27 DE DICIEMBRE DE 2026

Las fuerzas emergían del pozo de la rabia, quería correr para olvidar la tarde-noche anterior, erizada de cuchillos, de discusiones, de celos…
Me dolía tu ausencia igual que el frío en la niebla de mis huesos aquella mañana de San Silvestre. Me sumergí en el oleaje de la carrera: las farolas, huérfanas de su aureola anaranjada, temblaban en el espejo oscuro de los adoquines; el aliento se rompía en mil pedazos con el redoble de las zapatillas; las lágrimas escocían en los ojos y el asfalto se erizaba de carámbanos; el dolor de tu pérdida me clavaba alfileres incandescentes en cada músculo.
Hasta que enfilamos el puente y vi tu silueta recortada en el pretil, tu abrigo inconfundible, tu boina gris, tu bufanda, tu voz enguantada diciéndome “venga, sigue, no te rindas”.
Y se me soltaron las alas de plomo en los tobillos y volé hasta ti, mi meta soñada.