Unos chavales, a los que seguramente sacó veinte años, me miran con ojos de ternero cuando me ven salir del portal embutida en una bolsa negra de basura. Hace frÃo a pesar de ser casi las diez, pero no me importa, sé que enseguida dejaré de sentirlo. Mis zapatillas suenan a trote ligero por la acera que va de Buenos Aires a Tejares y mis pupilas se llenan de las imágenes del camino. Poco después, llego al arco de salida, rompo el plástico y dejo al descubierto mi atuendo fosforescente, casi, casi como doce horas más tarde hará la Pedroche. Pero a mà no me mira nadie. Tampoco me importa. Justo cuando suena el disparo de salida me beso el anillo de mi mano izquierda y empiezo a correr. No estoy sola porque siempre vas conmigo.