Llevaba preparándome semanas para el gran dÃa. Atravesé la calle Zamora a buena velocidad en dirección a la Plaza Mayor. La multitud, ilusionada por la carrera, me arropaba. Yo solo querÃa pasar desapercibido entre los participantes. Aunque la policÃa local se encargaba de vigilar los cruces del recorrido para evitar cualquier percance, era la primera vez que me sentÃa cómodo ante tanto agente.
En la mochila guardaba los billetes que acababa de robar en el cajero del Banco Popular de Bientocadas. A pesar de la adrenalina que me animaba a volar más que a correr, rezaba por no llegar el primero a la meta. Me acordé de mi madre, que siempre me repetÃa que no destacara, que en el término medio estaba la virtud.