Me até las zapatillas como me habÃan enseñado mis padres, una doble lazada en los cabos y la saliva de ambos para que no se desunieran.
Me puse el dorsal, el número quince, como mis años, y anduve cabizbajo hasta la lÃnea de salida.
Tras veinte minutos de carrera, percibà a los de treinta sin ilusiones, intuà a los de cuarenta desengañados y fui testigo de cómo dos de cincuenta, hastiados, desistÃan de volver a intentarlo.
No escuché las razones por las que abandonaban, solo corrà y al llegar a la meta no pude parar.
Ahora no sé dónde estoy, me siento perdido. Quizá me quede un tiempo, hasta que los nudos de mi alma puedan entender que dos cabos no siempre pueden estar unidos, que pueden desear enlazarse en otras zapatillas que sean de su mismo número, aunque ya nunca sujeten igual cada dÃa de mi vida.