Alicia despertó aquella mañana en Salamanca, justo el día de la San Silvestre Salmantina. Las calles estaban llenas de corredores disfrazados, y el aire olía a nervios y turrón. De pronto, un Conejo Blanco con dorsal 001 pasó corriendo frente a ella. “¡Llego tarde a la meta!”, gritó. Alicia, curiosa como siempre, lo siguió hasta la Plaza Mayor, donde el suelo parecía transformarse en un tablero de ajedrez.
El Sombrerero Loco repartía dorsales de colores y chocolate caliente a los participantes. La Reina de Corazones, desde el balcón del Ayuntamiento, anunciaba: “¡Que empiece la carrera, o que les corten el ritmo!”. Alicia corrió entre risas, confeti y villancicos, sintiendo que cada kilómetro era una página nueva de su propio cuento.
Al cruzar la meta, el Conejo le guiñó un ojo: “Aquí, quien corre con el corazón, nunca llega tarde”. Y Alicia supo que había ganado algo más que una carrera