27 DE DICIEMBRE DE 2026

Me até las zapatillas como me habían enseñado mis padres, una doble lazada en los cabos y la saliva de ambos para que no se desunieran.
Me puse el dorsal, el número quince, como mis años, y anduve cabizbajo hasta la línea de salida.
Tras veinte minutos de carrera, percibí a los de treinta sin ilusiones, intuí a los de cuarenta desengañados y fui testigo de cómo dos de cincuenta, hastiados, desistían de volver a intentarlo.
No escuché las razones por las que abandonaban, solo corrí y al llegar a la meta no pude parar.
Ahora no sé dónde estoy, me siento perdido. Quizá me quede un tiempo, hasta que los nudos de mi alma puedan entender que dos cabos no siempre pueden estar unidos, que pueden desear enlazarse en otras zapatillas que sean de su mismo número, aunque ya nunca sujeten igual cada día de mi vida.