A Tomás, de repente, le entraron ganas de tener un amigo. De pronto, le parecieron insulsas las charlas con el señor Flaco, los escarabajos en sus esferas de vidrio le dieron repulsión, y reprochó de pedantería el mapa de Europa con el que había hablado muchas veces. Pasó días en silencio, recostado en la cama, hasta que un día descubrió un diminuto agujerito en la pared que daba al sur. Metió allí su curiosidad, apartó un poco de polvo y apoyó un ojo sobre él. Al otro lado había una niña completamente calva que gritaba ¡Estúpidos, estúpidos! mientras lanzaba sus ladrillitos de colores. Desde entonces, se apoyaban un ojo a turno, mil charlas atravesaban cada día el agujerito. A él la niña le gustaba por sus historias; a ella, Tomás le hacía reír por estar completamente calvo.