Viene a verme cada tarde. Tomamos café, charlamos. Luego, pregunta si necesito algo y se despide con un beso cálido, profundo.
De un tiempo a esta parte, persiste en el empeño que, he rechazado con ahínco pero, a fuerza de insistir, he terminado por aceptar la propuesta.
Hoy es el día. La carrera empieza. Siento miedo, tiemblo, pienso que el recorrido es infinito… un pie, otro pie… y, para mayor sorpresa, en cada paso, el aire me llega a los pulmones. La angustia se desvanece. Alcanzo la meta y tengo ganas de gritar que he vencido el mal que me aqueja.
Él sonríe y se aleja y, al fin, acepto que le perdí, que aquel accidente maldito se lo llevó y, decido unirme a esa carrera que es la vida y que, durante ¡tantos años! solo he contemplado tras la ventana de mi hogar