Yo quería correr, eso era lo único que deseaba desde la silla de ruedas de la que era esclavo desde los quince años. Pasado el tiempo, a la edad de veinte años, mi amigo Roberto me comentó que en nuestra ciudad, Salamanca, se corría todos los años una carrera en la que todo el mundo era bien recibido. Yo tenía mis dudas, pues aunque no pretendía ganar tampoco quería dar una imagen de inválido desvalido. Pero Roberto tenía muchas ganas de que participáramos juntos, puesto que en el fondo de su corazón aún quedaban resquicios de culpa por el accidente que tuvimos años atrás. Un día me enseñó el cartel que anunciaba dicha carrera y la originalidad del mismo me hizo comprender que por fin había encontrado mi lugar, un lugar en el que se unían atletas, corredores disfrazados y personas como yo que tenían un único sueño… correr.