27 DE DICIEMBRE DE 2026

Al comienzo de la carrera, Maica y yo somos dos olas que se deslizan ingrávidas para romper tras la orilla de la salida. Luego, en busca del horizonte. Y las olas las constituyen miles de pequeñas gotas de agua como las que forman las nubes. Nos encontramos en una que el viento mueve veloz, hasta que el cansancio aparece. Y la sensación de ingravidez, que antes nos hacía flotar donde renacen otros corredores, se eclipsa como la luz en el fondo de un pozo. A pocos kilómetros de la meta, debajo de nosotros, hay una cordillera de picos afilados, fríos, de las dimensiones de una galaxia. E, irremediablemente, nos despeñamos cuando empieza a llover. O mejor, volamos.