27 DE DICIEMBRE DE 2026

Mi abuela también corrió sobre los viejos adoquines de la Compañía. Su dorsal era un fajo de octavillas húmedas de ciclostil bajo la camisa; sus zapatillas, unas bambas de lona rotas. Huía de la policía, hacia una meta a dos años de distancia, en 1978.
Hoy, mis pies golpean el pavimento que sepultó aquellos adoquines y escucho dos ecos: el suyo, febril y ahogado por las sirenas; el mío, acompasado entre aplausos que ella nunca oyó.
Al final del recorrido, a mí me espera un trofeo. A ella le esperaba un coche sin insignias y una cojera de por vida.
Nunca volvió a correr.
En casa, cuelgo la medalla sobre su retrato. Me mira desde allí, casi una niña, con los ojos serios de quien conoció el miedo.
Me pregunto cuál de las dos ganó más.