutido al ataque
Delia Rosa Santos Benavides
Me disfracé de hornazo de hojaldre gigante para correr la San Silvestre Salamantina, lo que me pareció un apetitoso y hermoso homenaje local. En la práctica –rodeada por miles de atletas— descubrí que el cartón piedra tiene la aerodinámica de un refrigerador.
Después de arrancada la carrera, y en la primera cuesta, me adelantaron un árbol de Navidad con luces led parpadeantes y un pulpo que chocaba sus tentáculos contra el resto de los corredores. Para colmo, mi disfraz era tan realista que un perro me persiguió intentando morder mi “zona de chorizo”.
Crucé la meta sudando grasa imaginaria y con el hojaldre destartalado. No gané, pero nadie puede quitarme el orgullo de haber sido la empanada más sabrosa y veloz de toda Salamanca.
91. SU TRIUNFO SOY YO
ELENA OLIVELLA
La carrera está a punto de iniciarse. En la salida, doscientos millones de participantes arrancan a la vez hombro con hombro, nadando en la oscuridad, batiendo la cola. Todos hacia la misma meta, con la misma ambición ciega empujándolos por el túnel. El favorito marca el ritmo y abre hueco; detrás, el pelotón se deshilacha. El pH ácido dificulta el recorrido. Caen los primeros, exhaustos, antes del ecuador. El medio tramo es una carnicería de rezagados. Quedan mil, cien, diez. El favorito encara la meta con dos cuerpos de ventaja cuando pierde fuerza debido a los glóbulos blancos. Por el carril de la izquierda, uno de cola irregular, aprovecha el momento. Última brazada. Toca la membrana. Entra en el óvulo. ¡Es el ganador!
Y treinta y nueve años después, gracias a ese triunfo, puedo estar en la línea de salida de la San Silvestre.
92. UN SANTO MARATONIANO
JUAN ANTONIO PEÑA CUPEIRO
¿Quién es San Silvestre? ¿un atleta de la antigua Roma?, no, el Santo fue un Obispo que tuvo la suerte o la desgracia de morirse un 31 de Diciembre, si, cuando nos comemos las uvas y despedimos el año, pero su fama no le llega por la ingesta del fruto o el desmadre de esa noche. Fueron los franceses, a principios del siglo XX, quienes iniciaron unas carreras populares con antorchas el día de San Silvestre, después tomo el relevo Sao Paulo, y hoy en día, cualquier lugar que se precie tiene su San Silvestre.
Todas las carreras con el mismo nombre y todas tan diferentes, las hay en la playa, en el campo, en los centros urbanos, pero no hay nada tan inspirador como correr una San Silvestre sobre piedras milenarias y sortear edificios emblemáticos, en donde la historia sale a borbotones, por si alguien la caza al vuelo.
93. La marca
Carlos García Carmona
Mi padre supo dónde había ocurrido antes de que terminara de contárselo.
—Esa curva siempre ha estado mal señalizada.
Tenía la copa encajada entre las rodillas. Había cruzado por el sendero del molino, mientras los demás rodeaban la tapia.
—Nadie te ha dicho nada —añadió, metiendo la llave en el contacto.
Por la ventanilla vi al segundo alisar el dorsal sobre una rodilla antes de guardárselo. Le pedí que esperara.
El juez recogía las vallas. Tuve que contarle lo del atajo dos veces: la primera hablé mirando al suelo. Apuntó mi dorsal y dejó la copa en su mesa. Volví al coche con las manos metidas en las mangas.
En casa, mi padre bajó del estante la copa que nunca me dejaba tocar. Debajo quedó un círculo limpio. La envolvió en un trapo y buscó las llaves.
—¿Me acompañas?
94. El año que viene, mejor
Miren Elixabete Murgiondo
Chocolate, molinillo, corre, corre, que te pillo. Lo repetía sin cesar en su cabeza, con la vista fija en un grupo de treintañeros que comenzaban a alejarse demasiado. El sudor resbalaba por su frente y, cuando aquella maldita gota cayó de lleno en su ojo derecho, el escozor le hizo cerrarlo con fuerza junto con su compañero izquierdo. Ese fue el momento en el que, mientras tropezaba y caía, se propuso dos cosas:
- nunca más hacer caso a su madre en lo que a temperatura se refería (en Salamanca en diciembre hacía fresco, pero no había necesidad de llevar una térmica por debajo);
- reducir en un 50% la ingesta de polvorones para lograr en 2027 igualar su marca de la SanSil 2005.
Se iban a enterar esos millennials. O centennials. Lo que fueran. Se iban a enterar de lo que vale un boomer. Ay qué ricos aquellos chicles.
95. SUSI BRUTAL
César de las Heras Cobas
Nació en la Fuente del Berro en 2018. Sus padres, corredores, le han inculcado su amor por el deporte, el gusanillo de la competición. Susi tuvo unos problemillas al nacer, y eso le impide echar a correr como quisiera, aunque sus padres han creado un trío que nunca se ha detenido ante las dificultades. A Susi (que cuando se enfrenta a un desafío no conoce ni a su madre) le pirra correr por Salamanca. Mario, el padre, se encarga de empujar; Luisi del apartado psicológico y de la fiera; y es que Susi no tiene arreglo: es vestirla de corto, subirla a la silla de ruedas, afirmarla al arnés, y el veneno de la competición la transforma. Así, mientras Mario se afana y Luisi, en paralelo, anima, Susi asoma la gaita por la silla, mira al participante que rebasan con cara angelical y se parte con los cortes de manga.
96. La meta estaba en compartir
Zurisley Rementeria Agüero
La meta estaba en compartir
Cada 31 de diciembre, Salamanca se llenaba de corredores y sonrisas. Marta llevaba semanas entrenando, pero aquella mañana no pensaba en marcas ni en medallas. A sus setenta años, solo quería volver a sentir el latido de la ciudad bajo sus zapatillas.
En la salida, un niño le preguntó si ganaría la carrera.
—Ya he ganado —respondió ella, señalando a la multitud.
Sonó el pistoletazo y las calles se convirtieron en un río de colores. Durante el recorrido, Marta recibió aplausos, chocó manos y ayudó a levantarse a un corredor que había tropezado. El niño pasó junto a ella y le tendió la mano para continuar juntos.
Al cruzar la meta, exhaustos y felices, comprendieron que no importaba quién llegara primero.
Aquella San Silvestre les había regalado algo más valioso que un trofeo: la certeza de que, cuando corremos unidos, todos alcanzamos la meta.
97. Un martes cualquiera
Sergio Arce Sobrao
A ver, me levanto a las seis de la mañana y me pongo a cocinar y a planchar. Luego preparo la ropa, los desayunos. Llevo a los niños corriendo al colegio antes de que suene el timbre, salgo escopetada hacia el trabajo. Como del táper en tiempo récord, vuelvo a por los niños, les doy la merienda, los llevo a extraescolares a la carrera, voy a hacer la compra y derrapo con el carro al tomar los pasillos del súper. Regreso a por mis hijos, preparo la cena y los llevo a dormir. Antes de meterme en la cama, me pongo el cronómetro hasta el próximo pistoletazo de salida.
Así que no creo que me merezca este trofeo, la verdad. Lo llaman la San Silvestre Salmantina, pero para mí bien podría llamarse «un martes cualquiera». Tal vez si hubiera una categoría especial para nosotras, las madres, todavía.
98. PREPARADOS, PENSAMIENTOS… ¡YA!
Carlos San Pedro González
Era la tercera vez que lo veía. Estaba en el Puente Romano y luego en plena calle Libreros.
¿Cómo es posible que ande un conejo suelto en plena Salamanca?
Siguió el curso de la carrera; quedarían unos quinientos metros. Se giró y el conejo seguía ahí quieto, la gente parecía no advertirlo. Entonces paró en seco, viró y empezó a correr para salvarlo.
Asustadizo, el conejo comenzó a brincar huyendo contra la marabunta imparable de atletas.
Carlos entró en pánico. «¿Qué hago corriendo a contracorriente por un conejo? ¿Es que nadie lo ve?». A punto de alcanzarlo, el conejo se detuvo, sonrió y sonó el disparo de salida.
99. El dorsal
Álvaro A. Yáñez
Salió de casa con veinte minutos de retraso y echó a correr. Al doblar la esquina, cientos de personas corrían también en la misma dirección. ¡Qué ciudad tan comprometida con la puntualidad!
Había ancianas, niños, gente disfrazada e incluso algunos parecían disfrutar. Unos volaban; otros se quedaban rezagados, rojos como tomates, sin aire. Un señor le ofreció agua. No tenía tiempo para tonterías.
Apretó el paso y consiguió adelantar a toda aquella marabunta. Al llegar a la plaza, exhausto, se detuvo para recuperar el aliento. Una chica con una libreta se acercó y le pidió el dorsal para incluirlo en la clasificación.
Él la miró, desconcertado.
—¿Qué dorsal? ¡Si yo llego tarde a trabajar!
Aquel año, el ganador de la San Silvestre Salmantina no subió al podio. Tenía que fichar.
100. Huella de sombras
Carmen Apolonia
Salamanca no duerme bajo la escarcha; late. Diciembre exhala su último aliento sobre la piedra franca, tiñendo las catedrales de un dorado antiguo mientras el frío afila el aire.
Un rumor de suelas despierta el asfalto. No corremos para huir del tiempo, sino para alcanzarlo. Miles de pechos abrigan el mismo fuego, una marea humana que desafía al invierno, entrelazando zancadas como versos sobre la calle San Pablo. Cada aliento es una nube de esfuerzo; cada pulsación, un eco que retumba en la Plaza Mayor.
Nuestras sombras, trenzadas por la luz del atardecer, devoran los kilómetros compartidos. Hay un aliento invisible que nos empuja: la certeza de que correr es abrazar la vida antes de que expire el año. Al cruzar la meta, la ciudad entera se vuelve abrazo. No hay prisa, solo la gloriosa eternidad de una zancada que vence al frío.
101. JUNTO A LA CAMA
Araceli fernández Suárez
Las viejas zapatillas reposan junto a la cama un año más.
El disparo. La salida. Las zapatillas despegan. Juan adelanta a los corredores. Sus amigos lo animan; sus padres sonríen.
La meta se convierte en un túnel. Él vuela mientras Salamanca desfila bajo sus pies. Los aplausos crecen. Apenas quedan unos segundos.
Y allí está su hermano, con la copa alzada hacia el cielo y el dorsal entre las manos.
Juan.
Las viejas zapatillas seguirán junto a la cama un año más.
102. En el camino correcto
Mª Sonia Otero Rodríguez
Corrió para no quedarse parada, otra vez.
Corrió porque pensó que si era capaz de hacer media carrera tendría valor para comenzar todo cuanto tenía pendiente y debía hacer, por los demás, pero sobre todo por sí misma.
Corrió porque supo que, si lograba terminarla, estaría en el camino correcto. Nada le impediría cambiar de rumbo. Nada ni nadie volverían a interponerse en sus decisiones. No sería silenciada. Estaba ahí y sería capaz de continuar, de tomar decisiones.
La había visto durante muchos años. Una mera espectadora más.
Ahora era partícipe. Sabía que estaba en el lugar apropiado.
Llegó a la Calle Libreros y aferrándose a la leyenda estudiantil que tantas veces había escuchado, elevó su cabeza hacia la rana sobre la calavera y sintió que la buena suerte estaba de su parte. Para todo lo demás, solo tendría que sudar la camiseta.
103. Tradiciones
Paloma Lucas Hidalgo
Parece que han pasado siglos, aunque apenas hayan transcurrido doce meses. Por fin ha llegado la San Silvestre, anunciando el fin de año.
Los días previos han sido los peores, empiezas a ver a todos entrenar, estirar, presumir de las últimas zapatillas recién traídas por el viejo barbudo ese. Algunos intentarán batir marcas; otros, simplemente, reunirse con los amigos cuando vuelven a la ciudad.Los más sensatos aparecen disfrazados, que siempre me ha parecido una forma estupenda de admitir que uno viene a disfrutar del esfuerzo.
Y por fin empieza la carrera. Pasan a mi lado resoplando, maldiciendo las cuestas y prometiendo que el año que viene comerán menos hornazo el Lunes de Aguas.
Yo no me muevo, llevo aquí muchos años, dispuesta a verlos caer. Cada diciembre vuelven a tropezar conmigo. Literalmente.
Qué quieren que les diga: las piedras también tenemos nuestras tradiciones.
104. El dorsal
Francisco Alfaro Torneiro
Juan Cruz había apostado a que le tocaría el 7007; si acertaba, debía correr en sandalias. Cuando recibió el dorsal, encontró en su simetría la ironía que da fama al universo.
Al primer paso en la avenida, la tira de cuero se cortó. A cada zancada, el extremo suelto le golpeaba el talón como una flecha que le abría la piel de la superstición. Se apretó la herida y siguió; la sangre le manchó los dedos. El ardor borró el bullicio. Los edificios parecieron apartarse; la ciudad se abrió en un baldío resplandeciente: el río. Cerca de la meta, el pie lastimado cedió. Un desconocido lo sostuvo del brazo y lo arrastró hasta el final. Agotado, Juan Cruz se limpió la mano en el pecho: la sangre desfiguró el 7007. El desconocido ignoraba la apuesta; le bastó verlo caer.
105. Línea de meta
Victor Pereira
Cada fin de año, Salamanca celebraba a carrera cuyo vencedor obtenía un deseo, aunque nadie recordaba a quienes llegaban segundos, pues jamás se los volvía a ver. Antonio llevaba once años preparándose; su madre había desaparecido en aquella carrera cuando él tenía seis, y lo único que deseaba era recuperarla.
Corrió junto a una bandada de gorriones que antaño habían sido hombres, entre sombras abandonadas por sus dueños hasta alcanzar la meta, donde lo esperaba el silencio.
—Quiero que vuelva mi madre.
Desde el horizonte, apareció una mujer de la mano de un niño cuya cicatriz sobre la ceja era idéntica a la suya.Mateo tenía seis años de nuevo, frente a una tumba abierta, desde cuyo interior su madre lo llamaba. Comprendió que nunca había corrido hacia la meta, sino hacia el instante anterior a perderla.
Esta vez, entró en la tumba. Y la muerte ya no lo asustó.
106. La luz al final del túnel
Nuria Hernández García
La vidriera estalló en mil pedazos de colores. Salí veloz, camuflándome entre los corredores de la San Silvestre. No llevaba dorsal, pero avancé tan rápido que no pudieron detenerme. La última vez que le rompí algo a mamá juró ponerme las maletas en la calle. Le pedí paciencia, un científico no se hace en un día. Ella alegó que ya tengo treinta años y que me fuese a experimentar al desierto. Así que del susto comencé a acelerar bañado en sudor, convencido de que sería capaz de alcanzarme. Mientras corría pensaba en cómo excusarme. Tal vez si le regalaba el collar de caracolas que tanto le gustó se calmaría. Ya casi alcanzaba la meta cuando lo vi caer. Se había torcido un tobillo. Lo cargué a la espalda y cruzamos juntos. Era el hermano de mamá. Él la llamó para decirle que yo era un héroe. Uff, por los pelos.
107. Desde el balcón .
Maria Figueroa
Desde el balcón observo a la multitud avanzar, la mayoría corren, otros trotan y algunos caminan. Anhelo tener esa motivación para integrarme pero mi mente es muy pesada y mi cuerpo sufre cada vez más.
Una lagrima pequeña cae por mi mejilla mientras veo como las personas disfrutan de su carrera.
—¿Ya le cambiaste el pañal a tu abuelo? —interrumpe la voz de mi madre desde la penumbra de su cama.
—Aún no, ya voy —respondo en voz baja.
Mientras cierro el ventanal, contemplo por última vez la meta lejana y regreso a la marcha infinita que me consume día a día.
108. SILVESTRIS
Rosa María Rodríguez Téllez
Federico y Anselmo llevaban veinte años corriendo juntos la San Silvestre Salmantina. Veinte años discutiendo quién había ganado, aunque jamás hubieran llegado entre los primeros.
Cuando diagnosticaron ELA a Anselmo, Federico le hizo una promesa:
—El día que no puedas correr, te llevo yo.
—Pues entrena, que peso ochenta kilos.
Aquel diciembre, Federico empujó la silla de su amigo durante todo el recorrido. En las cuestas protestó, en las bajadas rezó y en la última recta descubrió que Anselmo llevaba el freno puesto.
—¡Serás desgraciado!
Anselmo sonrió.
Cruzaron la meta entre aplausos.
—Hemos batido nuestro récord —dijo Federico, jadeando.
Anselmo escribió en su comunicador y le mostró la pantalla:
«Reclamo la victoria. Yo he llegado primero».
Federico miró la silla.
Era verdad.
Llevaba veinte años esperando ganarle una carrera.
109. Farinato
Alberto de Frutos Dávalos
Qué llevó a Ramón a disfrazarse de farinato para correr la San Silvestre salmantina nadie lo supo nunca. El hombre se embutió en el embutido, se relamió la manteca de los brazos para coger fuerzas y echó a correr por el paseo de San Antonio como cerdo que llevara su san Martín.
Los kilómetros se sucedieron sobre sus piernas rojo anaranjado. Una niña lo animó en el Puente Romano: “¡Corre, farinato, que tú puedes!”; lo alentaron los voluntarios y también un repartidor desde su bicicleta.
Nada le pesaba, y Ramón entendió cuál era su superpoder. No es que el disfraz le diera velocidad, sino que a sus vecinos les daba el permiso para jalearlo.
