Algunos corredores resbalaban, otros, los menos, miraban al cielo con una sonrisa que dibujaba una interrogación. La nieve había comenzado a caer dulcemente cuando Juan pasaba por el kilómetro 5. En el 8 estará ella, pensó en un susurro, como todos los años, en la esquina del Paseo de la Estación, rodeada de sus hijos y sus nietos, dedicándole, cuando le vea, esa sonrisa transparente y luminosa, la misma sonrisa rebosante de vida por la que hubiera sido capaz de hacer cualquier cosa, la misma que se alejó en aquel tren a Barcelona hacía ya tantos años, tantos que a veces piensa que todo aquello no pasó de verdad, que no fue más que un sueño que se convirtió en pesadilla para, mucho tiempo después, convertirse de nuevo en la misma sonrisa y en la misma mirada cada último día del año en el kilómetro 8.