Una nueva edición de la San Silvestre se celebraba aquella mañana, bajo el auspicio de un sol que quiso contribuir a la fiesta imponiéndose, contra pronóstico, al arisco invierno salmantino.
De nuevo en el Paseo de San Antonio, un corredor de ciento cinco kilogramos de valor vislumbra el arco de meta. Tras casi diez mil metros de incertidumbre, sus tobillos arden de dolor y sus fuerzas juegan, temerarias, al borde de un acantilado sobre el mar del desfallecimiento.
Entonces, ocurre. Al principio sólo siente un murmullo creciente. Luego, las aclamaciones de los voluntariosos organizadores y del público allí congregado. Un escalofrío de emoción se propaga por todo su cuerpo. El dolor desaparece, sus piernas recobran la energía. Tras sobrepasar la línea de meta, cada poro de su piel rezuma felicidad y, en prueba de agradecimiento, abre los brazos señalando a los cómplices de su hazaña.