Como buen «charro» llegué a la ciudad a primeros de septiembre. Yo estaba viviendo en Paris, el ingenioso trabajo me había arrastrado hasta allí, pero siempre tenía en mi cabeza dos fechas en las que, sí o sí, tenía que estar en mi inolvidable tierra.
La proximidad del fin del verano me imbuía la nostalgia de la fiesta charra. Septiembre era tradicionalmente mi mes de vacaciones y le sacaba todo el jugo posible a sus días.
Septiembre pasó tan rápido que enseguida noté la ansiedad que se apoderaba de mi cuerpo pensando en la San Silvestre.
Todos los años soñaba con alcanzar la meta al menos entre los diez primeros y en este año además iba a hacer la carrera junto a mi hermana Mayte.
Cuando sonó la señal del comienzo, mi hermana y yo nos cogimos de la mano y miramos al cielo dedicando una sonrisa a nuestros padres.