– ¿Le irá bien? – preguntó.
-Y si no, que baje él – contestó la tendera, mientras metÃa la camisa en una bolsa.
La cordial sonrisa de la señora se tornó un rictus solemne conforme abandonaba el establecimiento y ascendÃa por las escaleras del bloque contiguo. Inspiró el aroma de las gardenias del portal mientras dejaba las bolsas en el pasillo.
Al pasar al salón miró a su marido, retrepado en su butaca frente al televisor. Encendió una barrita de incienso y se dirigió hacia él. Ungió con aceite sus labios y manos, resecas por el frÃo y abrió su camisa para repetir el proceso en su torso. Con un suave masajeo, extendió el ungüento en su pecho hasta que sus manos toparon con la herida en su costado izquierdo.
Levantó la cabeza y clavó la mirada de odio en sus ojos vacÃos.
-Ni muerto me libro de ser tu esclava, cabrón.