Nunca me había planteado como lo viviría, prefería hacer como que no llegaría el día, aunque algo por dentro se obstinaba en recordarme que todo acaba pasando. Había perdido ya la cuenta de las carreras vividas pero podrías contarlas, pues en la ambulancia llevamos un recuerdo de cada una. Aunque aquel día me llevé el peor de todos. Encontré la nota aferrada a su puño clamando: “tranquilos, ya soy libre”. No pudimos hacer nada por el, igual que su doctor no consiguió convencerlo de que debía dejar de correr. Pero ¿que es la vida sino morir viviendo de verdad? Eso escribí en el reverso de la nota que ya siempre nos acompaña, para no perder el rumbo.