Media Salamanca lo empujó cuando cruzó la meta, sudando bajo la grasa, y Ramón sonrió feliz: nunca había llegado tan lejos, ni tan bien acompañado.
–¿Tiempo? –preguntó el juez.
–Qué más da, ¡hoy he volado!
110. Contigo
Alba Bolao Martín
El frío de diciembre inundaba sus pulmones. Ambos sabían la importancia que tenía aquella gesta.
Las calles de Salamanca estaban repletas de gente. La ciudad se había vestido de invierno, pero aquella mañana nadie parecía tener frío suficiente como para quedarse en casa. Los corredores aguardaban la salida, impacientes por echar a correr.
La señal sonó y la multitud se puso en marcha. Los primeros metros fueron un caos de hombros que se rozaban, pasos apresurados y respiraciones entrecortadas. Él buscó su ritmo entre los corredores, intentando ignorar el vacío que sentía a su lado.
Bajó la mirada hacia sus zapatillas. Estaban desgastadas, con la suela vencida y los bordes deshilachados. Había pensado en cambiarlas muchas veces, pero nunca encontraba el momento. Aquellas zapatillas guardaban demasiados recuerdos, demasiados kilómetros compartidos como para abandonarlas ahora.
Aquel día, solo uno corría, pero en cada una de sus huellas seguían cabiendo dos.
111. Ánimo
Antonio Arteaga Pérez
Toda Salamanca parecía agolpada tras las vallas, pero yo solo buscaba un cartón marrón. Me habían advertido que la San Silvestre con tres grados bajo cero era una locura para mis pulmones recién operados, pero necesitaba llegar al kilómetro cuatro. Al doblar la Clerecía, entre capas de abrigos y bufandas rojas, vi una mano solitaria que sostenía el letrero: «¿Ves cómo sí podías, papá?». Las lágrimas se congelaron en mis mejillas de inmediato. No me detuve a buscarla y abrazarla porque me había jurado llegar hasta el final, pero hice un gesto con el pulgar en alto. Cuando crucé la meta y miré el móvil para llamarla, un mensaje de mi hija ya estaba allí esperando: «Papá, acabo de aterrizar en Barajas, no llego a tiempo para verte correr». Me di la vuelta, atónito: una desconocida seguía animando a otros padres con mi mismo milagro.
112. Una voz interior
Miguel Ángel Moreno Cañizares
Hoy es un día importante para ti y me siento feliz. Igual piensas que me precipito, que ya habrá tiempo de hablarlo —las madres siempre llevan razón — pero tendrás que aceptarlo. Mamá, me alegro muchísimo de ser tu hijo y descubrirte poco a poco, y que tú me descubras a mí. No es fácil ser madre soltera, por fortuna eres fuerte, lo noto en cada palabra, pero aún más en cada movimiento. Eres cariñosa, tus susurros siempre me confortan. Cuando escuchas palpitar mi corazón, mi corazoncito te responde que eres la madre más buena, guapa y dinámica. Falta muy poco, lo presiento. Aún no he nacido y estoy impaciente por ver tus ojos, tus labios, tu sonrisa… y cómo me acurrucas en tus brazos. Seguro que el parto va a salir bien, pero, por favor, corre más despacio que igual tenemos que irnos directos de la meta al hospital.
113. El último dorsal
Manuel Vázquez Mourazos
Cada 31 de diciembre, mi abuelo prendía con cuatro alfileres el dorsal 47 a su jersey de lana y se plantaba en la Plaza Mayor. Nunca corrió; la cojera se lo impidió desde joven. Pero aplaudía a todos los que entraban, y más fuerte a los últimos.
—Los primeros ya tienen quien los aplauda —decía.
Este año el jersey me queda grande y el dorsal, amarillento, tiembla en mi pecho. Me adelantan niños, abuelas, un hombre disfrazado de Papá Noel. Entro en la plaza el último, con las piernas ardiendo y el aliento hecho nube.
El aplauso es enorme. Busco entre la gente y no veo a nadie, pero algo en el aire me empuja hacia la meta.
Y sé exactamente quién aplaude más fuerte.
114. Manada
Noelia Poblete García
Adelanto al pelotón sin esfuerzo, pero la pantorrilla izquierda está dando guerra de nuevo. Ni recuerdo desde cuándo arrastro la lesión.
Aprieto el paso. Inspiro profundamente para cambiar el ritmo de la respiración y empiezo a estirar las zancadas.
Una especie de memoria atávica me recorre cada fibra. Intento concentrarme como si me fuera la vida en cada metro conquistado. Puedo anticipar los obstáculos del terreno, me voy fundiendo con el sonido del viento, la densidad de la tierra, el olor de la sangre, hasta que el cielo mengua y la inercia me sigue empujando hacia adelante cuando caigo.
Todo se hace borroso, no puedo despegar la cabeza del suelo. El sudor se enfría sobre mi carne, y la sangre, siento un calor espeso derramarse. Mi pantorrilla izquierda se amalgama con el suelo. Ya no duele.
Se han detenido, alcanzo a distinguirlos. Dudan, huelen mi rastro, se acercan sigilosos.
115. Cambio de planes
José Manuel Dorrego Sáenz
A ver, yo el microrrelato de la San Silvestre lo tenía encauzado con sus protagonistas y secundarios, con sus héroes y villanos y un corredor que quiebra su tobillo a la tercera zancada, o a la tercera curva, no recuerdo. Grito, dolor, aspavientos y todo el drama. Duda si retirarse o no, esa manía que tenemos por salir de nuestra zona de confort. Incluso introduzco el asunto/tema de la superación, ese venirse arriba.
Luego lees las bases del concurso y te dicen que no se puede utilizar la IA. No estaba en mis planes, pero es que te provocan, así que se lo planteo a mi IA de confianza y me sugiere que el corredor lesionado aguanta, tira de heroísmo y finalmente gana: me ha salido una IA algo clásica y con un romanticismo decimonónico, amable, previsible (Si no discuto con ella es porque siempre me da la razón)
116. Ojos bien abiertos
Diego Murgia
Para evitar que el sudor le moleste la vista, Ángel lleva un pañuelo en la mano. Entre esos siete mil participantes, se ha preparado como siempre y como nunca para este día. Casi ni pestañea. Lleva sus ojos bien abiertos, registrando cada paso, metro y kilómetro de su Salamanca querida en esta travesía. Ya no pretende ganar como cuando joven, ni competirle al reloj, al contrario. Completar el certamen, a un paso lento y seguro, le permite esta vez disfrutar del lugar en el que creció. Ángel sonríe con nostalgia al ver la Plaza Mayor ya sin escenario ni autos estacionados, o el Puente Romano tan turístico y sin tráfico, o las impensadas puertas abiertas de la Casa de las Conchas... El público, al lado del camino ve su esfuerzo y lo anima. Es su última carrera. El sudor no llega a los ojos de Ángel. Pero sí las lágrimas.
117. PARECE MENTIRA
Manuel González
Parece mentira,
Pero otro año más estaré pendiente de mi teléfono,se abren inscripciones para la sansil de salamanca,bufff
Solo en pensar,llegar a ese patio de colegio a coger dorsal,luego calentar y ahora si.....salidaaa
Nervios algún que otro codazo y curva y ya estoy aquí donde tantas veces se me pone la piel de gallina al pasar por esas calles que me emociona hasta escribirlo,y cuando la carrera se pone más dura más gente hay animándote,no importa el clima y esa llegada que tengo la gran suerte de esperarme mi familia y si encima me sale buen tiempo de carrera pues mejor y sino para otro año nos volveremos a ver salamanca,
Sin esfuerzo no hay recompensa......
Parece mentira
118. LA CARRERA DE SILVERIO
María José Toquero del Olmo
A sus setenta y dos años, Silverio tomó la salida de la San Silvestre Salmantina. Le pesaban las piernas.
En la Plaza Mayor tenía sesenta. Sus hijos lo animaban desde los soportales y su mujer sostenía al primer nieto.
Al cruzar el Puente Romano, su edad se redujo a treinta. Empujaba el cochecito de su hija mientras su hijo perseguía las palomas.
En Libreros tenía veinte. Llevaba pantalones de campana y besaba a su novia en el Café Novelty.
En la avenida de Comuneros era un adolescente que corría para llegar al instituto.
Finalmente alcanzó el paseo de San Antonio. Tenía ocho años y estrenaba zapatillas.
—¡Vamos, campeón! —gritó su padre.
Silverio corrió hacia sus brazos.
119. LAS FLECHAS
Joaquín Iborra Mateo
La vi en la salida y decidí al instante dos cosas: primera, que iría toda la carrera junto a ella; segunda, que al terminar haría lo posible por conocerla.
Si he de serles franco, fue más difícil ir tras ella durante los diez kilómetros que entablar conversación al terminar la prueba. Su ritmo era muy superior al mío: 27 años frente a mis 52.
Me esforcé en que percibiera que seguía su estela, así me resultaría más fácil darle palique al llegar a la meta. No di un relevo y llegué muerto, pero llegué con ella. Con la bella y grácil Elsa.
Este año volveremos juntos a Salamanca, pero siento defraudar a los amantes de los finales felices: las flechas de 2025 no la alcanzaron a ella, solo a mí. Somos buenos amigos ahora, aunque la imaginaria herida amorosa sigue siendo en mi caso una herida abierta.
120. El corredor que no corría
ALDO OSCAR MIRANDA
Mi nieto nunca pudo correr. Su discapacidad lo dejó mirando la vida desde una cama, observando la carrera que comienza sin él. Cada año, cuando llega la San Silvestre Salmantina, me pide lo mismo: —Abuelo, corré por los dos. Ya no soy joven y cargo mis viejos achaques, pero salgo igual. No para ganar, sino para que él sienta que también está en la línea de salida. Mientras avanzo, imagino sus manos apretando los apoyabrazos, como si empujara conmigo, como si quisiera regalarme la energía de su juventud. El aire me falta, las piernas duelen, pero su sonrisa —esa que solo él sabe dar— me empuja más que los dolores. Cuando cruzo la meta, levanto los brazos. No por mí. Por él. La gente aplaude a todos, entendiendo que algunos triunfos no se miden en tiempo, sino en amor. Porque cada llegada simboliza el dolor de los que no pudieron.
121. MÁS ALLÁ DE LA CARRERA
Jacobo Vieites Sánchez
Corrían por las calles de Salamanca con la respiración acelerada y el corazón desbocado. Las zapatillas golpeaban el asfalto de forma incesante. Desde el Paseo de San Antonio hasta la Plaza Mayor, sus figuras avanzaban entre el sudor, el cansancio y una ilusión que parecía empujarlos. Algunos apretaban los dientes; otros sonreían. Todos querían llegar.
Los vi cruzar la plaza bajo la noche salmantina. Pálidos, casi transparentes, con el rostro desencajado y su figura espectral. Pero uno tras otro seguían corriendo.
La interminable fila de fantasmas completaba su particular carrera.
Desde el balcón, contemplé cómo desaparecían entre las sombras.
Miré mis zapatillas junto a la cama y la ropa preparada sobre la silla. Mañana yo volvería a correr la San Silvestre.
Después sonreí y apagué la luz.
Era cierto que nadie quiere perderse la San Silvestre.
122. Volveré
Jorge Guzmán
No quiero parar. No es que no deba… es que simplemente no quiero. Las rodillas me están matando. Creí haberme preparado, pero tantos años dedicado al ritmo que marca la vida no se olvidan por unos meses de preparación. Tendría que haberme cuidado más. Querido más. Hoy estoy aquí por ti… pero prometo que volveré… volveré por mi. Frente a tanto arte mis zancadas parecen cubistas. No puedo evitar sonreír. Esa broma me la habrías hecho tú. Te hecho tanto de menos. Aquí estoy por ti. Porque no te lo olvido, porque te añoro y más te quiero. Yo cubista y tu plateresco… vaya familia. Aquí hay tanto ruido. Se siente la emoción. Se siente el cariño y el apoyo. No los conozco… ah, bueno, a ese sí. Ha venido Paco. Te veo a su lado. Ya queda menos. Volveré. Volveré más fuerte por ti. Por ti y por mi.
123. Alcanzando metas
Angel Blázquez García
Cuando mis pies me condujeron al Paseo de San Antonio, el éxtasis apenas me permitió vislumbrar los rostros fugaces de los aficionados y percibir el eco de sus desgañitados gritos de aliento. Verme solo, con la pancarta de meta al fondo aguardándome, me espoleó a sacar fuerzas de flaqueza para superar a mi último rival. Guiado por mi ritmo enfermizo, no me extrañó el no divisar la cinta que los campeones rasgamos con el pecho erguido cuando franqueamos una línea más. En ese instante mis ojos avistaron el luminoso cronómetro: pasaban cuarenta minutos desde la llegada del vencedor y de una masa de corredores que había quemado el gélido asfalto.
En los últimos metros, mientras unos ancianos gozaban acribillándome con su espray “efecto nieve”, la chiquillería se unió a mi carrera para llevarme en volandas y certificar la apoteósica victoria moral que cambiaría para siempre el ritmo de mi vida.
124. A la par
Martín Ariel Monforte Salcedo
A la par
Encontré el dorsal de mi madre entre las páginas de un libro. Detrás había escrito un tiempo y una palabra: «Mejorar».
No recordaba haberla visto correr. Para mí, siempre había sido la mujer que sostenía los abrigos, esperaba junto a las mochilas y nos encontraba entre la multitud.
La llamé.
—¿Vos corrías la San Silvestre Salmantina?
—Todos los años.
—¿Y por qué dejaste?
Tardó en contestar.
—No sé. Un año no fui.
Este diciembre nos inscribí a las dos. Antes de salir, me acomodó el dorsal y comprobó que estuviera bien sujeto. Después me pidió que hiciera lo mismo con el suyo.
Cuando dieron la salida, estaba a mi lado. Me pregunté cuántas cosas más de ella me faltaba conocer.
125. CORRER POR LA VIDA
Omar Arévalo
CORRER POR LA VIDA
Corre que la vida se acaba y te falta ver más atardeceres
Corre y renueva la vida para disfrutar más amaneceres
Corre y siente la brisa balsámica de la San Silvestre Salmantina
Corre y escucha el tropel de almas con protones de emoción
Corre, corre, corre y respira la esencia de la eterna navidad
Corre y deléitate con sabores, olores y colores maravillosos
Pasa el otoño, alcanza al invierno y vence con el calor de un espíritu inquieto.
126. El precio de ser el primero
Javier González Delgado
Ser un campeón no es un regalo, tiene que ver con la ambición, pero también con la disciplina, la concentración y el sufrimiento. Iba en cabeza desde la salida en la San Silvestre. Todos quedaron atrás, también sus amigos. Incluso ella.
Al cruzar el puente romano, sintió la humedad del Tormes calarle la camiseta y le invadió ese olor mineral de los ríos en invierno, como si el agua arrastrara, entre rocas milenarias, el aliento helado de la sierra. No tenía frío, al contrario, aquellas piedras antiguas parecían transmitirle una cálida serenidad.
Nunca había sentido nada igual. Entonces se vio a sí mismo en la meta, envejecido, con el pecho cubierto de medallas. Solo.
Despertó en la habitación del hotel. Con calma repasó mentalmente el recorrido. No pensaba perder aquella noche, pero, por primera vez, se preguntó si alguien lo esperaría en la meta.
127. Cuestión de cálculo
Javier Acín Biota
Llevo un caparazón de cartón piedra que me obliga a correr encorvado. A mi espalda oigo el resoplido inconfundible del vigente campeón. Con sus zapatillas de trescientos euros y su pulsómetro de última generación, es el favorito de las apuestas.
Doblamos por la calle Libreros. Él acelera. Cada poco, recorta la distancia entre nosotros por mitades. Lo que en el tramo inicial de la San Silvestre parecía una diferencia insalvable ahora es una ventaja exigua. Sé lo que piensa: me va a adelantar, como a todos los demás.
Justo cuando su mano va a rozar mi hombro, la sombra de la fachada de la Universidad nos envuelve. El espacio se vuelve infinito, fraccionado en una sucesión de momentos eternos. Mientras tanto, mantengo mi paso firme, inexorable.
Aquiles sigue persiguiéndome en el mismo milímetro. Yo cruzo la meta, sonrío a las cámaras y prosigo mi marcha, rumbo al estanque.
128. LA SOMBRA
GÉNESIS
Cuando desperté, la pulga dio un salto y pensé que debía ser ella la que corriera la San Silvestre. Pero me calcé las zapatillas y salí, dejando mi sombra encerrada en casa.
Salté la primera valla maldiciendo el picor. Tras la segunda, el chip del tobillo pitó. En el control dijeron algo de otra lista.
La tercera apareció de repente, en la calle Compañía. Cuanto más me acercaba, más se elevaba. El juez advirtió que nada de trampas. Cerré los ojos para no ver el miedo de mi novia, la rabia de mis compañeros. Salté. Me despellejé las manos al caer.
La última valla estaba en el paseo de San Antonio. Al otro lado estaba la orden de alejamiento.
También mi sombra. No pregunté qué hacía allí. Para llegar a la meta tendría que mudar de piel.
