27 DE DICIEMBRE DE 2026

“¡San Silvestre, “bruxas fora”!”; gritó Manuel, cuando dieron la salida, y se puso a correr como si en ello le fuese la vida. Venía de Pontevedra. Corría como el viento del mar de La Lanzada. Había elegido Salamanca para purificarse. Aquella carrera habría de suponer un antes y un después definitivo. No sabía por qué corría, a dónde corría, por quien corría… Sólo percibía la necesidad de correr, como una huida, como una liberación.
La meta ya se presumía. Ahora, el esfuerzo pasaba su factura a unas piernas pesadas y aun pecho jadeante. Pero estaba feliz, reconfortado. Algo desconocido lo impulsaba.
“¡Bruxas fora!”; volvió a gritar al llegar a la meta. No la cruzó. Dio media vuelta y salió corriendo hacia donde venía como un pollo sin cabeza. Corría… Corría como si lo comieran los demonios. Había visto en la meta a Maruxiña, la vecina con quien no quería casarse.