Aquella foto, de aquel crÃo de cuatro años encaramado a duras penas sobre una valla, con medio cuerpo fuera y con la mirada perdida en el horizonte entre una multitud de atletas; es lo primero que se me viene a la mente cuando pienso en Salamanca.
La misma que me lleva a recordar años después, cuando se agachó para susurrarme al oÃdo: “¡No son diez kilómetros! , ¡Son nueve doscientos! que no es lo mismoâ€.
Era la distancia que separaba la lÃnea de salida de aquella valla.
Tantos años esperando en el mismo lugar nos hacÃa conocer hasta el olor de nuestro pequeño reino de memoria.
Cuenta mi madre, que embobado y con los ojos mirándolo todo esperaba paciente la llegada de mi padre para extender la mano y chocarla con él.
Me habÃa prometido a mà mismo que catorce años después no iba a faltar a mi cita.