Le ve acercarse por el Rollo con cara de sufrimiento. Piensa que quizá se haya caído y siente unas ganas tremendas de abrazarle,qué necesidad tiene de pasarlo mal, para qué, tan pequeño y empezando ahora a correr. Pero no lo hace; se queda quieta, pensando como animarle sin presionarle a seguir ni a abandonar, y finalmente sólo repite su nombre, que sepa que ella está allí. Luego le observa alejarse sostenido por esa mezcla de inercia y pundonor de los fondistas, y piensa que ya siempre será así. Que puede que él continúe corriendo o lo deje mañana, pero ella siempre estará allí, al lado del camino, viéndole acercarse y alejarse, intentando el tono justo para no forzarle a una competitividad salvaje ni alimentar su conformismo, culpándose de ser demasiado exigente o demasiado protectora y sintiendo sus lágrimas mucho tiempo después de que él haya cruzado sonriente la meta.