129. Nunca dejes de correr
María Mora Muñoz
Mis piernas arrastran miles de kilómetros desde aquel punto de partida en 1984 donde todo comenzó con mi primera carrera que fue la San Silvestre Salmantina. Comencé a correr con treinta y ocho años y una fuerte depresión que minaba mis ánimos. Un buen día leí en el periódico que el deporte ayudaba a sanar y mi esposa me animó a inscribirme y prepararme. Aquella fue la primera de muchas, pues, poco a poco, volví a sentirme vivo cada vez que el aire acariciaba mi rostro, sentía la velocidad y la adrenalina que mi cuerpo generaba al correr. Recuperé la vitalidad, la energía, mi vida y me prometí que nunca dejaría de correr. Cuarenta años han pasado ya desde aquel día y, hoy, sonrío realmente emocionado porque mi hija y yo aquí estamos calentando para recorrer juntos las calles en esta nueva edición.
130. AMIGOS
EVA MARÍA VALENCIA CAMINOS
Lleco 5 minutos de carrera, mi disfraz de pintor salmantino me queda a la perfección, me siento bien, no muy cansado. Durante el trayecto voy disfrutando de la ciudad y su belleza. Me coloco segundo cuando ya llevamos 20 minutos, y siento una punzada de nervios y alegría pensando que podría llegar el primero. Al avanzar 100 metros el que va delante mía cae de bruces, mi primer pensamiento es de triunfo, pero al instante una bofetada de culpa recorre mi cara. Paro en seco, y vuelvo a por él. Lo levanto. Él llora. Va vestido de payaso. Y las lágrimas le borran la pintura de su sonrisa. Llegamos juntos, entre llantos y risas y desde entonces sin saber en que posición quedamos, fuimos los primeros en no perder la esperanza. Ahora somos inseparables, y que mejor trofeo que conocer a un buen amigo.
131. Autorretrato
Lorenzo de Castro Mazarro
Nací español. Muy pronto, empecé a correr. También fui extranjero. Y maté ballenas. Y continué corriendo. Y bebí sangre. Y morí. Y resucité. Y nunca dejé de correr. También fui duelista. Gané ocasionalmente. Otras veces, perdí. Pero nunca decaí. Siempre adelante. Fui escribiente. Y surqué mares. Y visité Marte. Y allí también corrí. También fui contrabandista. Y ladrón. Y juez. Y esclavo. Y sacerdote. Y escarabajo. Y nunca deje de correr. Asesiné inocentes. Cometí adulterio. Ascendí montañas. Guillotiné reyes. Y siempre fui adelante. Además, fui Dios. Y también demonio. Desarbolé molinos. Y enamoré jóvenes. Siempre, siempre adelante. Padecí enfermedades. Creé universos. Maté leones. Corté manos. Vendí almas. Inventé monstruos. Pero nunca me di por vencido. Leí y corrí mucho. Sé poco, pero vi mucho. Y sí, viví mucho.
132. La línea que nadie veía
Gervasio Villaverde
Mi madre dibujaba una línea de tiza en el portal y me decía: «Hoy, hasta aquí». Yo la cruzaba siempre.
Después llegó la prótesis. Aprendí a correr contando farolas, no kilómetros; a conocer el asfalto de Salamanca por sus piedras, que guardan el frío como una promesa. Cada mañana, antes de que la ciudad abriera los ojos, pasaba junto a la catedral y saludaba a las campanas con la mano.
El día de la San Silvestre llevo tiza en el bolsillo. En la salida, alguien me empuja sin querer y caigo. Me levanto antes de que nadie pueda preguntar si estoy bien.
En la última recta, la Plaza Mayor arde de voces. No pienso en el cronómetro: pienso en la línea de tiza.
Cruzo la meta.
Y, con el dedo, borro del aire la palabra hasta.
133. 7006
José Antonio Abellán Contreras
La San Silvestre de Salamanca exhala el último aliento del año y, de pronto, vuelvo a ser aquel niño que corría con las mejillas heladas un domingo cualquiera, hacia el parque de La Alamedilla para intercambiar cromos.
"Sile" puedo ver a mi abuelo aplaudiendo orgulloso en la Plaza Mayor. "Nole" permito a mis piernas vacilar cuando desciendo al Tormes, donde ya creyéndome un hombre, la besé por primera vez. Sus labios fueron el puente que unió dos arcos tan diferentes.
Desde entonces el cambio de tercio no me asustaba, pues nunca más ascendí solo por repechos y falsos llanos. Solo rendimos el paso en la Universidad donde nuestros hijos se graduaron. Parecían Escipión y Marco Aurelio, aunque para nosotros siempre fueron ranitas.
Y cuando la agonía llama a las puertas, me desplomo junto a Picasso. En la meta exhalo mi último aliento y, de pronto, vuelvo a ser aquel niño.
134. DORSAL 7007, EL ÚLTIMO SERÁ EL PRIMERO
Isabel García Viñao
En el itinerario de la Carrera San Silvestre Salmantina, el invierno enseña sus esqueletos desnudos, después de que el otoño preparara sus inyectables para borrar los verdes de los arboles e inocularles ocres, áureos, anaranjados, amarillos…
El sol es un botón cobrizo con hilos de luz casi imperceptibles que despierta somnoliento. En Salamanca hace frío en diciembre pero la ciudad se enciende de colores y fiesta. Las zapatillas de los corredores van mordiendo el asfalto. El Tormes escucha los azotes de las zancadas y su agua refleja los colores vivos.
El atleta con dorsal 7007 (llamado Ammar, que se inscribió por los pelos y por eso es el último) es un forofo del arte. Al pasar por delante de la Universidad de Salamanca, frena sus zancadas en seco para buscar la rana. Luego, recupera los segundos perdidos y llega el primero a meta.
135. De mano en mano
Constanza Garcías
No le deseo a nadie correr cuando estás hecho un arsenal de mocos. Tampoco deseo que me miren y demuestren lástima mientras me pasan los pañuelitos.
“Pobrecito, ¿así va a correr?”
“Va a arriesgar al equipo”.
¡Infelices! No entienden que doy la vida por este grupo. Por la espera mientras los veo correr en la pista, o por la dulce agonía de buscarlos a lo lejos cuando corremos al aire libre.
Cuando veo a uno de mis compañeros, todo chiquito, acercándose para alcanzarme el testigo, el corazón me late a toda velocidad. Cuando inicio el trote, late igual.
Qué tarado que es el corazón. Parece que no sabe distinguir una cosa de la otra.
Al cruzar la línea de llegada, mis compañeros vienen a abrazarme (mocos incluidos) y el corazón sigue latiendo como un condenado. ¡Qué tarado! Confunde los abrazos con las carreras.
Y, la verdad, yo no pienso corregirlo.
136. El último kilómetro
Maria del Carmen Luna Marín
Cada año mi padre se calzaba las zapatillas y corría la San Silvestre Salmantina. Yo lo esperaba en la meta, buscándolo entre cientos de corredores, hasta distinguir su sonrisa cansada. Después me abrazaba con las mejillas rojas y el corazón lleno de orgullo. Este año las zapatillas las llevo yo. Al colocarme en la salida siento un nudo en la garganta. A mi alrededor la gente ríe, estira las piernas y espera el disparo. Yo solo pienso en todas las veces que lo vi correr, en cómo el viento le revolvía el pelo, en su mano levantada al encontrarme entre el público. Su ausencia pesa más que cualquier kilómetro. Empiezo a correr. Las lágrimas se mezclan con el frío, pero sigo. Cada zancada es un recuerdo, cada respiración, una promesa. Al cruzar la meta, sonrío entre lágrimas. Por primera vez, no lo espero. Corro para alcanzarlo en mi memoria.
137. LA PRÓXIMA CARRERA
ROBERTO VEGA PEÑA
- ¿No sabrás si la caravana de aventureros va a ir a Kenia-Valonsadero?
- Buenos días. Hoy no vamos a Kenia. Vamos a la Junta de los Ríos que es Etiopía.
- ¡Rediós! ¿Y eso qué significa?
- Que hay otros sitios donde correr. Nada más.
Cuando el sol baja, que suele coincidir cuando uno está más ocioso, se puede ir entrenando por las fronteras urbanas.
En el último trimestre del año quedan carreras por descubrir, sin embargo Marcos se había encabezonado con correr una sansilvestre.
Al parecer quería probar una carrera diferente y corta. Quería preparársela sin exigencias mentales. Quería que fuera en su comunidad autónoma. Además quería disfrutar con su pareja de unos días culturales.
- ¿Una carrera para despedir el año?
- Todavía no he corrido ninguna.
- ¡Y hasta Salamanca quieres ir?
- Querías ver la Casa Lys, ¿no?
- Tú lo que quieres es liarme.
138. EL LUGAR QUE LO ESPERÓ
Maria Dolores Martinez Gea
Contempló a los corredores que tenía delante, se colocó bien el dorsal y se ató sus zapatillas de deporte con doble lazada. Sonó el disparo de salida. Comenzó a correr con dificultad, un pie, otro pie… esforzándose en cada pisada por las calles de Salamanca. Habían transcurrido tres años desde la última vez que estuvo en la San Silvestre y, ahora, sus entumecidas piernas se movían, no querían detenerse.
En su cara se dibujó una sonrisa al verse allí, recorriendo las calles de su amada ciudad, pasando por delante de la Casa de las Conchas, pisando el puente romano, la Plaza Mayor… después de superar la dura enfermedad, dejándole volver al lugar que siempre lo esperó.
139. MARI, MUJER ABNEGADA
MARÍA SOLEDAD GARCÍA GARRIDO
Mari se apuntó a correr la San Silvestre por orgullo. Estaba harta de que en casa la acusaran de apoltronarse, cuando no paraba de faenar en todo el día, de lavar ropa y satisfacer el apetito voraz de sus vástagos.
¡Basta!, se dijo. Se desvivía por su familia y solo recibía críticas. ¡Fuera amasar croquetas, emparejar calcetines y planchar camisetas deportivas! ¡Cada uno que apechugue con sus necesidades!
Compró unas zapatillas de amortiguación estándar y se plantó en el Paseo de San Antonio dispuesta a darlo todo. Lo consiguió ya oscurecido, pero sin rastro de música, arco de meta o vallas.
A Mari se le podía atribuir cierto sedentarismo, pero nadie podía dudar de sus dotes organizativas y ahorradoras. Aun agotada, avistó el escaparate de un supermercado que anunciaba ofertas el lunes en pescado y huevos. ¡Irresistible! Y se plantó en la puerta dispuesta a ser la primera en atravesarla.
140. Por las calles
Elvis Fernando Tinco Dávila
Eduardo se dirigía a por el pan cuando la San Silvestre bloqueó las calles. Eduardo intentó pasar pero un voluntario le señaló la ruta. Eduardo corrió como siempre para evitar perder el turno de su pan. Pasaron por él tres dinosaurios, una monja y un cangrejo; llevaba el pan consigo como testigo.
En la línea de meta el locutor le pidió su número de dorsal. Eduardo mostró el pan y todos aplaudieron.
Un niño le entregó una medalla de cartón. Por años había estado yendo y viniendo sin que nadie lo viera; levantó el pan como un trofeo.
Su esposa contó el dinero y pidió el cambio. Eduardo puso la medalla en su reloj. La casa finalmente tuvo algo de qué hablar.
141. 2036
Jesús Francés
El disparo de salida fue tan de verdad que acertó a un corredor entre los ojos. Uno menos, pensé. El recorrido había cambiado con los años. A peor. Más duro. Ahora corríamos extramuros bajo la mirada de niños soldado apostados en garitas a lo largo de la fortaleza. El vestuario era innovador: elegante traje a rayas, zapatos de madera que no eran de nuestro número y dorsal grabado en el antebrazo. Pedir agua era motivo de descalificación. Eterna. Oíamos las carcajadas que llegaban desde dentro del castillo, donde se retransmitía mediante pantallas la San Silvestre. Me ahorraré detalles de la carrera porque me faltan palabras y esperanza. Solamente diré que en línea de meta nos esperaba un general con el pecho chapado de aguiluchos y cruces siniestras vociferando proclamas sobre la cultura y la muerte. «¡Venceréis, pero no convenceréis!», grité. Pero tras la damnatio memoriae nadie conoce a Unamuno.
142. Adentro
Vera Jereb
—No creo que pueda seguir.
—¿Cómo? Sí, mira el sol.
—Es que…
—Ya, concéntrate en otra cosa.
—No puedo.
—¿Seguir o concentrarte en otra cosa?
—No trates de engañarme.
—Solo quiero que lleguemos.
—No podrías llegar sin mí, de todas formas.
—Por eso, dame un poco más.
—¿Un poco más de qué?
—De vigor, de sangre, de fuerza, que ya alcanzo a verla.
Una cinta blanca atraviesa la calle. Una pierna tras otra se extienden a zancadas de potro desbocado, sus brazos en un aleteo aerodinámico como rayos. El corredor solo, con gran distancia del resto, murmura algo. Palabras hacia adentro.
143. LA ESENCIA DEL TARTÁN
ANA MARÍA LOJO DIESTE
La palabra desahucio siempre me sonó a pobreza, a fracaso, a soledad. Hoy, mi opinión es diferente. Cualquier persona puede ser desahuciada. Te lo digo yo que lo estoy viviendo.
Las cartas recibidas durante meses fueron una amenaza psicológica y la guardia civil en la puerta fue el indicador fatídico de que mi tiempo se acababa en aquel hogar que me vio crecer.
Lo peor: meter en cajas todo aquello que quería que permaneciera conmigo. Buen momento para hacer esa limpieza que llevaba años pendiente.
Lo mejor: aquel álbum con fotos descoloridas que me regalaron un viaje a mi niñez. Sentí un pinchazo en el corazón al ver aquella imagen con mi abuelo en el Paseo de San Antonio. Era mi primera vez en la San Silvestre. Yo: nerviosísimo y el viejo: emocionado.
Cogí aquella fotografía y la acerqué a mi pecho para luego olerla. Percibí la esencia del tartán.
144. Recorrido A
MARTA MARÍA QUINTANA ÁLVAREZ
—El año pasado ganó Oliver cariño.
—¡En el recorrido A! Ese es muy fácil mamá. No es justo. Siempre he corrido más que él. Mucho más. ¡Mira!
Enzo echó a correr por la callejuela. Fue hasta el final y volvió. Tan rápido que temí que se cayera. Era el más rápido de una saga de corredores pero, de momento, tenía más rapidez que técnica.
—Es un kilómetro Enzo cariño. Es muchísimo. ¿Sabes cuánto es?
—Pues claro. Mil metros. Lo he estudiado en el colegio.
Abrí mis brazos para enseñarle cuanto era un metro.
—Mil así cariño.
¬—Vamos al Paseo mamá. Y lo hacemos andando.
—¿Ahora?
—Ahoraaaaaaaaaaaa, porfa… mamá, si no corro la San Silvestre este año como mis hermanos, te prometo, que me muero.
Le tendí la mano. Estábamos cerca del Paseo de San Antonio. Mandé un audio, llegaríamos más tarde. De una u otra manera, Enzo haría la carrera.
145. FUERA DE TIEMPO
ESTER LORENTE PEÑALVA
Al terminar la San Silvestre Salmantina, un corredor presentó una reclamación.
—Quiero que me descuenten el tiempo perdido este año.
—¿Por algún problema durante la carrera?
—Seis meses esperando una operación. Cuarenta y tres mañanas buscando empleo. Y cuatro horas junto al teléfono.
—Eso no figura en el reglamento.
—Precisamente por eso reclamo.
El juez, que llevaba veinte años resolviendo protestas por unas décimas, examinó el formulario.
—¿Y cuánto tiempo solicita recuperar?
—El que me corresponda.
—Tendrá que concretar.
El corredor vaciló.
—Las cuatro horas del teléfono no. Mi hija llamó al final.
—Entonces, ¿por qué las incluye?
—Porque cuando sonó, ya no sabía qué decirle.
El juez tachó aquella partida y anotó las restantes.
Después miró su reloj.
Faltaban tres minutos para medianoche.
Por primera vez en veinte años, cerró la mesa de reclamaciones antes de tiempo.
146. La raíz de los pasos
Lara Salillas Martínez
La raíz de los pasos
Mi padre barría Salamanca antes del alba: apartaba la noche para que amanecieran otros. Después, junto a la Casa de las Conchas, me enseñaba a correr.
—Ánimo, mi charro. El miedo también se cansa.
Mamá cosía junto a la ventana. Su aguja remendaba rodillas y ensanchaba mañanas.
Crecí. Mis zapatillas devoraron distancias; sus botas siguieron conversando con las piedras.
Este diciembre, para la San Silvestre Salmantina, mamá cosió el primer dorsal de papá dentro de mi camiseta.
—Las raíces van por dentro.
En la Plaza Mayor me venció el cansancio. Sentí rabia, vergüenza. Entonces los vi: ella abría los brazos; él venía hacia mí, con sus botas de trabajo.
Les tendí las manos. Avanzamos juntos bajo la luz dorada.
Me temblaba la barbilla. Aquellas manos habían trabajado una vida para que yo llegara más lejos.
Las apreté suavemente.
Que lo supieran sin palabras: conmigo
147. A paso firme
Diana Marisol Ronquillo Portilla
Te despiertas una mañana
Casi no deseas salir de las sábanas.
Te cuestionas todo.
“por qué para qué”
el despertador todos los días
sigue y sigue.
Pero una vez sales de casa
empiezas con la rutina, lo sientes.
sientes el viento sobre tu cara,
tus pies cansados molidos
sientes que todo tu cuerpo tiembla
y para qué seguir?
pues notas algo y es que ese día
que no querías continuar
ha sido superado
y si hoy te superaste
mañana te seguirás superando
aún más y seguirás avanzando
a paso firme
porque siempre buscarás
la forma de ser mejor de lo que fuiste ayer.
