Harto de mi vida sedentaria, me apunté a la San Silvestre Salmantina. Entre las varias distancias a elegir, opté por la más larga de todas, la de 10 km, que es la preferida por los cuarentones como yo. Pensé que, siendo tan larga, la gente iría andando, ¡¿Cómo iba alguien a correr diez kilómetros seguidos?! Pero me equivoqué. Salieron como rayos, los muy traidores. Grité: “¡No vale correr, que es trampa, tíos!”, pero como si nada. Entonces, centré mi objetivo: completarla en menos de una hora. Tras vomitar en el km 2, decidí cambiar de objetivo: que el abuelo de 78 años que corría a mi lado no me venciese, pero en el km 5 se largó mientras yo agonizaba de flato en el suelo. Mi último objetivo fue: terminar dignamente y, preferiblemente, vivo. Misión cumplida, no os podéis imaginar cómo me aplaudió el público al cruzar gateando la meta.