27 DE DICIEMBRE DE 2026

No pude dormir. Recordaba el chasquido seco quebrando el hueso. Seis días para fin de año y allí estaba, tumbado sobre la cama, con el sabor metálico de la anestesia en el paladar y un agujero en el alma.

Mi madre me sonreía.
–Te cuidaré y pasaremos la Nochevieja juntos –me decía.

Las agujas de luz se filtraban por la persiana posándose sobre las paredes grisáceas. Adormecido, perseguí las sombras… parecían moverse; corrían, sudaban, cruzaban El Puente Romano sobre el reflejo del agua. Estaba mi grupo, tirando, unidos, con los dorsales colgando del pecho ante la orgullosa catedral que nos vigilaba.
No quería árbol, guirnaldas, ni regalos. Aquél maldito hueso astillado me había robado la ilusión de la Navidad: La San Silvestre de mi Salamanca.

A la hora de la salida me senté entre el público con la ayuda de las muletas. Una sonrisa se presentó en mi boca.