Agonizaba 1984 y la carrera San Silvestre pisaba por primera vez mi barrio. Mi padre participaba, cuando lo vi venir, mi felicidad fue la de un pueblo entero, cuanto más se acercaba pude ver sus ojos ahogarse en lágrimas de orgullo con las mÃas, me tomó en brazos y terminamos juntos el kilómetro restante.
Durante los años venideros pude acompañarlo en más ediciones. Las corrimos todas juntos, aún después de que sus pasos fuesen pesados como yunques, trotamos hombro con hombro. Cada año entrenamos juntos por meses con tal de abrazarnos al cruzar la meta.
Hoy a tan pocos dÃas de correr otra vez, tomo la mano de mi padre y la siento delicada. Hoy salgo de su casa y sé que no lo tendré a mi lado para que me tome en brazos. Hoy mi único consuelo es que este año no hay meta por cruzar.