Todas las tardes salÃamos a correr. SÃ, los dos, lo recuerdo perfectamente. Era una costumbre que tenÃamos de antaño, cuando te conocÃ. Tú sonreÃas a tu modo al sentir el viento fresco. Apretabas el paso al pasar por aquel parque como pidiendo con tus ojos risueños que te persiguiera. Yo siempre estaba ahÃ. Siempre a tu ritmo. A veces llovÃa pero nunca nos importó, corrÃamos hasta quedar exhaustos y cuando ya no podÃamos más nos sentábamos en aquel banco. Yo te hablaba y tú me respondÃas a tu manera, conversábamos. ¡Qué tiempos aquellos! En fin…querÃa contarte que ya saqué la dorsal, sà la de la carrera que tanto te gustaba. Pero no tengo ganas de correr. Me aterra correr solo. Es más, me he dado cuenta de que no sé cómo hacerlo. Sólo sé correr a tu ritmo. Te lo aseguro… extraño tus ladridos.