Cuando Manuel dobló la esquina, a cola del grupo, la calle se le presentó esplendorosa, distinta. La calzada se veía amplia, asfaltada, completamente iluminada bajo las farolas recién encendidas. Allí, según su recuerdo, en ese arrabal, siempre hubo charcos, barro, baches….y una empinada cuesta. Todo había desaparecido, incluso los competidores. A Manuel le agradó el cambio. Por fin había sucedido algo positivo, que favorecía su carrera. Sin detenerse, comprobó que en la acera estaba su mujer.
-Qué te parece– le dijo ella.
-Estupendo- acertó a contestar jadeando.
-Así podrás ir más deprisa.
El corredor se vio por fin ganador de la San Silvestre Salmantina.