Hace frío. Se agarra con fuerza a la valla a pesar de tener las manos heladas. «Maldita cadera» piensa con una punzada de resentimiento. Debería estar corriendo, como cada año. Sin embargo, allí está, de pie, esperando, observando con cierta impaciencia cómo los participantes van cruzando la meta. Son pocos los que han llegado, todavía es pronto. Cada vez que oye el golpeteo de unas zapatillas contra el asfalto se apoya en la valla y se yergue para ver si es él. Aún tiene que esperar un largo cuarto de hora, pero al fin su paciencia se ve recompensada cuando vislumbra una mata desordenada de cabello oscuro y una forma de correr que reconocería en cualquier parte. Dando largas zancadas cruza la meta. Él le dice al verle «Abuelo, ¿has visto?¡Entre los veinte primeros!”. Le abraza con fuerza, lleno de orgullo. Y que le den al dolor de cadera.