27 DE DICIEMBRE DE 2026

Aún universitario, corría la San Silvestre de Pamplona, mi ciudad natal. Disfrazado con un casco vikingo, un jersey de punto y un hacha de plástico, hacía las delicias de los niños, que exaltados, reían, implorando un saludo. Otros —no tan niños— exclamaban: «¿Qué? ¿La parienta te ha puesto los cuernos? ¡Ja, ja, ja!».

Tiempo después empecé a correr en Salamanca: todavía recuerdo los flashes y fotos en Libreros y en la Plaza Mayor; y, ya en la «meta», aquellas esperadas palabras: «¡Hala, campeón! ¡Que también hoy vuelves a batir todas las marcas!… ¡Una vez más llegando por los pelos al trabajo!».

Han pasado los años. Anciano, y llevando la mano a mi frente despoblada, echa a correr por mi pluma la tinta. Pues, como Silvestre, aún tengo «puestos los ojos en la meta, sigo corriendo hacia el premio…» (Fil 3, 14). Y nunca será tarde, pues la dicha es buena.