Cincuenta y cuatro domingos, para un corredor salmantino el último es el más deseado. Desde hace casi cuatro décadas, un rayo atraviesa los cuerpos de cientos de corredores al competir en la San Silvestre Salmantina.
Durante el año se dejan sangre, sudor y lágrimas, el pecho abierto y la mirada en la lÃnea de meta, mientras moldean y preparan sus cuerpos para la gran carrera. Cuando al fin llega el momento anhelado, se eriza la piel, el corazón se agita, las emociones se cruzan y escasea el oxÃgeno; la deportividad y el honor corren por sus venas. Parece que no hay cosa más importante y emocionante que dejar su huella en la historia de tan flamante competición.
Aunque sus rostros estén cubiertos, los paisajes no se hacen esperar, empuñaran la victoria en el pódium 2020, sin importar raza, edad o credo, porque la divinidad de un guerrero habita en ellos.