El dolor era tanto que no sabría cuántas ánforas bastarían para contenerlo. Llevaba años inventariándolo, buscando el porqué de esa afección que me iba vaciando el cuerpo —mi templo—. Pero aquel día, en la San Silvestre Salmantina, rodeada de los míos, mientras unos me alentaban y otros lloraban junto al puente romano, entendí que aún podía; no sola, sino sostenida por las manos que me quieren.
La piedra dorada de la Plaza Mayor parecía latir al ritmo de nuestros pasos. El aire cortaba, sí, pero también curaba. Cruzar la meta fue volver a nacer, sentir que la ciudad y el río Tormes respiraban conmigo, que en cada zancada dejaba atrás un fragmento del dolor.
Entonces supe que correr no era escapar, sino regresar: a mí, a la vida, a todo lo que aún late.