148. ¿Qué comparten todos aquellos que corren?
Daniela Ciudin David
Una persona que corre por las calles, alguien que llega tarde, otra que quiere encontrarse a sí misma… Todos corren con objetivos diferentes. Cada uno con su propia cursa. Pero a todos les late el corazón, rápido, desbocado. Todos sudan: ríos que les recorren la piel. Todos respiran, inhalando el aire a grandes bocanadas, como si fueran recién nacidos. Algunos tienen miedo; otros se sienten completos.
Cuando te crecen alas, vuelas. Cuando tienes manos, pintas. Cuando puedes alzar la voz, gritas. Por eso, cuando sientes el impulso de avanzar, corres. Porque es una necesidad humana. Y en las cursas nos juntamos: cada uno con su objetivo, con su cursa, con su impulso.
En la San Silvestre Salmantina volvemos a encontrarnos.
¿Y tú? ¿Por qué correrás esta vez?
149. La última celda
Maribel Campos Fernández
Nos mantuvo cautivas en aquel zulo húmedo durante meses, obligadas a ver cómo otras más jóvenes y estilizadas se llevaban todo el afecto y protagonismo mientras acumulábamos un rencor infinito. Pero llegó diciembre, y el tirano decidió que éramos las elegidas para acompañarlo en su capricho anual por la San Silvestre Salmantina. En la línea de salida, rodeadas de competidoras profesionales dopadas de carbono, disimulamos el pánico. Al cruzar la Plaza Mayor soportamos los pisotones y el sudor ajeno sin rechistar. En la avenida de Portugal nos obligó a frenar en seco para socorrer a una rival caída. Amortiguamos sus quejas el resto del trayecto y aguantamos el asfalto ardiente sin recibir un gesto de agradecimiento. Ahora, tras cruzar la meta, nos desabrocha con desprecio y nos arroja al maletero. Si sobrevivimos a este infierno, juro que pinchamos nuestra cámara de aire en la próxima carrera.
150. LATIDO DE PIEDRA
YOLANDA DIEZ GONZÁLEZ
Como cada diciembre, desde su medallón de piedra dorada de la Plaza Mayor, Miguel de Unamuno contempla emocionado el discurrir de la San Silvestre Salmantina. Esa marea multicolor une a veteranos de zancada firme, disfraces que regalan sonrisas y valientes en sillas de ruedas, impulsados con ahínco por voluntarios sobre el resbaladizo granito. Su mirada inerte se conmueve al ver a los atletas desafiar al frío y al viento, con el único afán de superarse a sí mismos.
En el Paseo de San Antonio, la multitud se agolpa en un cálido ambiente festivo, estallando en aplausos para recibir a los participantes. Al cruzar la meta, exhaustos y doloridos por el esfuerzo, celebran el triunfo del compañerismo, convirtiendo el cansancio en abrazos. Saben que hoy, más que nunca, el corazón de Salamanca late con fuerza.
151. Cada zancada por ti
Petra Ramos Hidalgo
Cada zancada por ti Cada mañana, cuando todavía no había amanecido, me calzaba las zapatillas y salía a correr. El frío, el cansancio y el dolor parecían pequeños comparados con lo que me impulsaba a seguir: conseguir aquel premio para alguien que estaba luchando contra una enfermedad terminal. Sabía que no podía cambiar su destino, ni quitarle el sufrimiento, pero quería regalarle una alegría, demostrarle que había cosas por las que sonreír. Renuncié al descanso, a las tardes tranquilas y a muchos momentos de mi vida. Hubo días en los que las lágrimas me acompañaban durante los entrenamientos. Me preguntaba si sería capaz de llegar hasta el final, pero pensaba en su sonrisa y volvía a levantarme. El día de la carrera corrí con el corazón, no con las piernas. Cada zancada llevaba su nombre. Cuando crucé la meta, comprendí que mi mayor victoria no era ganar, sino poder regalarle
152. El testigo
Alberto Vara Muñoz
El chico corría que se las pelaba. Había trazado la curva de Canalejas dejando tras de sí una estela de pisadas sobre el asfalto mojado. A pocos metros ya, la mole parda del colegio: la meta.
—Los policías me han dicho que les ha costado echarte el guante, Juan, que parecías un galgo.
El hermano Emeterio llevaba allí desde que se levantó el primer aulario y a lo más que había llegado era a portero de noche.
—Si corres la San Silvestre, no le contaré nada al director y nadie te expulsará del colegio.
—¡Si son diez kilómetros, hermano! ¡Y encima yo soy de los que fuman!
Sería la primera vez que Juan Expósito, el eterno castigado, fuese capaz de terminar algo que había empezado. Por eso, el hermano Emeterio había corrido también los diez kilómetros en paralelo, por las aceras, para ser testigo de su hazaña.
153. Regalo familiar
María Perla Díez Arcos
El intercambio de regalos lo harían tras la comida de Año Nuevo. Le correspondió llevar un regalo para su hermano. Estaba decidido. No quería que estuviera en casa hasta el momento crítico. Él correría la San Silvestre Salmantina, llegaría rendido, sin ánimos para olfatear. Mientras la carrera, iría a buscar el regalo. No contó con los desvíos de los autobuses. La caminata fue una sorpresa. Llegó a los grandes almacenes, seguía expuesto el equipo deportivo. El dependiente dijo que era el único que quedaba, no se podía sacar del expositor. Su respuesta fue una mirada tan enérgica como le permitían sus fuerzas. Vino el responsable de la sección. La misma explicación. —Esperaré —fue la suya. —Señora, no se puede. —¿Quién lo impide? Silencio, palabras musitadas entre los dependientes. —Señora, esto nunca se puede hacer. —Se ha podido. Ahora la aventura del regreso. Al llegar al portal, coincidió con su hermano.
154. Ni una palabra
Claudia Vivas González
Me va ganando. Es lo único en lo que puedo pensar.
Va a volver a ganarme.
He corrido contra ella en casi cien carreras. ¡Cien! Y no he ganado en más de quince, siempre porque ella estaba con molestias en la cintilla iliotibial.
Hemos crecido juntas, hemos aprendido la belleza del atletismo en el mismo club, y siempre hemos sido rivales.
Por eso tenía la esperanza de ganarla en esta San Silvestre Salmantina. Pero la veo delante... cerca de la meta.
Está haciendo un gesto extraño, va encorvada hacia un lado, casi cojeando ¿Se estará burlando de mí? ¿Puede ganarme aun perdiendo tiempo?
Sin embargo, no tardo en adelantarla. Está llorando, y cuando paso por su lado me mira. La meta está a menos de diez metros, pero no puede ni andar. Es su lesión otra vez.
Ni si quiera lo dudo: cargo con ella y cruzamos la meta juntas.
155. ELRELEVO
MANUELA GÓMEZ GARCÍA
Mi padre corrió la San Silvestre Salmantina durante veintisiete años. El primero fue por mí. Yo había nacido con una cardiopatía congénita y, mientras los médicos discutían mi porvenir, él prometió que, si lograba salvarme, correría cada Nochevieja por las calles de Salamanca.
Cumplió su palabra incluso los inviernos en que apenas podía anudarse las zapatillas. Nunca le pregunté si corría para dar gracias o para mantener a raya el miedo de aquellos primeros días.
Cuando murió, encontré su último dorsal dentro de un sobre, junto a una fotografía mía recién nacida.
Hoy, recuperada de aquella enfermedad, corro en su nombre. Al cruzar la plaza Mayor, comprendo que algunas promesas no terminan cuando quien las hizo desaparece.
156. LA CINTA
JOSÉ ANTONIO PÉREZ CHECA
Mi padre llevaba cuarenta años jurando que aquella sería su última San Silvestre.
—Ya lo dijiste en el Puente Romano —le recordé.
—Y hablaba en serio.
Resopló a mi lado, el aliento hecho nube, una cinta de tela atada a su muñeca y a la mía. Desde que la vista se le apagó, yo era sus ojos; él seguía siendo mi terquedad, mi ritmo.
—Escalón a la derecha. Ahora la Plaza Mayor, ¿notas cómo cambia el eco?
—Huele a castañas y a gente —sonrió—. No me sueltes.
—Nunca.
Le temblaban las rodillas. A mí, el pecho entero. Cruzamos la meta y me apretó la mano con aquella fuerza suya.
—Gracias por llevarme, hija.
No supe decirle que llevaba años ocurriendo al revés: desde que mamá no está, cada diciembre el que tira de mí hacia delante es él.
157. Los participantes invisibles
Irvin José Guachi Ibarra
"Es hoy", hablo una voz a la derecha. "Claro que es hoy", respondió otra voz dos cuadras a la izquierda. "Quisiera participar" agregó una voz triste desde arriba. Aún no empezaba la carrera, frío alegraba las manos de muchos. "Yo" primero se escuchó, "quisiera" luego otra voz, "mirar o" una tercera, "sentir" terminó una sexta voz que pasaba por el puente. Desde el abajo se dijo "todos participamos". Y así las voces y iban y venían pidiendo y festejando, alegrando y queriendo lo que serían muchísimos pies sobre ellos. En la mitad de la multitud, un niño le preguntó a su padre:
-¿Crees que ellos también sienten?
-¿Quienes?
-Las calles.
158. Hasta que solo quede
Rafael Fuentes Pardo
Mi padre le dijo al geriatra que estaba preocupado porque cada vez pesaba menos. El doctor contestó que, en efecto, más que un viejo, parecía un pajarito. Pero la vida era eso: ni perder las cosas ni olvidarlas, solo dejar que vayan desapareciendo poco a poco hasta que solo quede un anciano ligero.
Mi padre salió de la consulta dando un portazo y renegando. Unas horas después, cuando superó el cabreo, decidió rentabilizar su nueva condición y se apuntó a la San Silvestre.
El día de la carrera soplaban rachas de setenta quilómetros por hora, los corredores se agarraban a los árboles o llevaban lastres, la edad media superaba los noventa años. Lo que no le sorprendió tanto fue ver al geriatra en la salida, pistola en mano, diciendo: «A la de tres, volad alto y mostrad a todo el mundo que es la vida, pajaritos».
159. Lastre
Julia Castellano
El barco no avanzaba. Mar quieto como un plato de sopa.
—Algo pesa de más, capitán —dijo la gaviota.
No recordaba que las gaviotas navegaran a vela. Sospeché.
Arbolé por la borda un cofre lleno de «el lunes empiezo». Luego, unos barriles de «¿qué dirán?». Ahuyenté al loro del «¿y si, y si?», que se perdió en el horizonte.
El barco empezó a moverse. Un pasillo de manos emanaba del mar acariciando el barco, que se dirigía hacia un arco iris rojo.
El sombrero me pesaba como un planeta y la pata de palo empezó a resquebrajarse.
El suelo me besó la frente.
Abrí los ojos. Cielo.
Me quitaron el sombrero. Agua.
—Te dije que ese parche te marearía —dijo mi amigo.
Detrás de mí, la meta. ¡La había cruzado!
Me levanté, algo dolorido, pero feliz y ligero como un barco sin ancla.
160. RENACER
Marta Garcia Gil
Un año más que despedir. No ha sido un año cualquiera; para bien o para mal, este año ha sido especial.
Regreso a mi amado refugio, donde siempre encuentro paz. No imagino a Salamanca sin mí ni a mí sin Salamanca; somos uno y así se lo hago saber.
Es el momento, llegó la hora. Me calzo las zapatillas y me dirijo al paseo de San Antonio. Las calles están repletas de gente de todas las edades. Se respira buen ambiente por doquier, lo que, junto al espíritu navideño, evoca en mí un mayor sentimiento de orgullo.
Dan la salida y comenzamos a correr, pero no es una carrera más. Dejo que mis pies me guíen mientras mis ojos absorben la belleza de cuanto nos rodea y arropa a nuestro paso.
Y sí, así es. Definitivamente puedo confirmar que no ha sido un año cualquiera: sencillamente, ha sido especial.
161. Recorridos por el tiempo
Víctor Niso García
¿De dónde vino la brisa enigmática y tibia que, a apenas doscientos metros de la meta, nos sorprendió por la espalda? ¿Qué sentido tenían esa temperatura ajena al día de finales de diciembre y esa particular consistencia del aire? ¿Era el eco del coscorrón de Lázaro en el toro de piedra? ¿Los suspiros que se le escaparon, en el huerto, a Calixto y Melibea? ¿El «como decíamos ayer» de Fray Luis de León? ¿El croar que, sobre una calavera, alienta al carpe diem? ¿Las unamunianas tertulias del Novelty?
Todos los corredores sentimos ese soplo, extraño y familiar a un tiempo, y cómo impulsó nuestras carreras.
Era el pasado, que nos adelantaba.
162. Una sonrisa única
Alvaro Ruiz Crespo
Meses arrastrando ese terrible sentimiento de pena, esa sensación de angustia, esa tristeza que te sume en lo más profundo de tus pensamientos, boicoteando tu percepción sobre tus capacidades y que los especialistas categorizan como depresión. Pero ahí estaba yo, rodeado de miles de corredores, personas cuyos meses se han centrado en preparación, esfuerzo y sudor, cuarenta minutos en los que mis problemas pasarían a segundo plano, cuarenta minutos que pretendía lograr tras haber conseguido mi anterior marca en cuarenta y dos. Y fue en la plaza mayor donde mi mirada se encontró con la de mis padres, que me alentaban orgullosos con un brillo de admiración en sus ojos. Entonces entendí todo: esa sonrisa que lograron dibujar mis padres, que no logró abandonar mi rostro durante la carrera, era el motivo que me hizo comprender, por qué había decidido refugiarme en un deporte tan bello como es el running.
163. CALIXTO Y MELIBEA
JUAN BECERRA GÓMEZ
Era el último día del año y miles de corredores cruzaron la Plaza Mayor bajo un cielo de aplausos. En la línea de meta, Melibea sonrió entre la multitud y le entregó la medalla a Calixto; descubrieron así que la verdadera eternidad siempre fue la solidaridad y el esfuerzo compartido de correr en Salamanca.
164. TOCAR LAS ESTRELLAS
ESPERANZA BECERRA GÓMEZ
El inspector Rufino jamás había corrido, salvo para coger un autobús; sin embargo, Salamanca entera latía en las calles y la tentación fue irresistible. Vestido con un chándal de felpa, se mezcló entre miles de atletas. Sonó el disparo y la majestuosa masa se lanzó a tumba abierta por la Gran Vía, convirtiéndola en un río de júbilo.
Ya en la Plaza Mayor, se preguntó para qué corría; corría por la gloria de ser parte de aquella maravillosa locura colectiva. Casi sin aliento, cruzó la meta bajo una lluvia de aplausos y, exhausto y sonriente, comprendió que en esta ciudad cualquiera puede tocar las estrellas.
165. SEMBRANDO LA CIUDAD
JUAN BECERRA TORVISCO
El frío serrano apretaba los tobillos mientras la marea de corredores aguardaba la salida. El tío Cesáreo, con las pantorrillas curtidas por las rastrojeras, no entendía de pulsómetros ni de barritas energéticas. A sus sesenta y tantos, bastábale el pantalón de franela y su terquedad como hombre de campo. Al tomar la calle Toro, flanqueado por el gentío que voceaba ánimos, sintió el ramalazo de juventud de sus mejores años. Salamanca relucía bajo la luz declinante de diciembre y Cesáreo, trotando a compás sereno, no perseguía otra gloria que saberse, un año más, en paz con la tierra y con los suyos.
166. Nebrija no cuenta el aliento
Yoshitaka Morita
En la meta del Paseo de San Antonio el control cierra a las dos, y mi oficio es borrar del acta a quien pise la alfombrilla un segundo después. Una cosa es segura: diciembre vuelve vaho cualquier disculpa y la casilla del nombre solo admite doce letras. Durante tres años, el viejo cajista don Hipólito quitó una hache muda en cada inscripción: primero del apellido paterno, luego del materno y hoy de su nombre, para que el materno cupiera entero. Según escribió Nebrija aquí en mil cuatrocientos noventa y dos, la letra es huella de la voz y sobra lo que no suena. A las dos y un segundo cayó en la meta como plomo caído de un diccionario viejo. El sistema lo rechazó, pero oí en su pecho la áspera aspiración de las efes latinas. Abrí observaciones y, en vez de su baja, tecleé
167. Paso firme
Teresa Yorgina Camacho Almeida
La carrera de San Silvestre está a punto de empezar. Se respira un ambiente de feria y entusiasmo. Este año dieron oportunidad a las personas con discapacidad. Oportunidad que aprovechó Carlos.
Es la primera vez que Carlos participa en esta carrera desde aquel accidente, hace ya varios años. Ha entrenado para esta ocasión y las infinitas sesiones de terapia le han dado la seguridad para competir.
Se escucha a lo lejos la partida. Hombres y mujeres corren como si los persiguiera el mismísimo demonio mientras que Carlos va a un ritmo parsimonioso. Su familia, apostada a lo largo del recorrido, le muestran pancartas con frases alentadoras.
A medida que avanza la carrera, él queda en la retaguardia, su sombra proyectada en el suelo refleja dos franjas delgadas como piernas.
Se acerca a la meta, solo se escucha el sonido de sus prótesis de metal impactando sobre el asfalto.
168. La promesa
Iván Santamaría Pampliega
En la salida no tengo marca para estar en el primer cajón. Llevo una fotografía doblada en el bolsillo.
