27 DE DICIEMBRE DE 2026

La primera vez que la ve, con un vestido floreado y el pañuelo que él le regaló, entre el público que jalea la San Silvestre salmantina, cree que se ha confundido. Acelera el ritmo, aunque sabe que es un error, para esquivar su mirada. En la Plaza Mayor la reencuentra. Se pone una mano en el pecho para detener los latidos, y huye, atravesando el Puente Romano. De nuevo ella se le aparece. Le roza el brazo, murmura unas palabras. Él bracea, queriendo apartarla, acallar el timbre de su voz con el ruido de la multitud. Al llegar al Alto del Rollo la divisa en la línea de meta. Y, por fin, comprende. No está loco. Su mujer, fallecida una semana atrás, a la que prometió correr la San Silvestre pese a su machacado corazón, ha venido a recoger su cuerpo infartado para que vuelvan a estar juntos.