Después del sepelio, Roger prometió que el año que viene correrá la San Silvestre Salmantina a mi nombre. Pobre hombre, se siente culpable.
– ¡Va por el gordo!- dijo.
En la pasada carrera quedó entre los 30 primeros. Nada mal para alguien que ronda los cuarenta.
Por Roger participé en la competencia. Previo a la salida luché contra mis temores. Sabía que no estaba en forma. Ni escuchando Vangelis en el trayecto superaría a mi vecino. Quería demostrar a Roger que era un hombre de retos.
Dieron la salida. Un río colorido de corredores sonrientes inundó las calles de Salamanca.
Dos horas después me asaltaron las recomendaciones médicas del último mes: “cero fritos, bajarle al queso, correr una hora diaria, adoptar frutas y verduras, nada de alcohol”. Me dolía el pecho, sudaba frío. Un paso antes de la meta apreté mi cronómetro…
-¡Un médico!- gritó alguien.
El tiempo se detuvo.