Desde su pétrea existencia observa durante decenios la San Silvestre. Los mortales, con su cansino trotar, le exasperan, podrÃa vencerlos sin dificultad, mas no es tiempo para un condicional. Con titánico esfuerzo arranca su cuerpo del capitel y se deja caer sobre el pavimento. Con fiereza le quita el dorsal a un incauto disfrazado de rana que, saltando, huye despavorido.
Todos alaban su disfraz. «Vosotros, sà que estáis disfrazados, carne perecedera en vuestra fugaz existencia», piensa con una mueca irónica.
Ante el júbilo de los presentes se alza victorioso. Con ansiedad saborea el triunfo, pero el tiempo apremia y la oscuridad ya se cierne sobre la catedral. Con premura trepa por la fachada hasta su lugar de descanso, junto a él, su trofeo perdurará ya para la eternidad.
En el silencio de la noche se escuchan lamentos quejumbrosos: congéneres del campeón retorciéndose de envidia esperando su oportunidad el próximo año.