Kilómetro 1. Ocho minutos largos.
Kilómetro 3. Miro el reloj. Un desastre. Recuerdo Valencia, Berlín y aquellos días en que corría con los de cabeza.
Kilómetro 8. No entiendo por qué nos aplauden. Las piernas pesan demasiado. Estoy a punto de parar. Saco la fotografía. La miro apenas un segundo.
Kilómetro 9. Aprieto los dientes. Corro más rápido de lo que he corrido en toda la mañana.
Kilómetro 10. Noventa y dos minutos.
Mi peor carrera.
Todos me aplauden.
Mi mujer corre hacia mí y me abraza llorando. Diez operaciones después del accidente, todavía me hace daño.
Lo siento, hija.
Te prometí que volvería a ganar.
Sólo pude volver.
169. _Cimientos de asfalto.
Belbahi Oualid
_En Médéa, Sofian ordenaba los planos urbanísticos de otros; en Salamanca, sus bolsillos vacíos apenas le permitían proyectar el mañana.
El cartel de la San Silvestre le hizo detenerse. De joven había jugado al fútbol en Argelia, aunque hacía años que no entrenaba. Una organizadora, al conocer su situación, le consiguió un dorsal gratuito.
A mitad de carrera, el frío le calaba el pecho y el cansancio le obligó a caminar. No competía contra nadie; solo intentaba no rendirse. Cerca de la meta, un «¡Ánimo!» anónimo se abrió paso entre los aplausos.
Llegó exhausto, muy lejos de los primeros. Sus problemas seguían esperándolo al otro lado de la línea. Sin embargo, mientras recuperaba el aliento sobre el asfalto, comprendió que aquellas calles ya no le eran del todo ajenas: acababa de poner la primera piedra.
170. Sin dorsal
Carmen Sarmiento
Sin dorsal. Rizos ausentes. Me enfundo en un turbante. No me reconozco.
Me reconforta el aroma a castañas cerca del Paseo de San Antonio.
Quiero despedir el año como otras veces: corriendo la San Silvestre Salmantina.
Percibo mareas de corredores, concentrados en sus rituales. Y yo fantaseo con un dorsal y un poco de salud.
Mis piernas tienen memoria. Arranco al compás de los cascabeles.
Recorro cada curva, cada bajada y las cuestas de las narices.
Aplausos. Cruzo la meta y busco mi premio: un chupito de licor de bellota.
Una brisa seca mis lágrimas. Sonrío al ver a algunos superhéroes con pelucas y maquillajes imposibles.
El pelotón eufórico se amontona en la salida y arranca el trote. Yo ya pienso en la próxima: la de vuelta a casa.
171. La corredora
Sofía Cruz Lozano
El pistoletazo de salida rompe el murmullo de los participantes. Corro. Un pie tras otro. Lo hago porque hace tres días le prometí a mamá que me esforzaría, que dejaría las drogas y me pondría en forma. En la siguiente zancada me desequilibro. Las pantuflas del hospital no son el mejor calzado para esto. Una parte de mí lo sabe. Una parte de mí comprende que algo sucede. Algo que…
—¡Lorena, vuelve!
Me giro, extrañada. ¿Quién será esa señora? No importa. Corro, porque en eso me transformé después de su muerte. Tropiezo. ¿Su muerte? ¿Mamá está…? La claridad llega cuando veo las arrugas de mis temblorosas piernas. Hace años que dejé de ganar medallas. Hace años que… La enfermera me persigue. Nunca me gustó que me ordenaran lo que hacer, así que la esquivo. Corro. Corro con lo poco que queda de mi cuerpo, pero con toda mi memoria intacta.
172. El destino no quiso que fuéramos dieciséis
Julián García Gallego
«¡Manoli, tienes que olvidarte de esto!» es lo que repite cada año mi marido cuando me ayuda a vestirme. Menudas pintas tengo con estas mallas de colores y el dorsal pegado en el pecho; así no íbamos en 1984. Pero no me importa. Y, siendo sincera, solo el temblor de las manos me hace dudar. Algún día Pedro se cansará de este loco ritual; solo lo hace porque me quiere.
Bueno, no voy a darle vueltas ahora. Voy a coger aire y pedirle que me seque las lágrimas.
En ocasiones, me brota la rabia. La imagen de aquel coche atropellándonos se hace casi insoportable, incluso después de tantísimo tiempo. Todavía recuerdo la sonrisa de mamá mientras le hacía la promesa: «Mañana tomaré la salida con las chicas y ganaré la carrera». Ella falleció esa misma noche sin saber que aquel accidente me dejaría para siempre atada a esta cama.
173. ARCOIRIS
CONSTANTINO GÓMEZ GÓMEZ
—¡Mira, hermana. Ahí vuelve a pasar el arcoíris.
—¡Pero no llovió!
—Digo ese que no aparece después de la lluvia. El que forman hombres, mujeres y niños cruzando las calles de Salamanca cada San Silvestre.
¿No recuerdas, concha vieja? Ese arcoíris tan alegre en el que vemos pasar corriendo pastores, atletas, reyes magos y hasta bebés en carrito.
Mira aquel niño que regresó año tras año. Primero corría buscando entre la multitud los ojos orgullosos de su abuelo al cruzar el Tormes.
Después a su Padre en la plaza. Luego corrió solo y hoy espera como voluntario a su hijo.
—¿Y por qué sonríe tanto?
—Porque ellos lo ven. Aquellos que el tiempo pliega.
—Ahora lo entiendo, hermana. No corren para ganar.
—Exacto. Corren para encontrarse.
174. Pasos compartidos
Michael Nelson
Una bocanada evocadora.
Una brisa cargada de aplausos.
No es solo otra carrera ni despedirnos del año. Es celebrar que seguimos aquí.
Demasiado desde la última.
Cuando el veneno me atravesaba por dentro, me imaginaba en el Paseo de San Antonio. Con mi dorsal. Y con ellos. Juntos, volábamos por la ciudad que me vio crecer.
Ahora mi pecho vibra: me atraviesa la música, las risas, los cánticos. Estoy aquí de nuevo. Siento mis piernas, aún demasiado débiles para correr, pero más fuertes que nunca.
Escucho el pistoletazo de salida. Cierro los ojos y saboreo el momento. Un leve empujón me trae de vuelta.
–Esto arranca –dice Jaime mientras empuja la silla.
–Dale rápido –anima Ramón–. En calle Zamora me encargo yo.
–Y en la Plaza dejadme a Manu –pide Javi con su mano sobre mi hombro–. Vamos a batir tu récord.
–Gracias, chavales –murmuro al cruzar la salida.
175. Temario vital
José Ramón Alonso Belaustegui
Si corres y bebes alcohol como si fueses un ferroviario argentino del siglo XIX, tendrás una trayectoria atlética con más curvas que el vals de un tirolés, por eso dejé de darle a los cubatas y comencé con rutinas saludables que pusieron a prueba mi síndrome de abstinencia y mis disciplinadas creencias sobre lo que se debe hacer y lo que no. Pero cuando todo parecía tenerlo bajo control, surgió otra vez el oscuro e insondable desorden. Desde entonces, el deporte se ha convertido en mi evasión: una epopeya diaria que me ayuda a equilibrar mi salud de plastilina.
Y aquí, preparado para competir, justo antes de que el juez dé el pistoletazo de salida de la San Silvestre Salmantina, decido entregar a un corredor que está mi lado, con pinta de velocista, una nota manuscrita que dice:
«Todo puede cambiar cuando el afán significa ganarle terreno a la vida»
176. Cuando el premio apremia
Judit Oliva Blázquez
Cuando el cañón marcó el inicio de la gran aventura, izamos las velas y con el viento en contra nos dimos a la mar. Nos enfrentamos a toda clase de enemigos, sorteamos obstáculos y evitamos los más duros abordajes, pero nuestra voluntad nunca flaqueó; la brújula de a bordo apuntaba hacia un único objetivo: el Gran Tesoro.
Con los músculos ardiendo y en tensión, nos encontrábamos surcando la más brava de las mareas cuando el vigía divisó la línea de meta. Íbamos los primeros. Ya podía sentir el frío del oro entre mis dedos. De repente, un hombre pez nos adelantó por la izquierda. Jamás había visto algo igual: su velocidad era inusitada.
Ganó.
Cuando cruzamos la meta, mucho después, nos quitamos los sombreros, los parches y las bandanas, exhaustos. Al ganador lo vimos salir suspirando de un baño portátil.
177. RESISTENCIA MATERIAL
Miguel Angel de la Calle
Llevo tres siglos en la Cuesta de la Compañía y detesto vuestro neón. Zapatillas de carbono, disfraces de Papá Noel de poliéster barato… bípedos efímeros que pisotean mi lomo buscando una gloria que se oxida en una semana.
A mí no me conmueve vuestro aliento. Todavía me duele la rodilla de granito que me astilló un cojo hace una década; una grieta íntima que guardo como un secreto geológico.
Hoy pasa el favorito. Su zancada es un metrónomo perfecto. Siente mi dureza, confía en ella. Pero entonces, por pura coquetería tectónica —nunca por maldad—, cedo exactamente un milímetro bajo su pie derecho.
Un chasquido sordo. Él tropieza, recupera el equilibrio, pero el ritmo se quiebra. Llegará tercero. Nadie entenderá el fallo del terreno. Yo, mientras tanto, vuelvo a ser piedra bajo la escarcha.
178. El útimo que cierre
Virginia Mas
Mi padre siempre llegaba el último a la San Silvestre. «Alguien tiene que cerrar el año», decía, riendo con la boca llena de frío. Cerraba el año como se cierra un bar. Despacio, apagando luces, comprobando que no quedara nadie dentro.
Hoy corro con su dorsal, sujeto con los mismos alfileres oxidados. Los demás se dispersan hacia la Plaza Mayor; yo dejo que me adelanten todos, que los operarios empiecen a recoger vallas a mi paso.
Un camarero que friega la acera me aplaude con el trapo en la mano, sin saber muy bien por qué.
En la meta solo espera un voluntario que mira el reloj. Cruzo bajo la pancarta medio desinflada. Soy la última, la más lenta, la mejor.
—Ya puede cerrar —digo.
Y por primera vez en meses, el año tiene un final al que sé ponerle nombre.
179. El oro de la charra
David Rivas Fernandez
Salamanca se echó a la calle aquella mañana de diciembre, vestida de fiesta y zancadas. Entre zapatillas veloces y disfraces imposibles corría una charra, con su saya bordada y el oro reluciendo en las orejas. La San Silvestre era un río de piernas, risas y aliento. Ella corría con su tierra prendida al cuerpo, hasta que descubrió la desgracia: ¡había perdido un pendiente! ¡Ni que el oro tuviera alas! protestó. Pero la Navidad guarda milagros en los bolsillos. Junto a una hoja de acebo, un duende de barba blanca, gorro rojo y botas puntiagudas encontró la joya. —Buscaba estrellas para el árbol y me he encontrado una luna —dijo, guiñando un ojo. Al devolverle el pendiente, la charra rio agradecida y continuó la carrera. Y aquella mañana, entre zancadas y villancicos, Salamanca descubrió que hasta el oro perdido puede encontrar su estrella, cuando la magia corre por sus bellas calles.
180. La línea de meta
Francesc Vicent Nogales Sancho
Ajustó los cordones gastados con la ilusión intacta de los grandes días. La Plaza Mayor vibraba en una fiesta dorada: sonó el pistoletazo y se lanzó al río de corredores, sintiendo el latido triunfal del asfalto salmantino. Cada zancada era pura victoria, aire limpio inflando los pulmones y una marea de vítores empujándole hacia la meta con una fuerza invencible. Llevaba una vida corriendo cada diciembre, y este veintisiete no sería diferente.
En ese instante, la luz de la mañana inundó la habitación del hospital. Tras meses de silencio, bajo la sábana blanca, su pie derecho se flexionó con brío, como quien marca el ritmo firme de una carrera. Su mujer liberó un grito de ánimo y, con lágrimas encendidas de pura esperanza, sabía que la meta de la carrera era cruzar la línea de regreso a casa.
181. Bufanda y mosto
Rocío Bueno Rodríguez
Dos vueltas de bufanda cada uno y un curioso rayo de sol apuntando a sus caras.
En el Paseo del Rollo era tradición ver a ese abuelo con su nieta animando en los últimos metros a los corredores para después, siempre con la llegada del último, irse a tomar un mosto con un pincho de tortilla a un bar del barrio.
25 años después, Manuel ya no está, pero ella lo recuerda. Anima por los dos y juega a encontrar caras conocidas entre los corredores.
Es lo bonito de esta carrera: ver a tus amigos, vecinos, incluso a aquel compañero del instituto con el que compartías apuntes pero no recuerdas su nombre.
Jamás estás solo en la San Silvestre.
182. La última meta
M PAZ SCHEZ MIGALLON URDA
Nunca había corrido una carrera. A sus setenta años, todos le decían que era tarde para empezar. Pero aquella mañana de diciembre, mientras Salamanca se llenaba de corredores, se ató las zapatillas y salió a la calle.
No quería ganar. Solo quería demostrarle a la vida que todavía le quedaban caminos por recorrer.
Los primeros metros fueron fáciles. Después llegaron el cansancio, el frío y las dudas. Pensó en abandonar, hasta que vio a una niña animando desde la acera.
—¡Tú puedes! —gritó ella.
Y siguió.
Cuando cruzó la meta, no hubo medallas ni grandes aplausos. Solo una sonrisa, unas manos temblorosas y una lágrima que le resbaló por la mejilla.
Aquel día comprendió que nunca es tarde para empezar, que cada paso cuenta y que algunas victorias no se miden con un cronómetro.
Porque la meta más importante es la que uno se atreve a alcanzar.
183. Perdedor absoluto
Aleix Ortiz Cantó
Todavía en cabeza, diviso la línea. Exprimo las fuerzas restantes y…sin avisar, mi cuerpo se detiene. Se abre paso, fulminante, solamente una pregunta: ¿para qué? Pese a todo lo hecho para llegar hasta aquí, asombrado, no sé responder.
Noto cómo los demás corredores se acercan por detrás y pasan de largo.
Rápidamente, me sube desde el estómago una ola de frustración ante la inexplicable derrota. Sin embargo, la frustración también me adelanta.
Percibo la algarabía de imágenes y sonidos que producen los últimos instantes de carrera. Veloces, las imágenes y los sonidos me avanzan.
Entonces, me inundan pensamientos de incredulidad e incertidumbre. En un instante, todos los pensamientos me aventajan.
Finalmente, me pierdo en una serenísima soledad. No obstante, incluso la soledad me deja atrás.
Ahora, todo lo he perdido, salvo esta mañana fría de diciembre, el asfalto salmantino y la línea de meta que cruzo, por fin, último.
184. ORACIONES SIMPLES
SALVADOR VAQUERO MONTESINO
Si lee con detenimiento las ciento trece palabras de este microrrelato y retira los adjetivos y adverbios para centrarse solo en los sustantivos y los verbos, siente que todo fluye más deprisa, como la primera vez que corrió la San Silvestre, cuando le importaba el lugar en que llegaría a la meta. No como ahora, después de aquella noche de alcohol y desenfreno, de pisar el acelerador sin conocimiento y de una curva mal trazada que terminó en vueltas de campana, una cama de hospital y meses de operaciones que apenas consiguieron salvarlo.
Ahora la sintaxis es más sencilla: mover la silla de ruedas. Ver pasar a los corredores. Mirarlos con envidia. Recordar.
185. La carrera de todos
Adriana Castellá
En el bar me han preguntado quién ha ganado la carrera de Salmantina, Pablo Sanchez no es la única respuesta.
Éramos tres guerreros como mosqueteros unidos por las mismas circunstancias. Enhorabuena todos reunidos por la carrera. Los niños de la clase B salieron como palomas liberadas, y luego nosotros entre un gentío de árboles navideños, bailarinas con tutú rosa y hasta mariposas fuimos a poner nuestro corazón, darle el mejor traje a nuestros años. Y hemos ganado , todos los enfermos con parálisis cerebral que reciben las donaciones y nosotros.
Aplaudidos por la gente tras el vallado azul que nos recibió como héroes. Y aquí felices con los brazos cansados de tanto correr, nobles como caballeros andantes sobre nuestras sillas de ruedas.
Todos ganamos. Y lo dije en aquel bar que ayer miraba desde la calle mientras corría con un sol solidario que nos hermanaba a todos.
186. El Corredor
Ángel Joshua Ortiz Tavarez
En la recta final de la Calle Compañía, el corredor veterano sintió que su sombra se salía.
No era el sol bajo de diciembre; era ella, alargada y precisa, adelantándose entre los charcos de luz.
Cruzó la meta unos metros antes que él. Y al llegar, la encontró vuelta, con los mismos ojos cansados y un dorsal gastado sobre el pecho: el de su primer San Silvestre, que perdió años atrás, cuando aún corría por alguien que ya no está.
La sombra extendió su mano y se lo devolvió. Él lo prendió sobre el nuevo, sintiendo el alfiler como una aguja antigua. Y por primera vez en mucho tiempo, no levantó los brazos.
A lo lejos, sonó una campana de Año Nuevo. Dejó que el aliento le llenara el pecho, y que la calle, vacía, lo nombrara de nuevo.
