El día de la San Silvestre Salmantina coincidía con el de mi desahucio. Me había prometido no derramar lágrimas por el fracaso de toda una vida peleando por tener un techo sobre el que guarnecerme. En el dorsal yo leía la palabra “perdedor”. Con unas zapatillas bastante desgastadas y la ropa más cómoda para la ocasión (desentonaba entre tanto uniforme fosforito) aguardé al pistoletazo de salida. Mi objetivo era correr hacia un sueño en el que algo, aunque fuera una sola cosa, me saliera bien. Llegar a la meta era una prueba de superación personal. A cada zancada fui dejando atrás la tristeza, la desesperación, la sensación de hombre fracasado. Rompí la cinta sin saber que aquellos aplausos no eran solo por ese triunfo sino porque con mi esfuerzo había logrado suficientes euros como para volver a la línea de salida.