Mi padre querÃa que corriese, porque si venÃa al mundo tarde no podrÃa llegar a ver el partido. Tardé un par de goles y un penalti mal tirado en cumplir sus deseos. Después, mi padre siguió con el Ãmpetu por la velocidad para compensar los minutos de mi hermana frente al espejo.
La primera vez que corrà de verdad fue un verano en el pueblo, cuando adquirà la edad suficiente como para llamar a las puertas y no quedarme mirando desde una distancia prudente. También recuerdo la primera vez que me lesione de gravedad en la rodilla y cómo aquella postilla picaba por debajo del caparazón. También recuerdo mis años de carrera y todos los puestos de avituallamiento por los que pasábamos en una noche: uno cada 30 metros y en alguno repetÃamos. Ahora, mientras espero en la planta de maternidad, veo un cartel con una huella pintada.