187. El dorsal
Víctor Noel Morcillo
Los pies se me ampollaron en el kilómetro cinco. Me acalambré en el siete. Desde las veredas, la gente aplaude y grita un nombre que no es el mío, el que dice el dorsal. Me emociona la confusión. Estoy último. Sigo porque su dueño me espera en la llegada. Promesa de hospital.
188. LOS CUATRO MAGNÍFICOS
ESTEBAN TORRES SAGRA
El sanguíneo llegó cuarto, lo que no está mal si nos atenemos a sus características. Hubiera ganado sin el tiempo invertido en saludos desde la Plaza Mayor al Puente Romano. Se fue con treinta direcciones de Instagram de quienes, sin duda, se convertirán pronto en sus amigos.
El melancólico acabó tercero, también pudo vencer. Su interés le hizo detenerse en cada monumento para profundizar en su historia. Se marchó con la promesa de volver para documentarse mejor sobre tanta maravilla.
El flemático fue segundo. Habría obtenido mejor clasificación si no hubiese dejado pasar al líder sin resistencia.
El colérico cruzó la línea dando gritos de júbilo. Tras varios intentos, lo había conseguido, ¡por fin! Este año ningún atleta de élite ostenta su tipo de personalidad. ¡Qué pena su descalificación tras analizar el codazo en las costillas al flemático, quien, ni aun así, quiso denunciarlo y buscarse un conflicto,
189. UNA, DOS Y TRES
ANE GOIKOETXEA BILBAO
Una, dos y tres se repetía en silencio, venga esta vez sí. Una, dos y tres. Una, dos y tres. Una, dos, tres, cuatro...necesitaba más tiempo, necesitaba más números, necesitaba tomárselo con calma.
No por mucho correr avanzaría más rápido. Ella se daba lecciones, era su mejor mentora, nadie le conocía mejor. Sabía que lección tocaba en cada momento,. Ahora, Calma. Una, dos y tres, cuantas veces había aprendido esa lección, más Calma. No importaba que se la supiese de la C a la A, necesitaba más. Esta vez tampoco seleccionó Inscripción. No estaba preparada. Aún quedaban muchas lecciones y ediciones de su querida San Silvestre Salmantina. Bajó la tapa del portátil y guardó las zapatillas, pero no las colgó, no, aún quedaba... Empezó a leer Tiempo.
190. DIEZ KM
JOHAN LILIANA JIMENEZ MALAGON
Se inscribió con temor, pero diciéndose que valía la pena. Que fuera lo que fuera, valía la pena. Se dijo: - si gano, si logro correr los 10 km en el tiempo impartido, devuelvo el dinero. Ya estaba harto de su vida fugitiva. Había llegado a Salamanca huyendo, se instaló como pudo, le encantó la ciudad, se quiso quedar. Quizá porque, como el Lazarillo, sabía lo que era abrirse camino a golpes. Eligió la última carrera del año para empezar de nuevo. Recorrido D master veterano B 46 años. Una carrera popular y humana. Eso fue lo que lo convenció. Y se llegó el gran día. Ahí estaba él. Sostenido por los otros. Lloró. Sonó la salida y arrancó. Por primera vez en muchos años corría sin mirar atrás. Entonces entendió que la carrera, nunca había sido cuestión de 10 kilómetros.
191. ME ARRODILLO ANTE EL CIELO
SORAYA
Marcaban las once y media en el reloj. Sólo faltaban veinte minutos para la carrera y yo estaba preparada. Es un desafió que tengo pendiente, el dolor no me lo va a impedir, y me conformo con no tener alguna fractura. No deseo ganar, sólo que me deje terminar.
Ahora, hoy es el día. Cuántas tardes con mi padre iba a correr por los caminos cerca del pueblo. Empecé poquito a poco hasta llegar a los 20 km. Qué recuerdos de aquellas carreras con mi padre al lado. ¡Ay padre, qué grande eres!, gracias por tu apoyo incondicional. En el año 2023 me diagnosticaron una enfermedad rara en los huesos.
Oigo la voz del juez de salida que dice: “¡A sus puestos!, ¡listos!…”, y suena el disparo de la pistola. Ahora me arrodillo, miro al cielo y le grito ¡déjame vivir!
192. El corazón trotando
Camila Andrea Cely Simanca
Pablo se amarra las zapatillas con un nudo indestructible; busca su tercera victoria. Susan y Víctor llevan diez meses planeando un disfraz, y no sé quién se emociona más: si yo, al ver su esmero, o ellos, anhelando las risas del público.
El bautizado como “el atleta experto” correrá su edición 43. Llámenme loca, pero cada vez que recorre mis 10 kilómetros lo veo más vital. Que nos revele su secreto, porque ya me dobla la edad.
Cada 31 de diciembre los reúno para retarse y divertirse. Hoy dicen que el nieto de don Pacho —el atleta experto— correrá sus primeros metros al lado de su abuelo. Y yo, con el asfalto helado y el corazón trotando, contengo el aliento para ver cómo dos generaciones le dan sentido a mi existencia en una sola zancada.
193. Mi primera carrera
Óscar Jiménez Otero
Llevaba dos mil años en el mismo sitio. Bueno, exactamente en el mismo no: alguna tormenta me había arrastrado unos centímetros y una carreta me cambió las vistas durante años.
No es una queja. Para una piedra del Puente Romano, moverse no suele formar parte de los planes.
Había visto pasar sandalias, herraduras, procesiones, soldados, amantes y borrachos. Todos cruzaban Salamanca. Y yo seguía sin moverme.
Hasta aquella mañana.
Miles de zapatillas golpeaban el puente cuando una pisada me arrancó del suelo. Quedé atrapada en una hendidura y, de pronto, todo empezó a pasar muy deprisa: el río, las calles, la Plaza Mayor, la respiración del hombre que me llevaba.
Al cruzar la meta levantó los brazos y miró su reloj.
Cuarenta y tres minutos.
Yo hice mis cuentas.
Dos mil años y cuarenta y tres minutos.
No era gran cosa, pero no estaba mal para ser mi primera carrera.
194. Correr en el borde de la página
Nerea González Pascual
No sé quién tiene la razón, solo sé que no importa. Al menos, no ahora mismo -el último domingo del año-, con las piernas golpeando el suelo, con la mirada en el horizonte y el aire helado alrededor. Tac, tac, tac. Correr es como parar un momento para escribir en el borde de la página algo que necesita aclaración.
Hay días que no me acuerdo de mi nombre, pero sí del tuyo. Otros, me pesa cada metro que he puesto -que hemos puesto, no te olvides- de por medio. Igual por eso no cuento sumando kilómetros, sino restándolos, aunque sea un espejismo. Y, mientras, pienso: ¿estamos todos corriendo por algo o solo queremos poder parar el reloj al final? Pero entonces alguien disfrazado ha pasado a mi lado, sorprendentemente rápido, y me ha hecho reír. No sé quién tiene la razón, solo sé que ahora no importa.
195. Quien la vive es quien la goza
Evelio Cely Caicedo
Aprovechando mi pretemporada como ciclista, viajé de Barranquilla a Salamanca invitado por Eduardo. Quería que corriéramos la San Silvestre Salmantina. Al llegar, me vi rodeado de una marea alegre; atletas africanos convivían con gente disfrazada en un auténtico carnaval popular.
Arrancamos a ritmo fuerte. Sin conocer el circuito, mis piernas respondieron. Avanzar por las calles salmantinas fue un viaje en el tiempo: transitamos entre el románico, el gótico y el barroco. De repente, al pasar frente a una iglesia, la voz de mi abuela fallecida me sacó del letargo: «¡Venga, niño, ánimo!». Sentí su mano. Mis zancadas se alargaron y devoré kilómetros flotando sobre el asfalto.
Dicen que entré en los primeros puestos, pero el resultado ya no importaba. Había gozado una fiesta patrimonial junto a mis amigos y el recuerdo de mi abuela. Esta carrera es como mi carnaval: quien lo vive es quien lo goza.
196. La primera carrera.
JESÚS RODRÍGUEZ ASENSIO
Lucy, que llevaba a su pequeña cría aferrada firmemente a su pecho, decidió alzarla con sus brazos y comenzó a caminar empleando únicamente sus extremidades inferiores. De este modo, la joven madre se convirtió en una figura imponente y se sintió orgullosa de su fuerza. Se notaba extraña: era mucho más alta y podía observar el bosque desde otra perspectiva. A lo lejos, divisó a sus congéneres formando una verdadera colonia; apuró el paso para dirigirse hacia ellos y, sin darse cuenta, comenzó a correr. Tal vez hoy en día se vería como un trote desordenado, pero ella sentía que estaba realizando una frenética carrera hacia el mañana. Como no estaba acostumbrada al tremendo esfuerzo de la bipedestación, decidió hacer una pequeña parada y descansar unos instantes. Un ligerísimo rictus facial, que estiraba la comisura de sus labios, surcó su rostro. Era consciente de que había logrado algo muy especial.
197. Siempre he querido correr
Raquel Rodriguez Quevedo
Recuerdo lo mal que lo pasaba en el instituto cuando teníamos que hacer la prueba de Cooper. Había que correr doce minutos sin parar. Al poco de empezar sentía flato en el costado y me quería morir. Llegar al final de aquellos doce minutos se me hacía imposible.
Lo intenté años después. Me compré unas zapatillas en una tienda especializada, me estudiaron la pisada y, durante varios meses, cuando terminaba de trabajar y llegaba a casa, salía sola a correr por un parque de noche.
Nunca conseguí correr más de cinco minutos seguidos.
Ahora, a los cincuenta, todavía no me doy por vencida. Cuando veo una revista de running, aún la compro.
Me gusta pensar que correr no consiste solo en mover las piernas, sino en conseguir que el cuerpo y el alma avancen por fin juntos en la misma dirección.
Y esa sigue siendo mi meta.
198. Siempre llegando último
Paula Piñeiro
Como todos los años en la San Silvestre Salamantina un hombre mayor siempre llegaba último, nadie entendía si era por el cansancio, por la vejez o porque en realidad no quería correr.
Se detenía siempre en una casa, mirandola atentamente y quedando siempre en último lugar, poco parecía importarle, llegaba trotando y se iba enseguida finalizaba.
Fue en la última San Silvestre Salamantina qué no se le vio más, pero si a su hijo quien explicó que había sucedido: su padre siempre posponia correr con su esposa, hasta que esta falleció, allí juro correr hasta su muerte, y la casa en la que se quedaba mirando, era su casa y donde ella siempre disfrutaba del evento desde la ventana.
199. Ochenta
Luz Alfonso Martínez
Ochenta primaveras, y también inviernos. Pero aquí estoy, dispuesta a correr.
Mi nieta Irene me espera en la meta. “Abu, ¡eres lo más!”. Y yo me hago miel y leche, y torrijas.
Ochenta. ¿Y qué más da? En vez de jaguar, ardilla. “Chica, ya tienes ganas, a tu edad”. Gracias por lo de chica, y sí, tengo ganas. Muchas.
Está lloviznando. Me recuerda a mi primera vez, hace treinta años. Empecé a correr cuando se me retiró la “costumbre”, así llamábamos a la de cada mes, y un año después hice mi primera San Silvestre. Lloviznaba, como ahora.
Entonces sí que era un jaguar. Hoy sin embargo una ardilla.
“Abu, te espero en San Antonio para cruzar la meta juntas, ¿vale?”
200. Antes de la carrera
María Valentina Nevot Santese
El aire forma nubes frente a mi boca, que exhala el aire de la primavera en Salamanca. Mi cuerpo corta el frío aire, mis brazos, siguiendo el movimiento de mis piernas. Algunos dirán que es pronto para salir a correr, las cinco de la mañana, pero es para mí la hora perfecta: las calles vacías, el aire fresco, el silencio, la tranquilidad... Aparte de que no hay nada mejor que ver salir el sol en el parque. Sigo corriendo. Noto el duro suelo contra mis zapatillas, el movimiento de mis músculos, de mi cuerpo. No hay nada como correr. Para mí, correr es vida. Correr es reiniciarme del mundo, centrarme en mí, en avanzar, en mi cuerpo, en seguir adelante, y superarme. Como los últimos años, entreno arduamente para cualquier carrera que se me presenta aquí.
Y no corro por el premio, o por la gloria.
Yo corro para mí.
201. A los pies de la Historia
Darío Pérez Montiel
Son las dos y seguimos sin noticias de mi padre. Se rumorea que, por el Puente Romano, han visto pasar a un hombre que podría ser él (si no fuera porque llevaba sandalias), mientras que otros testigos lo sitúan usando borceguíes junto a la Universidad. Protección Civil confirma que ha atendido a un varón de avanzada edad, magullado tras tropezar en la Plaza Mayor con sus zapatos de tacón. Y el remate de tranquilidad, o de preocupación, nos llega a través de la Policía, quien asegura que un individuo, que se corresponde con su descripción, cruzó Puerta de Zamora vistiendo ballugas.
— ¿Dónde estabas, papá? —le inquiero cuando por fin gana la meta.
—Haciendo un homenaje —responde tan ufano—. He usado en cada tramo el calzado propio de su época.
—Con razón tardabas…
—Pues he batido el récord: apenas tres horas en recorrer veinte siglos.
202. ANNA
DESSISLAVA IVANOV ANGELOVA
Firmó su acta de ingreso, y con ella la despedida de su amada.
Sabía que jamás volvería a tocarla, besarla, ni siquiera mirarla de la misma forma.
Y por muchas promesas por parte de Anna,el sabía la verdad.
Que el tiempo y la distancia no son amigos del amor. El amor necesita del calor, la cercanía y la constancia.
Él sabía todo eso, pero lo que Anna no sabía,es que él dió su vida por ella. No de forma literal. O él vivía sin ella, o ella viviría sin él.
Claramente Anna es más fuerte, pensó él. Ella sabría seguir adelante. ¿Pero él? Él no, él era un cobarde, que solo pudo defender el honor de su amada.
203. Pared
Javier Sotelo Mancebo
Recuerdo la música y los colores. Recuerdo a la gente, toda vestida de azul, y la voz distorsionada que salía de los altavoces, ahogada por los grandes éxitos de principios de siglo. Recuerdo el ambiente, el olor a frío y las montañas de botellas de agua y manzanas. Recuerdo ir a recoger mi dorsal, azul, con mi nombre y número, y colgarlo en mi habitación nada más llegar a casa. Recuerdo pensar, aún detrás de la línea de salida, lo mucho que iba a recordar esa carrera.
Pero ahora, cuando miro hacia mi pared, veo un dorsal casi azul, con mi nombre y número. Me veo en aquel día lleno de vida. Parece que oigo los gritos de desconocidos, animándome como si me conociesen desde siempre. Parece que huelo el frío y las manzanas.
No sabía, ya llegando a la línea de meta, que la carrera era lo de menos.
204. Adiós Digno.
Nadia Genesis Garzón Infanfe
Las piernas le pesaban demasiado, sabía que este sería el último año en el que podría correr en Salamanca antes de partir al que sería su nuevo destino, hacía frío, pero no un frío normal, era uno de esos que se sienten como despedidas nostálgicas.
-¡Tú puedes Rodrigo! -Le Gritó su amor desde la línea de espectadores.
Al cruzar el puente se escuchaban gritos y vitoreos de la gente “Un tramo más” -Pensaba Rodrígo-
Se abre frente a él la plaza mayor, tan monumental rodeada de furor y aplausos que amortiguaba el cansancio de su cuerpo.
Al cruzar la meta se detuvo para dar un respiro profundo. Dejó atrás las zancadas del y sonrió: Había ganado, corrió hacia los brazos de su esposa y la besó, sabiendo que había dado lo mejor de Sí y que se iba con el corazón lleno de agradecimiento.
205. Huellas de Memoria
Alexei Darién Rodríguez Coronel
Bajo el sol dorado de Salamanca, persiguiendo la marcha de inspiradores atletas.
Miro hacia las nubes celestinas que el cielo clarea, pintando con pálidos nubarrones el reflejo de mi visera.
Con cada avance aprecio los rastros ancestrales de este magistral recorrido.
La Plaza Mayor, el puente romano… Paradójicamente, me siento en la piel de uno de los magistrales soldados de Roma; tras mis propios pasos viene una nueva generación de deportistas, dejándose el corazón en la carrera.
Veo que me esperan mis amigos, que me apoyan animados, felices y pensando en la noche de mágica y cálida celebración que nos espera.
El corazón lo llevo acelerado, el pensamiento es claro más allá de abstraerme contemplando los juegos de luz presentes en el paisaje.
Deseo competir desde hace años y hoy, por primera vez, en verdad he tomado el valor para intentarlo.
Huellas de memoria en sus ancestrales locaciones he dejado.
206. EL ATLETA DESCONOCIDO
Sara Patricia Salas U.
Jimena tropezó con un tronco y se lastimó el tobillo. Un joven empleado del hotel la ayudó. Días después, descubrió que era Moisés Morales, medallista de plata en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 y participante por Colombia en competencias nacionales y centroamericanas. Tras perder a su padre y entrenador, Moisés abandonó el deporte para sostener a su familia, situación agravada por los recortes al presupuesto deportivo. Confesó soñar con correr la San Silvestre Salmantina, mejorar su marca y recorrer el patrimonio histórico de Salamanca. También quería conocer el origen de esa carrera. Jimena explicó que el nombre de la carrera honra a san Silvestre I, cuya festividad celebra el 31 de diciembre, según el santoral católico. Además, se ofreció a pedir ayuda a su padre, socio del Club Deportivo Padre Basabe, para apoyarlo. Moisés cruzó la meta llorando de emoción. Jimena lo abrazó sutilmente y gritó: ¡Felicidades, atleta!
