Volvió a palparse el cuerpo. No echó nada en falta. Ni siquiera los quince kilos con los que había regado las calles durante meses. Calles que disfrazaban tesos, esas tildes de la prosa castellana.
Aquello era un acto de rebeldía. Un desafío a la genética y a la neurociencia. No había nacido para hacerlo, pero lo estaba haciendo. Y el dorsal no era otra cosa que la bandera del libre albedrío.
Estranguló el azar apretando los cordones. Pensó que los adoquines siempre ligaron bien con las revoluciones. Todos los arrancados en mayo del 68, los recolocaría a zancada limpia.
Una aglomeración nada angustiosa, feliz. Rítmica. Un cuadro de Pollock que merecía ser escuchado. Fuera música. Bailarinas en puntas, oteando.
Un disparo. Se confirma que esto es una revolución. En Portugal seguro que lanzan claveles. Las guerras no se escogen, las revoluciones sí. Esta además era justa. Y él había elegido.