Mirar al cielo de Salamanca, entre las torres. Y entonces despistarte de la ruta trazada, casi perder tu dorsal y pisarte los cordones de las zapatillas por querer seguir los pasos de tantos ilustres anónimos que dejaron su huella por las piedras de estas calles. Doblar cada esquina, imaginando encontrar a un ajado Lazarillo hambriento de justicia, o a un Unamuno soñando con formaciones de cocotas nada vulgares. Colarte en un jardÃn de la mano de una Celestina, en pos de un ‘apaño’. Despertar al frÃo de la mañana invernal, arañando tus latidos. Y concentrarte en tus pasos; adentrándote en una marabunta de almas en movimiento, gritos de ánimo y disfraces a todo color. Si tú estuvieras allÃ, en diciembre, ¿CorrerÃas?