Justo antes de que dieran el pistoletazo de salida, se colocó aposta detrás de ella, a unos cuatro metros, seguro de que no notarÃa su presencia dentro de la marabunta apeñuscada en el Paseo de San Antonio. Después se mantuvo a la zaga, siempre a su espalda, y disfrutó en secreto observando la cadencia de metrónomo de la nuca femenina. Embargado de emoción por todo lo que aquella mujer significaba para él, corrió sin perderla de vista, rodeado de los aplausos del público que reconocÃa y animaba a una de las atletas más carismáticas de la San Silvestre salmantina. Por fin, tras rebasar la plaza de Cuatro Caminos, aceleró hasta ponerse a su lado a la altura de la meta y, mientras entraban juntos, le susurró por sorpresa lo que sentÃa desde hacÃa más de treinta años.
¡Te quiero, abuela!