No estaba dispuesto a perder aquella carrera y le perseguÃa, sudoroso. La niebla se cerraba a su paso por el puente sobre el rÃo Tormes. A punto de alcanzarlo, de pronto le perdió de vista. Escuchó un chapoteo y pensó que quizás habrÃa caÃdo a sus frÃas aguas.
De regreso, apareció súbita su pequeña figura con sus cortas zancadas, que gráciles avanzaban por el empedrado. Le siguió de nuevo, pero al llegar a la plaza no halló noticias de su rastro.
Lázaro llegó primero, gloria para el ganador, San Silvestre ha obrado, gritó vehemente un mendigo ciego. Vaya final de año, lamentó el tabernero, zanjando exhausto la persecución.
Y asà se originó…
Emerge entre la neblina el recuerdo de tu inverosÃmil historia, abuelo. Al cruzar la meta miro al cielo y te confieso que la sentà cierta, pues yo también creà verlos en el recorrido, pÃcaros entre la bruma.