Sabía que este dorsal me traería suerte. Desde que lo recibí, lo interpreté como un guiño del destino, una señal para alentar la resiliencia, al menos una San Silvestre más. Ahora voy corriendo como si llevara el traje de un superhéroe y estuviera en mis pies salvar el mundo de la amenaza de los villanos. Así me siento: fuerte y seguro. Lejos se va quedando este año de mala racha, obvia hasta para mis allegados, en la que he sufrido el terrorífico accidente, varios meses de hospitalización y una recuperación casi imposible. Casi siempre lo más importante es la actitud del paciente, me dijo mi traumatólogo no sin reservas. Y por mi esfuerzo no iba a quedar. Ahora voy corriendo como si tuviera piernas y no prótesis. Despacio, como no puede ser de otro modo. Con mi dorsal de la suerte, celebrando la vida a mi paso.