Cuarenta San Silvestres. Cuarenta despedidas de año entre la multitud que desborda la Plaza Mayor. Esta será mi última, lo sé. Mis rodillas ya no perdonan y el médico fue claro. Pero, ¿dónde está ese rostro conocido, esa presencia anual que nunca necesitó nombre?
La masa humana se mueve y Salamanca desfila ante mí: calles transformadas, escaparates que ya no existen, piedras doradas testigos de tres décadas. Mi desgastado cuerpo protesta en cada zancada y echo de menos a mi anónimo compañero, su gesto de ánimo, su sonrisa cómplice. Cuarenta años juntos sin cruzar una palabra y su vacío me pesa más que el cansancio.
¡Ahí está!, entre el público, en su silla de ruedas con el dorsal del año pasado colgado del abrigo.
Me detengo frente a él y nuestras miradas hablan.
—Siempre juntos —le susurro mientras empujo su silla hacia la meta, cerrando cuarenta años de silencio compartido.