207. A MI NO ME SIENTA NI CRISTO
Patricia Aliaga Rodrigo
Tengo ochenta y tres años, una rodilla que cruje como puerta de corral y más conocimiento que ganas de conversación. Pero llega la San Silvestre y allá voy, por Salamanca, con mi dorsal, mis imperdibles y una camiseta debajo, que luego vienen los catarros y nadie te los corre.
Ahora los zagales salen con reloj, móvil, auriculares y no sé cuánta cacharrería. Corren mirando si los miran. ¡Qué fatiga, hijo! Yo bastante tengo con mirar dónde piso.
Mi nieta dice: «Abuela, hazte un selfi». ¿Un qué? Tú corre, criatura, y deja de retratarte el morro.
Luego me adelantan cuatro mozos vestidos de butano y, en la cuesta, los paso yo resoplando como una cafetera.
No voy deprisa. Voy.
Que a estas alturas una aprende que la carrera no es contra los demás.
Es contra la silla.
Y a mí todavía no me sienta ni Cristo.
208. Carrera mixta
Julia San Miguel Martos
Parece que sigues escuchándole. Que ya es la hora. Que esta vez no se te puede pasar el plazo, por favor. Así que no vuelvas a recrear lo que quedó inacabado aquella tarde cuando el monitor trazó una línea infinita a un destino inevitable. Ya lloraste el duelo, que nunca cesa. Es mucho el vaivén emocional sintiendo a tu alrededor su ausencia. Tan presente. Pero por mucho que deambules por la casa, por las calles y vayas al parque donde ambos entrenabais, debes dejar de seguir buscándole en lo cotidiano. Venga, siéntate frente al ordenador. Se lo prometiste. Entra en la web oficial del Cross de Atapuerca, y rellena los datos para la carrera popular… ¿Otra vez su nombre? ¡Borra y escribe el tuyo! Por muy doloroso que te resulte, eres tú la que va a participar. Venga, te dice, ponte las zapatillas y sal a correr. Que te acompaña.
209. REVELACIÓN
carmen r
REVELACIÓN
Coincidimos al recoger los dorsales. Le propuse acudir juntos a la carrera. Aceptó, ligeramente contrariado. Antes me pasaría por su casa y le llevaría las fotos que mi mujer guardaba de años anteriores. «Ya sabes: es una fanática de la fotografía».
Siempre corría la Sansil con el 212. Aseguraba, fanfarrón, que le traía suerte, y así era: entraba entre los primeros. Curiosamente, todas las fotos de mi esposa eran de aquel atlético vecino que levantaba los brazos y miraba siempre a cámara con su reconocible capicúa.
Cuando la megafonía anunció mi dorsal, al alcanzar la meta, elevé los brazos y miré fijamente al objetivo. Percibí el fogonazo del flash y alcancé a coger la cámara analógica de mi mujer antes de que se rompiera.
Este año, no me gustaría, por nada del mundo, perderme el revelado.
210. El alma al aire
Francisco Sacristán Romero
Se presentó una accidentada San Silvestre Salmantina con una ráfaga de viento que arrancó los dorsales a todos los atletas. Durante unos minutos los números quedaron flotando varios metros por encima de la tierra, como una bandada de aves que no se atreviera a emigrar, hasta que comenzaron a caer, poco a poco, sobre los espectadores, sobre el suelo, sobre mí. Un tembloroso cuarenta con bandera brasileña me abrazó y me fue imposible arrancármelo, de modo que no tuve más remedio que terminar la carrera. Entré en tercer lugar. Desde entonces vivo en Brasilia y entreno a diario. Ya me he acostumbrado a la caipiriña, pero sigo echando de menos Salamanca y pronto anunciaré mi retirada. Eso sí, lo haré con orgullo, en este tiempo he competido por todo el mundo y he logrado varias medallas. No creo que le pueda pedir mucho más a una humilde rana de piedra.
211. Campeón
Enrique Manuel Milanés León
Corría por la arcilla con las manos descalzas. Uno más en la fiesta de ropas deportivas y disfraces alegres, comprobaba a cada centímetro el poder del agarre y la fuerza muscular. Pensándolos bien, nunca le parecieron tan palpables el paseo de San Antonio, la glorieta de los Milagros, la plaza Mayor, el puente Romano…
En el alborozo, apenas recordaba la vieja lesión y, amo de su cuerpo, avanzaba alegremente sobre la corteza motora, extasiado en la belleza salmantina.
Competidor al fin, sabía qué se traía entre manos. Una vez más, en la mesa del taller de cerámica y guiado por el maestro artesano, movió su parálisis cerebral y se sintió campeón: el trofeo que terminaba seguiría trotando en los corazones muchos años después de que los ganadores de la SanSil hayan colgado las últimas zapatillas.
212. Casta y tradición
David Delgado Morales
El disparo acaba con los nervios y da comienzo a la carrera. Te debates entre el entusiasmo de haber comenzado y la prudencia de saber lo que te espera. Dosificas tus fuerzas, obligándote solo a pensar en el siguiente paso, tratando de olvidar una meta aún lejana. Cada paso cuesta más. Cada kilómetro recorrido pesa. La fe entra en juego. Necesitas creer en ti; en tus piernas, en tu corazón, en tu alma. Pero estás cansado; muy cansado. Terminas llegando, extenuado y feliz. Ha merecido la pena.
Los enfermeros te entregan un diploma entre aplausos. Te felicitan por tu última sesión de quimio. Pero el mérito no es solo tuyo. Tantos años de San Silvestre Salmantina te prepararon para la carrera más importante de tu vida.
213. Los tiempos
José Luis Pulido Calvo
Me acuerdo de todo por los tiempos. A los veintiséis hice diez kilómetros en cuarenta y dos minutos; a los treinta perdí a Elena por no detenerme cuando cayó. No fue su rodilla lo que tardó en curarse.
Este diciembre la reconocí en la San Silvestre Salmantina, en la Cuesta de Moneo.
—Elena.
—No hables.
Corrí tras ella. Se me escapaba por un paso, siempre el mismo. Entonces otro corredor tropezó junto al bordillo. Pensé en seguir. Pero las piernas ya habían decidido.
Volví. Al levantarlo, vi que tenía mi cara de treinta años.
—Perderás la carrera —me dijo.
—Ya la perdí hace tiempo.
Cuando alcé la vista, Elena me esperaba. Llevaba una venda limpia en la rodilla.
—Ahora podemos continuar —dijo.
Aún quedaban diez kilómetros.
214. La carrera de mi vida
Eduardo Quiles
Horacio, de 70 años, desahuciado por los médicos, con la San
Silvestre salmantina a punto de empezar, se evadió de la residencia
de mayores con el sigilo de un gato montés y, en el Paseo de San
Antonio, por la línea de salida, se vio envuelto en una nube de
corredores de diversas nacionalidades y etnias. Cuando sonó un
disparo en tan mítica carrera, Horacio empezó a correr controlando
con sabiduría su caudal de energías. A su lado corría un individuo
muy alto y enjuto, disfrazado con vestimenta lúgubre y capucha
negra. Al cruzar el Puente Romano sobre las aguas del Tormes, le
susurró con voz de bajo: “No te inquietes, amigo, aún te queda tiempo
para bailar tangos y quizá varias San Silvestres más. Ah, añadió,
¿qué tal un chocolate caliente luego de la carrera? Vendería mi alma,
de tenerla, por saborear todos los días tan dulce tentación”.
215. A su ritmo
Fátima Chamorro Merino
Ahí están, bajo el frío inclemente que este año ha vuelto. Van vestidas como Jane Fonda en sus clases de aeróbic: mallas chillonas; los calentadores y la cinta elástica del pelo, a juego. Por encima, un body que les marca el pecho caído. Quizá deberían haber elegido algo más suelto, dice Dora. A las demás les da igual. Lo que echan en falta es el abrigo. Dan pequeños saltos, sin despegar mucho los pies, para no quedarse heladas. Corren porque Teo, la mayor, las retó mientras jugaban al dominó en el centro de jubilados. Entre risas y chanzas, aceptaron. Era abril. Ahora, el vaho brota en sus palabras y tienen las manos ateridas. A ver si esto empieza ya, piensan. A la señal, salen emocionadas. Trotan primero unos cuantos metros. Luego andan ligeras. Pasean después. No llegan a la meta, pero sonríen contentas cuando reciben una ovación cerrada.
216. SILVESTRE DE INVIERNO – A pocos metros del milagro
Ludwing Orlando Arias Morales
El aire frío de diciembre envolvía Salamanca cuando María ajustó sus zapatillas para la San Silvestre Salmantina. Había entrenado más allá de sus fuerzas, corriendo al amanecer y al anochecer, soñando con el premio que le permitiría comprarle a su hijo el regalo que tanto deseaba. Cada paso era una promesa, cada respiración un sacrificio. El Puente Romano la recibió con vítores; el centro histórico se convirtió en un túnel de aplausos y luces. A pocos metros de la meta, su cuerpo, agotado por semanas de esfuerzo, cedió. Cayó entre los gritos del público, mientras el reloj marcaba el final de la carrera. En el hospital cercano, su corazón se apagó lentamente. Los médicos dijeron que había corrido más allá de lo posible. Su hijo, con la mirada perdida, sostuvo la medalla que le entregaron en su nombre: el último símbolo de una madre que corrió por amor.
217. Nuestra carrera de fondo
Fernando Martín Vaquero
Salimos del Paseo de San Antonio con veinte años y un solo dorsal para los dos.
En la Plaza Mayor me dijiste que sí. Cruzamos el Puente Romano con lo puesto. Llegaron años de Progreso.
En la Glorieta de los Milagros nació Vega.
La Cuesta de Oviedo casi nos para. En la Plaza de la Merced te pedí perdón, y me lo diste.
Volviste a Libreros a los cincuenta. Yo aprendí para qué sirve la Compañía: sobre todo, para las cuestas.
Por la Avenida de Portugal se nos fue Vega. La despedimos en la Estación.
En el Alto del Rollo nos jubilamos, y el resto fue un Paseo.
En Cuatro Caminos elegimos el de siempre.
Hoy entramos en San Antonio los últimos, andando, con el mismo dorsal prendido en tu chaqueta.
La organización dice que así no vale.
Que prueben ellos a correrla cuarenta y un años.
218. Carrera real
María Teresa Blasco Bermejo
La idea se le ocurrió a Gaspar. A Baltasar le pareció bien; claro, con ese cuerpo tan atlético, era obvio quién de los tres tenía más opciones de ganar. A mí, en cambio, me pareció una ocurrencia arriesgada. Estoy en muy mala forma y temía lesionarme en fechas tan señaladas.
El día de la carrera me coloqué un chándal y unas deportivas y me preparé para correr la San Silvestre de la forma más digna posible. Baltasar, como imaginábamos, se puso en cabeza nada más empezar, pero Gaspar le siguió de cerca. En un momento dado, un tipo gordo en mallas con una barba blanca más larga que la mía me adelantó y me guiñó un ojo. Al principio no lo reconocí, pero luego me di cuenta de que era él. Otra vez. Deseé con todas mis fuerzas que Baltasar ganara, pero el pesado de Noel siempre acaba adelantándose.
219. Kilómetro cinco
ISMAEL F. CABEZA
En el kilómetro cinco se aparta un poco hacia la derecha. Lo hace todos los años.
Durante dos décadas, su hija había corrido a su lado hasta ese punto. Allí le apoyaba una mano en la espalda, fingía darle un empujón y salía disparada.
—Te espero en la meta, papá.
Este año nadie se adelanta. Su hija murió en febrero.
Él tarda unos segundos en darse cuenta de que sigue dejando libre aquel espacio. Después continúa, con las rodillas doloridas y la respiración cada vez más entrecortada.
Cuando llega al Paseo de San Antonio, algunos voluntarios recogen las vallas. Cruza la meta sin mirar el reloj. Busca entre los espectadores el lugar donde su hija solía esperarlo. Lo ocupa un hombre que habla por teléfono.
Se queda allí un rato.
Por primera vez, es él quien espera.
220. SALAMANCA LA BELLA
Jose Manuel López Huertas
Siempre amé practicar deporte en cualquier modalidad, correr por la inigualable Salamanca era mi meta y mi sueño. Pasaría el fin de año en la ciudad de las dos catedrales. Me encanta Castilla, quizá mis raíces sean de por allí, ese carácter sobrio y noble me resultaba familiar y me hacía sentir en casa. ¡Ya estaba decidido! Correré la San Silvestre salmantina como un charro más, yo que he crecido a orillas del Mare Nostrum. Empezaremos en el Paseo de San Antonio y las calles comerciales que le siguen, tan bulliciosas y transitadas, divisaríamos la puerta de Zamora donde los reyes entraban triunfantes y ufanos, disfrutaremos del casco histórico con sus antiguos palacios flanqueados por conventos de un pasado pío, pero lo que más anhelaba era correr por la plaza mayor más bella de Europa, ya seré un salmantino más…
221. El último avituallamiento
Tomás Daniel Cuesta Cuesta
En el kilómetro siete una voluntaria le tendió un vaso de agua y él lo rechazó sin frenar. Llevaba el dorsal de su hermano, que se había inscrito como una forma de esperanza de llegar a fin de año. Le había prometido correr entera la carrera con su sed, la de tantas noches en la lista de espera de un riñón, con la boca seca y el agua racionada. La voluntaria leyó el nombre impreso en el pecho y se quedó con el brazo en el aire. Había cuidado a Iván Ferrer durante meses en la planta de nefrología.
En la meta, el chip pitó y la megafonía anunció que Iván Ferrer había terminado la San Silvestre salmantina. La enfermera también había llegado corriendo, para ofrecerle de nuevo el vaso. Esta vez él lo aceptó y bebió despacio, hasta el fondo.
222. La primera en llegar
Adrián Cuesta Vergara
El pelotón de cabeza dobló hacia el paseo de San Antonio. Delante de ellos corría una mujer sin dorsal, con un chaleco reflectante y un bulto blanco bajo el brazo.
—¡Apártese! —le gritó el favorito.
Ella miró atrás y aceleró. Los salmantinos, que no entendían nada, empezaron a animarla.
A cincuenta metros de la llegada tropezó pero recuperó el equilibrio y esprintó hasta dos voluntarios que la esperaban con los brazos levantados. Desplegó el bulto, dio un extremo a cada voluntario y cayó sentada en el bordillo. Apenas tuvieron tiempo de tensar la cinta antes de que el vencedor la rompiera con el pecho.
El juez de meta se acercó furioso.
—¡La cinta de meta tenía que llevar puesta dos horas!
—Habría llegado antes en coche.
—¿Y quién se lo impedía?
Ella señaló las calles acordonadas.
—Ustedes.
223. El caracol
María Belén Vergara Rodríguez
Nadie apostaba por el caracol. Medía casi dos metros, arrastraba una concha de cartón piedra y llevaba las antenas sujetas con alambre. En la salida los demás corredores lo fotografiaban entre risas. En la Plaza Mayor ya iba en cabeza y los comentaristas, desconcertados, empezaron a buscar adjetivos. Cruzó el puente romano con una zancada limpia, sacó medio minuto a los favoritos en el paseo de San Antonio y entró en la meta con los brazos en alto mientras el público que lo había despedido con burlas lo ovacionaba ahora en pie.
La jueza de meta le pidió que se quitara la cabeza para identificarse. Salió un abuelo de setenta años, sin resuello, que miró al juez y preguntó:
—¿Tienen medallas para diez?
224. Infinito puente
Darío Cuesta Vergara
En la San Silvestre de Salamanca, junto al verraco del Puente Romano, Aquiles termina de atarse una zapatilla cuando la tortuga pisa la primera losa, bajo las campanas de las catedrales.
Aquiles sale tras ella entre bufandas y gorros navideños; cuando alcanza aquella losa, la tortuga, con paso lento pero constante, ya se desliza sobre la siguiente.
Él persigue el reflejo de su caparazón en la piedra húmeda pero la luna lo deja siempre un poco más adelante.
Los corredores desaparecen; a Aquiles le queda el rumor del Tormes y un roce de uñas.
Cada losa que pisa él es una losa que ella ya dejó.
Cuando alcanza el roce, oye otro que se aleja.
Todavía distingue una sombra, apenas.
Aquiles alarga la zancada. Ella avanza.
El puente continúa bajo ambos.
Una losa, una sombra.
Temblor delante.
Casi la...
Todavía...
Todav...
Toda...
Tod...
To...
T...
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...
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225. EL BRONCE ES EL METAL MÁS SINCERO
Diego Mauricio Alvarez Rubio
Desde lo alto, los cuatro que veían, tenían una panorámica perfecta de la carrera. Un detonar sulfuroso dio la señal de partida.
El primero en hablar fue fray Luis de León:
—Decíamos ayer que la de este año sería la más concurrida, y no me he equivocado: es imposible contar tantas cabezas.
—¡Pardiez! No nos digas lo obvio —refunfuñó el ciego—. Todos los años es la más concurrida. Más bien dime tú, Lázaro, quién va encabezando la carrera. Espero que sea un alma caritativa que me dé al menos unos maravedís del premio.
—¡Qué veloces han sido esta vez! —exclamó el arquitecto Alberto Churriguera—. Casi se llevan volando mis planos.
El último en hablar fue Unamuno, al ver al ganador cruzar la meta:
—¡Qué bien ha corrido! —dijo emocionado.
