He llegado. Mi aliento se condensa al encontrarse con el frío aire de la mañana, pero yo ardo. Mis músculos queman, mi espalda está empapada, algo invisible me perfora una y otra vez el costado derecho y ni todo el oxígeno del mundo saciaría mis pulmones. Creo que voy a vomitar. Creo que voy a desmayarme.
Odio correr, mascullo apoyándome en mi amiga para evitar desplomarme mientras me quito los ridículos cuernos de reno que me regaló mi ex y me borro con la manga los restos de la nariz roja que han sobrevivido al sudor. Por alguna extraña razón, ya estoy pensando en el gorro de Papá Noel que me voy a comprar para correr el año que viene.