Las fuerzas emergÃan del pozo de la rabia, querÃa correr para olvidar la tarde-noche anterior, erizada de cuchillos, de discusiones, de celos…
Me dolÃa tu ausencia igual que el frÃo en la niebla de mis huesos aquella mañana de San Silvestre. Me sumergà en el oleaje de la carrera: las farolas, huérfanas de su aureola anaranjada, temblaban en el espejo oscuro de los adoquines; el aliento se rompÃa en mil pedazos con el redoble de las zapatillas; las lágrimas escocÃan en los ojos y el asfalto se erizaba de carámbanos; el dolor de tu pérdida me clavaba alfileres incandescentes en cada músculo.
Hasta que enfilamos el puente y vi tu silueta recortada en el pretil, tu abrigo inconfundible, tu boina gris, tu bufanda, tu voz enguantada diciéndome “venga, sigue, no te rindasâ€.
Y se me soltaron las alas de plomo en los tobillos y volé hasta ti, mi meta soñada.