En esa San Silvestre Salmantina nadie podía imaginar el final. Los comentaristas deportivos lo daban como favorito. El 3749 que cubría su pecho indicaba la cantidad de atletas participantes. Más de dos años de preparación expresaban claramente su deseo de ganar. No obstante, estar preparado no aseguraba ser el primero. Su madre, al salir hacia la competencia, le había dicho que debía librarse de la melancolía. En las intercesiones de las calles marchaba de primero. El reloj no le hacía perder el ritmo. De repente quedó absorto mirando hacia el público que lo animaba. Se le desorbitaron los ojos. Estaba a diez metros de la meta. Las cámaras no engañaban a los televidentes. Lo vieron correr frenético detrás de una mujer que corría más que él y se perdió entre la multitud. Entrevistado sólo dijo: Si hubiera estado detrás de la cinta hubiera sido mi mejor premio.