“¡San Silvestre, “bruxas foraâ€!â€; gritó Manuel, cuando dieron la salida, y se puso a correr como si en ello le fuese la vida. VenÃa de Pontevedra. CorrÃa como el viento del mar de La Lanzada. HabÃa elegido Salamanca para purificarse. Aquella carrera habrÃa de suponer un antes y un después definitivo. No sabÃa por qué corrÃa, a dónde corrÃa, por quien corrÃa… Sólo percibÃa la necesidad de correr, como una huida, como una liberación.
La meta ya se presumÃa. Ahora, el esfuerzo pasaba su factura a unas piernas pesadas y aun pecho jadeante. Pero estaba feliz, reconfortado. Algo desconocido lo impulsaba.
“¡Bruxas fora!â€; volvió a gritar al llegar a la meta. No la cruzó. Dio media vuelta y salió corriendo hacia donde venÃa como un pollo sin cabeza. CorrÃa… CorrÃa como si lo comieran los demonios. HabÃa visto en la meta a Maruxiña, la vecina con quien no querÃa casarse.