Empecé por el lado derecho, continuando, como me habÃan dicho, hasta pasar por debajo de una especie de puente. Me perdà un poco, pero logré dar la primera vuelta y me preparé para la parte difÃcil: tenÃa que rodear todo lo que habÃa hecho antes y habrÃa terminado, pero para conseguirlo, debÃa dejarlo todo bien atado. Asunto complicado. Fruncà el ceño por la concentración y apreté un poco más. Casi sin darme cuenta, estaba hecho. Mi padre, que habÃa estado pendiente de todos mis movimientos, me miró con orgullo. —Te has atado los cordones tú sola ¡Esa es mi chica! — exclamó —. Ahora, vámonos, la San Silvestre nos espera.