En cuanto dieron el pistoletazo de salida, la clave de sol despuntó en la segunda lÃnea. El pentagrama se constituyó sobre el asfalto y arrancamos.
Mi esposa Carmen corrÃa a ritmo de semicorchea tras dos pequeñas fusas: nuestros gemelos que construÃan una escala ascendente de cuatro octavas con siete bemoles. Dos arpegios a su derecha, Mario (su amante) avanzaba en un sà sostenido con tempo Allegro, sonido en el que yo desafinaba desde que sólo escuchaba mi propio diapasón. Mientras intentaba alcanzarlo, me caà en un silencio de duración indefinida y tuve que esperar a que las notas de otros corredores me ayudaran a levantarme. Con sus ligaduras, consiguieron reintroducirme en la partitura de la carrera. Recuperé el compás y aceleré en un do de pecho. Aún podÃa formar un nuevo acorde con mi familia.