Pero inmediatamente frunció su ceño de bronce y añadió:
—¡Lástima que, aun coronado de oro, haya de morir como todos nosotros!!
226. Llegar tarde
Ander Villanueva Llorente
Durante treinta años, Julián llegó tarde a la Plaza Mayor.
Su padre lo esperaba bajo el reloj, con dos dorsales prendidos en la chaqueta y esa tos que el frío volvía más profunda. Corrían despacio. Al cruzar la meta, el viejo siempre consultaba su cronómetro.
—El año que viene, bajamos de una hora.
Luego fue Julián quien esperó bajo el reloj. Primero diez minutos; después, veinte. Cuando sonaron las campanadas, comenzó a correr solo.
Las calles estaban donde siempre, pero parecían más largas. En cada esquina creyó distinguir la chaqueta de su padre alejándose entre el público. Aceleró hasta que el aire le quemó los pulmones.
Cruzó la meta en cincuenta y nueve minutos.
Entonces detuvo el cronómetro que llevaba treinta años guardado y leyó, bajo la esfera rayada, la inscripción que nunca se había atrevido a mirar:
«Empieza cuando puedas seguir sin mí».
227. Once,el deporte siempre gana
María Carmen García Jaén
Once es una gatita atigrada moteada gris, ella tiene superpoderes como los atletas de la San Silvestre Salmantina, porque; aunque le falta un ojo es capaz de mantenerse fuerte y ágil. Ella sigue la carrera, valorando más que nadie el esfuerzo y la solidaridad que inspira su recorrido por Salamanca. Desde los tejados contempla la prueba, ella también recorre la ciudad admirando todos sus encantos con agilidad. Su figura indómita se yergue en los tejados señoriales y en la universidad. Once es una superheroína de cuatro patas del mismo modo que lo son los atletas participantes; corriendo por grandes causas, más allá de ganar, porque el deporte siempre gana. Once es especialista en sortear obstáculos y afrontarlos con éxito como los participantes de la San silvestre Salmantina.
228. Zancadas de fibra de carbono
Dolores Asenjo Gil
La imaginación es libre. No sabe de los corsés impuestos al cuerpo. La mía fantaseaba con la agilidad de la gacela y la rapidez del guepardo. Y aunque nunca había ido a clase de gimnasia y me desplazaba en silla de ruedas podía soñar con ser el más rápido de clase.
No me cansaba de ver vídeos de atletismo. Paraba la imagen y estudiaba la pisada, con la zona media del pie; la posición de la cabeza y el ángulo de flexión de los brazos. Dominaba la teoría.
Hoy será mi primera práctica. Luzco un dorsal y formo parte de una muchedumbre que ansía la orden de salida. Correré con dos piernas, una cubierta de piel blancuzca y la otra metálica y brillante. Gracias a las hojas de carbono diseñadas para replicar el impulso natural de un pie que nunca tuve podré, por fin, ser ágil y veloz.
229. SAN SILVESTRE SALMANTINA
Elías Argüello Alonso
SAN SILVESTRE SALMANTINA
Tengo 59 años. Me gusta correr y pertenezco a la categoría de veteranos. Uno más entre los 7000 que pisaremos con prisas las calles de la ciudad. Yo estaré entre el montón, ni de los primeros ni de los últimos, feliz de volver a participar.
He aprendido a mirar la ciudad, el Puente Romano, la Universidad, la plaza Mayor, al mismo tiempo que disfruto, perdido entre multitud de personas, al obligar a mi cuerpo a poner a prueba su resistencia.
Salir con ilusión, correr con calma de veterano, y respirar satisfecho, un año más, al cruzar la línea de meta. Sentir al cruza la meta que levantarme cada día corriendo por las calles de mi barrio mantiene mi cuerpo en forma.
No soy raro, veo a los que cruzan la meta conmigo sonreí felices. Un año más, un nuevo recuerdo descansando satisfecho de poder participar.
MÁS ALLÁ DE LA CARRERA
Jacobo Vieites Sánchez
Corrían por las calles de Salamanca con la respiración acelerada y el corazón desbocado. Las zapatillas golpeaban el asfalto de forma incesante. Desde el Paseo de San Antonio hasta la Plaza Mayor, sus figuras avanzaban entre el sudor, el cansancio y una ilusión que parecía empujarlos. Algunos apretaban los dientes; otros sonreían. Todos querían llegar.
Los vi cruzar la plaza bajo la noche salmantina. Pálidos, casi transparentes, con el rostro desencajado y su figura espectral. Pero uno tras otro seguían corriendo.
La interminable fila de fantasmas completaba su particular carrera.
Desde el balcón, contemplé cómo desaparecían entre las sombras.
Miré mis zapatillas junto a la cama y la ropa preparada sobre la silla. Mañana yo volvería a correr la San Silvestre.
Después sonreí y apagué la luz.
Era cierto que nadie quiere perderse la San Silvestre.
Volveré
Jorge Guzmán
No quiero parar. No es que no deba… es que simplemente no quiero. Las rodillas me están matando. Creí haberme preparado, pero tantos años dedicado al ritmo que marca la vida no se olvidan por unos meses de preparación. Tendría que haberme cuidado más. Querido más. Hoy estoy aquí por ti… pero prometo que volveré… volveré por mi. Frente a tanto arte mis zancadas parecen cubistas. No puedo evitar sonreír. Esa broma me la habrías hecho tú. Te hecho tanto de menos. Aquí estoy por ti. Porque no te lo olvido, porque te añoro y más te quiero. Yo cubista y tu plateresco… vaya familia. Aquí hay tanto ruido. Se siente la emoción. Se siente el cariño y el apoyo. No los conozco… ah, bueno, a ese sí. Ha venido Paco. Te veo a su lado. Ya queda menos. Volveré. Volveré más fuerte por ti. Por ti y por mi.
Alcanzando metas
Angel Blázquez García
Cuando mis pies me condujeron al Paseo de San Antonio, el éxtasis apenas me permitió vislumbrar los rostros fugaces de los aficionados y percibir el eco de sus desgañitados gritos de aliento. Verme solo, con la pancarta de meta al fondo aguardándome, me espoleó a sacar fuerzas de flaqueza para superar a mi último rival. Guiado por mi ritmo enfermizo, no me extrañó el no divisar la cinta que los campeones rasgamos con el pecho erguido cuando franqueamos una línea más. En ese instante mis ojos avistaron el luminoso cronómetro: pasaban cuarenta minutos desde la llegada del vencedor y de una masa de corredores que había quemado el gélido asfalto.
En los últimos metros, mientras unos ancianos gozaban acribillándome con su espray “efecto nieve”, la chiquillería se unió a mi carrera para llevarme en volandas y certificar la apoteósica victoria moral que cambiaría para siempre el ritmo de mi vida.
A la par
Martín Ariel Monforte Salcedo
A la par
Encontré el dorsal de mi madre entre las páginas de un libro. Detrás había escrito un tiempo y una palabra: «Mejorar».
No recordaba haberla visto correr. Para mí, siempre había sido la mujer que sostenía los abrigos, esperaba junto a las mochilas y nos encontraba entre la multitud.
La llamé.
—¿Vos corrías la San Silvestre Salmantina?
—Todos los años.
—¿Y por qué dejaste?
Tardó en contestar.
—No sé. Un año no fui.
Este diciembre nos inscribí a las dos. Antes de salir, me acomodó el dorsal y comprobó que estuviera bien sujeto. Después me pidió que hiciera lo mismo con el suyo.
Cuando dieron la salida, estaba a mi lado. Me pregunté cuántas cosas más de ella me faltaba conocer.
CORRER POR LA VIDA
Omar Arévalo
CORRER POR LA VIDA
Corre que la vida se acaba y te falta ver más atardeceres
Corre y renueva la vida para disfrutar más amaneceres
Corre y siente la brisa balsámica de la San Silvestre Salmantina
Corre y escucha el tropel de almas con protones de emoción
Corre, corre, corre y respira la esencia de la eterna navidad
Corre y deléitate con sabores, olores y colores maravillosos
Pasa el otoño, alcanza al invierno y vence con el calor de un espíritu inquieto.
El precio de ser el primero
Javier González Delgado
Ser un campeón no es un regalo, tiene que ver con la ambición, pero también con la disciplina, la concentración y el sufrimiento. Iba en cabeza desde la salida en la San Silvestre. Todos quedaron atrás, también sus amigos. Incluso ella.
Al cruzar el puente romano, sintió la humedad del Tormes calarle la camiseta y le invadió ese olor mineral de los ríos en invierno, como si el agua arrastrara, entre rocas milenarias, el aliento helado de la sierra. No tenía frío, al contrario, aquellas piedras antiguas parecían transmitirle una cálida serenidad.
Nunca había sentido nada igual. Entonces se vio a sí mismo en la meta, envejecido, con el pecho cubierto de medallas. Solo.
Despertó en la habitación del hotel. Con calma repasó mentalmente el recorrido. No pensaba perder aquella noche, pero, por primera vez, se preguntó si alguien lo esperaría en la meta.
Cuestión de cálculo
Javier Acín Biota
Llevo un caparazón de cartón piedra que me obliga a correr encorvado. A mi espalda oigo el resoplido inconfundible del vigente campeón. Con sus zapatillas de trescientos euros y su pulsómetro de última generación, es el favorito de las apuestas.
Doblamos por la calle Libreros. Él acelera. Cada poco, recorta la distancia entre nosotros por mitades. Lo que en el tramo inicial de la San Silvestre parecía una diferencia insalvable ahora es una ventaja exigua. Sé lo que piensa: me va a adelantar, como a todos los demás.
Justo cuando su mano va a rozar mi hombro, la sombra de la fachada de la Universidad nos envuelve. El espacio se vuelve infinito, fraccionado en una sucesión de momentos eternos. Mientras tanto, mantengo mi paso firme, inexorable.
Aquiles sigue persiguiéndome en el mismo milímetro. Yo cruzo la meta, sonrío a las cámaras y prosigo mi marcha, rumbo al estanque.
LA SOMBRA
GÉNESIS
Cuando desperté, la pulga dio un salto y pensé que debía ser ella la que corriera la San Silvestre. Pero me calcé las zapatillas y salí, dejando mi sombra encerrada en casa.
Salté la primera valla maldiciendo el picor. Tras la segunda, el chip del tobillo pitó. En el control dijeron algo de otra lista.
La tercera apareció de repente, en la calle Compañía. Cuanto más me acercaba, más se elevaba. El juez advirtió que nada de trampas. Cerré los ojos para no ver el miedo de mi novia, la rabia de mis compañeros. Salté. Me despellejé las manos al caer.
La última valla estaba en el paseo de San Antonio. Al otro lado estaba la orden de alejamiento.
También mi sombra. No pregunté qué hacía allí. Para llegar a la meta tendría que mudar de piel.
Nunca dejes de correr
María Mora Muñoz
Mis piernas arrastran miles de kilómetros desde aquel punto de partida en 1984 donde todo comenzó con mi primera carrera que fue la San Silvestre Salmantina. Comencé a correr con treinta y ocho años y una fuerte depresión que minaba mis ánimos. Un buen día leí en el periódico que el deporte ayudaba a sanar y mi esposa me animó a inscribirme y prepararme. Aquella fue la primera de muchas, pues, poco a poco, volví a sentirme vivo cada vez que el aire acariciaba mi rostro, sentía la velocidad y la adrenalina que mi cuerpo generaba al correr. Recuperé la vitalidad, la energía, mi vida y me prometí que nunca dejaría de correr. Cuarenta años han pasado ya desde aquel día y, hoy, sonrío realmente emocionado porque mi hija y yo aquí estamos calentando para recorrer juntos las calles en esta nueva edición.
AMIGOS
EVA MARÍA VALENCIA CAMINOS
Lleco 5 minutos de carrera, mi disfraz de pintor salmantino me queda a la perfección, me siento bien, no muy cansado. Durante el trayecto voy disfrutando de la ciudad y su belleza. Me coloco segundo cuando ya llevamos 20 minutos, y siento una punzada de nervios y alegría pensando que podría llegar el primero. Al avanzar 100 metros el que va delante mía cae de bruces, mi primer pensamiento es de triunfo, pero al instante una bofetada de culpa recorre mi cara. Paro en seco, y vuelvo a por él. Lo levanto. Él llora. Va vestido de payaso. Y las lágrimas le borran la pintura de su sonrisa. Llegamos juntos, entre llantos y risas y desde entonces sin saber en que posición quedamos, fuimos los primeros en no perder la esperanza. Ahora somos inseparables, y que mejor trofeo que conocer a un buen amigo.
Autorretrato
Lorenzo de Castro Mazarro
Nací español. Muy pronto, empecé a correr. También fui extranjero. Y maté ballenas. Y continué corriendo. Y bebí sangre. Y morí. Y resucité. Y nunca dejé de correr. También fui duelista. Gané ocasionalmente. Otras veces, perdí. Pero nunca decaí. Siempre adelante. Fui escribiente. Y surqué mares. Y visité Marte. Y allí también corrí. También fui contrabandista. Y ladrón. Y juez. Y esclavo. Y sacerdote. Y escarabajo. Y nunca deje de correr. Asesiné inocentes. Cometí adulterio. Ascendí montañas. Guillotiné reyes. Y siempre fui adelante. Además, fui Dios. Y también demonio. Desarbolé molinos. Y enamoré jóvenes. Siempre, siempre adelante. Padecí enfermedades. Creé universos. Maté leones. Corté manos. Vendí almas. Inventé monstruos. Pero nunca me di por vencido. Leí y corrí mucho. Sé poco, pero vi mucho. Y sí, viví mucho.
La línea que nadie veía
Gervasio Villaverde
Mi madre dibujaba una línea de tiza en el portal y me decía: «Hoy, hasta aquí». Yo la cruzaba siempre.
Después llegó la prótesis. Aprendí a correr contando farolas, no kilómetros; a conocer el asfalto de Salamanca por sus piedras, que guardan el frío como una promesa. Cada mañana, antes de que la ciudad abriera los ojos, pasaba junto a la catedral y saludaba a las campanas con la mano.
El día de la San Silvestre llevo tiza en el bolsillo. En la salida, alguien me empuja sin querer y caigo. Me levanto antes de que nadie pueda preguntar si estoy bien.
En la última recta, la Plaza Mayor arde de voces. No pienso en el cronómetro: pienso en la línea de tiza.
Cruzo la meta.
Y, con el dedo, borro del aire la palabra hasta.
7006
José Antonio Abellán Contreras
La San Silvestre de Salamanca exhala el último aliento del año y, de pronto, vuelvo a ser aquel niño que corría con las mejillas heladas un domingo cualquiera, hacia el parque de La Alamedilla para intercambiar cromos.
«Sile» puedo ver a mi abuelo aplaudiendo orgulloso en la Plaza Mayor. «Nole» permito a mis piernas vacilar cuando desciendo al Tormes, donde ya creyéndome un hombre, la besé por primera vez. Sus labios fueron el puente que unió dos arcos tan diferentes.
Desde entonces el cambio de tercio no me asustaba, pues nunca más ascendí solo por repechos y falsos llanos. Solo rendimos el paso en la Universidad donde nuestros hijos se graduaron. Parecían Escipión y Marco Aurelio, aunque para nosotros siempre fueron ranitas.
Y cuando la agonía llama a las puertas, me desplomo junto a Picasso. En la meta exhalo mi último aliento y, de pronto, vuelvo a ser aquel niño.
DORSAL 7007, EL ÚLTIMO SERÁ EL PRIMERO
Isabel García Viñao
En el itinerario de la Carrera San Silvestre Salmantina, el invierno enseña sus esqueletos desnudos, después de que el otoño preparara sus inyectables para borrar los verdes de los arboles e inocularles ocres, áureos, anaranjados, amarillos…
El sol es un botón cobrizo con hilos de luz casi imperceptibles que despierta somnoliento. En Salamanca hace frío en diciembre pero la ciudad se enciende de colores y fiesta. Las zapatillas de los corredores van mordiendo el asfalto. El Tormes escucha los azotes de las zancadas y su agua refleja los colores vivos.
El atleta con dorsal 7007 (llamado Ammar, que se inscribió por los pelos y por eso es el último) es un forofo del arte. Al pasar por delante de la Universidad de Salamanca, frena sus zancadas en seco para buscar la rana. Luego, recupera los segundos perdidos y llega el primero a meta.
De mano en mano
Constanza Garcías
No le deseo a nadie correr cuando estás hecho un arsenal de mocos. Tampoco deseo que me miren y demuestren lástima mientras me pasan los pañuelitos.
“Pobrecito, ¿así va a correr?”
“Va a arriesgar al equipo”.
¡Infelices! No entienden que doy la vida por este grupo. Por la espera mientras los veo correr en la pista, o por la dulce agonía de buscarlos a lo lejos cuando corremos al aire libre.
Cuando veo a uno de mis compañeros, todo chiquito, acercándose para alcanzarme el testigo, el corazón me late a toda velocidad. Cuando inicio el trote, late igual.
Qué tarado que es el corazón. Parece que no sabe distinguir una cosa de la otra.
Al cruzar la línea de llegada, mis compañeros vienen a abrazarme (mocos incluidos) y el corazón sigue latiendo como un condenado. ¡Qué tarado! Confunde los abrazos con las carreras.
Y, la verdad, yo no pienso corregirlo.











































