27 DE DICIEMBRE DE 2026

Aquella foto, de aquel crío de cuatro años encaramado a duras penas sobre una valla, con medio cuerpo fuera y con la mirada perdida en el horizonte entre una multitud de atletas; es lo primero que se me viene a la mente cuando pienso en Salamanca.
La misma que me lleva a recordar años después, cuando se agachó para susurrarme al oído: “¡No son diez kilómetros! , ¡Son nueve doscientos! que no es lo mismo”.
Era la distancia que separaba la línea de salida de aquella valla.
Tantos años esperando en el mismo lugar nos hacía conocer hasta el olor de nuestro pequeño reino de memoria.
Cuenta mi madre, que embobado y con los ojos mirándolo todo esperaba paciente la llegada de mi padre para extender la mano y chocarla con él.
Me había prometido a mí mismo que catorce años después no iba a faltar a mi cita.